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El norte novohispano. Olvidado, aislado y ajeno a la rebeldía

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Omar Urbina Pineda
El Colegio de México

En los años de la guerra de independencia tanto las provincias del oriente como del occidente del virreinato vivieron en conflicto permanente, pero vinculados a contextos locales y no tanto a las arremetidas insurgentes que pronto fueron controladas. Aceptaron y se sumaron tardíamente al Plan de Iguala. Ya independientes y con nuevas autoridades, la situación de aislamiento y olvido no se modificaría tras el triunfo y caída posterior de Iturbide.

Santa Fe, New Mexico, litografía a color en Henry Howe, The great west, Nueva York, Geo F. Tuttle, 1859.

En 1810, cuando el cura Miguel Hidalgo se levantó en armas, la llama insurgente prendió en todo el territorio de Nueva España. Las lejanas Provincias Internas no fueron ajenas a este proceso, pero, a diferencia del resto del virreinato, los levantamientos norteños fueron rápidamente reprimidos y la actividad insurgente en la región decayó por el resto de la década. Sin embargo, el ambiente durante los diez años de guerra civil no fue para nada pacífico. Fruto de la convulsión política y social iniciada en 1810, se intensificaron las incursiones indígenas ante la falta de pago de tributos; hubo rebeliones locales no relacionadas a la lucha independentista, y también se intensificaron los ataques de piratas, corsarios y filibusteros. Es decir, en el norte novohispano, a pesar de la poca actividad insurgente, se vivió un constante estado de guerra. En este contexto fue que, en 1821, llegaron las noticias de la promulgación del Plan de Iguala, iniciando así el proceso de consumación de la independencia en las Provincias Internas.

El oriente

La situación en los confines de Nueva España era muy compleja cuando llegaron las noticias del pronunciamiento de Iturbide. En primer lugar, las antes fieles compañías presidiales, encargadas de vigilar y proteger la frontera de cualquier ataque –ya fuera de extranjeros o grupos indígenas–, empezaron a dudar de la conveniencia de seguir obedeciendo al régimen virreinal. Esto se debió a que estaban sufriendo una crisis terrible. Si bien los recursos que se suministraban se les siguieron otorgando, aunque no con la regularidad con que se hacía durante la época borbónica, la inseguridad de los caminos hacía que estos no llegaran en su totalidad. A los presidiales se les debían muchos salarios, ya que eran soldados pagados directamente por la corona, y carecían de todos los pertrechos necesarios para desempeñar su labor. No había alimentos, municiones y, peor aún, monturas, las cuales eran fundamentales para perseguir a los indígenas que incursionaban en las poblaciones. Ante esta situación, muchos de estos militares comenzaron a buscar recursos por su propia cuenta y entablaron redes de comercio con quien tenían más cerca, es decir, con Estados Unidos. Alejados del centro de Nueva España, más aún, de la metrópoli, la conveniencia de un gobierno alterno empezó a surgir en la mente de estos personajes.

            Por otro lado, si bien es cierto que las Provincias Internas no alcanzaron a experimentar generalizadamente la politización provocada por la creación de los Ayuntamientos durante el primer constitucionalismo gaditano, muchas poblaciones, impulsadas por el alejamiento que tenían del resto del virreinato, empezaron a tomar las riendas de la política local. Principalmente esto se reflejó en el conflicto que había entre los Ayuntamientos de Saltillo y de Monterrey. El último había ocupado tradicionalmente el punto más importante de la política regional, ya que era la sede de la Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente. Sin embargo, Saltillo era el lugar en el que se ubicaba la Tesorería Real, por lo que se encargaba de suministrar recursos a todas las regiones bajo su jurisdicción: el Nuevo Reino de León, Nueva Santander, Coahuila y Texas. Esta rivalidad se intensificó a finales del virreinato y el inicio de la conjura iturbidista fue el ambiente perfecto para buscar la primacía regional.

            Como puede observarse, en el noreste de Nueva España había un descontento generalizado desde diferentes niveles hacia la política virreinal. Por un lado estaban los presídiales molestos por la falta de pago de sus salarios; por el otro, los Ayuntamientos habían adquirido un enorme grado de autonomía durante todo el conflicto armado. A a su vez, existía un descontento general en las poblaciones ya que eran las principales afectadas por las incursiones indígenas, intensificadas desde el inicio de la lucha independentista. En este ambiente de crisis fue que llegaron a manos del comandante general y jefe político, Joaquín de Arredondo, las noticias del pronunciamiento de Iturbide y de la promulgación del Plan de Iguala. Arredondo había obtenido su puesto siendo parte de las filas de la contrainsurgencia, y su prestigio aumentó por haber participado en la represión de la expedición de Xavier Mina, de ahí que su puesto y sus privilegios se debieran al orden virreinal. Al haber sido promulgado el Plan de Iguala, Arredondo lo declaró “anticonstitucional” y pidió instrucciones a Juan Ruiz de Apocada, jefe político superior de Nueva España, sobre cómo debía proceder. Cuando este le ordenó que contuviera la influencia del movimiento trigarante en la región, el comandante general respondió que esto resultaba imposible ya que el estado de la tropa y, sobre todo, de los presidiales era muy precario, por lo que, si no recibía rápido suministros de guerra, no se haría responsable de lo que ocurriera en la comandancia general.

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Ramón Rayón y Vicente Filísola. Sublevación y fidelidad

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Ricardo Emmanuel Estrada Velázquez
Maestría en Historia de México, IIH-UMSNH

Los dos militares, que para 1821 servían al virreinato, fueron fundamentales para la causa independentista de Iturbide. Su aceptación para sumarse a la lucha desde Zitácuaro y Maravatío los llevaría hasta la misma ciudad de México como figuras capitales del Ejército Trigarante.

Barcley, Morelia – Vue prise dans une rue, litografía en Élisée Reclus, Nouvelle géographie universelle, la terre et les hommes, Libro VII, París, Librairie Hachette et Cie., 1891.

La independencia absoluta, la defensa de la religión católica y la unión de los habitantes de Nueva España, sin importar origen étnico ni condición social, fueron las bases que Agustín de Iturbide utilizó en su plan proclamado en el pueblo de Iguala el 24 de febrero de 1821. Este documento, compuesto por 24 artículos, estipulaba la creación del Ejército de las Tres Garantías, fuerza militar que adquirió seguidores rápidamente debido a las relaciones de amistad que existían entre los miembros de los ejércitos realista e insurgente.

En este texto nos acercaremos a lo sucedido con el Ejército Trigarante en la jurisdicción de Zitácuaro y sus cercanías, mencionando a los principales personajes que permitieron el desarrollo del movimiento encabezado por Iturbide, así como las actividades, financiamiento, participación de fuerzas y la jura de la independencia en la región oriente del ahora estado de Michoacán.

Zitácuaro y Maravatío

En la provincia de Valladolid, la primera noticia del movimiento encabezado por Agustín de Iturbide en contra del régimen virreinal la recibió −en enero de 1821− el coronel Luis Quintanar, quien ostentaba el cargo de comandante general de dicho lugar. Iturbide lo había invitado a unirse a sus fuerzas para lograr la independencia, a lo que Quintanar se negó e informó al virrey Juan Ruiz de Apodaca sobre los planes de insurrección que se habían gestado. Desde ahí, la información corrió por diversos lugares del territorio llegando a inicios de marzo a la comarca de Zitácuaro, donde su comandante, Pío María Ruiz, también rechazó el plan.

Ramón Rayón, antiguo cabecilla insurgente que se había indultado después de la capitulación de la fortificación de Cóporo en 1817 y que servía al gobierno español en el cuerpo de urbanos de Zitácuaro, fue quien comenzó a conspirar a favor del movimiento de las tres garantías junto con el destacamento que se encontraba a su mando. Descubiertos sus planes el 6 marzo de 1821, redactó dos cartas, una dirigida a Vicente Guerrero y la otra a Iturbide, en la que les explicó lo sucedido y solicitaba su apoyo para la conquista de los territorios cercanos. De Guerrero no tuvo respuesta alguna, aun y cuando le redactó una segunda misiva. Por su parte, Iturbide le contestó favorablemente, extendiéndole incluso el grado de teniente coronel veterano de caballería, por lo que Rayón se convirtió así en un militar al servicio del Ejército Trigarante y el primero en encabezar dicho movimiento en el oriente de lo que actualmente es el estado de Michoacán.

Otro personaje fundamental fue Vicente Filísola, militar realista de origen napolitano, quien combatió en España a Napoleón Bonaparte y llegó a territorio novohispano en 1811 para luchar contra las fuerzas insurgentes que encabezaba Ignacio López Rayón. En 1820 ya fungía como comandante del territorio de Maravatío, perteneciente a la provincia de Valladolid, aunque se conocía con Iturbide desde las acciones en contra de José María Morelos en las lomas de Santa María en 1813. A fines de marzo de 1821, Filísola aceptó la invitación para sumarse al Ejército de las Tres Garantías al mando de la 13ª División.

Organización de las fuerzas

La 13ª División del Ejército Trigarante estuvo compuesta por 1 500 hombres pertenecientes a la región del oriente de la intendencia de Valladolid, en específico del Segundo Batallón y Compañía Cazadores, Primero del Tiro Fijo de México, del Escuadrón de Patriotas de Ixtlahuaca, del de Maravatío, las compañías de Zitácuaro, Laurales, Ixtapan y Tiripetío, así como de la infantería de Tuxpan, Jungapeo, Angangueo y Tlalpujahua. Con la fuerza militar generada tanto por Ramón Rayón como por Filísola, el Plan de Iguala creció en aceptación en la intendencia, al grado de quedar la plaza de Zitácuaro y el valle de Quencio en poder del napolitano. Con el control de la zona, la 13ª División y otras de los alrededores se reunieron en Zitácuaro el 7 de abril de 1821 e hicieron la jura de reconocimiento al Plan de Iguala y proclamaron la independencia de México.

Al día siguiente, Joaquín Calvo, segundo de Vicente Filísola, lanzó un comunicado en el que se dejaba claro que los cuerpos militares tendrían por objetivo repeler los ataques que se generaran en su contra o en lugares cercanos, quedando disponibles para actuar como cuerpos de defensa si el propio Iturbide solicitaba auxilio. En el mismo documento se acordaba implementar un sistema que permitiera el crecimientos del número de efectivos de los alrededores, por lo que se crearían primero las llamadas Milicias Nacionales, que estarían integradas por “vecinos honrados” que tuvieran su hogar en haciendas, rancherías o poblados circunvecinos y la disponibilidad de utilizar armas y, segundo, las Milicias Rurales y Provinciales, las cuales se compondrían de jóvenes solteros, quienes recibirían sueldo siempre y cuando tuvieran acción de armas o en situaciones específicas. Por su parte, Filísola vistió de su propio bolsillo al grueso de los efectivos, y la Iglesia realizó aportaciones generosas debido al apoyo que recibió de parte de la trigarancia en cuestiones de seguridad y respeto que se veían reflejadas en el Plan de Iguala. Proveniente de la tierra caliente y en su camino rumbo a su ciudad natal Valladolid (hoy Morelia), Iturbide supo de las fuerzas que existían ya en Zitácuaro por lo que decidió pasar por allí. Fue recibido el 10 de abril por una comisión del Ayuntamiento. Al día siguiente se reunió con los integrantes del Cabildo quienes, ante la solicitud de una contribución para la manutención del ejército, manifestaron las carencias debido a los estragos generados por el incendio orquestado por Calleja en 1812. Iturbide no tuvo más opción que exentarlos de las aportaciones.

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Vicente Guerrero afianza el bastión del sur

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Reveriano Sierra Casiano
Facultad de Filosofía y Letras – UNAM

La incorporación de la poderosa fuerza militar insurgente del arriero sureño a la estrategia de Iturbide fue el gran impulso –vendrían luego otros acuerdos militares– para la consumación de la independencia, concretada pocos meses después del pacto entre ambos en la zona de Teloloapan.

Román Sagredo, Abrazo de Acatempan, óleo sobre tela, 1870, Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

En 1820, la guerra por la independencia de Nueva España, que había iniciado diez años antes en el Bajío, había menguado. El historiador conservador Lucas Alamán escribió en su Historia de Méjico… [1852], que el reino estaba totalmente pacificado, “excepto un ángulo de poca importancia en el sur de México”. En esa zona operaba principalmente Vicente Guerrero (1792-1831). Oriundo de Tixtla, Guerrero había dejado su trabajo de arriero y se unió al movimiento rebelde a finales de 1810, durante la primera campaña que José María Morelos realizó en el sur. El conocimiento de la tierra y de la gente, que tenía hombres como él, posibilitó el arraigo de la rebelión.

Bajo el liderazgo de Morelos, el sur de Nueva España había sido el principal centro de operaciones de la insurgencia. La región sureña también fue el escenario de la definición del proyecto político republicano insurgente con la convocatoria al Congreso de Anáhuac, −que se reunió en Chilpancingo en 1813−, y la promulgación del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, también conocida como la Constitución de Apatzingán, en 1814.

