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Mariposas al vuelo

Gloria María Fulladosa Morales

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

En medio del escenario, la voz no se apaga. La solista queda en el centro de una esfera opresora, sujeta a los arbitrios de sus íntimas extrañezas. Siente que pierde su chaqueta y se le estruja el corazón. Cree escuchar los sollozos de la muchedumbre. La función está por terminar..

Gran evento musical tuvo lugar en Lecumberri. Extraordinaria función única a cargo de Guillermo Ferrer Clavé, director del Orfeo Catalá.
El Imparcial, septiembre de 1910.

fotografia de moda  en Teatros en MAi??xico 1910-1911 Ed. Ernesto Chavero , Mexico Artes y Letras, 1911 ca (407x640)

Moda de los teatros a principios del siglo xx, en Ernesto Chavero, Teatros en México 1910-1911,
México, Artes y Letras, 1911.
Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”- Instituto Mora

Sylvia lamenta ser tan pelirroja y llamativa. Preferiría desaparecer como aquella muchacha que la asombró hace algunos años en el escenario del Teatre Principal de Barcelona, al evaporarse de la escena milagrosamente entre antorchas y fogonazos, mientras el ilusionista sonreía diabólico y profesional. Ahora esto no es posible, está obligada a permanecer al frente del improvisado escenario porque no solamente forma parte de las primeras voces del coro, sino que también es una de las solistas; debe actuar para esa audiencia deformada y trastornada por el encierro. El desasosiego atrapa a la joven, debilita sus rodillas, siente los ávidos ojos que desmenuzan su cuerpo y recuerda la constante burla de sus hermanas: ¡Ay, Sylvia! ¿Qué se siente ser tan vanidosa? ¡Eres la presunción andando, hermanita! Sonríe un poquito, muy poquito y de lado. Ya les contará, ya les platicará lo que se siente entrar al Palacio Negro. La verdad es que hoy quisiera con toda su alma no ser como es. Se esconde detrás de un muro imaginario, permanece con la mirada baja, ni siquiera se atreve a sonreír. Durante el concierto, el volumen de su voz descendería provocando la mirada interrogante de Guillem Ferrer Clavé.

Eran las diez de la mañana cuando los carros que trasladaban a los artistas disminuyeron la marcha al desembocar por la ancha avenida polvorienta, para estacionarse frente a la sobria construcción circundada por llanos y pastizales secos. Después de traspasar la muralla almenada, les esperaba un gran mezzanine y a la derecha una puerta que daba acceso  al penal. Los artistas caminaban uno detrás de otro y eran revisados por guardias que veían los pases y escudriñaban sus rostros, el de ella en especial.  Penitenciaria, En MAi??xico su evoluciA?n social, MAi??xico, J, Basllesca y CompaAi??Ai??a 1902 (640x158)Las pecas, la cabellera  rojiza que apenas podía dominar con un chongo, el cuerpo como figurín de revista y los grandes ojos color miel deslumbraron al último de ellos, un hombre cuyo uniforme tenía un tono menos oscuro que el resto. La saludó inclinando la cabeza. Ella, orgullosa, abanicando las pestañas, levantó el mentón para que su nariz respingada luciera mejor y desvió la mirada hacia otro lado con arrogancia, mientras avanzaba en fila como habían ordenado los oficiales de policía. El guardia no se desanimó y decidió ocupar el lugar del empleado que prendía unos distintivos especiales en la ropa de cada uno de los visitantes. Eran artesanías realizadas con papel de china.

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José Revueltas. Luces y sombras de un andar apasionado

Diana Guillén – Instituto Mora.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México / Durango,450 años de historia, edición especial.

En noviembre de 1975, Eugenia Meyer entrevisto al intelectual de origen duranguense para el Programa de Historia Oral del Cine Mexicano, del INAH. Del testimonio respectivo a continuación se rescatan algunos extractos en los que habla de su infancia, de cómo se hizo autodidacta, de sus profundas inquietudes por la políica, y del cine y la escritura.

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José Revueltas, ca. 1945. Archivo General de la Nación, fondo Hermanos Mayo, Revueltas José, sobre 75331.

