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El fracaso de los exiliados en Estados Unidos

María Luisa Calero Martínez de Irujo
Universidad Iberoamericana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Los intentos de derribar al gobierno de Venustiano Carranza por diferentes grupos desterrados de personalidades mexicanas en el exilio sucumbieron ante sus propias divisiones motivadas en razones ideológicas y de proyectos políticos. Pero también porque el gobierno de Woodrow Wilson rechazó apoyarlos.

Manuel Garza Aldape con Victoriano Huerta y otras personalidades, ca. 1913, inv. 38744, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Manuel Garza Aldape con Victoriano Huerta y otras personalidades, ca. 1913, inv. 38744, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

A lo largo de la segunda década del siglo XX se produjeron distintas oleadas de exiliados con motivo de la revolución mexicana. Las circunstancias políticas variaban, pero aquellos que salieron de México eran hombres que participaron en la lucha por el poder y se vieron obligados a desterrarse al resultar derrotados por otras fuerzas políticas. Las figuras que componen este exilio fueron personas con distinto bagaje cultural, ideas y capacidades. Ente ellos había miembros de la administración pública y de la iglesia, integrantes del extinto ejército federal o del que nació de la revolución, hacendados y empresarios importantes, así como profesionistas destacados (periodistas, abogados, escritores, ingenieros, médicos) y artistas.

En términos generales, puede decirse que con la caída de la dictadura salieron del país los porfiristas más influyentes acompañados de sus familias. Cuando el general Victoriano Huerta se apoderó de la presidencia, en febrero de 1913, los maderistas se vieron forzados a huir, y en junio del año siguiente, vencido Huerta por el ejército constitucionalista, se generó la mayor oleada de exiliados porque quienes participaron de una manera u otra en ese régimen, o dieron su apoyo, fueron perseguidos. Incluso, los miembros del disuelto ejército federal. Poco después continuó el destierro de los felicistas, partidarios de Félix Díaz, un grupo que aspiraba a regresar a los tiempos porfiristas. Por último, tuvo lugar el exilio de los convencionalistas y, entre agosto de 1915 y febrero de 1916, los villistas y zapatistas escaparon de la persecución al rechazar las imposiciones carrancistas.

El destierro significó para todos ellos el aislamiento fuera del país. La respuesta ante la frustración de no poder participar directamente en el devenir de México fue diferente según los casos. Si bien muchos se alejaron de la política, otros buscaron en el extranjero, principalmente Estados Unidos, algún tipo de participación opositora como la fundación de periódicos o escribiendo en ellos, la creación de organizaciones políticas y hasta orquestaron expediciones armadas, como la de Félix Díaz. Estos personajes heterogéneos pretendieron estructurar un país distinto al que se estaba conformando, desde diversas facciones políticas y maneras diferentes de pensar.

Hermanados por el descontento, de 1915 a 1920 existieron en Estados Unidos varias asociaciones políticas mexicanas que intentaron revertir la situación que se vivía en México. Las circunstancias cambiantes de la revolución fueron marcando sus características y objetivos: en un inicio se trataba de evitar que Estados Unidos reconociera a alguna de las facciones revolucionarias y luego se buscó revertir el reconocimiento del gobierno de facto. Así, en 1915 los huertistas fundaron la Asamblea Pacificadora en San Antonio y al año siguiente los villistas establecieron en Texas el Partido Legalista, a su vez, l conservadores -aquellos considerados como porfiristas-, constituyeron en 1916 en Nueva York la Liga Nacionalista Mexicana. A partir de 1917 los exiliados se centraron en derrumbar a Carranza y derogar la nueva Constitución. La Carta Magna de 1857 representaba para ellos el triunfo contra el conservadurismo y símbolo de la república como tal, por lo que su derogación la consideraban inaceptable, aunque creían en la necesidad de modificarla

Así como surgieron asociaciones contrarrevolucionarias entre exiliados de diferentes facciones, también se presentaron fricciones entre sus miembros. Estas se exteriorizaron por razones políticas e ideológicas, posturas encontradas con exiliados de otros grupos y sus propios cambios de ideas a lo largo del exilio. Esta falta de unificación restó credibilidad a los movimientos al momento de buscar apoyo moral y financiero a Washington.

Ahora bien, la Constitución de 1917 había producido controversias con los intereses económicos extranjeros, sobre todo por el artículo 27 que establecía la propiedad del Estado en las tierras y aguas, así como el subsuelo. Sin embargo, la decisión del presidente estadunidense Woodrow Wilson de intervenir en la primera guerra mundial implicó que la prioridad fuese mantener en paz a México, por lo cual, mientras duró el conflicto bélico se antepuso el interés nacional por encima de los intereses de los inversionistas. Pero la relación con México cambió radicalmente cuando Estados Unidos emergió como una potencia mundial fortalecida al término de la guerra en Europa.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

GARCIADIEGO, JAVIER, “Los exiliados por la Revolución Mexicana”, en Javier Garciadiego y Emilio Kourí, comp., Revolución y exilio en la historia de México. Del amor del historiador a su patria adoptiva: Homenaje a Friedrich Katz, México, El Colegio de México, Centro Katz, The University of Chicago, Era, 2010, pp. 539-565.

GONZÁLEZ GÓMEZ, CLAUDIA, Intelectuales, exilio y periodismo en Cuba durante la Revolución Mexicana, México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2011.

LERNER, VICTORIA, “Los exiliados de la revolución mexicana en Estados Unidos, 1919-1940”, en La comunidad mexicana en Estados Unidos, Fernando Saúl Alanís, coord., México, El Colegio de San Luis, Conaculta, 2014, pp.71-126.

RAAT, DIRK W., Rebeldes Mexicanos en los Estados Unidos 1903 -1923, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.

