Archivo de la etiqueta: Emiliano Zapata

El legado fotográfico de Cruz Sánchez

Paulina Michel
Archivo Histórico de la UNAM-IISUE

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

La revolución mexicana tuvo abundantes fotógrafos, aunque pocos pudieron dar a conocer sus trabajos. Entre los que permanecen menos visibles está este alcalde de Yautepec, quien se tomó su tiempo para dejar algunas huellas revolucionarias en imágenes de varios de sus líderes como Zapata, algunos de sus enemigos y la cotidianidad de la época. Más de medio centenar de sus trabajos se encuentra resguardado en la UNAM.

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Cruz Sánchez, Retrato de grupo en el que aparece (al centro, sentado) el general sinaloense Juan M. Banderas, quien fuera delegado zapatista a la Convención de Aguascalientes, como integrante de la Comisión del Ejército Libertador, Yautepec, Morelos, 1914. IISUE, Fondo Gildardo y Octavio Magaña, Colección Gráfica y Hemerográfica.

El Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México (AHUNAM) resguarda 138 fondos y colecciones de muy distinta procedencia entre los que se encuentran aquellos relacionados con personajes de la revolución mexicana como Heriberto Jara, Roque Estrada Reynoso, Juan Barragán, Blas Corral, Jacinto Blas Treviño, Amado Aguirre, Francisco L. Urquizo y Gildardo Magaña,entre otros. Este último archivo contiene, entre una gran cantidad de documentos, aproximadamente mil imágenes sobre la revolución, particularmente sobre el movimiento encabezado por el general Emiliano Zapata en el estado de Morelos. Cabe señalar que este fondo ha sido llamado ahora Archivo Gildardo y Octavio Magaña Cerda, ya que reúne documentos coleccionados por ambos hermanos, además de imágenes de la gestión de Gildardo Magaña como gobernador de Michoacán entre 1936 y 1939. En esta ocasión solamente me referiré a un pequeño grupo de fotografías que se encuentran en este archivo, específicamente alrededor de las imágenes firmadas o atribuidas al fotógrafo Cruz Sánchez, oriundo de Yautepec, Morelos, quien registró este acontecimiento en una de las sedes del cuartel general de Zapata.

Con la revolución mexicana comenzó también la proliferación de fotógrafos, los cuales dieron a conocer el movimiento armado a través de las imágenes en la prensa, tanto en el país como en el extranjero. Destacaron en esta labor autores como Jesús H. Abitia, Manuel Ramos, Hugo Brehme y Samuel Tinoco, entre otros, así como las agencias fotográficas de Agustín Víctor Casasola y los prestigiados trabajos de Heliodoro Juan Gutiérrez Escobar en los estudios Fotografía H. J. Gutiérrez y The Chicago Photo Studio.

Además de las tradicionales fotografías de gabinete, el desarrollo tecnológico de entonces les permitió realizar tomas instantáneas de sucesos cotidianos y militares, los cuales fueron documentados exhaustivamente al seguir los pasos de los líderes revolucionarios, quienes a su vez utilizaban estas imágenes para promover su causa y su persona.

En el caso de Emiliano Zapata, la prensa porfirista, conservadora y crítica con el movimiento revolucionario (El Imparcial o El País, por ejemplo), se encargó de presentar en sus páginas al líder agrarista y a sus seguidores como un grupo de bandidos y rebeldes, con intenciones de arrasar a la población urbana. Fue entonces cuando se acuñó el término de “Atila del Sur” para descalificar a Zapata y alertar del supuesto peligro que representaba un ejército de campesinos.

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Villa–Zapata un encuentro con dos miradas

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

En diciembre de 1914, Francisco Villa y Emiliano Zapata se reunieron en una escuela pública de Xochimilco. El objetivo: establecer una alianza de colaboración mutua y en contra de Venustiano Carranza. dado el fracaso de la convención Revolucionaria de Aguascalientes. De aquella conversación dieron cuenta León Canova y Gonzalo Atayde.

