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Un paseo por el Archivo Histórico de la Secretaria de la Defensa Nacional

Antonio Campuzano Rosales
Mayor historiador retirado, Secretaría de la Defensa Nacional

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

El legado que resguarda el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional es una fuente obligada para la investigación y el conocimiento de la historia militar de México, pero también de la historia nacional.

208El Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional custodia la documentación que da cuenta de la experiencia en el manejo de las fuerzas armadas a lo largo de la historia de México. En las secciones que lo componen pueden encontrarse expedientes que reseñan algunos hechos de armas, sobre todo aquellos que refieren las guerras e intervenciones que el país padeció, si bien otros expedientes evidencian la carrera militar de diversos personajes y algunos más refieren el fortalecimiento de los organismos militares.

La memoria institucional que resguarda es fuente primaria para comprender el proceso de construcción nacional ligado con la historia militar; a través del diálogo entre la documentación y el investigador que lo desee, se permite la comprensión del pasado y valora la participación del instituto armado en la construcción de la historia nacional.

Creación e integración del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional

La urgencia de poner fin al caos imperante en los archivos militares desde la creación de la Secretaría de Guerra y Marina en 1821, agudizado por las diferentes emergencias nacionales que tuvieron lugar durante casi todo el siglo XIX, así como la incipiente conciencia histórica institucional, se volvieron una realidad cada vez más tangible a medida que transcurrían los años y se sucedían los gobiernos. Por esta razón, el Archivo General de la Secretaría de Guerra y Marina nació de la mano con la institución y fue integrado con la documentación producida por los diferentes cuerpos y organismos que componían al ejército y la armada mexicanos en el siglo XIX, siendo albergado en Palacio Nacional.

205Los documentos que hoy constituyen su parte sustancial sufrieron un proceso similar al de los que componen otros grandes archivos. Como ellos, sufrieron diversas mudanzas hasta llegar a su actual repositorio. El acervo se abrigó de tal manera en el antiguo palacio de los Virreyes, la Ciudadela, en la Secretaría de Guerra y Marina en Palacio Nacional; en el antiguo templo de la Encarnación; el cuartel militar de San Ildefonso; el templo de Jesús María, en donde, como menciona Vito Alessio Robles en el prólogo de la Guía del Archivo Histórico Militar de México, los legajos permanecieron simplemente apilados durante varios año; en la planta baja del edificio actual de la Secretaría de la Defensa Nacional hasta llegar, finalmente, a la Dirección General de Archivo e Historia, ubicada en el Campo Militar núm. 1-J, Predio Reforma, Ciudad de México, donde logró establecerse y constituir un verdadero Archivo Militar. Este archivo histórico es fruto del esfuerzo de muchas generaciones de militares dedicados a la organización y conservación de los testimonios documentales de la institución, tarea nada sencilla, ya que el repositorio también ha sido víctima directa de las circunstancias políticas y militares de la historia de México. Refiere un ejemplo el capitán primero historiador retirado, Antonio Aguilar Razo, en el artículo publicado en la Memoria del 1/er. Congreso de Historia Militar de México, a través de los Archivos Históricos, al mencionar que, durante la guerra entre México y Estados Unidos de 1846 a 1848, los archivos militares que no fueron trasladados junto con el gobierno nacional a la ciudad de Querétaro y, por lo tanto, se quedaron en Palacio Nacional durante la ocupación de la ciudad de México en el mes de septiembre de 1847, fueron saqueados por las tropas extranjeras. Algo parecido sucedió durante los conflictos derivados de la revolución de Ayutla iniciada en 1853, cuando el archivo acompañó a los combatientes provocando la pérdida de un gran porcentaje de su contenido.

La consulta pública de los documentos que se resguardan en el acervo es también una victoria del instituto armado en la lucha por preservar, no sólo su propia memoria, sino la nacional. Las fuentes para el estudio de la historia de México que reúne son imprescindibles para la reconstrucción del pasado de este país, un pasado definido por sus guerras y revoluciones constantes, por lo que no resulta posible explicarlo a cabalidad sin el uso de las fuentes militares.

El acervo está organizado en tres secciones: Operaciones Militares del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos con 6 373 expedientes, Cancelados, así como Veteranos de la Revolución Reconocidos y no Reconocidos, las dos últimas secciones compuestas por 152 348 expedientes. La primera sección está constituida por informes de operaciones, campañas, proclamas, relaciones de personal, entre otros documentos relacionados con acciones de guerra.

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El ejército mexicano de hoy. Un largo y sinuoso camino

César E. Valdez
DEH-INAH

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

La completa falta de coordinación entre las diferentes instituciones de seguridad hizo necesaria la incorporación del ejército en labores de seguridad pública. No obstante la paulatina militarización del país, en los últimos años, se ha recrudecido el crimen organizado y han aumentado las muertes violentas, los homicidios, las desapariciones y la violación de los derechos humanos.

189Actualmente, las misiones que realizan las fuerzas armadas mexicanas son doce: defensa territorial, integración y comunicación territorial, contrainsurgencia, modernización tecnológica, protección a la población civil ante desastres, lucha contra el terrorismo, guerra contra el narcotráfico, seguridad pública, defensa de los recursos naturales, acción cívica, actividades de inteligencia y guerra contra el crimen organizado. Todo esto sustentado en los planes DN-I, defensa externa; DN-II, orden interno; y DN-III, desastres naturales.

Desde la década de 1990, dos acontecimientos han marcado la actuación y el papel del ejército. En ambos casos se halló una clara falta de coordinación institucional, lo que fue perfilando la necesidad de que el ejército adquiriera autonomía en materia de inteligencia. El primero fue el choque del 7 de noviembre de 1991 en el municipio de Tlalixcoyan, Veracruz, entre elementos del 13° Batallón de Infantería y agentes de la policía judicial federal; el segundo, la declaración de guerra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional el 1 de enero de 1994, que implicó una campaña militar que duró doce días.

