Archivo de la etiqueta: Estados Unidos

Kathryn Blair. La vida sin mapa de camino

Ximena Montes de Oca y Héctor Luis Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

La autora de A la sombra del Ángel, una biografía novelada sobre su suegra, la polifacética Antonieta Rivas Mercado, actriz, mecenas, escritora, promotora cultural y defensora de los derechos de la mujer a principios del siglo XX, narra aquí su vida en México, la formación en Estados Unidos, el paso por Cuba y cómo es que llegó tardíamente a las letras.

Diseño de íconos por Laymik The Noun Project. Licencia de uso Creative Commons

Diseño de íconos por Laymik The Noun Project. Licencia de uso Creative Commons

Kathryn Skidmore Blair nació en Cuba en 1920 y tres años después llegaba a una ciudad de México, provinciana y apacible, según relataría años más tarde, aunque en pleno proceso de reconstrucción posrevolucionario. Muy joven viajó a California, Estados Unidos, la patria de sus padres, en donde completó su formación escolar. Con el estallido de la segunda guerra mundial se involucraría como empleada en una fábrica de armamento y comentarista en Hollywood. Posteriormente viviría en Cuba donde presenció el ascenso del régimen revolucionario, lo cual la decidió a regresar a México en donde reside hasta la fecha.

Además de haber ejercido el periodismo, es escritora y ha publicado obras como El diario de Lucía (2000) y Breve relato de la historia de México de los olmecas al siglo XXI (2010), aunque sin duda su libro A la sombre del ángel es su obra más importante en la narra la vida de su suegra, Antonieta Rivas Mercado. El libro fue publicado por primera vez en 1995, y a la fecha ha vendido más de 200 000 ejemplares.

Aunque Kathryn no conoció en vida a Antonieta, el parentesco que las unía le dio la oportunidad de entrevistar a los familiares, obteniendo información de primera mano. La exhaustiva investigación que le tomó cerca de 20 años de trabajo, le permitió reconstruir de forma muy precisa la biografía de Antonieta, quien vivió tres momentos cruciales de la historia de México: el final del Porfiriato, la revolución y posteriormente la lucha de poderes por gobernar al país, hasta su muerte en 1931, año en que decidió poner fin a su vida en la Catedral de Notre Dame, en París.

La obra de Blair tiene el valor de haber “rescatado” la figura de Antonieta Rivas Mercado, en un momento en el cual era poco conocida, al igual que otros personajes femeninos de gran relevancia para la historia nacional. Su relato permitió dimensionar la importancia de las labores altruistas y políticas de Antonieta.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Dos décadas del TLCAN, aciertos y oportunidades perdidas

Paolo Riguzzi – El Colegio Mexiquense
Patricia de los Ríos – Universidad Iberoamericana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

La apuesta por un intercambio comercial abierto con Estados Unidos y Canadá que favoreciera el desarrollo mexicano no ha sido tan exitosa como se esperaba. Hay razones económicas internacionales que lo explican, pero parte importante de las fallas se encuentran en problemas internos que México no ha logrado superar.

Firma Oficial del NAFTA por los tres paAi??ses (2) (800x548)

Los presidente de México y Estados Unidos, Carlos Salinas de Gortari y George Bush, junto con el primer ministro canadiense Brian Mulroney durante la ceremonia inicial del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, San Antonio Texas, 7 de octubre de 1992.

El Tratado de Libre Comercio de Amé- rica del Norte, entre Canadá, Estados Unidos y México (TLCAN), se suscribió en diciembre de 1992 y, tras su ratificación por los tres congresos al año siguiente, entró en vigor en enero de 1994. Cumple así 20 años de existencia, y las implicaciones de esta duración resultan evidentes si se piensa que más de un tercio de la población mexicana nació posteriormente y que otra porción importante transcurrió toda su edad adulta con el TLCAN en operación. Más allá de la conmemoración, examinar y debatir los elementos principales de su significado constituye una tarea ineludible, en particular por lo que concierne a la relación con Estados Unidos, que es el aspecto clave desde el punto de vista de México.

A lo largo de su relación, los dos países sólo habían tenido experiencias limitadas en cuanto a tratados comerciales. En el siglo XIX, en dos ocasiones, llegaron a suscribirse acuerdos relacionados con la liberalización arancelaria: el McLane-Ocampo, en 1859, muy controvertido por los aspectos territoriales que contenía; y el Romero-Grant, en 1883. Sin embargo, ninguno de los dos entró en vigor por la falta de aprobación en el congreso estadounidense. Durante el siglo XX, se firmó un tratado de comercio en el marco de la cooperación extraordinaria de los años de la segunda guerra mundial; el acuerdo, que abarcaba solo una porción del intercambio, estuvo en vigor entre 1943 y 1949 y se abrogó a instancias de México en 1950. De allí en adelante, no hubo otros acuerdos hasta el de 1992.

