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La deshonra de la abuela

Cecilia Lartigue – UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

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¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Un día? ¿Dos? ¿Sólo un rato que se está haciendo eterno? En esta oscuridad es imposible calcular la hora. Tampoco estoy segura de si estoy despierta o dormida, aunque creo que mis parpadeos son reales. Sigo percibiendo ese horrible olor a gas, ni la nariz atiborrada de polvo lo detiene. ¡¿Y si se acaba el oxígeno?!

Me duele el brazo izquierdo. No sé qué lo golpeé ni en qué momento, pero tengo una herida grande, aquí, cerca del hombro. Siento algo espeso y húmedo, como una costra que no termina de secar. Es mejor no tocarla. Una sola inhalación profunda para calmar el dolor. Otra, aunque consuma más oxígeno. Así está mejor. Me pongo de lado, voy a tratar de mover el resto de mi cuerpo. Todavía me arden los dedos. De nada me sirvió rascar el cemento, empujar la loza con todas mis fuerzas. No logré moverla ni un centímetro.

06 (432x500)Y mamá Salió tan temprano que ni siquiera escuché la puerta del departamento cerrarse ni sus tacones apurados bajando la escalera. Habrá llegado al Centro Médico y tal vez desayunaba en la cafetería cuando comenzó a temblar. Estará preocupada por mí; tal vez está aquí afuera, frente al edificio derrumbado. ¿Se habrá destruido todo? No fue sólo nuestro departamento porque sentí como si me desplazara muchos metros hacia abajo.

Seguramente mamá ya organizó a varios transeúntes para que nos rescaten. La imagino con sus gritos de comandante movilizándolos en nuestra búsqueda. Eso sí, no dejaré caer una sola lágrima; quizás apriete un poco la mandíbula. ¿Y si piensa que estamos muertas? De todas maneras permanecer serena, con los ojos más abiertos para que no escurran las lágrimas, tensando la mandíbula un poco más, sólo eso.

“Abuela ¿estÁs despierta?”
Tal vez no me escuchó porque mi voz salió con poca fuerza.
“No me he ido de aquí, hijita.”
“Trata de moverte poco para que conserves tu energía.”

Aquí estamos la abuela y yo, atrapadas, después de una escena bastante melodramática. La veo saliendo del baño, secándose el cabello, vestida con su blusa de flores azules, su falda negra hasta los tobillos y sus zapatos bajos, mirando con curiosidad mi cara acusadora.

“¿¡Con Victoriano Huerta, abuela!? ¿Tu papá colaboró con el traidor más odiado de la patria?”

Me miró con asombro, yo creo que porque me creía incapaz de hurgar en sus cosas, y me contó de las penurias que pasó su padre durante la época en que vivió en Estados Unidos, expulsado por Venustiano Carranza por colaborar con Díaz.

“Te imaginas al coronel Escudero, un hombre delgado, de piel blanquísima, arrastrando unacarretilla de carbón por la ciudad de El Paso? El dueño de la Hacienda de Altapa, que comandaba a cientos de hombres en las batallas, viviendo como un mendigo.”

Estoy acostumbrada a sus desplantes de racismo y hasta había llegado a asimilar la vergüenza de tener un bisabuelo porfirista. ¡Pero un colaborador de Huerta?! Tuve ganas de encerrarme en el cuarto y gritarle que en ese momento dejara de considerarme su nieta, pero me quedé con la carta en la mano, mirando como la abuela tomaba la caja de plata, la cerraba con la llavecita, que luego guardó en su camafeo. Yo tenía aún el índice sobre esas líneas inconcebibles de la carta que le escribió su padre, fechada el día 18 de junio de 1914: “Nos expulsaron del país, pero no te preocupes, Margarita, pronto reinará la paz que teníamos con nuestro General Díaz y que, sin duda alguna, el General Huerta va a recuperar.”

[...]

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Pancho Villa en prisión (1912)

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa G. / Instituto Mora

Apenas iniciado su gobierno, Francisco I. Madero tuvo que hacer frente a una oleada de rebeliones que buscaban su derrocamiento. El 16 de noviembre de 1911 el general Bernardo Reyes lo desconoció como presidente, siguiéndole pocos días después Emiliano Zapata; cuatro meses más tarde Emilio Vázquez Gómez y Pascual Orozco y, en octubre de 1912, Félix Díaz. Madero, no obstante, subestimó a sus enemigos al considerar que neutralizando a los dirigentes, el problema quedaba resuelto.

