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Editorial #37

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

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En un México como el de la mitad del siglo XIX en el que dominaban los privilegios de las corporaciones militares y eclesiásticas, aunado al poder económico de comerciantes y grandes propietarios, la emergente clase media de pequeños propietarios y profesionales encontró en hombres clave para ese momento como el jalisciense Mariano Otero, figuras visionarias en la construcción y dirección de un país con mayores igualdades, federalista y en el que los derechos individuales fueran respetados.

Hace 170 años, este brillante jurista y político impulsó y logró incorporar en las discusiones que dieron lugar al Acta Constitutiva y de Reforma de 1847, el Juicio de Amparo, plasmado como un instrumento del liberalismo jurídico decimonónico para garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, y que hasta el día de hoy representa el principal recurso jurídico al que han recurrido diversos sectores sociales para obtener una aplicación de la norma acorde con los principios de la Constitución.

Aunque puesto en vigencia seis años antes en la Constitución Política de Yucatán, por el jurista Manuel Crescencio Rejón, el amparo tuvo alcance nacional a partir del Congreso Constituyente y Extraordinario de 1846-1847 que debía elaborar una nueva carta magna, y en el que Otero, representante por Jalisco, fue su principal impulsor. Desde entonces, ha sido un medio constitucional por excelencia dentro de la estructura jurídica, abarcando temas tan diversos como la materia civil, penal, administrativa y laboral. En la actualidad es uno de los recursos legales más socorridos y que contribuye a que el poder judicial se considere uno de los pilares más confiables de las instituciones mexicanas.

BiCentenario dedica este número especial a Mariano Otero como hombre indispensable para entender la consolidación de las instituciones a partir de aquel documento constitucional queredactó junto a un grupo de legisladores que entendían que en México la distribución del poder se debía ampliar y ya no podía ser propiedad de unos pocos sectores. Que los estados recobraran la soberanía interna, asociados bajo la forma federativa, y que se incorporaran los derechos individuales, en los cuales el de amparo sería su garantía fundamental, eran pasos concretos establecidos en la Constitución promulgada en 1857.

Que Otero fuera una de esas figuras prominentes de la transformación política del país, tenía que ver con su formación en una Guadalajara entonces liberal y federalista, renuente a los privilegios sociales, que sí se veían en la ciudad de México. Jurista estudioso y profundamente crítico, fue la cara quizá más visible, o la que ha logrado perdurar a lo largo del tiempo, de un grupo de personalidades –Mariano Riva Palacio, Ignacio Cumplido, Juan Manuel González Ureña, Manuel María Gaxiola, Francisco Elorriaga o Luis de la Rosa, entre otros–, que luchaban contra el antiguo conservadurismo y pretendía darle otro rumbo al país. Otero consideraba imperioso introducir orden y unión en la política, mejorar la economía y la recaudación, aplicar justicia en la repartición de los impuestos, reorganizar la fuerza militar con buenos cuadros de jefes y oficiales, disciplinados y fieles. Pregonaba por el fin de las ideas monárquicas y antiindependentistas, a las que el clero contribuía con su poder intocable y criticaba a la prensa servil a esos intereses.

El joven legislador mostraba su desazón, se aislaba, según decía un año antes de morir, para no mezclarse con la mala política de entonces. Prefería limitar su actividad política a votar en el Senado a conciencia. Pero ese desánimo circunstancial era propio de su compromiso. Otero se interesaba en el rumbo político de México, aunque también era un hombre que formaba parte del ambiente intelectual de la época, asiduo a las discusiones y debates en tertulias, miembro de la Academia de Letrán, creador de un órgano político como El Siglo Diez y Nueve. “Nos hemos propuesto publicar el presente diario, cuyo objeto más esencial será el de calmar las pasiones agitadas con tantos años de inquietudes, promover la unión de todos los mexicanos e indicar lo que creamos conveniente a nuestra regeneración política”, escribía en su primer número de octubre de 1841. Así como el Congreso sería el foro desde el cual defendería sus principios, el periodismo fue el vehículo para dar a conocer su particular visión del México de entonces.

El Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la república mexicana, que escribiera en 1842, sería un texto fundamental para entender cómo analizaba el momento político y económico. Allí hablaba de la clase media que debía emerger como “el principal elemento de la sociedad… el verdadero germen del progreso y el ingrediente político más natural y favorable que pudiera desearse para la futura Constitución de la República.”

A Mariano Otero se le recuerda por su paso como congresista, las controversias y argumentos por contar con un régimen legal orientado a defender las garantías y derechos de los ciudadanos, ante las injusticias y abusos de los funcionarios públicos. Tuvo también un breve paso en la administración pública como secretario de Relaciones Exteriores del presidente José Joaquín de Herrera. Fue en un momento crítico para el país, cuando la derrota en la guerra contra Estados Unidos marcaba el ánimo general, la economía estaba en mal estado, el ejército desbaratado y la reconciliación entre los mexicanos era indispensable. Los asuntos a los que se enfrentó no fueron menores como el retiro de las tropas estadunidenses de la aduana de Veracruz y la problemática de los mexicanos que se quedaron en los territorios comprendidos en el tratado de paz.

En el recuerdo de Mariano Otero y su legado vale precisar cuánto sacrificio le implicó también, aún y a pesar de su búsqueda pacífica y conciliatoria por la unidad nacional y un cambio de mentalidad, que sus ideas progresistas lo condujeran a la cárcel en 1842. Allí aprendería cómo se podían violar leyes y derechos civiles sobre las personas. De cómo abusa una autoridad sin límites, especialmente sobre el ciudadano común y corriente. Ese encarcelamiento sería el origen de una permanente dedicación por diseñar un código de garantías y derechos que defendieran al ciudadano, y resultar su herencia fundamental para generaciones de mexicanos: el Juicio de Amparo.

La primera sentencia de un juicio de este tipo, tras su incorporación a la carta magna de 1857, se resolvió en una hoja. En la actualidad contienen centenares de páginas. Se ha vuelto una instancia jurídica compleja, a tono también con los cambios sociales de los últimos 170 años. El peligro de transformarse en elitista, alejado de los conocimientos mayoritarios de la población, comienza a ser señalado por algunos estudiosos. Este homenaje de BiCentenario a Mariano Otero trata de recuperar las vicisitudes de un hombre visionario, pero también es una invitación a atesorar y cuidar aquello que se considera imprescindible para nuestra convivencia diaria y una garantía de igualdad ciudadana.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

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Crueldad, miserias humanas, hambre, dolor, pérdidas, forman parte de las huellas imborrables de las guerras con las que sus sobrevivientes tienen que lidiar por el resto de sus vidas. Una aceitada maquinaria compleja de poder económico, estrategia y liderazgo marcan la diferencia entre el triunfo y la derrota. Los grises y los matices desaparecen con ella. Se está de un lado o del otro. Lealtades y traiciones forman parte indivisible de su fisonomía, y si no se las conoce y anticipa el límite entre ellas se quiebra con la misma resonancia en que una bala viaja desde la boca del fusil hasta destruir el corazón del combatiente. Al edificar su División del Norte que la hiciera imbatible y a prueba de batallas, Francisco Villa tejió relaciones y vínculos con un trío de hombres que además de prometerle lealtad a la causa le aseguraban primordialmente las armas indispensables que debían llegar de los proveedores estadunidenses. Hasta un submarino llegaron a ofrecerle para una guerra que sólo tenía como ajedrez territorial la disputa en tierra. Demasiado confiado o quizá sin mayores alternativas, el caudillo chihuahuense dejó en manos de ellos los abastecimientos para enfrentar a las tropas de Carranza en lo que sería la madre de las batallas, el control por el centro del país, paso previo para ir por la capital. Aquellos tres hombres, sin sangre mexicana, dos de ellos estadunidenses y uno europeo, que jugaban sus propios proyectos personales y relaciones directas con los gobernantes en Washington, por diferentes razones se convertirían en verdaderos mercaderes. Llegado el momento de abastecer a las nutridas columnas villistas, los fusiles no aparecieron y las balas enviadas a cuentagotas se mezclaban con inofensivas municiones vacías. Así se cuajó la derrota de Celaya y las que le siguieron a las tropas revolucionarias para que la División del Norte convirtiera su travesía en retroceso y derrota.