Revisemos el primero. El jueves 7 de noviembre de 1991, por la mañana, en el paraje conocido como El Llano de la Víbora, en Tlalixcoyan, Veracruz, tuvo lugar un enfrentamiento entre la policía judicial federal y el ejército mexicano. Los miembros del 13° Batallón de Infantería estaban realizando un operativo antidrogas en espera del aterrizaje de una avioneta Cessna 210 de origen colombiano y que se sabía estaba cargada de cocaína. Los tripulantes de la avioneta lograron escapar, pero a los pocos minutos aterrizó también una aeronave sin identificación que pertenecía a la Procuraduría General de la República (PGR), la cual fue recibida por el fuego de los efectivos militares y causó la muerte de siete agentes, quienes, según reveló la investigación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, presentaban tiro de gracia. La misma investigación arrojó los registros de control aéreo que daban cuenta del seguimiento de la avioneta, que los agentes de la PGR avisaron por radio que eran atacados por el ejército, que se había informado al comandante de la zona militar para que detuviera el choque y este último no creyó que la información fuese fidedigna.

El segundo episodio se inició el 29 de junio de 1993 cuando el ejército mexicano encontró un campamento militar en plena selva chiapaneca. Ahí recopiló información que analizaría después, así como lo haría el Centro de Investigaciones y Seguridad Nacional (CISEN). Ambos consideraron pertinente informar al presidente Carlos Salinas de Gortari, aunque puntualizaron que dicha organización no podía ser una amenaza para la seguridad nacional en virtud de su poca capacidad de fuego. Sin embargo, la madrugada del 1 de enero de 1994, un grupo armado compuesto principalmente por indígenas, autodenominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), declaró la guerra al gobierno mexicano. Esa mañana tomó cinco cabeceras municipales del estado de Chiapas: San Cristóbal de las Casas, Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo y Chanal. Luego de dejarlas en custodia, marchó hacia las afueras de Rancho Nuevo para tomar el cuartel de la 31ª Zona Militar. Ahí, según la poca información que se conoce, 500 zapatistas fueron repelidos por catorce soldados que se encontraban de guardia, quienes soportaron lo suficiente hasta que recibieron refuerzos. Entre estos últimos había pilotos de los escuadrones 201, 205, 208, 209 y 215, quienes a bordo de aviones Pilatus y Arava y de helicópteros Bell, realizaron labores de apoyo al cuartel. Esto significó la primera experiencia de guerra para la fuerza aérea mexicana desde la segunda guerra mundial. En el encontronazo, según la secretaría de la Defensa Nacional murieron cinco soldados federales y 24 combatientes zapatistas.

186El 9 de enero, el entonces secretario de la Defensa, general Antonio Riviello Bazán, informó al presidente que la derrota de la guerrilla era total y que únicamente esperaba la orden para perseguir y someter al grupo armado. También dejó claro al presidente que el ejército mexicano tenía clara superioridad armamentística y numérica y, por tanto, el EZLN no significaba un riesgo para la seguridad del Estado, pues a los aproximadamente 3 000 combatientes zapatistas, el ejército mexicano respondió con 30 000 efectivos.

Carlos Salinas de Gortari asegura en sus memorias que tomó la decisión del cese de hostilidades al saber que el EZLN estaba prácticamente derrotado. Sin embargo, no se debe perder de vista la importancia de la sociedad civil que se volcó a las calles para exigir un alto al fuego.

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1829. Sueños de reconquista

José Francisco Vera Pizaña
Maestría en Historia, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

“La nación mexicana es para siempre libre e independiente del gobierno español y de cualquier otra potencia”, consignó la constitución de 1824. No obstante, la subsistencia de antiguos vestigios del pasado hicieron a España plantearse la posibilidad de reconquistar sus territorios perdidos, organizando en Cuba una expedición de vanguardia, al mando del brigadier Isidro Barradas.

356La consumación de la independencia en 1821 no significó la inmediata separación de la nueva nación de todo lo que implicaba la organización administrativa española. Durante casi diez años, el temor a una expedición de reconquista estuvo presente en el imaginario colectivo de todos los mexicanos. Los temores se hicieron realidad en julio de 1829, cuando una escuadra al mando del almirante Ángel Laborde, uno de los hombres más capaces al servicio de la corona española en el Caribe, zarpó de La Habana hacia costas mexicanas. Su misión era transportar una fuerza expedicionaria de 3 000 hombres al mando del brigadier Isidro Barradas, hombre de probado valor y experiencia militar en Sudamérica. Con ellos viajaban los sueños y las esperanzas de España por recobrar su antiguo virreinato.

Ante esta amenaza, las fuerzas armadas mexicanas demostraron, pese a las limitaciones económicas de la república, ser efectivas para contener y derrotar a las tropas que atentaban contra la soberanía del país. Las páginas siguientes están dedicadas a explicar la respuesta del gobierno mexicano ante la invasión y los problemas a que se enfrentó para obtener la rendición incondicional de sus enemigos.

La movilización de las fuerzas armadas

Cuando se explica la expedición de Isidro Barradas, generalmente se describe como una aventura o capricho de un rey aferrado a una causa perdida. Es difícil creer que, con tan reducido número de efectivos, realmente aspiraran a reconquistar México. Sin embargo, es probable que las fuerzas españolas intentaran seguir una estrategia racional: en lugar de organizar un ejército de más de 10,000 hombres, imposible de armar y transportar en aquel momento, optaron por un pequeño número de tropas escogidas con el objetivo de levantar a los partidarios de la corona y coordinarlos en contra de las fuerzas republicanas. Por lo tanto, la estrategia española pretendía evitar el enfrentamiento directo con el ejército mexicano y más bien armar a los partidarios del rey en el país, así como sobornar a los comandantes militares del país para que se unieran a su causa. Esto explicaría por qué trajeron tantos fusiles, pero nada de caballos o artillería de campaña, pues realmente esperaban abastecerse de todo ello en México.

