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El virrey Calleja. La estrategia contrainsurgente

Joaquín Espinosa
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Hacia 1813, el virreinato de Nueva España era “un cadáver político”, para el general brigadier Félix María Calleja, y el ejército, principal sostén de la defensa de la constitución de Cádiz y de la paz, estaba “desnudo, mal armado y en la miseria”. Desde que asumió ese año el virreinato se dedicó a organizar las fuerzas militares apoyada en su experiencia, popularidad y lazos políticos. Al cabo de dos años y medio de reacomodos, la situación política y militar parecía controlada después del apresamiento y muerte de José María Morelos.

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La guerra de Independencia provocó que Nueva España atravesara por un sinnúmero de cambios, reacomodos y mutaciones drásticas, que afectaron la minería, el comercio y la agricultura, modificaron a la economía y a la sociedad en general. Además, el gobierno varió entre el absolutismo y el liberalismo y las instituciones más sólidas se transformaron profundamente, ya que del mismo clero se sumaron muchos de los partidarios de la emancipación, mientras que el ejército tuvo que variar su operación en un juego interminable de ensayo-error para hacer frente a un levantamiento cuyas dimensiones no estaba listo para contener. Por ello, cuando Félix María Calleja asumió el gobierno del virreinato, desplegó un reacomodo de las fuerzas armadas con intención de volverlas más eficaces frente a la rebelión que cada vez tomaba más impulso de la mano del cura José María Morelos.

En marzo de 1813, el general brigadier Félix María Calleja fue nombrado virrey de Nueva España por tener, entre otras cualidades, dos de las principales virtudes de un militar: por un lado, contaba con una gran experiencia en los campos de batalla, adquirida al fragor de la guerra, y además poseía un conocimiento del espacio del virreinato del que pocos podían presumir, pues había estado comisionado en muchas regiones, principalmente en el norte. Además, era cercano al modo de pensar y expresarse de los novohispanos, así como de sus demandas. Formaba parte también de la élite potosina por su matrimonio con Francisca de la Gándara, hija de uno de los más acaudalados personajes de esa provincia.

Su designación, que marcó un gran cambio en el gobierno novohispano, principalmente en lo militar, pudo ser resultado de las acciones en las que este comandante había salido triunfante junto con su Ejército del Centro o quizá del juego político que el gobierno liberal español estaba desplegando. Algunos años después y en un contexto muy diferente, el obispo de Puebla Antonio Joaquín Pérez señalaría al mismo Calleja que cuando formó parte de la Corte monárquica, fue consultado sobre la pertinencia del nombramiento:

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El descalabro de La Puerta

José Luis Aguilar Guajardo
El Colegio de Tamaulipas

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

Tras el fusilamiento de Morelos, las fuerzas insurgentes que bregaban por la independencia se encontraban algo aisladas y con la moral a la baja. Fue el general navarro Xavier Mina quien, con estrategia militar y pocos hombres, a partir de 1817 asestó las primeras derrotas a los españoles en Tamaulipas, y así logró levantar el ánimo emancipador que se concretaría cuatro años más tarde.

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La llegada del general Xavier Mina a la provincia del Nuevo Santander (hoy Tamaulipas) en abril de 1817, marca un punto de inflexión en la historia del movimiento insurgente que, a la postre, derivó en la independencia de México.

Desde 1815 los Ánimos de los insurrectos novohispanos habían decaído considerablemente porque su líder, el padre José María Morelos, había sido fusilado como traidor por las autoridades virreinales y solamente los generales Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero continuaban luchando contra los realistas en lugares aislados de Veracruz y las montañas de Oaxaca.

En el Nuevo Santander las cosas no estaban mejor ya que la insurgencia, principalmente encabezada por los hermanos José Bernardo y José Antonio Gutiérrez de Lara, había sido prácticamente aniquilada por la brutalidad militar del entonces llamado “virrey del norte”, Joaquín de Arredondo.

Xavier Mina fue un personaje de origen español que nació el año de 1789 en Otano, provincia de Navarra. Vivió sus primeros años interesado por el mundo castrense y más tarde, siendo un adolescente, se enlistó en los ejércitos que combatieron a las fuerzas de Napoleón Bonaparte. Posteriormente habría de sumarse a la lucha en contra del rey español Fernando VII, quien reimplantó el absolutismo y suprimió la Constitución de Cádiz de 1812. Muy pronto el navarro tuvo que exiliarse en Inglaterra para conseguir apoyo.

En Londres, Mina conoció al regiomontano fray Servando Teresa de Mier con quien compartió puntos de vista respecto al futuro de las colonias españolas en América. No pasó mucho tiempo para que Mier persuadiera al joven general de continuar su campaña en contra de Fernando VII en el Nuevo Mundo.

Una vez que contó con recursos suficientes, Mina zarpó del puerto de Liverpool a bordo del buque Caledonia con destino a Norfolk, Virginia. Dentro de la tripulación que lo acompañaba se encontraba el padre Mier y un mediano grupo de soldados de distintas nacionalidades.