Hombre tímido y modesto a pesar de la lucidez que acompañó su apasionado andar, José Revueltas no buscó el reconocimiento que al paso del tiempo propios y extraños le conceden. Su presencia autodidacta en las esferas política y cultural de un México que dejaba atrás la vida decimonónica para incursionar en las modernidades asociadas con el siglo XX, se materializó en obras literarias y adaptaciones cinematográficas de primer nivel. Aun si hay quienes sólo lo recuerdan por sus posturas críticas frente al régimen que emergió de la revolución de 1910 y cuya construcción acompañó como una piedra incrustada en el zapato de manera cuasi cabalística, pues su nacimiento en Durango el 20 de noviembre de 1914, se adelantó a las conmemoraciones que hasta el día de hoy se realizan para festejar el inicio de la gesta revolucionaria.

Su actitud indómita hacia el poder instituido también se manifestó a la hora de combatir ortodoxias de una izquierda a la que se adscribía y en la que desde muy temprana edad había militado. Quizá por ello con la misma facilidad que cosechaba amistades en andanzas bohemias prolongables por días, generaba animadversiones que cruzaban desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda del espectro político nacional. Entre las luces y sombras que iluminaron u obscurecieron una existencia marcada por el anhelo de cambio y el compromiso para alcanzarlo a costa incluso del aislamiento, se delineó así un personaje que más allá de sus tintes polémicos dejó un importante legado artístico y contribuyó a escribir parte de la historia de nuestro país.

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José Revueltas, ca. 1945. Archivo General de la Nación, fondo Hermanos Mayo, Revueltas José, sobre 75331.

Desde tal perspectiva, la entrevista que le concedió a Eugenia Meyer a fines de 1975 nos permite acercarnos a un testimonio en sí mismo valioso, pues a pesar de que las respuestas por momentos parecían fluir a cuenta gotas, quedan en ellas los restos del balance que tiende a hacerse cuando se acerca el final del camino. Menos de seis meses después José Revueltas se llevaría consigo desde los recuerdos de la niñez vivida en Durango durante los primeros años de la revolución, hasta los tatuajes personales que le dejó el movimiento estudiantil de 1968, pasando por sus experiencias en la ciudad de México durante una juventud que rayando en la adolescencia conoció los rigores de la cárcel.

El encuentro entre Meyer y Revueltas se realizó como parte del Programa de Historia Oral del Cine Mexicano diseñado por el Departamento de Etnología y Antropología Social del INAH, en el modestísimo apartamento arrendado por el entrevistado en la ciudad de México. El interés central era, por lo tanto, la faceta cinematográfica del duranguense, pero además de la información que en tal sentido aportó, y que sin duda constituye una buena veta para los estudiosos del tema, el oficio de la entrevistadora abrió la puerta para que se colaran otros temas. Es así que nos enteramos de los sinsabores del familión al estilo provinciano que en la década de los veinte salió de Durango buscando mejores horizontes o de las satisfacciones que la vena artística de Silvestre, Fermín y Rosaura, además del propio José, produjeron en padres con enorme sensibilidad y gusto por las ramas que los hijos contribuyeron a engrandecer. O, en fin, de innumerables detalles de su trayectoria personal que a manera de instantáneas fotográficas nos acercan a escenarios ya idos.

A continuación se incluye una pequeña probada de todo ello, con la invitación a consultar la plática completa en el Archivo de la Palabra que resguarda el Instituto Mora: Entrevista a José Revueltas realizada por Eugenia Meyer el 18 de noviembre de 1975, Archivo de la Palabra, Instituto Mora, PHO/2/42.

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Emilio “El Indio” Fernández, Olivia Peralta y José Revueltas, 1943. Archivo General de la Nación.

Mientras se tiene acceso a dicha versión, el texto que ofrece este número especial de BiCentenario ha sido editado para facilitar la lectura y aun cuando en todo momento se respetaron los argumentos e ideas que se desprenden de las más de 100 páginas en que quedó transcrita la entrevista, en algunos casos la secuencia original debió modificarse atendiendo a los cuatro ejes temáticos utilizados para recuperar los fragmentos elegidos: Un familión al viejo estilo provinciano, Una educación abrupta, La cárcel, sombra reincidente y De las películas por metro a la adaptación cinematográfica.

