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Editorial

Darío Fritz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Cada pueblo se arma con sus mejores riquezas económicas y culturales para desarrollarse, crecer y presentarse ante el mundo. Las materias primas fueron el hilo productivo desde el cual México  fue cimentando su progreso, acompañado con el tiempo por las manufacturas de elaboración propia. Pasada la mitad del siglo XIX ya se daban pasos concretos para que el cultivo del maguey de aguamiel diera lugar a una producción del pulque que con la inversión en infraestructura permitiera llevarlo a la mayor parte posible de los rincones del país. El proceso productivo venía del siglo anterior y aunque tuvo un impulso destacado a finales del porfiriato cuando se consolidó la “aristocracia pulquera”, fue después de 1860 que se buscó afianzar su producción. Aquello fue una de las experiencias exitosas para potenciar el impulso científico y empresarial de la incipiente agroindustria nacional, que a finales de ese siglo se convertiría en un importante negocio con gran impacto tanto en la fiscalidad como en la sociedad capitalina, como nos dice Rodolfo Ramírez Rodríguez, en el texto que abre este último número de BiCentenario de 2016.

Pero el progreso que se construía a marchas forzadas por las propias carencias de un país en formación, encontraba también en su ascenso abusos de un capital empresarial que acumulaba, pero escasamente repartía, especialmente entre sus trabajadores. Un caso fue el de los hacendados henequeneros de Yucatán, a los que Porfirio Díaz fue a respaldar en 1906 cuando se acrecentaban desde cuatro años antes las denuncias de malos tratos laborales y prácticas esclavistas. El dictador tuvo un viaje “memorable”, según las crónicas periodísticas, en el que participó en inauguraciones de obras públicas y fiestas de la alta sociedad de la península. Los empresarios lo recibieron con los brazos abiertos y así los defendió. Aquella falta de sensibilidad ante los problemas sociales continuaría por varias décadas. El relato que nos hace la maestra Adela Alfaro de Aguayo, en dos entrevistas recuperadas de los años setenta, es una lacerante postal de los tiempos de injusticias y persecuciones previos y posteriores a la Revolución.

En el siglo xx las preocupaciones sociales mexicanas tuvieron diversas trazas. Hacia 1920, el alcohol se había transformado en un problema muy serio que se intentaba combatir siguiendo las experiencias estadunidenses de misioneros y grupos civiles protestantes. Los mensajes impresos en periódico y manuales, con fotografías, caricaturas, carteles y folletos fueron las mejores herramientas de los gobiernos revolucionarios, respaldados en el boca a boca de las medidas que se podían adoptar para que la adicción dejará de ser un problema de salud, relata Cecilia Autrique Escobar. El discurso de las campañas dejó una impronta discriminatoria racial que apuntaba a indígenas y pobres.

Al mismo tiempo, se acercaban por entonces las elecciones presidenciales donde Venustiano Carranza apostaba por un desconocido para suplirlo, Ignacio Bonillas. La medida no dejó de causar escozor y molestia en hombres que se sentían “candidatos” como Álvaro Obregón y Pablo González. La prensa jugó allí un papel destacado, dejando ver que la participación de los medios de comunicación en la imposición de aspirantes políticos es un antiguo fenómeno que se ha ido perfeccionando con el tiempo.

En esos años 20 donde la pluralidad no era parte de la cotidianeidad del país, un grupo de jóvenes crecía por su movilidad y participación. La Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de actuación destacada en tiempos de la guerra cristera, floreció en aquella década con la idea básica de su fundador, el jesuita Bernardo Bergöend, de devolver a la Iglesia su influencia en la sociedad, nos explica Ariadna Guerrero Medina. Aquel perfil participativo y protagonista tuvo que sosegarse pronto, muy a pesar de su reticencia, a los nuevos tiempos de negociaciones y convivencia entre el Estado y la Iglesia.

