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La atención de niños y jóvenes al paso de la revolución

Ingrid Noemí López Padilla

Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Después de la revolución mexicana, el país quedó en un estado deplorable. Las clases populares, campesinos y obreros, principalmente, fueron quienes más lo padecieron ante la falta de recursos económicos. La preocupación de las élites política y social se acrecentó al percatarse de las condiciones en las cuales se encontraba la mayor parte de la población de la ciudad de México.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

De ahí que, desde principios de la década de 1920, se abordaran muchos de los problemas sociales sin resolver antes de la revolución. Instituciones heredadas del régimen porfirista como la Casa de Corrección, el Hospital General y el Hospicio de Pobres no bastaban para menguar esas dificultades. Los médicos sostuvieron que la salud y la educación de los niños debían ser atendidos y las autoridades tendrían que encontrar los elementos necesarios para el mejoramiento de las condiciones físicas, morales e intelectuales de los menores de edad.

En 1921, durante el gobierno de Álvaro Obregón, se llevaron a cabo los festejos por el centenario de la consumación de la independencia con la intención de que participaran todos los sectores de la población. El departamento de Salubridad Pública organizó, del 8 al 17 de septiembre, un evento que giró en torno a la figura del niño, desde la higiene hasta el bienestar. También se realizó el Primer Congreso Mexicano del Niño, patrocinado por el ingeniero Félix Palavicini, director del periódico El Universal, el cual volvería a celebrarse dos años después. En ambos congresos asistieron destacados especialistas médicos, intelectuales, pedagogos y representantes de asociaciones filantrópicas interesados en redactar un plan de desarrollo y bienestar para la infancia y la adolescencia. Se discutieron, entre otros temas, el abandono y la criminalidad infantil como consecuencia del movimiento revolucionario.

Tribunal para Menores Infractores

Como resultado de estos esfuerzos a favor de la niñez, en 1926 se publicó el proyecto de Ley Orgánica de Tribunales del Fuero del Distrito Federal, que establecía la creación de un tribunal protector del hogar y de la infancia. Y a final del año, en una residencia de la calle Vallarta número 17, se fundó el Tribunal para Menores Infractores del Distrito Federal y Territorios, que se distinguió por su carácter paternal al ser un modelo de protección tutelar y educativo. Su finalidad fue separar a los delincuentes menores de los adultos, para imponer sanciones de acuerdo con la edad y el tipo de delito cometido; pero, sobre todo, “apreciar cada caso en sus detalles y circunstancias peculiares; remontarse a los antecedentes, a fin de conocer la causa generadora del delito”. Con ello, se esperaba evitar la reincidencia y que se reprodujeran las mismas circunstancias en otros niños.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH.
FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

El primer reglamento del tribunal, de 1928, se dirigía a la atención de los menores de quince años. Al año siguiente se expidió otro reglamento para la Calificación de los Infractores Menores de Edad en el Distrito Federal, que aumentó la edad de intervención a menores de 18 años e incluyó a los que denominó vagos, abandonados e indisciplinados. De esta forma, el tribunal tuvo la capacidad de tratar a todo niño que, de acuerdo con su entorno (económico, social y biológico), pudiera convertirse en un delincuente, es decir, evitarle una futura vida criminal. Así, aquellos niños en abandono moral, incorregibles, delincuentes o que potencialmente lo fuesen, eran atendidos con el fin de readaptarlos, enseñarles a vivir una “buena vida” y cumplir con el modelo de ciudadano que el Estado requería para el desarrollo del país.

Una vez que el menor ingresaba al tribunal era sometido a cuatro estudios de valoración: médica, social, psicológica y pedagógica, con los cuales se pretendía determinar las posibles causas de su comportamiento antisocial y la mejor forma de corregirlo. Con los exámenes se construía un perfil físico y psicológico del niño, para después aislarlo en la Casa de Observación anexa al tribunal con el fin de conocer su comportamiento. Ahí se procuraba un ambiente de libertad donde los infantes pudieron manifestarse de manera espontánea y obtener todo tipo de datos que arrojaran información sobre su carácter y conducta. Se observaba y estudiaba su estado físico, fisonomía, expresiones, comportamientos, entre otros aspectos.

Mientras el menor permanecía en la Casa de Observación se iniciaban las audiencias en el tribunal, las cuales no eran públicas; sólo concurrían personas citadas: familiares, vecinos o patrones. El menor no contaba con un representante legal o defensor de oficio por lo que él mismo debía defenderse. Tres jueces especializados en distintas áreas –médico, maestro o abogado– se reunían para examinar el caso y darle una resolución. Los tres determinaban la forma de corrección a partir de los resultados de los exámenes. La sentencia podía ordenar el internamiento del menor en las escuelas correccionales, en algún establecimiento de la beneficencia pública o la devolución a sus familiares.

Manicomio General de La Castañeda

Durante el periodo posrevolucionario, el discurso sobre la reconstrucción social y la creación de ciudadanos productivos también predominó en el hospital psiquiátrico La Castañeda, que se enfocó principalmente en la atención a niños con algún padecimiento mental, por lo que elaboró un proyecto de edificación de un pabellón especializado.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • LÓPEZ CARRILLO, XIMENA, “Retraso mental” en Los pacientes del manicomio. La Castañeda y sus diagnósticos. Una historia de la clínica psiquiátrica en México, 1910-1968, México, UNAM/Instituto Mora, 2017.
  • SACRISTÁN GÓMEZ, MARÍA CRISTINA, “La contribución de La Castañeda a la profesionalización de la psiquiatría mexicana, 1910-1968”, Salud Mental, vol. 33, núm. 6, noviembre-diciembre de 2010, en https://cutt.ly/diNduPM
  • SÁNCHEZ, MARÍA EUGENIA, Niños y adolescentes en abandono moral, ciudad de México (1864-1926), México, INAH, 2014.
  • SANTIAGO ANTONIO, ZOILA, “Los niños y jóvenes infractores de la ciudad de México, 1920-1937”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, 2014, en https://cutt.ly/niNdn2V
  • Véase Los olvidados, película, dir. Luis Buñuel, 1950.

Los niños en el festejo del Centenario de la Consumación de la Independencia

Mercedes Alanís / Instituto Mora

BiCentenario #6

Teniendo la nación niños sanos y vigorosos, podrá contar en el futuro con ciudadanos capaces de prestarle los mayores servicios

Cada sociedad y cada época han delineado su visión acerca de los niños. Los discursos y las imágenes que nos han llegado son testimonios que dan cuenta de cómo los adultos de otro tiempo dotaron de significados a los infantes y cómo los han incorporado a la dinámica social. En las primeras décadas del siglo XX en los países occidentales se generó un creciente interés por la infancia, que se vio reflejado en buena medida por el impulso en el sistema escolar y la práctica médica; algunos de los espacios desde los cuáles se fue moldeando una concepción de la niñez.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 18.18.55La disminución de los altos índices de mortandad infantil, la desnutrición y el analfabetismo; la regulación del trabajo a temprana edad, mejorar las escasas condiciones salubres en que se encontraban cientos y cientos de niños, muchos de ellos abandonados a su suerte, sobre todo cuando se atravesaba por un conflicto armado; fueron preocupaciones que animaron a los gobiernos a emprender acciones que mejoraran las condiciones de vida de aquellos que se convertirían en futuros ciudadanos. Este complejo proceso se puede mirar desde el México posrevolucionario. El arribo de Álvaro Obregón a la presidencia promovió un proceso de reconstrucción nacional, una vez que se dio por acabada la lucha en armas. Una de sus inquietudes fue mejorar las condiciones de salud y alfabetización de la población desvalida, cuestiones que quedaron plasmadas en la Constitución de 1917; a la vez de que se inculcaron valores morales y cívicos, de manera particular en los niños.