Bernardo Reyes
El general Reyes había gozado del apoyo y la confianza de Porfirio Díaz por varias razones, entre ellas mantener el control político y social en el estado de Nuevo León durante sus diversas gestiones gubernamentales; también estuvo temporalmente al frente de la secretaría de Guerra y Marina y fue elegido por los opositores de Díaz, para disputarle a éste la primera magistratura a través del Partido Democrático, aunque acabó por no aceptar la postulación. En cambio, cuando Díaz había partido ya al destierro, contendió en las elecciones presidenciales contra Madero, logrando el apoyo de hacendados y empresarios en diversas zonas del país.

Efectuadas las elecciones, triunfó la fórmula Madero-Pino Suárez, aunque a nivel nacional pronto circularon fuertes rumores de un nuevo movimiento armado iniciado por elementos reyistas, defraudados en sus esperanzas de elevar al poder al general.

En el estado de Morelos, Zapata y muchos otros que también habían brindado su apoyo a la revolución maderista se sintieron decepcionados por la política agraria del presidente y en lo sucesivo se mantendrían en pie de lucha para lograr la devolución de las tierras arrebatadas por la Ley de Terrenos Baldíos invocada por el líder demócrata.

Pascual Orozco
En Chihuahua Orozco, quien se adhirió a la lucha democrática encabezada por Madero, se sintió humillado cuando el líder ordenó el licenciamiento de las tropas revolucionarias y le negó la posibilidad de gobernar su estado natal, relegándolo al cargo de jefe de la Primera Zona Rural. Por otra parte, los proyectos de reforma agraria que el gobernador Abraham González pretendía implantar, con el respaldo del ejecutivo federal, alarmaron a la élite local que, sintiendo amenazados sus intereses, cooptó al antiguo arriero haciéndolo el instrumento mediante
el cual derrocarían a Madero.

El gobierno intentó suprimir la revuelta antes de que cobrara fuerza más allá de sus fronteras. El general José González Salas fue el encargado de combatir a Orozco, pero fracasó en su cometido. Fue entonces cuando Francisco Villa, a instancias de Madero, se unió a la División del Norte Federal comandada por Victoriano Huerta. En sus memorias, aquel señaló que el presidente le había dado la orden para que se pusiera a las órdenes del general Huerta. “No era ese mi programa” dice Villa, “pero ante todo estaba mi obediencia al señor Madero.”

El resultado es conocido: acusado por Huerta de insubordinación y robo, Villa fue puesto frente al paredón, perdonado y enviado a la Penitenciaría de la ciudad de México. El 5 de junio de 1912 Huerta telegrafió a Madero:

En este momento parte el tren que lleva con el carácter de procesado, debidamente escoltado hasta esa capital, al general Villa. El motivo que he tenido para mandarlo con el carácter de preso a disposición del ministerio de la Guerra, es el hecho de haber cometido faltas graves en la división de mi mando [...] A Villa le he perdonado la vida ya estando dentro del cuadro que debía ejecutarlo, por razón de haberme suplicado lo oyera antes de ser pasado por las armas, de cuya entrevista resultó el que yo resolviera abrir una averiguación previa y remitirlo con dicha averiguación, poniéndolo a la disposición de la secretaría de Guerra.

Lecumberri

Félix Díaz
El sobrino de don Porfirio declaró, a mediados de mayo de 1912, al periódico neoyorkino The Sun que la popularidad de Madero estaba perdida, acrecentándose día con día la opinión pública en su contra, debido a que muchos pensaban que una vez obtenido el triunfo, éste sólo había servido para el medro personal y egoísta de la familia Madero, dejando incumplidas las promesas hechas.
Díaz conspiraba activamente a pesar de la nube de agentes que lo vigilaban de cerca en Veracruz. El 15 de octubre, el jefe supremo del movimiento militar efectuó el pronunciamiento, cuyo propósito era “restablecer la paz por medio de la justicia.”

Contra todo vaticinio, el movimiento fue rápidamente sofocado y su dirigente capturado, hecho que causó gran sorpresa en todo el país. Por instrucciones de Madero, se formó un Consejo de Guerra Extraordinario que habría de juzgar a los principales implicados en el movimiento. El tribunal sentenció a Díaz a la pena máxima, sin embargo se logró que la Suprema Corte de Justicia lo amparara puesto que ya no pertenecía al ejército. Después de haber pasado un tiempo en la prisión de San Juan de Ulóa, fue trasladado a la ciudad de México e internado en la Penitenciaría el 24 de enero de 1913.

