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Pilares de la educación musical en México: Alba Herrera y Ogazón, Carlos J. Meneses y Carlos Chávez

José Angel Beristáin Cardoso
Escuela Nacional de Antropología e Historia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

El Conservatorio Nacional de Música, fundado en 1866, continuó siendo en la década de 1920 la institución legitimadora de los músicos mexicanos que egresaban de sus aulas como destinatarios titulares en su acercamiento a la alta cultura. A diferencia del siglo XIX, en donde una élite político-cultural se encargó de diseñar distintos medios para mostrar una idea de México en espacios públicos y privados, a partir de la revolución el Estado mexicano comenzó a coordinarse con las instituciones públicas para difundir sus ideales y acercar las artes a los estratos populares. Con la creación, en 1921, de la Secretaría de Educación Pública por parte de José Vasconcelos, se selló el binomio “educación-cultura” que logró consolidarse a lo largo del siglo XX, además de que se articularon políticas más sólidas en este rubro, generando lugares orgánicos para la creación de nuevas instituciones.

Es en la “semblanza” de tres destacados de la música que confluyeron en esta década en el Conservatorio, en donde podemos observar los frutos de esa generación formada en la secularización de la práctica musical decimonónica a través de las lecciones adquiridas con los maestros de capilla (Carlos J. Meneses); la templanza de músicos que no importando las limitaciones por su condición de género para ocupar cargos públicos se abrieron camino y además participaron en los debates para generar nuevos espacios de formación musical a nivel superior (Alba Herrera y Ogazón), y la visión de aquellos que pugnaron por la creación y proyección nacional e internacional de nuevas agrupaciones e instituciones musicales (Carlos Chávez).

Alba Herrera y Ogazón. Mujer pionera en la enseñanza y crítico musical

Alba Herrera y Ogazón, ca . 1960, inv. 518644. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Alba Herrera y Ogazón, ca . 1960, inv. 518644. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

A la maestra Alba Herrera y Ogazón (1892-1931) podemos considerarla como una de las primeras mujeres precursoras de la musicología en México durante la primera mitad del siglo XX. Pianista, investigadora y crítica de la enseñanza musical, profesora del Conservatorio Nacional y fundadora de la Facultad de Música de la Universidad Nacional, inició su formación bajo los cánones que se dictaban en la sociedad decimonónica para las señoritas; es decir, a través de “lecciones privadas”. Hija de Eduardo Santos Herrera y Maura Ogazón, fue provista de los mejores maestros: Carlos J. Meneses, Alberto Villaseñor y los virtuosos pianistas Ricardo Castro y Pedro Luis de Ogazón, el último su primo-hermano e hijo del general Pedro García Rubio y Rosa Escobar. En aquellos tiempos los amantes de la música podían disfrutar de los preludios de Chopin en la sala particular de conciertos del maestro Ogazón, allá en la población de San Ángel, en el entonces Distrito Federal.

Como profesora del Conservatorio, Alba Herrera no solamente impartió conferencias destinadas a carreras artísticas dedicadas a jóvenes que buscaban elegir una profesión, como aquellas en las que participó en enero de 1917 en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, organizadas por la dirección general de las Bellas Artes, en una época en la que, en instituciones como Instrucción Pública y Bellas Artes surgieron intentos de cesar a todas las damas que prestaban sus servicios, lo que puede constatarse en titulares de publicaciones como las del diario El Nacional, en marzo de ese año: “Parece que el director de educación pública no tolera otras faldas que la de los cerros”, mujeres como la maestra Herrera se abrieron paso por su determinación, vocación y talento.

En su principal publicación El arte musical en México (1917), la maestra Herrera definió a la música como “el medio de desahogo de la vida, el lenguaje de lo indecible y la expresión de lo inexpresable”; describió algunas características de la música precortesiana aún con los prejuicios de la época acerca de una “barbarie” presente en las costumbres del pueblo mexicano; señaló a Melesio Morales como el inicio de una cadena que llevó a la creación del Conservatorio; identificó los primeros brotes de la composición mexicana en las óperas y las misas, refiriéndose a estas últimas como aquellas composiciones realizadas por los maestros de capilla del siglo XIX, como Mariano Elízaga; reconoció el progreso en lo técnico en las composiciones de mexicanos del umbral del siglo XX, tales como Ricardo Castro, Gustavo Campa y Felipe Villanueva. Para ella, el piano era el único instrumento que podía permitir a su ejecutante el dominio total de la música –melodía, armonía y contrapunto–, siendo así el único intérprete, aquel que recorrería el mensaje que se plasmaba en las partituras, libre y completo.

Alba Herrera participó en el Primer Congreso Nacional de Música (1926), patrocinado por el diario El Universal, la Universidad Nacional y el departamento de Bellas Artes, convocado por el Conservatorio Nacional. En este evento fijó su postura de hacer a la nación más refinada y culta a través de las escuelas oficiales de arte. Muchos años habían pasado desde que aquella pianista, que ejecutaba sus piezas en la Sociedad de Conferencias (1907) del Casino de Santa María de la Ciudad de México, lograba convertirse en profesora del conservatorio universitario y musicógrafa reconocida por sus propios contemporáneos.

En 1929, después del conflicto por la autonomía universitaria, el Conservatorio fue segregado de la Universidad Nacional para ser integrado a la Secretaría de Educación Pública; entonces, un grupo de profesores disidentes formaron una comisión que se entrevistó con el rector Ignacio García Téllez y le propuso la creación de una nueva Escuela de Música. Entre ellos se encontraba la profesora Herrera, quien, además, fue seleccionada para redactar el acta de la “Breve historia de los hechos relativos a la fundación de la Facultad de Música”. En esta nueva escuela, fundada el 7 de octubre de ese mismo año, ella continuó impartiendo clases de piano e historia de la música, multiplicando sus tareas sin remuneración alguna, hasta enero de 1930, cuando se extendieron los nombramientos respectivos en una verdadera muestra de su compromiso con la educación y el arte en México.

Carlos J. Meneses. Legado del Conservatorio Nacional en la Universidad

En 1889, José Rivas, director interino del Conservatorio Nacional de Música, organizó una serie de conciertos en donde destacó el músico Carlos J. Meneses, interpretando al piano un concierto de Franz Liszt –precursor del nacionalismo musical–, acompañado por la orquesta del plantel. Para la profesora Alba Herrera y Ogazón, su discípula, este hecho le valió al maestro ser recomendado por Rivas con Alfredo Bablot –director titular del Conservatorio– para obtener un puesto de profesor de piano.

