Archivo de la etiqueta: testimonios

Mujeres y hombres en los lavaderos públicos

Fernando Aguayo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

La fotografía ha permitido reconstruir la historia de los espacios públicos donde se lavaba ropa en el siglo XIX, y en los cuales los hombres, en número menor a las mujeres, realizaron esa tarea pese al hostigamiento social que sufrían.

Winfield Scott, 2903 [Lavanderas], ca. 1900, inv. 08 609613. Antigua Academia de San Carlos FAD - UNAM

Winfield Scott, 2903 [Lavanderas], ca. 1900, inv. 08 609613. Antigua Academia de San Carlos FAD – UNAM

En estas páginas se recuperan fotografías que registraron a personas que en el siglo XIX lavaban ropa, con el doble propósito de reconocer la importancia de esta labor y para revalorar estos documentos como parte fundamental de nuestra historia.

Gove & North,125. Lavanderas de la Viga,1884. Álbum 1035 - foto 125 N. Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Gove & North,125. Lavanderas de la Viga,1884. Álbum 1035 – foto 125 N. Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

A lo largo del tiempo, mujeres y hombres han cuidado de su familia. Como parte de estas atenciones se lava la ropa propia y, al hacerlo, el miembro de la familia que realiza esta tarea no adquiere el título de lavandera, al igual que no se adquiere el título de cocinero cuando alguno de sus integrantes prepara los alimentos que colectivamente se consumen.

En los archivos se conservan fotografías de personas lavando su propia ropa a las que se les ha puesto genéricamente el título de “lavanderas”, a veces por falta de cuidado en la catalogación de los materiales, pero también porque quienes las comercializaron buscaban atraer clientes con la venta de imágenes costumbristas. Por eso es necesario explicar que, tanto los trabajos de lavar como los de hacer fotografía, se han realizado de formas distintas y con objetivos diferentes a lo largo del tiempo.

Además de mostrar imágenes de espléndida manufactura sobre lavanderas, en estas páginas se menciona apenas un tema que es importante profundizar, un aspecto clave de la construcción de la sociedad mexicana: la división genérica de responsabilidades y tareas.

Winfield Scott,3080 [Lavandera], ca. 1900, inv. 08 779560. Antigua Academia de San Carlos FAD - UNAM.

Winfield Scott,3080 [Lavandera], ca. 1900, inv. 08 779560. Antigua Academia de San Carlos FAD – UNAM.

Durante mucho tiempo, en el interior de las sociedades no se pensaba que “trabajar” y “hacer el quehacer” constituyeran términos para definir actividades completamente diferentes. Fue con el desarrollo de la economía de mercado, proceso acelerado a lo largo del siglo XIX, que se impuso la visión de que el hombre era quien, por su trabajo, debería recibir el salario del que dependería el resto de su familia, mientras que la mujer se dedicaba a los quehaceres del hogar. De esta forma, lavar, cocinar y limpiar, entre otras tareas, se impusieron como labores exclusivamente femeninas.

Por ello, los hombres que se ocuparon del lavado de ropa sufrieron hostigamiento social por asumir, supuestamente, una tarea que no les correspondía. Los documentos escritos del siglo XIX refieren la presencia de hombres lavando ropa e, incluso, algunos proyectos gubernamentales de construcción de lavaderos comunitarios contemplaron espacios para hombres, eso sí, separados de las mujeres. Sin embargo, ya que no era usual registrar imágenes de varones realizando esa actividad y las pocas que se hicieron no se comercializaron, solamente se ha encontrado una fotografía de esa época en la que se registra a un hombre lavando.

Por otro lado, la existencia de cuerpos de agua fue el factor fundamental para realizar el trabajo de limpieza de ropa. Aunque se piensa en ríos y lagos como los espacios para lavar, en realidad cualquier acequia, canal o estanque era empleado con este fin. También se acostumbraba que las mujeres llevaran agua en vasijas o cántaros hasta su casa, para lavar en palanganas de madera.

No fue sino hasta fines del siglo XIX que se iniciaron los trabajos de distribución de agua, tal y como hoy los conocemos. Así empezó a extenderse la presencia de tomas de agua en las casas y con ellas los lavaderos. Pero esto sucedió únicamente en los espacios con grandes concentraciones de personas y que contaban con la presencia de industrias. Allí aparecieron incluso las lavanderías y la industria mecanizada para la limpieza de ropa.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenómeno de la Revolución llamó la atención de diversos extranjeros que por alguna razón estuvieron en México. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interés y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro país. Periodistas, políticos, diplomáticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquellos participaron y subrayan la simpatía o antipatía que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos días de la Decena Trágica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes líneas extraídas de su libro Los últimos días del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Ministros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeño y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espíritu, y asoma a los ojos, todo él en mis pupilas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraña y única, del magistrado que saborea la victoria […]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso […] traía su fe en el régimen democrático, su fe en el pueblo, su fe en la Constitución, hasta entonces, por ningún gobierno practicada; sentía, como nunca, además, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentía la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su política, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado […].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses después] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien había redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lánguida y triste, en cielos de tormenta. La oposición había inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[…] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambición… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Suárez, escribía en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompañaban a Madero. […] Me hizo sentar en el sofá y a mi izquierda ocupó una butaca. Pequeño de estatura, complexión robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movía con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en ángulo, sonreía con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresión. Según piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonríe siempre; invariablemente sonríe. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa […] Era como el gesto del régimen que con él se extinguía […]

Era la una de la mañana […] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogándole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sábanas y almohadas; y revela […], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacería feliz en la montaña profunda […] Eran rasgo de su carácter el orden, la simetría, la regularidad […]

A las diez de la mañana todavía me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de México. El dormitorio recobró sus preeminencias de “sala de recibo” y Madero, en el remanso de su dulce optimismo, formulaba planes de romántica defensa. Desde luego, no concebía que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que Félix (Díaz) permitiese el bárbaro sacrificio de su vida, siéndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonríe compadecido de sí mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, además, amante de la caza, la tétrica sombra del calabozo le afligía.

[…] el 22 de febrero […] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueño […] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba […] avisa que la señora de Madero quiere hablar por el teléfono […] Son las siete de una fría mañana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: “¡Señora, por Dios; al Ministro que averigüe si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, señora!” […] Y no podía consolarla, desmintiendo aquella versión, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periódico. El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO.