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Dos miradas al sitio de Cuautla: Bustamante y Alamán

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa y Laura Suárez de la Torre / Instituto Mora

José María Morelos y Pavón era, en 1812, el dolor de cabeza de las autoridades peninsulares. La muerte de Miguel Hidalgo el año anterior había enardecido más la guerra contra las huestes insurgentes, con Morelos al frente. El orden en sus tropas, la táctica militar bien llevada, las victorias continuas hicieron que el virrey designara al destacado militar Félix María Calleja como su perseguidor. Fue así que éste se concentró en él y su ejército como únicos objetivos. Siguió sus pasos, estudió sus movimientos, le dedicó tiempo y cuando Morelos y sus hombres se asentaron en Cuautla, decidió enfrentarlos. Los sitió, los obligó durante 72 días a vivir entre la muerte, el hambre y el sufrimiento, del 19 de febrero al 1° de mayo de 1812. Los dos jefes, el insurgente y el realista, pusieron en marcha sus mejores talantes para oponerse como enemigos, para alcanzar el triunfo.

Morelos

Ese pasaje de nuestra historia fue captado por dos escritores que narraron en sus obras dos versiones de lo que aconteció entonces y del significado de ese episodio que mostró la lucha de dos hombres por sus ideales: para uno la insurgencia, para otro, la fidelidad a la metrópoli.

Veamos pues como nos describen este hecho Carlos María de Bustamante en su Cuadro histórico de la Revolución Mexicana, y Lucas Alamán en la Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente [1840].

La mañana del 17 [de febrero] supo Morelos que Calleja estaba en camino para Cuautla.

Serían las siete de la mañana [del 19] cuando Calleja avanzó en cuatro columnas: traía la artillería en el centro, y su caballería cubría los costados: sus cañones graneaban el fuego lo mismo que sus fusiles, y se notaba una especie de furor nada común en aquellos soldados. Calleja se había a la retaguardia en su coche, y parece que tenía por tan seguro el triunfo, que no creía que necesitase montar a caballo. Las arpías de su ejército, es decir aquellas vilísimas rameras que lo acompañaron en sus expediciones de tierra adentro, ocupadas en desnudar cadáveres, cual aves de rapiña o halcones que se lanzan sobre la presa, fueron de las primeras en presentarse al ataque con una animosidad desconocida en su sexo; mas en breve encontraron la muerte. Aguardose aquel enjambre de asesinos con serenidad; los americanos respondían a sus fuegos pausadamente, y todos se propusieron emplear bien sus tiros certeros lanzados desde los parapetos.

Mapa sitio Cuautla

Mapa del sitio de Cuautla (1812)

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Las entrevistas de los Wilkie a los “Cachorros de la Revolución”

Araceli Medina Chávez

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM / Instituto MoraRevista BiCentenario #17

LA?zaro CA?rdenas

A mediados de la década de 1960 una pareja de antropólogos estadounidenses, James Wilkie y Edna Monzón, procedentes de la Universidad de California en Berkeley, realizaron una serie de entrevistas a personajes destacados por su protagonismo en el proceso de la Revolución mexicana. Estaban interesados en el estudio de la etapa constructiva, que en su concepto se había iniciado en 1917 y aún no concluía en ese momento. Ambos investigadores pueden ser considerados pioneros en la utilización de la metodología de la historia oral para el estudio de dicho proceso, pues por entonces pocos historiadores se habían aventurado a hacerlo.

James Wilkie se interesó en la historia de México desde mediados de los años 1950, cuando escribió su tesis de maestría sobre el conflicto ideológico que surgió desde que Lázaro Cárdenas fue gobernador de Michoacán. Y con mayor razón cuando en su gobierno se pusieron en marcha políticas consideradas de tendencia socialista que hicieron posibles reformas en la educación y el surgimiento de la Confederación de Trabajadores de México. Se sintió entonces atraído por conocer al connotado marxita Luis Chávez Orozco y al estridentista Germán List Arzubide, quien con sus escritos había hecho posible reivindicar la imagen de Emiliano Zapata como activista social y no como el bandolero que en su tiempo la prensa extranjera presentó ante la opinión pública.

