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Santa Anna en Turbaco, en 1856

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Durante su segundo exilio en Colombia y a un año de huir del país, el ex dictador recibió a un periodista de un medio estadounidense al que le relató su participación en el proceso de independencia, los “errores” de juventud de apostar por un país federado y el desprecio por las políticas americanas.

Cuando “Amigo” se enteró de que el general Antonio López de Santa Anna se había establecido en Turbaco, a dos horas de Cartagena, Nueva Granada, decidió sacar partido de su viaje a Bogotá y detenerse en aquella población para hacerle una entrevista. Debía estar convencido de que su editor tendría interés en ella, por lo que no dudó en visitar al ex hombre fuerte de México y departir un rato con él.

“Oliendo” una buena noticia, “Amigo” se presentó en la Casa de Tejas, como se conocía en Turbaco a la mansión donde residía el ex dictador mexicano y, sin libreta ni cuaderno para hacer anotaciones, ya que lo esencial en el ejercicio periodístico de entonces era la memoria, puso gran atención, no sólo a las respuestas que sus preguntas recibían, sino también a la casa, los entornos, la persona y las expresiones de aquél con quien hablaba. Tres días después intentaría reproducir por escrito, casi palabra por palabra, la mayor parte de lo que había visto, ído y dicho, y después de hacerlo, remitió el documento a Nueva York o, tal vez, lo llevó consigo al regresar a su país y lo entregó personalmente.

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Antonio López de Santa Anna, daguerrotipo ca. 1853, De-Golyer Library, Southern Methodist University. Flickr Commons.

“Amigo” no se equivocó sobre el interés por el material por parte de su editor, Horace Greeley. Se publicó en el New York Tribune escasamente unas semanas después: el 14 de febrero de 1856. La entrevista tendría una difusión que ni Santa Anna mismo pudo conjeturar: el importante periódico, reconocido por su independencia y orientación reformista (era abierto partidario, por ejemplo, de la abolición de la esclavitud), tenía por entonces una circulación diaria de más de 60 000 ejemplares; pero su influencia llegaba incluso a las áreas rurales. No era raro que Santa Anna llamara aún la atención. Apenas un año anterior, muchos mexicanos se postraban ante él y le aplaudían como Su Alteza Serenísima. Sin embargo, los abusos y las dificultades habían ido agotando su mandato. Mientras él inventaba impuestos y proscribía o confinaba a los disidentes, la revolución proclamada por el plan de Ayutla en marzo de 1854, iba ganando adeptos y, por más esfuerzos que hizo, el general presidente no consiguió derrotarla. En agosto de 1855, el triunfo de los “facciosos”, guiados por los generales Juan Álvarez e Ignacio Comonfort, era un hecho. El día 9, Santa Anna huyó de la capital por la noche, concediendo el triunfo al enemigo. El 12, en Perote, manifestó que dejaba México y la mañana del 17 partió hacia La Habana, en el vapor “El Guerrero”. Iniciaba de tal manera su tercer exilio, que sería el último y el más largo. Unas semanas después, en septiembre, zarpó para el puerto de Cartagena, para de allí, luego de recorrer, rumbo al sur, cuatro leguas (unos 20 kilómetros), llegar por fin a Turbaco.

El vecindario de esta pequeña población, que guardaba un buen recuerdo de su estancia anterior (de 1850 a 1853), lo recibió con agrado. El ya sexagenario Santa Anna recuerda en sus memorias: “El cura párroco a pie y mojado por la lluvia que había caído, asomó el primero seguido de una multitud que me saludaba entusiasta; la música del pueblo llenaba el aire con sus sonatas, y al apearme del caballo disputábanse la preferencia de abrazarme”.