358Sin embargo, el gobierno español no comprendió a tiempo que se encontraba ante un nuevo país, con muy poco interés en volver a formar parte del imperio. Basta con observar algunas de las proclamas lanzadas por los gobernantes y jefes militares de los estados, pues permiten imaginar cómo los mexicanos concebían a los invasores. Por ejemplo, el 17 de julio de 1829, el comandante general del estado de Oaxaca arengaba a sus tropas ante el posible desembarco de fuerzas invasoras con las siguientes palabras: “Soldados: si dan oídos a estos infames [españoles], si no los aprenden o dan parte de ellos, nuestras mujeres, nuestras hijas y hermanas serán sacrificadas a las torpes pasiones de aquellos feroces asesinos.” El terror que significaba regresar al dominio español fue más grande que las divisiones nacionales entre los estados y sus comunidades.

A finales de julio de 1829 las tropas invasoras desembarcaron en Cabo Rojo, al norte de Veracruz, después de sufrir las inclemencias de un temporal que les arrebató una nave con 500 hombres que fue a parar a Nueva Orleans. En cuanto el supremo gobierno recibió las noticias de aquella acción, se giraron órdenes a las comandancias militares de los estados para que comenzaran a poner a sus milicias en pie de guerra. Pero reclutar hombres, armarlos, vestirlos y movilizarlos, hizo ver la dificultad de enfrentar, con escasos recursos financieros, un estado de guerra general.

La situación económica era tan dramática para los gobiernos locales que, para cubrir los gastos de la movilización, se buscó que la misma ciudadanía comprara vestuario y prestara caballada. Sin embargo, el capital nunca fue suficiente para solventar el gasto de guerra, por lo que se buscó el apoyo del gobierno nacional, aunque sin mayor éxito.

Otro problema que tuvieron que enfrentar fue la limitante impuesta por el reglamento de las milicias locales, el cual sólo les permitía operar en la demarcación a la que pertenecían, lo que significó que muchos contingentes fueran desplegados sólo en las fronteras o en puntos estratégicos de sus respectivos estados. Para solventar este dilema, algunos gobernadores permitieron que las fuerzas que así lo decidieran, armadas con sus propios recursos, salieran de su jurisdicción para unirse a los defensores de las entidades que sufrieron directamente la ocupación extranjera. Por otro lado, los cuerpos de milicias activas de los estados que sí podían movilizarse a Tamaulipas y Veracruz, como los del Estado de México, Guanajuato, San Luis Potosí y Querétaro, tardaron mucho tiempo en ponerse en marcha y, cuando lo hicieron, fueron mal armados, mal vestidos y sin paga alguna.

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Las fuerzas armadas durante las primeras décadas de vida independiente

Omar Urbina Pineda
El Colegio de México

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

La presencia de milicias mandadas por caudillos y caciques regionales representó un constante dolor de cabeza para el gobierno nacional y se convirtió en un factor que impediría que se configurara y consolidase en un ejército nacional después de la independencia de México.

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Según el sociólogo alemán Max Weber, un Estado-nación, para ser considerado como tal, debe ejercer, mediante el ejército, el monopolio de la violencia en un territorio delimitado. Los gobiernos mexicanos de la primera mitad del siglo XIX no consiguieron hacer ninguna de estas dos cosas: ni organizar un ejército ni dominar un territorio. Durante estos años, los poderes regionales, encabezados por caciques y caudillos, estuvieron en una posición ventajosa con respecto al gobierno general; si bien este intentaba hacer valer su autoridad, aquellos siempre estaban presentes, ya fuera como aliados del gobierno o como los enemigos a vencer. Por ello, pese a los intentos por reglamentar un ejército permanente fiel al gobierno general, los poderes regionales fueron un factor que tomar en cuenta y la reglamentación de los cuerpos milicianos fue necesaria para procurar la pervivencia del régimen en turno, dificultando así la consolidación de un ejército fiel al poder central.

134Al concluir la guerra de Independencia, el Ejército Trigarante era concebido como la institución protectora de la soberanía nacional, pero las diferencias entre los grupos que lo formaban comenzaron a revelarse. Agustín Iturbide, contrario al poder que habían adquirido las elites regionales, comenzó un proceso de fortalecimiento de la institución castrense mediante la desaparición de cuerpos de milicia provincial. Por su parte, los diputados del Congreso, representantes de las regiones, cuestionaron la existencia del Trigarante: para ellos, las milicias regionales, menos onerosas para el erario, eran el tipo de fuerzas que el país requería. Así, el ejército se convirtió en el garante del poder de Iturbide, mientras que la milicia cívica fue concebida como un cuerpo al servicio del poder legislativo que frenaría cualquier intento del ejecutivo por imponerse. En este contexto de conflicto, la cúpula del poder militar fiel a Iturbide lo proclamó “emperador de la América mexicana”, acrecentando las tensiones entre él y el Congreso. Los líderes regionales, no conformes con las tendencias centralizadoras del emperador, comenzaron a fraguar proyectos republicanos, por lo que Iturbide decidió disolver el Congreso en octubre de 1822.

Al poco tiempo de su disolución, el 6 de diciembre de 1822, el general Antonio López de Santa Anna se sublevó con el Plan de Veracruz. En el documento llamaba a los militares de carrera a que se unieran al movimiento, prometiéndoles la conservación de “todos […] sus empleos”. De igual manera, buscaba el apoyo de las provincias ya que aseguraba que “las compañías de milicias nacionales […serían] reputadas como provinciales, y gozarán el fuero militar”. De esta manera garantizaba la pervivencia de los cuerpos militares organizados por los líderes regionales y que eran el baluarte de su autonomía.