Después de la captura de Morelos a finales de 1815, Manuel Mier y Terán disolvió el Congreso insurgente en Tehuacán y propuso un gobierno político-militar a Guerrero, Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo. El proyecto no se concretó y la insurgencia quedó a la deriva. En esos años, Guerrero fue uno de los jefes militares más preocupados por mantener las instituciones formadas a partir de la Constitución de Apatzingán y ejerció su autoridad territorial siempre en nombre de la Junta Subalterna Gubernativa o Supremo Gobierno Provisional. Era consciente de que la insurrección necesitaba respaldo institucional, pero el proyecto del movimiento insurgente tuvo un alcance territorial limitado por las rencillas de legitimidad política y autoridad militar dentro de la insurgencia. La división favoreció la estrategia del régimen virreinal de atacar uno por uno los focos insurgentes más importantes para evitar su crecimiento y colaboración. A partir de 1814, el comandante realista del sur, José Gabriel de Armijo, empezó a recuperar el control del sur y el territorio de acción de Guerrero quedó reducido a unos cuantos poblados y las serranías de la Mixteca y la Tierra Caliente.

Varios historiadores aseveran, como Alamán, que en 1820 la insurgencia estaba prácticamente derrotada. Sin embargo, otros estudios históricos que en años recientes analizaron las condiciones militares de Nueva España han valorado que la guerra estaba estancada y lejos de la pacificación pretendida por las autoridades. En 1820 sobrevivían jefes importantes como Guerrero, Pedro Ascencio, Juan Álvarez o Gordiano Guzmán, pero también numerosos grupos que sin un liderazgo destacado obstaculizaban el tránsito de los caminos principales y tomaban pueblos momentáneamente. Por tanto, la guerra generó condiciones precarias para los insurgentes, pero también para sus adversarios.

Dos hechos aislados uno de otro, pero que tendrían incidencia en la consumación de independencia, muestran este desgaste de las tropas del régimen español: por un lado, la solicitud de José Gabriel de Armijo para ser sustituido en el sur novohispano y, por otro, el pronunciamiento militar en España, el 1 de enero de 1820, de las tropas expedicionarias que se preparaban para partir a reconquistar Río de la Plata y se pronunciaron a favor de restablecer la Constitución liberal y las cortes que el rey Fernando VII había proscrito unos años antes.

Obligado por la asonada militar, el rey juró la Constitución de Cádiz, con lo que ponía fin a su reinado absolutista y depositaba la soberanía en las Cortes. En Nueva España, la Constitución fue jurada por Juan Ruiz de Apodaca en mayo, quien con la entrada en vigor del texto constitucional dejaba de ser virrey y se convertía en jefe político superior designado por las Cortes. Como virrey, de 1816 a 1820, Apodaca había combinado una estrategia de combate a los insurgentes y ofertas de indulto a las que se acogieron importantes figuras del movimiento rebelde, como Manuel Mier y Terán, Carlos María de Bustamante, Ignacio Rayón, entre otros, pero Guerrero rechazó la propuesta en reiteradas ocasiones, incluso la que se le hizo llegar por medio de su padre. Las negociaciones entabladas para atraerlo a las filas del gobierno virreinal también lo llevaron a aplicar la misma estrategia a los oficiales realistas. Así, el 17 de agosto de 1820 escribió al coronel Carlos Moya una carta que contiene interesantes elementos sobre su situación y las alternativas políticas.

La carta, citada por Ernesto Lemoine, empieza con una alusión a los hechos políticos de España: “Como considero a V. S. bien instruido en la revolución de los liberales de la península […] no me explayaré sobre esto, y sí, paso a manifestarle que este es el tiempo más precioso para que los hijos de este suelo mexicano, así legítimos como adoptivos, tomen aquel modelo, para ser independientes.” En este pasaje, Guerrero se muestra bien enterado de la posibilidad de utilizar la movilización militar dentro del régimen para alcanzar objetivos políticos y sugiere a Moya encabezar una operación de ese tipo: “En este concepto, siempre que V. S. quisiera abrazar mi partido y trabajar por la libertad mexicana, no como subalterno mío, sino como jefe, sabría yo ponerme a su disposición.” Sabía que la estrategia del gobierno virreinal lo había aislado y estaba dispuesto a ponerse a las órdenes de un jefe que tuviera mayores posibilidades de alcanzar la independencia. Finalmente, concluye con un acertado dictamen de la situación política peninsular y novohispana: “Cuando se trata de la libertad de un suelo oprimido, es acción liberal en el que se decide a variar de sistema, más cuando supongo que no ignorará V. S. el rompimiento que entre liberales y realistas yace en la Península y aun se prepara en este hemisferio.”

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Tejiendo la Independencia. El proyecto trigarante de 1821

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Eduardo A. Orozco Piñón
Facultad de Filosofía y Letras – UNAM

La promulgación del acuerdo independentista del 24 de febrero de 1821 tiene detrás una estrategia encabezada por Agustín de Iturbide, quien tres meses antes fuera enviado por el virrey a Acapulco a pacificar la zona. Iturbide buscó apoyos militares en las provincias del centro del país para luego ocupar la capital, y aunque sólo obtuvo la adhesión de Vicente Guerrero, echó a andar su proyecto político de un imperio mexicano libre e independiente.

Solemne y pacífica entrada del ejército de las tres garantías en la capital de México, el día 27 de septiembre del memorable año de 1821, óleo sobre tela, ca. 1822, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

El periodo de consumación de la independencia es uno de los más incomprendidos de la historia nacional. Los actores de este proceso, así como sus motivaciones y objetivos, se nos presentan turbios, comparados con los personajes que iniciaron la gesta libertadora. Incluso, los orígenes de esta rebelión son prácticamente desconocidos por haber sido tergiversados al abordarse con prejuicios alejados de la comprensión histórica. Muchas veces a la trigarancia se la ha calificado, sin miramientos, de conservadora, reaccionaria y contrarrevolucionaria; por ello, conviene repensar, a 200 años de distancia, la coyuntura de 1821. Con ese objetivo, las siguientes líneas pretenden ofrecer un panorama general de la compleja, pero fascinante, época en que surgieron el Plan de Iguala y el ejército de las tres garantías, para así entender que el proyecto de independencia se concibió como respuesta a un mundo atlántico interconectado. De igual manera, se busca mostrar el impacto del proyecto político del movimiento trigarante en la vida nacional, pues fue un parteaguas en la manera de hacer política durante el siglo xix.

