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¿Propiedad privada o comunal? La tierra y los pueblos indígenas en tiempos de Maximiliano

Alexis Ricardo Hernández López
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Las intenciones del emperador austriaco de mejorar las condiciones de vida de los indígenas, por medio de su conversión en propietarios privados de sus tierras para que pudieran obtener mejor rendimiento económico de ellas, chocaron con sus costumbres comunitarias. Tal fue el caso del pueblo de Santa Ana Tepetitlán y su defensa de la propiedad comunal. Con el fusilamiento de Maximiliano, la propuesta nunca se pudo cumplir, pero quizá lo que vendría después sería peor para los pueblos originarios.

Visita de la embajada de indios kikapúes al emperador Maximiliano, ca. 1865, óleo sobre tela, copia del original de Jean Adolphe Beaucé. Museo Nacional de Historia, Secretaría de Cultura-INAH-MéX. Reproducción autorizada por el INAH.

Visita de la embajada de indios kikapúes al emperador Maximiliano, ca. 1865, óleo sobre tela, copia del original de Jean Adolphe Beaucé. Museo Nacional de Historia, Secretaría de Cultura-INAH-MéX. Reproducción autorizada por el INAH.

Es sabido que la época del segundo imperio mexicano (1864-1867) fue una de las más trascendentes para la historia de nuestro país, ya que en ella se definió si lograría o no consolidar su independencia frente a las grandes potencias europeas, como el segundo imperio francés de Napoleón III, quien en 1862 emprendió una intervención militar en México con el propósito de ampliar su dominio hacia el continente americano, misma que fue apoyada por los grupos conservadores mexicanos que deseaban quitar del poder al presidente Benito Juárez y acabar con
la república federal, a fin de establecer una monarquía y que derivó en la llegada de Maximiliano de Habsburgo al trono de México en 1864.

Sin embargo, otra razón por la que este periodo fue tan importante radica en que marcó un parteaguas en la historia de las relaciones del gobierno mexicano con los pueblos indígenas pues,
por primera vez desde la época virreinal, se estableció un canal de comunicación con los grupos originarios por medio de la Junta Protectora de las Clases Menesterosas (JPCM), cuyo presidente fue Faustino Galicia Chimalpopoca, un intelectual nahuatlato –es decir, hablante del idioma náhuatl– que gozaba de gran estima entre las comunidades autóctonas.

En efecto, la JPCM fue creada por decreto del emperador el 10 de abril de 1865, con el objetivo de recibir y atender quejas y peticiones por parte de los grupos menesterosos, es decir, de aquellas personas que no contaban con los recursos necesarios para vivir (entre las que se encontraban viudas, ancianos, campesinos, pero sobre todo los indígenas), así como de elaborar leyes para mejorar las condiciones de vida de este sector de la sociedad.

La creación de esta institución respondió al interés que Maximiliano mostró por los pueblos autóctonos desde su llegada a México ya que, a partir de entonces, recibió en el Castillo de Chapultepec a comisiones de representantes indígenas, provenientes de diversos lugares del territorio mexicano para escuchar directamente sus problemas, y buscó implementar una política proteccionista sobre ellos al percatarse de la usurpación que las autoridades locales y hacendados hacían de sus tierras comunales y recursos naturales.

Estas usurpaciones se habían incrementado años antes con la promulgación de la Ley de desamortización el 25 de junio de 1856, creada por Miguel Lerdo de Tejada (Ley Lerdo), con el objetivo de acabar con la propiedad comunal en favor de la privada, ya que los políticos liberales que promovieron dicha ley concebían la tenencia colectiva como un obstáculo para el desarrollo económico del país, por estar dirigida a una agricultura de autoconsumo y porque no permitía la libre venta de terrenos, puesto que éstos pertenecían al pueblo en su conjunto y no podían venderse entre particulares.

