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Rodolfo Gaona: Un matador sobresaliente en los años de la Revolución Mexicana

Mario Ramírez Rancaño -Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

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Marte R. Gómez registró una frase bastante expresiva cuando dijo que México había producido tres celebridades que estaban fuera de toda discusión: Pancho Villa, Rodolfo Gaona y la Virgen de Guadalupe. Y al parecer no erraba. Rodolfo Gaona, el llamado Sumo Pontífice de la torería, nació el 22 de enero de 1888, en León de los Aldama, Guanajuato. Como su familia era de origen humilde, al concluir su enseñanza primaria fue aprendiz de zapatero en una fábrica de la localidad. Se afirma que, allá por 1897, aún niño, asistió por primera vez a una corrida de toros en la ciudad de León. Figuraba Santiago Gil, Pimienta, y entre los banderilleros Reverte Mexicano. Luego de poner un par de banderillas, el último fue víctima de una cornada que le puso al borde de la muerte. A pesar de la tragedia, la fiesta brava cautivó de tal forma a Gaona, que decidió entrar en ella. Junto con varios mozalbetes pasó días enteros en los villorrios cercanos enfrentando a las reses que pastaban a campo abierto para aprender. Con intuición y habilidad, se volvió jefe de los novatos, quienes propagaron sus méritos en el billar al que iban. Cuando se sintió listo para debutar, actuó en una corrida de pueblo al lado del torero Braulio Díaz, famoso por haber matado a balazos al espada Lino Zamora.

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A fines del siglo XIX había llegado a México el ex banderillero Saturnino Frutos, apodado Ojitos, para comprar toros y establecer una ganadería en Cuba. Por asuntos ligados a la lucha de independencia de la isla, debía quedarse en México, donde fundó una escuela para enseñar el arte de la tauromaquia a los jóvenes mexicanos. Por el año de 1904 buscó prospectos en la zona central, y en algún momento llegó a León, donde indagó a qué jóvenes les atraía vestir el traje de luces. Allí conoció a Gaona, y durante año y medio impartió el conocimiento básico a varios muchachos indígenas, de humildes antecedentes y grandes arrestos. Juntados en la Cuadrilla Juvenil Mexicana, en la que descollaron Gaona y Fidel Dìz, los alumnos tuvieron la instrucción práctica con becerros de la hacienda de Santa Rosa y torearon sus primeras novilladas en la misma ciudad de León, así como en redondeles del Bajío, Puebla y la ciudad de México.

La plaza de toros El Toreo fue inaugurada el 22 de septiembre de 1907, en los terrenos de la ex hacienda de la Condesa. Se decía que este coso, propiedad de Ignacio de la Torre, yerno de Porfirio Díaz, era el más grande del mundo, pues tenía una capacidad para 20 mil espectadores. Pese a que llegaron a la capital ecos de los triunfos de la Cuadrilla Juvenil Mexicana, el debut de Gaona en esta plaza tuvo que esperar y ese mismo año se presentó en la plaza México durante la corrida de Covadonga.

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Diario de la Decena Trágica (del 9 al 27 de febrero de 1913)

Escrito por Kumaichi Horigoutchi, encargado de negocios del Japón en México.

Edición Graziella Altamirano Cozzi – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

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La Decena Trágica es uno de los capítulos más cruentos de la historia de México, cuya culminación fue la caída del gobierno de Francisco I. Madero y el asesinato del presidente y el vicepresidente José María Pino Suárez.

Según el plan fraguado por un puñado de conservadores y algunos miembros del ejército federal, la madrugada del 9 de febrero de 1913, el general Manuel Mondragón, al frente de una fuerza militar, logró liberar a los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, encarcelados en distintas prisiones de la ciudad por haberse levantado en armas contra el gobierno y desde donde habían preparado otro alzamiento, que iniciarían con el ataque al Palacio Nacional. Así fue; pero el general Reyes murió en el asalto y, al mando de Díaz, los demás insurrectos se atrincheraron en el edificio de la Ciudadela, a la vez almacén de armas y cuartel.

El presidente Madero, quien se hallaba en el Castillo de Chapultepec, se dirigió al centro de la ciudad y, en vista de que el comandante de la plaza había resultado herido en el ataque, nombró jefe de las operaciones contra los rebeldes al general Victoriano Huerta. Desde entonces, la ciudad de México se paralizó. Un buen número de calles y avenidas se convirtieron en campo de batalla, la vida civil se detuvo, el combustible y los alimentos escasearon, se suspendieron los servicios municipales y la vigilancia policíaca, faltó la luz eléctrica y la prensa dejó de aparecer.