Y en la medida en que las luchas políticas fratricidas se fueron apagando, nacían otras por obtener apertura ante un Estado resistente al disenso. Los conflictos se llevaron a las calles para reclamar democracia, participación política y estudiantil, mejoras laborales, y ya más tarde hacia fines del siglo XX los reclamos por derechos civiles como la comunidad lésbico, gay, bisexual, travesti, transgénero y transexual (LGBTTT). A partir de 1978 comenzó a visibilizarse y lograr un reconocimiento de derechos y aceptación social que al cabo de los años muy pocos sectores aún ponen en duda.

Este BiCentenario 34 retoma la figura de José Juan Tablada y su trabajo silencioso por llevar la cultura mexicana a los círculos intelectuales neoyorquinos en unos años –décadas del veinte al cuarenta– donde México tenía mucho que ofrecer –Rivera, Siqueiros, Orozco, entre otros–, ante los prejuicios reinante por entonces en la capital cultural estadunidense. De los archivos de la memoria fotográfica de la Hemeroteca Nacional recuperamos los trabajos de Manuel Gutiérrez Paredes, Mariachito, conocido por sus retratos del movimiento estudiantil de 1968, pero escasamente recordado por sus imágenes de la marginalidad capitalina, los desastres naturales, las figuras del cine y los deportes, o de presidentes como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.

Así está edificado este nuevo número de BiCentenario. Algunas perlitas que aquí no narramos, quedan para que las y los lectores las descubran entre un centenar de páginas. Hasta la próxima edición.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

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Hubo un tiempo, entre finales del siglo XIX y la primera década de 1900, en que el maíz, el frijol y los chiles no estaban bien vistos en la mesa de algunos mexicanos. Las élites gobernantes, preocupadas por contribuir al progreso nacional, consideraban, sin conocimientos científicos que lo acreditaran, que se debía modificar la precariedad en los hábitos alimentarios de los sectores populares, especialmente campesinos e indígenas. El prejuicio sociocultural intentó aportar nutrientes con la introducción del trigo en sustitución del maíz. La tortilla, se argumentaba, debía pasar a segundo plano para darle prioridad al consumo de panes y galletas. Sin embargo, la alimentación del pueblo permanecía arraigada en sus tradiciones. Tortillas, frijoles, manteca, hortalizas y algunas frutas circulaban con normalidad, como parte de lo que hoy llamamos canasta básica. Y sí incorporaron el trigo a sus tradiciones alimenticias, pero sin dejar al maíz de lado ni su lugar prioritario. Así fue como nació la torta en Puebla, invento de una vendedora de chalupas para ofrecer el refrigerio a los trabajadores industriales.

Las décadas que van de 1920 a 1940 tuvieron un ingente esfuerzo del Estado, asociado a la higiene y la salud, por tratar de mejorar la dieta de los estratos populares, en tanto se revalorizaba la tradicional cocina mexicana como parte de la cultura nacional. Si la sopa de tortilla o el mole de guajolote habían dado a conocer al mundo una pizca de la nutrida gastronomía mexicana, ¿por qué no sumarla a nuestra identidad?, razonaban algunos. El debate se atenuó cuando los análisis científicos de los nutrientes alimenticios dieron cuenta de que los sectores populares no comían mal, sino que subyacía otro problema: su poder adquisitivo les impedía el acceso a más productos necesarios para enriquecer la dieta. La batalla por afianzar el chile, los frijoles y el maíz como base de la cocina nacional estaba ganada.

La tradición de la comida mexicana, que tanto nos identifica como país, se ha preservado gracias a las costumbres transmitidas por generaciones, sin importar pertenencias sociales, aunque especialmente sostenida por los sectores populares. Los mismos que han conservado los hilados, las artesanías en barro, cerámica o madera, la técnica de los colores naturales, las lenguas de los pueblos originarios o las construcciones de las civilizaciones que precedieron al México de hoy. Un ejemplo de cómo esa identidad se preserva está en las manos y la imaginación de los muralistas que descollaron hacia la mitad del siglo pasado. Diego Rivera atesoró identidades y tiempos sociales en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que el arquitecto constructor del Hotel del Prado le encargara para el interior del edificio en 1947. Su rica historia, que en este número de BiCentenario albergamos, nos habla de dos grandes coincidencias que lo hacen permanecer hasta la actualidad: por un lado, un arquitecto y los propietarios del hotel buscaron que los muralistas representaran la historia e identidad de una cultura; en segundo lugar, un devastador terremoto como el de 1985, que destruyó el edificio pero no la obra, y así se pudo recuperar para continuar su exhibición en el museo que lleva el nombre del pintor y muralista.