Después de haber pasado unos meses en Estados Unidos, Mina emprendió un emblemático viaje rumbo a Haití, en donde se entrevistó con Simón Bolívar. Aunque el tiempo que compartieron ambos caudillos fue breve, parece ser que esa entrevista reforzó en el navarro la idea de lograr que México fuese una nación independiente.

De regreso a Estados Unidos, el ejército expedicionario consiguió embarcaciones y pertrechos de guerra para su incursión en las costas de Nueva España. El lugar seleccionado para el desembarco fue la villa de Soto la Marina en la provincia del Nuevo Santander, ya que, al parecer, uno de los hombres reclutados en Estados Unidos, de nombre Anselmo Hinojosa, era originario de aquella villa costera y estaba al tanto de que en ese punto la defensa realista era más débil en comparación con las costas veracruzanas.

 

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Vicente Guerrero, un arriero independentista

Jesús Guzmán Urióstegui
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

Fue la espada que se alzó en el sur junto con varios miles de hombres, con quienes a pesar de la escasa formación militar colocó a la defensiva a los españoles. Iturbide tuvo que acordar con aquel guerrillero valiente, y aunque firmaron una paz que sólo duró dos años, el espíritu independentista y republicano de Guerrero se mantendría hasta su muerte.

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Vicente Ramón Guerrero Saldaña, a quien se bautizó en Tixtla el 10 de agosto de 1782, se insertó en la gesta independentista por lo menos desde octubre de 1810, figurando ya para mediados de noviembre como uno de los cabecillas que controlaban Tetela del Río, en la Tierra Caliente del actual estado de Guerrero. Desde ahí dotaría de provisiones a las huestes de la región norte, dirigidas por Francisco Hernández y Manuel Vega, y a las de la Costa Grande, con José María Teclo Morelos al mando.

Posteriormente,quizá en diciembre o enero, se unió a este último caudillo, siendo uno de esos 2 000 hombres que con flechas, lanzas, piedras, uno que otro fusil y algún cañón, asediaban el puerto de Acapulco. De acuerdo con la opinión del comandante realista Nicolás de Cosío, eran sujetos indecentes y canallas, aunque no dejó de reconocer que eran dueños de una habilidad extraordinaria y una sagacidad campestre que, sumada al mal temperamento de las tierras, lo despoblado de ellas, lo intransitable de los caminos y lo inaccesible de las montañas, hacía que las expediciones de las tropas del monarca resultaran trágicas. Ante una realidad tan apabullante, el militar le pidió al virrey que le enviara un regimiento de 800 a 1 000 hombres diestros e inteligentes, si de verdad quería acabar con la insurrección.

A partir de entonces, Vicente Guerrero ya no se separaría de los batallones del cura Morelos, destacándose siempre por su valor y por su arrojo. Esto le valió en octubre de 1814, ya con el grado de teniente coronel, que se le encargara mantener viva la llama de la lucha en la parte oriente de las tierras surianas y en la provincia de Oaxaca.

[35] Vicente Guerrero en, Manuel Rivera Cambas, Los gobernantes de MAi??xico, MAi??xico, J. M. Aguilar Ortiz, 1872-1873.

Vicente Guerrero en Manuel Rivera Cambas, Los gobernantes de México, México, J. M. Aguilar Ortiz, 1872-1873

Tal comisión no fue fortuita. Los enfrentamientos de Tetela del Río, Acapulco,Tixtla, Izúcar, por ejemplo, hacían constar que era un firme seguidor de los ideales de regeneración americana, seguro como estaba de que Morelos no se había equivocado al convertir el sur en un bastión rebelde de hecho y de derecho, base de la defensa y expansión de la causa revolucionaria, con la creación de la provincia insurgente de Tecpan el 18 de abril de 1811.

Y mucho menos se trató de una petición circunstancial, ya que obedeció a la necesidad  que tenía Morelos de reorganizar la lucha y suplir la pérdida de sus dos lugartenientes principales: Matamoros y Galeana. El tixtleco no lo defraudó. Quizá en ese entonces era algo rústico y poco hábil con las letras, pero nadie ponía en duda su astucia en la estrategia militar, en la que aprovechaba su extraordinario conocimiento del medio geográfico en el que se movía –era descendiente de afromestizos dedicados a la arriería. No versaba todavía en cuestiones de alta política, pero sí tenía un pensamiento republicano bien definido, tal como consta en la proclama que dio desde su cuartel de Alcozauca el 30 de septiembre de 1815, año sexto de la libertad. Ratificó que había prestado juramento a la sabia Constitución del verdadero supremo gobierno americano, hecho que lo obligaba a pedirle a todos los habitantes de su jurisdicción que asumieran su calidad de ciudadanos y se organizaran mediante asamblea, no en torno a intereses particulares y sí con fundamento en el beneficio común de un pueblo tanto más distinguido por el altísimo, cuanto ha querido ultrajarlo el despotismo, la soberbia y la malicia de la tiranía Eugropana. Tiranía europea que para él no podía ser otra sino la de España.