España en ambos hemisferios

A partir de 1820, el mundo hispánico se vio sacudido en su centro por un vértigo revolucionario. El 1 de enero de aquel año en la localidad de Cabezas de San Juan, Sevilla, los comandantes Rafael de Riego y Antonio Quiroga se pronunciaron en contra del absolutismo de Fernando VII y a favor de la restauración del régimen constitucional suprimido desde 1814. La rebelión se expandió gracias al apoyo de otras provincias españolas, alcanzando su objetivo en sólo tres meses: las Cortes volvieron a sesionar en Madrid. El nuevo gobierno constitucional tuvo que hacer frente a las guerras de emancipación que consumían al continente americano. Fue por ello que enfocó sus labores en ofrecer una legislación supuestamente acorde con las demandas americanas para, por la vía pacífica y legal, acabar con las guerras civiles.

            Sin embargo, la radicalidad de las nuevas leyes provocó agitación y descontento entre la población de Nueva España, donde los decretos que suprimieron algunos privilegios eclesiásticos fueron mal recibidos e interpretados como un atentado en contra de la “santa religión”. Además, otras leyes encaminadas a establecer una sociedad más igualitaria, como la abolición de los fueros militares o el fin de la exención de impuestos, encontraron la resistencia de las corporaciones afectadas. Ante el desalentador panorama, las Cortes convocaron a diputados americanos para discutir los problemas que aquejaban a sus respectivas regiones. Con entusiasmo se eligió a los representantes del “nuevo mundo”, pero la algarabía se desvaneció durante las sesiones legislativas, al hacerse patente que los prejuicios de tres siglos de dominio colonial impedirían a los americanos contar siquiera con una representación proporcional a la europea. Manuel Gómez Pedraza, uno de los diputados electos, expresó desde Madrid que “los liberales de la península lo eran para sí, y no para los americanos”. Ante la inutilidad de las Cortes, este diputado dejó de asistir a las sesiones.

            De todo esto se desprende que, para mediados de 1820, las autoridades y los sectores acaudalados de Nueva España recelaban del gobierno constitucional, cuyo proyecto era el de una profunda reforma política. El descontento provocó, supuestamente, la mítica “conspiración de La Profesa”, donde se habría planeado la independencia para mantener los privilegios previos al gobierno de las Cortes; sin embargo, dentro de la muy abundante documentación de la época no existe indicio alguno que confirme o niegue tajantemente la existencia de dicha conspiración, de lo cual se desprenden dos posibilidades: o nunca existieron dichas reuniones, o por ser exitosas no dejaron ningún rastro. Aunque es cierto que estos sectores, en su mayoría europeos, no gustaron del sistema liberal de la península porque debilitó el poder que obtuvieron en los años del absolutismo, al presentarse la oportunidad apoyaron la separación de ambos reinos. De lo que sí queda constancia es que durante 1820 todos los sectores sociales hablaban de la independencia. La idea ya no sonaba tan descabellada como en la década anterior. Incluso entre la cúpula militar del virreinato –que había combatido durante diez años a las muy diversas insurgencias– se aceptaba que el debate sobre la “cuestión americana” ya no giraba en torno a si se debía o no ser independiente, sino sobre la manera de cómo realizar dicho proyecto. Conforme terminaba el año 1820, quedó claro que las soluciones a los problemas americanos, como la todavía latente guerra civil, no podían llegar de afuera, pues la metrópoli al otro lado del océano poco entendía del “sentir nacional”.

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Iturbide: entre el olvido y la revisión

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Josep Escrig Rosa. Becario posdoctoral

Hoy ya sabemos el desenlace del proceso de independencia en México tras las sublevaciones contra Agustín de Iturbide, el exilio de este y su posterior fusilamiento al intentar regresar al escenario político. Se ha esgrimido su monarquismo elitista y autoritario para quitarle un papel destacado en la emancipación de España, y minimizar sus méritos.

Anónimo, Fernando VII Rey de las Españas desconsolado en su prisión de Francia; oye los consejos de su tío, y las dolorosas quejas de su carísimo hermano Don Carlos, prisioneros con él. Hecho en Querétaro año de 1819, óleo sobre tela, 1819, Museo Regional de Querétaro. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.
Anónimo, Fernando VII Rey de las Españas desconsolado en su prisión de Francia; oye los consejos de su tío, y las dolorosas quejas de su carísimo hermano Don Carlos, prisioneros con él. Hecho en Querétaro año de 1819, óleo sobre tela, 1819, Museo Regional de Querétaro. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH. 

Estamos en un año de efemérides para varios países hispanoamericanos que hace 200 años proclamaron su independencia respecto de la monarquía española. Me refiero, entre otros, a México, Perú y la entonces capitanía de Guatemala, la cual acabaría disgregándose −a partir de 1838 y tras distintos avatares político-organizativos− en los territorios que actualmente conocemos como Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Guatemala y El Salvador.

A pesar de la situación de crisis global −resultado de la contingencia sanitaria−, la coyuntura concentra simbólicamente la evocación de hechos que marcaron ciertos procesos históricos de los que, salvando las distancias, todavía somos en parte deudores como sociedad.

Muchas páginas se han escrito sobre el periodo de la guerra de la Independencia mexicana. Las causas que la animaron, sus protagonistas, los hechos que entonces tuvieron lugar, las consecuencias que se derivaron del conflicto armado y de la ruptura con la monarquía hispánica, son temas que han sido objeto de atracción permanente desde hace dos siglos. Sin embargo, por diversas razones, existe un contraste en el interés público por los sucesos que tuvieron lugar en torno al 16 de septiembre de 1810 y al 28 de septiembre de 1821. En los imaginarios colectivos continúa resultando más conocido e importante el estallido de la revuelta insurgente, liderada por el cura Miguel Hidalgo, que la fase en que el militar Agustín de Iturbide encabezó un amplio movimiento que culminaría con la firma del Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Como es bien conocido, él mismo acabaría siendo elegido emperador del nuevo país tras un golpe de fuerza, orquestado la noche del 18 de mayo de 1822.

