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¿Y dónde está el Plan de Guadalupe?

Ing. Venustiano Carranza Peniche
Revista BiCentenario #6 
Venustiano Carranza. Col. Particular.

Venustiano Carranza. Col. Particular.

Crecí en el seno de una familia marcada por la figura y el recuerdo de un antecesor ilustre. Aunque yo no tuve la oportunidad de conocerlo, las historias que escuché desde niño han llenado mi existencia y de algunas quisiera dejar testimonio pues me parecen no sólo interesantes, sino también significativas y no desearía que se perdieran. Sobra decir que a la vez aprendí a admirar al abuelo, y que lo que he leído y estudiado después sobre su persona y su vida han ratificado mi admiración.

Una de las historias que aprendí -acaso la más agradable-, y en la que de alguna manera estuve involucrado se relaciona con el “Plan de Guadalupe”, uno de los documentos fundamentales de la Revolución Mexicana. Como diría el mismo Venustiano Carranza en 1914, en el primer aniversario de su firma, fue “el grito de guerra que lo más selecto de la juventud mexicana lanzó a los cuatro vientos del país contra la iniquidad triunfante, y ese grito no era más que la expresión vibrante y sonora de la conciencia nacional, expresión que reasumía el propósito firme, la voluntad deliberada del pueblo mexicano de no consentir más que el pretorianismo volviese a apoderarse de los destinos de la Nación”.

Desde el momento en que la tinta se expandía sobre el papel en que se anotó el plan, su autor pudo intuir el valor del documento: se trataba de encausar al país por la ruta de la legalidad y la justicia. Regresemos 95 años en el tiempo y metámonos en la trama de su vida: sepamos ahora el origen, destino y alcances del “Plan de Guadalupe”.

Oficina donde se recibiA? el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

Oficina donde se recibió el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

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Venustiano Carranza: entre la historia y la imaginación

Luis BarrA?n
CIDE
Revista BiCentenario #10
 
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A 100 años del inicio de la Revolución, todavía prevalecen muchos mitos alrededor del llamado Varón de Cuatro Ciénegas y las fotografías que usualmente se difunden han fijado en nuestra imaginación colectiva la efigie de un político gris, poco carismático, autoritario… casi la de una estatua inhumana. Venustiano Carranza fue, sin lugar a dudas, la figura pública más importante en México durante la violenta década de la Revolución (1910-1920); el único de sus protagonistas principales que vivió y sostuvo su influencia política durante toda la década y el único líder que logró articular un movimiento militar con un plan político nacional: dentro de lo que podría llamarse “constitucionalismo”, logró incorporar varias de las propuestas de los diferentes líderes y grupos revolucionarios. No es que compartiera las demandas ni los proyectos, mucho más radicales, de Francisco Villa o Emiliano Zapata; tampoco que fuese un demócrata, como lo había sido el presidente Francisco I. Madero; o que se considerara a sí mismo heredero de grupos precursores de la Revolución, como los hermanos Flores Magón y los militantes del Partido Liberal Mexicano, por dar algunos ejemplos. Sin embargo, desde antes de que comenzara la Revolución, Carranza era ya un político profesional con amplia experiencia, que poseía las habilidades necesarias para integrar en un proyecto nacional muchas de las demandas que surgirían durante la lucha armada.


Algunos historiadores han hecho contribuciones valiosas, pero no han analizado cuidadosamente la vida temprana ni la carrera de Carranza antes de la Revolución, y aunque la historiografía sobre el tema es abundante, prevalece la idea de que fue un rico hacendado del norte, un político conservador que nunca apoyó a Madero, que asesinó a Zapata, que traicionó a Villa y que impidió que se aplicaran las disposiciones más radicales de la Constitución. Prevalece también la imagen de que su gobierno constitucional (1917-1920) fue o bien anárquico, o sólo un interludio conservador entre la lucha democrática de Madero y los regímenes revolucionarios de los años veinte y treinta. En la historiografía de la Revolución, Carranza es, en un extremo, el conservador oportunista que aprovechó la revolución de Madero para establecer su liderazgo y que hizo a un lado los proyectos más populares de Villa y Zapata; en el otro extremo, el revolucionario nacionalista que “salvó” la fallida revolución de Madero.
 