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Dos miradas al sitio de Cuautla: Bustamante y Alamán

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa y Laura Suárez de la Torre / Instituto Mora

José María Morelos y Pavón era, en 1812, el dolor de cabeza de las autoridades peninsulares. La muerte de Miguel Hidalgo el año anterior había enardecido más la guerra contra las huestes insurgentes, con Morelos al frente. El orden en sus tropas, la táctica militar bien llevada, las victorias continuas hicieron que el virrey designara al destacado militar Félix María Calleja como su perseguidor. Fue así que éste se concentró en él y su ejército como únicos objetivos. Siguió sus pasos, estudió sus movimientos, le dedicó tiempo y cuando Morelos y sus hombres se asentaron en Cuautla, decidió enfrentarlos. Los sitió, los obligó durante 72 días a vivir entre la muerte, el hambre y el sufrimiento, del 19 de febrero al 1° de mayo de 1812. Los dos jefes, el insurgente y el realista, pusieron en marcha sus mejores talantes para oponerse como enemigos, para alcanzar el triunfo.

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Ese pasaje de nuestra historia fue captado por dos escritores que narraron en sus obras dos versiones de lo que aconteció entonces y del significado de ese episodio que mostró la lucha de dos hombres por sus ideales: para uno la insurgencia, para otro, la fidelidad a la metrópoli.

Veamos pues como nos describen este hecho Carlos María de Bustamante en su Cuadro histórico de la Revolución Mexicana, y Lucas Alamán en la Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente [1840].

La mañana del 17 [de febrero] supo Morelos que Calleja estaba en camino para Cuautla.

Serían las siete de la mañana [del 19] cuando Calleja avanzó en cuatro columnas: traía la artillería en el centro, y su caballería cubría los costados: sus cañones graneaban el fuego lo mismo que sus fusiles, y se notaba una especie de furor nada común en aquellos soldados. Calleja se había a la retaguardia en su coche, y parece que tenía por tan seguro el triunfo, que no creía que necesitase montar a caballo. Las arpías de su ejército, es decir aquellas vilísimas rameras que lo acompañaron en sus expediciones de tierra adentro, ocupadas en desnudar cadáveres, cual aves de rapiña o halcones que se lanzan sobre la presa, fueron de las primeras en presentarse al ataque con una animosidad desconocida en su sexo; mas en breve encontraron la muerte. Aguardose aquel enjambre de asesinos con serenidad; los americanos respondían a sus fuegos pausadamente, y todos se propusieron emplear bien sus tiros certeros lanzados desde los parapetos.

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Mapa del sitio de Cuautla (1812)

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Un peninsular partidario de la independencia: José María Fagoaga y Leyzaur

Revista Bicentenario # 18

Antonio Omar Arriaga Téllez / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

El camino que lleva a Veracruz vio pasar en 1815 el carruaje de un prisionero, acusado de será adicto a la insurgencia, tener relaciones con los insurrectos y no apoyar a la Corona española, entre otros. En el puerto tomaría el barco que lo conduciría a España, al exilio. Como las acusaciones en su contra resultaban insuficientes para desterrarlo al otro lado del Atlántico, Félix María Calleja se había valido de una vieja ley que asentaba que con base en su propio juicio, el virrey podía determinar la culpabilidad de un acusado. El hombre que viajaba en ese carruaje no era un campesino que se hubiera levantado en armas, ni uno de los caudillos líderes de la revuelta insurgente, ni siquiera uno de los guerrilleros que proliferaban en la Nueva España. Más bien era un abogado y empresario español muy rico, integrante de una de las familias más prestigiosas y poderosas que hubiesen conocido la Nueva España y quizá todo el imperio español. Tenía el nombre de José María Fagoaga y Leizaur, era vasco de nacimiento, pero desde la edad de ocho años se había formado como todo un novohispano.

Fagoaga, caricatura Bonaparte

De lo anterior surgen varias preguntas: ¿por qué alguien de la clase social de José María Fagoaga había sido condenado al exilio? Si era español, ¿no debería haber apoyado a los realistas? Para responder es preciso regresar a 1808, cuando su familia y en especial él optaron por dejar un poco de lado sus haciendas para involucrarse en la vida política de la colonia. Los cambios habían comenzado en el mes de mayo, cuando la familia real española fue hecha prisionera por Napoleón Bonaparte y por primera vez en tres siglos las colonias americanas se quedaron sin rey. ¿Qué hacer? El ayuntamiento de la Ciudad de México se puso a la obra y discutió varias propuestas. Una fue la de autonomía, que planteó la organización de una junta mexicana que ayudara a gobernar el reino y pediría a los novohispanos jurar lealtad al virrey José de Iturrigaray.

Algunos miembros de la familia de José María, como su suegro Francisco, primer marqués del Apartado, así como José Juan y José Mariano Fagoaga Arozqueta apoyaban la idea de ser fieles a la Corona, aunque ésta se hallare cautiva, mientras que otros, como el mismo José María, y su cuñado José Francisco Fagoaga Villaurrutia, segundo marqués del Apartado, sustentaban la idea de la autonomía. A los dos últimos se les acusaría en 1811 de ser parte de una conspiración que pretendía quitar del poder al virrey Francisco Xavier Venegas, debido a lo cual el segundo marqués del Apartado escapó hacia Londres, si bien José María permaneció en la ciudad de México, de seguro para no descuidar sus propiedades y negocios, además de que alguien debía estar atento a los eventos y ver qué tanto podían afectar a los intereses familiares.

