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Isidro Fabela, la fotografía y la Revolución mexicana

Alberto del Castillo Troncoso / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10
Para Carlos Del Castillo Venegas, el "capi", en sus primeros 90 aAi??os

Para Carlos Del Castillo Venegas, el “capi”, en sus primeros 90 años

Los pasos de Fabela

Isidro Fabela es uno de los intelectuales más importantes de la Revolución mexicana. Su participación al lado de las fuerzas constitucionalistas en Coahuila y Sonora en 1913 y su intervención como encargado de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Venustiano Carranza durante la invasión estadunidense a Veracruz en 1914, sus múltiples gestiones como diplomático en Europa y América del Sur durante el gobierno del mismo don Venustiano y como representante de México ante la Liga de las Naciones en administraciones posteriores lo convirtieron en uno de los artífices del nacionalismo revolucionario que dio cauce institucional a la violencia de la gesta armada así como el sentido histórico de ser parte de uno de los más importantes imaginarios políticos y culturales del siglo XX.

A lo largo de varios decenios, don Isidro representó con gran dignidad y decoro a un discreto país latinoamericano capaz de enfrentar por la vía diplomática a varias de las grandes potencias de la época, desde Estados Unidos con Woodrow Wilson hasta Alemania con Adolfo Hitler, pasando por la Italia de Benito Mussolini y la España de Franco.

Isidro Fabela hizo a lo largo de su vida varios diagnósticos de la Revolución. Primero en diversas crónicas, luego en una historia diplomática, más tarde en sus memorias, describió con lujo de detalles su participación al lado de personajes como Abraham González, José Maytorena, Álvaro Obregón, Manuel Diéguez, Cándido Aguilar, Eduardo Hay y muchos otros, siempre bajo la rígida de Carranza, el Primer Jefe, líder indiscutible a quien prodigó una lealtad a toda prueba. En todo momento argumentó su preocupación por documentar los hechos y así poder escribir narrativas verosímiles, capaces de dar cuenta de una realidad tan compleja como la que sin duda fue el levantamiento armado con sus distintos profetas, desde los hombres fuertes del norte del país hasta los caudillos del sur, todos convertidos en poco tiempo en personajes de leyenda.

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Su sobrevivencia a todos los jefes revolucionarios y su posterior intervención como diplomático en varios gobiernos emanados de la gesta armada le dieron la distancia precisa para aquilatar el valor de su archivo de documentos y fotografías y vislumbrar la necesidad de apoyar su testimonio personal en ellos, para dotarlo de cierta objetividad y verosimilitud.

La colección fotográfica

Una faceta poco conocida de don Isidro es la de coleccionista de fotografías de la Revolución. No formó una crónica visual que pretenda sustentar todos los hechos en forma global o exhaustiva, sino que, por el contrario, es el registro personal de una trayectoria política y militar al lado de Carranza en los años álgidos del levantamiento contra Victoriano Huerta. Una visión tan acotada y precisa resulta todo menos obra de la casualidad. Por el contrario, es un indicador de su participación, toda vez que, a la usanza de los diarios íntimos, su presencia gravita en una buena suma de fotografías.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.06.26La colección fotográfica de nuestro personaje consta de cerca de 1,000 imágenes que comienzan con su arribo en 1913 al ejército revolucionario dirigido por Pablo González y Jesís Carranza en Coahuila e incluyen su incorporación posterior a las fuerzas constitucionalistas en Sonora, una parte significativa de la campañía del Pacífico, con la caída de Mazatlán y la apertura consecuente del camino a la ciudad de México para Álvaro Obregón, la devolución del puerto de Veracruz por los ocupantes estadounidenses y la gira triunfal de Venustiano Carranza por el interior del país a fines de 1915 e inicios de 1916.

Una ruta como ésta contiene omisiones importantes que deben ser vistas como parte del conflicto que surgió entre las distintas fracciones revolucionarias. De tal modo, el énfasis en don Venustiano y algunos de sus oficiales contrasta con el vacío existente en torno a las figuras de Francisco Villa y Emiliano Zapata. La disputa del constitucionalismo con estos dos jefes halla viva expresión en el acervo fotográfico de Fabela.