Los grupos contrarios a Madero, se multiplicaron desde el interior del propio gobierno; miembros del ejército federal bajo las órdenes de Victoriano Huerta se sumaron a la rebelión; Alberto García Granados, secretario de Gobernación, aseguraba tener pruebas de que el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, estaba preparado para iniciar la revuelta contra el mandatario y de que Miguel M. Acosta, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas era el encargado de recaudar fondos para dicho movimiento. El descontento general pronto se extendió por todo el país.

La lealtad puesta a prueba
La estancia de Villa en la Penitenciaría fue prolongada y difícil y a tres meses de su confinamiento aún no se le juzgaba. Estaba consciente de que su encarcelamiento era político y que había gente trabajando para evitar su liberación. En una carta enviada a Madero el 21 de septiembre, escribió: “A muchos de sus enemigos les cae como anillo al dedo que yo esté preso, pues he tenido ofrecimientos innumerables, pero si yo soy fiel, el tiempo se lo diría”.

Es interesante subrayar que uno de los mitos relacionados con Villa es que no sabía leer ni escribir y que durante su estancia en prisión aprendió gracias a las enseñanzas del ideólogo zapatista, Gildardo Magaña. Lo cierto es que sí sabía leer y escribir, las cartas escritas en prisión son muestra fehaciente de ello. Obviamente su redacción tanto como su ortografía eran deficientes, pero es claro que había tenido una rudimentaria enseñanza escolar y en el caso de que hubiera conocido a Magaña –hay discrepancias al respecto–, lo más que pudo hacer fue darle a conocer las razones de la lucha zapatista y tal vez ayudarle a mejorar su escritura y su lectura.

En la correspondencia enviada por Villa a Madero desde la penitenciaría, nunca obtuvo ninguna respuesta directa del presidente; éste se dirigió en dos ocasiones al reo a través de su secretario Juan Sánchez Azcona y no intervino para conseguir su excarcelación.

El 7 de octubre Villa había suplicado al mandatario trasladarlo a “algín cuartel de esta ciudad, toda vez que causas muy poderosísimas, que a su tiempo explicar, me obligan a solicitar esa gracia”. Es posible que otros reos políticos estuvieran intentando atraerlo al movimiento que se estaba preparando para derrocar al gobierno constitucional. Los abogados José Bonales Sandoval y Antonio Castellanos, a quienes Villa comisionó para hablar con Madero, formaban respectivamente parte del proyecto de Félix Díaz y Bernardo Reyes sin que, hasta ese momento, él lo supiera.

Un mes más tarde, Sánchez Azcona comunicó al general Villa que “obsequiando los deseos expresados por su defensor el Sr. Bonales Sandoval [el señor presidente ha dispuesto] que sea trasladado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco”.

En su nueva prisión, Villa tuvo oportunidad de conocer al general Bernardo Reyes y quizá de enterarse de sus planes subversivos. Luz Corral escribió después que ella acompañaba a su esposo todo el día y algunas veces, Reyes comió con ellos.

En la prisión militar, Pancho Villa escribió detalladamente los servicios que prestó, a lo largo de la revolución maderista, hasta la caída de Ciudad Juárez en mayo de 1911. Según cuenta en las Memorias, el documento lo realizó como parte de un ejercicio mecanográfico, “sin otro maestro que su firme deseo de aprender”.

Ante los oídos sordos de Madero, a sus reiteradas súplicas de justicia y auxilio, Villa optaría por fugarse de Santiago Tlatelolco y trasponer la frontera mexicana. No obstante que el general protestó lealtad al mandatario, permaneció fiel a su causa y siempre le mostró su admiración y respeto, no encontró reciprocidad en Madero, fue, como bien señala el historiador Friedrich Katz, un amor no correspondido.

Carta Villa-Madero

Carta de Villa a Madero (1912)

Las hojas de servicio

Es necesario aclarar que una versión de lo contenido en los papeles escritos a máquina fue recogida por Manuel Bauche Alcalde, quien se encargaría de escribir las memorias de Villa a principios de 1914. El manuscrito de Bauche tiene básicamente la misma información de las hojas de servicio, pero está más completo porque se subsana lo que al reo le fue difícil recordar y que ya en calma, seguramente auxiliado por compañeros y amigos, pudo corregir. También está más pulido porque Bauche era un hombre culto, había ejercido el periodismo y hablaba varios idiomas. Las hojas de servicios son reveladoras de la personalidad de Villa, de sus sentimientos, manera de ser y expresarse.

