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Los hermanos Rousset y su compromiso revolucionario

Christine Rousset

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

La revolución que acabaría con el régimen porfirista tuvo abundantes casos heroicos. Uno de ellos, y aún desconocido, es el de los cinco hermanos de origen francés que apoyaron a sus vecinos los Serdán Alatriste, en Puebla, en la lucha antirreeleccionista, y que luego de exiliarse por un corto tiempo. salvaron a Francisco I. Madero de una primera conspiración y se unieron a los ideales de Emiliano Zapata y la causa constitucionalista.

Guillermo y Benito Rousset Montoya exiliados en San Antonio Texas, mayo de 1911. Colección particular de la familia Rousset.

Guillermo y Benito Rousset Montoya exiliados en San Antonio Texas, mayo de 1911. Colección particular de la familia Rousset.

Si hay unos hermanos famosos y reconocidos como mártires y próceres de la revolución en la ciudad de Puebla son los Serdán Alatriste. Pero existe otra fratria cuya historia bien merece ser conocida: los hermanos Rousset Montoya: Filomena, Rafael, Guillermo, Benito y Antonio, siendo Guillermo mi abuelo.

Respecto de sus orígenes, sé que eran nietos de Guillaume Rousset, oriundo de un minúsculo pueblo del suroeste de Francia, llamado Livinhac-le-Haut, atravesado a su largo y ancho por el río Lot, y que a lo largo de su vida fue campesino, cantinero y zapatero. Se casó con Anne Cambatalade, originaria de la misma villa, en el año de 1814. La pareja tuvo siete hijos: Jean-Baptiste, Antoine, Christine, Marie-Rose, Marie-Jeanne, Benoit y el menor Pierre-Jean. Los hermanos Rousset, a su vez, eran hijos de Antoine, ingeniero de minas según algunos, de puentes y caminos, según otros. En todo caso, nació en la ciudad minera de Decazeville, en el departamento del Aveyron de la región de los Mediodía-Pirineos.

Mi bisabuelo Antoine llegó al puerto de Veracruz, México, en 1849, a la edad de 30 años, a bordo del barco “El Cecilia”. No se convirtió en millonario, pero sí logró con el pasar de los años constituirse un pequeño capital que le permitió gozar de una confortable posición económica en la comarca poblana. Era propietario de algunas haciendas y ranchos en la región: en Cholula, Tepeaca y cerca del estado de Tlaxcala, en la comunidad de San Lorenzo Almecatla. Además, fue dueño de una cantera de mármol. Se casó con Josefa Montoya Cortez, originaria de Tepeaca, Puebla.

Tuvieron varios hijos en la capital poblana, entre 1866 y 1877, quienes crecieron en el centro de la Angelópolis, a unas cuadras de la Catedral, en la casa familiar de la calle de la Puerta Falsa de los Gallos. De hecho, muy cerca de la propia casa de los Serdán que se ubicaba a unos metros, en la famosa calle de Santa Clara. Los hermanos varones realizaron sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios mientras tanto Filomena, la hermana mayor, se dedicó a las labores del hogar, como se acostumbraba en aquellos tiempos.

Al fallecer Antoine de una conmoción cerebral a causa de una mala caída en 1887, los hermanos quedaron bajo la tutela de Miguel Bernal, padrino de Benito y director del Colegio del Estado. Poco a poco, la vida retomó su curso y cada quien empezó a emprender su propio camino. Rafael, el mayor de los varones, después de haber trabajado algún tiempo como empleado en la quincallería de un amigo francés de su padre, el señor Carlos J. Charles, puso su propio negocio, una ladrillera, que tuvo bastante éxito. Los otros tres concentraron sus esfuerzos como comisionistas de granos, en especial, de trigo, cebada y maíz en el área de Chalchicomula, ciudad que limita con
el estado de Veracruz.

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La batalla del 5 de mayo

Carlos Tello Díaz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Presentamos un extracto del libro Porfirio Díaz, su vida y su tiempo, de Carlos Tello Díaz, que la editorial Debate publicará próximamente.

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Ai?? Patricio Ramos, Batalla de Puebla, 1862, A?leo sobre tela. Colección Museo de Historia Mexicana.