Carlos J. Meneses junto a un piano antes de un concierto, ca. 1914, inv. 21656. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Carlos J. Meneses junto a un piano antes de un concierto, ca. 1914, inv. 21656. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

El maestro Carlos Julio Meneses Ladrón de Guevara (1863-1929), quien se había formado bajo la guía de su padre Clemente Meneses, maestro de capilla –tradición europea que se arraigó en México desde el siglo XVI–, se convirtió entonces en el profesor de piano de moda en el Conservatorio tras la muerte del prestigiado Tomás León y la decadencia de Julio Ituarte, nutriendo a una generación de músicos brillantes. Su versatilidad se dejó entrever a lo largo de su carrera, como maestro de coros de la compañía de Ángela Peralta, director de zarzuelas en la compañía Alcaráz-Palou y director de orquesta en las audiciones de la efímera Sociedad Anónima de Conciertos (1892), asociado en esta última con los músicos Felipe Villanueva y Gustavo Campa.

En 1902 se le entregó la batuta de la orquesta del Conservatorio Nacional y recibió una subvención del Estado, producto más de las redes de relaciones de amistad entre los músicos mexicanos y la elite porfirista que de una política cultural. Esta agrupación elevó su calidad a base de una fuerte disciplina de trabajo. José Ives Limantour, megalómano y brazo financiero del porfiriato, llegó a interceder ante Joaquín Baranda, secretario de Instrucción Pública, para que Meneses pudiera viajar a Europa con goce de sueldo y perfeccionase sus conocimientos. Por acuerdo de la Dirección General de las Bellas Artes, la orquesta se convirtió en 1915 en la Sinfónica Nacional hasta 1924; el maestro logró dirigir su primera fase cediendo después el lugar a los músicos Jesús Acuña, Manuel M. Ponce y Julián Carrillo.

En los años siguientes, Meneses continuó impartiendo lecciones de piano en el Conservatorio, inserto en la Universidad Nacional. En esta etapa de su vida, impulsó la música de cámara entre sus alumnos y ofreció conciertos respaldados por el departamento de Extensión Universitaria, en los que predominaba la música de Franz Liszt y César Franck, este último representante del posromanticismo. Era tan fuerte su peso y legado que su orquesta se presentaba con el nombre de “Agrupación de Música de Cámara del Maestro Meneses”, ante lo cual la rectoría tuvo que emitir el Acuerdo núm. 3 (1926), en el que se le solicitaba que la publicidad fuera para la “Agrupación Universitaria de Música de Cámara”.

El 20 de abril de 1928, la Universidad Nacional, las amistades y antiguos alumnos de Meneses le organizaron un festival-homenaje en el Teatro Arbeu, por sus muchos años de servicio en el Conservatorio. El programa incluyó piezas de Grieg y Strauss, interpretadas al piano por sus discípulas María García Genda y Magdalena Díaz, además de que se contó con la participación de la orquesta de alumnos del Conservatorio dirigidos por el maestro José Rocabruna, interpretando la Sinfonía Patética en Si menor de Tchaikovsky.

Meneses murió a los 65 años, impartiendo una cátedra en el conservatorio. Se apagó la luz de uno de los más brillantes maestros de la institución; parafraseando a la maestra Alba Herrera y Ogazón, fue “un poderoso educador estético del público mexicano”.

Carlos Chávez. Impulsor de la orquesta Sinfónica Nacional y el INBA

Carlos Chávez, ca . 1940, inv. 13040. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Carlos Chávez, ca . 1940, inv. 13040. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Carlos Antonio de Padua Chávez y Ramírez (1899-1978), originario de la ciudad de México, autodidacta, se formó tomando clases desde los diez años con los prestigiados y virtuosos maestros Manuel M. Ponce y Pedro Luis Ogazón. Su primer contacto con la música fue a través de lecciones con su hermano Manuel Chávez y con la maestra Asunción Parra. Chávez, influenciado por su interés en la música folclórica, en sus frecuentes visitas a Tlaxcala entró en contacto con la música autóctona. A diferencia de su maestro Manuel M. Ponce –quien le impartía lecciones en su piano vertical color marfil–, sintió más atracción por esta música que por la mestiza y popular. En 1921 compuso El fuego nuevo, obra para ballet, por encargo de José Vasconcelos, y sugerida por el filósofo dominicano Pedro Henríquez Ureña. Esta obra se basaba en un relato azteca, y no fue estrenada sino hasta 1930. El nacionalismo musical que se impulsó a través de sus composiciones pretendió partir de elementos de la música indígena con una amplia libertad de procedimientos.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • CAMACHO BECERRA, ARTURO (coord.), Enseñanza y ejercicio de la música en México, México, CIESAS, 2013.
  • BERISTÁIN CARDOSO, JOSÉ ANGEL, “La orquesta del Conservatorio en el seno de la Universidad Nacional (1917-1929)”, Revista Iberoamericana de Educación Superior, 2019, en https://www.ries.universia.unam.mx/index.php/ries/article/view/352/1136.
  • MORENO GAMBOA, OLIVIA, Una cultura en movimiento. La prensa musical de la ciudad de México (1866-1910), México, UNAM/INAH, 2009.
  • SUÁREZ DE LA TORRE, LAURA, Los papeles para Euterpe. La música en la ciudad de México desde la historia cultural. Siglo XIX, Instituto Mora, México, 2014.
  • Escuchar la Orquesta Sinfónica Nacional, Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México.
  • Visitar el Conservatorio Nacional de Música, Ciudad de México.
  • Visitar el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical “Carlos Chávez”, en el Centro Nacional de las Artes, Ciudad de México.

La formación del adolescente mexicano

Ivonne Meza Huacuja
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Con objetivos diferentes, durante el porfiriato y el proceso posrevolucionario los jóvenes pasaron a ocupar un lugar preponderante de caras al futuro de un país que apostaba por insertarse en el mundo. Las pedagogías estadounidense y francesa fueron el punto de encuentro que propició su despegue.

Alumnos de secundaria del Colegio Francés, 1928. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Alumnos de secundaria del Colegio Francés, 1928. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Aunque el término adolescencia puede encontrarse desde la antigüedad, no gozó de gran difusión sino hasta mediados del siglo xix, cuando fue redefinida a partir de los “descubrimientos” realizados por médicos, psicólogos y pedagogos estadunidenses. A grandes rasgos, el nuevo concepto resaltaba, como propios de los individuos de entre 11, 12 hasta 18 o incluso hasta 25 años (el rango de la edad cronológica variaba entre los autores), algunas características consideradas peligrosas para el orden social. Además de las transformaciones fisiológicas de la edad, la adolescencia fue descrita como un periodo de alteraciones, donde la rebeldía, el instituto gregario, el impulso sexual, así como la propensión al vicio justificaban su subordinación a la autoridad adulta y a instituciones especializadas en su tratamiento. A pesar de que esta nueva definición fue producto de la ideología protestante, de las transformaciones sociales y de la expansión de las ciudades en los Estados Unidos, fue recogida por autoridades y especialistas en otros países, y adaptadas a las expectativas, necesidades políticas y sociales de sus nuevos contextos.