Si bien la preocupación que mostró Maximiliano por la situación de los pueblos indígenas ocasionó que al interior de estos surgiera una gran esperanza de recuperar sus tierras y mejorar su situación, ya que anteriormente habían sido ignorados por los diferentes gobiernos mexicanos, sería equivocado pensar que todas las comunidades reaccionaron con el mismo entusiasmo ante el arribo del nuevo monarca. Al igual que Benito Juárez y los liberales, el emperador quiso convertir a este sector de la sociedad en propietario privado de sus terrenos para acabar con la propiedad comunal, la cual era vista por él como un impedimento para el crecimiento económico de México.

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La ocupación estadunidense. Convivencia y diversión

Cristóbal A. Sánchez Ulloa
CIESAS Peninsular

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Durante los nueve meses en que las tropas del general Winfield Scott se instalaron en la ciudad de México entre 1847 y 1848, hubo una relativa armonía con la población a pesar de tratarse de una fuerza invasora. Carreras de caballo, paseos fuera y dentro de la ciudad, obras de teatro, corridas de toros, espectáculos de magia y ópera formaron parte de diferentes entretenimientos que compartieron en mayor o menor medida, aunque hubiese desconfianzas.

Interior del Teatro Nacional de México, en Julio Michaud y Thomas, Álbum pintoresco de la República Mexicana, México, Antigua Casa de Correo, 1850. Colección Particular.

Interior del Teatro Nacional de México, en Julio Michaud y Thomas, Álbum pintoresco de la República Mexicana, México, Antigua Casa de Correo, 1850.

Que tenía un pacto con el diablo. Era lo que se rumoraba en la ciudad. Y el aire de misterio que lo rodeaba, su mirada incisiva, su voz y ese acento peculiar abonaban a la palabrería. Por esos decires, algunos habitantes de la capital mexicana decidieron no ir a verlo, a pesar de que sus trucos eran algo insólito.

La reticencia de algunos, de cualquier modo, no impidió que la noche del jueves 6 de abril de 1848, una multitud de mexicanos y de soldados estadunidenses, quienes en ese momento ocupaban la ciudad, llenara el patio, los palcos, las lunetas y la galería del Teatro Nacional, como en las diez ocasiones anteriores en que se había presentado.

El escenario se iluminó con un centenar de velas y se decoró como el gabinete de un antiguo alquimista, con frascos, matraces, vasijas, candeleros y otros tantos instrumentos para realizar experimentos. Finalmente, apareció el mago alemán, vestido con una túnica de terciopelo negro, y comenzó su última función en la ciudad. En el punto culminante de la misma, Herr Alexander se hizo acompañar en el escenario de un niño de doce años. Instantes después, este se encontraba suspendido sobre el suelo, ante la mirada de asombro de todos los ahí presentes.

Fue en ese momento cuando se pudieron admirar los dos más grandes “trucos” que el mago Alexander Heimbürger hizo en México: en el escenario, hacer levitar al niño; y entre la audiencia, haber convocado a mexicanos y mexicanas, quienes habían evitado concurrir al teatro desde que inició la ocupación de la capital por el ejército estadunidense.

Muchos militares visitaron sitios de interés en la ciudad, como la catedral, la universidad y otros tantos que les llamaron la atención. Igualmente, se aventuraron a las afueras. Un grupo, por ejemplo, llegó hasta la cima del Popocatépetl. También organizaron carreras de caballos en el Peñón de los Baños y alguna que otra en el Paseo de la Viga, en la Alameda y hasta en la Plaza Mayor. En ellas, los soldados apostaban y hacían competir a los animales más veloces de su ejército, en un ambiente similar al del campo de batalla. Ahí podían alejarse de la sociedad mexicana y de la urbe, estar entre compatriotas y sentir que no habían abandonado la vida militar.

