Los autores del magnicidio de Madero y Pino Suárez

Edgar Sáenz López
ENAH

En revista Bicentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

Con la caída del gobierno de Victoriano Huerta se pudo dilucidar con detalles, lo que era un secreto a voces: el ex presidente y su ex vicepresidente fueron víctimas de una operación planificada con el fin de que ya muertos no fueran un obstáculo para las pretensiones de la dictadura huertista de permanecer en el poder.

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F. Dené, Aprehensión de Madero y Pino Suárez, oleo. Museo Nacional de Historia. Conaculta-INAH- MEX. Reproducción Autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia

Sobre el periodo conocido como la Decena Trágica no todo está dicho, hay pasajes que todavía se encuentran cubiertos. Del asesinato de Francisco I. Madero, incluso, se discute quién tomó la decisión de acabar con la vida del coahuilense, ¿el gabinete emanado del cuartelazo, que inclinaba su postura para favorecer a Félix Díaz, o Victoriano Huerta y su gente? Considero que la decisión de liquidar a Madero fue de éste último, apoyado por el general Aureliano Blanquet, aunque otros golpistas, como Félix Díaz, Manuel Mondragón y Rodolfo Reyes, seguramente aprobaron los magnicidios..

El plan fue finamente tejido por los genera- les Huerta y Blanquet, quienes se encargaron de conseguir gente de su entera confianza para realizar cada una de las tareas que culminarían con la muerte del hombre que derrocó a Porfirio Díaz. Huerta instruyó a Blanquet para aprehender al presidente el 18 de febrero de 1913, cuando ya se había llegado a un arreglo con quienes, en primer lugar, habían encabezado el golpe militar del día 9 (Díaz, Mondragón y Reyes) pues calculó que Madero sería un obstáculo para su planeada permanencia en el poder. Había que eliminarlo, así que, cuidadosamente, determinó desaparecerlo.

Capturadores

El teniente coronel Teodoro Jiménez Riveroll fue el hombre designado por Aureliano Blanquet para capturar a Francisco I. Madero el 18 de febrero. Sus antecedentes lo evidencian como un elemento de conducta y actividades condenables, ya que contaba en su historial con castigos por su afición a las bebidas embriagantes, irrespetuoso y abusos de autoridad, motivos que lo llevaron a estar más de una vez detenido en la prisión militar. Su designación en el 29° batallón de infantería, comandado por Blanquet significó una mejor posición como soldado, pues se convirtió en uno de los hombres de confianza del general, quien lo calificaba de excelentes aptitudes, conducta e instrucción. Esta cercanía fue determinante para la comisión que se le encomendó y que, al final, le costaría la vida. Durante la balacera que se desató entre su gente y los leales a Madero, murió Marcos Hernández, primo del mandatario; y Jiménez Riveroll cayó víctima de una bala disparada por Gustavo Garmendia, miembro del Estado Mayor presidencial. Blanquet lloró la muerte del teniente coronel, a quien se le declaró muerto en acción de guerra. El propio general tomó prisionero al ex presidente.

Los custodios

Los hombres encargados de custodiar a Madero fueron el coronel Joaquín Chicarro Bernal y el coronel Luis Ballesteros, primero durante su detención en Palacio Nacional, y después en la penitenciaría de la ciudad de México (Lecumberri), en caso de que el ex mandatario llegara con vida. Chicarro había sido compañero del general Victoriano Huerta en la campaña contra la rebelión encabezada por el general Canuto A. Neri en el estado de Guerrero, en 1893, donde muy probablemente entabló amistad con él, y quizá por esto fue designado para cuidar a Madero, encargándose de que el reo no tuviera contacto con el exterior. Después del triunfo de Huerta, ocupó cargos importantes en la Escuela Militar de Aspirantes, fue parte del Estado Mayor y llegó a ser gobernador de Querétaro. En poco más de un año logró ascender hasta general de brigada.

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Gral. Joaquín Chícarro, retrato. Col. Particular Edgar Sáenz López.

Por su parte, el coronel Luis Ballesteros fue nombrado por Huerta director de la penitenciaría de la ciudad de México, con la aparente función de resguardar la seguridad del ex presidente Madero y del ex vicepresidente Pino Suárez. Sin embargo, la verdadera razón era dar fe del supuesto asalto que daría muerte a los ex mandatarios y de esta forma ocultar la verdad.

Ballesteros gozaba de la entera confianza de Victoriano Huerta, ya que había sido subordinado suyo en las campañas militares de 1901 frente a la rebelión de Rafael Castillo Calderón, en el estado de Guerrero, y contra los mayas en el estado de Yucatán. Poco después del magnicidio, su lealtad resultó recompensada; en marzo de 1913 fue ascendido a general brigadier y, para diciembre, a general de brigada. Solicitó licencia por enfermedad el 12 de agosto de 1914, justo antes de la disolución del ejército federal. En septiembre de 1922 pidió ser considerado para la reserva del ejército nacional, argumentando haber desempeñado empleos subalternos en el gobierno de Álvaro Obregón. Su petición fue rechazada, seguramente por sus nexos con el huertismo, lo mismo que la solicitud de re- tiro y jubilación que gestionó en diciembre de 1924, ante el gobierno de Plutarco Elías Calles.

Los magnicidas

El hombre designado como autor material del magnicidio fue el mayor de rurales Francisco Cárdenas, quien había formado parte de la columna del general Blanquet, recién llegado a la capital después de haber hecho campaña contra los zapatistas en el estado de México. Su historial –nada pulcro– lo presentaba como alguien que había participado en la represión de movimientos sociales, e incurrido en abusos de autoridad en contra de la población civil. Sus mayores logros habían sido ultimar al famoso bandido y rebelde magonista, veracruzano, Santana Rodríguez Palafox Santanón, en 1910, y contribuir en la captura del revolucionario michoacano Benito Canales, en 1912.

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Francisco Cárdenas, Fondo Casasola, inv. 11831, SINAF

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