Prototipos

Los esfuerzos por la reconfiguración de México como una nación moderna durante el porfiriato y los gobiernos de la posrevolución tuvieron efectos decisivos en la adopción y configuración de las nociones de adolescencia y de los prototipos de adolescentes en el país. Varios actores nacionales e internacionales intervinieron, con distintos significados sobre la adolescencia y los adolescentes, en profunda concordancia con nociones de ciudadanía propias de sus respectivas comunidades. Ministros católicos, normalistas, educadores, psicólogos, médicos y jóvenes estudiantes respondieron a los ideales de sus grupos de afiliación y sus proyectos religiosos, sociales y políticos a futuro. Posteriormente, juristas, partidos políticos, empresarios y medios de comunicación configuraron nuevos significados que coadyuvaron a la constitución de una vasta gama de significados sobre los adolescentes en nuestro país.

Aunque el término moderno y científico de adolescencia fue introducido en México por diversas vías, el papel de los misioneros protestantes resultó fundamental para su adopción y aplicación en el ámbito educativo a finales del siglo XIX y principios del XX. Además de pretender la adhesión de nuevos feligreses (y constituirse como fuerza que pudiera contener al catolicismo), a través de las misiones se buscó la regeneración de la sociedad mexicana por medio de la educación y la introducción de valores democráticos. Los adolescentes, constituyeron un sector que capturó la atención de estas congregaciones. Uno de los ejes fundamentales de su doctrina era el de la consciencia individual (individuos autónomos capaces por si mismos de decidir e intervenir en su propio destino) el cual concordaba (o incluso había inspirado) con algunos postulados de la psicología experimental con respecto a la adolescencia considerada como un periodo de autoexploración y formación de una identidad propia.

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Alumnas del colegio Franco-mexicano, ca. 1929. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Para alcanzar su cometido las agrupaciones protestantes se empaparon con las investigaciones psicológicas, pedagógicas y médicas sobre los adolescentes y crearon instituciones especializadas en su formación física e intelectual como la YMCA, que ganó popularidad en México incluso entre jóvenes de familias católicas. De igual forma, destacados pedagogos como Andrés Osuna, Moisés Sáenz, José U. Escobar practicaron el protestantismo y fueron educados en escuelas normalistas de México y Estados Unidos. El gobierno de Porfirio Díaz recibió aquellas con beneplácito, pues constituían un símbolo de modernidad y cosmopolitismo para el país que proyectaba.

No resulta una coincidencia que, en la capital del país, la Escuela Nacional Preparatoria (ENP), formadora de los futuros dirigentes del país, constituyera una de las primeras instituciones de educación formal que adoptara los conocimientos científicos sobre la adolescencia para transformar los programas de estudio. Desde su fundación en 1868, su orientación privilegiaba la enseñanza de las ciencias sobre las disciplinas humanísticas y desterraba los temas religiosos.

Posrevolución

Durante las siguientes décadas, como parte de la reorganización gubernamental posrevolucionaria, resurgió un creciente y paulatino interés por los adolescentes y la adolescencia
que incitó una serie de querellas por parte de distintos grupos antagónicos por el control de la formación de los futuros ciudadanos, observados como actores, líderes y defensores de los distintos proyectos de nación. La jurisdicción sobre la ENP, de los contenidos y la (in)disciplina de sus alumnos fue objeto de disputa entre las autoridades de la Secretaría de Instrucción Pública y luego, en 1921, de la Secretaría de Educación Pública (SEP), con los directivos y alumnos de la Universidad Nacional, discrepantes de la intromisión gubernamental en decisiones consideradas de dominio propio. Los gobiernos posrevolucionarios consideraron a la ENP como reducto de la élite porfirista, la falta de apoyo de la mayoría de sus alumnos a la lucha revolucionaria e incluso su oposición a algunos proyectos culturales posrevolucionarios, como la destrucción de algunos murales en 1923 en el edificio de la preparatoria, contribuyeron a los fallidos intentos gubernamentales por su sujeción. Fue en 1926 cuando la ENP fue dividida en dos instituciones, los primeros tres años pertenecieron a la recién fundada escuela secundaria administrada por la SEP, mientras que los últimos dos permanecieron en manos de la Universidad.

Autoridades de la SEP, como el subdirector Moisés Sáenz, justificaron la creación de las secundarias argumentando la necesidad de establecer una escuela que respondiera a las capacidades intelectuales de los adolescentes. Basándose en pedagogos estadounidenses y franceses, así como en las junior high school del vecino país del norte, maestros y psicólogos mexicanos advertían preocupados el cambio abrupto entre los contenidos de la denominada escuela primaria superior y de la ENP y la alta exigencia de esta última, situación que representaba un estrés excesivo en los adolescentes que podría tener consecuencias en su correcto desarrollo físico y en la estabilidad emocional durante su adultez. Finalmente, se argumentó la falta de control de los maestros sobre los adolescentes de la ENP, así como los constantes abusos de los alumnos de mayor edad hacia los pequeños para justificar la mencionada separación.

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Las señoritas del XIX, ¿aprenden ciencia?

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

El primer paso para integrar a las mujeres a la educación fue la lectura. Los hombres, quienes eran los que decidían, produjeron para ellas publicaciones de corte científico, sin tecnicismos y de temas cotidianos del entorno, destinadas a difundir el conocimiento.

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Pensar en la vida cotidiana de las mujeres de cierto nivel social que vivieron en la primera mitad del siglo XIX en México nos lleva a mirarlas entre su casa y la iglesia, siendo modelo de perfección como esposas y madres; compensando las necesidades de otros, acompañando a los otros, dando vida a otros, educando a otros y, en último lugar, satisfaciendo sus inquietudes personales. A las mujeres de entonces se las visualizaba por su relación con terceros, dedicando el mayor tiempo a los cónyuges, a los hijos y a sus padres y por lo mismo su misión se reducía a cumplir ante todo con sus deberes conyugales, maternales y filiales. No obstante, tenían derecho a algunos distractores como la costura, el dibujo, el piano, las lecturas piadosas y de entretenimiento, el baile, actividades todas que les servían para llenar las horas muertas, y formaban parte de su cotidianidad, pero que, a fin de cuentas, obstaculizaban su desarrollo, pues el objetivo no era ampliar su capacidad intelectual y laboral, sino simplemente otorgarles otras virtudes que sirvieran para ser “mujeres perfectas”.

Frente a esta visión, existió la inquietud de otorgarles alguna instrucción. Fue en el siglo XIX cuando surgió un interés por su educación que involucró a distintos actores sociales: los padres, los religiosos, los políticos, los impresores-editores, los maestros e, incluso, las mujeres mismas. Y un instrumento para su instrucción fue la lectura.

Durante mucho tiempo, la lectura para las mujeres estuvo enfocada al aprendizaje del catecismo y a la formación moral; leían por tanto los elementos de la doctrina cristiana, las vidas de los santos, los sermonarios, las oraciones, etc. y alguna que otra novelita con el peligro de caer en la depresión pues la joven alegre que se había dedicado a la lectura de romances y novelas podía perder la razón hasta hacerla infeliz e incluso llevarla al suicidio, como señalaba el Semanario de las Señoritas Mejicanas de 1841. Las mujeres, como se ve, tenían un horizonte cultural limitado, si lo pensamos a través de sus lecturas.