A pesar de las ausencias, la diversidad de firmas que aparecen en el acervo, que van de José María Chávez en Piedras Negras a W. Roberts y Alberto Lohn en Culiacán, pasando por los itinerarios regionales de Jesús H. Avitia y los Hermanos Mendoza, permite asomarse a la compleja representación iconográfica de la Revolución mexicana que, durante décadas, pretendió reducirse a la visión monolítica de la memoria oficial y su expresión emblemática a través de la firma única de Agustín Víctor Casasola.

Un zapatista de Mixcoac

Javier Rico M. / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #10

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.59.14Nunca se percató de que lo observaban. No supo que seguían sus pasos y tomaban nota de los lugares que frecuentaba y de sus reuniones con personajes que el destino convirtió en sus correligionarios. Es probable que en sus momentos de soledad lo asaltara la nostalgia en aquel lugar tan al norte, tan lejano del barrio que lo había visto crecer. Quienes lo espiaban llegaron incluso a tramar un plan muy complicado para confirmar las sospechas que lo señalaban como un sujeto peligroso y para echar abajo sus planes. Al menos desde mediados de 1917, cuando las fuerzas constitucionalistas parecían dominar la mayor parte del escenario de la Revolución, Él era objeto de una red de espionaje montada por el servicio exterior mexicano. En uno de los telegramas en clave (aquí en p. 31) que circularon entre el cónsul de México en San Francisco, Cándido Aguilar (secretario de Relaciones Exteriores) y Rafael Nieto (subsecretario de Hacienda), se le identificó como el responsable directo de una maniobra para enviar armamento a los enemigos del gobierno:

Algunos elementos enemigos de este gobierno están tratando de fletar barco a los E.U. para llevar a los zapatistas elementos de guerra, que serán desembarcados en algún punto de la Costa Chica, Edo. de Guerrero.

Se me informa que el señor Octavio Paz, que está o ha estado recientemente en El Paso, Tex., es el que irá como jefe del barco.

Se me dice también que el señor Cintora, que reside en Los Ángeles, Cal., tiene ya arreglado todo lo relativo al flete del barco, el que está matriculado con bandera americana y saldrá con destino a Centro América, con objeto de aprovechar su paso por las costas de Guerrero y desembarcar el envío destinado a Zapata, que se dice consiste en parque, armas, telas y maquinaria para reformar cartuchos y fabricar monedas.

A cambio de estas mercancías ha ofrecido algún agente zapatista entregar cuarenta mil pieles que tienen ya listas en algún punto cercano a la costa y algunas barras de plata procedente del mineral de “Campo Morado”.

Las pesquisas señalaban a Octavio Paz como cómplice de José Síntora, un rebelde michoacano que había militado en el villismo y que operó luego manera independiente en su propio estado, antes de refugiarse en la ciudad de Los Ángeles. Y no sólo era vigilado por espías mexicanos, sino también por agentes del Departamento de Justicia de Estados Unidos, quienes, muy al tanto de sus debilidades, llegaron a urdir un plan para contratar a una mujer atractiva e inteligente que se enredara con él y le sacara información.

