Archivo de la etiqueta: Porfiriato

Descubriendo Estados Unidos

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Las plumas cercanas al Porfiriato recorrieron en tren en 1885 más de una veintena de ciudades y lugares turísticos estadounidenses. Se encontraron con colegas periodistas, gobernantes, legisladores y empresarios. El objetivo de los anfitriones era ampliar y aumentar intereses comerciales. Para los mexicanos, cambiar las percepciones negativas sobre el país. Fue un viaje provechoso y de grandes resultados prácticos para el futuro, escribiría Ireneo Paz.

Adiós al valle del Anáhuac, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

Adiós al valle del Anáhuac, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

El “Fra Diavolo”, el espléndido y lujoso carro pulman destinado a la excursión de periodistas que viajarían por Estados Unidos, inició la marcha en la estación de Buenavista el 18 de junio de 1885, enganchado al tren del Ferrocarril Central Mexicano, entre los acordes del Himno Nacional y los saludos de quienes se quedaban atrás. Llegaría a las principales ciudades de ese país durante las siguientes semanas.

Viajaban de inicio 16 periodistas y luego sumarían 26 con quienes se incorporaron más adelante, además de algunos familiares. Todos eran liberales y allegados al nuevo gobierno de Porfirio Díaz. Iban provistos de gramáticas y libros de texto pues pocos hablaban inglés. Pertenecían a la Prensa Asociada, una agrupación formada el año anterior, y con la que dos meses antes E. H. Talbott, director de la revista Railway Age de Chicago, había entrado en contacto para invitar a sus integrantes a conocer Estados Unidos.

Una vez que la sociedad aprobó el viaje, una comisión se encargó de prepararlo. Se dio por sentado que Talbott dispondría todo, de forma que los viajeros tuvieran pocos gastos que hacer y, de hecho, nada más se les pidieron 150 pesos para cubrir los costos de hotel y alimentos. Es de suponerse que recibieron ayuda de los periódicos para los que trabajaban y que el resto fueron atenciones que los distintos anfitriones les fueron extendiendo. Asimismo, los excursionistas eligieron a Ireneo Paz de La Patria, como presidente; a Agustín Arroyo de Anda de La Prensa, secretario y a J. Mastella Clark de The Two Republics, tesorero especial. Se nombró cronista a Alberto G. Bianchi, también de La Prensa.

Fábrica de cerveza de Annheuser y Busch, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

Fábrica de cerveza de Annheuser y Busch, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

Los propósitos de Mr. Talbott al extender esta generosa invitación eran “ampliar y aumentar nuestros intereses comerciales en nuestra hermana república de México” y aprovechar “el gran servicio que puede hacer la prensa de ese país para alcanzar ese objeto”. Su proyecto tuvo eco inmediato pues –según The Railway Age— tan pronto se informó sobre los lugares que tocarían, los periódicos, ferrocarriles y negocios estadounidenses se dispusieron a agasajar a los viajeros, a “enterarlos de la manera más completa y práctica posible […], de las ventajas, servicios, etc., de esos puntos, para proporcionar al pueblo de México sus productos”, que conocieran no sólo a la gente, sino también “nuestras principales industrias manufactureras, nuestros grandes establecimientos mercantiles, nuestros servicios de tren superiores, nuestras instituciones educativas y otras, y los muchos otros elementos importantes de nuestra grandeza comercial”.

Por su parte, los periodistas mexicanos partían con una mira distinta. Pretendían:

ponerse en contacto con el periodismo americano, a fin de destruir antiguas y funestas preocupaciones que muchos americanos han abrigado acerca de las personas y de las cosas de nuestra patria; mira que, una vez realizada, no podrá menos que producir resultados benéficos para esta República y la vecina, para dos grandes naciones que están llamadas a ejercer gran influencia en los destinos del mundo.

De Buenavista, el ferrocarril tomó rumbo para el norte, y por la ruta de Querétaro, Celaya, Silao, León, Lagos, Aguascalientes, Zacatecas y Chihuahua llegó a Paso del Norte, “el último pueblo de la frontera mexicana”. Los viajeros cruzaron en seguida el puente sobre el río Bravo, sin que en la aduana examinaran su equipaje, lo cual, al decir del ocurrente Paz, “agradecemos mucho a los americanos que son muy rígidos y que sabían que nos acompañaban 500 botellas de pulque conservado y algunos cientos de puros”. Fue la primera de las muchas facilidades que se les brindaron durante el recorrido.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

  • BIANCHI, ALBERTO G., Los Estados Unidos. Descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887, en https://cutt.ly/Brn8lLU
  • CARBALLO, EMMANUEL, ¿Qué país es este? Los Estados Unidos y los gringos vistos por escritores mexicanos de los siglos XIX y XX, México, CONACULTA, 1996.
  • QUIRARTE, VICENTE, coord., Republicanos en otro imperio. Viajeros mexicanos a Nueva York (1830-1895), México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas/Coordinación de Humanidades, UNAM, 2009.

Lucidez

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Cuando yo tenía sus edades muchachas, la palabra de un hombre ante una mujer era letra escrita, ni se olvidaba ni marchitaba, simplemente se cumplía, y si alguno quitaba el dedo del renglón y se apartaba, pasaba a ocupar el puesto de los irredimibles, irrecuperables y gruñones. A sus edades las puertas de las casas estaban abiertas porque nadie se atrevería a entrar sin antes pedir permiso. Los juguetes eran de madera o hechos a mano, llegaban una vez al año y debían durar hasta el próximo día de Reyes. Teníamos un solo par de tenis que no se cambiaba hasta que la suela tuviera más de tres hoyos, y una muda de ropa era la misma para cada fiesta. Escuchar radio era obligatorio, no había otra comunicación, a excepción del cine que lo veíamos en la carpa móvil los domingos y teníamos que cuidarnos de algunos que llegaban armados y hacían disparos al aire cuando alguna escena les gustaba. Con mis hermanos nos podíamos bañar en el agua de algún río, una cañada o bajo la lluvia porque nos quitaba lo sucio. A mi edad, y les hablo de más de cuatro veces la que ustedes llevan en su piel, los papás regañaban con la mirada, la voz alzada, un cinturón amenazante y quizá un buen tirón de oreja; en casa había alguien que nos esperaba con comida sabrosa a la salida de la escuela; los maestros tenían conocimiento de lenguaje, álgebra, geografía o matemáticas y usaban una varita, que no era para hacer magia, sino para aplicarnos un coscorrón cuando no prestábamos atención; se desayunaba café con leche, jugo o agua, y el refresco estaba prohibido; las chicas por entonces practicaban baloncesto y voleibol, o nadaban, aunque pocas. Al fútbol o al tenis no le entraban. Si había algún amigo de lo ajeno no tardaba en disfrutar de su autorregalo que ya caía preso. Las noches por entonces tenían estrellas, los pájaros gorjeaban en las mañanas y al atardecer nuestras madres nos mandaban a llamar a gritos para que regresáramos de la calle. El tranvía o el camión pasaba por casa, nos llevaba y traía, y echábamos relajo con otros compañeros mientras el chofer nos miraba con desgano y ordenaba ubicarnos en el fondo del vehículo. Pero algún día vi que eso cambiaba, que la palabra de los hombres sí se marchitaba, que hubo que ponerle triple cerrojo a las puertas, que los Reyes Magos no llegaban, que la televisión pretendía sustituir al cine y hasta el agua de lluvia venía sucia. Cuando descubrí que nadie se inmuta si te desvalijan en la calle, que sólo el reloj despertador canta en las mañanas, el camión a veces ni se detiene y nuestros papás ya se fueron; yo, solito, tomé mis bártulos y quedé encerrado entre las paredes de este manicomio, para que el tiempo no me atrapara y mis hermanos que me trajeron hasta aquí disfrutaran de la herencia paterna. Prometí una sola cosa, muchachas, que sólo saldría al patio para contarles a ustedes estas locuras.

Recuerdos de infancia. Manicomio La Castañeda

Francisco Javier Castellanos Cervantes
Ciencias Odontológicas, Médica y de la Salud, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Dos vivencias de la niñez dan cuenta de una vida sosegada entre los muros del edificio que fuera emblemático en la atención de enfermos con discapacidades mentales en la primera mitad del siglo XX. Para algunos empleados y sus hijos, la convivencia con los pacientes no era conflictiva.

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Cincuenta y ocho años habían sido suficientes para que el Manicomio General La Castañeda pudiera lograr que la psiquiatría se profesionalizara en nuestro país. Muchas personas habitaron dentro de sus muros buscando encontrar una cura para sus padecimientos mentales, o simple y sencillamente para hallar un paliativo y hacer la vida más llevadera. Sin embargo, también podemos rastrear la vida al interior de estos muros con otra mirada: la de los trabajadores y los familiares de estos, quienes convivían con los pacientes de forma cotidiana.