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5. De cA?mo la gente se agolpaba para comprar carne a principios del siglo XIX

Enriqueta Quiroz / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No. 5, p. 6

Ai??Ambulante carne B-5Hoy en dAi??a, cuando la carne tiene un precio tan alto que resulta inaccesible para las grandes mayorAi??as, apenas se puede creer que en el siglo XVIII y hasta los primeros meses de la insurgencia, fuera uno de los productos de mayor consumo y menor precio para los habitantes de la ciudad de MAi??xico. La documentaciA?n de la Ai??poca nos permite constatar los enormes volA?menes de carne ai??i??medidos en cabezas de animalesai??i?? que entraban en ella asAi?? como su venta abundante en las carnicerAi??as. Ratifican esta apreciaciA?n las raciones que se repartAi??an a soldados, presidiarios, escuelas y hospitales y la presencia continua de la carne en los recetarios criollos y conventuales.

Tampoco es fA?cil de aceptar que los capitalinos acostumbraban a degustar, cada dAi??a, gran variedad de carnes, en porciones de hasta medio kilogramo entre los mA?s acomodados, y que tambiAi??n fueran consumidas por el comA?n de la poblaciA?n con menores recursos. En verdad, la carne era muy barata. Esto se comprende mejor si consideramos que, con un jornal de tres reales ai??i??lo que ganaba un peA?n de la construcciA?n en la ciudad de MAi??xicoai??i??, alcanzaba para adquirir un mA?ximo de 13 Kg. y un mAi??nimo de 2.700 Kg. y, ademA?s, que el precio de la carne igualara al del maAi??z y el trigo; asAi??, por ejemplo, en el aAi??o de 1791, con un real bastaba para comprar 4.600 Kg. de maAi??z (unas 164 tortillas) o poco mA?s de un Kg. de pan o mA?s de 2 Kg. de carne. Es claro que algunas eran mA?s caras que otras, siendo la mA?s onerosa la de carnero y la de res la mA?s econA?mica.

Si acudimos a los criterios de compra y venta que empleamos en nuestros dAi??as, podrAi??amos pensar que los precios dados en las carnicerAi??as de la capital de la Nueva EspaAi??a en el siglo XVIII apuntaban a las compras al mayoreo, en especial porque las cantidades mAi??nimas que se vendAi??an resultaban en extremo generosas. Los precios ai??i??variables a lo largo de la centuriaai??i?? iban de un mA?ximo de 152 onzas por real ai??i??cerca de 4.400 Kg. por una moneda de un realai??i?? a un mAi??nimo de 32 onzas ai??i??918 gramosai??i?? por real. Y la diferencia de rango llegaba a ser mayor pues a algunos colegios y hospitales se les hacAi??an rebajas de un real por arroba (11.5 Kg.), lo cual reducAi??a el costo muchAi??simo mA?s.

Plano de las carnicerAi??as de la ciudad de MAi??xico (1797)
Plano carnicerAi??as B-5

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Cuaderno de Viaje: A?QuiAi??nes somos los mexicanos?

Carlos DomAi??nguez
Instituto Mora
Revista BiCentenario #7

 

ValdrAi??a la pena preguntarnos quiAi??nes somos los mexicanos con miras a entender las celebraciones del prA?ximo Centenario y Bicentenario. A?QuAi?? significa ser mexicano doscientos aAi??os despA?es de la Independencia y cien aAi??os despuAi??s de la RevoluciA?n? A?Significa, simplemente, que nos ponemos la camiseta cada vez que juega la selecciA?n mexicana, que sabemos de memoria el nombre de algunos ai???hAi??roesai??? aunque confundamos a los de la guerra de Independencia con los de la de Reforma, que estamos orgullosos de nuestra comida, que no perdemos ocasiA?n para llevar a nuestros amigos extranjeros a visitar las pirA?mides de Teotihuacan? A?O hace falta algo mA?s?