El cine, de identidad más cercana por los tiempos en que se desarrolló –poco más de una centuria–, tuvo un momento que marcó su florecimiento e impactó fuera de las fronteras nacionales, hacia la mitad también de los años cincuenta del siglo pasado. En este número lo reflejamos en las escenografías en que la naturalidad arquitectónica y mundana del centro de la ciudad de México se manifestó en decenas de filmes. Pero también en una película convertida ya en un mito, Viridiana, de Luis Buñuel, que apuntalara a Silvia Pinal como una de las figuras del cine nacional.

Detrás de un tema de acuciante actualidad, como el de los migrantes que intentan cruzar a Estados Unidos, el muro de cemento y lámina construido por las autoridades estadunidenses ha puesto un freno relativo a millares de personas que logran traspasarlo. Su inicio está en la ciudad de Tijuana, lugar donde se ha establecido desde hace más de dos décadas una identidad fronteriza propia, expresada en una cultura cosmopolita de múltiples vertientes trasnacionales que se ha quedado para siempre.

Otros temas de corte político documentan también este número de BiCentenario. Por un lado, la dominación de españoles y mestizos sobre Campeche para apropiarse de las tierras mayas, dando lugar a varias décadas de conflictos bélicos. En otro aspecto, el bandolerismo que hacia 1850 asolaba los caminos del país, con su cuota de historias tanto románticas como crueles, y un fenómeno de inseguridad que en otras formas perdura hasta la actualidad. Asimismo, les relatamos los meses cruciales que llevaron al primer acuerdo para frenar la guerra cristera en 1929, y el rol destacado de negociadores dispuestos a alcanzar una paz duradera.

Más perlitas quedan por descubrir en este número. Las dejamos a su curiosidad.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 40.

BiC 40 Portada

Remar a contracorriente requiere de fortalezas inusitadas, vehemencia, templanza y un compromiso imperturbable con la razón que lo mueve. Algo así atesoraron una serie de hombres de las letras que en 1920, en pleno proceso de afirmación posrevolucionaria y de creación del discurso nacionalista que legitimaba al nuevo régimen y cohesionaba al país, se propusieron integrar a México al mundo con apertura de pensamientos e ideas, en un afán cosmopolita. Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José y Celestino Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Gilberto Owen fueron algunos de esos intelectuales que plantaron cara a una estructura simbólica del pensamiento oficial que justamente hacía hincapié en la frontera entre lo mexicano y las demás culturas.

Los Contemporáneos, como se hicieron llamar, no recalaron en manifiestos que los pudieran definir ni legislaciones que fueran a romper un orden, sino que intentaron convencer tanto a sus audiencias como a las autoridades, y sí que lo lograron si nos atenemos a sus nombres aún vigentes y necesarios para definir la historia de las letras y la intelectualidad en el país. Se aceptaron como parte de su sociedad, para promover la cultura, las artes y la literatura local. Las publicaciones impresas fueron el motor del grupo. Ulises. Revista de curiosidad y crítica y más tarde Contemporáneos, sirvieron para dar a conocer textos de Federico García Lorca, Juan Bautista Alberdi, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges o T.S. Eliot y Paul Valery, pero también las pinturas de Salvador Dalí, Pablo Picasso, Joan Miró o la fotografía de Sergei Eisenstein. Incluso el teatro, bajo el mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado, tuvo en la impronta de los Contemporáneos la exposición de autores desconocidos por entonces.