El Plan de Guadalupe. Un documento fundacional

Edwin Alberto Álvarez Sánchez
Museo Casa de Carranza

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

El artículo 4° del llamado Plan de Guadalupe, proclamado por Venustiano Carranza el 26 de marzo de 1913 para restaurar el orden constitucional, consigna el nacimiento de nuestro ejército y fuerza aérea. Allí está el origen de nuestras fuerzas armadas.

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G. Sánchez Guerrero, Venustiano Carranza, óleo sobre tela, s. XX, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Cada 19 de febrero se celebra el día del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos. Esto se debe a que, en esa fecha, el año de 1913, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, obtuvo autorización de la legislatura local para levantarse en armas contra el general Victoriano Huerta, a fin de defender el orden constitucional, violentado por la aprehensión del presidente Francisco I. Madero y su gabinete. La autorización quedó consignada en el decreto 1421.

Sin embargo, ese decreto por sí solo no estableció ninguna fuerza armada. Simplemente dio a Carranza un respaldo legal para sublevarse. Días más tarde, el expresidente Madero, que coaccionado por Huerta había presentado su renuncia ante el Congreso de la Unión, fue asesinado. Al tanto de este hecho, Carranza abandonó la ciudad de Saltillo con una pequeña comitiva, decidido a encabezar un movimiento armado.

Huerta no tardó en responder y envió contra el gobernador rebelde a los generales Fernando Trucy Aubert, Arnoldo Casso López y Manuel Blázquez. Este último, padre del jefe de la Guardia Presidencial del extinto Madero, ocupó la capital coahuilense y asumió el gobierno de la entidad. Durante las primeras semanas del movimiento, Carranza se dedicó a merodear en las cercanías de Saltillo, para después librar un malogrado combate en Anhelo. La llegada al estado del coronel Guillermo Rubio Navarrete y del mayor Joaquín Mass Águila lo obligó a operar con más prudencia. Estableció su cuartel general más al norte, en Monclova, donde planeó un ataque a Saltillo, que resultó en un nuevo revés.

Dos derrotas consecutivas llevaron a los jefes y oficiales rebeldes a cuestionar el liderazgo militar de don Venustiano, quien no se aferró al mando operativo de sus fuerzas. Pablo González, Jesús Carranza –su hermano menor– y Francisco Coss se desprendieron del contingente principal, a fin de operar por su cuenta, aunque sin dejar de reconocer su autoridad política. Sin embargo, consciente de la necesidad de consolidar el movimiento ante la opinión pública nacional y extranjera, el también conocido como Varón de Cuatro Ciénegas acordó con su secretario Alfredo Breceda la elaboración de un programa de acción mientras hacían la marcha de regreso hacia Monclova. Este fue redactado en la hacienda de Guadalupe, propiedad de un amigo de Carranza llamado Marcelino Garza.

El llamado Plan de Guadalupe fue dictado por don Venustiano a Breceda y contenía siete puntos o artículos, el primero de los cuales desconocía a Huerta como presidente de la república. El segundo desconocía a los poderes legislativo y judicial por haber sancionado la usurpación admitiendo la renuncia de Madero. En el tercer artículo se desconocía a los gobernadores que 30 días después de publicado el Plan siguieran aceptando la administración huertista, lo que evidentemente buscaba la adhesión del movimiento de algunos de los que hubieran optado por plegarse al cuartelazo. El artículo 4° establecía, ahora sí, la existencia de un ejército constitucionalista, a cuya cabeza estaría el propio Carranza en calidad de Primer Jefe. El artículo 5° informaba que, tras el triunfo del movimiento, el Primer Jefe ocuparía la presidencia interina de la república, en tanto que los artículos 6° y 7° versaban sobre las elecciones a celebrarse a nivel federal y estatal con objeto de sustituir a las autoridades espurias. Cabe añadir que la razón de que el ejército revolucionario adoptara el título de constitucionalista se debió a que su misión original fue restablecer el orden constitucional violentado por el cuartelazo huertista.

El texto fue presentado por Carranza y Breceda a los jefes y oficiales rebeldes, a fin de que lo aprobasen y asentaran sus firmas. No obstante, la mayoría de ellos opinó que el texto era muy escueto y que necesitaba más explicaciones. Ciertamente, el Plan de Guadalupe en su versión original cabía en una sola cuartilla, mientras que el farragoso Plan de San Luis de Madero había cubierto alrededor de once fojas completas. Don Venustiano defendió su plan, no sólo por indicar un sencillo programa político a seguir sino por no hacer promesas incumplibles. Los jóvenes oficiales insistieron y obtuvieron la anuencia del Primer Jefe para asentar una introducción o “considerandos”, que explicaban las causas del movimiento revolucionario. Terminada la redacción definitiva, los 66 jefes y oficiales del naciente ejército constitucionalista que estaban presentes escribieron sus rúbricas. Entre ellos cabe destacar a los futuros generales Jacinto B. Treviño, Lucio Blanco, Cesáreo Castro, Gustavo Elizondo, Guadalupe Sánchez, Francisco J. Mújica, Agustín Millán, Manuel W. González y el ya citado Breceda.

Carranza no firmó su propio Plan, pues el tono del artículo 4° indicaba que el documento fue acordado por los firmantes, quienes habían decidido nombrarlo como su jefe. Habría sido de mal gusto e impolítico que don Venustiano se hubiera autonombrado líder del movimiento. De cualquier manera, con esto se seguía el procedimiento usual de los pronunciamientos del siglo XIX, cuyos textos daban a entender que el verdadero redactor del Plan no estaba enterado del mismo y que había sido nombrado por otras personas –los supuestos redactores– como cabecilla de la revuelta.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • Barrón, Luis, Carranza: el último reformista porfiriano, México, TusQuets, 2009.
  • Carranza, Venustiano, Plan de Guadalupe. Decretos y acuerdos 1913-1917, México, Sedena-inehrm-sep, 2013.
  • Garcíadiego, Javier, 1913-1914 de Guadalupe a Teoloyucan, México, Clío/Gobierno de Coahuila, 2013.
  • Salmerón, Pedro, Los carrancistas. La historia nunca contada del victorioso Ejército del Noreste, México, Planeta, 2009.