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El hecho es que ni fue hacendado, ni tampoco miembro distinguido –ni siquiera importante– de la élite económica de Coahuila durante el Porfiriato; pero tampoco era un revolucionario. Fue un político formado durante el Porfiriato, aunque no un seguidor incondicional de Porfirio Díaz, como sí eran el general Bernardo Reyes, el ministro de Hacienda José Yves Limantour o gobernadores como Próspero Cahuantzi de Tlaxcala o Teodoro Dehesa de Veracruz –que llegaron al poder gracias a Díaz y que se fueron con él–. Carranza fue un político porfiriano que no se distinguió por buscar la transformación revolucionaria de la sociedad o del sistema político en México. En lo que sí resultó excepcional fue en su visión para aprovechar las circunstancias extraordinarias, que primero le permitieron entrar a la política local en Cuatro Ciénegas; después convertirse en un líder regional y, finalmente, en el jefe máximo e indiscutible de la Revolución después del golpe de Estado que costó la vida a Madero.

Algunos historiadores han asumido que Carranza fue “derrotado” por el Congreso Constituyente de 1916-1917, que él mismo convocó y que, como resultado, se negó a poner en práctica las cláusulas más radicales de la Constitución, como los artículos 27 y 123. Pero si se analizan su juventud, su educación liberal y su participación política antes de 1910, se entiende mejor su programa de gobierno en Coahuila, la propuesta de reformas a la constitución local y a la Constitución de 1857 y el por qué no se puede decir que rechazó la puesta en práctica de la legislación radical agraria y del trabajo. Es erróneo decir que se opuso a que se redistribuyera la tierra cuando él promulgó la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, en la que reconocía el problema como una causa fundamental de la Revolución y establecía como acto de elemental justicia devolver a los pueblos los terrenos que los terratenientes les habían despojado: se trata, decía, de dar la tierra a la población rural miserable que hoy carece de ella, para que pueda desarrollar plenamente su derecho a la vida y librarse de la servidumbre. En cuanto a la Constitución, les dijo a los diputados constituyentes en Querétaro: “Del éxito o fracaso de esta Constitución seremos responsables tanto ustedes como yo, así como los constituyentes de 1857″, aunque aceptó que, en su visión, en algunos puntos se había ido más allá de las fronteras de nuestro medio social.


En nuestra imaginación colectiva –y en la imagen que se tiene de México en el mundo– Emiliano Zapata y Francisco Villa son las figuras centrales de la Revolución. Venustiano Carranza es un personaje relativamente menor en esa historia. No obstante, si se analizan fríamente los resultados de lo que hoy llamamos Revolución mexicana, veremos que lo que se obtuvo no fue lo que Zapata o Villa hubieran deseado, sino que, de hecho, todo lo que se logró después de 1920 fue posible gracias a lo que él construyó. ¿Por qué entonces se da esta contradicción?

A pesar de que Isidro Fabela, por ejemplo, uno de los políticos y diplomáticos más distinguidos de México en el siglo XX, decía que don Venus –como lo llamaban sus colaboradores y amigos más cercanos– era un hombre moral, honrado, con una inteligencia sagaz que le hacía ver las cosas, las circunstancias y los hombres con nitidez, para Zapata se trataba de un individuo arbitrario y de personalidad mezquina.

Señor Carranza: Que me devuelvan la plata

Revista BiCentenario, No.5, Págs. 62-67

Los vientos de cambio que significó la Revolución Mexicana llegaron a todos los rincones de la República. El estado de Hidalgo “apenas nacido en 1869″ pasó por todos ellos, siendo como era casi una copia reducida del México porfiriano.

Pachuca f. XIX B-5

A. S. Wilson, Vista de Pachuca a finales desl siglo XIX

En efecto, su autoritario régimen de gobierno, estuvo en muy pocas manos: las de los hermanos Rafael, Simón y Francisco Cravioto, quienes se turnaron en el poder de 1876 hasta 1897, cuando una discrepancia con el presidente Díaz los sacó del escenario político, siendo sucedidos por el oaxaqueño Pedro L. Rodríguez hasta mayo de 1911. Acorde con la administración modernizadora de don Porfirio, la economía hidalguense recibió un gran impulso: se trazaron líneas férreas, telegráficas, eléctricas y telefónicas, lo cual estimuló el mercado interno. Hubo inversiones tanto nacionales como extranjeras, sobre todo en la industria; así, la United States Mining Smelting and Refining Company compró la antigua Compañía Minera Real del Monte y Pachuca en 1906 y se instalaron fábricas de hilados y tejidos y de cemento. Los ranchos y las haciendas aumentaron, lo cual hizo crecer la producción agrícola, en particular del maguey, que convertido en pulque era remitido al Distrito Federal, donde se hallaban sus clientes más numerosos. Paralelamente, las obras públicas ordenaron las poblaciones y, a veces (como en Pachuca), las engalanaron con nuevas construcciones y monumentos. Progresaron también la educación y algunas artes.

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