El 3 de mayo en la noche, día de nuestro arribo a Puebla, el general en jefe don Ignacio Zaragoza detuvo en su alojamiento a los generales que sucesivamente llegábamos a darle parte de las novedades del día y de la marcha, escribió Porfirio. Cuando nos habíamos reunido los generales don Ignacio Mejía, don Miguel Negrete, don Antonio Álvarez, don Francisco Lamadrid, don Felipe B. Berriozábal y yo, nos manifestó el general Zaragoza que la resistencia presentada hasta entonces era insignificante para una nación como México. Zaragoza tenía su cuartel en la iglesia de los Remedios, al este de la ciudad, por la salida del camino a Amozoc –una iglesia fortificada como todas, en la que apenas era posible entrever el esplendor del barroco del siglo XVIII. Durante la plática que tuvo con sus oficiales, vestidos todos de casaca y pantalón de paño azul obscuro, con botones y galones de oro en los hombros y los puños, el general en jefe agregó que una nación de más de 8 000 000 de habitantes no podía permitir que el invasor llegara sin oposición hasta la capital, que por eso debían combatir hasta el final, hasta el sacrificio, si no para vencer, cosa difícil, al menos para causar en el enemigo el daño suficiente para obligarlo a permanecer en Puebla, con el fin de dar a la nación el tiempo necesario para preparar la defensa del resto de la República. Todos los jefes ahí presentes respondieron animados de los mismos sentimientos.

Los templos y los conventos de Puebla, unidos por una serie de trincheras, servían de puntos de apoyo para la defensa de la plaza, que además estaba protegida, fuera de ese perímetro, por los fuertes de Loreto y Guadalupe, situados al noreste de la ciudad, sobre la cresta del cerro de San Cristóbal. Zaragoza empleó la noche del 3 de mayo en mejorar las fortificaciones del interior, en hacer trabajos de zapa alrededor de los fuertes, para lo cual mandó expropiar los instrumentos de labranza de las haciendas en las inmediaciones de Puebla. Después artilló los fuertes del cerro con lo que tenía, que no era lo mejor. Sus cañones pare- cían antiguos: había que cargarlos por la boca, con balas en forma de esfera, potentes, pero muy poco certeras. La desproporción entre las fuerzas enfrentadas en esos momentos era gigantesca. Los fusiles de los franceses tenían, en promedio, un alcance de 800 metros; los de los mexicanos, en general, un alcance de 300 metros. Existe la leyenda de que muchas de las armas utilizadas por Zaragoza databan de los tiempos de la batalla de Waterloo. Es posible, pues entre ellas estaba el mosquete llamado Brown Bess, inglés, común a fines del siglo XVIII, usado en la campaña contra Napoleón, después en India y en África, vendido por los ingleses a México durante la invasión de Estados Unidos, por lo que circulaba todavía al estallar la guerra de Intervención. Aquel mosquete no era de chispa sino de pedernal, con la cabeza del martillo hecha de sílex. Pesaba cerca de cinco kilogramos, sin la bayoneta.

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Los Chiles en Nogada, luminaria de la cocina poblana

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

La tradición relata que el platillo principal para celebrar la independencia fue creado por monjas agustinas durante un agasajo a Agustín de Iturbide. Pero otra versión habla de historias de amor. Se dice que fueron las novias de tres militares del libertador quienes quisieron recibirlos con un plato exquisito después de que las halagaran en sus balcones y les obsequiaran regalos.

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Uno de los platillos más sabrosos y representativos de la gastronomía mexicana lo constituyen los chiles en nogada, que tuvieron su origen en la ciudad de Puebla y es tradición prepararlos en el mes de septiembre, época en que celebramos nuestra independencia.

Existen varias leyendas sobre el origen de este famoso platillo preparado con ingredientes poblanos de temporada. La más popular otorga el crédito de su creación a las monjas agustinas recoletas del Convento de Santa Mónica, a quienes –se dice– les fue encargada una comida especial para agasajar en el día de su santo a Agustín de Iturbide, quien estaría en Puebla el 28 de agosto de 1821, procedente de la villa de Córdoba, donde acababa de firmar los tratados por medio de los cuales España reconocía la independencia de Nueva España.

AgustAi??n de Iturbide (314x480)Se atribuye a las monjas agustinas, famosas por su buena cocina, el invento de la deliciosa receta en ocasión de la visita de personaje tan importante en un momento crucial de la vida del país, ya que tuvieron el ingenio de presentar un vistoso platillo, cuyos ingredientes llevaran los colores verde, blanco y rojo de la bandera Trigarante, emblema del ejército que acababa de conseguir la independencia. Sin embargo, también se dice –y de decires están hechas las leyendas– que ya existía dicha receta desde el siglo XVIII y varias familias poblanas se atribuían su invención como una tradición culinaria conocida simplemente como chiles rellenos bañados en salsa de nuez, aunque los manuales y recetarios poblanos de la época solo mencionan la salsa de nuez para bañar otro tipo de platillos y no lo registran para los chiles, sino hasta muy entrado el siglo XIX.

