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Los hermanos Rousset y su compromiso revolucionario

Christine Rousset

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

La revolución que acabaría con el régimen porfirista tuvo abundantes casos heroicos. Uno de ellos, y aún desconocido, es el de los cinco hermanos de origen francés que apoyaron a sus vecinos los Serdán Alatriste, en Puebla, en la lucha antirreeleccionista, y que luego de exiliarse por un corto tiempo. salvaron a Francisco I. Madero de una primera conspiración y se unieron a los ideales de Emiliano Zapata y la causa constitucionalista.

Guillermo y Benito Rousset Montoya exiliados en San Antonio Texas, mayo de 1911. Colección particular de la familia Rousset.

Guillermo y Benito Rousset Montoya exiliados en San Antonio Texas, mayo de 1911. Colección particular de la familia Rousset.

Si hay unos hermanos famosos y reconocidos como mártires y próceres de la revolución en la ciudad de Puebla son los Serdán Alatriste. Pero existe otra fratria cuya historia bien merece ser conocida: los hermanos Rousset Montoya: Filomena, Rafael, Guillermo, Benito y Antonio, siendo Guillermo mi abuelo.

Respecto de sus orígenes, sé que eran nietos de Guillaume Rousset, oriundo de un minúsculo pueblo del suroeste de Francia, llamado Livinhac-le-Haut, atravesado a su largo y ancho por el río Lot, y que a lo largo de su vida fue campesino, cantinero y zapatero. Se casó con Anne Cambatalade, originaria de la misma villa, en el año de 1814. La pareja tuvo siete hijos: Jean-Baptiste, Antoine, Christine, Marie-Rose, Marie-Jeanne, Benoit y el menor Pierre-Jean. Los hermanos Rousset, a su vez, eran hijos de Antoine, ingeniero de minas según algunos, de puentes y caminos, según otros. En todo caso, nació en la ciudad minera de Decazeville, en el departamento del Aveyron de la región de los Mediodía-Pirineos.

Mi bisabuelo Antoine llegó al puerto de Veracruz, México, en 1849, a la edad de 30 años, a bordo del barco “El Cecilia”. No se convirtió en millonario, pero sí logró con el pasar de los años constituirse un pequeño capital que le permitió gozar de una confortable posición económica en la comarca poblana. Era propietario de algunas haciendas y ranchos en la región: en Cholula, Tepeaca y cerca del estado de Tlaxcala, en la comunidad de San Lorenzo Almecatla. Además, fue dueño de una cantera de mármol. Se casó con Josefa Montoya Cortez, originaria de Tepeaca, Puebla.

Tuvieron varios hijos en la capital poblana, entre 1866 y 1877, quienes crecieron en el centro de la Angelópolis, a unas cuadras de la Catedral, en la casa familiar de la calle de la Puerta Falsa de los Gallos. De hecho, muy cerca de la propia casa de los Serdán que se ubicaba a unos metros, en la famosa calle de Santa Clara. Los hermanos varones realizaron sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios mientras tanto Filomena, la hermana mayor, se dedicó a las labores del hogar, como se acostumbraba en aquellos tiempos.

Al fallecer Antoine de una conmoción cerebral a causa de una mala caída en 1887, los hermanos quedaron bajo la tutela de Miguel Bernal, padrino de Benito y director del Colegio del Estado. Poco a poco, la vida retomó su curso y cada quien empezó a emprender su propio camino. Rafael, el mayor de los varones, después de haber trabajado algún tiempo como empleado en la quincallería de un amigo francés de su padre, el señor Carlos J. Charles, puso su propio negocio, una ladrillera, que tuvo bastante éxito. Los otros tres concentraron sus esfuerzos como comisionistas de granos, en especial, de trigo, cebada y maíz en el área de Chalchicomula, ciudad que limita con
el estado de Veracruz.

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Los desvelos de Raúl

Silvia L. Cuesy

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

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La Consulta, pluma y pincel, en El Ahuizote, Semanario Político de Caricaturas, 5 de agosto de 1911.

La situación se ha vuelto insostenible, es como si las reco­mendaciones dadas se tomaran al revés. Raúl siente que sus ya de por sí escasas horas de sueño se ven ahora reducidas y turbadas por los desaciertos de su hermano mayor; hay que estar a las vivas a cada rato y cuidar del adelantamien­to moral inculcado con perseverancia y disciplina. Si por lo menos el ingrato se acordara de acudir a él, la vigilia valdría la pena; a últimas fechas ya no le presta la atención acos­tumbrada tiempo atrás. Y la verdad es que una tarea de tal envergadura no es como para echársela a cuestas sin atender una indicación diaria, por lo menos. ¿Qué hacer si Pancho ya no lo evoca, si ya hizo a un lado el reglamento? ¿Habrá perdido sus facultades al apartarse de las serenas regiones de las ideas? Y al presagiar lo que ha de venir, todo su ser se cimbra como si se repitiera el accidente que le quitó la vida cuando, de niño, trató de alcanzar una lámpara de keroseno, y esta se le vino encima, prendida, y su cuerpecito se incendió como antorcha sin que ser humano o sobrenatural alguno pudiera salvarlo…

A Pancho se le ha metido en la cabeza que él solo puede hacer frente a la misión redentora de buscar el bien de sus semejantes y sacar de la pobreza a unos y del materialismo mundano a otros, de sanar las llagas morales de sus compa­triotas. Y eso está bien, de eso se trataba tanto consejo… Lo preocupante es ver que ha equivocado la manera; de no co­rregir el rumbo, el precipicio les pesará a los dos. Raúl ya no sabe dónde meterse. Su vergüenza no tiene freno ni control por haber sido el primero en darle ese consejo a su amado hermano. ¿Qué se pensará de él al verse tanta torpeza de Pancho? ¿Cómo deslindar responsabilidades si continúa dor­mido en sus laureles?