Volvió a la casa que había construido anteriormente y procuró no estar ocioso. Destinó sus tierras a la agricultura y la cría de ganado. Inició por entonces el dictado de sus memorias. Además, crió gallos para divertirse con su juego favorito y se ocupó de sus vecinos. Les prestó dinero, sin obtener utilidad alguna, como hacen constar los protocolos notariales que pueden consultarse en Cartagena y fue dadivoso con quienes precisaban socorro para resolver sus penurias y mejorar sus condiciones de vida. Con su colaboración, casas más cómodas comenzaron a sustituir a las chozas miserables y a llenar los terrenos baldíos y se reedificaron el curato y la iglesia parroquial, con sus altares y ornamentos. Ayudó en la edificación de un cementerio. E impulsó el cultivo del azúcar y el tabaco y la cría de ganado.

Otro de sus intereses fue desarrollar los transportes y las comunicaciones de los alrededores. El entrevistador del New York Tribune reconoce la tentativa de Santa Anna de construir un camino de peaje que uniera Turbaco con Cartagena. Esto le ganó el afecto y la gratitud de los vecinos, quienes, cuando se enteraron de que se iba a marchar, le rogaron, como a “su padre y bienhechor”, que no lo hiciera. Sin embargo, vientos de fronda soplaban sobre Nueva Granada hacia 1858, año en que se aprobó una nueva constitución: liberal, federalista, antieclesiástica. El general Tomás Cipriano Mosquera intranquilizaba al país. Santa Anna, quien, como veremos en seguida, no parecía gozar de las simpatías de aquel militar, temió ser perjudicado y prefirió alejarse. El 9 de marzo de ese año emprendió el viaje a la colonia inglesa de Saint Thomas, en el Caribe; tenía la intención de volver cuando fuera prudente. No sucedió así; el temor de los vecinos de Turbaco de que no regresara acabaría por justificarse.

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En palabras de Álvaro Matute Aguirre

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Nieto de un general revolucionario, hijo de actores y enamorado temprano de la historia, el doctor Álvaro Matute Aguirre consolidó una importante carrera que no solo lo convirtió en una figura de la Universidad Nacional Autónoma de México, sino de la cultura mexicana.

 

Investigador Emérito de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Sistema Nacional de Investigadores, Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades (1997), Medalla Capitán Alonso de León al Mérito Histórico (2007) y Premio Nacional de Ciencias y Artes (2008); además de miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM (1999 a 2009), la Academia Mexicana de la Historia, el Seminario de Cultura Mexicana y la Academia Mexicana de la Lengua, Álvaro Matute Aguirre era uno de los académicos más reconocidos de nuestro país al momento de su fallecimiento, el 12 de septiembre de 2017.

El relato de su infancia y los primeros acercamientos que tuvo con la Historia en Churubusco y la influencia de figuras trascendentales en su vida parecen confirmar que, como dijo Sigmund Freud, “infancia es destino”; además de que el trabajo serio y constante es fundamental para ser alguien en la vida, sin importar a lo que nos dediquemos. Matute reconstruye, por otra parte, su trayectoria por una Universidad Nacional Autónoma de México plagada de grandes figuras que, indudablemente, dejaron una importante huella en su generación. En sus propias palabras encontramos satisfacción por los logros alcanzados, pero también nostalgia por el pasado.

El siguiente texto es una edición de la entrevista a Álvaro Matute Aguirre, que el autor le realizó en agosto de 2009.

“Lo mejor para un hombre es acertar su vocación”

Nací el 19 de abril de 1943 en la ciudad de México, en la colonia Roma, porque ahí estaba el hospital donde se atendió mi madre; pero no tengo vínculos con la Roma, ya que durante algunos años viví en la colonia Juárez y después, cuando cobré conciencia de la vida y de muchas otras cosas, emigramos a Churubusco, donde viví de la infancia a la adolescencia, muy cerca del Convento.

De la visita al Museo del Convento de Churubusco me nació el amor a la Historia. Cada 20 de agosto se conmemoraba el aniversario de la batalla y había un desfile en el que los escolares de Coyoacán marchábamos al convento, se hacía una ceremonia con discursos, se pasaba lista a los héroes que fallecieron en la batalla y nosotros respondíamos “murió por la patria”. Ese día, además, la entrada era gratuita, entonces yo siempre iba y llegué a conocerlo prácticamente de memoria. El museo que conocí de niño es diferente al que ahora conocemos  como Museo Nacional de las Intervenciones, antes era simplemente Museo del ex convento de Churubusco y ahí veía uno los cuadros que representaban diferentes batallas. No solo Churubusco, sino también Molino del Rey, Padierna, Chapultepec, la Angostura; en fin, toda la parte de la intervención estadounidense. De ahí me nació mucho el gusto, la vocación histórica.