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Pancho Villa en prisión (1912)

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa G. / Instituto Mora

Apenas iniciado su gobierno, Francisco I. Madero tuvo que hacer frente a una oleada de rebeliones que buscaban su derrocamiento. El 16 de noviembre de 1911 el general Bernardo Reyes lo desconoció como presidente, siguiéndole pocos días después Emiliano Zapata; cuatro meses más tarde Emilio Vázquez Gómez y Pascual Orozco y, en octubre de 1912, Félix Díaz. Madero, no obstante, subestimó a sus enemigos al considerar que neutralizando a los dirigentes, el problema quedaba resuelto.

Bernardo Reyes
El general Reyes había gozado del apoyo y la confianza de Porfirio Díaz por varias razones, entre ellas mantener el control político y social en el estado de Nuevo León durante sus diversas gestiones gubernamentales; también estuvo temporalmente al frente de la secretaría de Guerra y Marina y fue elegido por los opositores de Díaz, para disputarle a éste la primera magistratura a través del Partido Democrático, aunque acabó por no aceptar la postulación. En cambio, cuando Díaz había partido ya al destierro, contendió en las elecciones presidenciales contra Madero, logrando el apoyo de hacendados y empresarios en diversas zonas del país.

Efectuadas las elecciones, triunfó la fórmula Madero-Pino Suárez, aunque a nivel nacional pronto circularon fuertes rumores de un nuevo movimiento armado iniciado por elementos reyistas, defraudados en sus esperanzas de elevar al poder al general.

En el estado de Morelos, Zapata y muchos otros que también habían brindado su apoyo a la revolución maderista se sintieron decepcionados por la política agraria del presidente y en lo sucesivo se mantendrían en pie de lucha para lograr la devolución de las tierras arrebatadas por la Ley de Terrenos Baldíos invocada por el líder demócrata.

Pascual Orozco
En Chihuahua Orozco, quien se adhirió a la lucha democrática encabezada por Madero, se sintió humillado cuando el líder ordenó el licenciamiento de las tropas revolucionarias y le negó la posibilidad de gobernar su estado natal, relegándolo al cargo de jefe de la Primera Zona Rural. Por otra parte, los proyectos de reforma agraria que el gobernador Abraham González pretendía implantar, con el respaldo del ejecutivo federal, alarmaron a la élite local que, sintiendo amenazados sus intereses, cooptó al antiguo arriero haciéndolo el instrumento mediante
el cual derrocarían a Madero.

El gobierno intentó suprimir la revuelta antes de que cobrara fuerza más allá de sus fronteras. El general José González Salas fue el encargado de combatir a Orozco, pero fracasó en su cometido. Fue entonces cuando Francisco Villa, a instancias de Madero, se unió a la División del Norte Federal comandada por Victoriano Huerta. En sus memorias, aquel señaló que el presidente le había dado la orden para que se pusiera a las órdenes del general Huerta. “No era ese mi programa” dice Villa, “pero ante todo estaba mi obediencia al señor Madero.”

El resultado es conocido: acusado por Huerta de insubordinación y robo, Villa fue puesto frente al paredón, perdonado y enviado a la Penitenciaría de la ciudad de México. El 5 de junio de 1912 Huerta telegrafió a Madero:

En este momento parte el tren que lleva con el carácter de procesado, debidamente escoltado hasta esa capital, al general Villa. El motivo que he tenido para mandarlo con el carácter de preso a disposición del ministerio de la Guerra, es el hecho de haber cometido faltas graves en la división de mi mando [...] A Villa le he perdonado la vida ya estando dentro del cuadro que debía ejecutarlo, por razón de haberme suplicado lo oyera antes de ser pasado por las armas, de cuya entrevista resultó el que yo resolviera abrir una averiguación previa y remitirlo con dicha averiguación, poniéndolo a la disposición de la secretaría de Guerra.

Lecumberri

Félix Díaz
El sobrino de don Porfirio declaró, a mediados de mayo de 1912, al periódico neoyorkino The Sun que la popularidad de Madero estaba perdida, acrecentándose día con día la opinión pública en su contra, debido a que muchos pensaban que una vez obtenido el triunfo, éste sólo había servido para el medro personal y egoísta de la familia Madero, dejando incumplidas las promesas hechas.
Díaz conspiraba activamente a pesar de la nube de agentes que lo vigilaban de cerca en Veracruz. El 15 de octubre, el jefe supremo del movimiento militar efectuó el pronunciamiento, cuyo propósito era “restablecer la paz por medio de la justicia.”

