Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenA?meno de la RevoluciA?n llamA? la atenciA?n de diversos extranjeros que por alguna razA?n estuvieron en MAi??xico. Las grandes movilizaciones populares despertaron suAi??interAi??s y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro paAi??s. Periodistas, polAi??ticos, diplomA?ticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquAi??llos participaron y subrayan la simpatAi??a o antipatAi??a que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel MA?rquez Sterling, embajador de Cuba en MAi??xico a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos dAi??as de la Decena TrA?gica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes lAi??neas extraAi??das de su libro Los A?ltimos dAi??as del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Minis- tros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeAi??o y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espAi??ritu, y asoma a los ojos, todo Ai??l en mis puplas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraAi??a y A?nica, del magistrado que saborea la victoria [...]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso [...] traAi??a su fe en el rAi??gimen democrA?tico, su fe en el pueblo, su fe en la ConstituciA?n, hasta entonces, por ningA?n gobierno practicada; sentAi??a, como nunca, ademA?s, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentAi??a la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su polAi??tica, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado [...].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses despuAi??s] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien habAi??a redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lA?nguida y triste, en cielos de tormenta. La oposiciA?n habAi??a inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[...] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambiciA?n… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino SuA?rez, escribAi??a en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompaAi??aban a Madero. [...] Me hizo sentar en el sofA? y a mi izquierda ocupA? una butaca. PequeAi??o de estatura, complexiA?n robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movAi??a con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en A?ngulo, sonreAi??a con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresiA?n. SegA?n piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonrAi??e siempre; invariablemente sonrAi??e. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa [...] Era como el gesto del rAi??gimen que con Ai??l se extinguAi??a [...]

Era la una de la maAi??ana [...] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogA?ndole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sA?banas y almohadas; y revela [...], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacerAi??a feliz en la montaAi??a profunda [...] Eran rasgo de su carA?cter el orden, la simetrAi??a, la regularidad [...]

A las diez de la maAi??ana todavAi??a me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de MAi??xico. El dormitorio recobrA? sus preeminencias de ai???sala de reciboai??? y Madero, en el remanso de su dulce op- timismo, formulaba planes de romA?ntica defensa. Desde luego, no concebAi??a que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que FAi??lix (DAi??az) permitiese el bA?rbaro sacrificio de suAi??vida, siAi??ndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonrAi??e compadecido de sAi?? mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, ademA?s,Ai??amante de la caza, la tAi??trica sombra del calabozo le afligAi??a.

[...] el 22 de febrero [...] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueAi??o [...] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba [...] avisa que la seAi??ora de Madero quiere hablar por el telAi??fono [...] Son las siete de una frAi??a maAi??ana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: ai???A?SeAi??ora, por Dios; al Ministro que averigA?e si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, seAi??ora!ai??? [...] Y no podAi??a consolarla, desmintiendo aquella versiA?n, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periA?dicoAi??El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

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