La apasionante historia de componendas, negocios y hasta espionaje de estos tres hombres que optaron por dejar sólo a Villa, abren este número de Bicentenario que habla de otras guerras y de otras luchas, aunque ya no en el campo de batalla de la política.

El doctor Eduardo Liceaga fue un verdadero cruzado por la mejora de la salud en el país, que hacia 1888 estaba en Francia, cuna de los avances científicos del momento en materia de higiene pública, para aprender de todos los conocimientos necesarios que pudiera aplicar en un México aún insuficiente. Liceaga atravesó por varias semanas el Atlántico con un recipiente que contenía un cerebro de conejo bajo el brazo en las condiciones climáticas más adversas para su futuro experimento. Mientras el tiempo le jugaba en contra, perseverante y detallista, nos relata el texto de Samuel Almazán Santiago, logró rescatar de aquel cerebro en glicerina sus partes enfermas para inyectarlas en otros conejos y generar en poco tiempo lo que en el Instituto Pasteur parisino le habían enseñado: producir la vacuna contra la rabia.

Los pioneros abundan en esta edición de la revista, amplia por sus temáticas, y que recupera a diversos personajes que destacan en distintos momentos del país, por tenacidad, dedicación y esa locura propia de quienes creen en una idea y tratan de contagiarla al resto. Uno de ellos es el gallego Tadeo Ortiz quien unas seis décadas antes que Liceaga, se lanzara a la aventura de poblar el Istmo de Tehuantepec con el proyecto de crear una vía que uniera los océanos Atlántico y Pacífico, como motor del desarrollo económico del sur mexicano. Ortiz fue un adelantado que para entonces veía la necesidad de ir por los mercados de China y la India. A la distancia, aquel sano desvarío para un momento en que no se contaba con recursos económicos ni tecnologías suficientes, fracasó hasta en el intento de traer a la zona a inmigrantes franceses, pero sentó las bases para una idea aún vigente.

En tiempos más contemporáneos, prácticamente a la par y desde actividades diferentes, Heberto Castillo y Pedro Ramírez Vázquez fueron dos perseverantes luchadores, uno por dotar de verdadera democracia al país, el otro por dejar una marca registrada en la arquitectura. En el caso del ingeniero Castillo, con sus ideales por la apertura a la democratización del país fue también un hacedor de la unificación de la izquierda en México. En este número acercamos una reflexión histórica, a través de sus propias palabras, sobre el papel de la izquierda en la política nacional, con lo que cerramos la propuesta expresada en estas páginas desde ediciones anteriores de plasmar los idearios políticos e ideológicos posteriores a la revolución. El caso de Jacinto López Moreno, un rara avis de las luchas agrarias y sindicales en el noreste del país, personaje íntegro e incorruptible, también presente en esta edición, complementa la trayectoria a veces olvidada de quienes contribuyeron a tener un país plural y de libertades.

Ramírez Vázquez, quizá en las antípodas políticas de Heberto Castillo, tiene una amplia trayectoria como constructor de proyectos que han dejado marca en la iconografía arquitectónica de la ciudad de México, e incluso en otras ciudades extranjeras, tales los casos del Museo Nacional de Antropología, el Estadio Azteca o la torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco. Aquí nos centramos en su titánica tarea por recuperar los cimientos fangosos de la Basílica de la Villa de Guadalupe, y a su vez dotar al lugar de un espacio de vastas proporciones para dar lugar a una afluencia diaria de miles de peregrinos. Aquello se convirtió en una gran arena pública tal cual la conocemos hoy y que no generó debates menores sobre si correspondía hacerlo o no, especialmente en el mundo de la Iglesia donde se recelaba de sus ideas vanguardistas.