Por su parte, el 18 de diciembre, Iturbide proclamó el Reglamento Provisional Político del Imperio Mexicano, por el cual el mando del ejército recaía en el emperador, quien tenía la facultad de “formar los reglamentos, órdenes e instrucciones necesarias”, así como “proveer a todos los empleos civiles y militares”. A su vez, estipulaba que “en cada capital de provincia, habrá un jefe superior político nombrado por el Emperador” y que “los mandos político y militar de las provincias, se reunirán en una sola persona”. Con esta maniobra, buscaba que los diferentes actores políticos del imperio –llámense caciques o caudillos– le fueran fieles, ya que sería gracias a él que habrían obtenido un cargo público. De tal modo, lograría un control de facto sobre las regiones al concentrar el mando político y militar en una sola persona.

Tanto Iturbide como Santa Anna reconocían el enorme poder político de los líderes locales y eran conscientes de que, para mantener un control sobre el territorio, tenían que llegar a un acuerdo con ellos. De esta manera, en el Plan de Veracruz y en el Reglamento Provisional estuvieron plasmados los términos en que se llevarían a cabo las discusiones políticas durante las primeras décadas de vida independiente.

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La génesis del ejército nacional

Eduardo Adán Orozco Piñón
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

La guerra de independencia impulsó la creación del ejército nacional. Las fuerzas armadas sufrieron entonces transformaciones, derivadas de las disposiciones legales que se dictaron a lo largo de los once años de lucha y que fueron una base sustantiva para la constitución de las fuerzas armadas de la nueva nación.

114Las explicaciones tradicionales que nos ofrecen los historiadores sobre el periodo de la independencia siempre han mostrado las continuidades y rupturas en los once años de guerra civil; sin embargo, muy frecuentemente el estudio de esos aspectos deja de lado una realidad inamovible: la independencia fue esencialmente una guerra. Tengamos en cuenta que en todo conflicto bélico las fuerzas armadas se vuelven protagonistas, pues son ellas quienes detentan el ejercicio legítimo de la violencia. Así, para comprender este periodo bélico es necesario prestar atención a esas fuerzas para entender su composición, sus mecanismos de financiamiento, su justificación y utilidad política, su organización y, sobre todo, sus implicaciones en la conformación del México independiente y del primer ejército nacional. Para ello adentrémonos en un recorrido de las trasformaciones de las fuerzas armadas durante los once años de la guerra de Independencia a través de las diversas disposiciones legales que habrían de ser la base del primer ejército mexicano.

La organización militar (1768-1810)

Tengamos en cuenta que el ejército se divide en dos grandes rubros: el permanente, que siempre está listo para entrar en acción, y las fuerzas de reserva o auxiliares, que son llamadas en caso de ser necesario y funcionan como apoyo en las operaciones del primero. Por lo tanto, es pertinente entender la estructura de ambas fuerzas en la Nueva España de finales del siglo XVIII, pues ambas entraron en operación en 1810 para combatir la rebelión de Miguel Hidalgo.120

La historia de las fuerzas armadas novohispanas, en un sentido moderno, se inicia durante el reinado de Carlos III, cuando se implementó una serie de cambios en cuestiones político-militares que buscaron crear una estructura burocrática para fortalecer la figura del rey y centralizar el poder, poniéndolo todo en manos del monarca, así como mejorar la extracción de riquezas obtenidas de los territorios americanos y organizar un aparato defensivo y coercitivo que se encargara de reforzar la autoridad del Estado. Estos cambios llegaron a Nueva España con la ordenanza de 1768 y el Reglamento para las Milicias de Infantería y Caballería de la Isla de Cuba de 1769. En términos militares, el virreinato no contaba con un ejército permanente, por lo que el control de la seguridad interior estaba a cargo de los cuerpos milicianos en las costas, que eran organizados en ocasiones de peligro y administrados por las diversas regiones en donde operaban. La ordenanza de 1768 creó al primer ejército permanente –también llamado “de línea”–, y tuvo la intención de regular la conducta de los militares, brindando conocimientos tácticos, logísticos y estratégicos para hacer la guerra de forma sistemática y organizada.

Por su parte, el Reglamento de 1769 buscaba preparar a los súbditos para que, en tiempos de crisis, apoyaran a las fuerzas regulares o permanentes en la defensa imperial. Este sistema defensivo buscaba crear en un liderazgo efectivo, a través de entrenamientos regulares y la creación de un espíritu de cuerpo, es decir, una identidad propia. Cada regimiento miliciano debía contar con al menos un cirujano y un capellán, pues la religión seguía siendo un elemento común en todo el imperio. Se enfatizaba en la disciplina, que debía ser igual para todas las tropas, y se entrenaba únicamente los domingos por la mañana. En última instancia, este modelo de milicias pretendió que las colonias se defendieran por sí mismas en caso de ataques extranjeros.

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Las reformas que transformaron al ejército

Martha Beatriz Loyo
FES Acatlán, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Terminada la revolución, en 1917 se emprendió la reorganización de las fuerzas militares que hasta entonces no estaban unificadas y significaban un problema político y económico para la estabilidad del país. Fueron medidas graduales, aplicadas a lo largo de más de una década

PrA?cticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de MAi??xico

Prácticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de México

El 9 de febrero de 1913, a las siete de la mañana, el presidente Francisco I. Madero salió escoltado por los cadetes de El Colegio Militar, del Alcázar de Chapultepec, para dirigirse a Palacio Nacional a donde llegó dos horas después por el acecho de los grupos rebeldes que atacaban el recinto. La actitud de los cadetes es conocida ahora como la Marcha de la lealtad. Esa mañana se inició un golpe de Estado en la capital encabezado por los generales Bernardo Reyes, Félix Díaz, Manuel Mondragón y otros, nombrado después como Decena Trágica. Al ser herido el general Lauro Villar, comandante de la guarnición de la plaza, Madero nombró en su lugar al general Victoriano Huerta, quien lo traicionaría culminando con la renuncia y el posterior asesinato de Madero y del vicepresidente José María Pino Suarez.

