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Aventuras en la historia

Esto apareció en Milenio Semanal sobre la Revista BiCentenario 12:

Tres aventuras centrales rigen esta entrega. La primera indaga en la discriminación: la presencia de afronovohispanos en la lucha independentista, La Casa del Estudiante Indígena de los años veinte-treinta y la marginación por analfabetismo. La segunda resalta claves de la historia política: las primeras actividades diplomáticas del país independiente, la derrota (¿intencional por parte de Santa Anna?) de la batalla de Cerro Gordo en 1847, la Convención Antirreeleccionista de 1910. La tercera traza los avatares de la vida cotidiana en la Ciudad de México en algunos periodos de los siglos XVIII y XX. Otros ejes laterales, como la primera expedición científica mexicana para trazar la frontera con EU en 1827, más la riqueza de las ilustraciones, reiteran gusto y cuidado en la edición de esta publicación.

REVISTA BICENTENARIO. EL AYER Y HOY DE MÉXICO (VOL. 3, NO. 12). INSTITUTO MORA, 96 PP. ABRIL-JUNIO 2011

Alejandro de la Garza 

Memoria de mi infancia

Joaquín Moreno

Revista BiCentenario #12

La historia de la infancia mexicana ha me publicación por Genaro Estrada, entonces director D. T.

del Archivo Histórico Diplomático Mexicano en el año de 1923. Sabemos así que Moreno llegó a ser el escribiente de la legación de México en Francia cuando Lorenzo de Zavala fue el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario del primer gobierno de Antonio López de Santa Anna (1833-1835). Sus anotaciones de ese lapso ofrecen la mirada viajera de un mexicano sobre Nueva York, París y Roma y se extienden hasta marzo de 1835, cuando regresó al país. Moreno se pierde después en las tinieblas de la historia, pero antes nos proporcionó, sin quererlo, y por lo mismo fresco y auténtico, un relato de los negocios de tierras texanas de Zavala, que explican las razones por las cuales se convirtió en el primer vicepresidente de Texas, la conocida entonces como República de la Estrella Solitaria.

Joaquín Moreno había nacido en la villa de Ja- lapa, intendencia de Veracruz, hacia 1808. Al quedar huérfano de madre y sin aparecer el padre, fue recibido por un pariente, quien le educó con gran recido pocos estudios. Si bien el campo se ha abierto en los últimos años y cuenta ya con varios trabajos de nivel académico excelente, éstos se concentran, sobre todo, en los niños del Porfiriato y la Revolución mexicana. En tal sentido, el testimonio que ofrecemos a continuación tiene un gran interés, pues aborda la vida de Joaquín Moreno, quien sufrió los efectos del abandono de su padre, cuando éste se incorporó a las filas de la guerra de Independencia y su hijo era aún tan pequeño que a su vuelta no lo pudo reconocer, de la prematura muerte de la madre, agobiada por las carencias y el cuidado de varios hijos, que entonces comenzaron a rodar de casa en casa, entre familiares o conocidos.

¿Quién era Joaquín Moreno? Un desconocido, uno de tantos mexicanos que pasaría inadvertido de no ser porque gustaba de llevar un diario y éste no fue destruido a su muerte, sino que cambió de mano en mano hasta ir a dar a un puesto de libros viejos. Allí lo descubrió un bibliófilo, quien permitiría su severidad. Sin recursos, estudió como colegial de beca, hasta que pasó a la tutoría de su cuñado, que le trataba muy mal. El regreso de su progenitor, al término de la guerra de Independencia, no le significaría alivio alguno, hasta que, con aproximadamente unos 18 años de edad, él decidió tomar las riendas de su vida y comenzó a trabajar.

El fragmento que presentamos a continuación forma parte del titulado Diario de un escribiente de legación, uno de los escasos testimonios existentes acerca de la vida de un niño de clase media durante la década de la insurgencia y los primeros años del México independiente. Ilustra la vida de un pequeño que, por la ausencia y la irresponsabilidad del padre, enfrentó no sólo una situación socioeconómica difícil, sino abandono y maltrato. No obstante tuvo la oportunidad de estudiar, siendo la escuela el eje de su vida, siempre con referencia a la iglesia: clérigos, jesuitas, mercedarios, etcétera. Oigamos pues a Joaquín contándonos su historia, cuando era un joven escribiente de legación.

Ana Rosa Suárez Argüello

Instituto Mora

[...] qué vida tan llena de aventuras la mía y cuán incierta ha sido siempre mi suerte. Tuve la desgracia de ser hijo de padres pobres; en lo más tierno de mi infancia, a los dos años, quedo abandonado del autor de mis días, lo mismo que madre y tres hermanas niñas, porque le fue indispensable reunirse a las filas americanas en que estaba tan comprometido. ¡Qué de trabajos no soportó mi madre hasta su última hora por procurar a sus hijos una miserable subsistencia y muy mediana educación! El peso de tantos trabajos, aunque en los últimos años ya le prestaban algún auxilio mis jóvenes hermanas y un hermano suyo, ya para procurarnos juntamente con sus padres la subsistencia, ya que para nuestra educación, para mal vestir, juntamente con las continuas meditaciones de nuestro porvenir sin auxilio, le arrancan la vida y quedo huérfano a los diez años de edad, en poder de un tío materno, una abuela y dos jóvenes hermanas, sin más capital que el golpe de haber perdido a una admirable y ejemplar madre [...].

El padre don Alejandro Campos, de 97 años de edad, que era compadre de mi madre y padrino de la hermana que murió, y que nos daba el auxilio en casa, recogió a mis dos hermanas y yo quedé con mi tío, que para procurarnos a su madre y a mí la subsistencia, estaba obligado a sacrificarse día y noche en pintar. Al año murió mi abuelo y mis hermanas cuidaban de que fuese a la escuela cuando vino una orden terminante de un padre don José Santos Coy [superior de los frailes mercedarios], residente en Puebla y propietario de dos haciendas y una casa, que no sé con qué título se decía tío nuestro y con quien vivían años ha dos hermanas de mi padre, para que pasásemos a dicha ciudad. La idea de estar mejor y de la novedad nos hizo aceptar y ponernos en marcha, no obstante el parecer contrario del padre Campos, quien nos ofrecía no abandonarnos ni olvidarse de nosotros en su testamento.

Llegamos a Puebla el último día del año de 1819, fuimos bien recibidos y luego se nos impuso que a nuestras tías debíamos llamarles, a ejemplo de otras dos huérfanas y una prima bastarda mía, mamita a la una y mamita quica a la otra y al padre Tata, padrecito. Pasaron las dos semanas de miel y comenzaron los trabajos domésticos con una dureza para mis delicadas hermanas y la escuela para mí. A las otras jóvenes les llamábamos hermanas, aunque no sabíamos quiénes eran ni de dónde procedían. El padre comenzó muy pronto a usar conmigo el sistema bárbaro de azo-

tes por travesuras muy naturales en todo niño, o porque me acostaba más tarde de lo prevenido, y era tal su vicio en azotar, que muchas veces, sin motivo, [él] lo provocaba para satisfacer su infame costumbre. En fin, al finalizar de 1820, salí de la escuela, bien honrado y con el primer pre- mio [...]. Quise abrazar el comercio; pero como dicho padre ni sabía qué cosa era ni había tomado otra educación que la de fraile mercedario, me metió en un colegio de jesuitas, quienes fueron suprimidos al mes de estar yo con ellos [1821].

El trato duro que sufrían mis hermanas y los intereses del padre se combinaron para sacrificar a mi hermana Plácida, de quince años, casándola [ese mismo año] con un tal [José Manuel] Figueroa, de bajo nacimiento y vil educación, que durante su vida dio un trato durísimo a mi hermana y a mí, que tuve la desgracia de estar con él por las circunstancias que seguirán. Ignoro por qué causas luego que se hizo este matrimonio resolvió el padre irse a vivir a la hacienda de Santa Águeda, dejándome de colegial de beca, recomendando[me] al canónigo don Ángel Pantiga [prefecto de una academia], y mi tía la menor de niña del convento de Santa Clara. Tres meses o cuatro se pasaron de libertad para mí y de duros sufrimientos a mi hermana, sobre todo a la menor, cuando repentinamente viene una orden del padre para que se encargase de mí mi cuñado, porque él me abandonaba enteramente, haciéndome la gracia, por algunos empeños, de no crucificarme. El motivo fue dizque rompía dos pares de zapatos al mes y que andaba hecho pedazos, según le informó Pantiga. Y yo pregunto ¿quién es el muchacho que no vistiéndose más de una vez a la semana, pueda estar limpio, y sobre todo cuando éste sea vivo, fogoso y de carácter violento? Pero en fin, me fue indispensable pasar a ser propiedad de mi cuñado y empeoré bajo todos los aspectos.