Esta edición de BiCentenario coloca el acento también en el cine en dos perspectivas: el tránsito rocoso de los cineastas que han apostado al género del terror con una suerte variopinta y, por otro lado, la transformación de los espacios de proyección, que por una política de Estado al retirar subvenciones a la industria del cine, dio lugar a la desaparición de las salas únicas tradicionales por los complejos de múltiples lugares de proyección.

No queremos dejar de mencionar que la revista recupera para esta edición el aporte a la fotografía documental y artística que ha hecho durante más de medio siglo el holandés Bob Schalkwijk. Artífice de un acervo de más de 400 000 imágenes, Schalkwijk sostiene el archivo que lleva su nombre con una obstinación envidiable y escaso apoyo oficial y privado, lamentablemente, para un trabajo en gran parte inédito. La serie de trabajos que reproducimos aquí lo testimonian. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28

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En mayo de 1949 el cineasta Arcady Boytler y su esposa Lina recibieron un inesperado regalo. Era un autorretrato que algunas décadas más tarde adquiriría un valor impensado para esa época. La pintura llevaba el nombre de El venado herido y estaba acompañada de unos versos dedicatorios en octosílabos donde su autora les pedía que la recordaran en su futura ausencia. Consciente, se anticipaba a lo que prefiguraba como irremediable. Cinco años más tarde aquella amiga del regalo, Frida Kahlo, moría.

La vida multifacética de Frida está enmarcada en su cotidianidad por un permanente vínculo con el mundo de esplendor de la cinematografía de mitad del siglo xx. Si ha sido un imán para el cine, tanto en vida como en las películas y documentales que la retrataron, en los cortos años en que fue erigiéndose su figura artística, y en compañía de Diego Rivera, desarrolló relaciones entrañables con directores, actrices, actores o guionistas como en el caso de Boytler.

El texto que destacamos en nuestra portada de este número de BiCentenario, nos da cuenta de la Frida Kahlo persona y personaje para el cine, pero también de la amiga que compartía tragedias con Chabela Villaseñor o le pedía apoyo económico a Dolores del Río en momentos de crisis, cercana a Sergei Einsenstein o a Adolfo Best Maugard, desconfiada del parrandero “Indio” Fernández porque arrastraba a Diego, dispuesta a interpretar su propio personaje ante las cámaras de Lola Álvarez Bravo o Nicholas Murray.

En el mismo año en que Frida pintaba su autorretrato con cuerpo de venado, llegaba a México de manera casual el pensador alemán Erich Fromm, padre del psicoanálisis social. Con poco menos de dos décadas de experiencia en tratar de comprender de manera dinámica al ser humano a partir del inconsciente, aquí forjaría gran parte de su carrera profesional. Acumulando investigaciones, formando colegas en la unam, abriendo espacios de debate y de consolidación teórica y práctica de su escuela de pensamiento, Fromm dejó una huella perenne hasta hoy día.

El creciente papel de la mujer en la vida pública se alimenta de las historia de otras como ellas que en el pasado, con mayores discriminaciones y rechazos, lograron imponer ideas, proyectos y esfuerzos personales. Allí está la crónica de 1865 cuando Carlota viajó hasta Yucatán y Campeche para recorrer una zona olvidada por el imperio de Maximiliano. Para la misma época, en la capital del país las mujeres tenían pocos lugares donde dar a luz, que no fueran sus propias casas. La inyección económica que le dio la emperatriz a la Casa de Maternidad permitió que más mujeres, especialmente pobres, tuvieran mejores condiciones de salubridad para los partos. Pero una vez que se tuvo que regresar a Francia, a punto de caer el imperio, otra mujer, Luciana Arrázola de Baz, marcó la senda final por donde debería ir la atención de la salud. Fueron dos protectoras clave en tiempos en que un embarazo era un riesgo alto para la vida de cualquier mujer.