El 18 de febrero los gobernadores de los estados recibieron el siguiente mensaje: Autorizado por el Senado, he asumido el Poder Ejecutivo estando preso el Presidente y su gabinete. Victoriano Huerta. De inmediato, el 19 de febrero, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, recibió mediante un decreto expedido por legislatura estatal, el mandato para desconocer el gobierno usurpador de Huerta y poco después formar un ejército para enfrentarlo. Este sería el ejército constitucionalista que Carranza dividió en varios cuerpos con el fin de operar a lo largo del territorio nacional hasta que se restableciera el orden constitucional interrumpido por el golpe militar.

Para algunos historiadores del ejército, desde hace algunos años, este último acontecimiento marcó el momento en el que se establecieron las bases legales para el nacimiento de un nuevo ejército popular en diferentes partes del país, acaudillado por jefes regionales que se unirían a Carranza en su lucha por la legalidad. Sin embargo, no fue sino hasta junio de 1914 cuando en la batalla de Zacatecas, la división del norte, comandada por Pancho Villa, derrotó al último bastión del ejército federal que había sido una institución fundamental en los regímenes de Porfirio Díaz, Francisco León de la Barra, Francisco I. Madero y Victoriano Huerta. El 15 de julio de 1914 Huerta renunció a la presidencia y casi un mes después, el 13 de agosto, el general del ejército constitucionalista del noroeste, Álvaro Obregón, y el general José Refugio Velazco, jefe del ejército federal, firmaron cerca de la capital, los tratados de Teoloyucan, donde se establecía la rendición y disolución del ejército federal así como la ocupación de la capital por las fuerzas revolucionarias.

Cadetes de la Escuela Militar de AviaciA?n posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Cadetes de la Escuela Militar de Aviación posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

La unilateralidad de esta acción decidida por Carranza, así como la suspensión del servicio del ferrocarril entre México y Chihuahua, marginaron al ejército villista y desde este momento las dificultades entre ellos se hicieron cada vez más evidentes. Sin embargo, el enfrentamiento no se dio pues ambos esperaban imponer sus objetivos en la convención de líderes militares que se inició en Aguascalientes, en octubre.

La heterogeneidad de los representantes revolucionarios impidió que se lograra la unidad entre las distintas facciones y cuando por fin los líderes se enfrentaron, los convencionistas tuvieron que tomar partido y desbandarse. Obregón, el más importante de ellos, siguió a Carranza y resultó ser el militar más hábil de la revolución, como lo demostró al derrotar a Villa en Celaya, Trinidad, León y Aguascalientes, entre abril y agosto de 1915.

Carranza, ObregA?n y Maytorena con la artillerAi??a quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Carranza, Obregón y Maytorena con la artillería quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

Carranza no sólo triunfó sobre sus opositores en el campo de batalla, sino también en el político gracias a una estrategia que le atrajo más simpatizantes. El 19 de octubre fue reconocido por  Estados Unidos, y convocó a un nuevo Congreso Constituyente que diera legalidad y legitimidad a su mandato, promulgándose una nueva Constitución el 5 de febrero de 1917. Allí se asentaba el marco jurídico-legal con el cual los gobiernos posrevolucionarios darían forma a la nueva nación.

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Para saber más

  • GUZMÁN, MARTÍN LUIS, La sombra del caudillo, México, Castalia, 2002.
  • LOYO, MARTHA, Joaquín Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-1931, México, FCE, IIH-UNAM-INEHRM, 2003.
  • PLASENCIA DE LA PARRA, ENRIQUE, Historia y organización de las fuerzas armadas en México 1917-1937, México, IIH-UNAM, 2010.
  • Ver El general, dir. Natalia Almada, 89 min., dvd.
  • Ver La sombra del caudillo, dir. Julio Bracho, 120 min., http://www.youtube.com/watch?v=t2HHSuwmDJg

El cine como propaganda

Héctor Luis Zarauz López
Facultad de Economía, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

La época revolucionaria fue clave en el desarrollo de un cine documental que informaba pero a su vez estaba muy influenciado por promover la figura de los líderes políticos. Francisco Villa fue uno de los que mejor provecho le sacó. Los intentos por hacer un cine menos politizado hallaban escaso eco

Enrique MoluniniAi?? y su pemresa familiar dedicada a la exhibiciA?n itinerante. Col. Ma. de Lourdes MouliniAi?? de Altamirano

Enrique Molunini y su empresa familiar dedicada a la exhibición itinerante. Col. Ma. de Lourdes Moulini de Altamirano

Como si fuera un set cinematográfico, el país estaba listo en noviembre de 1910 para ser filmado. Entonces, el largo gobierno de Porfirio Díaz era cuestionado por la vía armada, Madero y sus seguidores habían decidido explorar un nuevo guión después de las fallidas elecciones de ese año. La trama, el escenario, las luces y los actores, toda parecía preparado para escuchar el llamado a cámara.

La revolución mexicana fue la primera que se dio en los albores del siglo XX. Su desarrollo coincidió con el establecimiento del cinematógrafo en el mundo y en México adonde apareció desde 1896 cuando llegaron los primeros representantes de la casa Lumière y de la casa Edison, considerados como los inventores del cine.

Como el cine ya había dado sus primeros pasos en nuestro país, la revolución fue un proceso histórico razonablemente bien filmado para su tiempo. Sin embargo, gran parte de los materiales fílmicos que se hicieron entre 1910 y 1920 desaparecieron, ya sea porque fueron mutilados, fragmentados o destruidos. Aun así ha quedado suficiente de él para utilizarlo como un elemento reconstructivo de la historia de la revolución y de esa época.