La Castañeda fungió por muchos años como una institución de beneficencia. Si bien es cierto que contaba con población pensionista que pagaba para recibir un trato mejor al de los demás, la mayor parte no podía hacerlo. Una gran parte de los internos eran llevados por sus familiares y la mayoría no volvía a salir de ahí y, aunque se sabe poco sobre los niños abandonados en este manicomio, fue un fenómeno relativamente común a mediados del siglo XX. El abandono se debía más que a un problema mental a una cuestión que hoy entra en el terreno de la teratología, esto es, a que algunos niños que nacían con malformaciones encontraban su destino dentro de los muros de La Castañeda.

El carácter de asistencia social del manicomio, acorde con un aparato de beneficencia que duró algunas décadas, también resuelve la interrogante de por qué muchas personas terminaban ahí dentro, pues la carga económica era un aspecto fundamental para que los familiares encontraran un alivio para sus bolsillos y para los malestares físicos de sus enfermos. Sin embargo, la carga social pesaba más que otros aspectos. El abandono era muy recurrente sin consideraciones de género o edad. En este contexto, los niños con malformaciones eran un peso que soportar y que motivaba a sus parientes a dejarlos en el hospital para que pudieran recibir algún tipo de tratamiento.

La infancia no escapó a la mirada eugenésica ni de higiene mental que seguía presente dentro de este tipo de instituciones, ni desde luego de muchas prácticas como la psicometría que se orientó a marcar un cambio en quienes serían futuros ciudadanos. La higiene mental fue la principal herramienta con la que se trabajaba en la psique del niño para poder prevenir desviaciones y desequilibrios, los que se pensaba derivarían en una persona perversa, alienada o criminal. La misma situación se podía ver en la población adulta: desde el retraso mental hasta la imbecilidad o idiotez eran nombres con los que se designaba a varias “enfermedades” mentales y eran motivo de reclusión.

Los textos que se presentan a continuación constituyen una visión poco usual. Son los recuerdos de dos personas que crecieron en el manicomio y para quienes este espacio era algo natural; con personas que catalogan como “diferentes” pero nada más, pues en su momento no comprendían la magnitud de sus padecimientos. Sin embargo, al ser entrevistados, sí mostraron mucha reserva para hablar del que llaman el pabellón de niños, donde la mayoría de sus habitantes no pasaba de los dos años de edad, siendo algunos recién nacidos y su problema un impedimento físico.

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La huella del Hospital General de México

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Nació para aglutinar a los hospitales de la ciudad y modernizar el servicio. A más de un siglo de su creación es referencia de la medicina y enclave de la docencia y la investigación médica.

A Marta Alicia, médica.

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Rodeado por la concurrencia más bella y elegante –como la describió el poeta Amado Nervo en El Mundo–, el presidente Porfirio Díaz inauguró el Hospital General a las 10 de la mañana del 5 de febrero de 1905.

Pabellones del Hospital General mexico (800x719)

En el acto oficial, que tuvo lugar en el pabellón de ginecología, el doctor Eduardo Liceaga, alma de la obra desde que Díaz anunció la construcción en 1888, presentó los adelantos que reunía el nuevo hospital, anunció que este trabajaría en armonía con la Escuela y los profesionistas de la medicina y coadyuvaría a que el país rescatara sus fueros médicos en el nuevo mundo. Al final invitó: Ya tenemos los útiles del trabajo… ¡Ahora a trabajar!

Luego de que Amado Nervo leyera una poesía escrita para la ocasión, el séquito presidencial y los numerosos invitados recorrieron los diversos inmuebles entre grandes elogios, pues, según El País, se trataba del primero (hospital) de América por sus condiciones higiénicas, su magnitud y demás.

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En efecto, el Hospital General, primero en México en ser erigido exprofeso, fue causa de orgullo desde su inicio. Construido en terrenos de la colonia Hidalgo (hoy Doctores) por el ingeniero Roberto Gayol –aun cuando fue terminado por el arquitecto Manuel Robleda–, costó una suma superior a los 3 000 000 de pesos. En una superficie de más de 124 000 metros cuadrados, contaba con 69 edificaciones, de las cuales 32 eran pabellones para enfermos, 17 estaban destinadas a servicios generales y las demás a casillas de vigilancia y portería. En ellas se reunieron todos los hospitales existentes, salvo el de los enfermos mentales, que sería el Manicomio General La Castañeda y se inauguraría en 1910. Contaba, además, con el instrumental y los aparatos más modernos.

Salida de Porfirio DAi??az del Hospital (800x540)

Nacía entonces una institución duradera, que perdura hasta nuestros días y ha dejado una huella definitiva en el desarrollo de la atención, la docencia y la investigación médica en México. No obstante las múltiples dificultades que ha enfrentado y que van desde los recursos siempre insuficientes y los problemas de índole política y burocrática, la institución ha crecido y se ha renovado, siendo la última gran transformación la ocurrida después del sismo del 19 de septiembre de 1985, que derrumbó los edificios de gineco-obstetricia y de residencia médica, y dejó decenas de muertos entre doctores, enfermeras y pacientes –muchos de ellos niños recién nacidos.

Ha sobrevivido, sobre todo, el espíritu que en 1905 intuyó Amado Nervo:

Plano del Hospital General de MAi??xico, 1901 (800x704)

Amigo mío desheredado,
hermano mío desconsolado:
Ya tienes casa, ya tienes pan (…)
La vida es dura; mas aun existe quien al enfermo refugio da,
y a los desnudos arropa y vis te (…)
Hoy se inaugura tu noble y raro Alcázar; míralo: ¡es para tí!
Tendrás un lecho, calor, amparo, afectos, aire puro, sol claro…
¡Qué bien se debe vivir aquí!

A 110 años de su inauguración, el Hospital General de México sigue siendo referencia primordial de la medicina mexicana.

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Pedaleando en el siglo XIX

Alejandra García Vélez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

La bicicleta recupera su lugar en estos días en ciudades atestadas de automóviles. Pero hace más de 130 años cuando llegó al país junto a la electricidad y el ferrocarril, como sinónimos de modernidad, también disputaba espacios en las calles y hasta con los transeúntes. La ciudad de México tuvo que poner orden con un reglamento para su uso y dispuso un impuesto. Los clubes de ciclistas contribuyeron a darle popularidad y aceptación.

MAi??xico ca. 1912 114035

Ciclista en la ciudad de México, 1912. Archivo Casasola, inv. 114035. SINAFO, CONACULTA-INA-MEX.

De las modas que nos llegan de París y Nueva York, hay una sin igual, que nos llama la atención. Son las bicicletas que transitan por Plateros y Colón, Y por ellas han olvidado la sombrilla y el bastón.

Las bicicletas,niña hermosa,son las que andan por ahí. Ellas corren muy veloz igual que el ferrocarril, vámonos pa’ la Alameda con muchísimo placer, y ahí con más violencia las veremos ya correr.

“Las Bicicletas”, Salvador Morlet (1894)

MAi??xico ca. 1890 453121 - copia¡Perdí el equilibrio! ¡Me caí de la bici! ¡Choqué contra un árbol!… Todos tenemos anécdotas sobre el momento en el que aprendimos a usar la bicicleta. Pero, ¿cómo lo vivieron los primeros usuarios de la bicicleta en el México del siglo xix?, ¿por qué les gustó tanto a los mexicanos este invento y se popularizó tan rápido?, ¿cómo un objeto que inició principal- mente como una diversión se convirtió, con el paso del tiempo, en un elemento de entrete- nimiento, deporte y un medio de transporte alternativo y ecológico?

La primera bicicleta que rodó sus llantas en el territorio mexicano, a mediados del siglo XIX, fue la francesa llamada “Sacudehuesos”. Por su inestabilidad e incomodidad este tipo de bicicleta no prosperó en el país y rápidamente desapareció. Unos años después, en 1880, llegaron también de Francia las denominadas bicicletas ordinarias, las cuales tenían la rueda delantera más grande que la trasera, lo que provocaba que al tropezar, los ciclistas volaran por encima del manubrio antes de caer. Estas bicicletas fueron utilizadas hasta la década de 1890, cuando llegaron de Inglaterra las seguras que tenían las ruedas del mismo tamaño, lo que ayudó a disminuir los accidentes y gracias a sus neumáticos, transitar por las calles empedradas. Se popularizaron rápidamente y se utilizaron hasta bien entrado el siglo XX.Sin tAi??tulo (1280x353)


Vida Moderna

Durante el porfiriato llegaron diversas modas de Europa, que incluían diversiones y deportes, pues se buscaba que el país adquiriera una imagen europea para así reflejar un México moderno ante el mundo. En este contexto llegó la bicicleta, la cual se insertó, dentro de la modernidad tecnológica, junto al ferrocarril y la electricidad, como un elemento más que denotaba el progreso del país. El historiador William Beezley escribe: El ferrocarril señalaba el ingreso de la sociedad a la tecnología; la bicicleta señalaba el mismo fenómeno pero en el nivel individual. Al comprar una bicicleta el mexicano aprendía a manejarla, componerla, correr en ella, cambiarla. Aceptaba así, tecnología, producción masiva, desgaste y otros valores que hacen la vida moderna. Por lo tanto, tener una bicicleta hacía del mexicano un hombre moderno, con acceso a la tecnología y por lo tanto al progreso. A partir de 1890 la bicicleta se hizo cada vez más común y pasear en ella por las tardes en Reforma, la Alameda o la calle de San Francisco se volvió más frecuente.