No puede creer que Pancho tan metódico antes, tan com­prometido con los espíritus, ahora se muestra nervioso, irrita­ble y tartamudea más de lo acostumbrado; otras veces, todo lo contrario: su mente se va hasta el final del universo que no tiene final y por eso se aleja más y más inexorablemente…, ha pasado de la desobediencia a la apatía y el abandono. En cambio hay ocasiones que parece un chiquitín que de pronto tira un juguete por agarrar otro que se le antoja más atractivo. Sin embargo, la niñez queda casi en el olvido de tan remota… En esta empresa y en estos momentos hay que portarse como hombres, demostrar valor y firmeza, claridad y congruencia.

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Los autores del magnicidio de Madero y Pino Suárez

Edgar Sáenz López
ENAH

En revista Bicentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

Con la caída del gobierno de Victoriano Huerta se pudo dilucidar con detalles, lo que era un secreto a voces: el ex presidente y su ex vicepresidente fueron víctimas de una operación planificada con el fin de que ya muertos no fueran un obstáculo para las pretensiones de la dictadura huertista de permanecer en el poder.

AprehensiA?n de Madero y Pino SuA?rez (800x503)

F. Dené, Aprehensión de Madero y Pino Suárez, oleo. Museo Nacional de Historia. Conaculta-INAH- MEX. Reproducción Autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia

Sobre el periodo conocido como la Decena Trágica no todo está dicho, hay pasajes que todavía se encuentran cubiertos. Del asesinato de Francisco I. Madero, incluso, se discute quién tomó la decisión de acabar con la vida del coahuilense, ¿el gabinete emanado del cuartelazo, que inclinaba su postura para favorecer a Félix Díaz, o Victoriano Huerta y su gente? Considero que la decisión de liquidar a Madero fue de éste último, apoyado por el general Aureliano Blanquet, aunque otros golpistas, como Félix Díaz, Manuel Mondragón y Rodolfo Reyes, seguramente aprobaron los magnicidios..

El plan fue finamente tejido por los genera- les Huerta y Blanquet, quienes se encargaron de conseguir gente de su entera confianza para realizar cada una de las tareas que culminarían con la muerte del hombre que derrocó a Porfirio Díaz. Huerta instruyó a Blanquet para aprehender al presidente el 18 de febrero de 1913, cuando ya se había llegado a un arreglo con quienes, en primer lugar, habían encabezado el golpe militar del día 9 (Díaz, Mondragón y Reyes) pues calculó que Madero sería un obstáculo para su planeada permanencia en el poder. Había que eliminarlo, así que, cuidadosamente, determinó desaparecerlo.

Capturadores

El teniente coronel Teodoro Jiménez Riveroll fue el hombre designado por Aureliano Blanquet para capturar a Francisco I. Madero el 18 de febrero. Sus antecedentes lo evidencian como un elemento de conducta y actividades condenables, ya que contaba en su historial con castigos por su afición a las bebidas embriagantes, irrespetuoso y abusos de autoridad, motivos que lo llevaron a estar más de una vez detenido en la prisión militar. Su designación en el 29° batallón de infantería, comandado por Blanquet significó una mejor posición como soldado, pues se convirtió en uno de los hombres de confianza del general, quien lo calificaba de excelentes aptitudes, conducta e instrucción. Esta cercanía fue determinante para la comisión que se le encomendó y que, al final, le costaría la vida. Durante la balacera que se desató entre su gente y los leales a Madero, murió Marcos Hernández, primo del mandatario; y Jiménez Riveroll cayó víctima de una bala disparada por Gustavo Garmendia, miembro del Estado Mayor presidencial. Blanquet lloró la muerte del teniente coronel, a quien se le declaró muerto en acción de guerra. El propio general tomó prisionero al ex presidente.

Los custodios

Los hombres encargados de custodiar a Madero fueron el coronel Joaquín Chicarro Bernal y el coronel Luis Ballesteros, primero durante su detención en Palacio Nacional, y después en la penitenciaría de la ciudad de México (Lecumberri), en caso de que el ex mandatario llegara con vida. Chicarro había sido compañero del general Victoriano Huerta en la campaña contra la rebelión encabezada por el general Canuto A. Neri en el estado de Guerrero, en 1893, donde muy probablemente entabló amistad con él, y quizá por esto fue designado para cuidar a Madero, encargándose de que el reo no tuviera contacto con el exterior. Después del triunfo de Huerta, ocupó cargos importantes en la Escuela Militar de Aspirantes, fue parte del Estado Mayor y llegó a ser gobernador de Querétaro. En poco más de un año logró ascender hasta general de brigada.

Gral Joaquin Chicarro (Diario El País) (634x800)

Gral. Joaquín Chícarro, retrato. Col. Particular Edgar Sáenz López.

Por su parte, el coronel Luis Ballesteros fue nombrado por Huerta director de la penitenciaría de la ciudad de México, con la aparente función de resguardar la seguridad del ex presidente Madero y del ex vicepresidente Pino Suárez. Sin embargo, la verdadera razón era dar fe del supuesto asalto que daría muerte a los ex mandatarios y de esta forma ocultar la verdad.

Ballesteros gozaba de la entera confianza de Victoriano Huerta, ya que había sido subordinado suyo en las campañas militares de 1901 frente a la rebelión de Rafael Castillo Calderón, en el estado de Guerrero, y contra los mayas en el estado de Yucatán. Poco después del magnicidio, su lealtad resultó recompensada; en marzo de 1913 fue ascendido a general brigadier y, para diciembre, a general de brigada. Solicitó licencia por enfermedad el 12 de agosto de 1914, justo antes de la disolución del ejército federal. En septiembre de 1922 pidió ser considerado para la reserva del ejército nacional, argumentando haber desempeñado empleos subalternos en el gobierno de Álvaro Obregón. Su petición fue rechazada, seguramente por sus nexos con el huertismo, lo mismo que la solicitud de re- tiro y jubilación que gestionó en diciembre de 1924, ante el gobierno de Plutarco Elías Calles.

Los magnicidas

El hombre designado como autor material del magnicidio fue el mayor de rurales Francisco Cárdenas, quien había formado parte de la columna del general Blanquet, recién llegado a la capital después de haber hecho campaña contra los zapatistas en el estado de México. Su historial –nada pulcro– lo presentaba como alguien que había participado en la represión de movimientos sociales, e incurrido en abusos de autoridad en contra de la población civil. Sus mayores logros habían sido ultimar al famoso bandido y rebelde magonista, veracruzano, Santana Rodríguez Palafox Santanón, en 1910, y contribuir en la captura del revolucionario michoacano Benito Canales, en 1912.

Fco. CA?rdenas No. de inventario 11831 (579x800)

Francisco Cárdenas, Fondo Casasola, inv. 11831, SINAF

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El cine como propaganda

HAi??ctor Luis Zarauz LA?pez
Facultad de EconomAi??a, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

La Ai??poca revolucionaria fue clave en el desarrollo de un cine documental que informaba pero a su vez estaba muy influenciado por promover la figura de los lAi??deres polAi??ticos. Francisco Villa fue uno de los que mejor provechA? le sacA?. Los intentos por hacer un cine menos politizado hallaban escaso eco

Enrique MoluniniAi?? y su pemresa familiar dedicada a la exhibiciA?n itinerante. Col. Ma. de Lourdes MouliniAi?? de Altamirano

Enrique MoluniniAi?? y su pemresa familiar dedicada a la exhibiciA?n itinerante. Col. Ma. de Lourdes MouliniAi?? de Altamirano

Como si fuera un set cinematogrA?fico, el paAi??s estaba listo en noviembre de 1910 para ser filmado. Entonces, el largo gobierno de Porfirio DAi??az era cuestionado por la vAi??a armada, Madero y sus seguidores habAi??an decidido explorar un nuevo guiA?n despuAi??s de las fallidas elecciones de ese aAi??o. La trama, el escenario, las luces y los actores, toda parecAi??a preparado para escuchar el llamado a cA?mara.

La revoluciA?n mexicana fue la primera que se dio en los albores del siglo XX. Su desarrollo coincidiA? con el establecimiento del cinematA?grafo en el mundo y en MAi??xico adonde apareciA? desde 1896 cuando llegaron los primeros representantes de la casa LumiA?re y de la casa Edison, considerados como los inventores del cine.

Como el cine ya habAi??a dado sus primeros pasos en nuestro paAi??s, la revoluciA?n fue un proceso histA?rico razonablemente bien filmado para su tiempo. Sin embargo, gran parte de los materiales fAi??lmicos que se hicieron entre 1910 y 1920 desaparecieron, ya sea porque fueron mutilados, fragmentados o destruidos. Aun asAi?? ha quedado suficiente de Ai??l para utilizarlo como un elemento reconstructivo de la historia de la revoluciA?n y de esa Ai??poca.

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revoluciA?n hasta la caAi??da de Madero en ARCHIVO HISTAi??RICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revoluciA?n hasta la caAi??da de Madero en ARCHIVO HISTAi??RICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Actualidad revolucionaria

Al haber sido depuesta la dictadura de DAi??az, las temA?ticas que habAi??an interesado al cine de ese tiempo desaparecieron (hasta entonces, don Porfirio y su comitiva aristA?crata habAi??an sido uno de los imanes de taquilla) y en lo sucesivo el cinematA?grafo se centrA? en el movimiento revolucionario. El espectador dejA? de observar imA?genes de concordia y abundancia de esa supuesta belle Ai??poque que el cine se empeAi??aba en captar. Ahora el espectA?culo serAi??a ver al pueblo mismo en la pantalla y el enfrentamiento armado en contra del dictador y entre las facciones en rebeliA?n.