Esta nueva edición de BiCentenario relata el hallazgo de 78 imágenes guardadas extrañamente en los entresijos del elevador de un hotel del centro del Distrito Federal. Las fotos, muchas de ellas reveladas en París, según los sellos que conservan, llegaron a manos de nuestra integrante del Consejo Editorial, Graziella Altamirano Cozzi, y muestran por un lado el rico intercambio epistolar de postales con comentarios sobre la Decena Trágica; pero por otra parte dejan ver a un inédito Porfirio Díaz reunido con familiares y visitantes que formaban parte de la elite porfirista desahuciada por la revolución. Son recuerdos de una época extinguida y que quedaron en secreto arrumbados en un sobre en aquel ascensor por más de medio siglo.

La etapa posrevolucionaria tiene cabida en esta edición con los afanes propagandísticos y que explican hasta la actualidad el comportamiento de los medios de comunicación. Venustiano Carranza ejercía el poder en 1916 pero necesitaba una nueva Constitución que lo legitimara. Apuntando a lograr esto, destinó un vasto apoyo económico para la creación de medios impresos en ciudades importantes que le ayudaran a su causa. Así nació El Universal el 1 de octubre de 1916 y luego otros medios. De la mano de su amigo Félix Palavicini, fue el periódico que tuvo la mayores prerrogativas durante el carrancismo. Aún así, este diario a punto de ser centenario, supo adaptarse a los momentos políticos críticos que le siguieron y estar muy cercano al poder.

También en tiempo novohispanos, un siglo antes, España requería de controles propagandísticos sobre la población para que la insurgencia del cura Hidalgo no se ampliara. De esto nos habla en su texto Joaquín Espinosa Aguirre. Y de cómo también desde el lado de la insurrección se hacía contrapropaganda. Una muestra de que aún hoy, con métodos más sofisticados por Internet, redes sociales, o con televisión, el fin de controlar la opinión pública tiene larga data de existencia.

Entre el ayer y el hoy que siempre termina por entrecruzarse, analizamos al Partido Acción Nacional, siguiendo con la propuesta de revisar a las organizaciones políticas y sus ideólogos destacados. ¿El pan de su creación y de la lucha desde la oposición ya no es el mismo? Sobre esto y otros aspectos del partido desentraña el artículo de Mario Santiago Jiménez. También recuperamos una entrevista radial a su fundador, Manuel Gómez Morin, realizada en 1949, donde describe las serias dificultades para ejercer el voto con libertad.

BiCentenario 28 no termina allí. Más artículos, más análisis, más información lo puedes descubrir a continuación en estas páginas. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Editorial #21

BiCentenario #21

A toda etapa de transformaciones profundas en la vida institucional de un país le sigue la de consolidar los logros y esfuerzos, una tarea que muchas veces suele resultar más compleja aun que aquella de sembrar. La revolución mexicana, después de años de batallas, sangre derramada y los dolores intrínsecos propios que deja toda conflagración civil, necesitaba afianzarse. Poner la obra en marcha requería, entre otras medidas de cirugía mayor, tener a sus fuerzas militares disciplinadas y bajo control.

El texto que identifica nuestra portada de Bicentenario 21 echa luz sobre un momento complejo de la historia posrevolucionaria como lo fue la necesidad de establecer las bases de lo que sería el ejército mexicano. Los historiadores difieren sobre el momento en que comenzó aquella etapa clave para las tropas revolucionarias. Como lo explica Martha Beatriz Loyo, unos lo sitúan en 1913 ‒hace un siglo ya‒, cuando Venustiano Carranza crea el ejército constitucionalista dividido en varios cuerpos para restablecer el orden constitucional quebrantado por Victoriano Huerta. Pero otros lo ubican en 1917, después de promulgarse la nueva Constitución. Llevar orden a la nueva institución era una tarea compleja en la que abundaban las relaciones personalistas entre jefes y soldados. Proliferaban los feudos y las posibles rebeliones estaban presentes en cada medida que se adoptaba. Pero no sólo había que sustituir la lealtad a los jefes por la lealtad a la institución, predominaba una economía destrozada, propia de la guerra. Las arcas gubernamentales necesitaban equilibrarse y para ello destinar un tercio del presupuesto a las fuerzas militares resultaba inviable para un país apremiado por redistribuir recursos económicos. Tendría que correr más de una década de transformaciones hasta lograr consolidar el ejército de corte popular que lo ha hecho diferente de muchos otros del continente.