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PARA SABER MÁS:

  • Graciela Gayán Herrera, “Trayectorias singulares” en: http://132.248.9.9/libroe_2007/1053142/A05.pdf
  • Salvador Méndez Reyes, Las élites criollas de México y Chile ante la independencia, México, Centro de Estudios sobre la Independencia de México, 2004.
  • Laura Pérez Rosales, Familia, poder, riqueza y subversión: los Fagoaga novohispanos 1730-1830, México, Universidad Iberoamericana, 2003.

Una virreina durante la guerra de independencia

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora
Revista BiCentenario #17

Sabemos acerca del papel desempeñado por un sinnúmero de mujeres durante la lucha por la Independencia de México y cómo, de manera más o menos emprendedora y eficaz, participaron en las distintas conspiraciones que se dieron, llevaron armas e información al campo de campaña colaboraron económicamente con la causa rebelde. Conocemos muy poco, sin embargo, de aquellas vinculadas con el bando realista, bien por convencimiento propio, bien por razones familiares o de clase social. En este sentido, la historia de María Francisca de Góndara resulta interesante pues como esposa del general Félix María Calleja tuvo ocasión de estar cerca, primero del mando militar, más tarde del mando político por haberse convertido su esposo en virrey de la Nueva España. Siendo criolla por nacimiento, uno puede preguntarse si este origen no marcó su visión de la insurgencia, si por lo mismo ella pudo influir en la toma de decisiones o si más bien se limitó a desempeñar el rol femenino disminuido que le concedían la tradición y las costumbres. Busquemos una respuesta en la obra titulada La virreina mexicana, doña María Francisca de la Góndara de Calleja, escrita por José de Jesús Núñez y Domínguez, escritor, político y diplomático mexicano (1887-1959), obra publicada por la Imprenta Universitaria en 1950 y que al día de hoy representa el mejor y más completo trabajo que se ha escrito acerca de ella.

María Francisca de Góndara nació el 29 de enero de 1786, en la hacienda de San Juan de Vanegas, propiedad de su padre, en San Luis Potosí. Muertos sus progenitores cuando era muy pequeña, ella y sus dos hermanas fueron educadas por los tíos, como las niñas de la élite de entonces, en las primeras letras, la costura, la cocina y el rezo. Solían pasar el tiempo entre la ciudad de San Luis Potosí y la cercana hacienda de Bledos, propiedad de su tío. Por ser éste el Alférez Real de la Intendencia, las tres se convertirían con los años en buenos partidos. Esto, y un rostro amable, buen porte y maneras distinguidas, debieron atraer muchos pretendientes a María Francisca. Nadie iba a suponer que un día marcharía al altar con un hombre mucho mayor y de carácter sesudo y melancólico: don Félix María Calleja.
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Vicente Eyzaguirre y Azcoyoti Un escribano de cabildo en la Junta de Zitácuaro

Moisés Guzmán Pérez – Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

Escudo de la Suprema Junta Nacional Americana

Uno de los acontecimientos más relevantes para la historia política de la insurgencia mexicana lo constituye sin duda el 19 de agosto de 1811, fecha en que fue formalmente instalada en Zitácuaro la Suprema Junta Nacional Americana. No obstante que ya contamos con varios estudios que se ocupan del papel desempeñado por este gobierno colegiado durante los primeros años de la independencia, y se han publicado libros y ensayos sobre la vida y obra de Ignacio Rayón, José Sixto Berdusco y José María Liceaga, poco sabemos del resto de los electores que se reunieron en la villa michoacana para acordar la creación de un gobierno representativo, con carácter de “nacional” e “independiente”, sobre todo en lo referente a su vida pre insurgente y a las razones o motivos que los hicieron abrazar el partido de la insurrección.

Esto es importante señalarlo dado que mucho se ha insistido en que la Junta no se formó inicialmente con cinco vocales por la falta de personas con preparación; es cierto que la mayoría de ellos carecían de instrucción, pero no todos. Además de Ignacio Rayón, quien se recibió de abogado en una de las salas de la Real Audiencia; de José Sixto Berdusco, doctor en teología por la Real y Pontificia Universidad de México y de José María Liceaga que en sus años mozos había incursionado en la carrera militar, sobresalía un funcionario criollo avecindado en Zitácuaro desde 1784 que prestaría importantes servicios a la causa de la revolución: Vicente Eyzaguirre y Azcoyti.