Durante los aAi??os de la RevoluciA?n (considerando la dAi??cada de 1910 a 1920), predominaron dos corrientes en la producciA?n nacional: por una parte, el documental sobre la RevoluciA?n, y por otra, las piezas del cine argumental que ya se venAi??an realizando.

Casi la totalidad de filmaciones que se hicieron en estos aAi??os fueron documentales-reportajes. Por el contrario, se realizaron muy pocas ficciones, lo cual es interesante si tomamos en cuenta que en el mismo periodo en Estados Unidos se filmaron mA?s de cien dramatizaciones sobre el tema revolucionario. Esto podrAi??a responder primero al hecho de que en MAi??xico la industria no habAi??a alcanzado un desarrollo pleno que permitiera hacer este tipo de cine, y segundo a que muy probablemente el pA?blico demandaba materiales de carA?cter informativo que consideraba mA?s fidedignos por ser el retrato de la realidad revolucionaria. De manera que estas cintas son muy cercanas a un trabajo periodAi??stico. Sin embargo, no debe perderse de vista que muchos de estos documentales fueron auspiciados por los propios caudillos que vieron en la filmaciA?n un vehAi??culo de promociA?n de sus figuras.

Dentro de los documentales habAi??a dos fines fundamentales. El primero fue el periodAi??stico, por lo cual las temA?ticas estaban evidentemente ligadas a los eventos de actualidad. Se trataba de filmar aquello que acababa de suceder en torno a las movilizaciones armadas a fin de que el espectador estuviera enterado. Entre estas se pueden citar: Las conferencias de paz en el norte y toma de Ciudad JuA?rez (1911), Viaje triunfal del jefe de la revoluciA?n don Francisco I. Madero desde Ciudad JuA?rez hasta la Ciudad de MAi??xico (1911), La revoluciA?n orozquista (1912), La revoluciA?n en Veracruz (1912), La revoluciA?n felicista (1913). AdemA?s, el camarA?grafo JesA?s H. Abitia filmA? campaAi??as militares de ObregA?n y Carranza, Francisco Villa contaba con camarA?grafos de la Mutual Film Corporation, que filmaron la toma de Ojinaga, TorreA?n y GA?mez Palacios, y los zapatistas tuvieron tambiAi??n camarA?grafos que editaron La revoluciA?n zapatista (1914). Las huestes huertistas llegaron a hacer uso del cinematA?grafo al filmar Sangre hermana (1914). Asimismo, fue registrada la invasiA?n estadunidense por Salvador Toscano, bajo el tAi??tulo de Sucesos de Veracruz (1914).

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de SigA?enza y GA?ngora

El otro uso importante que tuvo el documental en estos aAi??os fue el propagandAi??stico, ya que los documentos cinematogrA?ficos, fotogrA?ficos, periodAi??sticos, etcAi??tera, eran parte de la lucha de los distintos bandos de la RevoluciA?n. Estamos pues ante pelAi??culas vinculadas a una causa especAi??fica y que, en consecuencia, no son piezas desinteresadas y meramente testimoniales que se limitaban a registrar los sucesos del paAi??s.

Para saber mA?s

LEAL, JUAN FELIPE. El documental nacional de la RevoluciA?n mexicana. FilmografAi??a: 1915-1921. MAi??xico, Juan Pablos Editores, 2012.

MIKELAJA?UREGUI, JOSAi?? RAMAi??N. La historia en la mirada. MAi??xico, Filmoteca de la UNAM.

MIQUEL, A?NGEL.Ai?? ai???Las historias completas de la RevoluciA?n de Salvador Toscanoai???, Fragmentos. NarraciA?n cinematogrA?fica compilada y arreglada por Salvador Toscano, 1900-1930. MAi??xico, Imcine-Conaculta, 2010.

____________. En tiempos de RevoluciA?n. El cine en la ciudad de MAi??xico. 1910-1916. MAi??xico, UNAM, 2012.

ROSAS, ENRIQUE. El automA?vil gris. MAi??xico, 1919, dvd. Filmoteca de la UNAM.

TOSCANO, SALVADOR. Memorias de un mexicano. MAi??xico, 1950, dvd. FundaciA?n Carmen Toscano.

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Adolfo López Mateos exhuma a Madero

Harim Benjamín Gutiérrez Márquez
UAM-Xochimilco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

Los festejos en 1960 por los 150 años de la independencia y medio siglo de la revolución mexicana se convirtieron en una autocelebración. Había logros políticos y económicos, pero a los opositores apenas se les reconocía legitimidad.

 

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Durante muchos años los restos de Francisco I. Madero yacieron en el Panteón Francés de La Piedad. Su reposo terminó el 18 de noviembre de 1960, cuando los sepultureros Vicente Alcántara Martínez y Fidel Reyes los exhumaron para colocarlos en una bolsa forrada de seda. Luego fueron puestos en una urna y entregados a sus familiares, quienes los llevaron a una capilla para celebrarles una misa; afuera, guardando las formas del Estado laico, permanecían varios funcionarios gubernamentales. Terminada la misa, una escolta militar trasladó los huesos a la Cámara de Diputados, donde los instalaron al pie de la tribuna, cubiertos con la bandera nacional y una guardia de cuatro cadetes del Heroico Colegio Militar. El 20 de noviembre se celebró una sesión solemne ante los restos del prócer. Luego los llevaron a la Plaza de la República, donde el presidente Adolfo López Mateos los colocó personalmente en una cripta en la esquina noroeste del monumento a la revolución.