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Sin embargo, como un nuevo artefacto, los citadinos tuvieron que aprender a utilizarla, por lo que escribieron diversos manuales que explicaban desde cómo encontrar el equilibrio y pedalear, hasta cómo alcanzar altas velocidades. José Echegaray y Eizaguirre, ingeniero, político, matemático y premio Nobel de Literatura 1904, es autor del texto

Sr. Adolfo MartAi??nez, fotografAi??a de Geegorio GA?mez, antes de 1910. col particular RamA?n Aureliano A. (459x640)La bicicleta y su teoría, en el que explica el funcionamiento del vehículo y su experiencia al aprender a montarla –incluyendo las caídas que sufrió-, y da útiles consejos para aquellos que quisieran aprender a utilizarla: La bicicleta hace muy poco por el ciclista. El ciclista no consigue el equilibrio en balde; él se lo ha de procurar. Con poquísimo trabajo es cierto, pero como él no se lo procure, a tierra va fatalmente con la máquina encima, por más que se encomiende, como yo me encomendaba al empezar, a todos los giroscopios de la física.

Echegaray y Eizaguirre encontró el lado ventajoso a la bicicleta en el ámbito social, pues señala que esta sería de gran utilidad para los sectores medios y bajos que no tenían acceso a los autos, caballos o choferes: El obrero no tendrá que vivir en cuchitriles antihigiénicos ni antiestéticos, sino a una legua o dos de la población, a veinte minutos sin fatiga. La bicicleta, entonces, representaba para la gente pobre la posibilidad de agrandar la ciudad y conseguir alcanzar una vida cómoda, sana, económica e higiénica. No sólo podía ser una diversión sino también contribuir a la solución de los problemas sociales.

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Clausell, cárcel y fuga de un periodista crítico del porfiriato

Fausta Gantús
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Apoyado en el poder judicial, el régimen de Porfirio Díaz persiguió a la prensa opositora. Varios periodistas terminaron encarcelados, entre ellos el campechano Joaquín Clausell, quien se destacó por su rechazo al reeleccionismo. Una mañana logró evadirse de sus carceleros y huyó a Estados Unidos. Su escape acentuó las diferencias entre la prensa proporfirista y los críticos al gobierno..

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Joaquín Clausell, Autorretrato, 1895, tinta sobre cartón, México. Tomado de Joaquín Clausell y los ecos del impresionismo en México, México, Instituto Nacional de Bellas Artes- Patronato del Museo Nacional de Arte, 1995

La mañana del 24 de octubre de 1893 los pequeños papeleros que cotidianamente recorrían el centro de la ciudad de México voceaban con entusiasmo la noticia que durante los siguientes días fue motivo de atención de los diversos representantes de la prensa: la fuga de prisión del periodista Joaquín Clausell.

Esta fuga ponía en evidencia varias de las contradicciones del régimen porfiriano. Por un lado, el ya conocido contubernio entre el poder judicial y el ejecutivo en detrimento de la labor periodística; por el otro, exhibía las debilidades del sistema de seguridad, en particular la labor de la policía. Pero también, podemos suponer, la evasión del escritor constituía un escarnio para las autoridades, lo que resultaba quizá la parte más molesta y agraviante para el gobierno. Es posible imaginar que una buena parte de la sociedad volviera su atención al suceso celebrando el escape como una especie de triunfo colectivo.

Para 1893, año de su célebre fuga, Clausell aún estaba lejos de la pintura, arte en el que sobresaldría a principios de la siguiente centuria y por el que cual continúa siendo re- conocido. Se asume que fue durante el exilio provocado por esta huida que viajó a Europa, ahí radicó un tiempo en Francia y se acercó al movimiento impresionista. Además de sus famosas obras, en particular los paisajes marinos, dejó plasmados su arte y su compleja personalidad en las paredes de su estudio, el cual quedó cubierto con cientos de imágenes que cautivan la mirada y los sentidos. Igual que cautiva la atención su azarosa vida como periodista y opositor al régimen porfirista.

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PaPalacio Penal de Belem, ca. 1910, ciudad de México. Library of Congress, Washington D.C

 

Clausell llegó a la ciudad de México a principios de la década de 1880 proveniente de la provincia, como tantos otros de los hombres que después ocuparían lugares destacados en la esfera pública. Nació en Campeche, lugar del cual emigró mientras cursaba estudios de bachillerato en el Instituto Campechano por los conflictos provocados por sus expresiones políticas y su actitud irreverente y contestataria ante las autoridades del propio Instituto y del gobierno del estado, en especial de los hermanos Pedro y Joaquín Baranda, importantes personajes de la vida política. Con Joaquín se encontraría de nuevo a lo largo de su vida en la capital del país, pues este ocupó por cerca de 20 años la cartera de la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública durante los gobiernos de Manuel González y Porfirio Díaz. Instalado en la gran metrópoli, Clausell pronto empezó a participar en diversas manifestaciones en contra del gobierno porfirista hasta llegar a ser uno de los principales líderes del movimiento antirreeleccionista de 1892.

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El sonado caso del ministro Joannini. Suicidio, política y juego en la ciudad de México, 1879-1882

Fausta Gantés / Instituto Mora

Revista BiCentenario # 18

Escena inicial
El sonido de un balazo atraves el aire. Eran las diez y media de la mañana del 20 de marzo de 1882. El cuerpo de Luis Joannini Ceva, conde de San Miguel, ministro plenipotenciario de Italia en México, yacía tendido en el piso de su estudio en medio de una gran mancha de sangre que fluía desde el orificio abierto en la sien derecha provocado por una bala que acababa de dispararse con la pistola que un poco antes compró en una armería de la ciudad.

Suicidio

Édoudard Manet, “El suicidio” (1877)

Arribo, presentación y éxito social

El baile de máscaras había sido un éxito rotundo. El ministro italiano y su esposa realmente se esmeraron en hacer de esa la recepción más elegante e importante del año, tanto asó que el esplendor de la fiesta alumbraría aún por mucho tiempo a la sociedad mexicana y varios años más tarde seguiría siendo recordada en los anales de la prensa, como en los “Ecos dominicales”, de La Patria Ilustrada, en su edición del 15 de febrero de 1886.

Aunque lo cierto es que en su momento el baile de fantasía no había dejado satisfechos a todos por igual, y había quien, como en el caso de Juvenal, sobrenombre de Enrique Chavárri, el famoso escritor de El Monitor Republicano, opinaba en su sección del 22 de agosto de 1880 que el evento no satisfizo las expectativas que había generado. Aseguraba que no fue tan fastuoso como se esperaba, que el hecho de la proximidad de otro acontecimiento parecido ocasionó que los trajes no fueran tan notables aunque, él mismo aclaraba, sí fueron de buen gusto y “dignos de mencionarse”. Otros, en cambio, consideraron que fue una fiesta concurrida, llena de buen gusto y elegancia y dejó “gratísimos recuerdos y el deseo de que se repitiera”, como anotaban los redactores de El Siglo Diecinueve unos días antes, el 16 de agosto. Lo cierto es que esa noche, la del sábado 14 de agosto, los anfitriones se esmeraron en atender a sus invitados, entre quienes se hallaba lo más granado del mundo de la política, así como lo mejor de la sociedad capitalina.