Como Chihuahua fue el territorio en el que Villa operó durante la revolución maderista, en su hoja de servicios se destaca su relación con Abraham González, su encuentro con Francisco I. Madero, los hechos de armas en los que participó y todas las dificultades que tuvo que superar para hacerse respetar y ganar adeptos.

El relato comienza prácticamente el 17 de noviembre de 1910, cuando González acudió a comería casa de Villa para definir el plan que consistió en el reclutamiento de tropas: el primero en el norte del estado y el segundo en el sur.

Sin duda, la asombrosa facilidad con la que Villa reunió 375 hombres en cinco días admira a cualquiera. ¿Qué impulsó a estos hombres a dejar hogar y familia para embarcarse en una aventura incierta? Cada uno de ellos tenía una historia detrás. A?Era gente conocida con anterioridad? ¿Estaban en deuda con él? ¿Deseaban proteger sus tierras? ¿Hacerse de ellas? ¿Tenían esperanzas de acabar con la oligarquía terrateniente y elegir libremente a las autoridades? A?Ganar acceso a puestos de elección popular? ¿Les faltaba el trabajo? Es seguro que hubo una combinación de todo esto.

En los primeros enfrentamientos, Villa recibió su primera herida como revolucionario y tuvo que enfrentarse a los problemas que le planteaba su nuevo estatus: garantizar la paga a sus hombres y el continuo suministro de armamento, vituallas y vestimenta, así como la curación de los heridos en combate.

El escrito nos hace imaginar las vicisitudes por las que pasaron los revolucionarios en estos incipientes meses de lucha en los que la organización fue primordial. Los hombres que formaban el contingente revolucionario de Chihuahua eran todos buenos jinetes, avezados en el manejo de armamento, pero sin experiencia en enfrentar a un ejército de línea.

La improvisación de los primeros tiempos de lucha propinó varios reveses a los revolucionarios pues en la Sierra Azul, donde tenían su refugio, pasaron no sólo hambre, sino mucho frío por falta de ropa adecuada y cobijas para soportar las intensas nevadas. Había que aprender a no dejarse sorprender por el enemigo y a no dejar armas ni municiones expuestas a pérdida o abandono. La necesidad de contar con buena caballada podía también hacer toda la diferencia entre la vida y la muerte.

En esta época descrita por Villa, uno de los problemas mayores fue tratar de unificar el armamento pues lo había de diferentes marcas y calibres, lo que complicaba el correcto abastecimiento de cartuchos y municiones. Las haciendas consideradas propiedad de los enemigos de la Revolución, sirvieron también para abastecer a los revolucionarios. Tampoco faltaron administradores a favor de la causa que pusieron a su disposición trojes repletas de maíz para la caballada, ganado para alimentar a la tropa y tortillas hechas por mujeres en las casas de cuadrillas. Pero hubo ocasiones en que Villa tuvo necesidad de entrar subrepticiamente a Chihuahua, para proveerse de artículos de primera necesidad como azúcar y café para sus hombres. Estar pendiente de las necesidades de su gente lo convirtieron en una figura paternal.

Uno de los episodios destacados por Villa en las hojas de servicio, fue su primer encuentro con Francisco I. Madero en la hacienda de Bustillos: “Nombre, Pancho Villa que muchacho eres, yo que te creía tan viejo, pues quería conocerte para darte un abrazo por lo mucho que se habla de ti y lo bien que te has portado, ¿qué tanta gente tienes?” Para entonces Villa había aumentado su contingente en 700 hombres, pero como él mismo dijo estaban “mal armados”

En abril de 1911 durante la marcha hacia Ciudad Juárez, plaza fronteriza que los revolucionarios esperaban tomar y controlar, ocurrió el primer connato de sublevación de la gente de Pascual Orozco en contra del presidente provisional, cuando los jefes José Inés Salazar, Luis A. García y Lázaro Alanís trataron de desconocer a Madero. Orozco había rehusado acatar las órdenes dadas por el mandatario para que desarmara a sus hombres, argumentando que podría haber un alto costo en vidas.

Por órdenes de Madero, Villa controló la insubordinación “sin que hubiera habido un solo muerto y sí uno que otro golpeado, de los que trataban de oponer resistencia”. También de acuerdo con el mandatario, entregó el armamento y parque a Orozco. Estas fueron las inconsistencias del presidente provisional, conservar a su lado a hombres levantiscos, sin medir los riesgos futuros.