En este contexto, en 1921 el gobierno de Obregón llevó a cabo los festejos del centenario de la consumación de la Independencia. Por este motivo el presidente solicitó por oficio del 7 de mayo de ese año que todas las secretarías de Estado y departamentos gubernamentales organizaran diferentes actividades que dieran forma a un amplio programa de eventos acordes a la conmemoración, que se debían destacar por tener “un carácter netamente popular y nacional”; es decir, que todas las clases sociales participaran y disfrutaran de las festividades sin distinciones. Acorde con este sentir se invitó a la población de la Ciudad de México a engalanar las fachadas de sus domicilios o establecimientos y unirse a la celebración que dio inicio el 8 de septiembre en el teatro Esperanza Iris. Acto que fue seguido por juegos florales, concursos populares como “la india bonita”; artísticos como “los volcanes de México”, e históricos como el torneo sobre Agustín de Iturbide. Esto sin dejar de lado el concurso hípico, diversas recepciones oficiales, quermeses, bailes, la inauguración de un parque de juegos para niños por parte de la colonia americana; la instalación de candelabros en la calle de capuchinas por parte de la comunidad libanesa y la del reloj monumental de Bucareli por parte de la comunidad china.

El presente relato muestra uno de los festejos “más trascendentales del programa oficial de festejos del centenario” — según testimonios de la época– y que el tiempo ha dejado en el olvido. Se trató de un evento organizado por el Departamento de Salubridad Pública en la Ciudad de México que giró en torno a la figura del niño. Tras trabajar tres meses en los preparativos de un proyecto que resultara “eficiente y económico”, que fue sometido a la consideración y aprobación del consejo de ministros, y la solicitud de un presupuesto que osciló entre 50 000 y 100 000 pesos para su realización, del domingo 11 al sábado 17 de septiembre se llevó a cabo la Semana del niño. Organizada por el Departamento de Salubridad Pública, con motivo de la celebración del primer centenario de la consumación de la Independencia. Se trataba de un evento a favor de la higiene y el bienestar de la infancia; elementos vitales si se quería que la patria contara con futuros ciudadanos saludables que velaran por su integridad.

La semana del niño

Para principios de la década de 1920, los médicos mexicanos opinaban que “en todos los países cultos, la salud y educación del niño son motivo de preferente y constante preocupación tanto para los pueblos como para los gobiernos”. La idea era que “el niño de hoy sería el hombre del mañana”; por lo tanto, al representar a las generaciones futuras, había que procurar una niñez sana que asegurara el porvenir de la humanidad. Los médicos sostenían que las sociedades que más se habían distinguido por sus adelantos eran las que más se habían preocupado por mejorar las condiciones físicas, morales e intelectuales de sus hijos; es decir, las que habían sabido acatar los principales preceptos de la higiene y, por tanto, las disposiciones sanitarias de las autoridades. Por tal razón, sustentaban la idea de que “la salud era la condición primordial para todo orden y perfeccionamiento”.

Acorde con este pensamiento, el Departamento de Salubridad Pública actuaba para que los mexicanos estuvieran sanos y con ello lograr un “país fuerte y progresista”; así que se consideró que la mejor manera de conmemorar el centenario de la consumación de la Independencia era organizar una serie de festejos que hicieran una intensa propaganda relacionada con la salud y el cuidado de los niños. La preocupación central de las autoridades del Departamento fue que trascendieran el simple festejo vistoso para dejar algo más que un recuerdo en los asistentes; el eje debía ser una campaña de educación higiénica significativa que se reflejara en el quehacer cotidiano de los asistentes.

Médicos como Gabriel Malda, jefe del Departamento de Salubridad Pública, y Alfonso Pruneda, vocal del mismo e higienista importante, se apresuraron a organizar el evento pues estaban convencidos de que era urgente trabajar en lo que consideraron la acción más importante, conseguir el bienestar del niño. El Dr. Malda expuso en su emotivo discurso inaugural de la semana del niño que: “Este número de nuestro centenario que se ha designado con el calificativo de semana del niño tiene que fijar nuestra atención, no sólo para el presente, sino en la repercusión hacia un futuro. Considero esta inauguración patrocinada por nuestro primer mandatario, como algo muy grandioso, que va a prodigar caricias a la miseria y robustez a la patria”.

El programa

Para la realización de los eventos que se llevarían a cabo en esa semana, distintas instancias gubernamentales y particulares proporcionaron los recursos necesarios para que se proyectaran en los cinematágrafos vistas fijas y películas alusivas a la infancia; además de que se consiguió que las principales casas comerciales de la ciudad arreglaran uno o más aparadores en los cuáles exhibieran objetos relacionados con el bienestar de los niños. Para la difusión del festejo, se buscaron medios de propaganda, principalmente notas relativas a la infancia que aparecieron en distintos diarios de la capital como El Universal.