Ignacio Mariscal

Ignacio Mariscal

Al terminar la celebración el conde debió estar muy contento. La ciudad de México era una promesa de futuros éxitos, como el de la noche que recién concluía. Es probable que entonces recordara el banquete diplomático celebrado en Palacio Nacional unos meses atrás, en enero de ese mismo año de 1880, con el cual habían sido obsequiados por las autoridades mexicanas los cónsules de Bélgica, Guatemala y él mismo en su carácter de ministro plenipotenciario del reino de Italia, y en el que conviviera con muchos de sus pares, como los de Estados Unidos, Alemania, España y Bélgica, entre varios otros. Por supuesto, ahí departió también con los secretarios de estado, Eduardo Pankhurst, de Gobernación, Ignacio Mariscal, de Relaciones, y Carlos Pacheco, de Guerra; estaban también Ignacio Vallarta, presidente de la Suprema Corte de Justicia, así como algunos gobernadores, entre ellos el del Distrito Federal, Luis Curiel. Casi todos los periódicos dieron cuenta de la recepción diplomática, durante el mes de enero, en los días posteriores al evento.

Desde su llegada a México el conde Joannini tuvo una apretada agenda que incluía la asistencia a diversos eventos sociales, entre ellos el banquete que la colonia italiana preparó en su honor los primeros días del año de 1880 o su participación en el programa organizado por la Sociedad

Allard, al que se integró en la presentación pública mostrando sus dotes artísticas al piano; con los miembros de esa misma sociedad también se ocupó de ofrecer varios conciertos en su propio domicilio. Sus aptitudes musicales pronto hicieron que fuera considerado como “un consumado diletante”, que se le apreciara como “un músico de primer orden” y fuera tenido por un notable crítico musical; además de que se distinguía también por sus cualidades como conversador. Al parecer Joannini era bien apreciado entre sus colegas del mundo de la política tanto como por varios periodistas, como Filomeno Mata, el famoso director de El Diario del Hogar, quienes le tenían cordiales deferencias.

El desenlace: un suicidio

“Adiós María, adiós hijos míos, perdonadme y olvidadme” fueron las últimas palabras que el destituido ministro escribió en su nota suicida para despedirse de su familia. Tras conocerse la funesta noticia, estuvieron al lado de la condesa las señoras de Mariscal, cónyuge del ministro de Relaciones, y de Morgan, esposa esta última del embajador de Estados Unidos, Philip H. Morgan, prestándole consuelo y apoyo. “El cortejo fúnebre fue imponente”, relataba un diario, en tanto otro señalaba la generosidad de las autoridades mexicanas que habían asumido los gatos de la inhumación. Asistieron al velorio importantes funcionarios del gobierno mexicano, como Ignacio Mariscal, de las delegaciones extranjeras y un nutrido contingente de miembros de la colonia italiana quienes se volcaron a ofrecerle el último adiós al infortunado conde.

J. G. Posada, "Corrido de la muerte de Manuel GonzA?lez", detalle (1893)

J. G. Posada, “Corrido de la muerte de Manuel González”, detalle (1893)

Por aquellos días en los que la atención estaba puesta en el suicidio de Joannini algunos periódicos registraron en una pequeña nota de gacetilla, de apenas tres líneas, el suicidio de un gendarme que se dio muerte en el callejón de Camarones ignorándose los detalles del caso, como lo hizo El Nacional el 21 marzo. A diferencia de la muerte del conde, la del gendarme no causó conmoción ni ocupó las primeras páginas de diario alguno. Evidentemente ocurría así porque el tema del suicidio no era una novedad y el gendarme un simple desconocido.

El suicidio era un asunto que preocupaba desde hacía mucho y las noticias locales y muchas internacionales daban cuenta de ello. Por ejemplo, entre marzo de 1879 y marzo de 1882 un solo periódico de la capital informó de al menos 18 casos, uno de un comerciante extranjero. Constantemente la prensa consignaba noticias sobre muertos encontrados en la capital y en otros estados de la República, ultimados a tiro de pistola, por consumo de venenos (como la estricnina), a puñaladas, arrojándose a las acequias, tirándose al vacío desde la ventana de un hotel o desde alguna de las torres de la catedral, echándose a las vías del tren; algunos se consumaban con éxito, otros resultaban fallidos; quienes lo acometían eran los mismo de origen nacional que extranjeros que residían en el país o estaban de paso por alguna circunstancia.

Respecto al nivel socio-económico, según notas de los diarios provenían de los estratos más diversos, desde gente de los sectores populares (como sirvientes, obreros o soldados) hasta miembros de familias distinguidas o importantes integrantes del mundo de la política. Las motivaciones para quitarse la vida eran muchas, se suicidaban por culpa de la pobreza, de la deshonra, de la miseria, de los celos, del abandono, de los amores no correspondidos, por malversación de fondos, por enajenación mental y hasta por causa de la leva. Si los suicidas acometen el acto fatal por un egoísmo extremo o por una cobardía insuperable, resulta difícil, casi imposible de determinar. Pero sus deudos han de cargar con el pesar de la incertidumbre por el resto de sus vidas, eso es un hecho sobre el que se tiene mayor certeza.

El tema de los suicidios era una preocupación que había empezado a cobrar relevancia un par de décadas atrás, en la década de 1860. Muchos intelectuales, científicos y políticos se ocupaban del asunto en diversos escritos en los que se trataba de explicar, entender y detener la proliferación de esa práctica, asociada con el ámbito citadino y considerada por algunos una consecuencia negativa de la modernidad. La ley no estuvo ajena a las disertaciones, emisión de disposiciones, e intento de regularlo, aunque el suicidio había perdido su carácter delictivo en el Código Penal del Distrito Federal de 1871 y en términos legales sólo era considerado ya como una ofensa para el propio suicida.

También los periódicos se sumaron al esfuerzo de exponer las razones que podían provocar los actos suicidas y llamaban reiteradamente a la necesidad de ponerles freno mediante diversas estrategias, incluida la propuesta de suprimir publicidad a tales actos dejando para ello de consignarlos en sus páginas, lo que, sin embargo, no sucedió. El Tiempo, un periódico independiente en su posición política pero francamente católico en lo religioso, apuntaba en julio de 1877 que “el suicidio es una muerte furtiva y vergonzosa, es un robo que se hace al género humano”. Por su parte, en el contexto del suicidio de Joannini, los redactores de El Diario del Hogar, reconocidos liberales, anotaban el 26 de marzo: “El misterio pavoroso del suicidio preocupa hondamente y sea que se compadezca o se acrimine al suicida, el corazón se conmueve siempre al dar su fallo [...] el suicida es digno de lástima porque para nosotros obra siempre en virtud de un arrebato de demencia”. Estas notas ilustran de manera notable dos de las posiciones más importantes que imperaban en la época, pues si bien ambas consideraban al suicidio un acto terrible, unos optaban por el franco repudio y la condena por cuestiones morales en tanto los otros, más en la sintonía del discurso científico, intentaban comprender las motivaciones que conducían a un hombre a optar por esa acción radical.

Rumores

Las malas lenguas murmuraban que ante la deshonra que amenazaba con hacer presa de su casa y su apellido, Joannini no tuvo más opción que la de poner fin a sus días. Las voces maledicentes decían por lo bajo que el juego había sido su perdición. Personas menos malevolentes solo apuntaban que su suicidio se debía al “desastre financiero privado”. Algunas que lo apreciaban poco se encargaron de hacer saber que la verdadera razón era que había sido destituido de su cargo por el gobierno italiano y sintiéndose afrentado por tal decisión había apretado el gatillo. Pocos, los más benevolentes, dirían que se había matado presa de la más profunda tristeza porque no fue capaz de superar la muerte del más pequeño de sus hijos, ocurrida meses atrás. Otros más intentaron negar el suceso y para ello lanzaron la hipótesis de que lo ocurrido había sido en realidad un triste y trágico accidente sucedido mientras el conde examinaba su arma.

Por su parte, en un primer momento, el gobierno y parte de la prensa italiana se darían a la tarea de desmentir tales versiones y fortalecer la idea de que la desgracia fue consecuencia de su falta de planeación económica. Sin embargo, un par de meses más adelante, en Roma circular a un extenso artículo, mismo que sería traducido y reproducido en México en junio por El Siglo Diecinueve, en el que se señalaba que “El conde Joannini no era rico, pero sus costumbres fueron siempre algo dispendiosas. Aquellas costumbres al fin y al cabo lo condujeron a la catástrofe deplorabilísima [sic] que se efectuó en México”. En esas páginas también se reconocía que el gobierno italiano puso en receso al conde sin haberlo prevenido y se admitía que “el gobierno habría debido llamarlo primeramente, y después tomar las providencias que hubiese creído más conformes con sus propios intereses, sin demasiado perjuicio para Joannini”. Según este relato, al ministro se le anunció sorpresivamente la decisión del rey de retirarlo de su encargo “con una pensión proporcional a su sueldo de 5,500 libras”. Sin embargo, ningún periódico explicaba por qué el conde había sido de pronto notificado de su destitución, cuáles eran los verdaderos motivos que llevaron al gobierno italiano a tomar la decisión y a proceder de manera poco ortodoxa, nadie se preguntó ni aclaró si había alguna razón de orden político que hubiera afectado las relaciones entre ambos países o si el ministro había cometido algún error táctico en el desempeño de sus funciones. A?Por qué había sido destituido Joannini, un hombre de tan sólo 47 años de edad de los cuales 26 los había dedicado a servir a su país en la carrera diplomática?