Hasta cierto punto, resulta lógico que nos sintamos más atraídos por los ideales republicanos y de nivelación social que fue madurando la insurgencia, especialmente a partir de 1814, que por la alternativa monárquica de corte más elitista y autoritaria que impulsaba Iturbide. Al mismo tiempo, ello se refuerza por la carga emocional positiva condensada en torno a la construcción mítica de los orígenes del proceso emancipador, entendido como la inauguración de la modernidad política en México por oposición a los 300 años de dominación colonial. Desde esta perspectiva, los primeros narradores y cronistas de la independencia inventaron una historia maniquea basada en el enfrentamiento entre “malos” (los españoles) y “buenos” (los americanos). El hecho de que una parte considerable de los primeros apoyaran y se integraran al imperio, así como el giro conservador de su vida política, sirvió, de forma añadida, para que se proyectara una imagen negativa del periodo. Esta representación ha tenido un efecto duradero entre la opinión pública y se empezó a forjar desde el momento en que abdicó Agustín I, el 19 de marzo de 1823, y se decretó, en julio del mismo año, la forma republicana federal. A partir de entonces, 1810 se convirtió en el punto de partida de la lucha por la independencia y quienes se alzaron contra el gobierno virreinal (Hidalgo, Allende, Aldama, Morelos, Matamoros… y también mujeres como Josefa Ortiz, Gertrudis Bocanegra o Leona Vicario) pasaron a ser considerados los auténticos héroes y heroínas de la patria.

La fuerza explicativa de los componentes de este relato ha dejado parcialmente en la penumbra el hito que supuso 1821 en el proceso de la emancipación. La complejidad de esa otra historia se hace hoy más evidente al examinarla a la luz de su bicentenario y desde los avances que se han venido operando en la historiografía interesada en los años del imperio.

El contexto

La llamada “consumación” de la independencia debe entenderse dentro de los ciclos de revolución y reacción que se desencadenaron en la monarquía hispánica entre 1808 y 1820.

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EDITORIAL 53

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

El segundo centenario de la consumación de la independencia del país se presagia gélido e intrascendente. La distancia temporal, la agitación del presente, la corrosiva conmoción de una pandemia sin atenuantes a mediano plazo, ilustran un panorama reacio a las conmemoraciones. Los números redondos suelen ser una buena excusa tanto para celebrar como para repensar, tañer las campanas o revisar aquello que fue, romper el cochinito para empalagarnos de fastuosidad o reescribir una historia que el tiempo permite escrutar con otros ojos.

En BiCentenario nos propusimos analizar cómo fue aquella gesta final de un proceso que llevó poco más de una década, tan incruenta como expeditiva desde el momento en que nace el Plan de Iguala. Y también sorpresiva en el liderazgo: un militar realista que combatió a los insurgentes y que de pronto se vuelca por la causa contra la cual combatió. Y aun así, resulta aceptado por quienes bregaban desde mucho antes que él por liberarse de la corona española.

¿Fue Agustín de Iturbide, un conciliador del momento, ganador de aplausos y reconocimientos en 1821, que pretendía un cambio de figuras en el poder a base de intrigas y contubernios, para perpetuarse en el naciente imperio? ¿Fue el hombre que prometía ser servicial a la patria y acabar con la anarquía, según su Manifiesto póstumo escrito en el exilio (se reproduce parte de él en estas páginas)? o, ¿fue una víctima de su tiempo, de los pensamientos e ideas de la época, incapaz de ver a futuro una emancipación auténtica más que una continuidad de la desgastada monarquía hispánica?

Hace un siglo, con la primera conmemoración centenaria, su figura comenzó a ser eclipsada y vilipendiada, bajo argumentos que se mantienen hasta el presente. El Plan de Iguala y el propio Iturbide eran considerados como reaccionarios, conservadores y contrarrevolucionarios, opuestos a todo progreso y defensores de los privilegios corporativos. Se rescataba entonces el proceso de emancipación, y se rechazaba al personaje, pero acababan derrotados los matices.

Como bien se señala en las páginas de esta edición, la brevedad de la experiencia imperial inaugurada en 1821, así como su fracaso, no deberían llevarnos a minimizar la importancia de Iturbide en el proceso de independencia. El final, incluso, bien pudo haber sido distinto. Por ello, se trata de comprender en su tiempo y desde los valores propios del periodo los hechos que entonces tuvieron lugar y las actuaciones de los actores, incluidas sus contradicciones.

Revisar quién fue Iturbide y sus motivaciones, intereses e intrigas, así como el convulsionado México previo e inmediato a la emancipación, es parte de esta propuesta de lecturas. Hay otros personajes, situaciones y acontecimientos que se requieren desmenuzar para entender la complejidad de un momento fundacional.

Así, la maquinaria estratégica y política-militar que urdió el Plan de Iguala nos permite asomarnos a los resultados –su aceptación no escrita por otros líderes militares regionales– que dan lugar a la legitimación del liderazgo iturbidista. A todos convenía, aunque el temor al fracaso hacía tímidos los apoyos. Que fuera Vicente Guerrero, insurgente desde las primeras horas –dedicamos un amplio perfil sobre su participación–, el único que otorgara un apoyo escrito, da cuenta de las desconfianzas que parecían hacer endeble el proyecto. Iturbide, estratégico en sus movimientos, supo al mismo tiempo granjearse el apoyo de dos militares como él, Ramón Rayón y Vicente Filisola, que fortalecerían al Ejército Trigarante. Aquí te contamos por qué. Sin embargo, otras zonas del país, ya sea por la distancia, el olvido y la escasa población, permanecerían ajenas. Son los casos de los territorios del norte, sumados casi por inercia a la independencia, y a los cuales la emancipación les supo a más de lo mismo: el abandono persistió hasta que en unos pocos años la ocupación estadunidense selló tanta desidia.

Aquellos días de revuelta incipiente dan cuenta también de acontecimientos marcados por la suerte, como la detención del secretario de Iturbide, de quien podemos ver en su confesión la entrega de información valiosa, aunque el virreinato no lo valorara en su verdadera dimensión.

Un acercamiento a la necesidad de rediscutir a Iturbide nos puede aportar también la obra pictórica Alegoría de la Independencia, realizada en el siglo xix, donde el militar vallisoletano comparte el óleo con Miguel Hidalgo y Costilla, en una proclamación que los presenta juntos, con actitudes y presencias diferentes, aunque parte de un mismo proceso histórico. Ambos tienen el mérito de haber dado libertad a la patria. En esto se resume la edición especial de BiCentenario que dejamos en tus manos. El debate sigue abierto, la necesidad de revisar esos tiempos, como tantos otros, es parte de nuestro compromiso con el presente.