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León Canova acompañado de Álvaro Obregón en la Convención de Aguascalientes, octubre 1914. SINAFO-INAH

A mediados de 1914 se hicieron evidentes, en el panorama político nacional, las crecientes diferencias entre Francisco Villa y Venustiano Carranza, agravadas cuando el primero decidió contravenir las órdenes del segundo y marchar con todo su ejército en pos del importante bastión federal de Zacatecas. La victoria de Villa dio como resultado, en el mediano plazo, la derrota de Victoriano Huerta, su renuncia a la presidencia y su huida del país.

Los intentos por tratar de solucionar los problemas existentes entre aquellos jefes y evitar a toda costa la ruptura entre revolucionarios se tradujeron en el Pacto de Torreón. Carranza convocaría a una convención de revolucionarios cuya labor estaría encaminada, entre otras cosas, “a implantar el régimen democrático en nuestro país”. No obstante, lejos estaba el primer jefe de permitir se obstaculizara su llegada a la presidencia de la república. El aislamiento en el que mantuvo a Villa, sin abastecerlo de armas y combustible para sus trenes, y graves problemas surgidos con Obregón, provocaron que el jefe de la División del Norte emitiera, en septiembre, el Manifiesto y documentos que justifican el desconocimiento del C. Venustiano Carranza como Primer Jefe de la Revolución en el que, en resumen, acusaba al líder del constitucionalismo de querer instaurar una nueva dictadura, y de oponerse a los acuerdos de Torreón. Invitaba a los ciudadanos a exigir la separación de Carranza de la jefatura del Ejército Constitucionalista y del poder ejecutivo; a nombrar a un presidente interino que adoptara medidas para garantizar la resolución del problema agrario y convocara a elecciones.

Al no prosperar la convención revolucionaria convocada por Carranza en la ciudad de México, se llegó al acuerdo de convocar a una convención de jefes revolucionarios en la ciudad de Aguascalientes para encontrar la solución a los problemas del país, ratificándose en gran medida el Pacto de Torreón que el Primer Jefe había desconocido. El 10 de octubre se inauguraron las sesiones en el Teatro Morelos.

Desafortunadamente, lejos de lograrse un consenso en cuanto al tipo de gobierno que el país necesitaba, las controversias entre partidarios de la Convención y de Carranza llegaron a la ruptura definitiva: zapatistas y villistas contra constitucionalistas.

Zapata antes de la visita de Villa en Xochimilco La Iustración Semanal, dciembre 1914 (640x585)

Emiliano Zapata y Mr. Carothers en Cuernavaca, 1914. SINAFO-INAH

Eulalio Gutiérrez, presidente provisional elegido en Aguascalientes, se estableció en la ciudad de México bajo el amparo del Ejército Convencionista acaudillado por Villa. En este marco tendría lugar el encuentro de los ejércitos populares del norte y del sur. Las avanzadas de la antigua División del Norte, convertida en Ejército Convencionista, llegaron al pueblo de Tacuba el 28 de noviembre de 1914, al tiempo que las tropas del Ejército Libertador del Sur, ocuparon la capital de la república.

El histórico encuentro entre Francisco Villa y Emiliano Zapata ocurrió en Xochimilco. En la escuela pública del pueblo fueron recibidos con flores y fue ahí donde tuvieron su primera reunión preservada para la posteridad por al menos dos personas de las que sabemos sus nombres: León Canova, representante del Departamento de Estado estadunidense, y Gonzalo Atayde, secretario particular del coronel Roque González Garza.

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Sólo ustedes lo saben

Silvia L. Cuessy

BiCentenario #21    

Malhaya la tarde en que lo conociste, Nacho. Me di cuenta de inmediato. Ese instante cambió tu suerte. ¿Te acuerdas? Pues claro que te acuerdas. Incluso el todopoderoso de la nación te lo dijo: ese hombre sólo te traerá dolores de cabeza, conozco su estirpe. Pero ya era tarde para enterarte de lo que no querías saber. Cuando te topaste con él, tu línea del destino quedó trazada. No pensaste en otra cosa sino averiguar quién era, y pronto tu gente te lo dijo. Te aturdiste con su galanura y su porte bragado. Un apremio se te metió en la piel, y las ganas de conocerlo te desbordaban los poros. La idea de que fuera rebelde e indomable te avivó una extraña mirada sólo entendida por los que sabían tus secretos. Tú que entonces manipulabas la Cámara a tu antojo; tú que poseías innumerables tierras y eras dueño del destino de tantas personas, tenías que acercártele. Los caballos sirvieron de pretexto. Tú tenías los más finos del país; él era el mejor arrendador de la región.