“Venían muy redotados… Pero con mucha violencia”

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

El capitán de caballería Gregorio Martínez cuenta aquí las duras vivencias como combatientes junto al general Francisco Villa entre 1917 y 1919 antes de deponer las armas. Transformados en gavilleros dispuestos únicamente a sobrevivir, afrontaron el final de la lucha revolucionaria en medio del hambre, el saqueo, las deserciones y la irracional brutalidad.

Luz Corral

A fines de 1915 la otrora poderosa División del Norte había desaparecido. Con la derrota a cuestas, el general Francisco Villa decidió seguir una guerra de guerrillas en contra de Venustiano Carranza y, a partir de entonces, con tan sólo un pequeño contingente constituido por hombres que habían militado bajo sus órdenes, comenzó a operar en el estado de Chihuahua, haciendo extensivo su movimiento a los vecinos estados de Durango y Coahuila.

Pequeños destacamentos, divididos en facciones, hostilizaron al gobierno y resistieron durante cuatro años todo intento de pacificación. Estas gavillas al movilizarse en sus lugares de origen mantuvieron contacto con la población, lo cual les facilitó organizarse, incrementar sus contingentes, conseguir provisiones e informarse de los movimientos del ejército federal. El arraigo popular que mantuvieron los villistas en numerosas poblaciones facilitó sus acciones.

En corto tiempo Villa consiguió reunir un respetable contingente armado que, durante los años siguientes, mantuvo sucesivos encuentros con los distintos jefes de operaciones militares enviados a combatirlo. Las guerrillas villistas llegaron a obtener algunas victorias logrando tener en jaque a Carranza y a su ejército a lo largo de casi cinco años. Sin embargo, aunque se fueron engrosando los contingentes guerrilleros, también se empezaron a rendir algunas facciones. Muchos villistas se amnistiaron y se pasaron a las filas carrancistas combatiendo a sus antiguos compañeros, lo que Villa nunca les perdonaría. Ante las represalias ejercidas y la táctica de leva forzosa que implementó, el caudillo empezó a perder apoyo popular, al tiempo que provocó continuos reacomodos en las jefaturas militares del Ejército federal y la formación de numerosos cuerpos de voluntarios y defensas sociales en diversas poblaciones cuya finalidad era proteger propiedades y familias de los ataques guerrilleros.

Después de tantos años de guerra, la guerrilla empezó a declinar y el movimiento se debilitó; apareció el cansancio y la desmoralización entre las tropas. Aumentaron las deserciones en masa porque se intensificó el miedo y empezaron a perder la fe. Muchos que habían sido fieles al ex jefe de la División del Norte y que llevaban años levantados en armas no pudieron resistir más y se fueron retirando de la lucha.

Tras la sublevación del grupo sonorense contra el gobierno, la adhesión de numerosos generales y el asesinato del presidente Venustiano Carranza en mayo de 1920, Villa estuvo dispuesto a pactar con el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta. El 31 de agosto de 1920, en la hacienda de Tlahualilo, Durango, los villistas depusieron las armas.

El texto que ahora se presenta es una edición de la entrevista que realicé al capitán de caballería Gregorio Martínez, los días 8 de septiembre de 1983 y 29 de septiembre de 1984 en la ciudad de Camargo, Chihuahua (pho/1/228). Se han seleccionado los relatos que recuerdan algunos pasajes de su participación de 1917 a 1919 en la guerrilla villista, años en los que se escribió uno de los capítulos más cruentos de la revolución, cuando a salto de mata y ocultas en las serranías, las gavillas hicieron de la guerrilla su modus operandi, abasteciéndose del saqueo y el robo, subsistiendo de lo que podían obtener en forma voluntaria o forzosa en los poblados aledaños y cazando al enemigo para matarlo, a riesgo de ser ellos los victimados. Hasta el fin de sus días, Gregorio Martínez mantuvo vivo el recuerdo de esos años de lucha y sobrevivencia al lado del general Villa, a quien ya no conoció como el líder admirado y carismático de otros tiempos, sino como el caudillo derrotado, despiadado y vengativo.

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“Flore de Thé” en las elecciones presidenciales de 1920

Francisco Iván Méndez Lara
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

El papel de la prensa fue destacado en la sucesión presidencial, tanto por los apoyos que dio como en la “construcción” de candidaturas. Álvaro Obregón y Pablo González parecían las opciones más seguras, pero Venustiano Carranza optó por un desconocido Ignacio Bonillas.

Imagen 2.  El Monitor Republicano, 21 de marzo de 1920, p. 3 (492x640)

Corría el año de 1919. Cerca de la Alameda capitalina un organillo reproducía la música de un cuplé cuya letra decía:

Flor de té es una linda zagala
Que a estos valles a poco llegó
Nadie sabe de dónde ha venido
Ni cuál es su nombre, ni dónde nació
Flor de té, flor de té no desdeñes mi amor
que contigo es la vida un encanto y sin ti es un dolor.

La melodía había cobrado fama en los últimos meses no solamente por su ritmo agradable para los habitantes de la ciudad de México, sino también porque se relacionó directamente con el futuro del país: las elecciones presidenciales.