Los revolucionarios llegaron al rancho de Flores, cerca de Ciudad Juárez, situado a orillas del Río Bravo, donde según el escrito fueron recibidos cariñosamente por las familias del lugar: Madero “caminaba a pie al igual de todas las fuerzas. Parte de estas hicieron jornadas más cortas para servirle de escolta y hacerle menos penosa la travesía. Él iba tapado con un sarape pinto que le hacía confundirse entre el grueso de la tropa, entre la cual se le podía haber tomado por un simple soldado y no por el C. presidente de la República”.

La opinión del general Benjamín J. Viljoen de que era imposible tomar Ciudad Juárez dada la fortificación de la plaza decidió a Madero retirar las tropas hacia el sur para evitar complicaciones internacionales. Villa y Orozco insistieron en que, por dignidad, se debería procurar el asalto “pues era vergonzoso retirarnos sin siquiera haber intentado dicho ataque”. El 8 de mayo ocurrió una inesperada ofensiva a Juárez; Madero ordenó cesar el fuego pero su mandato no fue escuchado, dado que existía el acuerdo entre Pascual Orozco y Francisco Villa para tomar la plaza. Al día siguiente los revolucionarios empezaron a tomar posiciones para el asalto final. El 10 con los cuarteles federales rodeados, exhaustos por el cansancio, el hambre y la sed, los defensores se rindieron. Villa describe la magnitud de la sorpresa de Madero cuando se enteró de que Ciudad Juárez había caído en manos de los revolucionarios.

Uno de los problemas que tuvo que resolver Villa, después de recoger a sus muertos y darles sepultura, fue procurar alimento para los vencidos y para su propia gente: Y aunque comprendía que mis fuerzas estaban en iguales condiciones de hambre que ellos, creí de mi deber como vencedor, procurar primero a los vencidos, quienes al verme entrar con dicho comestible [costales de pan] me aclamaron llenos de gratitud. De ahí me fui a hacer igual operación con mis soldados, más como no alcanzara el pan para todos, organicé escoltas con sus respectivos oficiales y clases, con orden de salir a buscar alimentos.

Lo más increíble de la narración es que Villa se dirigió al cuartel general donde estaban prisioneros los oficiales y se llevó a nueve de ellos a El Paso, Texas, “donde comimos con la mayor fraternidad”. Lo inconcebible no fue que los hubiera invitado a comer, sino que los oficiales vencidos en campaña regresaran a territorio mexicano. Era una época en que la palabra de honor valía y se respetaba.

Villa cierra las hojas de servicio tocando dos aspectos más: el connato de sublevación que intentaron él y Orozco en contra de Madero, por haberse opuesto al fusilamiento del general Juan N. Navarro. Tarde descubrió Villa el ardid de Orozco quien habiéndole ordenado desarmar a la guardia de Madero, ignoró el hecho en el momento mismo, haciéndolo aparecer como el instigador de la insurrección.

Por considerarse “hombre de sentimientos y vergüenza”, Villa puso punto final a su actuación revolucionaria, en esa primera etapa, entregando a Raúl Madero el mando de sus tropas.

El epílogo
De la sencillez de Madero, de su carácter bondadoso, de su desprendimiento, surgieron la admiración, el respeto y la lealtad que Villa le profesaría hasta su muerte. El hecho de que Madero fuera rico terrateniente y empresario y arriesgara su comodidad y su fortuna en una empresa que se antojaba titánica le valió su incondicionalidad.

Abraham González jamás dudó de la lealtad de Pancho Villa y es posible que Madero tampoco dudara, sin embargo, cabe preguntarse ¿qué orilló al mandatario a distanciarse de su antiguo aliado? ¿Cómo fue que Villa cayó en desgracia? Aquella felicitación que envió Madero luego de sus triunfos sobre Orozco, poco antes de que Huerta intentara fusilarlo en Jiménez, Chihuahua, había perdido todo sentido: “Estoy verdaderamente satisfecho de tu conducta y te aseguro que además de la legítima satisfacción que has de sentir de servir una causa justa y de ser leal conmigo, haré de modo de recompensar debidamente los servicios que has prestado a la República”.

Abraham González trató de hacer valer su influencia con Madero para ayudar a Villa y puso todo lo que estuvo de su parte para liberarlo. La actitud del presidente fue distinta, pues confió más en el ejército federal que en aquellos que lo habían llevado al poder.