Cuando uno regresa a MAi??xico despuAi??s de vivir varios aAi??os en el extranjero es inevitable que los encuentros fortuitos en las calles, los contrastes sociales y el misticismo de las tradiciones nos hagan reflexionar sobre lo que llamamos ai???naciA?n mexicanaai??i??. Es inevitable porque vivir fuera significa encontrarse con ai???el otroai??? y ese encuentro siempre nos obliga a definirnos en tAi??rminos de los referentes mA?s obvios: la comida, el paisaje, la historia, las tradiciones y acaso el fA?tbol y otras pasiones de menor importancia; porque tarde o temprano, los contrastes entre MAi??xico y otros paAi??ses nos muestran que esos referentes simbA?licos y culturales que desde afuera nos parecAi??an tan obvios al hablar de nuestra naciA?n y nuestra identidad nacional ocultan en realidad mucho de lo que en verdad somos. MA?s aA?n, si se toma conciencia de lo que significa que MAi??xico estAi?? a punto de celebrar dos siglos de vida independiente y un siglo de la RevoluciA?n Mexicana, resulta tentador preguntarnos no sA?lo quiAi??nes somos, sino si seguimos siendo los mismos o, en otras palabras, si los fundamentos de nuestra identidad han cambiado a lo largo de todo este tiempo.

A los viajeros que hemos vivido este proceso obligado de reflexiA?n nos llama la atenciA?n, por ejemplo, la manera en que muchos mexicanos damos por hecho la existencia y la continuidad de ai???la naciA?nai??i?? y de una identidad nacional compartida, como si fuera algo que no es problemA?tico, que ha existido desde siempre y jamA?s cambiarA?. Pero la historia nos demuestra que no es asAi??. Las identidades y las naciones han estado sujetas al fluir eterno de la historia: los imperios han surgido y desaparecido (Roma, Bizancio, TenochtitlA?n), los reinos de antaAi??o se han convertido en invenciones nacionalistas que pueden o no corresponder con los territorios de sus antecesores (el Imperio Austro-HA?ngaro, la UniA?n SoviAi??tica) y los paAi??ses se han dividido y/o fracturado (EtiopAi??a y Eritrea, la ex-Yugoslavia).

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A?Y dA?nde estA? el Plan de Guadalupe?

Ing. Venustiano Carranza Peniche
Revista BiCentenario #6
Venustiano Carranza. Col. Particular.

Venustiano Carranza. Col. Particular.

CrecAi??Ai?? en el seno de una familia marcada por la figura y el recuerdo de un antecesor ilustre. Aunque yo no tuve la oportunidad de conocerlo, las historias que escuchAi?? desde niAi??o han llenado mi existencia y de algunas quisiera dejar testimonio pues me parecen no sA?lo interesantes, sino tambiAi??n significativas y no desearAi??a que se perdieran. Sobra decir que a la vez aprendAi?? a admirar al abuelo, y que lo que he leAi??do y estudiado despuAi??s sobre su persona y su vida han ratificado mi admiraciA?n.

Una de las historias que aprendAi??Ai??ai??i??acaso la mA?s agradable-, y en la que de alguna manera estuve involucrado se relaciona con el ai???Plan de Guadalupeai???, uno de los documentos fundamentales de la RevoluciA?n Mexicana. Como dirAi??a el mismo Venustiano Carranza en 1914, en el primer aniversario de su firma, fue ai???el grito de guerra que lo mA?s selecto de la juventud mexicana lanzA? a los cuatro vientos del paAi??s contra la iniquidad triunfante, y ese grito no era mA?s que la expresiA?n vibrante y sonora de la conciencia nacional, expresiA?n que reasumAi??a el propA?sito firme, la voluntad deliberada del pueblo mexicano de no consentir mA?s que el pretorianismo volviese a apoderarse de los destinos de la NaciA?nai???.

Desde el momento en que la tinta se expandAi??a sobre el papel en que se anotA? el plan, su autor pudo intuir el valor del documento: se trataba de encausar al paAi??s por la ruta de la legalidad y la justicia. Regresemos 95 aAi??os en el tiempo y metA?monos en la tramaAi?? de su vida: sepamos ahora el origen, destino y alcances del ai???Plan de Guadalupeai???.

Oficina donde se recibiA? el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

Oficina donde se recibiA? el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

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