Contra todo vaticinio, el movimiento fue rápidamente sofocado y su dirigente capturado, hecho que causó gran sorpresa en todo el país. Por instrucciones de Madero, se formó un Consejo de Guerra Extraordinario que habría de juzgar a los principales implicados en el movimiento. El tribunal sentenció a Díaz a la pena máxima, sin embargo se logró que la Suprema Corte de Justicia lo amparara puesto que ya no pertenecía al ejército. Después de haber pasado un tiempo en la prisión de San Juan de Ulóa, fue trasladado a la ciudad de México e internado en la Penitenciaría el 24 de enero de 1913.

Los grupos contrarios a Madero, se multiplicaron desde el interior del propio gobierno; miembros del ejército federal bajo las órdenes de Victoriano Huerta se sumaron a la rebelión; Alberto García Granados, secretario de Gobernación, aseguraba tener pruebas de que el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, estaba preparado para iniciar la revuelta contra el mandatario y de que Miguel M. Acosta, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas era el encargado de recaudar fondos para dicho movimiento. El descontento general pronto se extendió por todo el país.

La lealtad puesta a prueba
La estancia de Villa en la Penitenciaría fue prolongada y difícil y a tres meses de su confinamiento aún no se le juzgaba. Estaba consciente de que su encarcelamiento era político y que había gente trabajando para evitar su liberación. En una carta enviada a Madero el 21 de septiembre, escribió: “A muchos de sus enemigos les cae como anillo al dedo que yo esté preso, pues he tenido ofrecimientos innumerables, pero si yo soy fiel, el tiempo se lo diría”.

Es interesante subrayar que uno de los mitos relacionados con Villa es que no sabía leer ni escribir y que durante su estancia en prisión aprendió gracias a las enseñanzas del ideólogo zapatista, Gildardo Magaña. Lo cierto es que sí sabía leer y escribir, las cartas escritas en prisión son muestra fehaciente de ello. Obviamente su redacción tanto como su ortografía eran deficientes, pero es claro que había tenido una rudimentaria enseñanza escolar y en el caso de que hubiera conocido a Magaña –hay discrepancias al respecto–, lo más que pudo hacer fue darle a conocer las razones de la lucha zapatista y tal vez ayudarle a mejorar su escritura y su lectura.

En la correspondencia enviada por Villa a Madero desde la penitenciaría, nunca obtuvo ninguna respuesta directa del presidente; éste se dirigió en dos ocasiones al reo a través de su secretario Juan Sánchez Azcona y no intervino para conseguir su excarcelación.

El 7 de octubre Villa había suplicado al mandatario trasladarlo a “algín cuartel de esta ciudad, toda vez que causas muy poderosísimas, que a su tiempo explicar, me obligan a solicitar esa gracia”. Es posible que otros reos políticos estuvieran intentando atraerlo al movimiento que se estaba preparando para derrocar al gobierno constitucional. Los abogados José Bonales Sandoval y Antonio Castellanos, a quienes Villa comisionó para hablar con Madero, formaban respectivamente parte del proyecto de Félix Díaz y Bernardo Reyes sin que, hasta ese momento, él lo supiera.

Un mes más tarde, Sánchez Azcona comunicó al general Villa que “obsequiando los deseos expresados por su defensor el Sr. Bonales Sandoval [el señor presidente ha dispuesto] que sea trasladado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco”.

En su nueva prisión, Villa tuvo oportunidad de conocer al general Bernardo Reyes y quizá de enterarse de sus planes subversivos. Luz Corral escribió después que ella acompañaba a su esposo todo el día y algunas veces, Reyes comió con ellos.

En la prisión militar, Pancho Villa escribió detalladamente los servicios que prestó, a lo largo de la revolución maderista, hasta la caída de Ciudad Juárez en mayo de 1911. Según cuenta en las Memorias, el documento lo realizó como parte de un ejercicio mecanográfico, “sin otro maestro que su firme deseo de aprender”.

Ante los oídos sordos de Madero, a sus reiteradas súplicas de justicia y auxilio, Villa optaría por fugarse de Santiago Tlatelolco y trasponer la frontera mexicana. No obstante que el general protestó lealtad al mandatario, permaneció fiel a su causa y siempre le mostró su admiración y respeto, no encontró reciprocidad en Madero, fue, como bien señala el historiador Friedrich Katz, un amor no correspondido.