Las raíces del TLCAN se encuentran en las grandes transformaciones mundiales de los años ochenta del siglo XX, impulsadas por el colapso de la Unión Soviética, la consolidación del proyecto de la Unión Europea, la liberalización de los mercados financieros, y el incipiente proceso de globalización en varios ámbitos. En la región de Norteamérica, se verificó en 1987 la negociación del Acuerdo de Libre Comercio entre Canadá y Estados Unidos. En el caso de México, el agotamiento de la industrialización protegida y luego la petrolización de la economía, llevaron a la desastrosa crisis de la deuda en 1982 y se impuso la política de apertura comercial para reorientar las fuentes de crecimiento. Como reflejo de ello, en 1986 México adhirió al GATT (Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio), lo que implicó el desmantelamiento progresivo de las barreras arancelarias y no arancelarias muy elevadas que aislaban a la economía mexicana del mercado internacional..

El acuerdo

El gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) observó con mucha atención el surgimiento del tratado entre Canadá y Estados Unidos y fue durante su presidencia cuando tomó forma el diseño ambicioso de negociar un tratado de libre comercio con el vecino del norte. Eso se vio como una palanca crucial no sólo para profundizar y ordenar el proceso de integración silenciosa que ya venía ocurriendo entre las dos economías, sino también para garantizar continuidad al proyecto de modernización en un sentido liberal de la sociedad mexicana. Desde este punto de vista, el TLCAN se consideró como un candado para impedir que una futura administración pudiera dar marcha atrás fácilmente al proceso de apertura económica..

Si bien los tres países de América del Norte compartían ciertas premisas acerca de la liberación del comercio de bienes y servicios, y de los flujos de inversión, en torno a ellas se dio una negociación compleja, la cual pasó por un proceso preparatorio y etapas distintas, hasta desembocar en la ratificación. Las políticas domésticas y la disparidad de las economías planteaban escollos importantes. Para México, que ya había reducido de forma importante sus barreras de protección comercial, destacaban dos prioridades: la captación de inversión extranjera para financiar el nuevo modelo de desarrollo; y encontrar un mecanismo de solución de controversias, el cual quedó establecido en el capítulo 19 del acuerdo, en el que se constituyó un mecanismo para resolver disputas mediante paneles cuyos fallos son obligatorios.

El TLCAN preveía la eliminación de las fronteras para comercializar bienes y servicios entre los tres países, la protección de las inversiones ante procedimientos expropiatorios y de la propiedad intelectual, la administración conjunta del acuerdo, y la aplicación de mecanismos de solución de controversias. La desaparición de las tarifas arancelarias se escalonó a lo largo de un determinado periodo y, para determinar qué bienes tendrían derecho al trato preferencial, se estipularon las reglas de origen que aseguran que las ventajas del TLCAN sólo beneficien a mercancías producidas en América del Norte. La desgravación arancelaria se diseñó de acuerdo con listas específicas negociadas en el tratado, según cuatro categorías: a) desgravación inmediata al entrar en vigor el tratado; b) eliminación del arancel en cinco etapas anuales; c) eliminación en diez años; d) plazo de quince años para la desgravación del maíz, el frijol y la leche en polvo en México, y el jugo de naranja en Estados Unidos.

P1020349 (800x600)

Muro fronterizo México-Estados Unidos.

Discursos y hechos

Elaborar un balance del impacto económico del TLCAN es una cuestión muy compleja, que requiere perspectivas diferenciadas y excede el espacio disponible para este ensayo. Una manera provechosa de acercarse al tema es adoptar como referencia las promesas explícitas: aquellas ventajas para México que, según el discurso oficial, el tratado traería consigo, y que constituían las razones para aprobarlo.

Para realizar este ejercicio, utilizaremos el mensaje que el presidente Salinas de Gortari dirigió al país el 12 de agosto de 1992, una vez que concluyeron las negociaciones. En este notable documento se exponían seis beneficios principales, en el siguiente orden: a) la vinculación a uno de los centros de la economía mundial; b) el acceso amplio y permanente de los productos mexicanos al gran mercado norteamericano; c) la estipulación de reglas claras y certidumbre en el intercambio con Estados Unidos y Canadá; d) la especialización de la producción de acuerdo con las ventajas de los recursos y las habilidades mexicanas; e) el beneficio de los consumidores, en razón de la disponibilidad de más productos, de mejor calidad y menor precio. Por último, se destacaba (con el sobre todo) la ventaja más importante: generar más empleos y mejores remuneraciones para los mexicanos, gracias a la llegada de capitales e inversiones productivas. Como se añadió posteriormente, el interés de México era el de “exportar mercancías, no personas”.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Entre discriminaciones, sudor y sangre: El origen de la lucha libre en México