Recepción en la Angelópolis

Una leyenda menos conocida sobre el origen de este delicioso platillo nos la relata el escritor Artemio del Valle Arizpe (1884-1961), quien cuenta que en la ciudad de Puebla vivían tres distinguidas jovencitas, novias de tres apuestos militares pertenecientes a un regimiento que se encontraba en la ciudad de México bajo las órdenes de Iturbide, en el tiempo en que este militar había decidido sumarse a las fuerzas insurgentes para obtener la consumación de la independencia. Cuenta don Artemio que cuando los jóvenes pudieron viajar a la Angelópolis, obsequiaron a sus prometidas costosos regalos para demostrarles su amor y las visitaron todas las noches en sus respectivos balcones cuando ellas regresaban de hacer sus rezos cotidianos a la Virgen del Rosario en la capilla de la iglesia de Santo Domingo. BodegA?n [Detalle] MUNAL - copia (480x277)Las jóvenes estaban tan encantadas con los visitantes que, para corresponderles con algo que fuera de su agrado, decidieron agasajarlos con una buena comida. A una se le ocurrió hacer una torta de natas, otra quiso preparar un salpicón de vaca de chilitos y cebolla suavizadora para apaciguar el picor, y la tercera, después de pensar un buen rato, discurrió preparar un platillo que estuviera relacionado con el triunfo que acababa de obtener el Ejército Trigarante: Un guisado estupendo, que tuviera bien definidos y claros los colores verde, blanco y rojo de la bandera de las Tres Garantías que representaban la unión, la religión y la independencia. Esta joven sugirió que a cada una le correspondiera uno de estos colores y propuso dejarlo a la suerte. Pintó tres rayas en un papel y de espaldas, para que no vieran las demás, escribió debajo de cada línea el nombre de un color para que ellas lo señalaran y, una vez asignado, escogieron los ingredientes que llevaría el platillo.

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El cupo, el juez y el capitán

Rosalía Martha Pérez Ramírez
Instituto Alfonso Vélez Pliego, BUAP

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

En la Puebla de 1837, la disposición del gobernador de completar el personal que se necesitaba en el ejército, era un dolor de cabeza para los jueces. ¿Con quiénes podrían completar la cuota que se pedía?

R. 727. Puebla, vista de la catedral, MAi??xico a travAi??s de los siglos, t. 3 (2)

Vista de la catedral de Puebla, litografía, en México a través de los siglos, T. 3, 1888.

Desde el cuartel menor de la calle de Herreros donde se hallaba el juzgado de paz, don Tomás Axotla caminaba diligentemente hacia la esquina de Mercaderes una tarde de primavera de 1837. Contaba con el tiempo preciso para encontrarse con sus colegas en el taller de don Manuel Zincuneguin, que por esos años era el sastre más reconocido entre las esferas poblanas. Lo mortificaba la idea de llegar tarde a la cita pero ¡qué le iba a hacer!¸ los empleados del juzgado le habían hecho una despedida esa mañana; pero más lo perturbaba que su bondad natural, tan reconocida en dicho acto, se encontrara precisa- mente a prueba. ¿Cuál era la causa? Pues nada menos que la orden de la presidencia de la República para que jueces, fiscales, ministros y demás personal de la administración de justicia se metieran en gastos, por la imperiosa necesidad, porque era imperiosa, de adquirir uniformes nuevos. Don Tomás estaba enfurruñado, renegaba de la disposición del señor presidente, que por segunda ocasión en el país era don Anastasio Bustamante, y aunque había argumentado que por no ser ministro del tribunal superior a él no le tocaba, la orden los alcanzaba a todos. ¡Días de protocolos y besamanos!, aunque de muy poca liquidez en las nóminas de las dependencias. Sudando un poco logró entrar al taller de sastrería atrás de sus colegas, quienes lo saludaron amablemente, disimulando su extrañeza al verlo llevar una gallina bajo el brazo, obsequio de sus empleados que así le agradecieron sus bondades.