Carta Villa-Madero

Carta de Villa a Madero (1912)

Las hojas de servicio

Es necesario aclarar que una versión de lo contenido en los papeles escritos a máquina fue recogida por Manuel Bauche Alcalde, quien se encargaría de escribir las memorias de Villa a principios de 1914. El manuscrito de Bauche tiene básicamente la misma información de las hojas de servicio, pero está más completo porque se subsana lo que al reo le fue difícil recordar y que ya en calma, seguramente auxiliado por compañeros y amigos, pudo corregir. También está más pulido porque Bauche era un hombre culto, había ejercido el periodismo y hablaba varios idiomas. Las hojas de servicios son reveladoras de la personalidad de Villa, de sus sentimientos, manera de ser y expresarse.

Como Chihuahua fue el territorio en el que Villa operó durante la revolución maderista, en su hoja de servicios se destaca su relación con Abraham González, su encuentro con Francisco I. Madero, los hechos de armas en los que participó y todas las dificultades que tuvo que superar para hacerse respetar y ganar adeptos.

El relato comienza prácticamente el 17 de noviembre de 1910, cuando González acudió a comería casa de Villa para definir el plan que consistió en el reclutamiento de tropas: el primero en el norte del estado y el segundo en el sur.

Sin duda, la asombrosa facilidad con la que Villa reunió 375 hombres en cinco días admira a cualquiera. ¿Qué impulsó a estos hombres a dejar hogar y familia para embarcarse en una aventura incierta? Cada uno de ellos tenía una historia detrás. A?Era gente conocida con anterioridad? ¿Estaban en deuda con él? ¿Deseaban proteger sus tierras? ¿Hacerse de ellas? ¿Tenían esperanzas de acabar con la oligarquía terrateniente y elegir libremente a las autoridades? A?Ganar acceso a puestos de elección popular? ¿Les faltaba el trabajo? Es seguro que hubo una combinación de todo esto.

En los primeros enfrentamientos, Villa recibió su primera herida como revolucionario y tuvo que enfrentarse a los problemas que le planteaba su nuevo estatus: garantizar la paga a sus hombres y el continuo suministro de armamento, vituallas y vestimenta, así como la curación de los heridos en combate.

El escrito nos hace imaginar las vicisitudes por las que pasaron los revolucionarios en estos incipientes meses de lucha en los que la organización fue primordial. Los hombres que formaban el contingente revolucionario de Chihuahua eran todos buenos jinetes, avezados en el manejo de armamento, pero sin experiencia en enfrentar a un ejército de línea.

La improvisación de los primeros tiempos de lucha propinó varios reveses a los revolucionarios pues en la Sierra Azul, donde tenían su refugio, pasaron no sólo hambre, sino mucho frío por falta de ropa adecuada y cobijas para soportar las intensas nevadas. Había que aprender a no dejarse sorprender por el enemigo y a no dejar armas ni municiones expuestas a pérdida o abandono. La necesidad de contar con buena caballada podía también hacer toda la diferencia entre la vida y la muerte.

En esta época descrita por Villa, uno de los problemas mayores fue tratar de unificar el armamento pues lo había de diferentes marcas y calibres, lo que complicaba el correcto abastecimiento de cartuchos y municiones. Las haciendas consideradas propiedad de los enemigos de la Revolución, sirvieron también para abastecer a los revolucionarios. Tampoco faltaron administradores a favor de la causa que pusieron a su disposición trojes repletas de maíz para la caballada, ganado para alimentar a la tropa y tortillas hechas por mujeres en las casas de cuadrillas. Pero hubo ocasiones en que Villa tuvo necesidad de entrar subrepticiamente a Chihuahua, para proveerse de artículos de primera necesidad como azúcar y café para sus hombres. Estar pendiente de las necesidades de su gente lo convirtieron en una figura paternal.