Ese fue el momento más solemne del año de las conmemoraciones del sesquicentenario de la independencia y el cincuentenario de la revolución mexicana. La primera fue brillante, pero la segunda tuvo un peso especial, pues fue aprovechada para celebrar el origen del régimen político que imperaba en el país. En efecto, hay que recordar que durante la serie de luchas que comenzaron con el llamado a las armas de Madero del 20 de noviembre de 1910, el viejo régimen porfirista fue destruido, se dotó al país de una nueva Constitución y se comenzó a formar un nuevo Estado. Esa tarea continuó durante la década de 1920 y tuvo como resultado que se modificaran las instituciones y las reglas para conquistar y ejercer el poder, por lo que se desarrolló un nuevo régimen político, el régimen de la revolución mexicana, el cual debe su nombre al hecho de que sus gobiernos se asumían como los herederos y continuadores de la revolución; es decir, se echaban a cuestas –no siempre con éxito– la tarea de hacer realidad los principios y metas surgidos a lo largo de ese proceso histórico, como el sufragio efectivo, la no reelección, el reparto agrario y la mejora de las condiciones de vida de los obreros, así como la reivindicación de la soberanía de la nación y de su propiedad sobre los recursos naturales.

Equilibrios

En su libro La ideología de la revolución mexicana, Arnaldo Córdoba explica que este régimen fue populista, pues se apoyó –valga la redundancia– en las clases populares satisfaciendo de manera limitada las demandas de obreros y campesinos; al mismo tiempo, un gran número de estos se integró a organizaciones rurales y sindicatos que se afiliaron al partido oficial y se convirtieron en las vías preferentes para hacer peticiones o recibir beneficios del gobierno. Este régimen estaba encabezado por un gobierno paternalista y autoritario, con un presidente dotado de gran poder, pues entre otras cosas de él dependía el reparto de tierras para los campesinos, y era además el árbitro supremo para las controversias entre trabajadores y patronos. Por último, durante el siglo XX se fue gestando un modelo de desarrollo económico capitalista vigilado y apoyado por el Estado, que defendía el principio de la propiedad privada, promovía a los empresarios y trataba de conciliar a las distintas clases sociales.

La naturaleza del régimen de la revolución le imponía la tarea de guardar un equilibrio entre los distintos sectores de la sociedad. Por ejemplo, necesitaba a los empresarios para fomentar el crecimiento económico, pero no podía dejar de proporcionar beneficios a sus bases obreras y campesinas (o por lo menos darles la expectativa razonable de conseguirlos en un futuro próximo). Se corría el riesgo de que, en cierto momento, el equilibrio se rompiera en favor de un sector, aumentando el descontento y comprometiendo la estabilidad del país.

Portada de la revista "PolAi??tica", diciembre, 1960.

Portada de la revista “Política”, diciembre, 1960.

Esa tarea era muy difícil, pero en 1960 los gobiernos del régimen de la revolución podían presumir un balance generalmente favorable o exitoso en cuanto a estabilidad política, crecimiento económico y prestigio internacional; por consiguiente, las efemérides de ese año eran una oportunidad imperdible para exhibir esos logros. El país podía presumir también de la vitalidad de su economía, su crecimiento demográfico y urbano, la expansión de su clase media, de avances importantes en salud y educación –a pesar de grandes rezagos– y de tener un ejército excepcional en América Latina por su lealtad a las autoridades civiles. El crecimiento económico –en especial el de las industrias–, fue calificado con cierta exageración como el milagro mexicano.

Sin embargo también había cuentas pendientes y fracasos. Por ejemplo, el reparto de tierras benefició a muchos campesinos con los ejidos, pero no bastó para la creciente población rural ni acabó con los latifundios.

PARA SABER MÁS:

  • Benjamin, Thomas, La revolución mexicana, memoria, mito e historia, México, Taurus, 2003.
  • Córdoba, Arnaldo, La ideología de la revolución mexicana, México, Era, 1973, reimpresión 2003.
  • Krauze, Enrique, La presidencia imperial, México, Tusquets, 2009.
  • Medina, Luis, Hacia el nuevo Estado, 1920-2000, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.

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La convención del T&iacute:voli

Hector L. Zarauz LA?pez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Madero en tarjeta postal, colecciA?n particular

La Convención del Partido Antirreeleccionista se desarrolló en el Tívoli de la vieja calle del Elíseo, ubicada en el señorial barrio de San Rafael de la capital del país, entre los días 15 y 17 de abril de 1910. Se decidió en ella que Francisco Ignacio Madero encabezara la candidatura a la presidencia de la República, primera que de manera real desafiaba a la dictadura de Porfirio Díaz.