El otro nexo importante que tuve con la Historia fue mi abuelo materno, el general Amado Aguirre, veterano de la revolución que militó en el Ejército Constitucionalista y fue diputado constituyente en 1917. Él no me dio clases de historia ni nada, ya que falleció cuando yo tenía seis años; sin embargo, su presencia, los cuadros de su biblioteca, sus uniformes, sus condecoraciones y todo lo
que tenía, también me dieron un marco histórico. Puedo decir que me desarrollé en la infancia en un ámbito muy cercano a la Historia. Entonces, sin que fuera yo consciente de ello, esto empujó mi vocación. Fue lo que formó definitivamente mi inclinación por encontrarle sentido al conocimiento del pasado.

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Retos de la diplomacia mexicana: la coyuntura del golpe de Estado en Chile en 1973

Silvia Dutrénit Bielous – Instituto Mora / Entrevista a Gonzalo Martínez Corbalá

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

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Este país austral de América Latina transitó entre 1970 y 1973 por la “vía chilena al socialismo”. Así se conoció la experiencia de gobierno de Salvador Allende. En una región con muy distintos acontecimientos y en un contexto internacional de guerra fría, Chile destacó por buscar un modelo de país radicalmente alternativo mediante los mecanismos de un régimen democrático. Fueron pocos años en los que el gobierno de Allende osciló entre cambios propuestos y ejercidos y ataques internos o externos. La experiencia socialista despertó simpatía y apoyo de numerosos gobiernos del mundo. Su caída, provocada por el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 encabezado por el general Augusto Pinochet, produjo una fuerte reacción y encono internacional; al mismo tiempo en Chile los allendistas enfrentaban una creciente represión.

Las circunstancias acaecidas en esos años y en especial a partir de 1973, obligaron a definiciones diplomáticas de otros estados. Chile obligó a enfrentar fuertes desafíos a los embajadores que tenían a su cargo la representación de diversos países. Como es natural, no todos reaccionaron de igual forma. México y su embajador, el ingeniero Gonzalo Martínez Corbalá, dejaron grabados algunos hechos dignos y solidarios en el respaldo a las instituciones sostenidas por el gobierno de Allende y a partir del 11 de septiembre, en la protección a los perseguidos políticos.

Fuentes de distinto orden contribuyen a recrear lo sucedido. En estas páginas se recurre al relato del principal protagonista: el embajador mexicano. En algunos momentos, sus recuerdos son acompañados de aquellos que compartió Isabel Allende, política y legisladora chilena, una de las hijas del presidente.

Silvia Dutrénit Bielous /Instituto Mora

El embajador mexicano en Chile, Gonzalo MartAi??nez Corbala presenta credenciales al presidente Salvador Allende el 1 de septiembre de 1972

Presentación de credenciales,
inicio de una actividad diplomática poco habitual

El embajador Martínez Corbalá llegó a Santiago a mediados de 1972 y el 1° de septiembre presentó credenciales. No era un diplomático de carrera y su nombramiento, como representante de México en Chile, era el primero que había recibido de ese tipo. Nada sencillas fueron las circunstancias en las que se estrenó como embajador.