En la misma tarde calurosa subían por la calle de la Aduana, que ahora se conoce como de la Aduana Vieja, varios muchachos, empujándose y bromeando entre sí con toda la alegría de la edad, encaminados hacia el mismo local. Bien mirado, ya no estaban tan jóvenes como para alborotar tanto, andaban por los 17 años de edad desbordando energía. El más alegre de ellos, Melchorito Barreda y Nurieta, traía bajo el brazo un atado de figurines que había estado hojeando esos últimos días, para ajustarse a los dictados de la última moda que llegaba de Francia. Los dos grupos entraron casi al mismo tiempo al espacioso taller, en donde el personal tuvo la atención de recibirlos y rogarles un momento de espera. Por un lado, los muchachos, ante espejos muy grandes que enmarcaban su as- pecto juvenil (uno de estos espejos puede aún admirarse en la dulcería El Lirio, de la calle de Santa Clara), y en otra sala, los jueces y demás empleados de los juzgados, a quienes también, se les rogó esperar. La colección de figurines parisinos pasaba de mano en mano entre los amigos de Melchor, todos ellos vecinos de la traza española de la Puebla, que soñaban con lucir el pantalón de estribos, chaleco de terciopelo afelpado, de cuadros o de sedas de aguas con botón de seda, un poquito más largos de lo acostumbrado. Los grabados mostraban pantalones de casimir de cuadros, de medios colores, con pialera y más bien anchos; corbatas de chal de colores oscuros salpicadas de blanco, con nudo a la negligée y un pequeño prendedor; y para rematar, sombreros negros de ala ancha y copa alta, terminan- do el atuendo con un bastón delgado con cabecita de marfil, guante blanco,

¡Vaya! esta moda los hacía imaginarse bajo el balcón de alguna moza recitándole aquellos versos de…

Era notorio el contraste entre los dos grupos, mas no se podía decir, ni mucho menos, que los jueces tuvieran el paso cansado, ya que a pesar de contar con tres o cuatro lustros más de edad, montar a caballo los mantenía en forma, y bueno, de vez en cuando se presentaban en el teatro para darse gusto con las cantantes extranjeras que pasaban por la ciudad. Lo cierto es que en esos años, a la judicatura le preocupaban muchas cosas y entre ellas una en particular oprimía a los jueces hasta provocarles dolores de cabeza: las disposiciones dadas años atrás por el gobernador Juan José Andrade, consistentes en llenar el cupo, o dicho de otro modo, completar el personal que se necesitaba en el ejército ¡Y no era para tomarse a la ligera! Los papeles que se pegaron en los lugares de costumbre, anunciaban: El gobierno del departamento fijará a los alcaldes término prudente para que remitan el cupo conforme a las leyes, imponiéndose a quienes no lo cumplan multas de hasta 400 pesos o prisión de seis meses.

Pues no, no era para tomarlo a chiste, porque si ya en el año 1832 se anunciaba castigo a los alcaldes, pronto la normativa alcanzó también a los jueces. Por otra parte, desde tiempos del gobernador Patricio Furlong el gobierno central había reducido la edad para el alistamiento a las milicias cívicas de 22 a 18 años, y la disposición, que se extendió a todos los cuerpos, pronto iba a incluir a muchos jóvenes como Barredita y condiscípulos.

Pero volvamos al decreto que motivaba la reunión de Axotla y sus colegas en el taller de Zincuneguin esa tarde que ya iba refrescando. Le había tocado a don Juan González Cabofranco, por ser entonces gobernador de Puebla, transmitir a los juzgados la orden de modificar los uniformes del personal, dándoles un toque de elegancia y lujo, orden que la judicatura recibió con preocupación porque hacía cinco años que la paga se había vuelto irregular. El comedido sastre circulaba entre todos obsequiosamente, oyendo las especificaciones que le daban sus notables clientes y tomándoles medidas, asegurando que empezaría los trabajos en cuanto tuviera los materiales necesarios. Así se enteró que el atuendo de los jueces sería muy parecido al de los ministros y el fiscal de la Suprema Corte de Justicia, que ya le eran conocidos. Su asistente principal, flaco como un silbido, tomaba las notas para la confección del uniforme señalado como grande, consistente en casaca de paño azul oscuro, con solapa, puño y faldones de espalda, carteras bordadas, el derredor de los filos de la casa- ca con el mismo bordado que las carteras y botón de oro con el águila nacional. Se usaría con el centro de casimir blanco compuesto de chupa y calzón corto. El sombrero iba montado, sin galón, guarnecido de pluma blanca en lo interior, con presilla de oro y escarapela nacional, y para terminar, una espada con guarnición de oro. Había otro atuendo más sencillo, pero ese día no fue encargado. Algunos oficiales y escribientes habían acompañado a los jueces; su uniforme debería llevar una franja angosta bordada de oro en el cuello y vueltas de la casaca de paño azul obscuro, cosa que les preocupaba, porque a ellos también se les pagaba cuando el gobierno podía, y eso no era muy frecuente. Para todos los jueces era reglamentario el bastón con puño de oro, trencilla y borlas de seda negra.