La versión de la destitución se reprodujo en varios periódicos y era evidente que para el conde esa noticia implicaba una humillación y la deshonra. Algunos afirmaban que tras abrir la carta con los sellos del ministerio de Negocios Extranjeros del gobierno de Italia y enterarse de que había sido retirado del cargo y un nuevo ministro había sido designado para sustituirle fue presa de la desesperación y no pudiendo lidiar con tal estigma adquirió un arma, escribió un par de líneas para su esposa y sus hijos y se pegó un tiro.

¿Y el asunto del juego?

Pocos, casi ninguno de los periódicos mencionaron o aludieron al escabroso tema del juego y el papel central que pudo haber tenido en la muerte de Joannini. Sólo El Correo del Lunes, un impreso cuyo director, Adolfo Carrillo, no era muy bien visto por cierto sector de la propia prensa, pues se asumía que tenía vínculos con el gobernador del Distrito, por entonces Ramón Fernández, a cuyos intereses servía desde las páginas de su publicación, dio cuenta de una carta firmada sólo con las iniciales F.P.T., en la que se denunciaban las posibles “causas que motivaron el lamentable suicidio del Ministro de Italia en México”.

Paul Cezanne, "Jugadores de Cartas" (1893)

Paul Cezanne, “Jugadores de Cartas” (1893)

En efecto, el 27 de marzo de 1882, El Correo del Lunes reprodujo la historia que narraba una persona que declaraba haber trabajado como tallador en una casa de juego, cuyos datos precisos omitía, y de donde había sido despedido apenas unos días atrás sin que conociera los motivos, aunque, sospechaba que el mismo estaba relacionado con la trágica muerte de ministro italiano.

El anónimo autor refería como el embajador era un asiduo visitante de ese lugar, al que acudía varias veces por semana, ganando unas veces y perdiendo otras; daba cuenta de que Joannini había dejado de asistir por espacio de un mes pero que en los días próximos al trágico suceso había regresado y la noche del viernes anterior a su suicidio “jugó desde las siete hasta las doce de la noche, perdiendo, según yo observé, tres mil pesos”. Pidió un crédito de mil pesos a la casa, que después de concedido también perdió con “lama baraja”, lo que significaba que había sido víctima de las “fullerías y pilladas”, de las trampas con la que en esos sitios se esquilmaba a los clientes. Asimismo, apuntaba que el ministro se retiró del lugar comprometiéndose a pagar su deuda el domingo siguiente. Para recoger los mil pesos, los dueños del lugar comisionaron al denunciante, quien pasó al domicilio del conde, puntualmente. Habiéndose presentado, narraba que el diplomático lo recibió “muy agitado y estru[jando] en aquellos momentos una carta”, pero que le entregó la suma acordada expresándole: “Diga ud. al Sr. *** que esto es lo único que me queda. Me agrada saldar mis cuentas y no quiero que en México se murmure contra mí”.

Cierta o falsa la versión que el periódico reproducía, tocaba un tema por demás álgido y conflictivo en la historia del gobierno del Distrito Federal: el relativo a la existencia de casas de juego que funcionaban en la clandestinidad bajo el amparo solapado de las autoridades. Los reclamos, las críticas, las exigencias de buena parte de la prensa a quienes detentaban los mandos en el municipio de México, en el gobierno del Distrito Federal, en el ministerio de Justicia y, en ocasiones, al mismo presidente para que pusieran freno a su existencia fueron una constante que venía de varios años atrás, continuaron en la administración de Manuel González y siguieron durante buena parte del periodo porfiriano sin obtener resultados favorables. Las denuncias sobre lo pernicioso que resultaban esos centros de vicio para la sociedad capitalina, los casos expuestos por los impresos en los que se daba cuenta de cómo el juego arruinaba a las personas y destruía a las familias llenaron incontables páginas. Sin embargo, al parecer, en opinión de los representantes de la prensa, poco se hizo desde las altas esferas del poder para ponerle freno, al contrario épocas hubo en las que proliferaron descaradamente pues del contubernio entre los propietarios y las autoridades sacaban provecho y se enriquecían unos y otros.

Epílogo

La política, el juego y el suicidio se entretejen en la historia del breve paso y trágica muerte del ministro plenipotenciario de Italia en México, que inició en diciembre de 1879 cuando presentó sus credenciales al presidente de la República y concluyó el 20 de marzo de 1882 cuando con una detonación de pistola puso fin a su existencia. Las leyes y disposiciones oficiales que a lo largo de todo el siglo XIX reiteradamente prohibían la existencia de casas de juegos de azar no fueron suficientes para evitar la presencia de varias que operaban en la clandestinidad. El supuesto contubernio de las autoridades políticas con los propietarios de esos centros fue una denuncia reiterada por la prensa aunque no comprobada. Lo que es cierto, al parecer, es que esos negocios operaron de manera habitual sin que nadie los clausurara.

Alexandre Benois, "En la casa de juego" (1910)

Alexandre Benois, “En la casa de juego” (1910)

El caso Joannini pone de manifiesto las consecuencias más dramáticas a las que el vicio del juego podía arrastrar a sus víctimas y muestra también que pobres y ricos, artesanos y ministros, plebeyos y aristócratas podían, por igual, caer en la trampa que constituían las apuestas y recurrir al suicidio como vía de escape. Si Joannini corrompió su desempeño oficial por causa de su inclinación al juego no es algo de lo que se tenga noticia pero alguna sospecha despierta el hecho de que El Foro diera cuenta, tan sólo un mes después del triste suceso, de que había llegado a la aduana un paquete solicitado por el ministro de Italia, que por su contenido importaba el pago de más de seis mil pesos de aranceles, siendo que una vez instalado un embajador la ley sólo le permitía importar un máximo de tres mil pesos. En atención a la viuda, el presidente Manuel González, aprobando la opinión de Ignacio Mariscal y de Jesús Fuentes Muñiz, concedió que le fuera entregado el mismo sin cobrársele los impuestos correspondientes. Sin embargo, la señora Joannini, agradecida, rechazó la dispensa alegando que “los efectos no habían sido pedidos por su esposo” y que no podía aceptar las mercancías para no “comprometer” la memoria de su difunto marido y devolvió los bultos sin abrirlos.

¿Qué contenían esos paquetes? Imposible saberlo. ¿Los había solicitado el ministro a pesar de negarlo su viuda? Todo parece indicar que sólo él pudo hacerlo. ¿Para qué fin? Si bien no podemos afirmarlo con certeza porque no contamos con fuentes para ello, si podemos suponer que el conde, orillado por su crítica situación económica provocada por las pérdidas en el juego, probablemente se había enredado en acciones fraudulentas aprovechándose de su cargo diplomático y que, descubierto por las autoridades italianas, procedieron a retirarle su autoridad antes de que sus acciones empañaran la reputación del gobierno que representaba.

Finalmente, si bien el suyo no es el único caso de figuras sobresalientes del espacio público que optaron por matarse, pues ahí está antes el conocido caso del poeta romántico Manuel Acuña, sin embargo la muerte de Joannini constituye una interesante pista para tratar de entender los razones que podían conducir a un individuo a optar por el suicidio, así como observar las variadas posiciones desatadas en su entorno como reacción a tal acto, mismas que iban desde el rechazo y el repudio hasta las actitudes comprensivas y solidarias. Ante la amenaza de la deshonra y el deshonor, imposibilitado para reparar sus equívocos, atrapado en los valores culturales y sociales de la época, el conde sólo tuvo un camino para resarcir sus errores, evadir la afrenta pública, salvar el nombre de su familia y escapar al castigo de la justicia y de las leyes, aunque no al rumor y la maledicencia: el suicidio.

PARA SABER MÁS:

  • Alberto del Castillo, “Notas sobre la moral dominante a finales del siglo XIX en la ciudad de México. Las mujeres suicidas como protagonistas de la nota roja”, en Claudia Agostoni y Elisa Speckman (eds.), Modernidad, tradición y alteridad. La Ciudad de México en el cambio del siglo(XIX-XX), México, UNAM, 2001, pp. 319-338.
  • Miguel Ángel Isais Contreras, “Suicidio y opinión pública en la Guadalajara de fines del siglo XIX: representaciones y censuras”, en Jorge Alberto Trujillo, Federico de la Torre, Agustín Hernández y María Estela Guevara (eds.), Anuario 2005, México, Universidad de Guadalajara / Centro Universitario de los Altos-Seminario de estudios regionales, 2007, pp. 107-133.
  • Vicente Morales, Gerardo, Historia de un jugador (1874), en http://www.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=368:gerardo-historia-de-un-jugador-1874&catid=93:la-matraca
  • Semo, Ilán, (coord.), La Rueda del Azar. Juego y jugadores en la historia de México, México, 2000.

Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: Una historia con tres momentos

Alfredo Pureco Ornelas / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10

Pareciera que Michoacán es un lugar predilecto para las utopías. Y es que ellas se han intentado en tres momentos que, aunque terminaron sin frutos perdurables luego de la muerte de sus promotores, sí dejaron una huella importante en el espíritu humano que, a la fecha, podemos apreciar y recuperar. El primer momento se dio a finales del siglo XVI, cuando algunos europeos de buena voluntad miraron al continente americano como un espacio de regeneración. Un ejemplo de ello fueron los misioneros llegados a estas tierras que, como el primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, suponían que la colonización del Nuevo Mundo era una oportunidad que Dios otorgaba a los hombres para empezar de nuevo, para renacer. La evangelización de los nativos representaba también la oportunidad de formar al hombre nuevo, de modelar un tipo de conciencia alejada de los vicios. Para el humanismo español aquel siglo XVI fue una época que ofrecía la posibilidad de hacer experimentos novedosos en aras de la perfección espiritual. El obispo Quiroga, recuperando el planteamiento de dos grandes renacentistas –Tomás Moro y Tomasso Campanella–, jugó a dar vida a su propia utopía en los pueblos-hospital de Michoacán.

Vasco de Quiroga

Vasco de Quiroga

La pretensión de Quiroga era fundar pueblos agrícolas que, con apego a las ordenanzas monárquicas, permitiesen aprovechar la humildad y sencillez de los indíenas para reivindicar los valores de la iglesia cristiana en su etapa prístina. Además, buscaba promover la especialización productiva de cada poblado en aquello en lo que tenía mayores posibilidades y aptitudes, con lo que se daría un intercambio benéfico para todo el entorno. Así, los prototípicos hospitales-pueblo de Santa Fe, de la Laguna y del Río en Michoacán y la Santa Fe de México, en las cercanías de Cuajimalpa, nacieron en la década de los años 1530. Aunque el empeño por sostener el proyecto transformador fue arduo, en el largo plazo era difícil de sostenerse financieramente. A la muerte del incansable Quiroga, su aspiración no tuvo heredero y feneció.

Esta experiencia colonial precedió a otras dos, ocurridas de forma muy distinta aunque en el mismo escenario. La segunda aconteció en el Porfiriato, cuando se trató de proyectar la imagen de un México moderno, con un amplio progreso material. La tercera ocurriría después de la Revolución, como producto del arraigo del ideario cardenista encaminado a abrir el desarrollo social en el campo. Sobre estas dos últimas experiencias, nos extenderemos un poco más.

Antes de referirnos a ellas, quisiéramos precisar que el sentido etimológico de la palabra utopía es el no-lugar. Es decir, la utopía es un artificio de la mente, de una abstracción, un proyecto, por lo cual nace en el ámbito de lo individual e íntimo. Su hechura responde a los ideales de su sujeto-creador y por lo mismo responde a sus aspiraciones, las cuales, sin duda, estarán determinadas por la época en que le toca vivir. De tal modo, una utopía puede ser de orden ético, social, político y hasta económico y aun llegar a ser programas de transformación de gran aceptación social y entonces perdurar o bien limitarse al aislamiento de quien las sueña y morir cuando éste muere.

La utopía empresarial privada

El espacio idóneo para realizar una utopía es aquel que, para quien la proyecta, se encuentra vacío. Es un territorio inmaculado, desprovisto de identidad por creer que no pertenece a nadie; sin embargo, tal espacio es posible de colmarse con lo ajeno, con lo anhelado, que allí puede florecer. Esta descripción se ajusta relativamente bien a lo ocurrido en el campo de los negocios y la empresa agrícola moderna que pretendió arraigar el régimen porfiriano en México por conducto de extranjeros. Y es que en las últimas dos décadas del siglo XIX el general Porfirio Díaz invitó, por medio de su ministerio de Fomento, a colonizar México. Idílicamente se pretendía romper con la tradición y el provincianismo que se pensaban como la cara del atraso para hacer progresar al país, modernizarlo y volverlo cosmopolita. Sin embargo, sólo en casos muy excepcionales pudo lograrse este modelo del “buen” colono y uno de ellos lo representó el italiano Dante Cusi, quien se estableció con su familia en la Tierra Caliente de Michoacán en 1884 para construir una utopía agrícola y empresarial privada.

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El emigrado llegaba de Milán pensando, como muchos otros italianos de su época, que América era un continente abierto a las oportunidades de éxito económico individual. Lo que encontró fue un territorio muy distinto al que dejó atrás; uno aislado, casi desierto y agobiantemente tórrido. Su plan original no había sido establecerse en Michoacán, sino en Estados Unidos, donde pretendía convertirse en productor y comercializador de algodón. No se pudo, así que tuvo que conformarse con la idea de que, si en algún lugar iba a convertirse en un hombre de fortuna, sería en México.

El lugar que los recibió fue Parácuaro, pequeño paraje cerca de Apatzingán. Al inicio, Cusi y su familia se contentaron con poder sobrevivir a la ruina en que estaban. Se asociaron con otros italianos que arrendaban propiedades por la zona y con ellos, si bien no mucho después de forma autónoma, se hicieron agricultores, comerciantes, arrieros y hasta prestamistas en pequeño. De arrendatarios pasaron a pequeños propietarios y su carácter de extranjeros y trabajadores les dio buena reputación y el aprecio del gobernador Aristeo Mercado y más tarde del mismo don Porfirio.

La zona a donde llegaron Cusi y su familia se había ocupado desde la época colonial en el cultivo de añil, algodón, arroz y, sobre todo, como enorme pastizal para la crianza de ganado bovino. Sin embargo, aunque las propiedades eran de gran extensión, las pocas haciendas que continuaban en funcionamiento se hallaban en profunda crisis derivada del estado que las había dejado, por un lado la guerra de Reforma y por otro, la resistencia al imperio francés. En cambio, las unidades productivas más pequeñas, los ranchos, gozaban de cierta bonanza relativa y fue desde ellos que Dante Cusi comenzó a despegar junto con el naciente siglo XX.

En la medida en que creció el poder económico de la familia, el entorno de los valles soleados en que quedaron sus propiedades fue siendo objeto de una gran transformación geográfica y social. Ese plan transformador respondía a los deseos de Porfirio Díaz y sus ministros de Fomento de poblar el campo con emigrados europeos que vertieran su saber innovador, introdujesen nuevas tecnologías agrícolas, cultivos comerciables que se impusieran sobre los de autoconsumo –lo cual llevaría a la especialización y por lo mismo al monocultivo– y, finalmente, alentaran –aunque sin mayor compromiso– la mediana y pequeña propiedad individual al estilo de las granjas.

Dante Cusi y sus hijos lograron alcanzar esas metas en la primera década del siglo XX, al adquirir una extensión de 62,000 hectáreas en los valles de Tamácuaro y Antúnez por la vía de préstamos hipotecarios que les concedió la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento a la Agricultura. En aquellos lugares fundaron las haciendas siamesas de Lombardía y Nueva Italia. En ambas, los cascos de las haciendas se edificaron prácticamente en medio de la nada, pues desde hacía mucho tiempo los pequeñísimos caseríos en que se ubicaron se encontraban en ruinas y casi despoblados.

La tarea más importante para hacer productivas aquellas llanuras era proveerles de una fuente de agua para convertir los semidesiertos en planicies fértiles. Aquí entró en escena la pericia y saber de los italianos, quienes, familiarizados con la ingeniería hidráulica de su tierra de origen, Lombardía, lograron sacar el agua del río Cupatitzio, la que iba por el lecho de un cañón muy profundo por abajo del nivel del terreno que se quería irrigar. Esto se logró mediante la introducción de nuevos materiales como la tubería y el remachado de acero, así como del empleo de fuentes novedosas de energía en la comarca como la térmica y la eléctrica. Las tareas de nivelación y construcción de nuevos canales de conducción del agua fueron otras obras que llamaron la atención.

Justo al inicio de la Revolución mexicana, para 1910, los Cusi continuaban ampliando hacia el sur la frontera agrícola de Michoacán, rumbo a los linderos de la rivera norte del río Tepalcatepec. Para ello no sólo se habían especializado en la producción de arroz, sino que estaban prestos a incorporar las innovaciones en materia de mejoramiento genético del ganado y de las semillas agrícolas que empleaban. Experimentaban con simientes, con la adaptación de especies frutales y pecuarias, e importaban tanto de Estados Unidos como de Europa maquinaria para hacer funcionar la parte agroindustrial de la refinación del arroz.