A pesar de que ese momento inaugural en la diplomacia distó por algo más de un año de aquel en el que se instaló el golpe militar, Martínez Corbalá recuerda que:

[...] ya se había producido un “boche” como dicen los chilenos. Esa mañana todavía [la del 1° de septiembre de 1972 en la que presentó credenciales] se sentía en el ambiente el efecto de los gases lacrimógenos, de modo que ya había agitación y problemas en las calles de Santiago, nosotros vimos venir el problema desde mucho antes quizá que los propios chilenos, sino todos algunos. [El ambiente político que se vivía era] una suerte de indefinición acerca de las tres áreas de la economía, el área social, la mixta y la privada. En la constitución chilena solamente existía, y entiendo que hasta ahora es lo mismo, la definición del área privada, y no es el caso de México verdad, que como bien sabemos tenemos el artículo 27 de la Constitución de la República que establece la legitimidad de las tres áreas de la economía.

Allende había expropiado las empresas transnacionales del cobre, de las comunicaciones como lo era la ITT; se trataba de empresas estratégicas para la economía nacional y con la nacionalización se las ponía en manos de los trabajadores. No obstante, como lo recuerda el mismo embajador, “la propiedad no se transmitía, el Consejo de Administración permanecía como estaba constituido respetando los intereses de los dueños legales, digamos jurídicamente calificados”. Estas medidas y otras del programa de Allende desataron reacciones que hicieron del último año de su gobierno, un lapso muy agitado, de confrontación verbal y física en las calles.

28El embajador mexicano siguió de manera cercana lo que sucedía e incluso tuvo varios encuentros con el presidente Allende. Los une una relación amigable que también la tenía el presidente de México, Luis Echeverría Álvarez. Ello sin duda incidió en la privilegiada relación bilateral de ambos estados, en medio de acontecimientos que hacían insostenible la estabilidad institucional. Pero por sobre todo, México apoyó a quien luego sería depuesto porque en su tradicional política exterior:

…siempre estaba muy claro que no ha habido ningún embajador mexicano que participe nunca en una asonada, en un motín, en una conspiración, en una conjuración en contra de un presidente legítimo y democráticamente electo e instaurado. Y tan fue legítimo, y tan fue democrático, que Allende gana las elecciones por mayoría relativa y en cumplimiento de la Constitución chilena México no era ni en Chile entonces, ni en ningún otro país lo ha sido, quien iba a desconocer o a poner en duda una decisión del pueblo chileno sancionada por el propio Congreso… Nosotros estábamos pues con Allende– cuenta el embajador.

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PARA SABER MÁS:

  • Archivo Salvador Allende, 1908-1973 en http://www.marxists.org/espanol/allende/
  • Ana Buriano, Silvia Dutrénit Bielous y Guadalupe Rodríguez de Ita (coord.), Tras la memoria: el asilo diplomático en tiempos de la Operación Cóndor,A México, Instituto Mora/ICC-Gobierno del Distrito Federal, 2000.
  • Silvia Dutrénit, Carlos Hernández y Guadalupe Rodríguez de Ita, De dolor y esperanza. El asilo un pasado presente, México, Instituto Mora/Conacyt, 2002.
  • Gonzalo Martínez Corbalá, Instantes de decisión. Chile 1972-1973, México, Grijalbo,1998.
  • Eugenia Meyer y Eva Salgado, Un exilio en la memoria, México, UNAM-Océano, 2002.
  • * La batalla de Chile, Patricio Guzmán, dir., varios países,1972-1979.
  • * El clavel negro, Ulf Hultberg, dir., Suecia, 2007.

Retazos de una vida: Gertrude Duby

Diana Guillén
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Gertrude Duby realizó una última expedición a la Selva Lacandona a mediados de agosto de 2010; cobijados con caoba artesanalmente labrada sus restos (y los de Frans Blom, el compañero de vida y de aventuras de la fotógrafa, luchadora social, etnóloga, protectora de las comunidades, defensora del medio ambiente y tantos otros atributos a los que se podría recurrir para hablar de ella), llegaron a Nahú.

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Trudy y Pancho, como coloquialmente fueron bautizados en suelo chiapaneco, cerraban así el ciclo que habían iniciado en la d´dcada de 1940, cuando ambos participaron en la primera expedición gubernamental a aquella zona de la entidad. Su encuentro con la selva marcó el comienzo de una relación afectiva e intelectual que los uniría hasta la muerte de Frans en 1963 y paralelamente selló un compromiso con el mundo indígena que refrendarían día con día a lo largo de su existencia.