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revoluciA?n hasta la caAi??da de Madero en ARCHIVO HISTAi??RICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revolución hasta la caída de Madero en ARCHIVO HIStÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de Sigüenza y Góngora

Actualidad revolucionaria

Al haber sido depuesta la dictadura de Díaz, las temáticas que habían interesado al cine de ese tiempo desaparecieron (hasta entonces, don Porfirio y su comitiva aristócrata habían sido uno de los imanes de taquilla) y en lo sucesivo el cinematógrafo se centró en el movimiento revolucionario. El espectador dejó de observar imágenes de concordia y abundancia de esa supuesta belle époque que el cine se empeñaba en captar. Ahora el espectáculo sería ver al pueblo mismo en la pantalla y el enfrentamiento armado en contra del dictador y entre las facciones en rebelión.

Durante los años de la Revolución (considerando la década de 1910 a 1920), predominaron dos corrientes en la producción nacional: por una parte, el documental sobre la Revolución, y por otra, las piezas del cine argumental que ya se venían realizando.

Casi la totalidad de filmaciones que se hicieron en estos años fueron documentales-reportajes. Por el contrario, se realizaron muy pocas ficciones, lo cual es interesante si tomamos en cuenta que en el mismo periodo en Estados Unidos se filmaron más de cien dramatizaciones sobre el tema revolucionario. Esto podría responder primero al hecho de que en México la industria no había alcanzado un desarrollo pleno que permitiera hacer este tipo de cine, y segundo a que muy probablemente el público demandaba materiales de carácter informativo que consideraba más fidedignos por ser el retrato de la realidad revolucionaria. De manera que estas cintas son muy cercanas a un trabajo periodístico. Sin embargo, no debe perderse de vista que muchos de estos documentales fueron auspiciados por los propios caudillos que vieron en la filmación un vehículo de promoción de sus figuras.

Dentro de los documentales había dos fines fundamentales. El primero fue el periodístico, por lo cual las temáticas estaban evidentemente ligadas a los eventos de actualidad. Se trataba de filmar aquello que acababa de suceder en torno a las movilizaciones armadas a fin de que el espectador estuviera enterado. Entre estas se pueden citar: Las conferencias de paz en el norte y toma de Ciudad Juárez (1911), Viaje triunfal del jefe de la revolución don Francisco I. Madero desde Ciudad Juárez hasta la Ciudad de México (1911), La revolución orozquista (1912), La revolución en Veracruz (1912), La revolución felicista (1913). Además, el camarógrafo Jesús H. Abitia filmó campañas militares de Obregón y Carranza, Francisco Villa contaba con camarógrafos de la Mutual Film Corporation, que filmaron la toma de Ojinaga, Torreón y Gómez Palacios, y los zapatistas tuvieron también camarógrafos que editaron La revolución zapatista (1914). Las huestes huertistas llegaron a hacer uso del cinematógrafo al filmar Sangre hermana (1914). Asimismo, fue registrada la invasión estadounidense por Salvador Toscano, bajo el título de Sucesos de Veracruz (1914).

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de Sigüenza y Góngora

El otro uso importante que tuvo el documental en estos años fue el propagandístico, ya que los documentos cinematográficos, fotográficos, periodísticos, etcétera, eran parte de la lucha de los distintos bandos de la Revolución. Estamos pues ante películas vinculadas a una causa específica y que, en consecuencia, no son piezas desinteresadas y meramente testimoniales que se limitaban a registrar los sucesos del país.

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Para saber más:

  • LEAL, Juan Felipe. El documental nacional de la Revolución mexicana. Filmografía: 1915-1921. México, Juan Pablos Editores, 2012.
  • MIKELA UREGUI, José Ramón. La historia en la mirada. México, Filmoteca de la UNAM.
  • MIQUEL, Ángel. “Las historias completas de la Revolución de Salvador Toscano”, Fragmentos. Narración cinematográfica compilada y arreglada por Salvador Toscano, 1900-1930. México, Imcine-Conaculta, 2010.
  • ____________. En tiempos de Revolución. El cine en la ciudad de México. 1910-1916. México, UNAM, 2012.
  • ROSAS, Enrique. El automóvil gris. México, 1919, dvd. Filmoteca de la UNAM.
  • TOSCANO, Salvador. Memorias de un mexicano. México, 1950, dvd. Fundación Carmen Toscano.

Dos miradas al sitio de Cuautla: Bustamante y Alamán

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa y Laura Suárez de la Torre / Instituto Mora

José María Morelos y Pavón era, en 1812, el dolor de cabeza de las autoridades peninsulares. La muerte de Miguel Hidalgo el año anterior había enardecido más la guerra contra las huestes insurgentes, con Morelos al frente. El orden en sus tropas, la táctica militar bien llevada, las victorias continuas hicieron que el virrey designara al destacado militar Félix María Calleja como su perseguidor. Fue así que éste se concentró en él y su ejército como únicos objetivos. Siguió sus pasos, estudió sus movimientos, le dedicó tiempo y cuando Morelos y sus hombres se asentaron en Cuautla, decidió enfrentarlos. Los sitió, los obligó durante 72 días a vivir entre la muerte, el hambre y el sufrimiento, del 19 de febrero al 1° de mayo de 1812. Los dos jefes, el insurgente y el realista, pusieron en marcha sus mejores talantes para oponerse como enemigos, para alcanzar el triunfo.

Morelos

Ese pasaje de nuestra historia fue captado por dos escritores que narraron en sus obras dos versiones de lo que aconteció entonces y del significado de ese episodio que mostró la lucha de dos hombres por sus ideales: para uno la insurgencia, para otro, la fidelidad a la metrópoli.