Aquel despegue económico tendría grandes implicaciones sociales y, aunque muchas de estos cambios fueron eclipsados por la Revolución, su trascendencia vale la pena recuperarse. Por ejemplo: si en 1910, recién fundada la hacienda de Nueva Italia, contaba con 700 habitantes, al mediar el siglo XX alcanzaría una población de 4,700 personas. Este crecimiento demográfico se presentaría de forma ininterrumpida, a pesar incluso de la misma Revolución. En la especialización del cultivo del arroz se demandó de forma estacional, sobre todo para el periodo de cosechas, una amplia mano de obra que, desocupada de sus propias labores agrícolas, llegaba de las regiones altas de Michoacán e incluso de los vecinos estados de Jalisco y Guerrero.

Lejos de que los Cusi pensaran en sus haciendas como sitios que les investirían automáticamente de prestigio social, y en concordancia con la imagen señorial del terrateniente tradicional, aquellas fueron contempladas desde su origen con una mentalidad moderna, burguesa, diría Werner Sombart –el famoso sociólogo y economista aleán. Se trataba de unidades económicas hechas para la producción de excedentes y por consiguiente eran entendidas como fuente para la obtención de ganancias. El cálculo económico y técnico, del que Dante Cusi estaba muy al tanto desde que en su juventud fue empleado bancario en Milán, y como hijo de campesinos en su natal Brescia, pudo ser aplicado con prurito en la Tierra Caliente michoacana.

Nivelación de terrenos, apertura de canales de riego, encauzar corrientes de agua por desniveles de suelo e introducción de fuentes alternas y novedosas de energía como la eléctrica fueron algunos de sus grandes logros. Aquellos italianos veían materializada en sus haciendas michoacanas la América que habían soñado al salir de su patria cisalpina. Era su anhelo personal realizado y un ejemplo de progreso muy al estilo del plan modernizador del campo que el general Porfirio Díaz deseaba para la república. La utopía pública y la privada convergían en una sola e idéntica.

La utopía campesina socializante

La Revolución no impidió que aquellos negocios capitalistas siguieran funcionando a pesar de los coletazos que la revuelta armada infringió a Michoacán. La coyuntura cambiante obligó a que lo que era un negocio familiar se constituyese en sociedades anónimas, de las cuales la más importante fue la Negociación Agrícola del Valle del Marqués, S.A. Si bien las gavillas de bandoleros, revolucionarios y efectivos del ejército constitucionalista impusieron préstamos o despedazaron la infraestructura agrícola, ello no impidió que Lombardía y Nueva Italia pudieran sortear el escenario adverso.

Sería hasta la década de los años 1920 cuando las relaciones entre jornaleros y hacendados entraron en una larga fase de fractura que resultó imposible de superar. Los intereses de clase no pudieron contenerse más dentro de la matriz paternalista que Dante Cusi quiso imponer por mucho tiempo en el manejo de las relaciones laborales y en 1938, luego de numerosas huelgas, el presidente Lázaro Cárdenas decidió que Nueva Italia y Lombardía fueran intervenidas por el gobierno para dejarlas, de manera íntegra, con todo y su infraestructura, en manos de sus trabajadores bajo la forma de un ejido colectivo. El anhelo del general Cárdenas no era sólo entregar la tierra y dejar a su suerte a las clases rurales indigentes, sino establecer en ella un prototipo de a hacienda sin hacendados. Luego de la entrega formal a poco más de 2,000 campesinos, ocurrida en el mes de noviembre, se inició una segunda fase de transformación del espacio terracalentano, ahora por obra del ideario social del cardenismo; otro ideal, otra utopía.

El ejido comenzó a operar en las parcelas dadas a los jefes de familia radicados en las comunidades de las ex haciendas. De los terrenos para uso agropecuario, se apartó en cada una un espacio para la educación agrícola de niños y jóvenes.

Para ese entonces, las haciendas eran generadoras de 13,500 toneladas de arroz, 2,000 de limón y poseían 17,000 cabezas de ganado. Mantener aquel ritmo de producción exigía recursos financieros que sólo se lograron obtener mediante la constitución de Sociedades Colectivas de Crédito, una por cada núcleo productivo anterior a la expropiación. La idea planificadora del presidente Cárdenas se imponía como esquema para la marcha de aquellas unidades de producción cuya inspiración habría abrevado en los experimentos colectivistas rurales de los koljoses soviéticos.

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Lázaro Cárdenas, el otro utopista.

Al igual que se vieron afectadas las antiguas propiedades de los Cusi, así también se transformó la propiedad agraria de toda la rivera norte del río Tepalcatepec, prácticamente desde los límites con el estado de Jalisco en el extremo poniente, hasta el río del Marqués por el oriente. De 1936 a 1959, en aquella extensa región se fundaron una treintena de ejidos, que en otro sentido representó un cambio poblacional abrupto para la zona debido a que los asentamientos se establecieron allí donde anteriormente existía una bajísima densidad demográfica.

En relación a la planeación urbana de los núcleos ejidales, llama la atención el cuidado con que se pretendió dar satisfacción a sus habitantes en términos, no sólo en su desarrollo material, sino humano en general. La traza urbanística de los núcleos ejidales estaba planeada de forma escrupulosamente reticular, al centro de la cual se encontraba a menudo una plazuela en forma de glorieta a la que convergían cuatro anchas avenidas. Dentro de esos núcleos se disponían, a priori, lugares para escuelas, los servicios de los distintos órdenes de gobierno, el mercado, la biblioteca, una sala de espectáculos, un asilo para ancianos y otro para huérfanos, parques deportivos, refrigerador comunal y escuelas técnicas agropecuarias y de artes y oficios. En la teoría, el proyecto de los ejidos terracalentanos y su planeación no dejaba un cabo suelto.

En términos de infraestructura las disposiciones fueron integrar aquella comarca al resto de Michoacán y del país, pues si bien los Cusi habían hecho hasta lo imposible para ser competitivos con su arroz en mercados de mediana y larga distancia, siempre tuvieron el obstáculo del relativo aislamiento entre sus haciendas y Uruapan, el puerto ferroviario más cercano y desde donde desplegaban su potencial comercializador de productos agrícolas. Sin embargo, en 1940 quedó construida la vía del ferrocarril de 80 kilómetros entre Uruapan y Apatzingán, a través de los ejidos de Lombardía y Nueva Italia y a poca distancia de muchas otras propiedades ejidales.

No obstante que en 1940 Lázaro Cárdenas dejó la presidencia de la república, su interés por la zona de Tierra Caliente de Michoacán permaneció. La comandancia de las operaciones militares en la costa del Pacífico que le fue asignada durante la Segunda Guerra Mundial lo mantuvo apartado de sus proyectos de fomento rural, pero en 1947, cuando el presidente Miguel Alemán lo designó Vocal Ejecutivo de la recién creada Comisión del Río Tepalcatepec, los retomó. Con nuevos bríos buscó ampliar la superficie de riego en esos feraces valles y desarrollar a un nivel insospechado el sistema hidráulico y de presas que los italianos Cusi habían inaugurado en el Porfiriato.

Epílogo

El Michoacán del siglo XVI, lo mismo que todo el continente americano, era visto por los humanistas europeos, como una tabla rasa en la cual podía crecer un proyecto de humanidad diferente. Para el obispo Quiroga no se trataba solamente de emplear la fuerza laboral indígena al estilo que pensaron muchos conquistadores, sino de hacer de ella la columna vertebral de la que nacería una sociedad nueva. Su utopía era de carácter ético y económico; pero justamente por tener esa doble mira pereció con facilidad ante las fuerzas contrarias cuando él murió. Por su parte, la utopía porfiriana modernizadora expresada en la empresa agrícola de la familia Cusi casi se llevó a cabo, pues transformó físicamente un desierto en tierras altamente productivas. A ellas concurrieron cientos de personas en busca de trabajo o refugio durante la insurrección, pero el problema llegó cuando la acumulación demográfica rebasó los requerimientos de fuerza laboral de las haciendas y esto las hizo quebrar. En forma posterior, el presidente Cárdenas tuvo gran interés en que las conquistas de la Revolución se entregaran a las masas desposeídas que habían participado en ella y, por tanto, procuró para los pobres un proyecto de sociedad igualmente diferente; regenerada, útil para la nación y capaz de reproducir valores surgidos de la Revolución. Su gobierno otorgó oportunidad de crecimiento comunitario a los ejidos, pero desafortunadamente tampoco se pudo lograr la utopía socializante en el campo michoacano a plenitud, esta vez porque la semilla de la corrupción administrativa creció en las unidades colectivas de producción y el impulso que dio nacimiento a éstas se agotó poco a poco.