Nacido como un grupo de amigos, y con una formación educativa similar, supieron combinar la difusión de la cultura mexicana con la incorporación de aquellos autores extranjeros de alta calidad, pero también gracias a una combinación de relaciones en el gobierno –varios de ellos participaron en la diplomacia, la política y la educación-, que les permitió convertirse en referencia intelectual. Son justificadas razones, sin duda, como para que la cuadragésima portada de BiCentenario esté dedicada a estos verdaderos referentes de una mirada contracultural como pocas veces se ha visto en el país.

La identidad, que no es otra cosa que el sentido de pertenencia, en el caso de la cultura entre la decada de 1920 y 1930 la supieron dar aquellos escritores, dramaturgos, poetas, editores, pero también la encontramos, con otros rasgos y en diferentes tiempos. Como aquella que supieron forjar lo cinco hermanos Rousset Montoya como hombres y mujeres arrojados a la causa revolucionaria de 1910, o más atrás en siglos, las pinturas de castas en Nueva España.

¿Por qué decimos esto? La toma de conciencia social y política de los Rousset en Puebla, al igual que la de sus vecinos, los Serdán Alatriste, fue la de miles de mexicanos que cansados de atropellos se sumaron a la lucha antirreeleccionista, y aunque terminaron sus vidas de forma sencilla y con carencias económicas, optaron por dar su aportación para un mejor futuro de igualdad para todos.

Otros verdaderos documentos para moldear la identidad fueron las mezclas raciales de mestizos, indígenas, blancos y negros durante el siglo XVIII en la América española expresados en las pinturas de castas. Aquí lo traemos a colación en las obras de Miguel Cabrera o Juan Patricio Morlete, entre otros, los primeros quizá en darle forma y color a los rostros de una nueva sociedad en formación y dejar así constancia. De aquellos días a los presentes, se ha ido conformado la pluriculturalidad mexicana, como pocas en el mundo.

Estos trazos culturales que podrán encontrar como lectores en este número 40 de BiCentenario, tienen también referencias en la recuperación de los años exitosos de la televisión, la radio, el cine, a partir de los años ‘50 del siglo pasado con los retratos de las celebridades del mundo del espectáculo en la fotografía de Humberto Zendejas.

Por su parte, Kathryn Blair, la autora de A la sombra del Ángel, la biografía novelada sobre su suegra Antonieta Rivas Mercado –sí, la misma que alentó las obras teatrales de los Contemporáneos–, hace un recorrido por su vida personal hasta adentrarse en un tardío éxito en la literatura.

Esta edición se involucra en el análisis de las complejas relaciones bilaterales México-estadunidenses, en esa simbiosis permanente y necesaria, entre pasado y presente, y plantea la pregunta acerca de Donald Trump y su discurso xenófobo y antimexicano: ¿la responsabilidad sólo recae en él?

Hay mucho más por descubrir en este BiCentenario, incluso un Benito Juárez desconocido, de identidad simulada, que perdió su clásico traje negro. Hasta la próxima.

Darío Fritz

Editorial #37

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

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En un México como el de la mitad del siglo XIX en el que dominaban los privilegios de las corporaciones militares y eclesiásticas, aunado al poder económico de comerciantes y grandes propietarios, la emergente clase media de pequeños propietarios y profesionales encontró en hombres clave para ese momento como el jalisciense Mariano Otero, figuras visionarias en la construcción y dirección de un país con mayores igualdades, federalista y en el que los derechos individuales fueran respetados.

Hace 170 años, este brillante jurista y político impulsó y logró incorporar en las discusiones que dieron lugar al Acta Constitutiva y de Reforma de 1847, el Juicio de Amparo, plasmado como un instrumento del liberalismo jurídico decimonónico para garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, y que hasta el día de hoy representa el principal recurso jurídico al que han recurrido diversos sectores sociales para obtener una aplicación de la norma acorde con los principios de la Constitución.