Veamos pues como nos describen este hecho Carlos María de Bustamante en su Cuadro histórico de la Revolución Mexicana, y Lucas Alamán en la Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente [1840].

La mañana del 17 [de febrero] supo Morelos que Calleja estaba en camino para Cuautla.

Serían las siete de la mañana [del 19] cuando Calleja avanzó en cuatro columnas: traía la artillería en el centro, y su caballería cubría los costados: sus cañones graneaban el fuego lo mismo que sus fusiles, y se notaba una especie de furor nada común en aquellos soldados. Calleja se había a la retaguardia en su coche, y parece que tenía por tan seguro el triunfo, que no creía que necesitase montar a caballo. Las arpías de su ejército, es decir aquellas vilísimas rameras que lo acompañaron en sus expediciones de tierra adentro, ocupadas en desnudar cadáveres, cual aves de rapiña o halcones que se lanzan sobre la presa, fueron de las primeras en presentarse al ataque con una animosidad desconocida en su sexo; mas en breve encontraron la muerte. Aguardose aquel enjambre de asesinos con serenidad; los americanos respondían a sus fuegos pausadamente, y todos se propusieron emplear bien sus tiros certeros lanzados desde los parapetos.

Mapa sitio Cuautla

Mapa del sitio de Cuautla (1812)

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Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fábrica de cañones del siglo XVIII

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fábrica de cañones del siglo XVIII

Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz
Universidad Pablo de Olavide, Sevilla
Revista BiCentenario #16

El estado del armamento en la Nueva España dejó mucho que desear desde principios del siglo XVIII, pues no eran pocas las dificultades de la península para surtir al Nuevo Mundo. Los extensos territorios debían cubrirse con una Real Armada en mal estado, una burocracia ineficiente, las inclemencias del tiempo en los viajes transatlánticos y la escasez en las fundiciones de la metrópoli, que apenas podían hacer frente a sus propias exigencias.

Si a esto se suma la especulación por la abundancia y el costo de metales en América, obtendremos un resultado desastroso. Por ello, la Corona planeó la construcción de una maestranza de Indias, fábrica que dotara de artillería a la América septentrional y el Caribe, como una forma de complementar los envíos tradicionales.

El virrey Baltasar de Zúñiga había previsto desde 1717 la imperiosa necesidad de la tecnología artillera en los territorios del actual México. Por ello pidió el envío de dos fundidores expertos, a fin de erigir una maestranza para la construcción y reparación de nuevas piezas de armamento, según la disponibilidad y el bajo costo de los metales en el territorio. Su petición fue expedida dentro de una carta personal a Felipe V con fecha 11 de junio y se le respondió el 3 de enero de 1718 con la orden de envío de un operario, facultado para la edificación de una o dos fábricas de cañones.

Sin embargo, no sería sino hasta dos años des- pués que un fundidor de la maestranza de Pamplona llamado José Escartín, estaría dispuesto a ir a la Nueva España, no sin antes establecer un contrato con la Corona en el que se estipulaban las condiciones para su pago, fletes, viáticos para él y su familia, la designación de tres ayudantes y su reconocimiento como Maestro Mayor Fundidor. Tras su llegada a Veracruz, Escartín decidió peinar la zona, pues consideraba que la maes- tranza debería erigirse estratégicamente en las proximidades del puerto, escogiendo dos caseríos ubicados en la calle de Tres Cruces en la villa de Orizaba.

Fue el primer intento de la recién entronizada casa real de los Borbones por introducir una tecnología que mejoraba a pasos agigantados. Pero los beneficios para el erario público no eran muy obvios y, al parecer, el peligro aún no parecía acuciante como para generar tales gastos, estimados según los fundidores auxiliares y los maestros carpinteros en $63,197 pesos de antaño, sin incluir $2 mil pesos del costo de dos hornos de fundición y gastos posteriores, como madera para las cureñas y carbón destinado a los hornos de fundición.

De allí que en 1722 el virrey decidiera cancelar el proyecto, presionado además por una carta de José del Campillo (secretario de José Patiño, Intendente General de la Marina y el Ejército), donde éste dejaba entrever que existiría una nueva instrucción para erigir la fabrica, no en Orizaba, sino en La Habana. Posteriormente se aclararía que todo había sido un malentendido, pero la vicisitud alimentó el escepticismo sobre la viabilidad del proyecto por parte de Juan de Acuña, el nuevo virrey, quien se inclinaba más por el tradicional sistema de envíos de artillería desde Sevilla.

 

De este curioso antecedente podemos inferir que, si bien la especulación sobre la calidad, abundancia y bajo costo de metales en el territorio novohispano (cobre y estaño para fabricar artillería de bronce) desde la península eran clave para las propuestas a favor, existía en contra un aparato burocrático que, en la práctica, solo generaba confusiones y superposición de mandos, escasez de operarios españoles dispuestos a trasladarse a las Indias y segregación en los mandos militares, provocando la ausencia de auxiliares novohispanos con conocimientos previos.

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La caída de La Habana en 1762 y la cesión de Florida a Inglaterra en 1763 volvió la defensa militar una empresa capital en la agenda de la Corona. Así, habiendo transcurrido 46 años de haberse descartado el primer proyecto, el virrey marqués de Croix volvería a pensar en construir una fábrica de artillería próxima al golfo de México, para auxiliar al Caribe y defender a la Nueva España de la gran invasión terrestre que se pensaba inminente.

El virrey dio la orden en 1768 al gobernador de Veracruz Félix de Terras, para prestar toda su ayuda al fundidor español Francisco de Ortúzar, a fin de que reconociera el sitio adecuado para el nuevo proyecto de maestranza en las inmediaciones del puerto de Veracruz. Tras recorrer 25 leguas alrededor de esta población, acompañado del capitán de artillería peninsular Andrés Sanz, siguieron hacia el camino de Jalapa sin examinar Orizaba y determinaron que el lugar idóneo era un sitio llamado Molino de Villa a dos leguas del Camino Real de Perote y 30 de Veracruz. Pero no se llegó a una resolución definitiva, pues sólo se les había designado para reconocer la zona.