Revista BiCentenario # 18

Martín Josué Martínez Martínez / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En el centro del cuadrilátero José Francisco, mejor conocido como Yaqui Joe, luchador mexicano oriundo de Guaymas, Sonora, logró poner al estadunidense Ted Hawks con la espalda contra la lona. Una vez más utilizó sus piernas musculosas, que como dos enormes tenazas de acero envolvían el torso del oponente, inmovilizándolo. Los intentos de éste por desprenderse fueron inútiles, el castigo le producía gran sufrimiento que se reflejaba en su rostro y en sus gritos. El réferi se apresuró a tocar con la palma de la mano los tres segundos reglamentarios que convirtieron a Hawks en una cifra más de la larga lista de derrotados que acumulaba el Yaqui.

El Santo

Concluida la función de lucha libre encuentro deportivo entre dos atletas, en el que se trata de vencer al rival mediante prensas dolorosas, el oponente abandonó el encordado. El Yaqui se puso de pie, dominó la respiración que se encontraba agitada por el enorme esfuerzo que acababa de realizar, las manos le temblaban por la adrenalina y el sudor le cubría todo el cuerpo. Su sonrisa de satisfacción y amabilidad contrastó con los ojos profundos, con el rostro áspero, cuyas cicatrices y nariz desviada debido a los golpes, atestiguaban una vida de castigos. De repente la sonrisa desapareció; el réferi no tuvo tiempo siquiera de levantar la mano del sonorense en señal de victoria, cuando los asistentes a la arena en Huling, Texas, comenzaron a acercarse de forma violenta al ring con el único objetivo de cobrar con sus propias manos el agravio que había dañado su honor.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • Raúl Criollo y José Xavier Nóvar, ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, México, UNAM, 2011.
  • Álvaro A. Fernández Reyes, Santo, el Enmascarado de Plata. Mito y realidad de un héroe mexicano moderno, México, Conaculta-El Colegio de Michoacán, 2004.
  • Lourdes Grobet, Espectacular de Lucha libre, México, UNAM-Trilce Ediciones, 2005.
  • Janina Möbius, Y detrás de la máscara el pueblo. Lucha libre un espectáculo popular mexicano entre la tradición y la modernidad, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2007: http://www.cmll.com/historia_cmll.htm
  • 100 rifles, Tom Gries, Estados Unidos, 1969, 110 min., dvd.

Los diarios de un obispo en el exilio

Gerardo Salvador González Lara
Tecnlógico de Monterrey
Revista Bicentenario #17

 

La relación de la iglesia católica con el gobierno de México remonta sus orígenes al proceso de conquista y colonización del territorio y las culturas que habitaban el espacio denominado Nueva España, realizado por la monarquía española. De allí que resulte muy difícil separar lo espiritual de lo secular en los actos y móviles de conquistadores y religiosos, pues además la influencia de aquella fue casi constante desde la época de la Colonia hasta mediados del siglo XX, a pesar de los embates secularizadores de los siglos XVIII y XIX, de la revolución mexicana y de la radica- lización de los gobiernos posteriores de los generales Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas. A continuación presentamos como testimonio de esta historia algunos fragmentos de los diarios que Jesús María Echavarría y Aguirre, tercer obispo de Saltillo, llevó durante los años de conflicto revolucionario y de la guerra cristera, y pueden ser vistos como representativos del destierro y exilio al que se vieron sometidos obispos y religiosos de menor jerarquía durante los conflictos señalados, presumiendo que quienes lo sufrieron ignoraban cómo ni cuándo esta condición llegaría a su fin.

Jesús María Echavarría y Aguirre nació el 6 de julio de 1859 en un antiguo centro minero llamado San Pedro Bacubirito, en Sinaloa. Fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1886 y consagrado obispo de la diócesis de Saltillo en la ciudad de Aguascalientes el 12 de febrero de 1905, cuando tenía 46 años de edad. El 4 de junio de 1923 recibió de la Santa Sede el decreto de erección del Instituto de Hermanas Catequistas Guadalupanas, lo cual le permitió fundar esta casa religiosa y así impulsar el desarrollo de esta congregación y sus distintas casas en tiempos difíciles para la expresión de la religiosidad en México y, a petición de la iglesia católica en Estados Unidos, extendió este servicio mediante la fundación de más casas en distintas ciudades del sur de este país. Murió en Saltillo el 5 de abril de 1954 a los 96 años de edad, luego de 49 años de ejercer en esta diócesis su labor pastoral.