Uno de los episodios destacados por Villa en las hojas de servicio, fue su primer encuentro con Francisco I. Madero en la hacienda de Bustillos: “Nombre, Pancho Villa que muchacho eres, yo que te creía tan viejo, pues quería conocerte para darte un abrazo por lo mucho que se habla de ti y lo bien que te has portado, ¿qué tanta gente tienes?” Para entonces Villa había aumentado su contingente en 700 hombres, pero como él mismo dijo estaban “mal armados”

En abril de 1911 durante la marcha hacia Ciudad Juárez, plaza fronteriza que los revolucionarios esperaban tomar y controlar, ocurrió el primer connato de sublevación de la gente de Pascual Orozco en contra del presidente provisional, cuando los jefes José Inés Salazar, Luis A. García y Lázaro Alanís trataron de desconocer a Madero. Orozco había rehusado acatar las órdenes dadas por el mandatario para que desarmara a sus hombres, argumentando que podría haber un alto costo en vidas.

Por órdenes de Madero, Villa controló la insubordinación “sin que hubiera habido un solo muerto y sí uno que otro golpeado, de los que trataban de oponer resistencia”. También de acuerdo con el mandatario, entregó el armamento y parque a Orozco. Estas fueron las inconsistencias del presidente provisional, conservar a su lado a hombres levantiscos, sin medir los riesgos futuros.

Los revolucionarios llegaron al rancho de Flores, cerca de Ciudad Juárez, situado a orillas del Río Bravo, donde según el escrito fueron recibidos cariñosamente por las familias del lugar: Madero “caminaba a pie al igual de todas las fuerzas. Parte de estas hicieron jornadas más cortas para servirle de escolta y hacerle menos penosa la travesía. Él iba tapado con un sarape pinto que le hacía confundirse entre el grueso de la tropa, entre la cual se le podía haber tomado por un simple soldado y no por el C. presidente de la República”.

La opinión del general Benjamín J. Viljoen de que era imposible tomar Ciudad Juárez dada la fortificación de la plaza decidió a Madero retirar las tropas hacia el sur para evitar complicaciones internacionales. Villa y Orozco insistieron en que, por dignidad, se debería procurar el asalto “pues era vergonzoso retirarnos sin siquiera haber intentado dicho ataque”. El 8 de mayo ocurrió una inesperada ofensiva a Juárez; Madero ordenó cesar el fuego pero su mandato no fue escuchado, dado que existía el acuerdo entre Pascual Orozco y Francisco Villa para tomar la plaza. Al día siguiente los revolucionarios empezaron a tomar posiciones para el asalto final. El 10 con los cuarteles federales rodeados, exhaustos por el cansancio, el hambre y la sed, los defensores se rindieron. Villa describe la magnitud de la sorpresa de Madero cuando se enteró de que Ciudad Juárez había caído en manos de los revolucionarios.

Uno de los problemas que tuvo que resolver Villa, después de recoger a sus muertos y darles sepultura, fue procurar alimento para los vencidos y para su propia gente: Y aunque comprendía que mis fuerzas estaban en iguales condiciones de hambre que ellos, creí de mi deber como vencedor, procurar primero a los vencidos, quienes al verme entrar con dicho comestible [costales de pan] me aclamaron llenos de gratitud. De ahí me fui a hacer igual operación con mis soldados, más como no alcanzara el pan para todos, organicé escoltas con sus respectivos oficiales y clases, con orden de salir a buscar alimentos.

Lo más increíble de la narración es que Villa se dirigió al cuartel general donde estaban prisioneros los oficiales y se llevó a nueve de ellos a El Paso, Texas, “donde comimos con la mayor fraternidad”. Lo inconcebible no fue que los hubiera invitado a comer, sino que los oficiales vencidos en campaña regresaran a territorio mexicano. Era una época en que la palabra de honor valía y se respetaba.

Villa cierra las hojas de servicio tocando dos aspectos más: el connato de sublevación que intentaron él y Orozco en contra de Madero, por haberse opuesto al fusilamiento del general Juan N. Navarro. Tarde descubrió Villa el ardid de Orozco quien habiéndole ordenado desarmar a la guardia de Madero, ignoró el hecho en el momento mismo, haciéndolo aparecer como el instigador de la insurrección.

Por considerarse “hombre de sentimientos y vergüenza”, Villa puso punto final a su actuación revolucionaria, en esa primera etapa, entregando a Raúl Madero el mando de sus tropas.

