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El arte del Hotel del Prado

Paulina Martínez Figueroa
El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

Concebido como un espacio amplio y variado para el hospedaje cinco estrellas, y que sus cafeterías, restaurantes y salones fueran centro de discusión de la política, espacios de reunión de las élites mexicanas o pasarelas de empresario, intelectuales, estrellas de cine y deportistas, las paredes de este hotel fueron una exquisita vidriera para exhibir a varios de los mejores pintores y muralistas de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

Hotel del Prado (640x631)

Exterior del Hotel del Prado, ca. 1950. AGN, Archivo fotográfico Enrique Díaz Delgado y García.

Uno de los edificios más recordados del México de la segunda mitad del siglo XX es el Hotel del Prado. Construido por el arquitecto Carlos Obregón Santacilia e inaugurado en 1947, tras casi quince años de obra, es uno de los espacios que más ha perdurado en e imaginario de los habitantes de la ciudad de México, incluso tras su demolición como consecuencia de los terremotos de 1985.

En su momento formó parte de un proyecto ideado por el político y empresario Alberto J. Pani para dotar a la ciudad de espacios de hospedaje modernos y como alojamiento de los visitantes que comenzaban a llegar al país atraídos por los nuevos programas institucionales de apoyo y fomento a la actividad turística.

Pero el Prado no sólo tuvo aceptación entre el público extranjero. Su éxito fue oportuno en una sociedad mexicana deslumbrada por el oropel del progreso y la modernidad emanada de los acomodos políticos, económicos y culturales tras la segunda guerra mundial. La Ciudad de México parecía unirse al concierto de capitales internacionales como Madrid, París o Nueva York. Hoteles como este formaron parte de un nuevo rostro con que se buscaba presentar al país ante su población y frente al mundo entero, empezando por los estadounidenses, principales consumidores de las políticas turísticas implementadas con mayor regularidad desde 1936.

Así, el Hotel del Prado fue considerado una muestra de la modernidad capitalina de entonces no sólo por su arquitectura vanguardista, los materiales de construcción y la integración de nuevos espacios, sino también por haber sido el primero en el país en desarrollar el concepto de hotel-ciudad, es decir, un lugar que además de dar hospedaje y alimentos, ofrecía los servicios necesarios para el viajero y los visitantes de la ciudad. Bancos, agencias de viajes, cafeterías, bares, espacios deportivos, cine, salones para eventos sociales, tienda de regalos y florerías se instalaron en el mismo edificio a fin de que los huéspedes no tuvieran que salir de él, así como atraer a un público mucho más heterogéneo y versátil.

Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (640x167)

Diego Rivera, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, mural, 1947. Museo Mural Diego Rivera, Secretaría de Cultura. D.R. 2016 Banco de México, Fiduciaria en el Fideicomiso relativo a los Museos Diego Rivera y Frida K.

Fue el primer hotel donde se celebró una boda, entre sus huéspedes estuvieron el músico Leonard Bernstein y el emperador de Etiopía Haile Selassie, mientras que para la clase política y otros grupos influyentes de la sociedad era el centro de banquetes y reuniones. Los salones del Hotel del Prado también se convirtieron en sede de congresos y convenciones, muchas de las cuales dieron como resultado nuevas organizaciones laborales. Sus pasillos, salones, restaurantes y bares vieron desfilar a una gran cantidad de personalidades destacadas de entonces, entre otros deportistas y estrellas de cine, intelectuales y empresarios. Pero también fue un espacio abierto a un público más amplio a través, por ejemplo, de su sala de cine, que comenzó a operar con el nombre de Trans Lux Prado y que después sería conocido como Cine Prado.

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Una lección de historia. La Revolución Mexicana en la pintura mural

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

David Alfaro Siqueiros (1896-1974), nació en Santa Rosalía Camargo, Chihuahua. ingresó a la Academia de Bellas Artes de San Carlos a mediados de 1911. Posteriormente, en 1914, se incorporó a la revolución sumándose a las fuerzas del Cuerpo de Ejército del Noroeste, bajo las órdenes del general Manuel M. Diéguez, jefe de la División de Occidente. En 1919 el gobierno de México lo envió becado a Europa a continuar con los estudios interrumpidos en Bellas Artes. De regreso en México, se involucró –a partir de 1924– activamente en las luchas obreras. Su incorporación al Partido Comunista y su actividad partidaria lo llevó a prisión en varias ocasiones –por cuestiones políticas–. Vinieron después su destierro a Estados Unidos, su viaje a España y su incorporación al Ejército Republicano Español en la 82a brigada mixta (Teruel), para posteriormente pasar a la 46a Brigada Motorizada en el frente de Extremadura. regresó a México en 1944. Miembro prominente del Partido Comunista, siguió sus actividades como agitador sindical y político que le valieron volver a Lecumberri. Como pintor alcanzó fama internacional por sus obras de caballete, frescos y grandes murales que pintó en diversos edificios públicos, entre ellos el de la Escuela Nacional Preparatoria, el del Palacio de Bellas Artes y el del Museo Nacional de historia. Su última obra fue El Poliforum Siqueiros iniciada en 1970 en la Ciudad de México.

0. El primer mural

El trabajo que Siqueiros realizó para la Sala de la Revolución en el Castillo de Chapultepec no fue continuo. El artista participó durante 1959 en varias manifestaciones encaminadas a obtener la libertad de Demetrio Vallejo –dirigente ferrocarrilero– y otros activistas presos; dictó conferencias en las que criticó acerbamente la política laboral del gobierno y fue acusado, entre otros delitos, de disolución social, por lo que se le encarceló en el llamado Palacio Negro de Lecumberri. En 1964 se le concedió el indulto y en 1967 concluyó el mural que constituye, indudablemente, una obra maestra tanto por su plasticidad como por su síntesis didáctica. Siqueiros no pinta la revolución Mexicana sino sus antecedentes y, sobre todo, a los precursores e ideólogos que con su influencia o acción directa la hicieron posible.

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