Editorial #52

En tiempos de pandemia, el estado de la salud mental se ha convertido en un tema de interés social como parte de las consecuencias del extenso aislamiento, los temores al contagio, los peligros de la convivencia, el desorden del sueño o el estrés por los desequilibrios económicos. La búsqueda de respuestas a estos nuevos trastornos psicológicos, muy recientes como para hallar soluciones, también se planteaba hace más de un siglo y en otras circunstancias. Encontramos un antecedente muy preciso en 1869. Ansiedad, debilidad, irritación, miedos irracionales por problemas del entorno fueron definidos entonces como neurastenia por el neurólogo estadunidense George Miller Beard. De alguna manera, la “fatiga mental” comenzó a introducirse a fines del siglo xix en México como un tema de la medicina, a la par de los cambios en el ritmo de vida. Se presentaban situaciones como el agobio laboral, que se traducía en alcoholismo, o que la histeria, la hipocondría y la manía eran provocadas por pasiones amorosas desmedidas y ambiciones insatisfechas. Entrado el nuevo siglo –aunque ya desde 1887 se habían establecido cátedras sobre salud mental en la Escuela Nacional de Medicina–, los médicos mexicanos que explicaban la neurastenia  afirmaban que el exceso de trabajo generaba como consecuencia el surmenage, algo así como el cansancio crónico y dificultades cognitivas. Ya se asimilaban como términos corrientes “miedo mórbido”, “topofobia”, “antropofobia”, “monofobia” o “pantofobia”. La neurastenia atacaba de manera diferente, indicaban los estudios, en hombres –los más afectados– que en mujeres, y con consecuencia de largo plazo, incluso en niñas y niños. El escritor nicaragüense Rubén Darío demostraba que el descanso y las vacaciones eran un buen aliciente para recuperarse de los tiempos frenéticos de entonces, y los médicos también aconsejaban hidroterapia y electroterapias, sedantes de opio y cloral, y remedios tónicos a base de plantas silvestres −como el cerezo− para volver “a los placeres y tareas del mundo a muchos que habían perdido ya toda esperanza”. Aquello que se conoció en principio como medicina alienista, antecedente de la psiquiatría, viene muy bien a cuento para destacar en este número 52 de BiCentenario, a fin de comprender cómo un asunto tan sensible como la salud mental ya era preocupación hace más de un siglo para los habitantes de una ajetreada ciudad de México.

Las preocupaciones, ya no tanto de salud, sino políticas, por ejemplo, de otros momentos de nuestra historia, las vemos reflejadas en decisiones que definieron acontecimientos para el futuro de una nación en formación. Ahí tenemos a la prensa de San Luis Potosí, que prefirió apoyar al general conservador Tomás Mejía y sus aliados franceses para obligar al gobierno republicano de Benito Juárez a escapar de la acechanza militar del nuevo régimen que instauraba el emperador Maximiliano de Habsburgo. En pocos años más pudieron saber de sus errores, pagados incluso con la vida, en el caso del militar. De esas decisiones temerarias estaban hechos también los grupos guerrilleros dedicados a secuestrar personajes destacados durante la guerra civil, con el fin de solventar las urgencias económicas, ya fuera por dinero fácil, antipatía hacia los extranjeros ricos, esencialmente españoles, o venganza social.

Uno de los tantos libros y publicaciones que giran en la actualidad sobre superación personal aconsejaría que a las preocupaciones se las enfrenta con actitud. Un caso que abordamos en estas páginas es el del escultor Manuel Felguérez, fallecido en 2020. ¿Cómo fue que este renovador del muralismo en México pudo hacer frente −junto con otros artistas, buena parte de ellos refugiados europeos− a la arraigada concepción sobre el arte posrevolucionario consagrado a los artistas intocables del Estado: Rivera, Orozco y Siqueiros? ¿Tuvo que ver la influencia del arte y sus tendencias que provenían del extranjero?

Por entonces, años sesenta del siglo xx, una mujer médica, especializada en la odontología –Estela Gracia García y Martínez–, se plantaba ante sus pares militares del ejército mexicano. ¿Cómo pudo su profesionalidad y conocimiento imponerse sobre las miradas escépticas y discriminatorias en esa institución dirigida y hecha por hombres?

Otro texto a citar de este número de la revista nos lleva al puerto de Veracruz en 1921.  ¿Qué tan apacible fue la vida cotidiana en aquel año cuando aún estaba presente la atemorizante fiebre amarilla y el primer paro ferroviario adelantaba que no vendrían años sencillos a la vera de sus frescos portales?

BiCentenario 52 también da cuenta cómo es la convivencia en nuestra conflictiva frontera sur entre compatriotas chiapanecos y migrantes guatemaltecos y centroamericanos. ¿Qué tan cerca están sus aspiraciones sociales de los intereses de la geopolítica resuelta muy lejos de allí?

Y si busca el lector algo más estimulante que conflictos políticos y sociales, o los avatares de la salud, tiene aquí un recorrido muy diverso que va desde la astrología novohispana necesitada de saber qué ocurriría, alineación de los astros mediante, con el clima o las enfermedades, pasando las escapadas a los bosques de Avándaro y Valle de Bravo en tiempos de la liberación sexual y la explosión del rock, hasta la variedad de recetas de carnes, guisados y postres de la exuberante cocina campechana.

¡Hasta la próxima!

Editorial #50

Cincuenta números, doce años y una historia. En los albores de 2008, un grupo de mujeres académicas del Instituto Mora comenzamos a esbozar un proyecto acorde con unas fechas que se acercaban: una revista de divulgación que se anticipara a la conmemoración prevista para 2010 de los centenarios del inicio de la independencia de Nueva España y el de la revolución mexicana contra la tiranía y la desigualdad. Esos dos momentos fundacionales para el país, podrían quedarse en celebraciones para el nuevo proyecto editorial, en todo caso sin tanta solemnidad, si no albergaba una propuesta de mayor alcance. Se buscaba llegar para quedarse. De todos modos, las pretensiones, dependientes muchas veces de recursos económicos, requerían de esfuerzos personales a largo plazo. Las propuestas de las profesoras-investigadoras que conformamos el primer Consejo Editorial, se fundaban también en recuperar la memoria de lo ocurrido en el día a día de los mexicanos, sus intereses, sus lugares de reunión, sus tradiciones, sus maneras de expresar ideas, sus vicios y virtudes. Sus recorridos por los caminos del país. Mostrar al público que la historia ofrece, además de análisis serios, la posibilidad de acceder a la vida cotidiana –social, cultural, económica política– y que no todo tiene que ver únicamente con las gestas heroicas. El nombre elegido se correspondía con el momento, BiCentenario, pero también el complemento del cabezal remarcaba que la revista no sería circunstancial. Una convocatoria en la que participaron distintas áreas del Mora dio el nombre completo al proyecto de publicación trimestral: BiCentenario. El Ayer y Hoy de México. Y si bien en alguna etapa posterior a 2010 hubo intenciones de no dejar atado el nombre a la conmemoración –Historia para Todos, se barajó entre las opciones de nueva denominación–, el título original quedó plasmado definitivamente.