Villa escapó de la prisión militar de Santiago Tlatelolco y mantuvo con firmeza su lealtad al presidente y al gobernador de Chihuahua, quienes poco después fueron traicionados por Victoriano Huerta y asesinados por órdenes suyas. En adelante, Villa se empeñó en una lucha, la constitucionalista, para vengar la muerte de aquellos benefactores y amigos suyos.

PARA SABER MÁS:

  • Francisco L. Urquizo, La ciudadela quedó atrás, México, Summa mexicana, 2009.
  • Guadalupe Villa y Rosa Helia Villa, Pancho Villa. Retrato autobiográfico 1878-1914, México, Taurus, 2005.
  • Cuartelazo, Alberto Isaac, dir. Imcine, dvd.

Manuel Castilla Brito ¿Revolución en Campeche?

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la Ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Manuel Castilla Brito

Hablar de la Revolución mexicana es hacer mención de los acontecimientos que tuvieron lugar en el centro y norte del país. Son muy pocos los testimonios que relatan lo que ocurrió en el sureste. En estas páginas me ocuparé de aquellos que tuvieron lugar de 1909 a 1913 y tienen que ver con el curso que tomó la Revolución en el espacio entonces tan alejado de Campeche (puerto y entidad), que por su situación geográfica pareció mantenerse ajeno a la turbulencia en el resto del país.

Revolucionarios campechanos

Francisco I. Madero visitó el puerto campechano durante su gira electoral, en junio de 1909. El gobernador porfirista, Tomás Aznar Cano, hizo lo posible por boicotear su presencia, impidiendo cualquier manifestación de apoyo. Los habitantes de la ciudad fueron intimidados mediante el uso de la fuerza pública, aunque el grupo maderista dirigido por Tarquino Cpardenas logró organizar un mitin nocturno en el recién inaugurado Circo Teatro Renacimiento. Aunque lamentablemente no tuvo el éxito esperado, los amedrentados campechanos no acudieron en el número esperado, los jóvenes que sí lo hicieron se entusiasmaron con el candidato, aplaudieron el discurso en el que Madero se refirió a los males de México: la larga permanencia de Porfirio Díaz en el poder y la necesidad de un cambio y lo corearon con mueras al dictador. El poeta Salvador Martínez Alomía recitó unos versos que cantaban al valor de sus coterráneos: “Campeche, tú fuiste bueno, Campeche, tú fuiste bravo y nadie te puso freno, vergonzoso del esclavo”. Entre los presentes se hallaban Calixto Maldonado, Urbano Espinosa, José de Jesús Cervera, Joaquín Mucel y Manuel Castilla Brito, quienes más adelante formarían el club de simpatizantes de Madero. La fascinación experimentada por la juventud local fue muestra de cómo los campechanos participaban del ambiente político que se respiraba en el país.

Gabinete de Castilla Brito

¿Cómo se fue dando la Revolución en Campeche? En 1907 había sido electo como gobernador Tomás Aznar Cano, hijo de uno de los fundadores del estado como entidad soberana y alumno distinguido del Instituto Campechano. Durante su gestión se sintieron los primeros vientos insurrectos que dislocarían la vida provinciana de Campeche. Al iniciarse el movimiento revolucionario que cambiaría el panorama político nacional a fines de 1910, Aznar no pudo entender o adaptarse a los nuevos tiempos que planteaban una democracia y urgían cambios. Antes de concluir el año, pidió un permiso indefinido, abandonando el estado con toda su familia rumbo a la ciudad de México, de donde nunca volvió. Su marcha trastornó la vida política; hubo varios gobernadores interinos, lo que habla de la gran inestabilidad reinante, a la par de la agitación en todo México.

El gobernador interino José García Gual convocó a elecciones en abril de 1911, para el periodo 1911-1915. Cuatro contrincantes se lanzaron a la contienda; al final sólo quedaron dos: Carlos Gutiérrez Mac Gregor, quien representaba los viejos intereses porfiristas y había sido gobernador, y Manuel Castilla Brito, que encarnaba a la nueva generación: era hijo del ex gobernador Marcelino Castilla, autor de la primera ley de educación del estado e identificado con la causa de Madero a tal grado que José María Pino Suárez le daría la comisión de organizar la revolución en Campeche; esto lo convirtió en promotor del movimiento maderista en esta ciudad y deja ver la participación local en las redes revolucionarias que existían en la república.