¿Quién era este personaje que tanto inquietaba a agentes de ambos países? Era realmente un sujeto peligroso para el gobierno de Venustiano Carranza? Octavio Ireneo Paz Solórzano había nacido 27 años antes del inicio de la Revolución, el 20 de noviembre de 1883. Creció en un ambiente que puede calificarse como apacible, propio de una familia acomodada de la sociedad porfirista. Es cierto que su padre, Ireneo Paz Flores, vivía tiempos difíciles en la segunda mitad del siglo XIX, a veces a salto de mata por el occidente del país, empuñando la espada contra los franceses o añadiendo páginas a la prensa de oposición o compartiendo las asperezas de la cárcel con otros detractores de los gobiernos de Juárez y de Lerdo de Tejada. Incansable y combativo, como otros liberales de la época, dio su apoyo al prestigiado y carismático Porfirio Díaz en las revueltas de La Noria y de Tuxtepec. Unos años antes del ascenso de Díaz al poder don Ireneo, abogado de profesión, se había establecido con su esposa y sus hijos en la Ciudad de México. Por primera vez, desde que en 1863 se alistara en una junta patriótica para hacer frente a las tropas francesas que asediaban a su natal Guadalajara, podía aspirar a una vida tranquila. En 1874 fundó su propia empresa (Imprenta, Litografía y Encuadernación Ireneo Paz), desde la cual continuó con su vocación de periodista y escritor; de sus prensas salieron publicaciones como El Ahuizote, Sufragio Libre y Combate. En ella publicó una importante revista, La Patria, que logró mantenerse en circulación de 1877 a 1914. Como hombre de letras, diestro con la pluma, escribió poesía, teatro, novela y re- latos históricos. Todavía en 1880, en el marco de la elección de Manuel González, se vio envuelto en un conflicto de honor: el 28 de abril se batió en un duelo a muerte con Santiago Sierra (hermano de don Justo), del cual salió, gracias a su habilidad como tirador, dolorosamente victorioso, pues siempre le pesó la muerte del que fuera poeta y editor del periódico La Libertad. Sin llegar a ser parte del círculo más cercano al presidente Díaz, en más de una ocasión fue miembro del Congreso y, al final de su trayectoria en la administración pública, síndico del ayuntamiento. La bonanza económica que entonces lo acompañó le permitió comprar una finca al sur de la ciudad de México.

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PARA SABER MÁS:

  • OCTAVIO PAZ SOLÓRZANO , “Emiliano Zapata”, en José T. Meléndez, Historia de la Revolución Mexicana, México, INEHRM, 1987, tomo I.
  • MARIO RAMÍREZ RANCAÑO, La reacción mexicana y su exilio durante la Revolución de 1910, México, Miguel Ángel Porrúa / Instituto de Investigaciones Históricas-Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 2002.
  • JOHN WOMACK JR., Zapata y la revolución mexicana, México, Siglo XXI, 2006.

Venustiano Carranza: entre la historia y la imaginación

Luis BarrA?n
CIDE
Revista BiCentenario #10
 
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A 100 años del inicio de la Revolución, todavía prevalecen muchos mitos alrededor del llamado Varón de Cuatro Ciénegas y las fotografías que usualmente se difunden han fijado en nuestra imaginación colectiva la efigie de un político gris, poco carismático, autoritario… casi la de una estatua inhumana. Venustiano Carranza fue, sin lugar a dudas, la figura pública más importante en México durante la violenta década de la Revolución (1910-1920); el único de sus protagonistas principales que vivió y sostuvo su influencia política durante toda la década y el único líder que logró articular un movimiento militar con un plan político nacional: dentro de lo que podría llamarse “constitucionalismo”, logró incorporar varias de las propuestas de los diferentes líderes y grupos revolucionarios. No es que compartiera las demandas ni los proyectos, mucho más radicales, de Francisco Villa o Emiliano Zapata; tampoco que fuese un demócrata, como lo había sido el presidente Francisco I. Madero; o que se considerara a sí mismo heredero de grupos precursores de la Revolución, como los hermanos Flores Magón y los militantes del Partido Liberal Mexicano, por dar algunos ejemplos. Sin embargo, desde antes de que comenzara la Revolución, Carranza era ya un político profesional con amplia experiencia, que poseía las habilidades necesarias para integrar en un proyecto nacional muchas de las demandas que surgirían durante la lucha armada.
 

Algunos historiadores han hecho contribuciones valiosas, pero no han analizado cuidadosamente la vida temprana ni la carrera de Carranza antes de la Revolución, y aunque la historiografía sobre el tema es abundante, prevalece la idea de que fue un rico hacendado del norte, un político conservador que nunca apoyó a Madero, que asesinó a Zapata, que traicionó a Villa y que impidió que se aplicaran las disposiciones más radicales de la Constitución. Prevalece también la imagen de que su gobierno constitucional (1917-1920) fue o bien anárquico, o sólo un interludio conservador entre la lucha democrática de Madero y los regímenes revolucionarios de los años veinte y treinta. En la historiografía de la Revolución, Carranza es, en un extremo, el conservador oportunista que aprovechó la revolución de Madero para establecer su liderazgo y que hizo a un lado los proyectos más populares de Villa y Zapata; en el otro extremo, el revolucionario nacionalista que “salvó” la fallida revolución de Madero.
 