Así, Wilkie llegó a vivir en 1959 a la casa de Francisco Múgica, la Quinta Zipecua en Pátzcuaro, Michoacán, donde revisó su archivo privado y se abocó a la tarea de conseguir una entrevista con el ex presidente Lázaro Cárdenas. Cuenta que cuando finalmente logró entrevistarse con él, Cárdenas se sintió muy incómodo ante los aparatos magneto- fónicos y no permitió que lo grabaran, por lo que tuvo que realizar sus apuntes en el momento. Esta experiencia le despertó la inquietud de emplear la historia oral como metodología para estudiar a la familia revolucionaria. Recabar los testimonios de quienes vivieron y sufrieron durante esos convulsos años se convirtió en su meta principal. Le sedujo también el ambiente académico de investigadores extranjeros que halló en la ciudad de México. Pudo conocer a Woodrow Borah y a Stanley Ross, quienes pernoctaban en el Hotel Emporio o en el ya desaparecido Hotel Regis. Él, en cambio, disfrutó mucho de su hospedaje en el Hotel Del Prado y pudo admirar de cerca los murales de Diego Rivera.

Wilkie presentó su examen doctoral en 1962 y al poco tiempo recibió el apoyo de la Universidad de Berkeley y de su maestro George Hammond –director de la Bancroft Library– para poner en marcha su proyecto. Ese mismo año, conoció a Edna Monzón, una estudiante de literatura francesa con quien se casó y a la que contagió de sus afanes por estudiar la historia mexicana. Les interesó saber acerca de los periodos de Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas a través de la historia oral que ellos mismos se encargarían de recabar. Ambos estaban convencidos de que alcanzar la verdad absoluta en la historia es una quimera y existen tantas verdades como los diferentes puntos de vista de cada uno de los actores que interpretan el acontecer.

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La caída del Coloso

Octavio Paz Solórzano, edición Regina Hernández – Instituto Mora.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

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La ciudad de México en 1910 era una ciudad llena de contrastes. Como símbolo del poder, representaba a un régimen que sostenía el orden y el progreso. Las obras de urbanización, agua, drenaje, pavimentación de calles, alumbrado, servicios y nuevas comunicaciones traslapaban los contrastes entre la miseria y la riqueza y bajo el cual las diferencias entre pobres y ricos se incrementaban. Representaba asimismo a un régimen que, entre afeites, perfumes franceses, carreras de caballos, clubes hípicos, grandes salones y restaurantes, pretendía esconder su cansancio y decrepitud. Desde 1908 “después de la entrevista Díaz-Creelman”, la capital vio aparecer en sus calles, cafés, plazas, mercados, barrios y colonias voces discordantes que rompían el silencio y la apatía. Nuevos grupos políticos se sumaban a los partidarios de la No Reelección de Porfirio Díaz. El pueblo quería y buscaba un cambio.

Esperando la renuncia de DAi??az frente a la CA?mara de Diputados, junio 2, 1911

Esperando la renuncia de Díaz frente a la Cámara de Diputados, junio 2, 1911

En 1910 la ciudad de México vivía en un dilema. Por un lado, se hizo festiva, patriota, retomó el sentido nacionalista producido por el redescubrimiento de los héroes que 100 años antes habían lanzado el grito libertario. Por el otro, era cuestionadora, crítica, exigente, tomaba las calles para exigir un cambio que le permitiera obtener mejores salarios, elegir libremente a sus gobernantes e imponer la bandera del nuevo proyecto que reclamaba el Sufragio Efectivo y la No Reelección.

Por la calle de Tacuba transitaban jóvenes estudiantes, obreros, empleados, maestros, periodistas, que se dirigían al Centro Antirreleccionista a escuchar las propuestas de Emilio Vázquez Gómez, Francisco I. Madero, Luis Cabrera, Filomeno Mata y José Vasconcelos. Leían con sumo interés los artículos publicados en dos nuevos periódicos: México Nuevo y El Constitucional. Pero a la vez la población se preparaba para esconder sus inconformidades y mostrar al mundo los logros del régimen porfirista. Las fiestas del Centenario la convirtieron en escenario de los desfiles de huéspedes distinguidos. Se veían bombines, jaquís, kepis, levitas, sombreros emplumados y vestidos de seda y muselina, en contraste con los anchos sombreros de palma, los calzones de manta, los huaraches, los sacos de lana burda y corriente. El escritor y diplomático Federico Gamboa anota en su Diario: “La sociedad íntegra y el pueblo entero secundaron al gobierno con patriótica y cálida cooperación inolvidable”.