Su vida comienza un 29 de abril de 1756 en el Cortijo, ranchería cercana al pueblo de Taximaroa (hoy Ciudad Hidalgo, Michoacán) de la alcaldía mayor de Maravatío, donde vio la luz como fruto de la unión de José Francisco Eyzaguirre y Anna Agustina de Azcoyti, ambos de ascendencia vasca. Fue bautizado con el nombre de José Vicente Mariano, siendo sus padrinos don José de Arroyo y su esposa doña Ana Gertrudis de Arávalo. Al parecer fue hijo único, ya que en los libros de bautismos de la parroquia donde fue registrado no encontramos ningún otro hermano.

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El pequeño Vicente creció en un ambiente fundamentalmente rural en compañía de sus padres. Las actividades comerciales que estos últimos desarrollaban tanto en la ciudad de México como en la villa de Zitácuaro, hicieron que desde los siete años de edad el niño Vicente abandonara su pueblo natal y viviera cortas temporadas tanto en la villa michoacana como en la capital del reino, “yendo y viniendo” como él mismo declaró, hasta finales del año de 1784 en que decidió establecerse en Zitácuaro.

El motivo principal que lo había hecho tomar esta decisión fue su compromiso de matrimonio con la señorita Genara Manuela González de Aguilar, vecina de la ciudad de México e hija legítima de don José Ignacio González y de doña Ana Micaela Morales. En mayo de 1784 se corrieron las amonestaciones y al no haber impedimento legal ni canónico alguno, la boda se realizó meses después en la ciudad de México. De inmediato la joven pareja se trasladó a Zitácuaro para radicar definitivamente en la villa y Vicente Eyzaguirre se dio a la tarea de lograr para sí un cargo público que le permitiera vivir con cierta tranquilidad a él y a su futura familia.

Ya para entonces el joven Vicente había aprendido el saber de escribano en la práctica, en la actuación cotidiana; lo hizo al lado de su padre José Francisco, quien hacia 1780 se desempeñaba como escribano público en la jurisdicción de Maravatío, Taximaroa y su agregado de Tlalpujahua. Además de conocer las diferentes formas escriturales, supo lo importante que era poseer una calidad moral que lo mantuviera exento de conductas que pudieran desacreditar la fe pública. Con su esposa procreó cuatro hijos: María Petra Alejandra (1786), Francisco Vicente de los Santos (1789), José Ramón (1793) y José Victoriano Ignacio Guadalupe (1796), todos nacidos en la villa michoacana.

El 3 de septiembre de 1787 murió don José Francisco Eyzaguirre y Vicente quedó al frente de sus asuntos. Por ser uno de los pocos “en quienes concierne la necesaria instrucción”, Eyzaguirre llegó a fungir como perito apreciador de oficios en diciembre de 1790, valuando el de escribano anotador de hipotecas especiales en 80 pesos. Asimismo, el 4 de enero de 1792 participó como testigo de asistencia en los pregones para el abasto de carne de la villa de Zitácuaro.

Ignacio LA?pez RayA?nContaba con 39 años de edad cuando el 6 de julio de 1795, después de un largo litigio de ocho años, le fue concedido el título del oficio notarial de la villa de San Juan Zitácuaro por la cantidad de 1000 pesos. Poco después, cumplidos los requisitos, presentó su examen de conocimientos ante la Real Audiencia, y ya aprobado, hizo el juramento de rigor para recibir el título de escribano. Así regresó a Zitácuaro donde acondicionó su oficina y comenzó a trabajar. Los asuntos que trataba eran de la más diversa índole: testamentos, poderes especiales, certificación de avalúos, escrituras de hipotecas, arrendamientos, etcétera.

Muy pronto Eyzaguirre se convirtió en un personaje importante dentro del círculo social de la oligarquía zitacuarense. Había estrechado lazos de compadrazgo con José Gómez de Cosío y Manuel de Obeso, regidores del ayuntamiento del lugar; tenía roce cercano con otros funcionarios de la misma corporación como Juan Manuel de Echenique y Miguel Frutis; atendía los negocios de notables comerciantes como José Modesto de Angulo y Luis Gonzaga Correa, y por si fuera poco, su mismo cargo lo hacía ver como una persona indispensable en los asuntos legales que se llevaban en la villa.

Los años de 1808 a 1810 estuvieron colmados de noticias y acontecimientos políticos interesantes que de una u otra forma repercutieron en la vida de los habitantes de toda la Nueva España, y los de Zitácuaro no escaparon a esa realidad. La destitución del virrey José de Iturrigaray en 1808 y la conspiración de Valladolid en 1809 fueron de su entero conocimiento; esta última le impactó directamente, pues en dicha conjura figuró un familiar de su amigo el regidor Manuel de Obeso, y porque además, el principal denunciante de la conspiración había sido uno de sus clientes: Luis Gonzaga Correa, administrador de correos en Tuxpan y comerciante avecindado en Zitácuaro.

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¡Muera el mal gobierno! ~ cuento histórico

Irma Ramírez Orozco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Miguel Hidalgo y Costilla

Los campos permanecieron intactos, la fragua dejó de rugir, el mazo no retumbó en el yunque, las vacas fueron ordeñadas más temprano que de costumbre. Berta, como la mayoría de los habitantes de San Felipe el Real de Chihuahua, había suspendido sus labores para buscar un sitio en las dos filas paralelas que se extendían a lo largo de la villa y ahí, entre un bullicio discreto, temeroso, esperar a los reos.