Tanto la utopía de Vasco de Quiroga en el siglo XVI como los proyectos porfiriano y posrevolucionario de transformación de la Tierra Caliente de Michoacán, terminaron como ensoñaciones surgidas de valores individuales, que se perdieron a medio camino entre lo ideal y lo posible. Utopías, al fin, pero ligadas siempre e inexorablemente a un impulso vital muy humano y, por lo mismo, también a la historia.

PARA SABER MÁS:

  • FERNANDO BENÍTEZ, Lázaro Cárdenas y la revolución mexicana, México, FCE, 2004.
  • EZIO CUSI, Memorias de un colono, Morelia, Morevallado, 2004.
  • LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ, Los días del presidente Cárdenas, México, El Colegio de México, 2005 (Historia de la Revolución Mexicana, vol. 15).
  • MAURICIO MAGDALENO, Cabello de elote, México, Porrúa, 1986 (“Escritores Mexicanos”, 85).

El proyecto de desecación del lago de Catemaco

Revista BiCentenario # 18

Rogelio Jiménez Marce / Universidad Iberoamericana-Puebla

Introducción
En la actualidad, la población de Catemaco, ubicada en el sureste de la zona central de la gran planicie costera del golfo de México, es identificada por dos factores: las referencias a las prácticas mágico-religiosas que realizan diversos personajes de la región y su lago que se ha convertido en un importante polo de atracción turística. De hecho, el lago es la primera imagen que aparece cuando se busca Catemaco en las páginas de internet. Éste se originó, de acuerdo con Gabriela Vázquez, por la formación de una cuenca a causa de derrames de lava que interceptaron el drenaje natural de un valle tectónico de rocas sedimentarias del Terciario Medio. El lago se ubica a 330 metros sobre el nivel del mar, posee 7 437 hectáreas de extensión y una profundidad que varía entre siete y once metros. Los especialistas lo consideran uno de los más productivos del país por la cantidad de peces que se pueden obtener. En la segunda mitad del siglo XIX, el lago de Catemaco comenzó a ser apreciado como un “regalo de la naturaleza” por sus habitantes y algunos viajeros que llegaron a la población, por lo que resulta curioso que en 1905 se hubiera planteado un proyecto para desecarlo, el cual no obtuvo los resultados deseados debido a que las autoridades de la población se opusieron a que se realizara.

Catemaco 1950

El proyecto
El 16 de marzo de 1905, Francis Louvier, personaje del que sólo sabemos que era ingeniero electricista, escribió una carta al secretario de Fomento para manifestarle que había realizado algunos estudios que le permitieron elaborar un proyecto para desecar el lago de Catemaco, acción que consideraba que resultaría benéfica para el estado debido a que se dispondría de una mayor extensión de tierras, con lo que se fomentaría la agricultura. Louvier solicitaba que se le otorgara la concesión para emprender las obras y en compensación a los gastos que tenía que efectuar, se le debía otorgar la propiedad de los terrenos desecados así como el derecho de utilizar el remanente de las aguas del lago para irrigación y fuerza motriz. El discurso de Louvier reproducía una parte del pensamiento de los liberales decimonónicos mexicanos que consideraban que el estancamiento del agua y las inundaciones representaban un obstáculo para la economía de los pueblos, motivo por el que propusieron diversos proyectos de desecación, desagüe y canalización de ríos, lagunas y zonas pantanosas con la intención de potenciar el desarrollo económico, a través del estímulo de la agricultura, el comercio y la repartición de las tierras drenadas.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • Gloria Camacho Pichardo, Agua y liberalismo. El proyecto estatal de desecación de las lagunas del Alto Lerma. 1850-1875, México, CIESAS-Archivo Histórico del Agua-Conagua, 2007.
  • Alba González Jacome, Humedales en el suroeste de Tlaxcala. Agua y agricultura en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2008.
  • Alejandra Ojeda Sampson, Francisco Covarrubias y María Guadalupe Arceo, “El proceso de antropización del lago de Chapala”, Secuencia, núm. 71, mayo-agosto de 2008, pp. 103-129.Ai??
  • Lourdes Romero Navarrete, El río Nazas y los derechos del agua en México: conflicto y negociación en torno a la democracia, 1878-1939, México, CIESAS-Universidad Autónoma de Coahuila, 2007.
  • Cecilia Sheridan y Mario Cerutti, Usos y desusos del agua en cuencas del norte de México, MAéxico, CIESAS-Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012.

Palomar y Vizcarra, un obispo comprometido

Entrevista realizada por Alicia Olivera
Presentada por Ilse María Escobar Hoffman

Revista BiCentenario #17

 

El general cristerio Enrique Gorostieza

Es innegable que el ideario social de los militantes católicos mexicanos de principios del siglo XX estuvo presente en los movimientos y propuestas que contribuyeron al derrocamiento del régimen porfiriano y también, posteriormente, a la construcción del nuevo proyecto de nación. La historia oficial ha desdeñado la participación de este sector en las transformaciones que han beneficiado a nuestro país porque confronta la ideología imperante. Sobre esta consideración, la entrevista a Miguel Palomar y Vizcarra (1880-1968) rescata una voz representativa de los católicos convencidos de su responsabilidad colectiva y nos ofrece un enfoque distinto y complementario que equilibra el análisis de los acontecimientos del México moderno y contemporáneo.

La historiografía del catolicismo en nuestro país es relativamente reciente. Ha dado a conocer la injerencia de los católicos en hechos históricos relevantes y distinguido una variedad de posturas y reacciones entre sus filas. Nuestro entrevistado es el gran ideólogo del catolicismo social de principios del siglo XX en México. Esta corriente de pensamiento procedía de todo un proceso ideológico de la iglesia católica en respuesta a los avances de secularización de los estados modernos, a las contradicciones del sistema capitalista de producción y al desarrollo de las tendencias socialistas, concretada en la publicación de la encíclica Rerum Novarum del pontífice León XIII en 1891.

La postura de Palomar y Vizcarra se identifica con la de los católicos sociales de vanguardia, tanto laicos como sacerdotes, que se adhirieron al programa social propuesto por este papa (superación de las clases obrera y campesina, estímulo a la juventud, impulso a la educación cristiana y participación política) y lograron una relevante organización traducida en congresos nacionales, uniones obreras, asociaciones, actividades parroquiales y partidos políticos. Preocupado por la desigualdad social del régimen liberal, se mostró inconforme en cumplir con un culto religioso solo exterior y formalista, convencido de que los católicos estaban llamados, por voluntad de Dios, a la construcción de una sociedad más justa, de la cual todos resultaban responsables. Sus convicciones religiosas y su formación ideológica en dicha doctrina lo motivaron a participar incansable en los organismos que emanaron de ella en México. Este movimiento social católico tuvo que hacer frente a los cambios drásticos que surgieron en el país a principios del siglo XX: la caducidad del Porfiriato, la apertura democrática de Madero, la convulsión provocada por la usurpación de Huerta y el proyecto de nación de las facciones revolucionarias que finalmente alcanzaron el poder. Cada episodio significó para los católicos activos una constante reorganización y ajuste de su movimiento a las circunstancias anticlericales que definieron el inicio del siglo en México.

Miguel Palomar nació y estudió en Guadalajara; sus primeros estudios los llevó a cabo en el colegio laico Liceo de Varones y después ingresó a la Escuela Oficial de Jurisprudencia, instituida y dirigida por católicos conservadores donde se recibió de abogado en 1903 después de sustentar la tesis titulada “El Divorcio”. Inició la profesión en el bufete de su tío Francisco García Sancho y adquirió prestigio por sus sólidos conocimientos y favorables relaciones sociales. Logró la estimación de algunos funcionarios judiciales, situación que le permitió ser nombrado juez y más tarde magistrado.

La diócesis de Guadalajara presentaba una sólida organización eclesial, disponía de abundantes recursos económicos y contaba con un considerable número de sacerdotes, lo cual le favorecía emprender un ambicioso programa social y apuntalar su autoridad. Esta circunstancia y su propia formación familiar, estimularon al joven Palomar a ser parte activa de los proyectos propuestos por los arzobispos de su entidad: José de Jesús Ortiz, promotor de múltiples iniciativas sociales, y su sucesor, Francisco Orozco y Jiménez, considerado uno de los obispos más emblemáticos en la ejecución de la doctrina de la Rerum Novarum. Asimismo mantuvo una estrecha relación con jesuitas destacados en el movimiento social católico.

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