Han transcurrido doce años desde entonces. El primer número que saltó a la calle, en junio de aquel año, con la sonrisa genuina de un Pancho Villa algo desaliñado que miraba desde la portada junto a un par de niños atentos, parecía adelantar un futuro promisorio. BiCentenario se ha ido transformando en este tiempo en paralelo a los días agitados que constantemente nos depara México, fortalecida por su aval institucional académico y la incorporación de nuevas voces al equipo de trabajo. Los contenidos de nuestros investigadores se han abierto a colegas de otras instituciones, el diseño adquirió versatilidad y elegancia, potenciamos la amplia riqueza del Acervo del Archivo de la Palabra y el Fondo Antiguo de imágenes del Instituto, incorporamos archivos fotográficos de excelencia, oficiales y privados. La revista se ha adaptado al nuevo mundo digital para alcanzar otros públicos, tanto en la web como en las redes sociales. Pero nada de esto nos haría presentes más de una década después sin los lectores fieles a la publicación, y que continúan sumándose. Estamos muy agradecidos por su generosidad de leernos edición a edición.

Llegamos a este medio centenar de números atrapados en las vicisitudes generadas por los retos de una pandemia viral que nos obliga a redoblar esfuerzos, con creatividad y obstinación. Obligados a la sana distancia y modestos festejos digitales, ofrecemos este número que quiere conmemorar a un virtuoso de vida trágica: Ludwig van Beethoven. Utilice usted la aplicación tecnológica que mejor le acomode o hasta un disco de vinilo, para escuchar la Sonata N° 8 Opus 13, Adelaide o Fidelio, y escaparnos hasta esos tiempos cercanos diferentes, sentados frente a una filarmónica o con los auriculares puestos tirados en un parque. A 250 años del nacimiento del niño prodigio de Bonn, pianista, compositor y director de orquesta, te acercamos textos que hablan de cómo una de las figuras más descollantes a nivel mundial de la música de fines del siglo XIX y principios del XX –había fallecido en 1827– era escuchado, entendido y admirado por la burguesía nacional de entonces. También el esfuerzo de la inmigración alemana para darle un lugar preponderante –la obra escultórica en este caso– en la Alameda de la ciudad de México. Su obra exuberante nos permite adentrarnos en la conformación del Conservatorio Nacional de Música, un lugar donde también Beethoven ha sido parte del aprendizaje de otros genios, y cuyo éxito como institución educativa tiene tres nombres: Alba Herrera y Ogazón, Carlos J. Meneses y Carlos Chávez.

Esta edición de aniversario también reúne artículos sobre la persistente resistencia durante varios siglos de las clases pobres mexicanas a los intentos por marginar el pulque, así como la difícil sobrevivencia de los niños de la calle en años posteriores a la revolución. En un presente muy complejo, analizamos la desigualdad, tan perenne al parecer, que ofrece síntomas de afianzarse e incluso expandir su alcance con la pandemia de la Covid-19.

Lectores, 50 números, doce años y muchas historias por contar aún en BiCentenario. El Ayer y Hoy de México. Brindamos con ustedes.

Editorial #48

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

BiC 48 Portada

Mar, murallas y lotería, tres elementos que identifican a un campechano. Aunque no los únicos, por supuesto. ¿Pero la lotería? Sí. También. Un juego, un pasatiempo de larga data que aún se puede ver en las plazas públicas de los pueblos del estado y que tiene uno de sus antecedentes más reconocidos a fines del siglo XIX cuando una cigarrera aprovechó el interés de la gente en la lotería para alentar el consumo del tabaco. La empresa inventó las 90 figuras del juego, incluidas individualmente en las cajetillas, y los apostadores podían participar luego en premios que se combinaban con la Lotería de la Beneficencia de la ciudad de México. Pronto las imágenes fueron adquiriendo la calidad y variedad que hace de la lotería de Campeche de una originalidad poco vista en el país. Allí hay representaciones de personajes populares mexicanos y de la región, retratos de la naturaleza y de la vida cotidiana, o símbolos nacionales. También figuras tradiciones más lejanas como los libros de la smorfia italiana, la tómbola napolitana, el tarot y muchas otras usanzas europeas adaptadas. Una tradición ancestral entre las familias que se ha traslapado al arte. Sus figuras fueron tomadas más tarde como modelos por los artistas locales y reproducidas de varias maneras: bordadas en punto de cruz, dibujadas al óleo, pastel, lápiz; coloreadas en diferentes tonos sobre cartón, tela, madera, o cuerno de toro. Incluso impresas en cartillas para invidentes.

Con la historia de este juego muy popular en el estado del sureste mexicano abrimos la nueva edición de BiCentenario.

Otra historia singular en este número es la de dos señoritas audaces que se montaron a una canastilla y ascendieron varias decenas de metros de altura para inmortalizar los dos primeros ascensos en globo en México. Corrían los años 1835 y 1841, y aquello era una hazaña atribuible a unos pocos en el mundo, pero aquí fueron únicas, ni siquiera un hombre mexicano lo había logrado. ¿Por qué lo hicieron si implicaba tantos riesgos? ¿Alentadas quizá por las experiencias de la francesa Sophie Blanchard, una verdadera aeronauta profesional con más de medio centenar de ascensiones a principios de siglo, pero que murió por un accidente cuando descendía en París? ¿Fue diversión? Habían sido invitadas por un aeronauta francés y un empresario estadounidense. Hasta el día de hoy se desconocen las razones de esos riesgosos ascensos en globo. Ni siquiera sus nombres han quedado registrados. Las crónicas de la prensa decimonónica respondían a los cánones de la época y no lo informó. Podían ser protagonistas por sus capacidades en la esfera privada, en casa y puertas adentro, pero nunca en el mundo público. Sólo contó su participación como una atracción publicitaria.

La participación de la mujer era también insignificante en la prensa de fines de ese siglo. Hacia 1885 el director de una revista de Chicago cumplió con su propósito de llevar a colegas mexicanos, cercanos al régimen porfirista, a un recorrido por Estados Unidos. Los fines obviamente no eran turísticos. Detrás de su proyecto estaba la idea de promocionar los negocios y las nuevas tecnologías –maquinaria agrícola y para minas, trenes elevados, vapores, imprentas, gas natural–. Así, un grupo abigarrado de hombres de la prensa nacional recorrieron durante dos meses ciudades del centro y este del país, y se llevaron más de una sorpresa. Conocieron trabajadores, empresarios, gobernantes, y también hallaron que las mujeres se empleaban en fábricas, almacenes e incluso en oficinas públicas del gobierno.