I

La etapa más violenta de la revolución mexicana había concluido pocos años atrás. Venustiano Carranza triunfó en las elecciones presidenciales de 1917, pero dos años más tarde su periodo en la silla más importante del país estaba por terminar. Entonces comenzaron a saltar a la escena política los presidenciables. Por ello, al iniciar 1919 Carranza dio a conocer un manifiesto en el que trató de calmar los ánimos electorales, sin embargo, la efervescencia era mucha y poco pudo hacer para tranquilizar a los contendientes.

Por unos meses pareció que la contienda se definiría entre los dos generales de mayor renombre: Álvaro Obregón y Pablo González, el primero derrotó a Pancho Villa en 1915 y el segundo había planeado la estrategia para asesinar a Emiliano Zapata en 1919. Carranza no vio con buenos ojos estas candidaturas e impulsó una tercera opción: Ignacio Bonillas, un ingeniero sonorense que no había forjado su carrera en las fuerzas armadas. Este personaje era prácticamente desconocido en el país, por ello le pusieron como mote el título de la melodía con la que iniciamos este texto, “Flor de Té”

Bonillas nació en Hermosillo, Sonora, en 1858. Sus antecedentes son poco conocidos: se tituló como ingeniero en Boston, Massachussets, regresó a su estado natal un tiempo, pero volvió a cruzar la frontera para trabajar como traductor para el gobernador de Arizona y dar clases en el mismo estado. Entre 1887 y 1889 fungió como presidente del ayuntamiento de Magdalena en el distrito norte de Sonora. En julio de 1911 compitió por la gubernatura de Sonora, pero no ganó. Meses más tarde obtuvo una curul en la XXIII legislatura del estado de Sonora.

 

Imagen 5. El Heraldo de MAi??xico, 21 de marzo de 1920, p. 4 (467x640)

Después de los asesinatos del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez, Bonillas se unió al constitucionalismo y Carranza lo nombró agente fronterizo; su trabajo consistía en revisar los ingresos y egresos del ejército. La enorme confianza que le profesaba el Primer Jefe se reflejó en la función que desempeñó en el gobierno provisional constitucionalista en Hermosillo: el 20 de octubre de 1913 fue nombrado encargado de las carteras de Fomento y Comunicaciones. Tres años más tarde participó en las negociaciones para terminar con la expedición punitiva y, desde febrero de 1917, fue el embajador de México en Washington.

El cuatro de julio de 1919 el periódico El Demócrata aseguró que el ingeniero sería candidato a la presidencia. Un día más tarde, El Universal publicó una entrevista en la que Bonillas desmentía la nota y aseguraba que su candidatura jamás se llevaría a cabo. En El Demócrata se agregó que después de terminar su encargo en el país vecino se retiraría de la vida pública, y que buena parte de la información que circulaba eran rumores.

 

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El Universal. Una voz aliada al poder

Bernardo Masini Aguilera
ITESO

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

Venustiano Carranza delineó una estrategia de medios cuando llegó al poder que se basó en crear periódicos afines. El Universal fue el diario que ayudó a crear y sostener esa idea que pronto se truncó con su muerte. La vida de esta empresa casi centenaria ha estado marcada por su cercanía constante con el poder político.

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Edificio del periódico El Universal, ca. 1916. Archivo Casasola, inv. 90022.

En diciembre de 2016 se cumplirán 100 años del comienzo de los trabajos del Congreso Constituyente que dio lugar a la carta magna promulgada el 5 de febrero de 1917 en Que­rétaro. La nueva Constitución fue la piedra angular del proyecto político de Venustiano Carranza, quien intentó a través de ella en­viar un mensaje a la ciudadanía que, por un lado, añoraba los tiempos de estabilidad del porfiriato y, por el otro, acusaba cansancio e incertidumbre a raíz del conflicto armado comenzado en 1910. El Varón de Cuatro Cié­negas había logrado controlar la mayoría de los hilos de la política nacional. Su estrategia fue bastante audaz: encabezó un equipo de personas que en sus respectivos lugares de origen eran vinculadas con la administración pública porfiriana, que a los ojos de los nos­tálgicos había brillado por su eficiencia, pero al mismo tiempo enarboló el discurso de la reivindicación de Francisco I. Madero y sus ideales, traicionados por Victoriano Huerta y sus secuaces desde los aciagos días de la De­cena Trágica, en febrero de 1913.

Carranza fue sumamente cuidadoso de las formas y con ello logró diferenciarse de Huerta frente a la creciente opinión pública. Los años de la revolución habían fomentado mayor in­terés de los ciudadanos por lo que acontecía en los corrillos políticos, a diferencia de lo que acostumbraba la gente hasta hacía poco tiem­po. Por eso, evitó la tentación de proclamarse presidente cuando llegó al poder, como sí lo había hecho Huerta. Antes bien, se hacía llamar Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y, aunque tomaba decisiones como encargado del poder ejecutivo, evitó usar esa etiqueta hasta que pudo legitimarla con el nuevo or­den de cosas que dispuso la Constitución de 1917. Carranza entendió que uno de los prin­cipales defectos de la gestión de su antecesor había sido su abierta ilegitimidad. La traición de Huerta a Madero y a Pino Suárez era del dominio público. Si bien tenía una cantidad no pequeña de aliados –algunos de ellos con fuerte potencial para influir, como el Partido Católico– proliferaba la imagen del Huerta usurpador, del militar que había obtenido provecho de la confianza ciega que le había brindado Madero. Por ende, podía concluirse que Huerta tenía un respaldo popular mínimo.