Aunque puesto en vigencia seis años antes en la Constitución Política de Yucatán, por el jurista Manuel Crescencio Rejón, el amparo tuvo alcance nacional a partir del Congreso Constituyente y Extraordinario de 1846-1847 que debía elaborar una nueva carta magna, y en el que Otero, representante por Jalisco, fue su principal impulsor. Desde entonces, ha sido un medio constitucional por excelencia dentro de la estructura jurídica, abarcando temas tan diversos como la materia civil, penal, administrativa y laboral. En la actualidad es uno de los recursos legales más socorridos y que contribuye a que el poder judicial se considere uno de los pilares más confiables de las instituciones mexicanas.

BiCentenario dedica este número especial a Mariano Otero como hombre indispensable para entender la consolidación de las instituciones a partir de aquel documento constitucional que redactó junto a un grupo de legisladores que entendían que en México la distribución del poder se debía ampliar y ya no podía ser propiedad de unos pocos sectores. Que los estados recobraran la soberanía interna, asociados bajo la forma federativa, y que se incorporaran los derechos individuales, en los cuales el de amparo sería su garantía fundamental, eran pasos concretos establecidos en la Constitución promulgada en 1857.

Que Otero fuera una de esas figuras prominentes de la transformación política del país, tenía que ver con su formación en una Guadalajara entonces liberal y federalista, renuente a los privilegios sociales, que sí se veían en la ciudad de México. Jurista estudioso y profundamente crítico, fue la cara quizá más visible, o la que ha logrado perdurar a lo largo del tiempo, de un grupo de personalidades  (Mariano Riva Palacio, Ignacio Cumplido, Juan Manuel González Ureña, Manuel María Gaxiola, Francisco Elorriaga o Luis de la Rosa, entre otros), que luchaban contra el antiguo conservadurismo y pretendía darle otro rumbo al país. Otero consideraba imperioso introducir orden y unión en la política, mejorar la economía y la recaudación, aplicar justicia en la repartición de los impuestos, reorganizar la fuerza militar con buenos cuadros de jefes y oficiales, disciplinados y fieles. Pregonaba por el fin de las ideas monárquicas y antiindependentistas, a las que el clero contribuía con su poder intocable y criticaba a la prensa servil a esos intereses.

El joven legislador mostraba su desazón, se aislaba, según decía un año antes de morir, para no mezclarse con la mala política de entonces. Prefería limitar su actividad política a votar en el Senado a conciencia. Pero ese desánimo circunstancial era propio de su compromiso. Otero se interesaba en el rumbo político de México, aunque también era un hombre que formaba parte del ambiente intelectual de la época, asiduo a las discusiones y debates en tertulias, miembro de la Academia de Letrán, creador de un órgano político como El Siglo Diez y Nueve. “Nos hemos propuesto publicar el presente diario, cuyo objeto más esencial será el de calmar las pasiones agitadas con tantos años de inquietudes, promover la unión de todos los mexicanos e indicar lo que creamos conveniente a nuestra regeneración política”, escribía en su primer número de octubre de 1841. Así como el Congreso sería el foro desde el cual defendería sus principios, el periodismo fue el vehículo para dar a conocer su particular visión del México de entonces.

El Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la república mexicana, que escribiera en 1842, sería un texto fundamental para entender cómo analizaba el momento político y económico. Allí hablaba de la clase media que debía emerger como “el principal elemento de la sociedad” el verdadero germen del progreso y el ingrediente político más natural y favorable que pudiera desearse para la futura Constitución de la República”.

A Mariano Otero se le recuerda por su paso como congresista, las controversias y argumentos por contar con un régimen legal orientado a defender las garantías y derechos de los ciudadanos, ante las injusticias y abusos de los funcionarios públicos. Tuvo también un breve paso en la administración pública como secretario de Relaciones Exteriores del presidente José Joaquín de Herrera. Fue en un momento crítico para el país, cuando la derrota en la guerra contra Estados Unidos marcaba el ánimo general, la economía estaba en mal estado, el ejército desbaratado y la reconciliación entre los mexicanos era indispensable. Los asuntos a los que se enfrentó no fueron menores como el retiro de las tropas estadunidenses de la aduana de Veracruz y la problemática de los mexicanos que se quedaron en los territorios comprendidos en el tratado de paz.