La explicación de la profesora cayó como una piedra lanzada al fondo de una laguna quieta, cambiándole la vida, trastornando los pensamientos de la pequeña Evangelina. ¿Quién era Miguel Hidalgo? ¿Qué era un calabozo? ¿Por qué la seño’ Mague ponía esa cara tan seria al decir: “El Padre de la Patria” como si hablara de un santo muy milagroso?

Berta llegó hasta la calle principal para acomodarse en la fila, también quería observar a los reos. Su preocupación principal era que se llevaran a Federico a combatir el movimiento insurgente en la “Sección de Provincias Internas” de Durango. Otra guerra no, pensó, y trató de calmarse; sus movimientos nerviosos habían llamado la atención de un voluntario de la Compañía de Patriotas de Fernando VII, que sin casaca ni botas ni alto bicornio ni gruesas charreteras parecía tomar muy en serio su tarea de mantener el orden.

La seño’ Mague y las otras maestras, junto con la corpulenta directora de voz poderosa, los formaron de dos en dos, cada par tomado de la mano, para sacarlos de su mundo de jardín, de flores, de mariposas, de fuentes juguetonas con pececitos rojos, de sus primeras letras pintadas con lápices de colores y números pegosteados de engrudo; para sacarlos de aquel bosque de álamos y sauces llorones que se extendía por el inmenso Parque Lerdo; para internarlos en el mundo extraño, complicado y confuso de victorias y sufrimientos.

Berta había conquistado un lugar en la aglomeración que se movía en un bullicio apagado. Dos días antes, don Nemesio Salcedo y Salcido, el gobernador de las Provincias Internas, había anunciado: “Verán como reos a los ladrones y forajidos que pretenden destrozar nuestros bienes, saquear y profanar nuestros templos, atropellar la honestidad de nuestras esposas y nuestras hijas, rompiendo los vínculos sagrados que nos unen a Dios, al Rey y a la Patria”.

Cruzaron la Plaza Hidalgo, frente al Teatro de los Héroes. Al llegar a la gran construcción de cantera a donde funcionaba el correo y subir la escalinata, conteniendo el aliento, Evangelina alcanzó a ver una puerta oscura, el calabozo era una cueva en un rincón del edificio y se dio cuenta del palpitar de su corazón y su estómago tembló de incertidumbre.

Berta había escuchado a don Nemesio decir con gran seguridad que Chihuahua era realista, que el ganadero de las llanuras, el minero de la sierra y el ranchero común no podían olvidar el apoyo de las tropas del Virrey en la guerra contra los apaches y los comanches, que el respaldo militar lo recibieron por órdenes de la Corona. Y fue al conocer la derrota del cura Hidalgo, cuando el Ayuntamiento de la Villa ordenó una misa cantada y que se iluminaron las calles en señal de júbilo. Pero Berta no sabía nada de la lucha que transcurría en el centro del país, ella, su madre y su abuela habían padecido el eterno conflicto con los pueblos indios y la lucha de sus hombres por dominarlos, por evitar sublevaciones. Ella no estaba de acuerdo con los procedimientos de Salcedo de negociar la paz para luego reprimirlos, de prometer subsidios a los indios pacificados y de pronto suspender la entrega de raciones para obligarlos a trabajar. Con la traición se recrudecía la guerra contra ellos, guerra que parecía no tener fin.

Estandarte de Hidalgo, Virgen de Guadalupe

Evangelina aminoró su caminar, apretando la mano de María Rosa, que mantenía el mismo ritmo en el paso, siguiendo a sus compañeros. Faltaba poco. En la fila las pausas se hicieron más frecuentes. Miró una estrecha escalera que se torcía como una trenza; cada alumno bajaba solo, aunque intentando no despegarse de su compañero.

La amenaza de una nueva guerra se sentía en el aire, pero esto no parecía alterar a los chihuahuenses, estaban tan acostumbrados a la guerra como a los veranos calurosos y secos y a los inviernos fríos y oscuros. Aunque Berta no la aceptaba, en el fondo de sus ojos brillantes se presentía la determinación, en cada sufrimiento que callaba o vivía con entereza, en ella se reafirmaba el mismo sueño: vivir en paz. Por sobre todas las cosas, ella sólo deseaba la paz, así, escueta.

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Memoria de mi infancia

Ana Rosa Suárez A.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12. 

La historia de la infancia mexicana ha merecido pocos estudios. Si bien el campo se ha abierto en los últimos años y cuenta ya con varios trabajos de nivel académico excelente, éstos se concentran, sobre todo, en los niños del Porfiriato y la Revolución mexicana. En tal sentido, el testimonio que ofrecemos a continuación tiene un gran interés, pues aborda la vida de Joaquín Moreno, quien sufrió los efectos del abandono de su padre, cuando éste se incorporó a las filas de la guerra de Independencia y su hijo era aún tan pequeño que a su vuelta no lo pudo reconocer, de la prematura muerte de la madre, agobiada por las carencias y el cuidado de varios hijos, que entonces comenzaron a rodar de casa en casa, entre familiares o conocidos.