El pueblo observaba detrás de la valla de soldados y policías las inauguraciones de los edificios del manicomio de La Castañeda, la Normal para Maestros y la Asociación Cristiana de Jóvenes en la calle de Balderas, vio colocar las estatuas de Luis Pasteur, George Washington y Alejando Von Humboldt. En la Alameda aplaudió la inauguración del Hemiciclo a Juárez y desde el elegante paseo de la Reforma admiró elevarse la columna de la Independencia. Fiestas, bailes y banquetes halagaban a los invitados, pero las notas discordantes se escabullían para aparecer en el anónimo grito de apoyo a Madero y el Sufragio Efectivo, No Reelección.

Una vez que transcurrió el jolgorio, la tensión política aumentó. La oposición ganó terreno. Díaz utilizó los medios oficiales y oficialistas para declararse triunfante. El descontento recorría las calles de la ciudad. La protesta levantaba su voz. Las noticias llegaron pronto: Madero había promulgado el Plan de San Luis Potosí y llamaba a un levantamiento armado. Aquiles Serdán cayó luchando en Puebla. La misma capital de la república se enfrentó al régimen: el 18 de marzo de 1911 un grupo de intelectuales encabezado por Camilo Arriaga dio a conocer el Plan de Tacubaya, en el que se convocaba a una rebelión armada y a la toma del cuartel de San Diego. Al denunciarse la conspiración, algunos de sus participantes fueron hechos prisioneros, otros escaparon y se refugiaron en Estados Unidos. La represión aumentó, hubo delaciones y acoso. Las cárceles se llenaron.

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Díaz se tardó mucho en reaccionar; cuando por fin se percató de la importancia del movimiento maderista quiso revertir la situación. Hizo renunciar al gabinete en pleno con excepción del ministro de Hacienda José Yves Limantour. El 1° de abril envió al Congreso una iniciativa de ley para restablecer el principio de no reelección y repartir algunas tierras de las grandes haciendas. Buscó también un acercamiento con el jefe revolucionario Madero pero sus emisarios se negaron a discutir acerca de la renuncia presidencial. La lucha creció, el ejército fue incapaz de dominar las sublevaciones. La ciudad de México no escondió su inconformidad y se lanzó a la calle; estudiantes y obreros unieron sus gritos y exigieron la salida de Díaz, apedrearon su casa y el taller de El imparcial, reconocido como la voz del régimen, fue incendiado. El coloso tembló, su caída era inminente.

El fragmento que reproducimos a continuación expresa de excelente forma la efervescencia que se vivió en el Distrito Federal los días previos a la renuncia de Porfirio Díaz. Procede del “Magazine Para Todos” del diario El Universal, del 10 de noviembre de 1929. Su autor, Octavio Paz Solórzano, era hijo de don Ireneo Paz, y hacia 1910 colaboraba con su padre en La Patria, el periódico que este había fundado por él. Atendamos pues a su testimonio.

Regina Hernández
Instituto Mora

[...] Los más entusiastas en los ideales [revolucionarios] por los que se combatía eran los estudiantes: Unos, decididamente después de haber estado comprometidos en las conspiraciones que se fraguaban y temiendo ser aprehendidos, se agregaron a los amigos o conocidos que tenían en la revolución. [José] Siurob marchó a Guanajuato; Enrique Estrada al norte; Rafael Cal y Mayor, que había sido comisionado por Siurob para hacer propaganda entre los estudiantes, con el objeto de conseguir adeptos al Plan de Tacubaya y que el día designado para el levantamiento debía apoderarse, en compañía de otros estudiantes, del armamento de la guardia del Hospital Militar. Al fracasar la conspiración fue a unirse con Rafael Tapia, al Estado de Veracruz.