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El Departamento de Salubridad Pública, en Paseo de la Reforma 93, se abrió al público de las 9:00 a las 12:00 y de las 16:00 a las 19:00 hrs. El programa comenzó el domingo 11 a las 17:00 hrs. con la solemne inauguración a cargo del Dr. Gabriel Malda, pues el presidente Obregón no pudo asistir. Entre la concurrencia al evento estaban Manuel Malbrán, embajador especial de Argentina; Luis Felipe Obregón, enviado extraordinario de Guatemala; K. T. Ouang, embajador especial de China; capitán Bartolo Klinger, attaché de la misión de Brasil; el Sr. Enrique Bordes Mangel, presidente de la Cámara de Diputados; numerosos médicos y los vocales del Consejo de Salubridad General, entre otros.

Se adaptaron diversos espacios en el local del Departamento de Salubridad para que los niños que acudieran tuvieran un lugar adecuado para jugar. Por su lado, los adultos recorrerían la exposición, en la que se mostraban los cuidados que los niños recibían en países como Nueva Zelanda, Estados Unidos e Inglaterra. También podían asistir a las conferencias dadas por los médicos, pasar por la oficina de información y a las exhibiciones para las madres y los padres; a éstos se les exhortó acerca de sus deberes como ciudadanos, sus obligaciones con respecto al bienestar de las madres y los niños y los cuidados que debían tener con sus esposas durante la gestación. Aunado a esto, se distribuyeron entre los asistentes diversos folletos informativos sobre salud infantil y calendarios para el año de 1922, por medio de los cuales se difundió propaganda relacionada con la higiene de la infancia. Uno de los folletos más difundidos fue: “El niño. Folleto para uso de las madres mexicanas sobre el cuidado que reclama la salud y perfecto desarrollo de la infancia”.

Como se puede apreciar, la higiene fue el tema principal en todas las actividades de la semana. De hecho los médicos la llamaron “la fiesta de la higiene” y algunos de ellos, como Joaquín Izquierdo, Rafael Carrillo, Ernesto A. González Tejeda, Gustavo Baz y Juan José Bada, entre otros, impartieron conferencias acerca de las condiciones en que debían estar los esposos para tener hijos sanos; los preparativos para que en un parto no corrieran peligro la vida de la madre ni del niño; cuidados con los recién nacidos, la alimentación infantil en diversas etapas; el destete, el vestido y la habitación, el llanto, el cuidado de los dientes y los cuidados que debían observarse durante enfermedades contagiosas.

Sumado a lo anterior, se realizaron pequeñas fiestas literario musicales en otros espacios, como las escuelas primarias dependientes de la Universidad y del Ayuntamiento, y se difundió un reglamento para niños en el que se explicaban las prácticas de la higiene y, además de folletos ilustrados, se les obsequiaron cepillos para el cuidado dental. También se organizaron eventos complementarios. El primero fue el “día de la bandera”, que consistió en distinguir con una bandera las casas en que se sabía que había un recién nacido para que miembros del Departamento de Salubridad acudieran y brindaran información sobre los cuidados para los recién nacidos. Otro evento fue la visita a diversos establecimientos infantiles de la Beneficencia, tales como la Casa de Cuna, la Casa de niños expósitos, la Casa amiga de la obrera y la Sociedad protectora del niño, con el fin de que diversos funcionarios, miembros de la alta sociedad y el público en general conociera las actividades que allí se desarrollaban y se interesaran por ayudarlas.

A lo anterior, se sumó el “día de los padres”, que consistió en una fiesta infantil al aire libre dedicada exclusivamente a los niños pobres, similar a la que la esposa del presidente había organizado en diciembre del año anterior. También se celebró el “día de las madres”, que consistió en la realización de una fiesta para aquellas que se encontraban recluidas en maternidades o en establecimientos de la Beneficencia. Además, se hizo una declaración sobre los derechos de los niños y un reconocimiento a las madres que llevaron a sus hijos al Departamento y los médicos los consideraron como “modelos de salud”. Eventos que intentaron abarcar a diversos sectores de la población infantil y mostrar que el gobierno estaba atendiendo a los grupos desvalidos.