¿Quién era Joaquín Moreno? Un desconocido, uno de tantos mexicanos que pasaría inadvertido de no ser porque gustaba de llevar un diario y éste no fue destruido a su muerte, sino que cambió de mano en mano hasta ir a dar a un puesto de libros viejos. Allí lo descubrió un bibliófilo, quien permitiría su publicación por Genaro Estrada, entonces director del Archivo Histórico Diplomático Mexicano en el año de 1923. Sabemos así que Moreno llegó a ser el escribiente de la legación de México en Francia cuando Lorenzo de Zavala fue el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario del primer gobierno de Antonio López de Santa Anna (1833-1835). Sus anotaciones de ese lapso ofrecen la mirada viajera de un mexicano sobre Nueva York, París y Roma y se extienden hasta marzo de 1835, cuando regresó al país. Moreno se pierde después en las tinieblas de la historia, pero antes nos proporcionó, sin quererlo, y por lo mismo fresco y auténtico, un relato de los negocios de tierras texanas de Zavala, que explican las razones por las cuales se convirtió en el primer vicepresidente de Texas, la conocida entonces como Repíblica de la Estrella Solitaria.

Joaquín Moreno había nacido en la villa de Jalapa, intendencia de Veracruz, hacia 1808. Al quedar huérfano de madre y sin aparecer el padre, fue recibido por un pariente, quien le educó con gran severidad. Sin recursos, estudió como colegial de beca, hasta que pasó a la tutoría de su cuñado, que le trataba muy mal. El regreso de su progenitor, al término de la guerra de Independencia, no le significaría alivio alguno, hasta que, con aproximadamente unos 18 años de edad, él decidió tomar las riendas de su vida y comenzó a trabajar.

El fragmento que presentamos a continuación forma parte del titulado Diario de un escribiente de legación, uno de los escasos testimonios existentes acerca de la vida de un niño de clase media durante la década de la insurgencia y los primeros años del México independiente. Ilustra la vida de un pequeño que, por la ausencia y la irresponsabilidad del padre, enfrentó no sólo una situación socioeconómica difícil, sino abandono y maltrato. No obstante tuvo la oportunidad de estudiar, siendo la escuela el eje de su vida, siempre con referencia a la iglesia: clérigos, jesuitas, mercedarios, etcétera. Oigamos pues a Joaquín contándonos su historia, cuando era un joven escribiente de legación.

Detalle de ex voto siglo XIX

[...] Qué vida tan llena de aventuras la mía y cuán incierta ha sido siempre mi suerte. Tuve la desgracia de ser hijo de padres pobres; en lo más tierno de mi infancia, a los dos años, quedo abandonado del autor de mis días, lo mismo que madre y tres hermanas niñas, porque le fue indispensable reunirse a las filas americanas en que estaba tan comprometido. ¿Qué de trabajos no soportó mi madre hasta su última hora por procurar a sus hijos una miserable subsistencia y muy mediana educación! El peso de tantos trabajos, aunque en los últimos años ya le prestaban algún auxilio mis jóvenes hermanas y un hermano suyo, ya para procurarnos juntamente con sus padres la subsistencia, ya que para nuestra educación, para mal vestir, juntamente con las continuas meditaciones de nuestro porvenir sin auxilio, le arrancan la vida y quedo huérfano a los diez años de edad, en poder de un tío materno, una abuela y dos jóvenes hermanas, sin más capital que el golpe de haber perdido a una admirable y ejemplar madre [...].

El padre don Alejandro Campos, de 97 años de edad, que era compadre de mi madre y padrino de la hermana que murió, y que nos daba el auxilio en casa, recogió a mis dos hermanas y yo quedó con mi tío, que para procurarnos a su madre y a mí la subsistencia, estaba obligado a sacrificarse día y noche en pintar. Al año murió mi abuelo y mis hermanas cuidaban de que fuese a la escuela cuando vino una orden terminante de un padre don José Santos Coy [superior de los frailes mercedarios], residente en Puebla y propietario de dos haciendas y una casa, que no sé con qué título se decía tío nuestro y con quien vivían años ha dos hermanas de mi padre, para que paséasemos a dicha ciudad. La idea de estar mejor y de la novedad nos hizo aceptar y ponernos en marcha, no obstante el parecer contrario del padre Campos, quien nos ofrecía no abandonarnos ni olvidarse de nosotros en su testamento.