Esta situación tendería a cambiar. Los impresores-editores de la primera mitad del XIX en la ciudad de México lanzaron distintos proyectos de publicaciones para las mujeres y buscaron incorporar nuevos contenidos que sirvieran para su educación. En los preámbulos y advertencias ofrecían los motivos por los cuales se interesaban en ellas, al tiempo que expresaban que, a través de esos medios, fácilmente podrían propagarse los conocimientos para que superaran la ignorancia.

Sin sacarlas de su entorno natural, el hogar, las féminas fueron ampliando las ofertas de lectura gracias a los distintos proyectos editoriales –tomados de modelos franceses y españoles– que se lanzaron en el México de esa etapa y que las pusieron en concordancia con las mujeres de otros países de Europa. Proyectos que surgieron en relación con sus necesidades, pero también en función de la competencia que surgió en el ámbito de las ediciones y que empujó a los editores a buscar aquellas fórmulas que atrajeran su atención. Así surgieron impresos como el Calendario de las Señoritas Megicanas (1838-1843), Semanario de las Señoritas Mexicanas (1842-1843), Panorama de las Señoritas Mejicanas (1842), Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas Mejicanas por Cumplido (1847 y 1852), Semana de las Señoritas Mexicanas por Cumplido (1850-1852). Con páginas bellamente impresas, temas interesantes e ilustraciones atractivas, las revistas lograron atraer su mirada. Los responsables de hacerlas fueron los talleres de Mariano Galván, Vicente García Torres, Juan R. Navarro e Ignacio Cumplido. Y fueron ellos los que consideraron que la ciencia podría interesarles.

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Fórmula Matemática

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

FotA?grafo JosAi?? Bustamante ValdAi??s, Francisco Escudero, Escuela primaria NA? 7, Pachuca, Hidalgo, 1909. Col. RamA?n Aureliano AlarcA?n

Fotógrafo José Bustamante Valdés, Francisco Escudero, Escuela primaria NA? 7, Pachuca, Hidalgo, 1909. Col. Ramón Aureliano Alarcón

Las matemáticas no puede decirse que tengan buena prensa. Desde la niñez siempre han sido un quebradero de cabeza. Cuando se evalúa la educación de los hijos en casa, en la propia escuela o el mismo país siempre están allí para recordarnos que son la insignia que marca el horizonte. Por eso cuesta tanto formar ingenieros, transforman en imperiosa la necesidad de los contadores y nos dicen que sin conocerla a fondo no hay prosperidad posible. Pero siempre habrá un imprescindible maestro Francisco Escudero Hidalgo que pueda hacernos más legible el camino para domarlas y convivir con sabiduría con ellas.

La profesión de educar ha de ser una de las más nobles de las que nos rodean. Da todo sin pedir nada a cambio más que atención, no persigue el dinero, desalienta la fama y deja huellas imborrables en la memoria. Se puede educar al aire libre y hasta sin necesidad de pupitre. La nobleza está en transmitir el conocimiento.

Escudero Hidalgo daba clases como las de la imagen en el Hidalgo de 1909, y llevaba muy en las entrañas la enseñanza. Dirigió escuelas en su estado, Tlaxcala y el Distrito Federal, participó en debates nacionales sobre educación y también escribió textos sobre pedagogía e historia. A juzgar por el porte y su actitud directriz hacia la fórmula matemática del pizarrón, sin duda habría validado con creces el más complejo de cualquier examen de evaluación. Y sus doce atentos y atildados alumnos, a los que ni un mosco intentaría interrumpirlos, seguramente hubiesen superado con prestancia cualquier prueba ENLACE. Sólo la ausencia de niñas hace imperfecto el momento que captó el fotógrafo José Bustamante Valdés.

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El dibujo se populariza en el siglo XIX

María Esther Pérez Salas C.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

La proliferación de la enseñanza del dibujo fue mucho más allá que formar a grandes artistas. Se impuso en distintos estratos sociales, y entre niños y mujeres, de la mano de maestros extranjeros. Las clases personalizadas y los manuales fueron las claves para el aprendizaje.

La pintura. De una revista del siglo XIX. Col. Ma. Esther PAi??rez Salas

La pintura. De una revista del siglo XIX. Col. Ma. Esther Pérez Salas

Tanto en Europa como en México, se consideró desde finales del siglo XVIII que la enseñanza del dibujo era fundamental para el buen ejercicio de cualquier actividad. No importaba si el alumno se interesaba por el arte o la artesanía, o por estudiar medicina, abogacía o ciencias. Lo transcendental era que mediante el dibujo se expresaba el gusto por la belleza el cual llevaría a perseguir grandes ideales.

Desde el punto de vista escolarizado, en un principio se destacó que mediante el dibujo se desarrollaba la capacidad de observación y el pensamiento abstracto en apoyo del conocimiento científico, pero en poco tiempo la práctica del dibujo adquirió una dimensión más amplia, al convertirse en parte de una cultura general. De ahí que, además de las clases que se impartían en la Academia de San Carlos, destinadas a los futuros artistas del país, empezaron a proliferar cursos y manuales para aquellos que querían acercarse al dibujo de una manera menos especializada.

Una de los primeros acercamientos fue a través de los cursos impartidos por maestros que se anunciaban en los periódicos. La mayor parte de ellos eran artistas extranjeros que se ofrecían como retratistas, pero que encontraron en la enseñanza del dibujo una manera de subsistencia. Para atraer mayor clientela, aseguraban que el alumnado obtendría en breve tiempo importantes avances.

En otros casos, las clases de dibujo formaban parte de un programa educativo más completo, ya que se complementaba con cursos de lengua francesa, geografía, historia y religión cristiana. Dado que no se contaba con establecimientos específicos para la enseñanza, por lo general las clases se impartían en los domicilios de los maestros.

Las alumnas de la clase de dibujo del Colegio de NiAi??as del Estado de Tlaxcala dedican esta colecciA?n a su digno fundador el seAi??or J. Mariano Grajales como un recuerdo de gratitud, Tlaxcala, 1886

Las alumnas de la clase de dibujo del Colegio de Niñas del Estado de Tlaxcala dedican esta colección a su digno fundador el señor J. Mariano Grajales como un recuerdo de gratitud, Tlaxcala, 1886

Autodidactas

Pero en el siglo XIX también fue posible aprender dibujo de manera autodidacta con el apoyo de manuales que comenzaron a circular a partir de 1840. Sólo se requería tener ciertas habilidades y seguir las indicaciones puntualmente, sin necesidad de un maestro.

En sus inicios, los manuales que circulaban en México fueron traducciones de los que circulaban en Francia, como el Manual del dibujante, de Aristide Perrot, que ofrecía adquirir en tan sólo seis meses, las destrezas de un alumnos con dos años de estudio. Con tal aseveración, se ponía de manifiesto que resultaba mucho más productivo aprender el dibujo a partir de los principios fundamentales establecidos en el texto, en lugar de los métodos tradicionales de copiar los modelos sin reglas que guiaban al discípulo.