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Otras dos actividades fueron apoyadas de manera especial: la campaña del registro civil y la de vacunación infantil. Se animó a los padres a que dieran importancia a la obligación que tenían de presentar a sus hijos ante el registro civil. A los niños que fueron registrados durante el evento se les otorgó un certificado especial y un diploma firmado por el presidente. Para la campaña de vacunación se necesitó de una propaganda intensa, pues a pesar de la difusión de la importancia de las vacunas para preservar la vida y la salud de los niños, la población se resistía a que sus hijos fueran inoculados.

Uno de los actos más llamativos de la celebración fue la procesión infantil, en la que los niños fueron el centro de las miradas; algo que no se había visto con anterioridad en la Ciudad de México. Para lograr una amplia difusión del “original y simpático desfile” se solicitó a la prensa que difundiera la noticia, se colocaron cartulinas en los aparadores de las principales casas comerciales de la ciudad e incluso se hicieron anuncios especiales que fueron arrojados desde varios aeroplanos de la Escuela Nacional de Aviación.

Varias secretarías, algunas instituciones, funcionarios públicos, junto con particulares, pusieron a disposición del comité organizador de la semana del niño, camiones y automóviles que se unieron a los que fueron alquilados y dieron ocasión para que “millares de chiquillos en franca y alegre promiscuidad” — tal como comentó la prensa– “pasearan en plena felicidad por las principales avenidas de la ciudad”. Así, a las 11 de la mañana del martes partió de Paseo de la Reforma 93 una procesión de cerca de 500 automóviles y camiones en los cuales iban alrededor de 5 000 niños y niñas de distintas edades de todas las clases sociales al cuidado de enfermeras de las Cruces Roja y Blanca y damas distinguidas. Algunos de los niños que tomaron parte del desfile fueron los hijos de las familias Pani, de Algara, Pruneda, Mondragón, Meneses y Malda.

Los automóviles y camiones recorrieron la ciudad acompañados de algunas bandas de música y llevaron cartelones y banderolas con inscripciones llamativas sobre el bienestar de la infancia. El desfile fue organizado por los Dr.es Malda y Pruneda, quienes personalmente dispusieron el orden de la procesión, que fue seguida de cerca por numerosas familias y curiosos. Al frente iba la caballería proporcionada por el jefe de la guarnición de la plaza, la seguía una banda de música, después una larga fila de automóviles encabezados por dos grandes camiones en los que iban los niños del Hospicio de pobres, a continuación seguía otra gran hilera de autos con una banda de música al frente y otras dos intermedias donde iban el resto de los pequeños.

La procesión que partió del tramo de Reforma que está entre la estatua de Colón y la glorieta, dio vuelta por ésta hacia la estatua de Carlos IV, siguió por las avenidas Juárez y Francisco I. Madero hasta rodear la Plaza de la Constitución, para proseguir por el lado poniente de la catedral y dar vuelta por avenida 5 de mayo, continuó por la calle del teatro nacional y entró de nuevo a la avenida Juárez, para llegar finalmente al punto de partida. Muchas familias que ocupaban los balcones de la avenida Madero, arrojaron al paso de “los graciosos chiquillos” flores, serpentinas y confeti. Al término del desfile los niños tuvieron una convivencia en las instalaciones del Departamento de Salubridad y disfrutaron de dulces, helados y pasteles ofrecidos por las autoridades y damas de la sociedad.

El creciente interés por los niños

La semana del niño había tenido una asistencia concurrida y en opinión de las autoridades del Departamento de Salubridad Pública cumplió su objetivo. Se calculó la visita de cerca de 60,000 personas, mientras que diarios como El Universal hablaron acerca del “extraordinario fenómeno social al que acudieron millares y millares de hombres y mujeres de todas las edades y clases”. El Dr. Alfonso Pruneda ofreció un discurso en la ceremonia de clausura, en el que afirmó que 1921 sería recordado como el “año del niño” pues se estaban llevando a cabo acciones en pro del bienestar de la infancia de gran trascendencia y “sin precedentes en nuestra patria”. Esta semana fue una celebración que se sumó a los trabajos que los médicos estaban realizando en su quehacer cotidiano para reflexionar y articular acciones en favor de la niñez mexicana.