Egerton, Paisaje de Puebla, 1840

Llegamos a Puebla el último día del año de 1819, fuimos bien recibidos y luego se nos impuso que a nuestras tías debíamos llamarles, a ejemplo de otras dos huérfanas y una prima bastarda mía, mamita a la una y mamita quica a la otra y al padre Tata, padrecito. Pasaron las dos semanas de miel y comenzaron los trabajos domésticos con una dureza para mis delicadas hermanas y la escuela para mí. A las otras jóvenes les llamábamos hermanas, aunque no sabíamos quiénes eran ni de dónde procedían. El padre comenzó muy pronto a usar conmigo el sistema bárbaro de azotes por travesuras muy naturales en todo niño, o porque me acostaba más tarde de lo prevenido, y era tal su vicio en azotar, que muchas veces, sin motivo, [...] lo provocaba para satisfacer su infame costumbre. En fin, al finalizar de 1820, salí de la escuela, bien honrado y con el primer premio [...]. Quise abrazar el comercio; pero como dicho padre ni sabía qué cosa era ni había tomado otra educación que la de fraile mercedario, me metió en un colegio de jesuitas, quienes fueron suprimidos al mes de estar yo con ellos [1821].

El trato duro que sufrían mis hermanas y los intereses del padre se combinaron para sacrificar a mi hermana Plácida, de quince años, casándola [ese mismo año] con un tal [José Manuel] Figueroa, de bajo nacimiento y vil educación, que durante su vida dio un trato durísimo a mi hermana y a mí, que tuve la desgracia de estar con él por las circunstancias que seguirán. Ignoro por qué causas luego que se hizo este matrimonio resolvió el padre irse a vivir a la hacienda de Santa Ígueda, dejándome de colegial de beca, recomendando[me] al canónigo don Ángel Pantiga [prefecto de una academia], y mi tía la menor de niña del convento de Santa Clara. Tres meses o cuatro se pasaron de libertad para mí y de duros sufrimientos a mi hermana, sobre todo a la menor, cuando repentinamente viene una orden del padre para que se encargase de mí mi cuñado, porque él me abandonaba enteramente, haciéndome la gracia, por algunos empeños, de no crucificarme. El motivo fue dizque rompía dos pares de zapatos al mes y que andaba hecho pedazos, según le informó Pantiga. Y yo pregunto ¿quién es el muchacho que no vistiéndose más de una vez a la semana, pueda estar limpio, y sobre todo cuando éste sea vivo, fogoso y de carácter violento? Pero en fin, me fue indispensable pasar a ser propiedad de mi cuñado y empeoró bajo todos los aspectos.

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La celebración del Centenario de la Independencia en San Ángel

Jovita Ramos
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

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El gobierno del general Porfirio Díaz organizó las fiestas del primer Centenario de la Independencia de México con esmero y un amplio programa de eventos. La capital fue el marco central de las celebraciones y, tanto en ella como en las poblaciones de los alrededores, se hizo lo posible por mostrar las raíces históricas de la nación y por integrar a sus pobladores al ritual cívico y dejar huella en la memoria histórica.

Un ejemplo de estos festejos lo encontramos en la localidad de San Ángel, situada el suroeste de la ciudad de México. Bella población llena de tradiciones, costumbres y conmemoraciones en las que sus habitantes participaban con gran entusiasmo, los festejos del Centenario no se quedaron atrás. La representación de esta ceremonia cívica contenía elementos esenciales para vincularlos con ella: las autoridades, la junta patriótica, los particulares y el pueblo en general; el presupuesto para la música, los adornos, la iluminación, los fuegos artificiales y otros; el programa; el escenario; los preparativos, el acto mismo, los discursos y las obras materiales, todo servía para que adquirieran conciencia de la importancia de la fecha.

Desde luego, la municipalidad celebraba con alborozo los días 15 y 16 de septiembre. La encargada de organizar el evento era la junta patriótica, la cual preparaba el programa a seguir; reunía los fondos monetarios entre la población; elaboraba el presupuesto de gastos y, además, pedía a los vecinos que adornaran e iluminasen sus casas. El ritual se ejecutaba con gala y solemnidad para inculcar en sus habitantes el amor a la patria.

Naturalmente, la a?i??esta del Centenario se dispuso con toda anticipación y esmero. La Gran Comisión Nacional del Centenario de la Independencia, presidida por Guillermo de Landa y Escandón, envió a todas las municipalidades, desde 1907, las Bases para la Organización de los Trabajos del Centenario. Éstas acordaban que las estas deberían ofrecer el mayor lucimiento, animando el patriotismo y la buena voluntad de todos los mexicanos, y urgían a colaborar a las autoridades de la capital y los estados. Instaban a formar comisiones municipales, cuyo fin sería organizar y dirigir la conmemoración en sus localidades, de modo que incluyeran a todas las clases sociales y nombrasen un representante ante la Comisión Nacional. Pedían asimismo que se procurase inaugurar alguna mejora de carácter material o moral que pudiese perdurar una vez transcurridas fechas tan importantes.

En respuesta a la convocatoria, las autoridades de San Ángel iniciaron los preparativos para el patriótico evento. A las seis de la tarde del día 19 de octubre de 1908, y bajo la directiva de Carlos Álvarez Rul, prefecto político de la municipalidad, se dio lectura a las comunicaciones de la Gran Comisión del Centenario. Se nombró a Doroteo del Olmo como delegado de San Ángel y después se procedió a integrar a la comisión municipal, la cual sería presidida por mismo Álvarez Rul.

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