Un grupo de estudiantes de las diversas escuelas metropolitanas, encabezados por Fandila Peña y Gonzalo Zúñiga, tuvieron la audacia de irle a pedir la renuncia al general Díaz, pero al estar en su presencia les impuso de tal manera la voz ronca de don Porfirio, que ya ni hallaban ni cómo salir, y todos aterrorizados cuando se les preguntaba qué les había respondido el presidente, no sabían ni qué contestar, pues decían que sólo habían oído un ronquido. Después de este hecho, Fandi la Peña, con un grupo de los atrevidos se fue con los revolucionarios surianos.

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Manuel Castilla Brito ¿Revolución en Campeche?

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la Ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Manuel Castilla Brito

Hablar de la Revolución mexicana es hacer mención de los acontecimientos que tuvieron lugar en el centro y norte del país. Son muy pocos los testimonios que relatan lo que ocurrió en el sureste. En estas páginas me ocuparé de aquellos que tuvieron lugar de 1909 a 1913 y tienen que ver con el curso que tomó la Revolución en el espacio entonces tan alejado de Campeche (puerto y entidad), que por su situación geográfica pareció mantenerse ajeno a la turbulencia en el resto del país.

Revolucionarios campechanos

Francisco I. Madero visitó el puerto campechano durante su gira electoral, en junio de 1909. El gobernador porfirista, Tomás Aznar Cano, hizo lo posible por boicotear su presencia, impidiendo cualquier manifestación de apoyo. Los habitantes de la ciudad fueron intimidados mediante el uso de la fuerza pública, aunque el grupo maderista dirigido por Tarquino Cpardenas logró organizar un mitin nocturno en el recién inaugurado Circo Teatro Renacimiento. Aunque lamentablemente no tuvo el éxito esperado, los amedrentados campechanos no acudieron en el número esperado, los jóvenes que sí lo hicieron se entusiasmaron con el candidato, aplaudieron el discurso en el que Madero se refirió a los males de México: la larga permanencia de Porfirio Díaz en el poder y la necesidad de un cambio y lo corearon con mueras al dictador. El poeta Salvador Martínez Alomía recitó unos versos que cantaban al valor de sus coterráneos: “Campeche, tú fuiste bueno, Campeche, tú fuiste bravo y nadie te puso freno, vergonzoso del esclavo”. Entre los presentes se hallaban Calixto Maldonado, Urbano Espinosa, José de Jesús Cervera, Joaquín Mucel y Manuel Castilla Brito, quienes más adelante formarían el club de simpatizantes de Madero. La fascinación experimentada por la juventud local fue muestra de cómo los campechanos participaban del ambiente político que se respiraba en el país.

Gabinete de Castilla Brito

¿Cómo se fue dando la Revolución en Campeche? En 1907 había sido electo como gobernador Tomás Aznar Cano, hijo de uno de los fundadores del estado como entidad soberana y alumno distinguido del Instituto Campechano. Durante su gestión se sintieron los primeros vientos insurrectos que dislocarían la vida provinciana de Campeche. Al iniciarse el movimiento revolucionario que cambiaría el panorama político nacional a fines de 1910, Aznar no pudo entender o adaptarse a los nuevos tiempos que planteaban una democracia y urgían cambios. Antes de concluir el año, pidió un permiso indefinido, abandonando el estado con toda su familia rumbo a la ciudad de México, de donde nunca volvió. Su marcha trastornó la vida política; hubo varios gobernadores interinos, lo que habla de la gran inestabilidad reinante, a la par de la agitación en todo México.

El gobernador interino José García Gual convocó a elecciones en abril de 1911, para el periodo 1911-1915. Cuatro contrincantes se lanzaron a la contienda; al final sólo quedaron dos: Carlos Gutiérrez Mac Gregor, quien representaba los viejos intereses porfiristas y había sido gobernador, y Manuel Castilla Brito, que encarnaba a la nueva generación: era hijo del ex gobernador Marcelino Castilla, autor de la primera ley de educación del estado e identificado con la causa de Madero a tal grado que José María Pino Suárez le daría la comisión de organizar la revolución en Campeche; esto lo convirtió en promotor del movimiento maderista en esta ciudad y deja ver la participación local en las redes revolucionarias que existían en la república.