Gran Tivoli de San Cosme

Para entonces México vivía el declive político del largo periodo presidencial de Porfirio Díaz, que se había prolongado por cerca de tres décadas, pues si bien se había logrado estabilidad y crecimiento económico, el costo social y de libertades políticas era muy alto. Es preciso recordar que en marzo de 1908 el periódico El Imparcial había publicado en sus páginas la entrevista que Díaz había concedido al periodista estadunidense James Creelman. Las declaraciones ahí vertidas tuvieron gran trascendencia pues, por primera vez, el dictador manifestaba de manera pública su deseo de dejar el poder, señalando que México se encontraba listo para la transición en su gobierno. Tales afirmaciones propiciarían una disputa entre los políticos cercanos a él: por un lado, los Científicos, y por el otro, los seguidores del general Bernardo Reyes, que decidieron contender por la vicepresidencia de la República, coincidiendo ambas agrupaciones en la necesidad de que Díaz continuara en el poder.

Pero Francisco I. Madero tomó la palabra a Díaz y, durante la segunda mitad de 1908, se dedicó a escribir un libro en el cual analizaba la historia de México, la situación del país en el contexto internacional y la necesidad de un relevo político, aunque sin dejar de reconocer los méritos del presidente. Lo publicó hacia finales de ese año con el título de La Sucesión presidencial en 1910. Así, de manera incipiente y fuera de los canales oficiales, surgió un movimiento que postulaba como bandera la democratización electoral del país y el respeto al voto.

Madero llegaría a la ciudad de México el 25 de febrero de 1909 a fin de dar resonancia a su libro y sus ideas. El texto fue enviado a políticos y periodistas, a gobiernistas y opositores, incluso el propio presidente recibió un ejemplar. Sin embargo, la respuesta social a las inquietudes surgidas no varió y el 2 de abril el Club Reeleccionista confirmó la postulación de Díaz para la presidencia y de Ramón Corral, miembro del Partido Científico, a la vicepresidencia. Quedaba claro que del dicho al hecho

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Manuel Castilla Brito ¿Revolución en Campeche?

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la Ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Manuel Castilla Brito

Hablar de la Revolución mexicana es hacer mención de los acontecimientos que tuvieron lugar en el centro y norte del país. Son muy pocos los testimonios que relatan lo que ocurrió en el sureste. En estas páginas me ocuparé de aquellos que tuvieron lugar de 1909 a 1913 y tienen que ver con el curso que tomó la Revolución en el espacio entonces tan alejado de Campeche (puerto y entidad), que por su situación geográfica pareció mantenerse ajeno a la turbulencia en el resto del país.

Revolucionarios campechanos

Francisco I. Madero visitó el puerto campechano durante su gira electoral, en junio de 1909. El gobernador porfirista, Tomás Aznar Cano, hizo lo posible por boicotear su presencia, impidiendo cualquier manifestación de apoyo. Los habitantes de la ciudad fueron intimidados mediante el uso de la fuerza pública, aunque el grupo maderista dirigido por Tarquino Cpardenas logró organizar un mitin nocturno en el recién inaugurado Circo Teatro Renacimiento. Aunque lamentablemente no tuvo el éxito esperado, los amedrentados campechanos no acudieron en el número esperado, los jóvenes que sí lo hicieron se entusiasmaron con el candidato, aplaudieron el discurso en el que Madero se refirió a los males de México: la larga permanencia de Porfirio Díaz en el poder y la necesidad de un cambio y lo corearon con mueras al dictador. El poeta Salvador Martínez Alomía recitó unos versos que cantaban al valor de sus coterráneos: “Campeche, tú fuiste bueno, Campeche, tú fuiste bravo y nadie te puso freno, vergonzoso del esclavo”. Entre los presentes se hallaban Calixto Maldonado, Urbano Espinosa, José de Jesús Cervera, Joaquín Mucel y Manuel Castilla Brito, quienes más adelante formarían el club de simpatizantes de Madero. La fascinación experimentada por la juventud local fue muestra de cómo los campechanos participaban del ambiente político que se respiraba en el país.

Gabinete de Castilla Brito

¿Cómo se fue dando la Revolución en Campeche? En 1907 había sido electo como gobernador Tomás Aznar Cano, hijo de uno de los fundadores del estado como entidad soberana y alumno distinguido del Instituto Campechano. Durante su gestión se sintieron los primeros vientos insurrectos que dislocarían la vida provinciana de Campeche. Al iniciarse el movimiento revolucionario que cambiaría el panorama político nacional a fines de 1910, Aznar no pudo entender o adaptarse a los nuevos tiempos que planteaban una democracia y urgían cambios. Antes de concluir el año, pidió un permiso indefinido, abandonando el estado con toda su familia rumbo a la ciudad de México, de donde nunca volvió. Su marcha trastornó la vida política; hubo varios gobernadores interinos, lo que habla de la gran inestabilidad reinante, a la par de la agitación en todo México.

El gobernador interino José García Gual convocó a elecciones en abril de 1911, para el periodo 1911-1915. Cuatro contrincantes se lanzaron a la contienda; al final sólo quedaron dos: Carlos Gutiérrez Mac Gregor, quien representaba los viejos intereses porfiristas y había sido gobernador, y Manuel Castilla Brito, que encarnaba a la nueva generación: era hijo del ex gobernador Marcelino Castilla, autor de la primera ley de educación del estado e identificado con la causa de Madero a tal grado que José María Pino Suárez le daría la comisión de organizar la revolución en Campeche; esto lo convirtió en promotor del movimiento maderista en esta ciudad y deja ver la participación local en las redes revolucionarias que existían en la república.