Los caminos de Gertrudis Duby y Francisco Blom confluyeron porque compartían valores, intereses y pasiones. Tal vez el destino movió algunos hilos y propició que se cruzaran en Ocosingo, Chiapas y descubrieran juntos un ambiente cultural y físicamente muy lejano de la Europa de fines del siglo XIX y principios del XX en la que les había tocado nacer, pero la labor que a partir de entonces emprendieron para proteger a la Selva Lacandona y a sus habitantes difícilmente tuvo que ver con la actividad de los astros.

Oriunda de los Alpes suizos (donde nació en 1901) y de Copenhague él (1893-1963), adoptaron a San Cristóbal de las Casas como lugar de residencia; la selva, su otro hogar, estuvo sin embargo presente todo el tiempo, pues terminó colándose por los distintos rincones de la casa que adquirieron y a la que cariñosamente llamaron Na Bolom (Casa del Jaguar). Aun cuando la pareja se asentó en los Altos, las referencias lacandonas eran las que ocupaban los lugares centrales en su cotidianidad.

Los frutos de esa simbiosis espiritual y material que los une a a la selva se prolongan hasta el presente; Na Bolom le da el nombre a una asociación civil que promueve la protección del medio ambiente y de los recursos naturales de la zona, así como la preservación y el desarrollo de los grupos indígenas (especialmente de los lacandones) y la conservación y difusión de su patrimonio cultural.

A través de proyectos de aprovechamiento sustentable de los recursos, de salud y turismo comunitario y de empresas rurales consolidadas, el patronato que en un primer momento fundaron los Blom-Duby enfrenta con bríos renovados los retos que el siglo XXI plantea a las comunidades indígenas y simboliza los frutos de la semilla a favor de estas últimas que sembraron y cuidaron en vida los dos europeos naturalizados mexicanos.

Pero su legado rebasa los bienes materiales que destinaron para apoyar a quienes, aun sin tener lazos de consanguinidad con ellos, llegaron a ser parte de su familia cercana; la herencia más jugosa que dejaron fue un profundo respeto hacia aquellas culturas que resultan distintas del modelo occidental y la apuesta por replantear los cánones que este último ha establecido para transformar a su imagen y semejanza a quienes construyen otras formas de sociabilidad.

Gertrude Duby con un lacandA?n en NajA?, ca. 1948

Gertrude Duby con un lacandón en Najá, ca. 1948

Cuando eligieron que sus cuerpos fueran trasladados a la Selva Lacandona en un último viaje cargado de recuerdos y emociones, dejaron fiel constancia de donde había quedado atrapado su espíritu y enviaron un mensaje de reconocimiento a quienes supieron conquistar su corazón. Trudy murió en diciembre de 1993 y fue enterrada junto a su marido en San Cristóbal de las Casas, pero después de más de una década y media se cumplió el deseo que tanto ella como él habían hecho explícito y se les permitió reposar en Nahú; a decir de quienes los acompañaron, el trayecto hacia su última morada se vivió como una auténtica fiesta de despedida, más que como un rito funerario cargado de dolor.

Con Chan K'in Viejo, ca. 1976

Con Chan K’in Viejo, ca. 1976

El único llanto fue de felicidad y lo protagonizó el cielo que en el centro de la selva dejó caer un torrencial aguacero en el momento en el que bajo la protección de Hach’kium (el Creador), Gertrudis llegó al paraíso de los antepasados Hach Winik (Hombres Verdaderos). Por lo menos así interpretó su amigo Kayuai’um Maa’ax lo sucedido y no soy quien para contradecirlo. Sólo agregaría que antes del entierro lacandón en Nah’ hubo otros momentos igualmente emotivos; vistos en conjunto recogen la variedad de afectos y la mezcla de culturas que a lo largo de su existencia cosechó Trudy: del cementerio de San Cristóbal de las Casas sus restos pasaron a la capilla de Na Bolom, porque durante tres días se concentraron allí personas provenientes de distintos puntos de Chiapas, de la ciudad de México e inclusive de otros países para despedirse de ella.