Una voz aliada

Existieron periódicos filohuertistas como El Mañana y El País, por citar dos ejemplos capitalinos, pero su circulación y su eventual impacto eran más bien menores. Carranza en­tendió en cabeza ajena la pertinencia de contar con prensa aliada, cuyo alcance fuera mayor y cuyo discurso se homologara en torno a sus planes para concluir el proceso de pacificación del país y abrir una nueva etapa de la historia nacional. Auspició el nacimiento de varios periódicos a lo largo del territorio nacional, que contaron con recursos suficientes para im­primirse con tecnología de punta y con tirajes amplios para su época. De esa forma nació El Universal, que publicó su primer número el 1 de octubre de 1916 en la ciudad de México. En la misma lógica aparecieron en 1917 Ex­célsior, también en la capital; El Informador en Guadalajara y La Opinión en Torreón. En 1918 surgieron El Mundo de Tampico y El Porvenir de Monterrey. Estos diarios, junto a otros de menor tiraje e impacto esparcidos por el país, articularon un discurso que cerró filas tras el proyecto carrancista de una nueva Constitución.

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Sala de linotipos de El Universal, ca. 1920. Archivo Casasola, inv. 149964.

Desde el siglo xix había quedado claro a la clase política mexicana la necesidad de contar con prensa aliada a sus causas. Sin embargo, se partía del supuesto de que los periódicos eran leídos por pocas personas, quienes generalmente ya concordaban con los planteamientos esgrimidos en sus páginas. Los adeptos al Partido Liberal leían prensa liberal y otro tanto hacían los seguidores del Partido Conservador. Por ello, más que instrumentos para informar a la sociedad de lo que ocurría, los periódicos decimonónicos eran poco más que órganos de difusión y comunicación entre camaradas. El posicionamiento relativo de la prensa crítica del gobierno durante el Porfiriato marcó un puente entre ese modus operandi y el que inauguró Carranza. Destacaron entonces en ese sentido periódicos como La Orquesta, El Hijo del Ahuizote y El Diario del Hogar. Pero la aparición de El Universal estableció un orden de cosas en la relación prensa-gobierno que en buena medida prevalece hasta nuestros días.

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La guerra que Carranza no quiso comprar

Harim Benjamín Gutiérrez Márquez
Universidad Autónoma Metropolitana, X.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

En momentos en que la primera guerra mundial entraba en la etapa de definiciones, Alemania planificó una jugada para evitar la confrontación con Estados Unidos. La idea involucraba a México y Japón, pero la intercepción y desencriptación de un telegrama enviado por el ministro del exterior alemán Arthur Zimmermann tiró toda la operación por la borda. Woodrow Wilson sí entró en guerra y Venustiano Carranza mantuvo su neutralidad filogermana.

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The Temptation, caricatura del ofrecimiento de Zimmermann, en The Dallas Morning
News, 2 de marzo de 1917.

Era 1916. La primera guerra mundial desangraba a Europa. La alianza de Gran Bretaña, Francia, Rusia e Italia luchaba contra los imperios centrales: Alemania, Austria-Hungría y Turquía. Parecía que nadie podía lograr una victoria decisiva.

En el mar, el imperio británico tenía una ventaja: su flota de guerra, la Royal Navy, la más grande y poderosa del mundo. Había bloqueado el paso a los barcos germanos y cercenado la mayoría de las rutas comercia- les marinas del Reich alemán. Pero los ale- manes tenían submarinos que podían burlar el bloqueo y atacar en alta mar, por lo que esperaban que tarde o temprano cortaran o redujeran las rutas de abastecimiento y obligasen a Gran Bretaña a rendirse. Para asegurar esa estrategia urdieron un plan que parecía brillante: provocar una guerra entre México y Estados Unidos.

Para entender lo anterior, hay que recordar que al principio de la guerra los beligerantes atacaban por lo general a los barcos enemigos, respetando las naves neutrales. Pero los alemanes se dieron cuenta de que así no ganarían. Por eso, en 1915 declararon la guerra submarina ilimitada (GSI); es decir, ordenaron a sus submarinos destruir cualquier barco que se acercara a las costas de Gran Bretaña o Francia (solo dejaron abierto un pequeño corredor en el Atlántico para naves neutrales). Eso provocó la protesta de Estados Unidos, que defendía su derecho de comerciar con quien quisiera. Los alemanes sabían que la neutralidad de ese país favorecía a los Aliados, pues era un importantísimo proveedor y prestamista de Gran Bretaña y Francia, así que continuaron con la GSI. En ese mismo año hundieron al transatlántico británico Lusitania, matando a 1 198 pasajeros, entre ellos a 128 estadounidenses.

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Submarino U-14, 1914. Library of Congress, Washington, Estados Unidos.

El gobierno de Washington, presidido por Woodrow Wilson, protestó enérgicamente por esas muertes. Sin embargo, no declaró la guerra, pues tenía la esperanza de promover negociaciones de paz entre los beligerantes. Además, gran parte de los estadounidenses eran aislacionistas, persuadidos de que no debían involucrarse en una guerra europea. Asimismo, Wilson pensaba reelegirse en 1916, objetivo que logró ostentándose como el hombre que había salvado a su país de la guerra. Sin embargo, el hundimiento del Lusitania y otros incidentes similares aumentaron el tono de sus protestas, por lo que en septiembre de 1915 Alemania suspendió la GSI. Una parte de sus gobernantes comprendía que si Estados Unidos les declaraba la guerra, su enorme capacidad financiera y productiva podría dar la victoria a los aliados.