Los diarios de Echavarría y Aguirre registran las experiencias que su autor vivió durante sus dos exilios fuera de la diócesis de Saltillo y del territorio nacional, y el difícil entorno que tuvo que enfrentar. La primera experiencia hacia el destierro se inició con su salida el 27 de abril de 1914, durante el gobierno de Venustiano Carranza, y concluyó con su regreso el 2 de mayo de 1918. En el trayecto estuvo en Saltillo, Guadalajara, ciudad de México, San Luis Potosí, Poza Rica, Tejería, Orizaba para llegar finalmente al puerto de Veracruz, desde donde salió a La Habana y, luego de una estania corta, se trasladó a Key West, Florida, y a Nueva Orleáns, Louisiana; en el estado de Texas estuvo en las ciudades de San Antonio, El Álamo, Santa Rosa, Fort Worth, Eagle Pass y Brackenridge.

Echevarría y Aguirre vivió un segundo exilio durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, del 21 de abril de 1927 al 2 de julio de 1929. Salió entonces de Saltillo rumbo a la ciudad de México, donde después de ser interceptado por fuerzas oficiales, fue enviado vía ferrocarril a Nuevo Laredo, Tamaulipas, de donde, forzado por militares y junto con otros seis prelados, cruzó a Laredo, Texas, para luego llegar a las ciudades de San Antonio, Santa Rosa y Brackenridge. Posteriormente viajó a Memphis, Tennessee, y a Salt Lake City, Utah, y en el estado de California estuvo en las ciudades de Los Ángeles, Redondo, San Francisco y San Fernando, para regresar de nuevo a San Antonio, Texas.

En ambos exilios, el obispo de Saltillo permaneció la mayor parte del tiempo en la ciudad de San Antonio.

Los diario referidos se localizan actualmente en la edición crítica Palabras y silencios del tercer Obispo de Saltillo Jesús María Echavarría y Aguirre durante sus exilios (2011), de quien suscribe, donde se explora la forma en que el prelado enfrentó la condición de exiliado desde que dejó su diócesis y demuestra la situación que vivió el colectivo religioso católico mexicano justo en las dos etapas históricas mencionadas, así como su convivencia con integrantes de diferentes congregaciones. De igual manera, ese trabajo identifica las percepciones e interacciones que tuvo este obispo con exiliados de diversos grupos que se pueden caracterizar como revoltosos y reaccionarios o bien como magonistas, porfiristas exiliados, anticarrancistas y otros de menor fuerza contestataria, y de igual manera con el grupo llamado del “México de afuera”.

Estos diarios brindan información y datos relevantes desde la visión religiosa sobre acontecimientos poco o nada conocidos tanto en México como en Estados Unidos, por lo que su contenido ayuda a entender una parte de la historia política, económica y social de los países con los que el autor tuvo contacto.

Veamos cómo este prelado migrante inició su destierro dentro de México, desde que dejó la diócesis de Saltillo hasta que cruzó la frontera de México con Estados Unidos:

[...]

PARA LEER EL ARTÍCULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A LA REVISTA BICENTENARIO.

De cómo desde Estados Unidos se intentó llevar la Prohibición a México

Cecilia Autrique Escobar
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Si el consumo de licor sigue a este paso, Estados Unidos no será nada mejor que una nación de borrachines”, comentará un profesor de la universidad de Harvard al ex presidente Thomas Jefferson en 1821. Se cuenta que era común que las familias iniciaran el día con un “trago generoso” de alcohol (incluidos los niños), “para aguantar las demandas del mundo y evitar los ataques de mal humor”. Más tarde Abraham Lincoln diría: “el licor intoxicante era usado por todo el mundo, repudiado por nadie y entraba en el primer respiro de un infante y en el último pensamiento del moribundo”.

La cantina con la barra mA?s larga del mundo

La cantina con la barra más larga del mundo

El alcoholismo llegó a ser una preocupación pública tan seria que desde épocas tempranas de la república independiente distintos grupos se dieron a la lucha de moderar el consumo del licor y más tarde de prohibirlo. Algunos de estos grupos tratarían de extender su influencia al país vecino del sur durante los años de la Prohibición, esto es, de 1920 a 1933, cuando en la Constitución de Estados Unidos se proscribió la producción, la venta y el tráfico de “bebidas intoxicantes”. El proceso era la culminación de una lucha de muchos años, en la que habían tomado parte distintos organizaciones protestantes “los primeros fueron los metodistas en 1826 y sobresalieron también los bautistas” que pensaban que el alcohol era dañino para el hombre y tomarlo no causaba más que consecuencias negativas en el trabajo, la familia y la sociedad. Sustentarían estas ideas en investigaciones científicas y pretenderían educar a la gente sobre los males producidos, pero también se propondrían cambiar las leyes para limitarlo o prohibirlo.