 

Recuerdos de persecuciones, caminatas nocturnas y tanques de guerra

Alberto del Castillo Troncoso
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

Una manera de acercarnos a los hechos de 1968 se centra en la mirada de un niño que transitaba con normalidad por las vivencias cotidianas de entonces. También la fotografía funciona como disparador de la memoria y simbolismos para establecer otras maneras de reflexionar y cuestionar.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

La protesta estudiantil de 1968 marcó un parteaguas en la historia reciente de México y otros lugares del mundo. El sentido y significados de aquel episodio hay que buscarlos en la onda expansiva de la década de los sesenta. El 68 ha sido estudiado desde distintas vertientes, que cubren los ámbitos de la política, la sociedad y la cultura de la historia de nuestro país.

La médula del movimiento consistió en la reivindicación de un Estado de derecho, en un momento en que el sistema político mexicano giraba en torno a un solo partido, el Revolucionario Institucional (PRI), el cual gobernaba sin contrapesos democráticos reales y con una subordinación de los poderes legislativo y judicial a la figura del presidente en turno.

Los hechos del 68 constituyen un referente para la historia de los capitalinos. Una parte significativa de ellos tuvo lugar en las calles y las avenidas de una urbe de seis millones de habitantes. La protesta social se inició de una manera muy violenta a finales del mes de julio en el centro de la ciudad, con una gran represión de policías, granaderos y soldados contra los adolescentes de prepas y vocacionales, fue retomada de manera pacífica en agosto por los universitarios y politécnicos en el sur de la capital y llegó a su clímax a lo largo del mes de septiembre en el norte y de manera particular en el barrio de Tlatelolco, escenario de grandes batallas campales de estudiantes y padres y madres de familia contra policías, granaderos, judiciales y miembros del ejército mexicano apostados en la zona.

Finalmente, la masacre de un número todavía no determinado de ciudadanos ejecutada por parte de francotiradores profesionales del Estado Mayor Presidencial, soldados del ejército, y grupos paramilitares la tarde del 2 de octubre en la Plaza de Las Tres Culturas representó un foco de terror que se extendió con su terrible dosis de miedo, desencanto y paranoia a los habitantes de otras zonas de la ciudad en las siguientes semanas.

Las marchas festivas de los estudiantes y otros sectores de la población realizadas en los meses de agosto y septiembre de aquel año recorrieron grandes extensiones de la ciudad desde distintos lugares y la mayoría culminó en el zócalo capitalino, un espacio semi-sagrado, reservado hasta ese momento a la expresión pública de sindicatos charros y otros grupos afines a la política del presidente en turno. De esta manera, la protesta del 68 se extendió a zonas muy amplias de la capital, si tomamos en cuenta el accionar cotidiano de las brigadas estudiantiles que llevaron propaganda juvenil por los rumbos más diversos y heterogéneos, de la extensa zona de Iztapalapa al barrio de Tepito y la colonia Doctores, o bien, de Tacubaya a Ciudad Satélite y Azcapotzalco, pasando por los pueblos de Tlalpan, Xochimilco y Topilejo, entre otros muchos itinerarios: una urbe marginada y compleja muy distinta a la ciudad idealizada y edulcorada imaginada por los diseñadores del comité olímpico para la gesta deportiva de aquel año.

En los últimos años la memoria de los líderes y protagonistas de los hechos ha sido atendida a partir de la perspectiva de la historia oral. A su vez, el interés de los investigadores se ha extendido a los recuerdos de los brigadistas y otros ciudadanos de a pie y se han incorporado algunas lecturas de género, con lo que se ha cubierto una cantidad importante de testimonios, que sin embargo resultan aún insuficientes.

En el contexto de lo anterior, puede señalarse que la perspectiva infantil representa todavía un vacío a la hora de recrear y dar cuenta de los acontecimientos de aquella época, y es que el imaginario que conocemos hasta este momento está representado por un mundo percibido y narrado en forma predominante por adultos varones, con los intereses y preocupaciones políticas y existenciales que se desprenden de ello.

Al respecto, mi experiencia personal me ha ofrecido algunas claves para acercarme a este tema e imaginar otros escenarios. Yo nací muy cerca de Ciudad Universitaria, en el sur de la ciudad de México, en el seno de una familia de clase media y tenía ocho años cuando se presentó en mi vida el vendaval del 68. Entre otras imágenes que se pierden en la bruma del tiempo, recuerdo varios acontecimientos que marcaron mi vida para los años venideros:

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El papel clave de la diplomacia en la olimpiada cultural.