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Las reformas que transformaron al ejército

Martha Beatriz Loyo
FES Acatlán, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Terminada la revolución, en 1917 se emprendió la reorganización de las fuerzas militares que hasta entonces no estaban unificadas y significaban un problema político y económico para la estabilidad del país. Fueron medidas graduales, aplicadas a lo largo de más de una década

PrA?cticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de MAi??xico

Prácticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de México

El 9 de febrero de 1913, a las siete de la mañana, el presidente Francisco I. Madero salió escoltado por los cadetes de El Colegio Militar, del Alcázar de Chapultepec, para dirigirse a Palacio Nacional a donde llegó dos horas después por el acecho de los grupos rebeldes que atacaban el recinto. La actitud de los cadetes es conocida ahora como la Marcha de la lealtad. Esa mañana se inició un golpe de Estado en la capital encabezado por los generales Bernardo Reyes, Félix Díaz, Manuel Mondragón y otros, nombrado después como Decena Trágica. Al ser herido el general Lauro Villar, comandante de la guarnición de la plaza, Madero nombró en su lugar al general Victoriano Huerta, quien lo traicionaría culminando con la renuncia y el posterior asesinato de Madero y del vicepresidente José María Pino Suarez.

El 18 de febrero los gobernadores de los estados recibieron el siguiente mensaje: Autorizado por el Senado, he asumido el Poder Ejecutivo estando preso el Presidente y su gabinete. Victoriano Huerta. De inmediato, el 19 de febrero, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, recibió mediante un decreto expedido por legislatura estatal, el mandato para desconocer el gobierno usurpador de Huerta y poco después formar un ejército para enfrentarlo. Este sería el ejército constitucionalista que Carranza dividió en varios cuerpos con el fin de operar a lo largo del territorio nacional hasta que se restableciera el orden constitucional interrumpido por el golpe militar.

Para algunos historiadores del ejército, desde hace algunos años, este último acontecimiento marcó el momento en el que se establecieron las bases legales para el nacimiento de un nuevo ejército popular en diferentes partes del país, acaudillado por jefes regionales que se unirían a Carranza en su lucha por la legalidad. Sin embargo, no fue sino hasta junio de 1914 cuando en la batalla de Zacatecas, la división del norte, comandada por Pancho Villa, derrotó al último bastión del ejército federal que había sido una institución fundamental en los regímenes de Porfirio Díaz, Francisco León de la Barra, Francisco I. Madero y Victoriano Huerta. El 15 de julio de 1914 Huerta renunció a la presidencia y casi un mes después, el 13 de agosto, el general del ejército constitucionalista del noroeste, Álvaro Obregón, y el general José Refugio Velazco, jefe del ejército federal, firmaron cerca de la capital, los tratados de Teoloyucan, donde se establecía la rendición y disolución del ejército federal así como la ocupación de la capital por las fuerzas revolucionarias.

Cadetes de la Escuela Militar de AviaciA?n posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Cadetes de la Escuela Militar de Aviación posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

La unilateralidad de esta acción decidida por Carranza, así como la suspensión del servicio del ferrocarril entre México y Chihuahua, marginaron al ejército villista y desde este momento las dificultades entre ellos se hicieron cada vez más evidentes. Sin embargo, el enfrentamiento no se dio pues ambos esperaban imponer sus objetivos en la convención de líderes militares que se inició en Aguascalientes, en octubre.

La heterogeneidad de los representantes revolucionarios impidió que se lograra la unidad entre las distintas facciones y cuando por fin los líderes se enfrentaron, los convencionistas tuvieron que tomar partido y desbandarse. Obregón, el más importante de ellos, siguió a Carranza y resultó ser el militar más hábil de la revolución, como lo demostró al derrotar a Villa en Celaya, Trinidad, León y Aguascalientes, entre abril y agosto de 1915.

Carranza, ObregA?n y Maytorena con la artillerAi??a quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Carranza, Obregón y Maytorena con la artillería quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

Carranza no sólo triunfó sobre sus opositores en el campo de batalla, sino también en el político gracias a una estrategia que le atrajo más simpatizantes. El 19 de octubre fue reconocido por  Estados Unidos, y convocó a un nuevo Congreso Constituyente que diera legalidad y legitimidad a su mandato, promulgándose una nueva Constitución el 5 de febrero de 1917. Allí se asentaba el marco jurídico-legal con el cual los gobiernos posrevolucionarios darían forma a la nueva nación.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Para saber más

  • GUZMÁN, MARTÍN LUIS, La sombra del caudillo, México, Castalia, 2002.
  • LOYO, MARTHA, Joaquín Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-1931, México, FCE, IIH-UNAM-INEHRM, 2003.
  • PLASENCIA DE LA PARRA, ENRIQUE, Historia y organización de las fuerzas armadas en México 1917-1937, México, IIH-UNAM, 2010.
  • Ver El general, dir. Natalia Almada, 89 min., dvd.
  • Ver La sombra del caudillo, dir. Julio Bracho, 120 min., http://www.youtube.com/watch?v=t2HHSuwmDJg

El cine como propaganda

Héctor Luis Zarauz López
Facultad de Economía, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

La época revolucionaria fue clave en el desarrollo de un cine documental que informaba pero a su vez estaba muy influenciado por promover la figura de los líderes políticos. Francisco Villa fue uno de los que mejor provecho le sacó. Los intentos por hacer un cine menos politizado hallaban escaso eco

Enrique MoluniniAi?? y su pemresa familiar dedicada a la exhibiciA?n itinerante. Col. Ma. de Lourdes MouliniAi?? de Altamirano

Enrique Molunini y su empresa familiar dedicada a la exhibición itinerante. Col. Ma. de Lourdes Moulini de Altamirano

Como si fuera un set cinematográfico, el país estaba listo en noviembre de 1910 para ser filmado. Entonces, el largo gobierno de Porfirio Díaz era cuestionado por la vía armada, Madero y sus seguidores habían decidido explorar un nuevo guión después de las fallidas elecciones de ese año. La trama, el escenario, las luces y los actores, toda parecía preparado para escuchar el llamado a cámara.

La revolución mexicana fue la primera que se dio en los albores del siglo XX. Su desarrollo coincidió con el establecimiento del cinematógrafo en el mundo y en México adonde apareció desde 1896 cuando llegaron los primeros representantes de la casa Lumière y de la casa Edison, considerados como los inventores del cine.