El movimiento contra el alcohol coincidió con muchos cambios que transformaron a la sociedad estadounidense. Desde finales del siglo XIX, la inmigración masiva multiplicó la población, lo cual implicó el arribo de costumbres distintas respecto al alcohol (por ejemplo, entre los irlandeses y los alemanes para quienes es parte de su cultura), al tiempo que se daba un proceso de industrialización importante que contribuyó al crecimiento de las ciudades y tenía lugar una gran migración hacia el Oeste de gente que iba en pos de nuevas oportunidades. Todo esto fue cambiando tanto los valores como las instituciones tradicionales (familia, religión y sentido de comunidad) y provocó gran incertidumbre en la sociedad, lo que llevó a su vez a un gran incremento en el consumo de bebidas alcohólicas, sobre todo en lugares públicos como las cantinas, y el exceso fue tan notable que fueron muchos los que exigieron una solución.

Embotelladores clandestinos

Embotelladores clandestinos

Ilustremos lo anterior con algunos datos. Si en 1850 los estadounidenses bebían 136 millones de litros de cerveza al año (10.2 litros por persona), para 1890 la cantidad era de 323 millones de litros (30 litros por persona). Si bien la población se había triplicado en ese periodo, el consumo de cerveza creció 24 veces y esto sin contar el consumo de licores. El número de cantinas también aumentó visiblemente pues en 1870 había 100 mil en todo el país y en 1900 la cifra era de 300 mil.

Las ligas femeninas fueron otros grupos interesados en cambiar las reglas relativas al alcohol pues las mujeres eran las más afectadas al ver como los salarios de los maridos “se iban en la botella”, quedando las familias desprotegidas y sumidas en la pobreza. De ahí que lucharan por adquirir el derecho al voto para así ser parte de la vida política nacional y poder clausurar las cantinas.

A las organizaciones religiosas y de mujeres se sumaron los grupos políticos de orientación progresista, los cuales enarbolaban además otras causas sociales tales como la reforma de las condiciones laborales de los obreros, la prohibición del trabajo infantil, el impulso de la salud pública y la mejoría de las condiciones de pobreza, entre otros objetivos.

Movimiento femenino por la templanza

Movimiento femenino por la templanza

De tal modo, el movimiento a favor de la Prohibición fue cobrando fuerza. Surgieron instituciones como el Partido Nacional Prohibicionista (1869), la Unión de Mujeres Cristianas Temperantes (1874) y la Liga Anticantinas (1893), que buscaban reformar a la sociedad a través de leyes y educación. La última fue la más poderosa porque consiguió apartar el asunto de otros temas y utilizó estrategias políticas muy eficientes, tales como intimidar a los políticos, obligándolos a tomar una postura al respecto. También manejaban a las minorías que podían definir una elección e impulsaban a los candidatos locales para que fueran los propios condados los que votaran si cerrar o no sus cantinas, además de que tenían ocho imprentas que empleaban para su propaganda y sus campañas.

Conseguían recursos económicos a través de pequeñas contribuciones de las congregaciones de las iglesias protestantes con presencia en todo el país y de algunos industriales como Henry Ford o John D. Rockefeller, quien aportaba el equivalente al diez por ciento del dinero recaudado por la Liga. Los industriales favorecían la regulación del licor pues veían una relación directa con la eficiencia de los obreros en el trabajo. El poder de la liga llegó a ser tal que se dice que Wayne Wheeler, su estratega, influyó en seis Congresos y dos presidentes y mantuvo el equilibrio de poder entre los partidos Republicano y Demócrata.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

El fantasma de la intervención: las argucias del embajador Henry Lane Wilson

Graziella Altamirano Cozzi - Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

El peligro de una inminente invasión militar se cernía sobre México en febrero de 1913.

14 (500x327)

El fantasma de la intervención acechaba amenazante en los círculos políticos y diplomáticos del gobierno de Francisco I. Madero como resultado (y parte esencial) de la estrategia de presión instrumentada por el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, la cual contribuiría de una manera decisiva para precipitar los graves acontecimientos políticos de la Decena Trágica que culminarían con el derrocamiento del gobierno mexicano y los asesinatos del presidente Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez.

Sobre la Decena Trágica aún quedan numerosas preguntas que responder sobre las causas que produjeron la caída del régimen maderista y los móviles de los grupos políticos que lo derrocaron, pero sobre todo en torno a los grandes intereses que estuvieron detrás de la diplomacia de Estados Unidos, compuesta de amenazas, provocaciones e intrigas a través de un embajador, del que se ha dicho que actuaba sin el consentimiento de su gobierno, aun cuando existen fuentes que sugieren que sí compartió con él la responsabilidad de lo sucedido en México del 9 al 22 de febrero de 1913. El régimen de Madero, además de enfrentar conspiraciones y levantamientos armados, de padecer las críticas de una implacable prensa y no contar con el apoyo cabal de sus colaboradores, tuvo que sortear las exigencias y los reclamos del gobierno de Estados Unidos, así como la evidente hostilidad de su embajador.