Diego Flores Olmedo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

El público mexicano de 1968 pudo acercarse a piezas artísticas y culturales originales de África, Asia, Oceanía y América como no había ocurrido antes. El trabajo de dos hombres que recorrieron el mundo para lograr que se exhibieran durante las Olimpiadas fue determinante: el antropólogo Daniel Rubín de la Borbolla y el arqueólogo Luis Aveleyra Arroyo de Anda.

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La Olimpiada Cultural México 68 significó una formulación sin precedentes para la historia de los Juegos Olímpicos modernos. Fue un proyecto ideado por Pedro Ramírez Vázquez, segundo presidente del Comité Organizador de los Juegos de la XIX Olimpiada de México 68 (COO México 68), que se anunció en noviembre de 1966 a los medios nacionales y tiempo después tuvo eco internacional. Por medio de veinte eventos, buscó acercar a los pueblos del mundo a través del arte, la ciencia y la cultura, creando un ambiente distinto al de las meras competencias entre atletas; uno equilibrado, de hermandad y paz que, paradójicamente, tuvo lugar en un mundo políticamente bipolar y de una profunda desigualdad económico-política entre los Estados del orbe.

En este texto daré cuenta, de manera general, de la labor del antropólogo Daniel Rubín de la Borbolla y del arqueólogo Luis Aveleyra Arroyo de Anda para lo que fuera la Dirección de Actividades Artísticas y Culturales (DAAC) del COO México 68. El trabajo de ambos funcionarios se destacó por una política diplomática que llevó a la creación de redes efectivas de cooperación cultural y artística, así como también por las propuestas de selección de obras de arte, artesanías, danza y fotografías de diversos países; algunos, incluso, con los que México no tenía relaciones diplomáticas en aquel momento.

Daniel Rubín de la Borbolla ha sido reconocido como uno de los más importantes antropólogos y humanistas del país. Su labor en el impulso del arte popular mexicano y de las culturas autóctonas fue altamente destacada y lo llevó a fundar dos importantes museos cuyos ejes principales fueron el arte popular y el moderno: el Museo de Artes e Industrias Populares (1951) y el Museo de Ciencias y Artes (1959) en la UNAM.

El doctor Daniel Rubín de la Borbolla, como la gente se refería comúnmente a él, comenzó a colaborar con el COO México 68 desde 1966, cuando el presidente del comité era Adolfo López Mateos. Después de que este último anunció su retiro, la presidencia del COO fue asignada a Ramírez Vázquez, quien conocía a Rubín de la Borbolla y sabía de su importante labor para la antropología y la cultura mexicana. Así fue como resolvió invitarlo a participar en las olimpiadas mexicanas como Asesor y Coordinador General Cultural de la DAAC. Tomó bajo su responsabilidad una tarea

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Edecanes en las Olimpiadas. La cara propagandística de los juegos.

Dra. María José Garrido Asperó
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

Más de un millar de mujeres y hombres fueron seleccionados en 1968 para mostrar las virtudes de México a las delegaciones y visitantes extranjeros. Su finalidad era contrarrestar las versiones estereotipadas que se tenían sobre el país. Se trataba de dar la mejor carta de presentación, sin espacios para debates sobre el presente, apelando a la estabilidad política y “emocional” y nada de “nacionalismos trasnochados”.

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Los Juegos Olímpicos México 68 fueron uno de los proyectos de Estado de calidad internacional más importantes realizados por México durante la segunda mitad del siglo xx. Entender el evento solo como una competencia deportiva en la que mujeres y hombres jóvenes de distintas nacionalidades disputaron durante dos semanas el reconocimiento de sus habilidades físicas, impide comprender la importancia que su organización y ejecución tuvo para el gobierno.

Los juegos fueron, desde la perspectiva estatal, la ocasión que permitiría ofrecer al mundo una imagen de México como un país rico en tradiciones e historia que había, pese a sus grandes deficiencias y contradicciones, logrado un considerable progreso, materializado en la prosperidad económica y la estabilidad política y social conquistada por los gobiernos surgidos de la Revolución mexicana, en particular por los encabezados por el Partido Revolucionario Institucional al amparo del llamado “milagro mexicano”. Un país que, en el balance de lo hecho y lo que faltaba por hacer, podía y quería mostrarse como moderno, con un futuro promisorio. Además, como suele sucede con cada edición olímpica, los juegos generarían trabajo para sus habitantes, aportarían infraestructura urbana, provocarían una importante derrama económica y serían un gran estímulo para impulsar y mejorar los programas deportivos y de educación física nacionales.