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Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenómeno de la Revolución llamó la atención de diversos extranjeros que por alguna razón estuvieron en México. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interés y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro país. Periodistas, políticos, diplomáticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquellos participaron y subrayan la simpatía o antipatía que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos días de la Decena Trágica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes líneas extraídas de su libro Los últimos días del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Ministros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeño y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espíritu, y asoma a los ojos, todo él en mis pupilas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraña y única, del magistrado que saborea la victoria [...]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso [...] traía su fe en el régimen democrático, su fe en el pueblo, su fe en la Constitución, hasta entonces, por ningún gobierno practicada; sentía, como nunca, además, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentía la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su política, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado [...].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses después] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien había redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lánguida y triste, en cielos de tormenta. La oposición había inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[...] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambición… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Suárez, escribía en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompañaban a Madero. [...] Me hizo sentar en el sofá y a mi izquierda ocupó una butaca. Pequeño de estatura, complexión robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movía con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en ángulo, sonreía con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresión. Según piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonríe siempre; invariablemente sonríe. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa [...] Era como el gesto del régimen que con él se extinguía [...]

Era la una de la mañana [...] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogándole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sábanas y almohadas; y revela [...], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacería feliz en la montaña profunda [...] Eran rasgo de su carácter el orden, la simetría, la regularidad [...]

A las diez de la mañana todavía me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de México. El dormitorio recobró sus preeminencias de “sala de recibo” y Madero, en el remanso de su dulce optimismo, formulaba planes de romántica defensa. Desde luego, no concebía que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que Félix (Díaz) permitiese el bárbaro sacrificio de su vida, siéndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonríe compadecido de sí mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, además, amante de la caza, la tétrica sombra del calabozo le afligía.

[...] el 22 de febrero [...] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueño [...] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba [...] avisa que la señora de Madero quiere hablar por el teléfono [...] Son las siete de una fría mañana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: “¡Señora, por Dios; al Ministro que averigüe si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, señora!” [...] Y no podía consolarla, desmintiendo aquella versión, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periódico. El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

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Venustiano Carranza: entre la historia y la imaginaciA?n

Luis BarrA?n
CIDE
Revista BiCentenario #10
el-senador-venustiano-carranza-1890-10 A 100 aAi??os del inicio de la RevoluciA?n, todavAi??a prevalecen muchos mitos alrededor del llamado VarA?n de Cuatro CiAi??negas y las fotografAi??as que usualmente se difunden han fijado en nuestra imaginaciA?n colectiva la efigie de un polAi??tico gris, poco carismA?tico, autoritario… casi la de una estatua inhumana. Venustiano Carranza fue, sin lugar a dudas, la figura pA?blica mA?s importante en MAi??xico durante la violenta dAi??cada de la RevoluciA?n (1910-1920); el A?nico de sus protagonistas principales que viviA? y sostuvo su influencia polAi??tica durante toda la dAi??cada y el A?nico lAi??der que logrA? articular un movimiento militar con un plan polAi??tico nacional: dentro de lo que podrAi??a llamarse ai???constitucionalismoai???, logrA? incorporar varias de las propuestas de los diferentes lAi??deres y grupos revolucionarios. No es que compartiera las demandas ni los proyectos, mucho mA?s radicales, de Francisco Villa o Emiliano Zapata; tampoco que fuese un demA?crata, como lo habAi??a sido el presidente Francisco I. Madero; o que se considerara a sAi?? mismo heredero de grupos precursores de la RevoluciA?n, como los hermanos Flores MagA?n y los militantes del Partido Liberal Mexicano, por dar algunos ejemplos. Sin embargo, desde antes de que comenzara la RevoluciA?n, Carranza era ya un polAi??tico profesional con amplia experiencia, que poseAi??a las habilidades necesarias para integrar en un proyecto nacional muchas de las demandasAi??que surgirAi??an durante la lucha armada.