15 (500x335)

Cuando Madero ocupó la presidencia, en noviembre de 1911, todo parecía indicar que contaba con la aceptación del gobierno de Estados Unidos. Lo que más le interesaba en ese momento al presidente William H. Taft era que se preservara la tranquilidad interna en México, con el fin de que los intereses económicos de su país prosperaran en un ambiente de orden y legalidad.

Sin embargo, ante la fragilidad que presentaba el orden social por la ola de huelgas y las crecientes revueltas antimaderistas que tuvieron lugar en algunas regiones del país, esa política de apoyo muy pronto habría de cambiar, y la tolerancia y aceptación que aquel gobierno mostró en un principio al presidente mexicano se iría transformando en una actitud hostil y amenazante basada en las exigencias de protección a las vidas y a los intereses estadounidenses.

Sin duda, fueron muchos los factores que contribuyeron al cambio de actitud de Estados Unidos. Se ha afirmado que influyó la hostilidad personal del embajador Henry Lane Wilson hacia el presidente mexicano y su poca confianza en la política interior; que tuvo efecto, desde luego, el peligro que corrían los intereses de algunos estadounidenses con grandes inversiones en México, con los que el embajador mantenía estrechos vínculos financieros. Se ha dicho, también, que algunas medidas tomadas por el gobierno de Madero afectaban ciertos intereses enfilados hacia los campos petroleros. Lo cierto es que todo sirvió de pretexto y argumento para que, a lo largo del año de 1912, Estados Unidos llevara a cabo una agresiva política hacia México, que pasó de los avisos y advertencias a las exigencias y amenazas, y cuyo móvil aparente fue la protección de los ciudadanos de aquel país residentes en el nuestro.

Desde los primeros meses de ese año, la política estadounidense hacia México se volvió más dura, y las relaciones se tornaron ásperas, principalmente por la antipatía del embajador Wilson hacia el presidente Madero, a quien consideraba incapaz de sofocar las revueltas y restaurar el orden y al que constantemente descalificó y calumnió en los informes alarmistas que envió a su gobierno. Decía que la oscilante actuación de Madero, apático, ineficaz, cínicamente indiferente o estúpidamente optimista, se debía a cierta debilidad mental que lo imposibilitaba para el puesto.

Sin lugar a dudas, Wilson fue el promotor del envío de las amenazantes notas de su gobierno a la cancillería mexicana en ese año, como la del 15 de septiembre, considerada por historiadores como Friederich Katz como la más insultante exposición que se haya hecho a gobierno alguno. En ella, con un tono arrogante y ofensivo se hacía responsable al gobierno de los actos que ponían en peligro las vidas y los intereses de los estadounidenses residentes en México, en particular en los casos concretos de un reducido grupo de inversionistas, a quienes empezaba a afectar la política maderista de suspender subsidios y prebendas de la época del Porfiriato.

[...]
Para leer el artículo completo, Suscríbase a la revista BiCentenario.

México y la Guerra Civil estadounidense

Gerardo Gurza – Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Tropas de la UniA?n

El 12 de abril de 2011 se cumplieron 150 años del bombardeo al fuerte Sumter en la bahía de Charleston, Carolina del Sur, acontecimiento que marca el inicio de la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1865). El choque armado entre el Norte libre y el Sur esclavista cobraría las vidas de más de 600 mil soldados, incontables civiles, y llevaría a la antes próspera y estable república al borde del derrumbe. La guerra representa un auténtico hito en la historia estadounidense, una línea que marca un antes y un después en el siglo XIX, e incluso en la totalidad de su vida como nación. La victoria del Norte tuvo como consecuencia la abolición de la esclavitud (emancipando a cuatro millones de hombres, mujeres y niños sujetos a servidumbre involuntaria); provocó cambios sociales y económicos de alcances revolucionarios, y estableció de manera más firme la supremacía del poder federal sobre el de los estados.

Abraham Lincoln

Abraham Lincoln

Anotar las consecuencias más notables de la guerra, aun de manera resumida, sería materia de un volumen muy grueso. Aquí intentaremos simplemente una exploración muy breve de los efectos que la Guerra Civil (también llamada Guerra de Secesión) tuvo en el vecino del sur. En México, Tropas de la Unión. la conmemoración de esos 150 años nos invita a reflexionar y preguntarnos: ¿qué significó para nuestro país la victoria del Norte, el restablecimiento de la Unión y el fin de la esclavitud?

