Glorias y penurias del Teatro Toro de Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Construido hace más de 180 años, pretendía tener un lugar en la escena nacional. La aristocracia local lo usó para sus fiestas, pero también tuvo a la compañía de Placido Domingo en su escenario. Acabó como cine hasta que hace algunos años fue restaurado.

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. José Manuel Alcocer Bernés

Hacia 1832, el gobernador de Yucatán, avecindado en el puerto de Campeche, Francisco de Paula Toro, quería construir un teatro que pudiera darle a los habitantes de la ciudad acceso a las manifestaciones artísticas de la época. Campeche le recordaba a su natal Cartagena y el general pretendía que alcanzara el carácter cosmopolita de las grandes ciudades de la época.

El primer paso del cuñado del presidente de México, Antonio López de Santa Anna, fue reunir el dinero para la obra. Se formó una sociedad de accionistas, bajo la dirección del mismo Toro, quienes aportaron entre 500 y 1 000 pesos y en poco tiempo adquirieron el terreno donde se edificaría el inmueble. El capital inicial fue exiguo en un primer momento y hubo que abrir trece acciones más para incorporar inversionistas.

Al autor del proyecto edilicio lo encontrarían extrañamente en la cárcel de la ciudad. Por razones que se desconocen, allí se encontraba detenido el arquitecto francés Teodoro Journot, quien firmó un contrato con los accionistas por el cual se comprometió a diseñar el inmueble y dirigir su edificación a cambio de una paga de 50 pesos mensuales y una entrega final de 500 pesos cuando estuviera concluida la obra. El proyecto de Journot fue aprobado y así pudo también recuperar su libertad.

Los trabajos arrancaron en enero de 1833, pero en junio se presentaron en la ciudad los primeros brotes de cólera en el barrio de San Román que obligaron a suspender la obra. El cólera asoló la ciudad durante 28 días, lo cual provocó que algunos sacerdotes lo señalaran desde el púlpito como un castigo divino por erigir un centro de diversiones que ofendía a Dios. Fue tan fuerte la presión de la Iglesia que los socios del teatro cedieron sus derechos para que en su lugar se levantara una iglesia dedicada a la Virgen de las Angustias. Por fortuna, la epidemia cedió y el proyecto del teatro se retomó. De la idea eclesiástica quedó como constancia la mesa del altar mayor.

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

El teatro se concluyó entre los meses de julio y agosto de 1834, con un costo total de 39 000 pesos. En septiembre, los directores de la empresa enviaron un comunicado al Ayuntamiento señalando que la inauguración se llevaría a cabo el día 15, víspera del plausible día en que sonó por primera vez en la nación el dulce grito de la independencia.

Días antes, la ciudad amaneció llena de carteles anunciando las obras con que se iba a estrenar Orestes o Agamenón vengado y la jeringa. La aristocracia campechana se dispuso a comprar los palcos, en los que las señoras lucirían sus mejores vestimentas y joyas. El costo del abono por diez funciones en los palcos del primer y segundo piso sería de $10 pesos, en el tercero de $7 pesos y en luneta de 2.4 reales. El costo variaba por función: los palcos de primer y segundo piso valían dos pesos, en el tercero un peso, la luneta dos reales y la entrada general uno.

La noche de la inauguración asistió el general Toro y la aristocracia de la sociedad local para ver la obra que presentaría la compañía del español Rafael Palomera. En esos días se encontraba en la ciudad un viajero apellidado Waldeck, quien dejó sus impresiones sobre el suceso. Escribió que el teatro era uno de los más hermosos y más notables de la república mexicana, pero que había sido decorado por un pintamonas francés con mal gusto. Relata su enfrentamiento con uno de los edecanes militares que acompañaban al gobernador por haber obstruido su paso y el miedo de quienes lo escucharon: grande fue la estupefacción [...] por gastar semejante lenguaje [...] me creían atacado de locura y temblaban por mí. La obra tampoco le gustó, los actores le parecieron detestables, y prefirió marcharse.

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Pese a los buenos deseos, los accionistas no se ponían de acuerdo sobre la dirección y la operación del teatro. Muchos pidieron derogar artículos del reglamento porque afectaban sus intereses; algunos fueron retirados de la dirección, como el general Toro, quien decidió vender sus acciones y donarlas a los pobres de la ciudad, pero nadie las compró. Para 1835, los pleitos habían aumentado, al grado que se habló de enajenar el inmueble y disolver la agrupación. La solución fue nombrar a Toro como único director con facultades para resolver todos los inconvenientes del establecimiento y aceptar los resultados.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Para saber más:

  • ALCALÁ FERREZ, CARLOS, “La ciudad de Campeche a través de viajeros extranjeros, 1834-1849″, Relaciones, http://xurl.es/1mu06
  • DE LA CABADA, JUAN, Cosas que dejé en la lejanía: memorias, México, UNAM, 2003.
  • PALACIOS-CASTRO, SERGIO C., “La huella de Francisco de Paula Toro en el puerto de Campeche”, Marco Tulio Peraza Guzmán, coord., Arquitectura y urbanismo virreinal, Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 2000.

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