Como el cine ya había dado sus primeros pasos en nuestro país, la revolución fue un proceso histórico razonablemente bien filmado para su tiempo. Sin embargo, gran parte de los materiales fílmicos que se hicieron entre 1910 y 1920 desaparecieron, ya sea porque fueron mutilados, fragmentados o destruidos. Aun así ha quedado suficiente de él para utilizarlo como un elemento reconstructivo de la historia de la revolución y de esa época.

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revoluciA?n hasta la caAi??da de Madero en ARCHIVO HISTAi??RICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revolución hasta la caída de Madero en ARCHIVO HIStÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de Sigüenza y Góngora

Actualidad revolucionaria

Al haber sido depuesta la dictadura de Díaz, las temáticas que habían interesado al cine de ese tiempo desaparecieron (hasta entonces, don Porfirio y su comitiva aristócrata habían sido uno de los imanes de taquilla) y en lo sucesivo el cinematógrafo se centró en el movimiento revolucionario. El espectador dejó de observar imágenes de concordia y abundancia de esa supuesta belle époque que el cine se empeñaba en captar. Ahora el espectáculo sería ver al pueblo mismo en la pantalla y el enfrentamiento armado en contra del dictador y entre las facciones en rebelión.

Durante los años de la Revolución (considerando la década de 1910 a 1920), predominaron dos corrientes en la producción nacional: por una parte, el documental sobre la Revolución, y por otra, las piezas del cine argumental que ya se venían realizando.

Casi la totalidad de filmaciones que se hicieron en estos años fueron documentales-reportajes. Por el contrario, se realizaron muy pocas ficciones, lo cual es interesante si tomamos en cuenta que en el mismo periodo en Estados Unidos se filmaron más de cien dramatizaciones sobre el tema revolucionario. Esto podría responder primero al hecho de que en México la industria no había alcanzado un desarrollo pleno que permitiera hacer este tipo de cine, y segundo a que muy probablemente el público demandaba materiales de carácter informativo que consideraba más fidedignos por ser el retrato de la realidad revolucionaria. De manera que estas cintas son muy cercanas a un trabajo periodístico. Sin embargo, no debe perderse de vista que muchos de estos documentales fueron auspiciados por los propios caudillos que vieron en la filmación un vehículo de promoción de sus figuras.

Dentro de los documentales había dos fines fundamentales. El primero fue el periodístico, por lo cual las temáticas estaban evidentemente ligadas a los eventos de actualidad. Se trataba de filmar aquello que acababa de suceder en torno a las movilizaciones armadas a fin de que el espectador estuviera enterado. Entre estas se pueden citar: Las conferencias de paz en el norte y toma de Ciudad Juárez (1911), Viaje triunfal del jefe de la revolución don Francisco I. Madero desde Ciudad Juárez hasta la Ciudad de México (1911), La revolución orozquista (1912), La revolución en Veracruz (1912), La revolución felicista (1913). Además, el camarógrafo Jesús H. Abitia filmó campañas militares de Obregón y Carranza, Francisco Villa contaba con camarógrafos de la Mutual Film Corporation, que filmaron la toma de Ojinaga, Torreón y Gómez Palacios, y los zapatistas tuvieron también camarógrafos que editaron La revolución zapatista (1914). Las huestes huertistas llegaron a hacer uso del cinematógrafo al filmar Sangre hermana (1914). Asimismo, fue registrada la invasión estadounidense por Salvador Toscano, bajo el título de Sucesos de Veracruz (1914).

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de Sigüenza y Góngora

El otro uso importante que tuvo el documental en estos años fue el propagandístico, ya que los documentos cinematográficos, fotográficos, periodísticos, etcétera, eran parte de la lucha de los distintos bandos de la Revolución. Estamos pues ante películas vinculadas a una causa específica y que, en consecuencia, no son piezas desinteresadas y meramente testimoniales que se limitaban a registrar los sucesos del país.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Para saber más:

  • LEAL, Juan Felipe. El documental nacional de la Revolución mexicana. Filmografía: 1915-1921. México, Juan Pablos Editores, 2012.
  • MIKELA UREGUI, José Ramón. La historia en la mirada. México, Filmoteca de la UNAM.
  • MIQUEL, Ángel. “Las historias completas de la Revolución de Salvador Toscano”, Fragmentos. Narración cinematográfica compilada y arreglada por Salvador Toscano, 1900-1930. México, Imcine-Conaculta, 2010.
  • ____________. En tiempos de Revolución. El cine en la ciudad de México. 1910-1916. México, UNAM, 2012.
  • ROSAS, Enrique. El automóvil gris. México, 1919, dvd. Filmoteca de la UNAM.
  • TOSCANO, Salvador. Memorias de un mexicano. México, 1950, dvd. Fundación Carmen Toscano.

Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenómeno de la Revolución llamó la atención de diversos extranjeros que por alguna razón estuvieron en México. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interés y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro país. Periodistas, políticos, diplomáticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquellos participaron y subrayan la simpatía o antipatía que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos días de la Decena Trágica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes líneas extraídas de su libro Los últimos días del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Ministros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeño y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espíritu, y asoma a los ojos, todo él en mis pupilas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraña y única, del magistrado que saborea la victoria [...]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso [...] traía su fe en el régimen democrático, su fe en el pueblo, su fe en la Constitución, hasta entonces, por ningún gobierno practicada; sentía, como nunca, además, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentía la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su política, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado [...].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses después] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien había redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lánguida y triste, en cielos de tormenta. La oposición había inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[...] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambición… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Suárez, escribía en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompañaban a Madero. [...] Me hizo sentar en el sofá y a mi izquierda ocupó una butaca. Pequeño de estatura, complexión robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movía con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en ángulo, sonreía con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresión. Según piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonríe siempre; invariablemente sonríe. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa [...] Era como el gesto del régimen que con él se extinguía [...]