Quizás el efecto más evidente fue la presión que ejerció el gobierno victorioso de la Unión para apresurar la retirada francesa de nuestro país en 1866-67. Es cierto que para 1866, después de más de cuatro años de iniciada la intervención, Napoleón III se encontraba ya decepcionado de los resultados de su proyecto mexicano, y que ni el tesoro francés, ni la creciente oposición política, hubieran soportado mucho tiempo más el gasto de dinero y vidas francesas para sostener a Maximiliano. Sin embargo, no puede dudarse que Napoleón tuvo que acelerar el regreso de sus soldados una vez que Estados Unidos superó su crisis doméstica y pudo nuevamente mirar con atención hacia el exterior. Por obvias razones, a lo largo del conflicto interno el gobierno estadounidense mantuvo una actitud completamente pasiva con respecto a la intervención francesa. La única manifestación clara de su repudio al experimento imperial fue su negativa a otorgar el reconocimiento oficial al gobierno de Maximiliano y su insistencia en considerar al de Juárez como el legal y legítimamente constituido. Al final de la guerra, Washington mantuvo una postura cautelosa (demasiado cautelosa para el gusto de militares como Ulysses Grant, quien creía que aplacada la rebelión sudista el ejército debía enviarse a desalojar a los franceses de territorio mexicano), pero empezó a insistir en la necesidad de que las tropas galas abandonaran el territorio mexicano. Si el gobierno de Maximiliano no era una imposición al pueblo mexicano, sino una expresión legítima de la voluntad de las mayorías, como habían sostenido hasta el cansancio los diplomáticos franceses, entonces había llegado el momento de que las bayonetas europeas dejaran de apoyar al régimen imperial y se embarcaran de regreso. Más aún, William Seward, el secretario de Estado, instruyó a su ministro en París para que señalara a sus anfitriones que Washington no podría continuar ignorando por mucho tiempo la presión de la opinión pública, y que tarde o temprano tendría que tomar medidas más decisivas encaminadas a provocar la retirada francesa.

13 (500x340)

¿Hubieran sido diferentes las cosas si la Confederación sudista hubiese mantenido su independencia? Es imposible saberlo con certeza, pero es ilustrativo tener en cuenta que, por una parte, Maximiliano declaró varias veces su convicción de que el futuro de su gobierno dependía del éxito de la lucha confederada, y, por la otra, que los dirigentes de la Confederación hicieron intentos reiterados de lograr una alianza con los franceses, apoyándose siempre en el argumento de que Francia jamás podría consolidar su satélite mexicano si la Unión era restablecida. En este sentido, los sudistas ofrecían olvidarse para siempre de la famosa doctrina Monroe (la cual postulaba que América era un continente vedado a nuevas aventuras colonialistas europeas) a cambio de que se les reconociese como nación independiente. Por lo tanto, es posible aventurar la conjetura de que el imperio hubiese tenido al menos un poco más de vida de haberse producido una victoria confederada en la guerra. Todo esto, por otra parte, debe sopesarse también con la certeza de que, para empezar, la intervención francesa en México seguramente no se hubiera llevado a cabo sin el estallido de la Guerra Civil, de modo que es posible ver el choque entre el Norte y el Sur como una circunstancia que posibilitó la intervención y que, una vez consumado, también contribuyó a su terminación. Este es quizás el ejemplo más claro de que existen episodios de la historia de México que simplemente no se entienden sin saber lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos.

[...]
Para leer el artículo completo, Suscríbase a la revista BiCentenario.

La batalla de Cerro Gordo (1847)

Faustino A. Aquino Sánchez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Bandera de las tropas mexicanas en Cerro Gordo

La guerra entre México y Estados Unidos, y la derrota final del primero han sido interpretadas como el resultado lógico de la vecindad entre una potencia en expansión y un país atrasado e inmerso en el caos político. Sin embargo, desde el punto de vista mexicano, se han subrayado al mismo tiempo varios hechos y aspectos del conflicto que desconciertan, decepcionan e inquietan porque, en cada batalla, la victoria estuvo casi siempre al alcance de la mano. Y es que los ejércitos estadunidenses que invadieron el territorio nacional por el norte y el oriente fueron de tamaño reducido (nunca pasaron de 10,000 soldados), lo cual los obligó a combatir en inferioridad numérica y al borde del desastre para ser salvados en el momento decisivo por alguna desgracia o algún error en el lado mexicano.

Así, en Monterrey, el general Pedro Ampudia entregó la plaza en el momento en que, agotados al extremo, los invasores estaban a punto de emprender la retirada; en La Angostura, el general Antonio López de Santa Anna decidió abandonar el campo de batalla aduciendo el agotamiento de los soldados y una acuciante carencia de víveres (razones que fueron cuestionadas por testigos presenciales) cuando tenía el triunfo en las manos; en Veracruz, los comandantes de la guarnición entregaron la plaza cuando estaba a punto de ser auxiliada por un ejército de 14,000 hombres; en Cerro Gordo, como veremos, el general Santa Anna hizo una mala elección del campo de batalla; en Padierna, los generales Santa Anna y Valencia pudieron infringir al invasor una derrota decisiva pero no fueron capaces de coordinar esfuerzos; en Molino del Rey el general Juan Álvarez lanzó de manera deficiente una carga de caballería que pudo terminar en victoria y en Chapultepec y las garitas de la ciudad de México el general Santa Anna dejó en reserva a por lo menos 9,000 soldados mientras con tan sólo 2,000 enfrentaba el ataque de 7,000 estadounidenses.