Amada Díaz de la Torre, José Francisco Godoy. Porfirio Díaz, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman's Sons, 1910

Amada Díaz de la Torre, José Francisco Godoy. Porfirio Díaz, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman’s Sons, 1910

Hoy sí piensas en Amada, ¿verdad? Estás agonizando en esa cama del Hospital Stern, Nacho, y ahora sí la llamas. Maldito. Ojalá también te acuerdes de lo mucho que la hiciste sufrir. Año tras año la dejaste sola en Navidades y aniversarios, además de los otros 355 días del año, si descontamos los ocho en que quizá la llevaste al teatro o a algún baile porque así te convenía hacerlo. Desdichada. Deambulaba por cualquiera de las casas, ya fueran las de la capital o en alguna de las haciendas. Sola en su hogar, sola en los ajenos. Sus lamentos, zumbidos molestos a tus oídos… Nacho, ya no quiero que me miren con lástima cada vez que llego sin ti a una fiesta. Nacho no soporto los cuchicheos detrás de las copas de cognac o los abanicos… Sola, porque ni un hijo le quisiste dar; ni para cubrir las apariencias o acallar las malas lenguas. Rehuías las miradas de tu esposa suplicando caricias, y el contacto de sus manos sobre las tuyas te revolvía las entrañas. Por las noches escuchaste sus pasos detenerse a la puerta de tu habitación y no abriste ni siquiera para un buenas noches. ¿Qué te costaba sacrificarte un poquito con tal de cumplirle el deseo de la maternidad? Te vas a morir pronto, Nacho, y esa mujer merecía por lo menos el consuelo de un heredero. Ella te dio fidelidad y devoción, y tú le devolviste penas y vergüenza. Ya no tendrá otra opción que cuidar sobrinos y morirse de vieja con los brazos vacíos.

Ni el azúcar producido en todas tus haciendas lograba endulzarte el carácter, bromeaba tu suegro con el resto de la familia. Fuiste siempre tan arrogante. Las fotos no mienten, en ellas pareces estatua de conquistador moderno. Un sportman de revista: mano a la cintura, bigote retorcido a manera de káiser mexicano, chaqueta de tweed, pantalón golf y boina de lana: pura moda inglesa, no hay duda. ¡Ah! qué diferencia ¿verdad? Y ahora, mírate ahí tan vulnerable con el trasero purulento reventado por las almorranas; alrededor, enfermos que al igual que tú tienen los minutos contados; sin embargo ninguno del mismo mal, ninguno se retuerce tanto en la cama para calmar sus dolores, y ninguno tan arrepentido de sus pecados mientras suplica y llora. Espérate tantito, desgraciado, Amada no tarda, viene en camino desde México. Llevaba meses buscándote; en la capital, en Morelos, bajo las piedras. Seguro dio gracias a Dios y a los santos del cielo cuando le llegó la nota furtiva en la que le avisabas, desde Veracruz, que ya ibas rumbo a Nueva York. Ni ella misma supo cómo había sido la huida. No importa si fue mediante su ayuda o la de otros, no interesa si fue un milagro divino. Vendió las alhajas que le diste en lugar de amor después de que los rebeldes le quitaron a tu familia cuanta pertenencia tenía; esas joyas eran su esperanza de no depender de los parientes y de la supuesta herencia de su padre. Viene a firmar la autorización para que los médicos te sometan a una cirugía. Sorteó obstáculos y lágrimas en medio de tiempos convulsionados. Quiere estar a tu lado y cumplir con su deber de esposa abnegada. Pareces cadáver, quién sabe si aguantes. Por lo menos dale ese único gusto. Espérala vivo, infeliz.