En el recuerdo de Mariano Otero y su legado vale precisar cuánto sacrificio le implicó también, aún y a pesar de su búsqueda pacífica y conciliatoria por la unidad nacional y un cambio de mentalidad, que sus ideas progresistas lo condujeran a la cárcel en 1842. Allí aprendería cómo se podían violar leyes y derechos civiles sobre las personas. De cómo abusa una autoridad sin límites, especialmente sobre el ciudadano común y corriente. Ese encarcelamiento sería el origen de una permanente dedicación por diseñar un código de garantías y derechos que defendieran al ciudadano, y resultar su herencia fundamental para generaciones de mexicanos: el Juicio de Amparo.

La primera sentencia de un juicio de este tipo, tras su incorporación a la carta magna de 1857, se resolvió en una hoja. En la actualidad contienen centenares de páginas. Se ha vuelto una instancia jurídica compleja, a tono también con los cambios sociales de los últimos 170 años. El peligro de transformarse en elitista, alejado de los conocimientos mayoritarios de la población, comienza a ser señalado por algunos estudiosos. Este homenaje de BiCentenario a Mariano Otero trata de recuperar las vicisitudes de un hombre visionario, pero también es una invitación a atesorar y cuidar aquello que se considera imprescindible para nuestra convivencia diaria y una garantía de igualdad ciudadana.

Darío Fritz

 

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

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Crueldad, miserias humanas, hambre, dolor, pérdidas, forman parte de las huellas imborrables de las guerras con las que sus sobrevivientes tienen que lidiar por el resto de sus vidas. Una aceitada maquinaria compleja de poder económico, estrategia y liderazgo marcan la diferencia entre el triunfo y la derrota. Los grises y los matices desaparecen con ella. Se está de un lado o del otro. Lealtades y traiciones forman parte indivisi­ble de su fisonomía, y si no se las conoce y anticipa el límite entre ellas se quiebra con la misma resonancia en que una bala viaja desde la boca del fusil hasta destruir el corazón del combatiente. Al edificar su División del Norte que la hiciera imbatible y a prueba de batallas, Francisco Villa tejió relaciones y vínculos con un trío de hombres que además de prometerle lealtad a la causa le aseguraban primordialmente las armas indispensables que debían llegar de los proveedores estadu­nidenses. Hasta un submarino llegaron a ofrecerle para una guerra que sólo tenía como ajedrez territorial la disputa en tierra. Demasiado confiado o quizá sin mayores alternativas, el caudillo chihuahuense dejó en manos de ellos los abaste­cimientos para enfrentar a las tropas de Carranza en lo que sería la madre de las batallas, el control por el centro del país, paso previo para ir por la capital. Aquellos tres hombres, sin sangre mexicana, dos de ellos estadunidenses y uno europeo, que jugaban sus propios proyectos personales y relaciones directas con los gobernantes en Washington, por diferentes razones se convertirían en verdaderos mercaderes. Llegado el momento de abastecer a las nutridas columnas villistas, los fusiles no aparecieron y las balas enviadas a cuentagotas se mezclaban con inofensivas municiones vacías. Así se cuajó la derrota de Celaya y las que le siguieron a las tropas revolucio­narias para que la División del Norte convirtiera su travesía en retroceso y derrota.

La apasionante historia de componendas, negocios y hasta espionaje de estos tres hombres que optaron por dejar solo a Villa, abren este número de Bicentenario que habla de otras guerras y de otras luchas, aunque ya no en el campo de ba­talla de la política.