Ante tal muestra de ineptitud militar, el público lector ha juzgado siempre que hubo traición en el bando mexicano, específicamente por parte del general Santa Anna. Los historiadores, por su parte, se han dividido entre quienes apoyan el juicio popular, quienes defienden a Santa Anna con base en que las pruebas que existen de una traición (documentos sobre las relaciones secretas entre Santa Anna y James K. Polk, el presidente de Estados Unidos, publicados por historiadores de este país después de la guerra) son insuficientes y quienes optan por reservar su juicio a la aparición de evidencias nuevas y definitivas.

Investigaciones recientes nos permiten afirmar que el juicio popular fue siempre certero: el general Santa Anna propició la derrota mexicana en todas las batallas que dirigió con el objeto de permitir el avance del ejército invasor hacia la capital de la Reública y así obligar al Congreso a sancionar un tratado de paz que entregara a Estados Unidos los territorios del norte (California, Nuevo México y la franja texana comprendida entre los ríos Bravo y Nueces), a cambio de apoyo, primero para eliminar al partido monárquico de Lucas Alamán y Mariano Paredes y Arrillaga, y después para imponer una dictadura.

La batalla de Cerro Gordo es un ejemplo de lo anterior; el objetivo que se trazó el caudillo jalapeño al regalar al invasor una nueva victoria fue el de quebrantar el espíritu de resistencia que trataba de suscitar entre la población, hacia marzo-abril de 1847, el presidente Pedro María Anaya, cuyo gobierno procedía de la alianza entre la rama moderada del partido liberal y el general Santa Anna y sus partidarios.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Cuba libre, México soberano

Elsa V. Aguilar Casas
INEHRM-UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Vista de la Habana, siglo XIX, E. Leplante (detalle)

Mientras que potencias como Gran Bretaña y Francia se demoraron en fijar su posición con respecto a la Independencia de México, en 1830 el diplomático mexicano Manuel Eduardo de Gorostiza escribió un folleto titulado An Englishman, Cuba or the policy of England. Mexico and Spain with regard to that island, que se difundió en español como Cuba o la política de Inglaterra, México y España con respecto a la isla. Esa publicación formó parte del plan ideado por dicho personaje para obligar a aquellos gobiernos a manifestarse con respecto a la presencia de fuerzas españolas en Cuba. Aquí la historia.

Al consumarse la Independencia en septiembre de 1821, México tuvo la tarea de consolidarla frente a las grandes potencias y de defenderse de una posible reconquista por parte de España, que no reconoció la recién alcanzada libertad de la Nueva España. Cuba adquirió entonces una importancia fundamental: Para decirlo de manera muy general y breve, la situación geográfica de la conocida como Perla del Caribe la convertía en la base de operaciones militares de la metrópoli en el Nuevo Mundo desde la cual podía tanto proveerse de suministros como desplazarse con facilidad a las costas continentales. Era, de hecho, su única base en la región puesto que había perdido el resto de sus colonias americanas.

No sólo el gobierno mexicano estuvo muy atento a lo que allí sucedía, también las autoridades de Gran Bretaña y Estados Unidos observaban con particular atención los sucesos, pues el papel que la isla jugaba en la geopolítica del Nuevo Mundo les era de sumo interés. Desde 1823, el imperio británico comunicó al general Guadalupe Victoria su deseo de que la isla fuera libre y que en eso no tenía

más miras que el impedir que la ocupe una potencia extraña, dejando a [su] arbitrio [...] constituirse por sí misma o unirse a México.

Ya un año antes, el ministro estadunidense en España, John Forsyth, había advertido a su gobierno acerca de la posibilidad de que México y la Gran Colombia intentaran apoderarse de ella, ya que resultaba evidente que, por puro espíritu de conservación, ambos países lucharían por arrebatarla al reino español.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

¿Sabías qué…?

Pulque

Pulque

El pulque, conocido también como el “néctar de los dioses”, y durante muchos siglos parte de la dieta del mexicano, se ha podido enlatar y son ya varias las empresas mexicanas que venden buena parte de su producción no sólo en el país, sino en Estados Unidos y la Comunidad Europea. Por mencionar tan sólo un ejemplo, una de ellas dedica 100 hectáreas a la siembra de las cactáceas y produce más de 300 mil latas mensuales de pulque y curados de distintos colores y sabores.