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La expulsión del delegado papal en 1923

María Gabriela Aguirre Cristiani
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco
Revista BiCentenario #6
DedicaciA?n del monumento a Cristo Rey 11 de enero 1938. Instituto Mora

Dedicación del monumento a Cristo Rey 11 de enero 1938. Instituto Mora

El primero de diciembre de 1921, a un año exacto de la presidencia de Obregón, monseñor Ernesto Filippi llegó a Veracruz para después ser trasladado a la ciudad de México, donde estableció su residencia. Nadie podía pensar que su presencia mostrar a la frágil estructura de la relación Iglesia-Estado.

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¿Y dónde está el Plan de Guadalupe?

Ing. Venustiano Carranza Peniche
Revista BiCentenario #6 
Venustiano Carranza. Col. Particular.

Venustiano Carranza. Col. Particular.

Crecí en el seno de una familia marcada por la figura y el recuerdo de un antecesor ilustre. Aunque yo no tuve la oportunidad de conocerlo, las historias que escuché desde niño han llenado mi existencia y de algunas quisiera dejar testimonio pues me parecen no sólo interesantes, sino también significativas y no desearía que se perdieran. Sobra decir que a la vez aprendí a admirar al abuelo, y que lo que he leído y estudiado después sobre su persona y su vida han ratificado mi admiración.

Una de las historias que aprendí -acaso la más agradable-, y en la que de alguna manera estuve involucrado se relaciona con el “Plan de Guadalupe”, uno de los documentos fundamentales de la Revolución Mexicana. Como diría el mismo Venustiano Carranza en 1914, en el primer aniversario de su firma, fue “el grito de guerra que lo más selecto de la juventud mexicana lanzó a los cuatro vientos del país contra la iniquidad triunfante, y ese grito no era más que la expresión vibrante y sonora de la conciencia nacional, expresión que reasumía el propósito firme, la voluntad deliberada del pueblo mexicano de no consentir más que el pretorianismo volviese a apoderarse de los destinos de la Nación”.

Desde el momento en que la tinta se expandía sobre el papel en que se anotó el plan, su autor pudo intuir el valor del documento: se trataba de encausar al país por la ruta de la legalidad y la justicia. Regresemos 95 años en el tiempo y metámonos en la trama de su vida: sepamos ahora el origen, destino y alcances del “Plan de Guadalupe”.

Oficina donde se recibiA? el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

Oficina donde se recibió el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

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Eugenia Meyer - UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

11. Andrea Palma, una entrevista, Eugenia Meyer, No. 1

Cuando en febrero de 1913 llegaron al estado de Durango las noticias sobre la Decena Trágica, el cuartelazo de Victoriano Huerta y los asesinatos del presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez, en la capital de aquella entidad se estableció una agrupación denominada defensa social, la cual estaba integrada por burócratas, empleados del comercio, sirvientes y jóvenes provenientes de las familias más influyentes y acaudaladas de la sociedad duranguense. Esta agrupación estuvo destinada a conservar el orden y vigilar los intereses de la población en caso de un ataque de los revolucionarios. No obstante la pluralidad de la flamante unidad paramilitar, fue identificada como de gente “curra” (rica y conservadora). Los voluntarios gozaron de gran popularidad ya que marchaban en la alameda o concurrían a las serenatas de la plaza de la Constitución, donde eran halagados con flores, lanzadas por las damas. El primer asalto realizado por los revolucionarios el 24 de abril de 1913 a la ciudad de Durango, fue rechazado por los defensores de la plaza, entre los que tuvo un destacado papel la defensa social. Sin embargo, el 17 de junio estos no pudieron oponer resistencia, viéndose obligados a evacuar la plaza. al día siguiente las principales calles de la ciudad casi no podían contener el río humano que corría en todas direcciones. Testigos señalan que algunos iban a todo galope sobre sus bestias, disparando al aire sus armas. Hubo saqueos en casas particulares y comercios que, tras ser robadas, las incendiaron. Tiendas como Durango Clothing Co., y La Francia Marítima, entre otras, ardieron toda la noche. Los días siguientes fueron de gran zozobra para los habitantes; la ciudad se encontraba en ruinas, incomunicada “sin telégrafo ni trenes que llegaran o salieran”, y falta de alimentos. Numerosas familias de la élite abandonaron sus casas, huyendo bajo la protección de los federales y de la defensa social. algunas se dirigieron a la Comarca Lagunera y otras a la capital del país. La toma de Durango fue uno de los triunfos más significativos de la revolución, por ser la primera capital que Victoriano Huerta perdió en forma definitiva.