El doctor Eduardo Liceaga fue un verdadero cruzado por la mejora de la salud en el país, que hacia 1888 estaba en Fran­cia, cuna de los avances científicos del momento en materia de higiene pública, para aprender de todos los conocimientos necesarios que pudiera aplicar en un México aún insuficien­te. Liceaga atravesó por varias semanas el Atlántico con un recipiente que contenía un cerebro de conejo bajo el brazo en las condiciones climáticas más adversas para su futuro experimento. Mientras el tiempo le jugaba en contra, perse­verante y detallista, –nos relata el texto de Samuel Almazán Santiago–, logró rescatar de aquel cerebro en glicerina sus partes enfermas para inyectarlas en otros conejos y generar en poco tiempo lo que en el Instituto Pasteur parisino le habían enseñado: producir la vacuna contra la rabia.

Los pioneros abundan en esta edición de la revista, am­plia por sus temáticas, y que recupera a diversos personajes que destacan en distintos momentos del país, por tenacidad, dedicación y esa locura propia de quienes creen en una idea y tratan de contagiarla al resto. Uno de ellos es Tadeo Or­tiz quien unas seis décadas antes que Liceaga se lanzara a la aventura de poblar el istmo de Tehuantepec con el proyecto de crear una vía que uniera los océanos Atlántico y Pacífico, como motor del desarrollo económico del sur mexicano. Ortiz fue un adelantado que para entonces veía la necesidad de ir por los mercados de China y la India. A la distancia, aquel sano desvarío para un momento en que no se contaba con recursos económicos ni tecnologías suficientes, fracasó hasta en el intento de traer a la zona a inmigrantes franceses, pero sentó las bases para una idea aún vigente.

En tiempos más contemporáneos, prácticamente a la par y desde actividades diferentes, Heberto Castillo y Pedro Ra­mírez Vázquez fueron dos perseverantes luchadores, uno por dotar de verdadera democracia al país, el otro por dejar una marca registrada en la arquitectura. En el caso del ingeniero Castillo, con sus ideales por la apertura a la democratización del país, fue también un hacedor de la unificación de la iz­quierda en México. En este número acercamos una reflexión histórica, a través de sus propias palabras, sobre el papel de la izquierda en la política nacional, con lo que cerramos la propuesta expresada en estas páginas desde ediciones ante­riores de plasmar los idearios políticos e ideológicos poste­riores a la revolución. El caso de Jacinto López Moreno, un rara avis de las luchas agrarias y sindicales en el noreste del país, personaje íntegro e incorruptible, también presente en esta edición, complementa la trayectoria a veces olvidada de quienes contribuyeron a tener un país plural y de libertades..

Ramírez Vázquez, quizá en las antípodas políticas de Heberto Castillo, tiene una amplia trayectoria como cons­tructor de proyectos que han dejado marca en la iconografía arquitectónica de la ciudad de México, e incluso en otras ciudades extranjeras, tales los casos del Museo Nacional de Antropología, el Estadio Azteca o la torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco. Aquí nos centramos en su titánica tarea por recuperar los cimientos fangosos de la basílica de la Villa de Guadalupe, y a su vez dotar al lugar de un espacio de vastas proporciones para dar lugar a una afluencia diaria de miles de peregrinos. Aquello se convirtió en una gran arena pública tal cual la conocemos hoy y que no generó debates menores sobre si correspondía hacerlo o no, especialmente en el mundo de la Iglesia donde se recelaba de sus ideas vanguardistas.

Esta edición de BiCentenario coloca el acento también en el cine en dos perspectivas: el tránsito rocoso de los cineastas que han apostado al género del terror con una suerte vario­pinta y, por otro lado, la transformación de los espacios de proyección, que por una política de Estado al retirar subven­ciones a la industria del cine, dio lugar a la desaparición de las salas únicas tradicionales por los complejos de múltiples lugares de proyección.

No queremos dejar de mencionar que la revista recupera para esta edición el aporte a la fotografía documental y artística que ha hecho durante más de medio siglo el holandés Bob Schalkwijk. Artífice de un acervo de más de 400 000 imágenes, Schalkwijk sostiene el archivo que lleva su nombre con una obstinación envidiable y escaso apoyo oficial y privado, lamentablemente, para un trabajo en gran parte inédito. La serie de trabajos que reproducimos aquí lo testimonian. Hasta la próxima.

Darío Fritz.