Figuras planas, en Semanario de las seAi??oritas mexicanas, MAi??xico, Vicente GarcAi??a Torres, 1841-1852

Figuras planas, en Semanario de las señoritas mexicanas, México, Vicente García Torres, 1841-1852

Este manual fue uno de los más exitosos de su época. Estaba dividido en cuatro grandes rubros: dibujo de delineación a simple vista, dibujo natural que comprendía figura humana y paisaje, dibujo de topografía y máquinas e instrumentos para dibujar. Además de incluir dos secciones novedosas como eran el paisaje y los instrumentos de dibujo, en cada uno de los apartados de cada sección había una buena cantidad de ejercicios. Además, se proporcionaba una serie de consejos como nociones sobre los huesos, músculos y movimientos del cuerpo humano, cómo elegir el sitio para realizar un paisaje natural, o información sobre los instrumentos, papeles, colores y elaboración de dibujos topográficos. En pocas palabras, cumplía cabalmente con las características de una publicación para aprender de manera autodidacta, ya que en un solo ejemplar se contaba con la información y ejercicios necesarios.

Tal fue el alcance de estos manuales que por todos los medios se buscó darlos a conocer. Los Calendarios, publicaciones de formato pequeño pero de tirajes muy alto que era habitual encontrar en las casas mexicanas del siglo XIX, fueron importantes para su difusión. Eran la guía para todas las actividades del año, desde saber los días de ayuno o los obligatorios de asistir a misa, así como para consultar el santoral y dar nombre al recién nacido. En el Décimocuarto calendario de Abraham López, se incluyó para 1852 la traducción del manual Elementos de dibujo natural, publicado por el inglés Rudolph Ackermann y traducido por José de Urcullu. Además del texto, a través de quince imágenes se mostraba paso a paso este método de dibujo, que hacía hincapié en los ejemplos de las proporciones del cuerpo y sus partes. También explicaba el tratamiento de las sombras y el ropaje.

Otro medio a partir del cual también se tuvo acceso a los distintos métodos de dibujo fueron las revistas literarias, las cuales estaban dirigidas a niños y mujeres de las clases medias y altas de la población, como Diario de los niños y Semanario de las señoritas mejicanas. Su principal objetivo era brindar instrucción de forma amena.

Público femenino

Ahora bien, a pesar de que se podría pensar que en las revistas para niños fue donde más se insertaron temas sobre el dibujo, en realidad ese lugar lo ocuparon las revistas femeninas que fomentaron con mayor insistencia que las lectoras jóvenes se acercaran.

En efecto, de acuerdo con el concepto de educación orientado a la mujer, se consideraba que el dibujo constituía parte importante en la formación de cualquier joven, aunque no se fuera a dedicar a la pintura. En el siglo XIX estaba mal visto que una mujer acudiera a clases en las academias de arte, por lo cual se les ofrecía la posibilidad de aprenderlo con maestros particulares o a través de las revistas literarias.

Portada libro francAi??s de dibujo, Ai??cole de dessin. Col. Ma. Esther PAi??rez Salas

Portada libro francés de dibujo, école de dessin. Col. Ma. Esther Pérez Salas

El dibujo era una herramienta muy útil para el desarrollo de las manualidades, en especial para el bordado, de ahí que en las publicaciones no faltaban artículos y estampas dedicadas a este aprendizaje. Sobre todo aquellas en las que se ofrecían las bases para aumentar o reducir una imagen sin perder la proporción, o bien para dar volumen a una figura mediante técnicas de sombreado. A pesar del objetivo meramente práctico y de adorno que se confirió a la instrucción del dibujo entre la población femenina, muchas perfeccionaron sus habilidades y llegaron a convertirse en excelentes artistas.

En relación a los niños, a mediados del siglo XIX quedaron establecidas dentro del ámbito escolar las bondades del aprendizaje del dibujo, por lo que se publicaron métodos y manuales para su práctica en las aulas. Pero, al mismo tiempo, se editó gran número de cuadernos de dibujo para que los infantes se acercaran a la actividad de manera lúdica, libre y directa. Libros con temas atractivos y tonalidades vistosas atraían a los pequeños a colorear siluetas, copiar figuras sencillas o seguir cuidadosamente los puntos marcados en cuadernos especiales. Estos materiales fueron importantes para desarrollar en la población infantil el interés por el dibujo, a la vez que se sentaban las bases para una enseñanza escolarizada.

Sea cual fuere la vía a partir de la cual la sociedad decimonónica mexicana aprendió a dibujar, lo que queda claro es que en el siglo XIX prevaleció un interés por aprender una manera gráfica para expresarse, hacerse de una herramienta para sus actividades cotidianas, así como contar con un medio para apreciar la naturaleza. En este sentido, el dibujo fue el elemento aglutinador que permitió que se pudieran llevar a cabo estas premisas.

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Para saber más

  • Consultar revistas dirigidas a la mujer en el siglo XIX: http://xurl.es/tgdki

 

Una revuelta estudiantil en 1858

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

El Colegio de Minería fue escenario de protestas por el golpe de Estado del general Félix María Zuloaga que obligó a cerrar sus puertas durante diez días. Hubo sancionados y expulsados hasta que los estudiantes se retiraron en bloque de la institución. Sólo quedaron catorce

Felix Zuloaga. MAi??xico a travAi??s de los siglos, MAi??xico, BallescA? y compaAi??Ai??a, 1887-1889

Felix Zuloaga. México a través de los siglos, México, Ballesó y compañía, 1887-1889

Las protestas estudiantiles han sido parte de nuestra historia. Sin embargo, conocemos poco de ellas, a excepción del movimiento universitario de 1968. Un ejemplo fue la ocurrida a raíz del golpe de Estado que en enero de 1858 entregó el Poder Ejecutivo al general conservador Félix María Zuloaga en la capital del país y obligó a los liberales presididos por Benito Juárez a refugiarse en el puerto de Veracruz.

En efecto, mientras tropas de ambos bandos combatían con denuedo en distintos puntos del territorio, en la ciudad de México muchos jóvenes procedían como quinta columna del Partido Liberal y trabajaban y urdían planes a su favor. Sabemos por Ignacio Manuel Altamirano, quien entonces era profesor en el Colegio de Letrán, y lo relataría 30 años después, de las reuniones celebradas en secreto en algunos cuartos del Colegio de Minería o la Escuela de Medicina por escritores y estudiantes. Constituían focos de conspiración en que mantenían el fuego revolucionario Francisco Prieto (hijo de Guillermo); Mariano Degollado (hijo de D. Santos); Ignacio Arriaga (hijo de Ponciano); Juan Díaz Covarrubias y Juan Mirafuentes.