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Una lección de historia. La Revolución Mexicana en la pintura mural

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

David Alfaro Siqueiros (1896-1974), nació en Santa Rosalía Camargo, Chihuahua. ingresó a la Academia de Bellas Artes de San Carlos a mediados de 1911. Posteriormente, en 1914, se incorporó a la revolución sumándose a las fuerzas del Cuerpo de Ejército del Noroeste, bajo las órdenes del general Manuel M. Diéguez, jefe de la División de Occidente. En 1919 el gobierno de México lo envió becado a Europa a continuar con los estudios interrumpidos en Bellas Artes. De regreso en México, se involucró –a partir de 1924– activamente en las luchas obreras. Su incorporación al Partido Comunista y su actividad partidaria lo llevó a prisión en varias ocasiones –por cuestiones políticas–. Vinieron después su destierro a Estados Unidos, su viaje a España y su incorporación al Ejército Republicano Español en la 82a brigada mixta (Teruel), para posteriormente pasar a la 46a Brigada Motorizada en el frente de Extremadura. regresó a México en 1944. Miembro prominente del Partido Comunista, siguió sus actividades como agitador sindical y político que le valieron volver a Lecumberri. Como pintor alcanzó fama internacional por sus obras de caballete, frescos y grandes murales que pintó en diversos edificios públicos, entre ellos el de la Escuela Nacional Preparatoria, el del Palacio de Bellas Artes y el del Museo Nacional de historia. Su última obra fue El Poliforum Siqueiros iniciada en 1970 en la Ciudad de México.

0. El primer mural

El trabajo que Siqueiros realizó para la Sala de la Revolución en el Castillo de Chapultepec no fue continuo. El artista participó durante 1959 en varias manifestaciones encaminadas a obtener la libertad de Demetrio Vallejo –dirigente ferrocarrilero– y otros activistas presos; dictó conferencias en las que criticó acerbamente la política laboral del gobierno y fue acusado, entre otros delitos, de disolución social, por lo que se le encarceló en el llamado Palacio Negro de Lecumberri. En 1964 se le concedió el indulto y en 1967 concluyó el mural que constituye, indudablemente, una obra maestra tanto por su plasticidad como por su síntesis didáctica. Siqueiros no pinta la revolución Mexicana sino sus antecedentes y, sobre todo, a los precursores e ideólogos que con su influencia o acción directa la hicieron posible.

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Los niños de Pancho Villa

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1

Uno de los personajes más controvertidos de la revolución Mexicana es, sin duda, Pancho Villa. En torno suyo se han escrito una buena cantidad de libros que, sin términos medios, se han nutrido con historias fantásticas que subrayan los rasgos negativos de su carácter. Otros, en cambio, exploran la actuación del líder revolucionario analizándolo de manera integral, sin embargo, la relación que tuvo con los niños ha sido una veta prácticamente inexplorada. A Villa le duelen la pobreza, el abandono, la ignorancia y el maltrato infantil porque todo esto lo conoció de cerca. Como si el tiempo se hubiese detenido, hoy, a cien años de distancia, los mismos problemas persisten invariables sin que sociedad o gobierno encuentren la fórmula definitiva que resuelva esa afección. Los llamados “niños de la calle” en el campo y en las urbes, siguen lacerando la conciencia social.

Los niños de Pancho Villa

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¿Festejar o conmemorar la Revolución?