Al ser el Comité Olímpico Internacional (COI) una de las instituciones más conservadoras del mundo tanto por su estructura y composición como por los valores que promueve; el deporte –en especial el de alto rendimiento– una de las actividades que con rigidez promueve la uniformidad de los cuerpos y la disciplina y obediencia de las mentes; el gobierno mexicano de la época autoritario, vertical, antidemocrático, desigual y conservador y, estando el Comité Organizador de los XIX Juegos Olímpicos (COJO) integrado por hombres afines al régimen, el evento fue diseñado también desde esa mirada y ese pequeño y selectivo grupo eligió qué de México se debía exponer, qué historia contar, qué espacios mostrar, qué cualidades del mexicano convenía explotar y qué convenía ocultar o al menos disimular.

Desde esa lógica fueron organizados, costeados y publicitados, intentando en todo momento involucrar a los mexicanos en la fiesta olímpica, haciéndolos sentir responsables del éxito o fracaso, tanto como lo eran las autoridades, los organizadores y los atletas. Así, por ejemplo, se leía en la cintilla publicada en la primera plana del El Heraldo de México a color o en blanco y negro y con un tamaño de letra visiblemente mayor: “Mexicano: el éxito de la Olimpiada depende de ti”. Para el logro de esos objetivos había que orientar a la población para que durante la estancia de deportistas, prensa y turistas extranjeros se comportara como una  nación “civilizada”, contribuyera con su buena conducta a transmitir esa imagen y con ello el país saliera, como literalmente se declaró, “bien librado del compromiso adquirido”.

La elevada cantidad de delegaciones atléticas de todos los rincones del orbe que habían informado que asistirían y, sobre todo, la incorporación plena de la televisión por medio de la cual aproximadamente 600 000 000 de telespectadores podrían observar las competencias, provocaron que tanto autoridades como organizadores tuvieran la convicción de que en la celebración de la justa deportiva la reputación del país estaba en riesgo, porque el mundo miraría a México y juzgaría a los mexicanos al evaluar sus capacidades de organización.

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La huella de 1968 en el teatro independiente

J. Carlos Domínguez Virgen
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

Institucional, ceñida a las decisiones de unos pocos, reducida a beneficiar a minorías, la vida del teatro de los años sesenta tenía tantos vicios y ataduras como las formas de hacer política y gobernar. El movimiento estudiantil de 1968 constituyó un parteaguas y abrió brecha para que se generaran expresiones teatrales y artísticas fuera de los controles oficiales, reflejo de las inquietudes y denuncias de distintos sectores sociales.

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El llamado teatro independiente, a contracorriente de los cánones estéticos y políticos promovidos por las instituciones oficiales, aborda temáticas más contestatarias y beligerantes, se atreve a denunciar y a evidenciar los problemas e injusticias sociales, y en muchos casos se rehúsa a recibir financiamiento u otras formas de apoyo que pongan en riesgo su independencia
estética y política. El teatro campesino, el teatro político popular, el teatro documental o el teatro
promovido por exiliados, constituyen tan solo algunos ejemplos.

Cuando hablamos de teatro independiente en el caso de México es obligatorio referirnos al movimiento estudiantil de 1968 como un punto de quiebre que marcó los sucesos de la siguiente década y cuya huella sigue vigente hasta nuestros días. Hay que entender el 68 como un síntoma de la incapacidad del sistema político mexicano para incorporar y atender las inquietudes y demandas de nuevas clases sociales, incluyendo las de una creciente población universitaria. Hay que tomar en cuenta que una de las intenciones implícitas de los estudiantes era poner en entredicho los valores y las jerarquías que imperaban en esa época; poner en evidencia la creciente distancia entre el sistema político priista y algunos sectores de la sociedad. En tal sentido, las instituciones culturales oficiales, las cuales detentaban una concentración desproporcionada de poder, tarde o temprano también se convertirían en blanco de ataques y demandas sociales.

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No debemos olvidar que fue sobre todo en el contexto de los gobiernos posrevolucionarios, caracterizados por la hegemonía priista a partir de 1929, que se fundaron muchas de las instituciones que harían posible gran parte dela actividad teatral en México. La Escuela Nacional
de Arte Teatral fue fundada en 1946, el Instituto Nacional de Bellas Artes en 1947 y muchos de los teatros del IMSS fueron construidos durante las décadas de los cincuenta y sesenta. Durante estos años también se dieron pasos decisivos para institucionalizar la rica actividad teatral que ya existía de manera histórica en la UNAM y en otras universidades públicas alrededor de la República Mexicana, como es el caso de la Universidad Veracruzana.

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El cine. Medio siglo de gritos y susurros

Juncia Avilés
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42.