Utilizabas a la gente. La movías a placer para proteger tus intereses. Para eso son el poder y el dinero, decías. Confabulaste con tus colegas diputados para acabar con el gobierno de Madero, mandaste a tu chofer a rentar un auto frente a La Alameda; un coche que llevaría al presidente y al vicepresidente a su encuentro con la traición y la muerte, junto a la penitenciaría de Lecumberri. Pensaste que acabado su gobierno, todo volvería a ser igual y los capitales, tuyos y de tu camarilla, estarían a salvo.

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Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenómeno de la Revolución llamó la atención de diversos extranjeros que por alguna razón estuvieron en México. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interés y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro país. Periodistas, políticos, diplomáticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquéllos participaron y subrayan la simpatía o antipatía que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos días de la Decena Trágica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes líneas extraídas de su libro Los últimos días del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Minis- tros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeño y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espíritu, y asoma a los ojos, todo él en mis puplas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraña y única, del magistrado que saborea la victoria [...]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso [...] traía su fe en el régimen democrático, su fe en el pueblo, su fe en la Constitución, hasta entonces, por ningún gobierno practicada; sentía, como nunca, además, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentía la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su política, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado [...].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses después] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien había redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lánguida y triste, en cielos de tormenta. La oposición había inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[...] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambición… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Suárez, escribía en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompañaban a Madero. [...] Me hizo sentar en el sofá y a mi izquierda ocupó una butaca. Pequeño de estatura, complexión robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movía con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en ángulo, sonreía con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresión. Según piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonríe siempre; invariablemente sonríe. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa [...] Era como el gesto del régimen que con él se extinguía [...]

Era la una de la mañana [...] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogándole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sábanas y almohadas; y revela [...], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacería feliz en la montaña profunda [...] Eran rasgo de su carácter el orden, la simetría, la regularidad [...]

A las diez de la mañana todavía me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de México. El dormitorio recobró sus preeminencias de “sala de recibo” y Madero, en el remanso de su dulce op- timismo, formulaba planes de romántica defensa. Desde luego, no concebía que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que Félix (Díaz) permitiese el bárbaro sacrificio de su vida, siéndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonríe compadecido de sí mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, además, amante de la caza, la tétrica sombra del calabozo le afligía.

[...] el 22 de febrero [...] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueño [...] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba [...] avisa que la señora de Madero quiere hablar por el teléfono [...] Son las siete de una fría mañana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: “¡Señora, por Dios; al Ministro que averigüe si anoche hirieron a mi marido! ¡Es preciso que yo lo sepa, señora!” [...] Y no podía consolarla, desmintiendo aquella versión, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periódico El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

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Venustiano Carranza: entre la historia y la imaginación

Luis Barrón
CIDE
Revista BiCentenario #10
el-senador-venustiano-carranza-1890-10 A 100 años del inicio de la Revolución, todavía prevalecen muchos mitos alrededor del llamado Varón de Cuatro Ciénegas y las fotografías que usualmente se difunden han fijado en nuestra imaginación colectiva la efigie de un político gris, poco carismático, autoritario… casi la de una estatua inhumana. Venustiano Carranza fue, sin lugar a dudas, la figura pública más importante en México durante la violenta década de la Revolución (1910-1920); el único de sus protagonistas principales que vivió y sostuvo su influencia política durante toda la década y el único líder que logró articular un movimiento militar con un plan político nacional: dentro de lo que podría llamarse “constitucionalismo”, logró incorporar varias de las propuestas de los diferentes líderes y grupos revolucionarios. No es que compartiera las demandas ni los proyectos, mucho más radicales, de Francisco Villa o Emiliano Zapata; tampoco que fuese un demócrata, como lo había sido el presidente Francisco I. Madero; o que se considerara a sí mismo heredero de grupos precursores de la Revolución, como los hermanos Flores Magón y los militantes del Partido Liberal Mexicano, por dar algunos ejemplos. Sin embargo, desde antes de que comenzara la Revolución, Carranza era ya un político profesional con amplia experiencia, que poseía las habilidades necesarias para integrar en un proyecto nacional muchas de las demandas que surgirían durante la lucha armada.