La etapa posrevolucionaria que ponemos en este número en manos de los lectores, se complementa con una mirada sobre la importancia que tuvo su difusión. Y para ellos es imprescindible hablar del cine y cómo distintos directores de la época fueron relatando a los ciudadanos, especialmente de la capital, aquellos momentos que no estaban alejados de la propaganda política. Todos los líderes militares y políticos supieron aprovechar el alcance persuasivo del cine para un público con escasos instrumentos para informarse. Francisco Villa fue uno de los que lo supo capitalizar, pero no el único. Y algunos cineastas se identificaron claramente con la causa de los jefes revolucionarios.

La historia está hecha de personajes que la construyen día a día con su ideas transformadoras, vicisitudes, valentías o frustraciones. Hombres y mujeres, en su mayoría anónimos, y otros que dejan en el imaginario popular un encanto que se transmite más allá de su tiempo. Descifrarlos es tarea de la historia y eso nos proponemos hacer en cada una de las ediciones de BiCentenario. María Ignacia La Güera Rodríguez es una de ellas. César Martínez Núñez nos cuenta las útimias pinceladas de vida de una mujer que vivió cerca de los hombres de poder en Nueva España y buscaba comulgar las culpas que la enredaron durante décadas. Los oídos de una sobrina monja le sirvieron para limpiar la carga emocional de amores marchitos, tiempos de economía doméstica maltrecha y abandonos apresurados, antes de retirarse a un convento de franciscanos a pasar sus últimos días.

Otros personajes que circundarán estas páginas nos llevarán hasta nuestros pioneros de la astronomía y una de las figuras emblemática de nuestro cine y teatro de la mitad del siglo XX. Francisco Díaz Covarrubias supo imponer su tesón para convencer a los políticos de fines del siglo XIX que un grupo de científicos como él podrían aportar a la ciencia mucho más que teorías inalcanzables sobre el universo para el común de los mexicanos. Logró viajar a Japón para presenciar el pas. de Venus y ante la elite de sus pares en el mundo pudo resolver entre los más avanzados cómo medir la distancia entre el Sol y la Tierra. Fue un hito para el desarrollo de la astronomía de México, aunque la ciencia siguiera luego ocupando un lugar institucional marginal.

El otro personaje que se incorpora a estas páginas es Fernando Soler. Era un hombre de teatro pero una vez que el cine sonoro reemplaz. al cine mudo, fue de los primeros que lo supo interpretar para llenar las salas de un público ávido por conocer sus personajes bohemios, parranderos o p.caros. Soler describe en una entrevista que recuperamos de 1975 sus tiempos como actor y director, el rechazo a todo cine que no fuera masivo y hasta las primeras piedras que colocó para fortalecer la sindicalización de actores.

Este número 21 de Bicentenario no se acaba allí ni mucho menos. Hay más por descubrir: los orígenes de la lucha libre, lo mismo que el desarrollo del dibujo entre mujeres y niños en los albores del siglo pasado, así como las recepciones festivas de virreyes y libertadores en la época novohispana. Un teatro en Campeche que fue el sueño de una sociedad que aspiraba a tenerlo entre los más destacados de las capitales mundiales, y la migración constante de los chiapanecos de Simojovel. Para cerrar, una revuelta estudiantil olvidada como la de los jóvenes que se oponían al golpe de Estado de 1858 acompaña este octubre en otro aniversario más de aquel movimiento estudiantil de 1968 que dejó la marca propia de una bisagra para la democracia mexicana.