Por el mismo Altamirano sabemos que los participantes se dispersaron poco a poco. Unos prefirieron ocultarse, pero otros fueron desterrados, se sumaron al ejército de Juárez o permanecieron en la capital y padecieron la falta de libertad políica que se respiraba entonces hasta en la atmósfera. Fue así que tuvieron que conformarse con la intriga, la escritura de hojas liberales y su impresión clandestina.

Pedro Gualdi, Colegio de MinerAi??a, Monumentos de MAi??xico, MAi??xico, Decaen, 1841

Pedro Gualdi, Colegio de Minería, Monumentos de México, México, Decaen, 1841

Cómo pudo expresarse esta protesta en el Colegio de Minería, donde reinaban un rígido orden jerárquico y gran disciplina, y donde los jóvenes no querrían arriesgarse a ser expulsados? Si bien la consumación de la independencia había significado la intervención del Poder Ejecutivo en sus asuntos internos y la pérdida de autonomía presupuestal, la institución fundada en el siglo XVII para formar peritos en la dirección y administración de las minas y haciendas de beneficio, gozaba aún de gran renombre. Egresar de allí después de seis años en sus aulas y prácticas in situ, conllevaba prestigio.

El reglamento era estricto y sometía a los alumnos a una férrea disciplina. Los directivos –el capellán, entre otros– se preocupaban por la conducta de alrededor de 300 colegiales de entre 14 y 21 años de edad, tanto como de atender a su educación cristiana y buenas costumbres, y dividían estrictamente su tiempo entre prácticas religiosas, cursos, horas de estudio, comida y descanso. Las actividades daban inicio a las seis de la mañana y terminaban alrededor de las diez de la noche. Los domingos y días de fiesta, después de cumplir con sus deberes cristianos, los jóvenes podían salir de paseo y/o reunirse con sus familiares.

Los testimonios que siguen nos ilustran al respecto y nos permiten apreciar el valor y la resolución de los revoltosos en 1858. Uno de ellos procede de los Datos para la historia del Colegio de Minería recogidos y compilados bajo la forma de efemérides por el antiguo alumno, el ingeniero de minas Santiago Ramírez (1890). El otro -intercalado en letras cursivas para dar más sentido a la narración fue tomado del Libro en que constan los castigos impuestos a los alumnos del Colegio de Minería, resguardado en el Archivo Histórico de la Ciudad de México.

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1858

Enero 7.- Se verifica la apertura de las clases. [...]

Marzo 1.- En la Sala de Actos, en presencia de los profesores, empleados y alumnos, toma posesión de la dirección del Colegio, el señor don Joaquín Velázquez de León, quien en breve discurso desarrolla el programa que se propone seguir, de moralidad y progreso. [...]

Mayo 31.- Comienza una tanda de ejercicios espirituales en la Casa de la Profesa, dada expresamente para los alumnos del Colegio, y dirigida por los RR. PP. don Gil Alamán y don Felipe N. de Barros. Entran, además de los alumnos en número de 68, el director don Joaquín Velázquez de León, el capellán presbitero don Patricio Pevidal y los profesores don Joaquín Mier y Terán, don Patricio Murphy, don Diego Velázquez de la Cadena y don Juan C. Barquera. [...]

Junio 1A?.- Por su conducta irreligiosa son expulsados de la Casa y del Colegio, tres alumnos. [...]

Junio 9.- Salen los alumnos de ejercicios, y son obsequiados con un banquete que se sirve en el comedor del Colegio, al que asisten todos los profesores. [...]

Julio 17.- En la hora de recreación que sigue a la última distribución de la noche, algunos alumnos hicieron una manifestación política con marcado desorden, que el vice-prefecto de estudios don Javier Stávoli se apresuró a contener, imponiendo a los cinco alumnos promotores uno de los castigos de reglamento, que se negaron a obedecer, apoyados por uno de los jefes de la sección.

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Ponciano Arriaga: sus años formativos

Sergio A. Cañedo Gamboa – El Colegio de San Luis

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

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A pesar de sus valiosas contribuciones a la vida política y constitucional de México, Ponciano Arriaga Leija es un personaje poco conocido por los mexicanos y de menor interés para nuestra historiografía mexicana. Tal desconocimiento y desinterés es injusta pues él contribuyó a la instauración por el gobierno, en 1846, de las Procuradurías de Pobres, las cuales defendían a los desvalidos y demandaban la reparación de cualquier exceso, agravio o maltrato que los poderes judicial, político o militar o cualquier autoridad, funcionario o agente público cometiera en su contra, y en 1857, en el marco del Congreso Constituyente, su voto particular sobre la propiedad de la tierra promovió, entre otros aspectos, la división de los latifundios, la prohibición de las adjudicaciones de tierra a las corporaciones religiosas, cofradías o manos muertas, e insistió en que el fruto del trabajo de la tierra debiera pertenecer a los trabajadores, siendo fundamental para la integración y el enfoque que se le dio en la Constitución proclamada en ese mismo año y tuvo incluso influencia importante en la de 1917.

Dado que en 2011 se celebran los 200 años de su nacimiento, este texto propone contribuir a su conmemoración, centrándose en sus años formativos más que en sus ya conocidas aportaciones. Nuestro interés por explicar las tres primeras d´wcadas de la vida de Ponciano Arriaga, décadas fundamentales en su carrera como abogado, político e intelectual, así como sus acciones en el escenario potosino deriva de que en este tiempo adquirió el conocimiento, la experiencia y las habilidades que lo impulsaron del escenario público de su ciudad natal a escenarios de transcendencia nacional. En efecto, hacia finales de la década de 1840, Ponciano Arriaga dejaría San Luis Potosí con destino a la ciudad de México, si bien residiría también en otras ciudades del país donde ocupó posiciones de importancia e, incluso sus opiniones políticas lo forzaron al exilio por unos meses, en Estados Unidos, durante la década de 1850. Regresó a México, donde reanudaría su carrera pública, y a su patria chica en 1865, año en que adquirió una pequeña casa en la céntrica calle del Arenal, donde murió el día 12 de julio.

John Phillips, San Luis Potosí, Londres, 1848 (480x315)

El momento en que se dio su nacimiento y su vocación y filiación política ubican a Ponciano Arriaga temporal e ideológicamente dentro de la llamada generación de la Reforma. La mayoría de los integrantes de esta generación nacieron, como él, pocos años antes o después del principio de la guerra de Independencia de 1810, y hacia el final de la década de 1820 e inicios de la siguiente recibieron su educación en los recién fundados colegios de estudios mayores, tales como el Guadalupano Josefino en San Luis Potosí y el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, entre otros. Aquellos estudiantes que fueron más inquietos y con mejores dotes para la vida pública se incorporaron muy pronto y en forma decidida como actores del proceso de formación del estado mexicano, participando en la vida política e intelectual de algunas ciudades provinciales mexicanas desde los ayuntamientos y los congresos de los estados. Con el paso de los años, hacia las décadas de 1840 y 1850, todos ellos, en su edad madura, es decir, entre sus 30 y 40 años de edad, comenzaron a trascender a nivel nacional.