En una nueva expedición ordenada por el virrey Antonio de Bucareli en septiembre 1776, Ortúzar, esta vez con el español Diego Ponce, director de las obras de construcción de la nueva fortaleza de San Carlos en Perote, ratificaron la locación anterior. El dilema era entonces saber si se trataba de hacer una maestranza temporal o permanente. Se pensó que, de ser provisional, con situarse en Molino de Villa hubiera bastado para el traslado de las piezas de artillería. Sin embargo, en caso de ser permanente, el terreno sinuoso obligaba a trazar dos caminos, de entrada y salida, así como una vía fluvial para dar mayor facilidad al traslado de cañones al puerto de Veracruz.

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PARA SABER MÁS:

  • CHRISTEN JÖRGENSEN et al., Técnicas bélicas del mundo moderno, 1500-1763. Equipamiento, técnicas y tácticas de combate, Madrid, Libsa,
  • 2007. JUAN ORTIZ ESCAMILLA, El teatro de la guerra. Veracruz: 1750-1825, Xalapa, Universidad Veracruzana/Universitat Jaume I, 2010.
  • EULALIA RIBERA CARBÓ. Herencia colonial y mo- dernidad burguesa en un espacio urbano. El caso de Orizaba en el siglo XIX, México, Instituto Mora, 2002.
  • GUILLERMINA DEL VALLE PAVÓN, “Ocupación y especialización en la villa de Orizaba en 1791” en CARLOS CONTRERAS CRUZ y CARMEN BLÁZQUEZ DOMÍNGUEZ (coords.), De costas y valles. Ciudades de la provincia mexicana a finales de la colonia, México, Instituto Mora- Universidad Veracruzana-Conacyt-BUAP, 2003.
  • “Museo de la Real Fábrica de Artillería” en http://www.youtube.com/watch?v=t21ECDfVA4c&feature=related

 

 

La batalla de Cerro Gordo (1847)

Faustino A. Aquino Sánchez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Bandera de las tropas mexicanas en Cerro Gordo

La guerra entre México y Estados Unidos, y la derrota final del primero han sido interpretadas como el resultado lógico de la vecindad entre una potencia en expansión y un país atrasado e inmerso en el caos político. Sin embargo, desde el punto de vista mexicano, se han subrayado al mismo tiempo varios hechos y aspectos del conflicto que desconciertan, decepcionan e inquietan porque, en cada batalla, la victoria estuvo casi siempre al alcance de la mano. Y es que los ejércitos estadunidenses que invadieron el territorio nacional por el norte y el oriente fueron de tamaño reducido (nunca pasaron de 10,000 soldados), lo cual los obligó a combatir en inferioridad numérica y al borde del desastre para ser salvados en el momento decisivo por alguna desgracia o algún error en el lado mexicano.

Así, en Monterrey, el general Pedro Ampudia entregó la plaza en el momento en que, agotados al extremo, los invasores estaban a punto de emprender la retirada; en La Angostura, el general Antonio López de Santa Anna decidió abandonar el campo de batalla aduciendo el agotamiento de los soldados y una acuciante carencia de víveres (razones que fueron cuestionadas por testigos presenciales) cuando tenía el triunfo en las manos; en Veracruz, los comandantes de la guarnición entregaron la plaza cuando estaba a punto de ser auxiliada por un ejército de 14,000 hombres; en Cerro Gordo, como veremos, el general Santa Anna hizo una mala elección del campo de batalla; en Padierna, los generales Santa Anna y Valencia pudieron infringir al invasor una derrota decisiva pero no fueron capaces de coordinar esfuerzos; en Molino del Rey el general Juan Álvarez lanzó de manera deficiente una carga de caballería que pudo terminar en victoria y en Chapultepec y las garitas de la ciudad de México el general Santa Anna dejó en reserva a por lo menos 9,000 soldados mientras con tan sólo 2,000 enfrentaba el ataque de 7,000 estadounidenses.

Ante tal muestra de ineptitud militar, el público lector ha juzgado siempre que hubo traición en el bando mexicano, específicamente por parte del general Santa Anna. Los historiadores, por su parte, se han dividido entre quienes apoyan el juicio popular, quienes defienden a Santa Anna con base en que las pruebas que existen de una traición (documentos sobre las relaciones secretas entre Santa Anna y James K. Polk, el presidente de Estados Unidos, publicados por historiadores de este país después de la guerra) son insuficientes y quienes optan por reservar su juicio a la aparición de evidencias nuevas y definitivas.

Investigaciones recientes nos permiten afirmar que el juicio popular fue siempre certero: el general Santa Anna propició la derrota mexicana en todas las batallas que dirigió con el objeto de permitir el avance del ejército invasor hacia la capital de la Reública y así obligar al Congreso a sancionar un tratado de paz que entregara a Estados Unidos los territorios del norte (California, Nuevo México y la franja texana comprendida entre los ríos Bravo y Nueces), a cambio de apoyo, primero para eliminar al partido monárquico de Lucas Alamán y Mariano Paredes y Arrillaga, y después para imponer una dictadura.

La batalla de Cerro Gordo es un ejemplo de lo anterior; el objetivo que se trazó el caudillo jalapeño al regalar al invasor una nueva victoria fue el de quebrantar el espíritu de resistencia que trataba de suscitar entre la población, hacia marzo-abril de 1847, el presidente Pedro María Anaya, cuyo gobierno procedía de la alianza entre la rama moderada del partido liberal y el general Santa Anna y sus partidarios.

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