Darío Fritz

Editorial #6

BiCentenario #6

Participar en la conmemoración del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución, no sólo nos lleva a recordar las gestas que dejaron huella en el acontecer nacional y cuyos capítulos han llenado innumerables páginas de la historia mexicana, sino que nos invita a seguir hurgando en nuestro pasado, para detenernos a ver, con otras miradas y a través de nuevos primas, lo que fuimos ayer, con le propósito de explicarnos quiénes y cómo somos hoy.

De cara a las conmemoraciones, en BiCentenario mantenemos el compromiso de ofrecer a nuestros lectores fragmentos y episodios, relatos, costumbres y tradiciones; vida cotidiana, formas culturales y todo aquello que nos ha dado un rostro propio.

Entre los diversos temas tratados, en este  número nos remontamos a la ciudad capital de México de los albores del siglo XX que cambia su fisonomía y modifica su espacio a partir de la ampliación de sus calzadas y la modernización del transporte, siendo escenario propicio para los tranvías eléctricos, los automóviles, los camiones y hasta las bicicletas. En esta misma época, el acontecer diario citadino se refleja en el mundo de la farándula, donde el teatro de revista alcanza su máxima expresión gracias a la presencia de exitosas mujeres empresarias que logran “mexicanizar” las tandas y forjar un género teatral de índole nacionalista. También se presentan diversas cápsulas de vida cotidiana referentes a la evolución de la urbanidad y los buenos modales en su relación con la higiene y la salud.

En otros asuntos, se recuperan pasajes que muestran cómo se celebró la consumación del movimiento libertario en diferentes lugares y momento: Cartago, la lejana capital de Costa Rica, que formó parte de México, se declara en 1823 la más firme partidaria del Imperio de Iturbide y cien años después, los niños mexicanos celebran el centenario como actores centrales de una campaña de gobierno relacionada con la salud, la protección y el bienestar de la niñez.

Como parte de nuestro pasado histórico, la literatura y el arte también están presentes. El cuento en esta ocasión nos remonta al México romántico de mediados del siglo XIX a través de un relato que pone al descubierto el amor ausente, el amor llorado en el cementerio, lugar donde en otro momento y rincón de la provincia mexicana, se habla con un lenguaje distinto del arte funerario, cuyas tallas de marmolería italiana rinden culto a la memoria de un importante personaje de la sociedad potosina.

Los años de revolución son abordados en un texto que nos narra la historia y el paradero del plan que sirvió de bandera al movimiento constitucionalista y, para etapas posteriores, es tratado el tema que pone en evidencia la frágil relación entre la Iglesia y el Estado mexicano, asunto relacionado con el documento seleccionado para la sección Desde ayer, que ofrece por primera vez la descripción del viaje misterioso que realizó un fraile estadunidense con el objeto de tener una reunión secreta con el presidente Calles, orquestada por el embajador de Estados Unidos para mediar en el conflicto religioso en México.

Con motivo del setenta aniversario de la llegada de los primeros refugiados republicanos españoles a nuestro país, la entrevista de historia oral recoge los recuerdos de un exiliado que habla de sus experiencias y su contribución a la vida intelectual mexicana, y la sección Desde hoy invita a hacer una profunda reflexión en estos tiempos en que se agotan los recursos naturales y es apremiante adquirir una conciencia ecológica que nos lleve a asumir el compromiso de cuidar estos recursos en todos los actos de nuestra vida diaria.

En los diversos asuntos aquí tratados, se ha aprovechado lo que el pasado nos brinda para generar nuevas historias, recuperar hechos poco conocidos y personajes hasta ahora olvidados, pero también para detenernos a ver nuestro presente y voltear de cara al futuro. Esperamos que estas páginas los inviten a participar en esta aventura.

Graziela Altamirano Cozzi

Instituto Mora