En la prensa capitalina aparecieron diversas notas que elogiaron el evento. Se mencionó que “la importancia y hermosura de estos festejos patrióticos apenas si necesitan comentario”. Aún así, El Universal comentó que “entre la multitud de actos, ceremonias y fiestas destinadas a conmemorar el primer centenario de la consumación de la Independencia, no podía haberse imaginado algo tan inmediatamente útil, y a la vez tan hermosa y trascendentalmente patriótico” como la semana del niño. Señaló que en el marco del centenario de la Independencia contribuía a demostrar que la defensa y la protección de la infancia favorecerían al engrandecimiento de la nación.

Las palabras del Dr. Gabriel Malda en la clausura enfatizaron que la celebración destacó una labor primordial del Departamento de Salubridad, cuya mira fue hacer un llamado a toda la República para que se preocupara por los cuidados de los infantes. Se trataba de “sembrar hoy para que otro recoja mañana”. Concluyó expresando que: “Cuando los años pasen y se dirija una mirada retrospectiva a los libros de nuestra historia, se encontrará que en este centenario hubo un gobierno que pensó en un más allá. Se me representan en estos momentos — como una visión luminosa– los ciudadanos de esos tiempos, padres ya, con sus niños sentados en las piernas, acariciándolos y enseñándoles a prodigar al que hoy es nuestro primer mandatario, la palabra más bella que se ha escrito en el lenguaje humano: gratitud.”

Las palabras del Dr. Malda fueron aceradas. 1921 dio inicio a una serie de acciones de los gobiernos posrevolucionarios en favor de la infancia. Ese año se realizó el Primer Congreso Mexicano del Niño, patrocinado por el Ing. Félix Palavicini, director de El Universal, y que reunió a numerosos médicos, abogados y profesores a exponer su opinión sobre el estado en que vivían los niños mexicanos así como las acciones que juzgaban precisas para reducir los altos índices de mortandad, mejorar la alimentación, los hábitos de higiene y la educación y generar leyes adecuadas. Dos años después se celebró el Segundo Congreso Mexicano del Niño, y en la década de 1930 se sucedieron el VII Congreso Panamericano del Niño y el Primer Congreso Mexicano de Pediatría. En estos foros se prosiguió el intercambio de opiniones sobre la niñez y propuestas para mejorar su atención, lo cual se tradujo en campañas educativas, la formación de Centros de Higiene Infantil, la Junta Federal de Protección a la Infancia, el Departamento de Psicopedagogía e Higiene Infantil, el Tribunal para Menores y la Asociación Nacional de Protección a la Infancia.

A la vez diversas organizaciones adoptaron diversas funciones en torno al niño, como la Sociedad Mexicana de Puericultura y después la de Pediatría que difundieron sus escritos y actividades con diversas publicaciones. Esto, sin dejar de lado las acciones cotidianas en diversos establecimientos tanto del Departamento de Salubridad Pública, como de la Beneficencia Pública y la Privada, a fin de mejorar las condiciones de vida de la “niñez desvalida”, y que en muchas ocasiones fueron difundidas y elogiadas por la prensa capitalina y diversas publicaciones oficiales. Así, la semana del niño puede ser vista como el testimonio de una época de reconstrucción nacional que, entre otros rubros de interés general, prestó creciente atención a la infancia inculcándole valores cívicos que sirvieron para exaltar los momentos relevantes de la historia patria, como fue el caso del Centenario de la Independencia. Esto invita a reflexionar acerca de las condiciones actuales de nuestros niños y, si bien, podemos ver los avances en el campo de la salud o la educación, la realidad que aún falta mucho por abarcar a todos los niños mexicanos.

PARA SABER MÁS

  • Alberto del Castillo Troncoso, Conceptos, imágenes y representaciones de la niñez en la ciudad de México 1880-1920, México, Instituto Mora/ El Colegio de México, 2006.
  • Antonio Padilla Arroyo, La infancia en los siglos XIX y XX. Discursos e imágenes, espacios y prácticas, México, Casa Juan Pablos, 2008.
  • Beatriz Alcubierre y Tania Carreño, Los niños villistas. Una mirada a la historia de la infancia en México, 1900-1920, México, INEHRM, 1996.
  • Eugenia Meyer, Niños de ayer, niños de hoy, México Lumen, 2008.
  • Ignacio Ávila Cisneros et al., Historia de la pediatría en México, México, Fondo de Cultura Económica, 1997.