Más tarde, las autoridades indígenas de Oxchuc organizaron una ceremonia propia del sincretismo religioso que prevalece en distintas partes de la entidad: el escenario fue la iglesia de Santo Tomás y las velas y los refrescos embotellados, las sonajas y las cruces, los cantos de los indios y la música del arpa y de la guitarra enmarcaron el último adiós a Trudy por parte de fieles que practican de manera autóctona los dogmas de la iglesia católica, apostólica y romana.

Pero reconstruir los detalles de la aventura que después de muertos emprendieron Pancho y Trudy merecer a una crónica que rebasa el contenido de la entrevista a Gertrude Duby incluida en esta entrega de BiCentenario. Para confirmar que el paso de nuestro personaje por Chiapas concluyó de la misma manera novelada con que se había iniciado, puede consultarse el reportaje que publicó Kyra Núñez en Suisslatin (http://www.swisslatin.ch/quintasuiza-Ai??1013.htm), mientras que para conocer de viva voz los capítulos iniciales de esa novela, conviene escuchar la plática que sostuvo su protagonista con la historiadora Eugenia Meyer en 1971.

Es un testimonio oral que forma parte del Archivo de la Palabra resguardado por el Instituto Mora y del que aquí recupero algunas partes. Para facilitar su lectura he editado el texto, tratando en todo momento de respetar los argumentos e ideas que se desprenden de la entrevista y la forma de hablar y el estilo de la entrevistada. Con igual idea he construido tres grandes bloques, que sirven de ejes temáticos para recobrar fragmentos que la secuencia original de la entrevista presenta en otro orden.

Aclarados los puntos relativos al trabajo de edición, lo único que resta es dejarlos en compañía de una mujer que vivió y murió retando al mundo.

Trayectos y circunstancias:
de las montañas suizas a los Altos chiapanecos

Nací en Innertkirchen, un pueblo de Suiza donde no había luz, ni carretera, ni nada y viví un tiempo en Wiimmis, que es otro pueblo de los Alpes. Después fuimos a Berna, donde mi padre era el director o inspector de instalaciones para menores, para gente que no estaba totalmente en sus sentidos. Ahí fui a la escuela; luego de un año asistí a otra escuela en la parte francesa y después de esto fui al extranjero: a París y a Londres, donde trabajé en una casa como ayudante y dama de compañía de la dueña y escribiendo para periódicos socialistas en Suiza.

Desde el punto de vista político era totalmente reaccionaria, nada liberal. Hasta que llegué a la escuela-internado para horticultura y hubo una huelga general en Suiza, en 1918, durante la revolución rusa.

El movimiento estaba en el aire ¿no? La revolución rusa era una cosa romántica, fabulosa para la mayoría de las gentes. En Suiza había muchos cantones que eran socialistas. Es una época que ustedes no pueden entender; la gente que la vivía ya es vieja como yo.

Fui después a Italia. Hasta luché contra Mussolini y me metieron a la cárcel. Me expulsaron a Suiza donde participé en el movimiento de las mujeres socialistas y llegué a ser su presidenta. Vino el tiempo del fascismo y fui a Alemania tres o cuatro años, era la época de la lucha contra Hitler. Después hubo un congreso muy grande en Francia contra el fascismo y por la paz. Ahí tuvimos contacto con México, pero mi primera impresión de este país había sido mucho más temprana. En la escuela, por la geografía: hablar del Popocatépetl me pareció una cosa muy romántica. Un país que tenía nombres tan raros.

En 1939 me urgía ir a ayudar a salvar a la gente que estaba atrapada por Hitler, quien avanzaba más y más rumbo a Marsella. Se necesitaba juntar el dinero para conseguir la visa para los Estados Unidos. Fue así que vine con el penúltimo barco desde Génova. Tuve muchas dificultades para salir pues estaba en la lista negra de Italia.