La recopilación de información en torno al movimiento estudiantil de 1968 y sus consecuencias ha sido copiosa. Desde la ficción o el documental se contabilizan una treintena de producciones audiovisuales. Su logro radica en mantener una memoria viva y crear conciencia del pasado. Sin embargo, hay pendientes que la filmografía no aborda aún.

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La primera vez que supe que había ocurrido algo en Tlatelolco fue en 1993 con una película, a la edad de 11 años. Aunque mucho de lo que entendí en ese momento se perdió en la novedad del instante, todavía recuerdo la sensación de miedo que me generó pensar que el ejército podía comenzar a disparar a una multitud. Este sentimiento no me abandonó cuando mis padres me llevaron a la siguiente manifestación del 2 de octubre, en la que incluso estuve esperando a que, como en la película, apareciera un helicóptero y nos matara. Fue imposible borrar esa imagen de 1968 y, pese a que no presencié la tragedia, sí puedo atestiguar cómo una cinta sobre aquel acontecimiento puede influir en el desarrollo (si no directamente en la formación) de un imaginario social.

Las cintas que se refieren al 68 mexicano han tenido diferentes alcances y han sido recibidas por públicos relativamente distintos. No obstante, lo reducido que haya sido el número de espectadores que conoce los particulares del movimiento estudiantil, sin duda las películas que se refieren a este han ayudado la creación de una imagen sobre lo que se considera uno de los parteaguas en la historia política del siglo XX mexicano.

A esto se refirió Jorge Fons, director de Rojo amanecer (1989), durante la 60 entrega de los Arieles (2018):

50 años, parece que fue ayer. Ha cambiado mucho el mundo, México, la sociedad, todo ha cambiado… Creíamos que podía haber un abrazo entre el Estado y la sociedad, y ahí se dio uno cuenta de que no, que no era posible. A partir de ahí todo mundo quería hacer algo sobre el 68, sobre el movimiento y concretamente sobre la matanza del 68; todo el mundo quería decir algo en el cine, pero pues no sabíamos cómo…

Las ideas que presento a continuación, como un pensamiento circular, se vinculan a estas palabras y volverán a ellas.

Recopilación prolífica

El 22 de julio de 1968 inició una historia con múltiples finales, pues depende desde qué perspectiva se cuenta. Esa tarde, un juego de tochito entre estudiantes de escuelas del Politécnico y la UNAM cercanas a la Ciudadela devino en batalla campal, que fue reprimida con violencia por parte de las fuerzas del orden capitalino. De la represión surgió un movimiento estudiantil que rechazó los instrumentos utilizados de forma regular por el gobierno para acallar las voces disonantes a su política. Dos meses y medio después, el 2 de octubre, fue acallado mediante una masacre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.2-OCTUBRE

Quienes salieron apresados de ahí, fueron torturados en el Campo Militar número 1 y posteriormente ingresados a la cárcel de Lecumberri, donde pasaron de dos a 32 meses, hasta recibir la “amnistía” presidencial en junio de 1971. Aquellos que no sufrieron esa suerte y se mantuvieron en acción, así como los detenidos y liberados en fechas anteriores, establecieron una “tregua olímpica” el 9 de octubre de 1968, buscaron por todos los medios legales y políticos la liberación de sus compañeros, y se encargaron de mantener la huelga hasta el 6 de diciembre, cuando firmaron su conclusión. El movimiento terminó el 2 de octubre en Tlatelolco, en diciembre del 68, en junio del 71, en el momento en que se reconoció su importancia dentro de las organizaciones de carácter civil, cuando se le estableció como parte fundamental del proceso democratizador, en el instante en que se le atribuyó la transición política del 2000,cuando se abrió un Memorial en su nombre, o sigue sin terminar, dependiendo desde dónde se lea la historia de nuestra sociedad.

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Mito y memoria para explicar el presente

Nancy Janet Tejeda Ruiz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

La identidad mexicana de la democracia actual se debe en gran medida a los acontecimientos de 1968. Al menos como el lanzamiento de diversos procesos políticos que se fueron fraguando a lo largo de estas cinco décadas. El relato de sus participantes, quienes lo interpretaron, la difusión por los medios masivos y cada conmemoración anual le han dado esencia.

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El movimiento estudiantil de 1968 se ha convertido en un mito fundacional para la historia del México contemporáneo. El 68 mexicano ha sido recordado en una diversidad de espacios de memoria: desde testimonios, películas y documentales, conmemoraciones, museos, canciones, novelas, cuentos, poesía, hasta artículos e investigaciones académicas, en los que se le ha interpretado como un momento inaugural, como la demarcación del final de una etapa de su historia y el comienzo de otra nueva, más plural y democrática.

