La expulsión del delegado papal en 1923

 
María Gabriela Aguirre Cristiani
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco
Revista BiCentenario #6
Dedicación del monumento a Cristo Rey 11 de enero 1938. Instituto Mora

Dedicación del monumento a Cristo Rey 11 de enero 1938. Instituto Mora

Álvaro Obregón tomó posesión de su cargo como presidente de México el 1º de diciembre de 1920. Para entonces la relación que existía con la Iglesia católica no era del todo armoniosa pues la recién promulgada Constitución de 1917 acotaba el poder de la institución eclesiástica. Por dar un ejemplo, el artículo 24º prohibía el ejercicio del culto público fuera de los templos, es decir, al aire libre, limitándolo a que se realizara nada más en los edificios destinados a ello. Esta disposición también afectaba a los católicos mexicanos quienes acostumbraban a celebrar las fiestas religiosas en los atrios, plazas y calles, como parte de una tradición arraigada desde mucho tiempo atrás y por lo mismo, era una práctica que se había convertido en una expresión propia de la vida cotidiana.

Pese a que el marco jurídico no favorecía un ambiente cordial entre el Estado y la Iglesia, el presidente Obregón mostró signos de condescendencia al permitir el arribo, al país, de un delegado apostólico designado por la Santa Sede el 22 de julio de 1921. Si recordamos que habían pasado casi ocho años de ausencia de un representante papal en México, la posibilidad de que el cargo fuera nuevamente ocupado generó buenas expectativas para la comunidad católica de entonces y mostró la actitud conciliadora del Ejecutivo Federal, quien tampoco tomó en cuenta el artículo 130 constitucional que limitaba el ejercicio del culto sólo a los mexicanos.

El primero de diciembre de 1921, a un año exacto de la presidencia de Obregón, monseñor Ernesto Filippi llegó a Veracruz para después ser trasladado a la ciudad de México, donde estableció su residencia. Nadie podía pensar que su presencia mostraría la frágil estructura de la relación Iglesia-Estado.

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