Eugenia Meyer

Revista BiCentenario #10

Revista de revistas

Las fechas en que el pasado se hace presente en rituales públicos activan sentimientos e interrogan razones. Se construyen y reconstruyen las memorias del pasado, se significan finalmente los momentos y las circunstancias que los diferentes actores eligen para expresar y confrontar en el escenario nacional los sentidos que otorgan a los quiebres institucionales que unos impulsaron y otros padecieron. Celebrar o conmemorar parecen un binomio indisoluble en la acción de hurgar en los diversos escenarios en los que se despliegan los conflictos entre las diferentes interpretaciones y significados del pasado: cómo se transforma a lo largo del tiempo, por qué algunas fechas pueden cobrar mayor importancia hasta convertirse en emblemáticas o ser sólo hitos locales o regionales. Recuerdo e historia van de la mano en la construcción de las memorias sociales: establecen, a través de prácticas, marcas y celebraciones, los rituales públicos, las inscripciones simbólicas, los monumentos. Las diferentes interpretaciones sociales del pasado, las efemérides nacionales, se tornan objeto de disputas y conflictos. ¿Quiénes celebran o conmemoran? ¿Por qué? lo hacen? Es difícil lograr consenso al respecto, pues las mismas fechas pueden tener acepciones diferentes para los diversos actores en todos los niveles y estratos de la vida social del país, empezando por la esfera política. La operación del recuerdo y la del olvido ocurren siempre de acuerdo con las temporalidades subjetivas; remiten a hechos y procesos del pasado, que a su vez cobran sentido al vincularse con la proyección del futuro. También es cierto que la temporalidad se dirige al mañana, al paso del tiempo y a las transformaciones de los procesos sociales a lo largo de la historia. Por ello quizás es menester insistir en historizar la memoria para analizar las transformaciones y los cambios en los actores que recuerdan y olvidan los hechos del ayer, o bien que celebran y conmemoran esos procesos. En medio de tantos avatares “celebratorios” habría que reconocer que el término revolución ha quedado fuera del vocabulario político. Luego de tantas décadas de construir el discurso del estado mexicano alrededor de la gesta de 1910, parece que todo ello pertenece a una historia vieja, anquilosada. En su lugar se encauza la propuesta de la modernización y el cambio por los que tantos mexicanos han apostado su futuro.

Hasta hace unos años, desde que los legítimos herederos de la Revolución perdieron el poder, la misma parecía estar ya en el olvido. Sin embargo, con el bullicio del centenario, de repente nos encontramos con que la Revolución, por arte y magia de los calendarios, ha logrado ponerse de moda nuevamente. Inmersos como estamos ahora en la vorágine y la borrachera colectiva de las conmemoraciones, que no logran ocultar o disfrazar la torpeza y la miopía del gobierno (o los gobiernos), se pone de manifiesto la falta de imaginación y desorientación en el asunto de los festejos; en parte, debido a que el partido en el poder no entiende ni se identifica (y porque le son ajenas) con la Independencia y la Revolución. Como hechos extraños, son atendidos de mil formas, y sin meditarlo a conciencia les han dado un tratamiento de sacralización piadosa.

La Revolución (que parece haber renacido de sus cenizas) es un proceso distante con el que es casi imposible esperar empatía de parte del Partido Acción Nacional. El movimiento que echó raíces con la construcción de un partido surgido de la lucha armada (el Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional) quedó atrás con lo que algunos despistados y hasta optimistas definieron como el triunfo de la democracia, con la alternancia partidista y el ya distante (aunque no añorado) gobierno de Vicente Fox.

No resulta estéril, por ende, hacer el esfuerzo por reflexionar sobre lo que la Revolución fue y el significado que hoy tiene. Con sus cien años a cuestas, la revolución es (como dijera de manera insistente desde los años cuarenta Jesús Silva Herzog) un hecho histórico. Se perdió la reverencia, se debilitó o anquilosó la mitología y, en consecuencia, se dio paso a una visión más madura, quizá también más real y objetiva, del periodo que transformó la vida nacional, el ser y el hacer de México.

En los sesenta, cuando nuestra Revolución empezó a ser entendida como la preferida (en especial por los ideólogos estadounidenses), luego del sobresalto causado por la revolución cubana y la declaración de su carácter socialista, la atención hacia el proceso mexicano fue mayor. Los estudios y centros académicos dedicados a nosotros crecieron de manera significativa, muy especialmente en Estados Unidos. Esto es coincidente con la políticas implantadas y desarrolladas por la Alianza para el Progreso, el programa de ayuda económica y social destinado a América Latina gestado por John F. Kennedy, que habría de estar vigente casi una década.