Algunos historiadores han hecho contribucio- nes valiosas, pero no han analizado cuidadosamente la vida temprana ni la carrera de Carranza antes de la Revolución, y aunque la historiografía sobre el tema es abundante, prevalece la idea de que fue un rico hacendado del norte, un político conservador que nunca apoyó a Madero, que asesinó a Zapata, que traicionó a Villa y que impidió que se aplicaran las disposiciones más radicales de la Constitución. Prevalece también la imagen de que su gobierno constitucional (1917-1920) fue o bien anárquico, o sólo un interludio conservador entre la lucha democrática de Madero y los regímenes revolucionarios de los años veinte y treinta. En la historiografía de la Revolución, Carranza es, en un extremo, el conservador oportunista que aprovechó la revolución de Madero para establecer su liderazgo y que hizo a un lado los proyectos más populares de Villa y Zapata; en el otro extremo, el revolucionario nacionalista que “salvó” la fallida revolución de Madero.
carranza-10 El hecho es que ni fue hacendado, ni tampoco miembro distinguido –ni siquiera importante– de la élite económica de Coahuila durante el Porfiriato; pero tampoco era un revolucionario. Fue un político formado durante el Porfiriato, aunque no un seguidor incondicional de Porfirio Díaz, como sí eran el general Bernardo Reyes, el ministro de Hacienda José Yves Limantour o go- bernadores como Próspero Cahuantzi de Tlaxcala o Teodoro Dehesa de Veracruz –que llegaron al poder gracias a Díaz y que se fueron con él–. Carranza fue un político porfiriano que no se distinguió por buscar la transformación revolucionaria de la sociedad o del sistema político en México. En lo que sí resultó excepcional fue en su visión para aprovechar las circunstancias extraordinarias, que primero le permitieron entrar a la política local en Cuatro Ciénegas; después convertirse en un líder regional y, finalmente, en el jefe máximo e indiscutible de la Revolución después del golpe de Estado que costó la vida a Madero.

Algunos historiadores han asumido que Carranza fue “derrotado” por el Congreso Constituyente de 1916-1917, que él mismo convocó y que, como resultado, se negó a poner en práctica las cláusulas más radicales de la Constitución, como los artículos 27 y 123. Pero si se analizan su juventud, su educación liberal y su participación política antes de 1910, se entiende mejor su programa de gobierno en Coahuila, la propuesta de reformas a la constitución local y a la Constitución de 1857 y el por qué no se puede decir que rechazó la puesta en práctica de la legislación radical agraria y del trabajo. Es erróneo decir que se opuso a que se redistribuyera la tierra cuando él promulgó la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, en la que reconocía el problema como una cau- sa fundamental de la Revolución y establecía como acto de elemental justicia devolver a los pueblos los terrenos que los terratenientes les habían despojado: se trata, decía, de dar la “tierra a la población rural miserable que hoy carece de ella, para que pueda desarrollar plenamente su derecho a la vida y librarse de la servidumbre”. En cuanto a la Constitución, les dijo a los diputados constituyentes en Querétaro: “Del éxito o fracaso de esta Constitución seremos responsables tanto us- tedes como yo, así como los constituyentes de 1857”, aunque aceptó que, en su visión, en algunos puntos se había ido más allá de las fronteras de nuestro medio social.

En nuestra imaginación colectiva –y en la imagen que se tiene de México en el mundo– Emiliano Zapata y Francisco Villa son las figuras centrales de la Revolución. Venustiano Carranza es un personaje relativamente menor en esa historia. No obstante, si se analizan fríamente los resultados de lo que hoy llamamos Revolución mexicana, veremos que lo que se obtuvo no fue lo que Zapata o Villa hubieran deseado, sino que, de hecho, todo lo que se logró después de 1920 fue posible gracias a lo que él construyó. ¿Por qué entonces se da esta contradicción?

A pesar de que Isidro Fabela, por ejemplo, uno de los políticos y diplomáticos más distinguidos de México en el siglo XX, decía que don Venus –como lo llamaban sus colaboradores y amigos más cercanos– era un hombre moral, honrado, con una inteligencia sagaz que le hacía ver las cosas, las circunstancias y los hombres con nitidez, para Zapata se trataba de un individuo arbitrario y de personalidad mezquina.