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Mujer de altos vuelos

María de los Ángeles Avelar Mayer
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #16

A?ngel ZA?rraga: NiAi??a aprendiendo la historia, 1927

Si bien durante el siglo XIX la paulatina inserción de la mujer dentro de ciertos campos como el académico o el laboral (restringido a ciertas áreas), como el magisterio fue aceptada, el que dejase en un segundo plano las tareas domésticas continuó siendo duramente rechazado por la sociedad; en este sentido, se le permitió desarrollarse personalmente siempre y cuando satisficiera primero las necesidades de los otros. Pero no todas las mujeres estuvieron totalmente de acuerdo con los cánones que se les imponían ni con la continuidad de las estructuras tradicionales que condicionaban el crecimiento personal al estricto ejercicio de los roles que les habían sido designados. Una de estas mujeres fue la tabasqueña Dolores Correa Zapata, maestra y escritora que si bien reconoció como primordiales las labores de esposa y madre, también comprendió que no todas las mujeres estaban interesadas en ejercerlas y por lo tanto consideró fundamental dotar de herramientas a sus congéneres que buscaban tener otra forma de vida. Demos un breve vistazo a la vida de esta gran mujer.

Dolores Correa Zapata nació el 23 de febrero de 1853 en Teapa, Tabasco. Fue la única hija de Juan Correa y María de Jesús Zapata; le precedían tres hermanos, Alberto, Armando y José. En 1863, ya instaurado el Segundo Imperio, llegaron a Tabasco tropas francesas lo que quizá obligó a Juan Correa, hombre de ideas liberales, a huir a la isla de Cuba en busca de asilo político en tanto que Dolores, junto con su madre y sus hermanos, salió de Tabasco para irse a vivir con la familia de su padre, los Correa Zavala, a Mérida, Yucatán.

Laureana Wright de Kleinhaas

Es en esta tierra donde Dolores pasó toda su infancia y parte de su juventud. Influenciada por sus primas Gertrudis Tenorio Zavala y Cristina Farfán, quienes más tarde serían poetisas y periodistas de suma importancia, adquirió un amor profundo por las letras y la instrucción femenina. Como parte de una familia con recursos económicos modestos, pero no escasos, recibió educación con maestros privados (tal y como se estilaba en la época).

En 1868, a poco de caer el segundo imperio, su padre regresó a México y la familia volvió a Teapa, lugar donde, junto con su hermano Alberto, sería enviada a la escuela local. Poco tiempo después la familia se trasladó a la capital tabasqueña donde Dolores ingresaría al instituto Superior de San Juan Bautista. Este suceso marcaría la formación académica de Lola ya que durante el siglo XIX, si bien empezaban a darse los primeros movimientos de emancipación femenina en América (muchos de ellos influenciados por la ilustración), que abogaban por un proyecto educativo que contemplase una instrucción más completa para las mujeres, en México la educación femenina se encontraba aún muy rezagada.

Diego Rivera, Picos e Inesita, 1928

Dolores, como algunas mujeres educadas de la clase media, se incorporó rápidamente al magisterio. A los veintidós años ya fungía como maestra de educación primaria en Tabasco. Tal vez la insuficiencia de escuelas para niñas en la región fue lo que la inspiró para la construcción del Colegio María (nombrado así probablemente en honor a su madre). El día en que inauguró dicha institución dirigió las siguientes palabras al alumnado:

No penséis en quiméricas glorias
La ventura del alma buscad
Que las galas del mundo ilusorias
Amarguras tan sólo nos dan, hermosas
Si queréis vuestras sienes
De brillantes laureles ornar
Si queréis de la vida, dichosas
Vuestras horas serenas pasar
Que el amor al trabajo os dirija
Por la senda preciosa del bien,
Escribid en el lema que os rija,
“La niña Dios, familia, conciencia, deber.”

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Memoria de mi infancia

Ana Rosa Suárez A.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12. 

La historia de la infancia mexicana ha merecido pocos estudios. Si bien el campo se ha abierto en los últimos años y cuenta ya con varios trabajos de nivel académico excelente, éstos se concentran, sobre todo, en los niños del Porfiriato y la Revolución mexicana. En tal sentido, el testimonio que ofrecemos a continuación tiene un gran interés, pues aborda la vida de Joaquín Moreno, quien sufrió los efectos del abandono de su padre, cuando éste se incorporó a las filas de la guerra de Independencia y su hijo era aún tan pequeño que a su vuelta no lo pudo reconocer, de la prematura muerte de la madre, agobiada por las carencias y el cuidado de varios hijos, que entonces comenzaron a rodar de casa en casa, entre familiares o conocidos.

¿Quién era Joaquín Moreno? Un desconocido, uno de tantos mexicanos que pasaría inadvertido de no ser porque gustaba de llevar un diario y éste no fue destruido a su muerte, sino que cambió de mano en mano hasta ir a dar a un puesto de libros viejos. Allí lo descubrió un bibliófilo, quien permitiría su publicación por Genaro Estrada, entonces director del Archivo Histórico Diplomático Mexicano en el año de 1923. Sabemos así que Moreno llegó a ser el escribiente de la legación de México en Francia cuando Lorenzo de Zavala fue el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario del primer gobierno de Antonio López de Santa Anna (1833-1835). Sus anotaciones de ese lapso ofrecen la mirada viajera de un mexicano sobre Nueva York, París y Roma y se extienden hasta marzo de 1835, cuando regresó al país. Moreno se pierde después en las tinieblas de la historia, pero antes nos proporcionó, sin quererlo, y por lo mismo fresco y auténtico, un relato de los negocios de tierras texanas de Zavala, que explican las razones por las cuales se convirtió en el primer vicepresidente de Texas, la conocida entonces como Repíblica de la Estrella Solitaria.

Joaquín Moreno había nacido en la villa de Jalapa, intendencia de Veracruz, hacia 1808. Al quedar huérfano de madre y sin aparecer el padre, fue recibido por un pariente, quien le educó con gran severidad. Sin recursos, estudió como colegial de beca, hasta que pasó a la tutoría de su cuñado, que le trataba muy mal. El regreso de su progenitor, al término de la guerra de Independencia, no le significaría alivio alguno, hasta que, con aproximadamente unos 18 años de edad, él decidió tomar las riendas de su vida y comenzó a trabajar.

El fragmento que presentamos a continuación forma parte del titulado Diario de un escribiente de legación, uno de los escasos testimonios existentes acerca de la vida de un niño de clase media durante la década de la insurgencia y los primeros años del México independiente. Ilustra la vida de un pequeño que, por la ausencia y la irresponsabilidad del padre, enfrentó no sólo una situación socioeconómica difícil, sino abandono y maltrato. No obstante tuvo la oportunidad de estudiar, siendo la escuela el eje de su vida, siempre con referencia a la iglesia: clérigos, jesuitas, mercedarios, etcétera. Oigamos pues a Joaquín contándonos su historia, cuando era un joven escribiente de legación.