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El hecho es que ni fue hacendado, ni tampoco miembro distinguido –ni siquiera importante– de la élite económica de Coahuila durante el Porfiriato; pero tampoco era un revolucionario. Fue un político formado durante el Porfiriato, aunque no un seguidor incondicional de Porfirio Díaz, como sí eran el general Bernardo Reyes, el ministro de Hacienda José Yves Limantour o gobernadores como Próspero Cahuantzi de Tlaxcala o Teodoro Dehesa de Veracruz –que llegaron al poder gracias a Díaz y que se fueron con él–. Carranza fue un político porfiriano que no se distinguió por buscar la transformación revolucionaria de la sociedad o del sistema político en México. En lo que sí resultó excepcional fue en su visión para aprovechar las circunstancias extraordinarias, que primero le permitieron entrar a la política local en Cuatro Ciénegas; después convertirse en un líder regional y, finalmente, en el jefe máximo e indiscutible de la Revolución después del golpe de Estado que costó la vida a Madero.

Algunos historiadores han asumido que Carranza fue “derrotado” por el Congreso Constituyente de 1916-1917, que él mismo convocó y que, como resultado, se negó a poner en práctica las cláusulas más radicales de la Constitución, como los artículos 27 y 123. Pero si se analizan su juventud, su educación liberal y su participación política antes de 1910, se entiende mejor su programa de gobierno en Coahuila, la propuesta de reformas a la constitución local y a la Constitución de 1857 y el por qué no se puede decir que rechazó la puesta en práctica de la legislación radical agraria y del trabajo. Es erróneo decir que se opuso a que se redistribuyera la tierra cuando él promulgó la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, en la que reconocía el problema como una causa fundamental de la Revolución y establecía como acto de elemental justicia devolver a los pueblos los terrenos que los terratenientes les habían despojado: se trata, decía, de dar la tierra a la población rural miserable que hoy carece de ella, para que pueda desarrollar plenamente su derecho a la vida y librarse de la servidumbre. En cuanto a la Constitución, les dijo a los diputados constituyentes en Querétaro: “Del éxito o fracaso de esta Constitución seremos responsables tanto ustedes como yo, así como los constituyentes de 1857”, aunque aceptó que, en su visión, en algunos puntos se había ido más allá de las fronteras de nuestro medio social.


En nuestra imaginación colectiva –y en la imagen que se tiene de México en el mundo– Emiliano Zapata y Francisco Villa son las figuras centrales de la Revolución. Venustiano Carranza es un personaje relativamente menor en esa historia. No obstante, si se analizan fríamente los resultados de lo que hoy llamamos Revolución mexicana, veremos que lo que se obtuvo no fue lo que Zapata o Villa hubieran deseado, sino que, de hecho, todo lo que se logró después de 1920 fue posible gracias a lo que él construyó. ¿Por qué entonces se da esta contradicción?

A pesar de que Isidro Fabela, por ejemplo, uno de los políticos y diplomáticos más distinguidos de México en el siglo XX, decía que don Venus –como lo llamaban sus colaboradores y amigos más cercanos– era un hombre moral, honrado, con una inteligencia sagaz que le hacía ver las cosas, las circunstancias y los hombres con nitidez, para Zapata se trataba de un individuo arbitrario y de personalidad mezquina.

Dos hermanas revolucionarias Andrea y Teresa Villarreal

Griselda Zárate
Tecnológico de Monterrey
Revista BiCentenario #10

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Mujeres somos, pero no hemos sentido flaquezas que nos empujen a abandonar la pelea. Mientras más punzante era el dolor que nos hería, más se acrecentaba el cariño que profesamos a la causa de la libertad.

Andrea y Teresa Villarreal, ¿Qué hacéis aquí hombres? Volad, volad al campo de batalla. enero de 1911.