Algunos historiadores han hecho contribucio- nes valiosas, pero no han analizado cuidadosamente la vida temprana ni la carrera de Carranza antes de la RevoluciA?n, y aunque la historiografAi??a sobre el tema es abundante, prevalece la idea de que fue un rico hacendado del norte, un polAi??tico conservador que nunca apoyA? a Madero, que asesinA? a Zapata, que traicionA? a Villa y que impidiA? que se aplicaran las disposiciones mA?s radicales de la ConstituciA?n. Prevalece tambiAi??n la imagen de que su gobierno constitucional (1917-1920) fue o bien anA?rquico, o sA?lo un interludio conservador entre la lucha democrA?tica de Madero y los regAi??menes revolucionarios de los aAi??os veinte y treinta. En la historiografAi??a de la RevoluciA?n, Carranza es, en un extremo, el conservador oportunista que aprovechA? la revoluciA?n de Madero para establecer su liderazgo y que hizo a un lado los proyectos mA?s populares de Villa y Zapata; en el otro extremo, el revolucionario nacionalista que ai???salvA?ai??? la fallida revoluciA?n de Madero.
carranza-10 El hecho es que ni fue hacendado, ni tampoco miembro distinguido ai??i??ni siquiera importanteai??i?? de la Ai??lite econA?mica de Coahuila durante el Porfiriato; pero tampoco era un revolucionario. Fue un polAi??tico formado durante el Porfiriato, aunque no un seguidor incondicional de Porfirio DAi??az, como sAi?? eran el general Bernardo Reyes, el ministro de Hacienda JosAi?? Yves Limantour o go- bernadores como PrA?spero Cahuantzi de Tlaxcala o Teodoro Dehesa de Veracruz ai??i??que llegaron al poder gracias a DAi??az y que se fueron con Ai??lai??i??. Carranza fue un polAi??tico porfiriano que no se distinguiA? por buscar la transformaciA?n revolucionaria de la sociedad o del sistema polAi??tico en MAi??xico. En lo que sAi?? resultA? excepcional fue en su visiA?n para aprovechar las circunstancias extraordinarias, que primero le permitieron entrar a la polAi??tica local en Cuatro CiAi??negas; despuAi??s convertirse en un lAi??der regional y, finalmente, en el jefe mA?ximo e indiscutible de la RevoluciA?n despuAi??s del golpe de Estado que costA? la vida a Madero.

Algunos historiadores han asumido que Carranza fue ai???derrotadoai??? por el Congreso Constituyente de 1916-1917, que Ai??l mismo convocA? y que, como resultado, se negA? a poner en prA?ctica las clA?usulas mA?s radicales de la ConstituciA?n, como los artAi??culos 27 y 123. Pero si se analizan su juventud, su educaciA?n liberal y su participaciA?n polAi??tica antes de 1910, se entiende mejor su programa de gobierno en Coahuila, la propuesta de reformas a la constituciA?n local y a la ConstituciA?n de 1857 y el por quAi?? no se puede decir que rechazA? la puesta en prA?ctica de la legislaciA?n radical agraria y del trabajo. Es errA?neo decir que se opuso a que se redistribuyera la tierra cuando Ai??l promulgA? la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, en la que reconocAi??a el problema como una cau- sa fundamental de la RevoluciA?n y establecAi??a como acto de elemental justicia devolver a los pueblos los terrenos que los terratenientes les habAi??an despojado: se trata, decAi??a, de dar la ai???tierra a la poblaciA?n rural miserable que hoy carece de ella, para que pueda desarrollar plenamente su derecho a la vida y librarse de la servidumbreai???. En cuanto a la ConstituciA?n, les dijo a los diputados constituyentes en QuerAi??taro: ai???Del Ai??xito o fracaso de esta ConstituciA?n seremos responsables tanto us- tedes como yo, asAi?? como los constituyentes de 1857ai???, aunque aceptA? que, en su visiA?n, en algunos puntos se habAi??a ido mA?s allA? de las fronteras de nuestro medio social.

En nuestra imaginaciA?n colectiva ai??i??y en la imagen que se tiene de MAi??xico en el mundoai??i?? Emiliano Zapata y Francisco Villa son las figuras centrales de la RevoluciA?n. Venustiano Carranza es un personaje relativamente menor en esa historia. No obstante, si se analizan frAi??amente los resultados de lo que hoy llamamos RevoluciA?n mexicana, veremos que lo que se obtuvo no fue lo que Zapata o Villa hubieran deseado, sino que, de hecho, todo lo que se logrA? despuAi??s de 1920 fue posible gracias a lo que Ai??l construyA?. A?Por quAi?? entonces se da esta contradicciA?n?

A pesar de que Isidro Fabela, por ejemplo, uno de los polAi??ticos y diplomA?ticos mA?s distinguidos de MAi??xico en el siglo XX, decAi??a que don Venus ai??i??como lo llamaban sus colaboradores y amigos mA?s cercanosai??i?? era un hombre moral, honrado, con una inteligencia sagaz que le hacAi??a ver las cosas, las circunstancias y los hombres con nitidez, para Zapata se trataba de un individuo arbitrario y de personalidad mezquina.

La Sucesión Presidencial

Héctor L. Zarauz López / Comisión para las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución en la Ciudad de México
Revista BiCentenario No.5, pág.39

Tan sólo un libro

Apenas se han cumplido cien años de la edición (diciembre de 1908) y divulgación de La Sucesión Presidencial de 1910. El Partido Nacional Democrático, el libro al que se ha considerado como uno de los principales eslabones del proceso revolucionario en 1910. Consta de siete capítulos, en los que se describe y analiza la situación política, social, económica y la historia de nuestro país. A la obra no le faltaron contradicciones pues, aunque hace una valoración positiva de Porfirio Díaz, a quien reconoce los méritos por haber logrado la pacificación, estabilidad y desarrollo nacionales, lo censura también aun cuando con cierta cautela.

Creelman B-5Las principales crítcas son contra el militarismo y la falta de democracia, la manera en que Díaz había centralizado el poder, la ausencia de partidos políticos, la falta de elecciones confiables, la persecución a la prensa libre y a los opositores, todo lo cual situaba a México como un país rezagado en términos de la democracia que se vivía en naciones como Francia y Estados Unidos (que son algunos de los modelos con los que Madero efectuó comparaciones).

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