¿Qué esperamos? Televisión comercial y hábitos alimenticios

Lourdes Roca- Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Obesidad infantil

Obesidad infantil

Somos el primer país a nivel mundial en sobrepeso y obesidad infantiles. Esta sentencia (quizás el término nunca haya sido tan apropiado), lejos de revertirse en los últimos tiempos, sigue causando todavía mayores estragos entre la población que a inicios de la década pasada, cuando en el Laboratorio Audiovisual de Investigación Social del Instituto Mora empezamos un estudio sobre las relaciones entre la infancia y la televisión, donde se evidenció el papel dañino que juega la exposición a la televisión comercial en la salud de las niñas y los niños de nuestro país y, por supuesto, en su futuro.

El problema de sobrepeso y obesidad infantiles se ha triplicado en los últimos veinte años; de los 43 millones de infantes con sobrepeso en el mundo, 35 millones viven en países en desarrollo. En el caso de México, el sobrepeso y la obesidad entre niños de 5 a 11 años se ha incrementado un 40% en tan sólo siete años. Y esta tendencia viene aumentando cada vez de forma más acelerada debido a una combinación terrible para las edades en pleno crecimiento y desarrollo: el sedentarismo y el consumo de bebidas y comida que sobrepasan en mucho sus necesidades.

Junto con el aumento en el consumo de alimentos bajos en nutrientes y altos en harinas y grasas, el consumo de refrescos es uno de los que más ha aumentado en las últimas décadas. Como si fuera poco, la población que ingiere mayor cantidad de bebidas gasificadas en el día es la escolar. El promedio consumido por niños y adolescentes, tres y más veces al día, es de 500 mililitros, ahora, además, con gran presencia en la mesa desde el desayuno; muchos llegan a la escuela habiendo ingerido sólo este tipo de bebida por la extendida certeza de que sacia y da energía. El resultado es que, con apenas seis años de edad, un niño mexicano consume al año 800 litros de refresco, frente a 150 litros de leche. Si consideramos que a esta edad se definen la mayoría de los hábitos de consumo que se tendrán de por vida, podemos imaginar a dónde nos está conduciendo esta alta ingesta de azúcares y ácido fosfórico junto con el bajo consumo de calcio y las diversas formas en que se limita su fijación en los huesos. Esta situación está mermando de forma alarmante la salud infantil y, junto con la gran ingesta calórica y el aumento del sedentarismo, ocasiona graves problemas de desarrollo físico y psíquico.

El problema es, por supuesto, multifactorial, pero si reconocemos que gobierno, familia y escuela juegan papeles fundamentales en él, veremos aquí cómo el mercado, sobre todo a través de la televisión comercial, también tiene gran parte de responsabilidad en el asunto, responsabilidad apenas detectada como determinante.

HA?bitos alimenticios infantiles

Hábitos alimenticios infantiles

Medios de “comunicación” comerciales

Los medios de comunicación modernos apelan a nuestros sentidos, sobre todo al oído y los ojos. En la primera mitad del siglo XX, cuando la radio y el cine sonoro fueron el deleite de las familias, ahí el sentido de escucha era el principal. Hacia el último tercio del siglo, después de varias décadas de convivir estrechamente con la televisión, el desarrollo de las opciones de distracción con pantallas sería espectacular: hoy interactuamos con una gran diversidad que se amplió de la televisión a las computadoras y del Nintendo a internet con todas sus posibilidades. Por eso nuestro entorno es considerado hoy hipervisual.

Este desarrollo mediático tiene su lado lamentable, como veremos. Lo que en su momento tuvo fines de interés social y altruistas, con medios diseñados para llenar espacios y tiempos de esparcimiento de la población, fue visto también como un gran negocio por parte de mentes emprendedoras, poco o nada preocupadas por los problemas que aquejan a la sociedad y que lograron hacer verdaderos emporios de algunos de estos medios.