Llegué a México durante el gobierno de Cárdenas, como inmigrante. Era una ciudad transparente, todavía se veían los volcanes, no era tan grande. Era una ciudad fabulosa. Yo tenía muchos amigos de París, los refugiados que estaban aquí. Primero trabajamos con los refugiados que llegaban de Europa, pero mi idea era salir de ello y la primera cosa que hice fue un viaje encargado por García Téllez [se refiere a Ignacio García Téllez, secretario del Trabajo y Previsión Social durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho] para ir a Jalisco, Sinaloa y Nayarit y estudiar la condición atrasada de las mujeres que trabajaban en las industrias del tabaco y del textil. Como trabajadora social debía entregar un informe y sugerir lo que debía hacerse.

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Las entrevistas de los Wilkie a los “Cachorros de la Revolución”

Araceli Medina Chávez

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM / Instituto MoraRevista BiCentenario #17

LA?zaro CA?rdenas

A mediados de la década de 1960 una pareja de antropólogos estadounidenses, James Wilkie y Edna Monzón, procedentes de la Universidad de California en Berkeley, realizaron una serie de entrevistas a personajes destacados por su protagonismo en el proceso de la Revolución mexicana. Estaban interesados en el estudio de la etapa constructiva, que en su concepto se había iniciado en 1917 y aún no concluía en ese momento. Ambos investigadores pueden ser considerados pioneros en la utilización de la metodología de la historia oral para el estudio de dicho proceso, pues por entonces pocos historiadores se habían aventurado a hacerlo.

James Wilkie se interesó en la historia de México desde mediados de los años 1950, cuando escribió su tesis de maestría sobre el conflicto ideológico que surgió desde que Lázaro Cárdenas fue gobernador de Michoacán. Y con mayor razón cuando en su gobierno se pusieron en marcha políticas consideradas de tendencia socialista que hicieron posibles reformas en la educación y el surgimiento de la Confederación de Trabajadores de México. Se sintió entonces atraído por conocer al connotado marxita Luis Chávez Orozco y al estridentista Germán List Arzubide, quien con sus escritos había hecho posible reivindicar la imagen de Emiliano Zapata como activista social y no como el bandolero que en su tiempo la prensa extranjera presentó ante la opinión pública.

Así, Wilkie llegó a vivir en 1959 a la casa de Francisco Múgica, la Quinta Zipecua en Pátzcuaro, Michoacán, donde revisó su archivo privado y se abocó a la tarea de conseguir una entrevista con el ex presidente Lázaro Cárdenas. Cuenta que cuando finalmente logró entrevistarse con él, Cárdenas se sintió muy incómodo ante los aparatos magneto- fónicos y no permitió que lo grabaran, por lo que tuvo que realizar sus apuntes en el momento. Esta experiencia le despertó la inquietud de emplear la historia oral como metodología para estudiar a la familia revolucionaria. Recabar los testimonios de quienes vivieron y sufrieron durante esos convulsos años se convirtió en su meta principal. Le sedujo también el ambiente académico de investigadores extranjeros que halló en la ciudad de México. Pudo conocer a Woodrow Borah y a Stanley Ross, quienes pernoctaban en el Hotel Emporio o en el ya desaparecido Hotel Regis. Él, en cambio, disfrutó mucho de su hospedaje en el Hotel Del Prado y pudo admirar de cerca los murales de Diego Rivera.

Wilkie presentó su examen doctoral en 1962 y al poco tiempo recibió el apoyo de la Universidad de Berkeley y de su maestro George Hammond –director de la Bancroft Library– para poner en marcha su proyecto. Ese mismo año, conoció a Edna Monzón, una estudiante de literatura francesa con quien se casó y a la que contagió de sus afanes por estudiar la historia mexicana. Les interesó saber acerca de los periodos de Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas a través de la historia oral que ellos mismos se encargarían de recabar. Ambos estaban convencidos de que alcanzar la verdad absoluta en la historia es una quimera y existen tantas verdades como los diferentes puntos de vista de cada uno de los actores que interpretan el acontecer.

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