El epílogo
De la sencillez de Madero, de su carácter bondadoso, de su desprendimiento, surgieron la admiración, el respeto y la lealtad que Villa le profesaría hasta su muerte. El hecho de que Madero fuera rico terrateniente y empresario y arriesgara su comodidad y su fortuna en una empresa que se antojaba titánica le valió su incondicionalidad.

Abraham González jamás dudó de la lealtad de Pancho Villa y es posible que Madero tampoco dudara, sin embargo, cabe preguntarse ¿qué orilló al mandatario a distanciarse de su antiguo aliado? ¿Cómo fue que Villa cayó en desgracia? Aquella felicitación que envió Madero luego de sus triunfos sobre Orozco, poco antes de que Huerta intentara fusilarlo en Jiménez, Chihuahua, había perdido todo sentido: “Estoy verdaderamente satisfecho de tu conducta y te aseguro que además de la legítima satisfacción que has de sentir de servir una causa justa y de ser leal conmigo, haré de modo de recompensar debidamente los servicios que has prestado a la República”.

Abraham González trató de hacer valer su influencia con Madero para ayudar a Villa y puso todo lo que estuvo de su parte para liberarlo. La actitud del presidente fue distinta, pues confió más en el ejército federal que en aquellos que lo habían llevado al poder.

Villa escapó de la prisión militar de Santiago Tlatelolco y mantuvo con firmeza su lealtad al presidente y al gobernador de Chihuahua, quienes poco después fueron traicionados por Victoriano Huerta y asesinados por órdenes suyas. En adelante, Villa se empeñó en una lucha, la constitucionalista, para vengar la muerte de aquellos benefactores y amigos suyos.

PARA SABER MÁS:

  • Francisco L. Urquizo, La ciudadela quedó atrás, México, Summa mexicana, 2009.
  • Guadalupe Villa y Rosa Helia Villa, Pancho Villa. Retrato autobiográfico 1878-1914, México, Taurus, 2005.
  • Cuartelazo, Alberto Isaac, dir. Imcine, dvd.

Una lección de historia. La Revolución Mexicana en la pintura mural

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

David Alfaro Siqueiros (1896-1974), nació en Santa Rosalía Camargo, Chihuahua. ingresó a la Academia de Bellas Artes de San Carlos a mediados de 1911. Posteriormente, en 1914, se incorporó a la revolución sumándose a las fuerzas del Cuerpo de Ejército del Noroeste, bajo las órdenes del general Manuel M. Diéguez, jefe de la División de Occidente. En 1919 el gobierno de México lo envió becado a Europa a continuar con los estudios interrumpidos en Bellas Artes. De regreso en México, se involucró –a partir de 1924– activamente en las luchas obreras. Su incorporación al Partido Comunista y su actividad partidaria lo llevó a prisión en varias ocasiones –por cuestiones políticas–. Vinieron después su destierro a Estados Unidos, su viaje a España y su incorporación al Ejército Republicano Español en la 82a brigada mixta (Teruel), para posteriormente pasar a la 46a Brigada Motorizada en el frente de Extremadura. regresó a México en 1944. Miembro prominente del Partido Comunista, siguió sus actividades como agitador sindical y político que le valieron volver a Lecumberri. Como pintor alcanzó fama internacional por sus obras de caballete, frescos y grandes murales que pintó en diversos edificios públicos, entre ellos el de la Escuela Nacional Preparatoria, el del Palacio de Bellas Artes y el del Museo Nacional de historia. Su última obra fue El Poliforum Siqueiros iniciada en 1970 en la Ciudad de México.

0. El primer mural

El trabajo que Siqueiros realizó para la Sala de la Revolución en el Castillo de Chapultepec no fue continuo. El artista participó durante 1959 en varias manifestaciones encaminadas a obtener la libertad de Demetrio Vallejo –dirigente ferrocarrilero– y otros activistas presos; dictó conferencias en las que criticó acerbamente la política laboral del gobierno y fue acusado, entre otros delitos, de disolución social, por lo que se le encarceló en el llamado Palacio Negro de Lecumberri. En 1964 se le concedió el indulto y en 1967 concluyó el mural que constituye, indudablemente, una obra maestra tanto por su plasticidad como por su síntesis didáctica. Siqueiros no pinta la revolución Mexicana sino sus antecedentes y, sobre todo, a los precursores e ideólogos que con su influencia o acción directa la hicieron posible.

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