Esta es la triste historia de los medios en México, donde a la fecha imperan los de carácter comercial, con honrosas pero escasísimas excepciones. La televisión que ve la gran mayoría de la población está en manos de dos grandes empresas, que juntas forman un duopolio con amplio poder económico y político en el país: Televisa y TvAzteca. Asimismo, muchas de las publicaciones periódicas que circulan a nivel nacional son de su propiedad. Las ventas resultantes de toda la publicidad intercalada entre sus mensajes constituyen un suculento negocio, con multimillonarias ganancias anuales. Estas dos grandes empresas reúnen la mayor cobertura televisiva nacional, llegan a casi todos los hogares, escuelas y circulan por la propia calle, a través de grandes anuncios espectaculares, revistas impresas y boletines electrónicos. De manera que el poder de penetración de sus mensajes se ha fortalecido en gran medida, particularmente en las últimas décadas, en que las reiteradas crisis han orillado a las familias a disponer cada vez de menos opciones, para informarse y conocer tanto como para entretenerse y divertirse.

[…]
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Correo del lector # 2

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

Al comité editorial de la revista BiCentenario

Presente,

Portada #1 (473x640)Nuestro padre fue uno de los “NIÑOS DE VILLA”; Él convivió con el General Villa en Canutillo, Dgo., hasta su asesinato. Nuestro padre no fue como la mayoría de los niños de esa época, que jugaban a las canicas, al trompo, etc., él platicaba con las personas mayores, gente instruida, gustaba de saber cómo marchaban las cosas en el país, la política, la revolución, y así se fue dando cuenta de cómo estaba el país, él vivía en el Valle de San Buenaventura, Chih, a un lado de Casas Grandes, Chih. En una ocasión en que el General Villa fue al Valle, le preparó un recibimiento uno de los maestros, seleccionaron a nuestro padre para que le diera la bienvenida al General al cual impactó el temperamento y expresiones de aquel niño, y con el permiso de nuestra abuela se hizo cargo de él para posteriormente mandarlo a estudiar a EE.UU. Lo mandó al Palmore Business College en el Paso, Texas, más tarde ingresó al State College en Las Cruces, Nuevo México, y finalmente estudió literatura y periodismo en Baylor University, en Hueco, Texas; en este colegio tuvo como compañero, a quien más tarde fuera presidente de Estados Unidos, Harry Truman. De allí nuestro padre se fue a convivir con el General, el cual lo consideraba su hijo y así lo hacía saber a todo el mundo. En Canutillo, él era el administrador, tenía 22 años pues era el hombre de confianza del General. Para nuestro padre el Sr. Francisco Gil Piñón Carbajal siempre fue su mayor orgullo ser hijo adoptivo del General Villa. Doña Luz Corral de Villa y todos los hijos del General lo consideraban el hermano mayor, a menudo decía que ninguno de sus hijos había conocido al general como él, pues él ya estaba más grande y sus hijos muy pequeños. El día en que el General salió rumbo a Parral y fue asesinado, nuestro padre quería acompañarlo, pero el General se opuso y le dijo que él se quedaba para que todo marchara bien en Canutillo. Éste es un pequeño fragmento de las amenas charlas que solía compartir nuestro padre con nosotros.

Con afecto:

Francisco Gil, Luz Elba y María de Lourdes Piñón Monarrez.

Chihuahua, Chih, 11 de agosto, 2008

Si desea contribuir al correo del lector, mándenos sus escritos a: bicentenario@institutomora.edu.mx

Los niños de Pancho Villa

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1

Uno de los personajes más controvertidos de la revolución Mexicana es, sin duda, Pancho Villa. En torno suyo se han escrito una buena cantidad de libros que, sin términos medios, se han nutrido con historias fantásticas que subrayan los rasgos negativos de su carácter. Otros, en cambio, exploran la actuación del líder revolucionario analizándolo de manera integral, sin embargo, la relación que tuvo con los niños ha sido una veta prácticamente inexplorada. A Villa le duelen la pobreza, el abandono, la ignorancia y el maltrato infantil porque todo esto lo conoció de cerca. Como si el tiempo se hubiese detenido, hoy, a cien años de distancia, los mismos problemas persisten invariables sin que sociedad o gobierno encuentren la fórmula definitiva que resuelva esa afección. Los llamados “niños de la calle” en el campo y en las urbes, siguen lacerando la conciencia social.

Los niños de Pancho Villa

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