La construcción de estas memorias produjo una serie de imágenes que condensan los significados que distintos actores, en ciertas circunstancias políticas y sociales, le han asignado al 68. La imagen idílica de los jóvenes estudiantes que tomaron las calles se conjugó con la de la tragedia y la represión, y se convirtió en un mito fundacional, es decir, en un relato o narración de carácter positivo que enuncia que ese año fue del comienzo de diversos procesos históricos sin los cuales no puede comprenderse el presente. En este artículo se busca dar cuenta de que el “mito del 68” es resultado de lo que la historiadora Eugenia Allier Montaño ha denominado como “memorias públicas” (2009) sobre el movimiento estudiantil.

Cabe señalar que los mitos forman parte del entramado cultural de las sociedades debido a que desempeñan un papel fundamental en procesos de identificación de un grupo o una colectividad, puesto que traen a la memoria hechos del pasado que son significativos para quienes evocan ese recuerdo. A través de la memoria, los mitos traen al presente un hito del pasado que permite a ciertos grupos explicarse su lugar en el presente, y, por lo tanto, es fuente de identidad.

Las significaciones construidas en torno al movimiento estudiantil abonaron a la configuración del mito como un proceso de construcción de memorias e identidad, en que se le ha atribuido la cualidad de ser condición de posibilidad para la “transición a la democracia”, para movimientos guerrilleros, feministas, de homosexuales, ecologistas, de defensa de derechos humanos, por mencionar algunos. Así, se ha consolidado como un relato hegemónico que difícilmente es cuestionado precisamente porque ciertos grupos fundan su identidad en el reconocimiento que hacen de que su existencia política se explica en función de ese momento fundacional, en otras palabras, 1968 aparece como un parteaguas en la historia de México.

Ahora bien, la memoria se construye desde distintos espacios, condicionada por las circunstancias políticas, sociales y culturales que rodean a los actores que la conforman, mismos que han resignificado al 68 mexicano a partir de sus propias posturas políticas y que, la
mayoría de las veces, más que elaborar explicaciones de carácter histórico, buscan legitimar a los grupos u organizaciones que encabezan el recuerdo. Algunos de estos espacios de memoria
moldeados a lo largo de los 50 años que han transcurrido desde el desenlace del movimiento estudiantil han tenido mayor impacto en la

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Correo del Lector #41

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

Por amor a la historia

El profesor José Cárdenas V., maestro de escuela en el rancho de San José de Belén en el municipio de San José Terán, Nuevo León, abrió un museo con piezas procedentes de los sitios arqueológicos cercanos.

¿Sabías que…?05. Cocoxochitl

La dalia fue decretada como flor nacional de México en 1963. Llamada por los mexicas cocoxochitl, que significa pipa o bastón de agua, los españoles se asombraron por su belleza desde que pisaron Yucatán en 1519. El padre José Antonio Cavanilles, director del Real Jardín Botánico de Madrid, la describió por primera vez en 1789 y la nombró dahlia por el botánico sueco Anders Dahl. Según la Sociedad Real de Horticultura inglesa cuenta con más de 50 000 variedades. Sus raíces, en forma de camote, son comestibles y medicinales.

Correo del lector

Sobre “Justicia privada”, de Darío Fritz (BiCentenario núm. 37), Rosa Alba comenta que ojalá todas las detenidas, como en el caso de María del Pilar Moreno, tuvieran un abogado poeta y orador como Querido Moheno, que las librara de la cárcel. Ernesto Díaz agrega que lo más deseable sería que hubiera más abogados como él, pero no para que defendieran a sus clientes sino a la justicia.

Recién recogí los ejemplares de BiCentenario núm. 39 y tengo que decirles que estoy muy complacido. La revista quedó muy completa y elegante, y el tratamiento gráfico de mi cuento es sensacional. Muchas gracias.

Arturo Garmendia.

Abasolo histórico” compartió el artículo titulado “El descalabro de la Puerta”, de José Luis Aguilar Guajardo, cronista tamaulipeco, y que trata sobre un suceso ocurrido en abril de 1817 y en el que tomaron parte “personajes de la talla de Xavier Mina y Felipe de la Garza”.

Errata

RS-Octavio Paz-012 GDE

La foto de Octavio Paz en BiCentenario número 31, página 65, tiene un error de identificación. Al escritor se lo ve con su hija, Elena Paz, y no con su esposa, Elena Garro.