Hace algunos años supe de la existencia de dos valientes mujeres mexicanas: las hermanas Andrea y Teresa Villarreal González. Originarias de Lampazos, Nuevo León, formaron parte de una generación revolucionaria que luchó por los ideales de justicia e igualdad social en una época tumultuosa y de grandes cambios para nuestro país. Fueron miembros activos del grupo magonista durante su exilio en Estados Unidos. Desconocidas en la actualidad, y, sin reconocimiento por su importante labor contra la dictadura de Porfirio Díaz, ambas escritoras revolucionarias firmaron su nombre en la historia de México con letras de oro. El presente escrito pretende honrar su memoria y dar a conocer a las generaciones contemporáneas sus ideas y algunos de los puntos más relevantes de su vida revolucionaria.

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Andrea Villareal, circa 80 aAños

Situada aproximadamente a 170 km al norte de Monterrey, la actual ciudad de Lampazos de Naranjo sirvió desde su fundación en 1698 como un enclave estratégico para salvaguardar el avance militar en la frontera de la entonces Nueva España. Durante los siglos XVIII y XIX, Lampazos se convirtió en un gran centro ganadero y minero, lo que llevó abundancia y prosperidad a sus habitantes. A partir del siglo XIX se le reconoció como tierra de hombres ilustres por el gran número de personajes que nacieron en ella, entre otros Juan Ignacio Ramón y Juan Zuazua (antepasado de la familia Villarreal González), quienes participaron en la lucha por la independencia de México, y Francisco Naranjo, héroe de la guerra de Reforma y de la Intervención francesa, a quien se le otorgó el honor de poner su apellido al pueblo. También Antonio I. Villarreal, hermano de las escritoras.

Provenientes de una familia de hondo arraigo en la región lampacense desde finales del siglo XVIII, Andrea (1881) y Teresa (1883), al igual que sus hermanos Antonio Irineo (1879), Próspero (1882) y Alfonso (1886), estuvieron expuestas durante su niñez y temprana juventud a un ambiente cultural pleno de principios liberales y progresistas, como por ejemplo la petición del voto femenino que proclamaba el ingeniero Francisco Naranjo, hijo, a través del periódico El Lampacense, en noviembre de 1891. La participación en 1887 de su padre, Próspero Villarreal Zuazua, en la fundación de la Sociedad de Obreros de Lampazos sentó en parte las bases del futuro activismo político de Andrea y Teresa Villarreal, al igual que su hermano Antonio Irineo, debido al temprano contacto que tuvieron con los problemas sociales, que incluían, entre otros, el derecho de los obreros a condiciones de trabajo más justas y el cuestionamiento del orden imperante, en especial del gobierno federal.

Este tipo de ideas de avanzada tendieron un lazo hacia ideas similares en otras partes de México, como por ejemplo, en San Luis Potosí donde Camilo Arriaga denunció en agosto de 1900, a través del manifiesto “Invitación al Partido Liberal”, el clericalismo del régimen de Porfirio Díaz que contravenía las leyes de Reforma. Este hecho originó la formación de clubes liberales en muchos puntos del país, y también su represión por constituirse en foros de oposición al gobierno de Díaz. El Club Liberal de Lampazos fue disuelto en abril de 1901, sus líderes encarcelados y perseguidos sus integrantes por órdenes del general Bernardo Reyes.

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Antonio I. Villareal

Estas medidas represivas llevaron a Andrea y Teresa, a su padre y a sus hermanos al exilio en Estados Unidos. Tras una breve estancia en San Antonio, Texas, se instalaron en febrero de 1905 en St. Louis, Missouri, aprovechando la coyuntura de la Exposición Universal y debido también a que el hermano menor, Alfonso, se encontraba allí. El 10 de septiembre de 1905, el periódico St. Louis Post Dispatch menciona que en esa ciudad había un numeroso grupo de revolucionarios de diferentes nacionalidades, chinos, polacos, irlandeses, alemanes, además de turcos, españoles y latinoamericanos, a los que se sumaba la comunidad mexicana de exiliados y, entre ellos, la familia Villarreal González, los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón y otros disidentes políticos. Esta atmósfera propició las relaciones amistosas con organizaciones estadunidenses con las cuales compartían intereses, tales como el Partido Socialista, la Federación Americana del Trabajo (AFL) y los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW). Los miembros de la Junta Revolucionaria Mexicana (nombre con que se conoció a la comunidad de refugiados políicos) tenían conocimiento de las publicaciones de estos organismos, como la revista Appeal to Reason, de donde probablemente Andrea Villarreal tomó el artículo “Liberty for the Refugees who are Prisoners” (“Libertad para los refugiados que están prisioneros”) de Eugene V. Debs, presidente del Partido Socialista estadounidense y lo tradujo al español para los lectores del periódico La Estrella, de San Antonio, en 1909.