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Rodolfo Gaona: Un matador sobresaliente en los años de la Revolución Mexicana

Mario Ramírez Rancaño -Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

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Marte R. Gómez registró una frase bastante expresiva cuando dijo que México había producido tres celebridades que estaban fuera de toda discusión: Pancho Villa, Rodolfo Gaona y la Virgen de Guadalupe. Y al parecer no erraba. Rodolfo Gaona, el llamado Sumo Pontífice de la torería, nació el 22 de enero de 1888, en León de los Aldama, Guanajuato. Como su familia era de origen humilde, al concluir su enseñanza primaria fue aprendiz de zapatero en una fábrica de la localidad. Se afirma que, allá por 1897, aún niño, asistió por primera vez a una corrida de toros en la ciudad de León. Figuraba Santiago Gil, Pimienta, y entre los banderilleros Reverte Mexicano. Luego de poner un par de banderillas, el último fue víctima de una cornada que le puso al borde de la muerte. A pesar de la tragedia, la fiesta brava cautivó de tal forma a Gaona, que decidió entrar en ella. Junto con varios mozalbetes pasó días enteros en los villorrios cercanos enfrentando a las reses que pastaban a campo abierto para aprender. Con intuición y habilidad, se volvió jefe de los novatos, quienes propagaron sus méritos en el billar al que iban. Cuando se sintió listo para debutar, actuó en una corrida de pueblo al lado del torero Braulio Díaz, famoso por haber matado a balazos al espada Lino Zamora.

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A fines del siglo XIX había llegado a México el ex banderillero Saturnino Frutos, apodado Ojitos, para comprar toros y establecer una ganadería en Cuba. Por asuntos ligados a la lucha de independencia de la isla, debía quedarse en México, donde fundó una escuela para enseñar el arte de la tauromaquia a los jóvenes mexicanos. Por el año de 1904 buscó prospectos en la zona central, y en algún momento llegó a León, donde indagó a qué jóvenes les atraía vestir el traje de luces. Allí conoció a Gaona, y durante año y medio impartió el conocimiento básico a varios muchachos indígenas, de humildes antecedentes y grandes arrestos. Juntados en la Cuadrilla Juvenil Mexicana, en la que descollaron Gaona y Fidel Dìz, los alumnos tuvieron la instrucción práctica con becerros de la hacienda de Santa Rosa y torearon sus primeras novilladas en la misma ciudad de León, así como en redondeles del Bajío, Puebla y la ciudad de México.

La plaza de toros El Toreo fue inaugurada el 22 de septiembre de 1907, en los terrenos de la ex hacienda de la Condesa. Se decía que este coso, propiedad de Ignacio de la Torre, yerno de Porfirio Díaz, era el más grande del mundo, pues tenía una capacidad para 20 mil espectadores. Pese a que llegaron a la capital ecos de los triunfos de la Cuadrilla Juvenil Mexicana, el debut de Gaona en esta plaza tuvo que esperar y ese mismo año se presentó en la plaza México durante la corrida de Covadonga.

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Diario de la Decena Trágica (del 9 al 27 de febrero de 1913)

Escrito por Kumaichi Horigoutchi, encargado de negocios del Japón en México.

Edición Graziella Altamirano Cozzi – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

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La Decena Trágica es uno de los capítulos más cruentos de la historia de México, cuya culminación fue la caída del gobierno de Francisco I. Madero y el asesinato del presidente y el vicepresidente José María Pino Suárez.

Según el plan fraguado por un puñado de conservadores y algunos miembros del ejército federal, la madrugada del 9 de febrero de 1913, el general Manuel Mondragón, al frente de una fuerza militar, logró liberar a los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, encarcelados en distintas prisiones de la ciudad por haberse levantado en armas contra el gobierno y desde donde habían preparado otro alzamiento, que iniciarían con el ataque al Palacio Nacional. Así fue; pero el general Reyes murió en el asalto y, al mando de Díaz, los demás insurrectos se atrincheraron en el edificio de la Ciudadela, a la vez almacén de armas y cuartel.

El presidente Madero, quien se hallaba en el Castillo de Chapultepec, se dirigió al centro de la ciudad y, en vista de que el comandante de la plaza había resultado herido en el ataque, nombró jefe de las operaciones contra los rebeldes al general Victoriano Huerta. Desde entonces, la ciudad de México se paralizó. Un buen número de calles y avenidas se convirtieron en campo de batalla, la vida civil se detuvo, el combustible y los alimentos escasearon, se suspendieron los servicios municipales y la vigilancia policíaca, faltó la luz eléctrica y la prensa dejó de aparecer.