Como bien se anuncia desde la portada, abordamos, entre otros temas, la complejidad intelectual del exindustrial italiano Gutierre Tibón, un apasionado de la mitología, la filología y las antigüedades mexicanas que practicó las ciencias sociales como quien hablara de lenguas maternas.

Las líneas que discurren por esta nueva edición se asientan, de igual manera, en el México revolucionario, del Zapata traicionado hecho mito y leyenda, como en la posterior avaricia delahuertista por el poder, fracasada a su paso por Chihuahua cuando el general Manuel Chao finalizó frente a un pelotón de fusileros sus aspiraciones de sublevación. También se da cuenta aquí de Tezonco, un pueblo cazador de patos y privilegiado en constante conflicto por las aguas de Xochimilco, que terminó devorado por la urbanización en los traspatios de la Ciudad de México. Lo mismo que apuraría a Mixcoac hacia 1930, un lugar entre ladrilleras e inundaciones, y sin autos, donde los vecinos eran reales propietarios de sus calles, y que hoy se muestra como una de las zonas de la ciudad con mucha historia por contar por sus habitantes.

Este centenar de páginas tiene aún mucho más por descubrir. Usted no se detenga. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Editorial

Darío Fritz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Cada pueblo se arma con sus mejores riquezas económicas y culturales para desarrollarse, crecer y presentarse ante el mundo. Las materias primas fueron el hilo productivo desde el cual México  fue cimentando su progreso, acompañado con el tiempo por las manufacturas de elaboración propia. Pasada la mitad del siglo XIX ya se daban pasos concretos para que el cultivo del maguey de aguamiel diera lugar a una producción del pulque que con la inversión en infraestructura permitiera llevarlo a la mayor parte posible de los rincones del país. El proceso productivo venía del siglo anterior y aunque tuvo un impulso destacado a finales del Porfiriato cuando se consolidó la “aristocracia pulquera”, fue después de 1860 que se buscó afianzar su producción. Aquello fue una de las experiencias exitosas para potenciar el impulso científico y empresarial de la incipiente agroindustria nacional, que a finales de ese siglo se convertiría en un importante negocio con gran impacto tanto en la fiscalidad como en la sociedad capitalina, como nos dice Rodolfo Ramírez Rodríguez, en el texto que abre este último número de BiCentenario de 2016.

Pero el progreso que se construía a marchas forzadas por las propias carencias de un país en formación, encontraba también en su ascenso abusos de un capital empresarial que acumulaba, pero escasamente repartía, especialmente entre sus trabajadores. Un caso fue el de los hacendados henequeneros de Yucatán, a los que Porfirio Díaz fue a respaldar en 1906 cuando se acrecentaban desde cuatro años antes las denuncias de malos tratos laborales y prácticas esclavistas. El dictador tuvo un viaje “memorable”, según las crónicas periodísticas, en el que participó en inauguraciones de obras públicas y fiestas de la alta sociedad de la península. Los empresarios lo recibieron con los brazos abiertos y así los defendió. Aquella falta de sensibilidad ante los problemas sociales continuaría por varias décadas. El relato que nos hace la maestra Adela Alfaro de Aguayo, en dos entrevistas recuperadas de los años setenta, es una lacerante postal de los tiempos de injusticias y persecuciones previos y posteriores a la Revolución.

En el siglo XX las preocupaciones sociales mexicanas tuvieron diversas trazas. Hacia 1920, el alcohol se había transformado en un problema muy serio que se intentaba combatir siguiendo las experiencias estadunidenses de misioneros y grupos civiles protestantes. Los mensajes impresos en periódico y manuales, con fotografías, caricaturas, carteles y folletos fueron las mejores herramientas de los gobiernos revolucionarios, respaldados en el boca a boca de las medidas que se podían adoptar para que la adicción dejará de ser un problema de salud, relata Cecilia Autrique Escobar. El discurso de las campañas dejó una impronta discriminatoria racial que apuntaba a indígenas y pobres.

Al mismo tiempo, se acercaban por entonces las elecciones presidenciales donde Venustiano Carranza apostaba por un desconocido para suplirlo, Ignacio Bonillas. La medida no dejó de causar escozor y molestia en hombres que se sentían “candidatos” como Álvaro Obregón y Pablo González. La prensa jugó allí un papel destacado, dejando ver que la participación de los medios de comunicación en la imposición de aspirantes políticos es un antiguo fenómeno que se ha ido perfeccionando con el tiempo.

En esos años 20 donde la pluralidad no era parte de la cotidianeidad del país, un grupo de jóvenes crecía por su movilidad y participación. La Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de actuación destacada en tiempos de la guerra cristera, floreció en aquella década con la idea básica de su fundador, el jesuita Bernardo Bergöend, de devolver a la Iglesia su influencia en la sociedad, nos explica Ariadna Guerrero Medina. Aquel perfil participativo y protagonista tuvo que sosegarse pronto, muy a pesar de su reticencia, a los nuevos tiempos de negociaciones y convivencia entre el Estado y la Iglesia.

Y en la medida en que las luchas políticas fratricidas se fueron apagando, nacían otras por obtener apertura ante un Estado resistente al disenso. Los conflictos se llevaron a las calles para reclamar democracia, participación política y estudiantil, mejoras laborales, y ya más tarde hacia fines del siglo XX los reclamos por derechos civiles como la comunidad lésbico, gay, bisexual, travesti, transgénero y transexual (LGBTTT). A partir de 1978 comenzó a visibilizarse y lograr un reconocimiento de derechos y aceptación social que al cabo de los años muy pocos sectores aún ponen en duda.

Este BiCentenario 34 retoma la figura de José Juan Tablada y su trabajo silencioso por llevar la cultura mexicana a los círculos intelectuales neoyorquinos en unos años –décadas del veinte al cuarenta– donde México tenía mucho que ofrecer –Rivera, Siqueiros, Orozco, entre otros–, ante los prejuicios reinante por entonces en la capital cultural estadunidense. De los archivos de la memoria fotográfica de la Hemeroteca Nacional recuperamos los trabajos de Manuel Gutiérrez Paredes, Mariachito, conocido por sus retratos del movimiento estudiantil de 1968, pero escasamente recordado por sus imágenes de la marginalidad capitalina, los desastres naturales, las figuras del cine y los deportes, o de presidentes como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.

Así está edificado este nuevo número de BiCentenario. Algunas perlitas que aquí no narramos, quedan para que las y los lectores las descubran entre un centenar de páginas.

Hasta la próxima edición.