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Ficha policiaca de Juan Sarabia

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Ficha policiaca de Ricardo Flores Magón

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO.

La Sucesión Presidencial

Héctor L. Zarauz López / Comisión para las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución en la Ciudad de México
Revista BiCentenario No.5, pág.39

Tan sólo un libro

Apenas se han cumplido cien años de la edición (diciembre de 1908) y divulgación de La Sucesión Presidencial de 1910. El Partido Nacional Democrático, el libro al que se ha considerado como uno de los principales eslabones del proceso revolucionario en 1910. Consta de siete capítulos, en los que se describe y analiza la situación política, social, económica y la historia de nuestro país. A la obra no le faltaron contradicciones pues, aunque hace una valoración positiva de Porfirio Díaz, a quien reconoce los méritos por haber logrado la pacificación, estabilidad y desarrollo nacionales, lo censura también aun cuando con cierta cautela.

Creelman B-5Las principales críticas son contra el militarismo y la falta de democracia, la manera en que Díaz había centralizado el poder, la ausencia de partidos políticos, la falta de elecciones confiables, la persecución a la prensa libre y a los opositores, todo lo cual situaba a México como un país rezagado en términos de la democracia que se vivía en naciones como Francia y Estados Unidos (que son algunos de los modelos con los que Madero efectuó comparaciones).

[…]

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De cómo las mujeres se fueron a la Revolución

Ana Lau –UAM-X

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

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Ramón F. Iturbe y su Estado Mayor femenino.

Las mujeres han sido parte integrante de la construcción histórica de México. su presencia es fundamental en todos los órdenes de la vida económica, política y social. No obstante, su ausencia en los análisis historiográficos, así como en las historias generales, es una muestra de la invisibilidad que como protagonistas han padecido a lo largo del tiempo, por lo cual hay que combatir esa exclusión, incluyéndolas, estudiándolas y develando su participación.

El siglo XX mexicano estuvo marcado por una numerosa presencia de mujeres en espacios que habían estado reservados para los varones; paulatinamente se fueron integrando al trabajo remunerado, a la educación superior, a la política y también a la guerra. Las dos primeras décadas de ese siglo fueron testigos del activismo femenino en la prensa, la oposición al régimen porfirista y los movimientos revolucionarios, ya que fue en esos ámbitos donde se rompieron esquemas, se desdibujaron los roles tradicionales y se trastocó la división entre el ámbito público y el privado.

Sin título

1900-1917 ¿Dónde estaban las mujeres?

Durante el Porfiriato hubo intentos por desarrollarse económicamente a través del establecimiento de un gobierno fuerte, capaz de dominar y pacificar al país. se pretendía entrar a la modernidad impulsando la industrialización y el comercio exterior, pero se continuó con la acumulación de tierras en pocas manos, se ahondó? la dependencia económica y la práctica del peonaje se hizo más severa; lo mismo ocurrió con la falta de libertades políticas. La situación de pobreza y desigualdad que afectaba a la mayoría de las y los mexicanos propició la fundación de movimientos de oposición que crecieron y se fortalecieron, hasta organizarse en un movimiento que en 1911 derrocaría al dictador Porfirio Díaz.

Para 1910 la población mexicana total ascendía a 15 160 369 habitantes de los cuales 7 504 471 eran hombres y 7 655 898 mujeres.

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Pascual Orozco y el gobernador González, rodeados de las señoritas que tomaron parte en la recepción hecha al bravo revolucionario, La Semana Ilustrada, México, 30 de junio de 1911.

Entre éstas encontramos algunas de clase media, que habían estudiado y empezaban a trabajar como profesionistas. Abogadas, dentistas, farmacéuticas, médicas, parteras, tenedoras de libros, periodistas, poetisas, escritoras y profesoras formaban una minoría que, poco a poco, se haría notar y empezaría a exigir igualdad para su sexo.

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