Reloj de arena

06. Ignacio Lopez Rayon

24 de septiembre de 1818

Mariana Martínez, implora el perdón para su esposo, Ignacio López Rayón, al conocer que el rey otorgó un indulto general por el nacimiento de Isabel, su primogénita. López Rayón había sido acusado de traición, recluido en la cárcel de Cuernavaca y condenado a muerte, pero apenas fue liberado hasta fines de 1820, con motivo del nuevo matrimonio real.

07. José María Patoni17 de agosto de 1868

José María Patoni regresa a la ciudad de Durango, pero es asesinado por una fuerza armada al mando de Benigno Canto, al parecer por el apoyo que había brindado a Jesús González Ortega, presidente de la Suprema Corte de Justicia, para que sucediera a Benito Juárez.

08. Carranza 455195

1 de septiembre de 1918

En su mensaje ante el Congreso de la Unión, Venustiano Carranza enumera los puntos de la que será llamada Doctrina Carranza. Allí destacaba, entre otros, que todas las naciones son iguales en derecho; respetar mutua y escrupulosamente sus leyes, instituciones y soberanía, no intervenir en los asuntos internos de otra nación y que tanto mexicanos como extranjeros son iguales ante el Estado, por lo que no pueden pretender privilegios.

09. Manifestaciones julio 1968_0523 de julio de 1968

Alumnos de las preparatorias 2, 4 y 6 de la UNAM apedrean a los de la Vocacional 2 del IPN, en represalia por la pelea callejera del día anterior con estudiantes de la preparatoria Ochoterena. La batalla llega a la avenida Bucareli y calles cercanas, donde interviene el 19º batallón de granaderos de la policía capitalina y persigue a los alumnos del IPN, ingresa a la vocacional 2, lanza gases lacrimógenos y hace uso excesivo de fuerza.

Herramientas

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

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El biólogo Alfonso Herrera trabajando en su laboratorio, ca. 1926, inv. 18217. SINAFO

El mecánico con sus llaves, el carnicero con sus cuchillos, el herrero con sus pinzas, el tornero con sus martillos. Con todas las herramientas a la mano nuestro hombre de la foto podría ser tomado como tal. Los utensilios sobre la mesa, las mangueras suspendidas sobre la pared al fondo, alguna tubería bajando del techo y el artefacto junto a la ventana destinado quizá a apretar algo desconocido. Hay fotos que confunden y engañan como esta. No es el caso de las clásicas luces en el cielo que algunos inspirados se figuran invasiones extraterrestres, pero el paso del tiempo y el blanco y negro ayudan a cuestionar las apariencias y lecturas. Por suerte el señor trae bata, algo arrugada y con manchas –mecánico no, podríamos conjeturar, porque ya se la hubiera acabado por completo–, y el saco y la corbata ajustada nos hacen intuir que destazador de animales no puede ser, tampoco pulidor de piezas de metal. El detalle sin duda está entre ambas manos. En esa especie de gotero que cae sobre un recipiente. Y si a eso se suma un bigote estilo morsa, muy nietzscheano, extraño para aquellas opciones profesionales un tanto rudas, nos acerca al científico que también podríamos imaginar y que los orígenes de la foto dan por cierto. Quién podría vislumbrar que en la azotea de su casa este biólogo septuagenario, que vivía de una pensión, después de toda una vida dedicada a tratar de descubrir los orígenes de la vida, continuaba investigando, empecinado en la difusión secular de la ciencia, darwinista de pies a cabeza, aislado, casi olvidado por sus pares, incluso los que formó, impedido de estar en la universidad, aunque tuviera todos los títulos para merecerlo. Sulfobios, colpoides, protoplasma, plasmogenia, síntesis abiótica, microestructuras, formaban parte de su lenguaje cotidiano como un rompecabezas, el que finalmente tuvo que dejar incompleto. Fue parte de la vanguardia de los científicos de su época en el mundo, por eso mantenía correspondencia con el naturalista alemán Ernst Haeckel y colegas europeos tomaban como influyentes sus teorías y experiencias. Dirigió el Museo Nacional de Historia Natural donde participaría de la creación del Jardín Botánico y el zoológico capitalino. La ciencia en México lo tiene muy presente y valorado como un pionero que hizo escuela, muchas veces escaso de recursos y con una pasión infinita. Un día de 1942 falleció sobre su mesa de trabajo junto al microscopio, como el de la foto, rodeado de sus herramientas. Se llamaba Alfonso Luis Herrera.