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Al paso de los días, la situación se tornó más difícil. La población tuvo que soportar el ruido incesante de los cañones y presenció el resplandor producido por las fogatas que incineraban a los cadáveres en descomposición y la basura acumulada durante los días de lucha para evitar una epidemia, así como el acarreo incesante de heridos por las ambulancias de las cruces Roja y Blanca.

El bombardeo indiscriminado sobre las calles más céntricas atemorizó a las legaciones extranjeras, que solicitaron al gobierno las seguridades necesarias para proteger a sus familiares y sus conciudadanos en las zonas de mayor peligro. Pero al embajador de los Estados Unidos, Henry L. Wilson, le movían también otros intereses; pretendía la renuncia de Madero, que juzgaba la única respuesta a la grave situación, de modo que aumentó las amenazas de intervención militar por parte de su país y coadyuvó al derrocamiento del gobierno mexicano, al provocar alarma, desacuerdos y divisiones entre sus integrantes.

Como jefe de operaciones militares, el general Huerta no desarrolló una estrategia ni tampoco atacó a los rebeldes de la Ciudadela. Por el contrario, se hizo su cómplice para dar el golpe final al gobierno. El 18 de febrero mandó aprehender al presidente y al vicepresidente y, a invitación de Wilson, se reunió en la embajada estadunidense con el general Díaz para firmar el conocido como Pacto de la Embajada, que desconoció al Poder Ejecutivo.

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Ante la amenaza de una intervención extranjera y con la idea de no ensangrentar más al país, Madero y Pino Suárez, presos en la intendencia de Palacio Nacional, firmaron su renuncia, con lo cual Huerta logró sus fines y procedió a justificar el cuartelazo y su ascenso al poder. Así, el Congreso de la Unión aceptó las renuncias, luego de lo cual Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, protestó como presidente provisional por unos minutos, para renunciar después de nombrar a Huerta secretario de Gobernación. De forma que Huerta asumió la presidencia con el respaldo del ejército y el apoyo del embajador de Estados Unidos.

El domingo 23 de febrero la ciudad de México amaneció con la noticia de que Madero y Pino Suárez habían muerto. La versión oficial, dispuesta por Huerta, y que se publicó en los periódicos, fue que la noche anterior, durante el traslado de los prisioneros a la Penitenciaría, un grupo de hombres armados les había atacado. Se aseguraba que quisieron fugarse aprovechando el tiroteo y que los mataron al salir de los automóviles.

Con estos dramáticos sucesos llegó a su fin el gobierno de Madero, cuya fragilidad era cada vez más evidente, debido sobre todo a las críticas y los ataques de quienes abusaron de las libertades que el mismo régimen les dio; a las rebeliones en su contra; a las divisiones y desacuerdos entre sus colaboradores; a la actitud del gobierno estadounidense y la traición de sus antiguos seguidores.

En el cuerpo diplomático acreditado en esos días, figuraba Kumaichi Horigoutchi, representante de Japón, llegado a México a finales de 1909, quien había tenido una participación relevante en las fiestas del Centenario de la Independencia, al presidir, junto con Yasuya Uchida, enviado especial de su país, y el presidente Porfirio Díaz, la inauguración de la Exposición Japonesa en el Palacio de Cristal, en la calle del Chopo, donde se exhibieron maravillosas muestras del arte e industria niponas.

Tras la caída del gobierno porfirista, Horigoutchi estuvo a cargo de los negocios de su país durante los quince meses del gobierno de Madero. En los aciagos días de la Decena Trágica anotó sus impresiones sobre los sucesos que sacudían a la ciudad, dejando así testimonio del apoyo que él y muchos residentes japoneses otorgaron al presidente Madero, al dar refugio en la legación en la colonia Roma a sus familiares y prestarles toda clase de ayuda y consuelo.

G.A.C.

Domingo 9 de febrero de 1913. Un día primaveral y espléndido, como los de esa época en la Ciudad de México. Ya en los días anteriores se rumoreaba con mucha insistencia que iba haber algún levantamiento, pero como amaneciera aquella mañana tan limpia y serena, la impresión del tiempo me imponía tanto que ni siquiera pasaba por mi mente la idea de que iba a pasar algo grave. A eso de las 7 de la mañana se acercó apresuradamente a la legación…

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