Era la una de la mañana [...] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogándole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sábanas y almohadas; y revela [...], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacería feliz en la montaña profunda [...] Eran rasgo de su carácter el orden, la simetría, la regularidad [...]

A las diez de la mañana todavía me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de México. El dormitorio recobró sus preeminencias de “sala de recibo” y Madero, en el remanso de su dulce optimismo, formulaba planes de romántica defensa. Desde luego, no concebía que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que Félix (Díaz) permitiese el bárbaro sacrificio de su vida, siéndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonríe compadecido de sí mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, además, amante de la caza, la tétrica sombra del calabozo le afligía.

[...] el 22 de febrero [...] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueño [...] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba [...] avisa que la señora de Madero quiere hablar por el teléfono [...] Son las siete de una fría mañana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: “¡Señora, por Dios; al Ministro que averigüe si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, señora!” [...] Y no podía consolarla, desmintiendo aquella versión, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periódico. El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

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Isidro Fabela, la fotografía y la Revolución mexicana

Alberto del Castillo Troncoso / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10
Para Carlos Del Castillo Venegas, el "capi", en sus primeros 90 aAi??os

Para Carlos Del Castillo Venegas, el “capi”, en sus primeros 90 años

Los pasos de Fabela

Isidro Fabela es uno de los intelectuales más importantes de la Revolución mexicana. Su participación al lado de las fuerzas constitucionalistas en Coahuila y Sonora en 1913 y su intervención como encargado de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Venustiano Carranza durante la invasión estadunidense a Veracruz en 1914, sus múltiples gestiones como diplomático en Europa y América del Sur durante el gobierno del mismo don Venustiano y como representante de México ante la Liga de las Naciones en administraciones posteriores lo convirtieron en uno de los artífices del nacionalismo revolucionario que dio cauce institucional a la violencia de la gesta armada así como el sentido histórico de ser parte de uno de los más importantes imaginarios políticos y culturales del siglo XX.

A lo largo de varios decenios, don Isidro representó con gran dignidad y decoro a un discreto país latinoamericano capaz de enfrentar por la vía diplomática a varias de las grandes potencias de la época, desde Estados Unidos con Woodrow Wilson hasta Alemania con Adolfo Hitler, pasando por la Italia de Benito Mussolini y la España de Franco.

Isidro Fabela hizo a lo largo de su vida varios diagnósticos de la Revolución. Primero en diversas crónicas, luego en una historia diplomática, más tarde en sus memorias, describió con lujo de detalles su participación al lado de personajes como Abraham González, José Maytorena, Álvaro Obregón, Manuel Diéguez, Cándido Aguilar, Eduardo Hay y muchos otros, siempre bajo la rígida de Carranza, el Primer Jefe, líder indiscutible a quien prodigó una lealtad a toda prueba. En todo momento argumentó su preocupación por documentar los hechos y así poder escribir narrativas verosímiles, capaces de dar cuenta de una realidad tan compleja como la que sin duda fue el levantamiento armado con sus distintos profetas, desde los hombres fuertes del norte del país hasta los caudillos del sur, todos convertidos en poco tiempo en personajes de leyenda.

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Su sobrevivencia a todos los jefes revolucionarios y su posterior intervención como diplomático en varios gobiernos emanados de la gesta armada le dieron la distancia precisa para aquilatar el valor de su archivo de documentos y fotografías y vislumbrar la necesidad de apoyar su testimonio personal en ellos, para dotarlo de cierta objetividad y verosimilitud.

La colección fotográfica

Una faceta poco conocida de don Isidro es la de coleccionista de fotografías de la Revolución. No formó una crónica visual que pretenda sustentar todos los hechos en forma global o exhaustiva, sino que, por el contrario, es el registro personal de una trayectoria política y militar al lado de Carranza en los años álgidos del levantamiento contra Victoriano Huerta. Una visión tan acotada y precisa resulta todo menos obra de la casualidad. Por el contrario, es un indicador de su participación, toda vez que, a la usanza de los diarios íntimos, su presencia gravita en una buena suma de fotografías.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.06.26La colección fotográfica de nuestro personaje consta de cerca de 1,000 imágenes que comienzan con su arribo en 1913 al ejército revolucionario dirigido por Pablo González y Jesís Carranza en Coahuila e incluyen su incorporación posterior a las fuerzas constitucionalistas en Sonora, una parte significativa de la campañía del Pacífico, con la caída de Mazatlán y la apertura consecuente del camino a la ciudad de México para Álvaro Obregón, la devolución del puerto de Veracruz por los ocupantes estadounidenses y la gira triunfal de Venustiano Carranza por el interior del país a fines de 1915 e inicios de 1916.

Una ruta como ésta contiene omisiones importantes que deben ser vistas como parte del conflicto que surgió entre las distintas fracciones revolucionarias. De tal modo, el énfasis en don Venustiano y algunos de sus oficiales contrasta con el vacío existente en torno a las figuras de Francisco Villa y Emiliano Zapata. La disputa del constitucionalismo con estos dos jefes halla viva expresión en el acervo fotográfico de Fabela.

A pesar de las ausencias, la diversidad de firmas que aparecen en el acervo, que van de José María Chávez en Piedras Negras a W. Roberts y Alberto Lohn en Culiacán, pasando por los itinerarios regionales de Jesús H. Avitia y los Hermanos Mendoza, permite asomarse a la compleja representación iconográfica de la Revolución mexicana que, durante décadas, pretendió reducirse a la visión monolítica de la memoria oficial y su expresión emblemática a través de la firma única de Agustín Víctor Casasola.