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Al paso de los días, la situación se tornó más difícil. La población tuvo que soportar el ruido incesante de los cañones y presenció el resplandor producido por las fogatas que incineraban a los cadáveres en descomposición y la basura acumulada durante los días de lucha para evitar una epidemia, así como el acarreo incesante de heridos por las ambulancias de las cruces Roja y Blanca.

El bombardeo indiscriminado sobre las calles más céntricas atemorizó a las legaciones extranjeras, que solicitaron al gobierno las seguridades necesarias para proteger a sus familiares y sus conciudadanos en las zonas de mayor peligro. Pero al embajador de los Estados Unidos, Henry L. Wilson, le movían también otros intereses; pretendía la renuncia de Madero, que juzgaba la única respuesta a la grave situación, de modo que aumentó las amenazas de intervención militar por parte de su país y coadyuvó al derrocamiento del gobierno mexicano, al provocar alarma, desacuerdos y divisiones entre sus integrantes.

Como jefe de operaciones militares, el general Huerta no desarrolló una estrategia ni tampoco atacó a los rebeldes de la Ciudadela. Por el contrario, se hizo su cómplice para dar el golpe final al gobierno. El 18 de febrero mandó aprehender al presidente y al vicepresidente y, a invitación de Wilson, se reunió en la embajada estadunidense con el general Díaz para firmar el conocido como Pacto de la Embajada, que desconoció al Poder Ejecutivo.

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Ante la amenaza de una intervención extranjera y con la idea de no ensangrentar más al país, Madero y Pino Suárez, presos en la intendencia de Palacio Nacional, firmaron su renuncia, con lo cual Huerta logró sus fines y procedió a justificar el cuartelazo y su ascenso al poder. Así, el Congreso de la Unión aceptó las renuncias, luego de lo cual Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, protestó como presidente provisional por unos minutos, para renunciar después de nombrar a Huerta secretario de Gobernación. De forma que Huerta asumió la presidencia con el respaldo del ejército y el apoyo del embajador de Estados Unidos.

El domingo 23 de febrero la ciudad de México amaneció con la noticia de que Madero y Pino Suárez habían muerto. La versión oficial, dispuesta por Huerta, y que se publicó en los periódicos, fue que la noche anterior, durante el traslado de los prisioneros a la Penitenciaría, un grupo de hombres armados les había atacado. Se aseguraba que quisieron fugarse aprovechando el tiroteo y que los mataron al salir de los automóviles.

Con estos dramáticos sucesos llegó a su fin el gobierno de Madero, cuya fragilidad era cada vez más evidente, debido sobre todo a las críticas y los ataques de quienes abusaron de las libertades que el mismo régimen les dio; a las rebeliones en su contra; a las divisiones y desacuerdos entre sus colaboradores; a la actitud del gobierno estadounidense y la traición de sus antiguos seguidores.

En el cuerpo diplomático acreditado en esos días, figuraba Kumaichi Horigoutchi, representante de Japón, llegado a México a finales de 1909, quien había tenido una participación relevante en las fiestas del Centenario de la Independencia, al presidir, junto con Yasuya Uchida, enviado especial de su país, y el presidente Porfirio Díaz, la inauguración de la Exposición Japonesa en el Palacio de Cristal, en la calle del Chopo, donde se exhibieron maravillosas muestras del arte e industria niponas.

Tras la caída del gobierno porfirista, Horigoutchi estuvo a cargo de los negocios de su país durante los quince meses del gobierno de Madero. En los aciagos días de la Decena Trágica anotó sus impresiones sobre los sucesos que sacudían a la ciudad, dejando así testimonio del apoyo que él y muchos residentes japoneses otorgaron al presidente Madero, al dar refugio en la legación en la colonia Roma a sus familiares y prestarles toda clase de ayuda y consuelo.

G.A.C.

Domingo 9 de febrero de 1913. Un día primaveral y espléndido, como los de esa época en la Ciudad de México. Ya en los días anteriores se rumoreaba con mucha insistencia que iba haber algún levantamiento, pero como amaneciera aquella mañana tan limpia y serena, la impresión del tiempo me imponía tanto que ni siquiera pasaba por mi mente la idea de que iba a pasar algo grave. A eso de las 7 de la mañana se acercó apresuradamente a la legación…

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