Detalle de ex voto siglo XIX

[...] Qué vida tan llena de aventuras la mía y cuán incierta ha sido siempre mi suerte. Tuve la desgracia de ser hijo de padres pobres; en lo más tierno de mi infancia, a los dos años, quedo abandonado del autor de mis días, lo mismo que madre y tres hermanas niñas, porque le fue indispensable reunirse a las filas americanas en que estaba tan comprometido. ¿Qué de trabajos no soportó mi madre hasta su última hora por procurar a sus hijos una miserable subsistencia y muy mediana educación! El peso de tantos trabajos, aunque en los últimos años ya le prestaban algún auxilio mis jóvenes hermanas y un hermano suyo, ya para procurarnos juntamente con sus padres la subsistencia, ya que para nuestra educación, para mal vestir, juntamente con las continuas meditaciones de nuestro porvenir sin auxilio, le arrancan la vida y quedo huérfano a los diez años de edad, en poder de un tío materno, una abuela y dos jóvenes hermanas, sin más capital que el golpe de haber perdido a una admirable y ejemplar madre [...].

El padre don Alejandro Campos, de 97 años de edad, que era compadre de mi madre y padrino de la hermana que murió, y que nos daba el auxilio en casa, recogió a mis dos hermanas y yo quedó con mi tío, que para procurarnos a su madre y a mí la subsistencia, estaba obligado a sacrificarse día y noche en pintar. Al año murió mi abuelo y mis hermanas cuidaban de que fuese a la escuela cuando vino una orden terminante de un padre don José Santos Coy [superior de los frailes mercedarios], residente en Puebla y propietario de dos haciendas y una casa, que no sé con qué título se decía tío nuestro y con quien vivían años ha dos hermanas de mi padre, para que paséasemos a dicha ciudad. La idea de estar mejor y de la novedad nos hizo aceptar y ponernos en marcha, no obstante el parecer contrario del padre Campos, quien nos ofrecía no abandonarnos ni olvidarse de nosotros en su testamento.

Egerton, Paisaje de Puebla, 1840

Llegamos a Puebla el último día del año de 1819, fuimos bien recibidos y luego se nos impuso que a nuestras tías debíamos llamarles, a ejemplo de otras dos huérfanas y una prima bastarda mía, mamita a la una y mamita quica a la otra y al padre Tata, padrecito. Pasaron las dos semanas de miel y comenzaron los trabajos domésticos con una dureza para mis delicadas hermanas y la escuela para mí. A las otras jóvenes les llamábamos hermanas, aunque no sabíamos quiénes eran ni de dónde procedían. El padre comenzó muy pronto a usar conmigo el sistema bárbaro de azotes por travesuras muy naturales en todo niño, o porque me acostaba más tarde de lo prevenido, y era tal su vicio en azotar, que muchas veces, sin motivo, [...] lo provocaba para satisfacer su infame costumbre. En fin, al finalizar de 1820, salí de la escuela, bien honrado y con el primer premio [...]. Quise abrazar el comercio; pero como dicho padre ni sabía qué cosa era ni había tomado otra educación que la de fraile mercedario, me metió en un colegio de jesuitas, quienes fueron suprimidos al mes de estar yo con ellos [1821].

El trato duro que sufrían mis hermanas y los intereses del padre se combinaron para sacrificar a mi hermana Plácida, de quince años, casándola [ese mismo año] con un tal [José Manuel] Figueroa, de bajo nacimiento y vil educación, que durante su vida dio un trato durísimo a mi hermana y a mí, que tuve la desgracia de estar con él por las circunstancias que seguirán. Ignoro por qué causas luego que se hizo este matrimonio resolvió el padre irse a vivir a la hacienda de Santa Ígueda, dejándome de colegial de beca, recomendando[me] al canónigo don Ángel Pantiga [prefecto de una academia], y mi tía la menor de niña del convento de Santa Clara. Tres meses o cuatro se pasaron de libertad para mí y de duros sufrimientos a mi hermana, sobre todo a la menor, cuando repentinamente viene una orden del padre para que se encargase de mí mi cuñado, porque él me abandonaba enteramente, haciéndome la gracia, por algunos empeños, de no crucificarme. El motivo fue dizque rompía dos pares de zapatos al mes y que andaba hecho pedazos, según le informó Pantiga. Y yo pregunto ¿quién es el muchacho que no vistiéndose más de una vez a la semana, pueda estar limpio, y sobre todo cuando éste sea vivo, fogoso y de carácter violento? Pero en fin, me fue indispensable pasar a ser propiedad de mi cuñado y empeoró bajo todos los aspectos.

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La Casa del Estudiante Indígena, ¿un experimento psicológico-social? (1926-1932)

Sofía Crespo Reyes
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

El Presidente entrega la bandera en la Casa del estudiante indAi??gena

La Casa del Estudiante Indígena o, como también se le llamó, Internado Nacional Indígena, fue un proyecto educativo pre-sentado en la clausura de la campaña electoral de Plutarco Elías Calles, en junio de 1924, como el más grande experimento psicológico-social que realizaría el nuevo gobierno, dirigido a incorporar a los grupos indígenas a la vida civilizada.

Se trataba de reunir en la ciudad de México a indios varones de raza pura, originarios de comarcas con densa población indígena, que hablaran una lengua autóctona y contaran con inteligencia, vigor físico y salud. Los jóvenes seleccionados recibirían instrucción primaria y la enseñanza de un oficio manual, agrícola o industrial. Una vez concluidos sus estudios regresarían a sus comunidades como líderes y gestores del desarrollo, enseñando las formas de vida civilizada y moderna que las motivarían a salir del atraso en que se hallaban.

Casa del estudiante indAi??gena

Pese a que hubo diversos proyectos dirigidos a la incorporación de estos grupos durante el decenio de 1920, la Casa del Estudiante Indígena sobresalió por sus objetivos: anular la distancia evolutiva que separa a los indios de la época actual, transformando su mentalidad, tendencia y costumbres, probar su capacidad intelectual por medio de la educación, promover una solidaridad étnica que animaría a los alumnos a volver a sus pueblos a enseñar y fomentar el alma nacional en sus hermanos de raza.

Joven huichol y su padre al llegar a la casa del estudiante indAi??gena

El plantel se inauguró el 1° de enero de 1926 (sin acto político alguno), con 200 alumnos, cuyas edades oscilaban entre los 11 y 19 años, procedentes de 27 grupos indígenas. El plantel se encontraba en la Calzada la Verónica núm. 85, colonia Santa Julia, Tacuba. El doctor José Manuel Puig Casauranc, secretario de Educación Pública, cuenta en La casa del estudiante indígena. 16 meses de labor (1927) cómo se pretendió que el lugar fuera sobrio y de buen gusto y que se dio un énfasis particular a los espacios amplios, ventilados, higiénicos y bien iluminados, para acostumbrar a los alumnos a vivir en un ambiente sano y limpio, distinto del jacal al que “dice” estaban acostumbrados.

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