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Trajes de nuestra niñez, 1823 en Apuntes artísticos sobre la historia de la pintura en la ciudad de Puebla, 1874.

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Memoria de mi infancia

Ana Rosa Suárez A.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12. 

La historia de la infancia mexicana ha merecido pocos estudios. Si bien el campo se ha abierto en los últimos años y cuenta ya con varios trabajos de nivel académico excelente, éstos se concentran, sobre todo, en los niños del Porfiriato y la Revolución mexicana. En tal sentido, el testimonio que ofrecemos a continuación tiene un gran interés, pues aborda la vida de Joaquín Moreno, quien sufrió los efectos del abandono de su padre, cuando éste se incorporó a las filas de la guerra de Independencia y su hijo era aún tan pequeño que a su vuelta no lo pudo reconocer, de la prematura muerte de la madre, agobiada por las carencias y el cuidado de varios hijos, que entonces comenzaron a rodar de casa en casa, entre familiares o conocidos.

¿Quién era Joaquín Moreno? Un desconocido, uno de tantos mexicanos que pasaría inadvertido de no ser porque gustaba de llevar un diario y éste no fue destruido a su muerte, sino que cambió de mano en mano hasta ir a dar a un puesto de libros viejos. Allí lo descubrió un bibliófilo, quien permitiría su publicación por Genaro Estrada, entonces director del Archivo Histórico Diplomático Mexicano en el año de 1923. Sabemos así que Moreno llegó a ser el escribiente de la legación de México en Francia cuando Lorenzo de Zavala fue el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario del primer gobierno de Antonio López de Santa Anna (1833-1835). Sus anotaciones de ese lapso ofrecen la mirada viajera de un mexicano sobre Nueva York, París y Roma y se extienden hasta marzo de 1835, cuando regresó al país. Moreno se pierde después en las tinieblas de la historia, pero antes nos proporcionó, sin quererlo, y por lo mismo fresco y auténtico, un relato de los negocios de tierras texanas de Zavala, que explican las razones por las cuales se convirtió en el primer vicepresidente de Texas, la conocida entonces como Repíblica de la Estrella Solitaria.

Joaquín Moreno había nacido en la villa de Jalapa, intendencia de Veracruz, hacia 1808. Al quedar huérfano de madre y sin aparecer el padre, fue recibido por un pariente, quien le educó con gran severidad. Sin recursos, estudió como colegial de beca, hasta que pasó a la tutoría de su cuñado, que le trataba muy mal. El regreso de su progenitor, al término de la guerra de Independencia, no le significaría alivio alguno, hasta que, con aproximadamente unos 18 años de edad, él decidió tomar las riendas de su vida y comenzó a trabajar.

El fragmento que presentamos a continuación forma parte del titulado Diario de un escribiente de legación, uno de los escasos testimonios existentes acerca de la vida de un niño de clase media durante la década de la insurgencia y los primeros años del México independiente. Ilustra la vida de un pequeño que, por la ausencia y la irresponsabilidad del padre, enfrentó no sólo una situación socioeconómica difícil, sino abandono y maltrato. No obstante tuvo la oportunidad de estudiar, siendo la escuela el eje de su vida, siempre con referencia a la iglesia: clérigos, jesuitas, mercedarios, etcétera. Oigamos pues a Joaquín contándonos su historia, cuando era un joven escribiente de legación.

Detalle de ex voto siglo XIX

[...] Qué vida tan llena de aventuras la mía y cuán incierta ha sido siempre mi suerte. Tuve la desgracia de ser hijo de padres pobres; en lo más tierno de mi infancia, a los dos años, quedo abandonado del autor de mis días, lo mismo que madre y tres hermanas niñas, porque le fue indispensable reunirse a las filas americanas en que estaba tan comprometido. ¿Qué de trabajos no soportó mi madre hasta su última hora por procurar a sus hijos una miserable subsistencia y muy mediana educación! El peso de tantos trabajos, aunque en los últimos años ya le prestaban algún auxilio mis jóvenes hermanas y un hermano suyo, ya para procurarnos juntamente con sus padres la subsistencia, ya que para nuestra educación, para mal vestir, juntamente con las continuas meditaciones de nuestro porvenir sin auxilio, le arrancan la vida y quedo huérfano a los diez años de edad, en poder de un tío materno, una abuela y dos jóvenes hermanas, sin más capital que el golpe de haber perdido a una admirable y ejemplar madre [...].

El padre don Alejandro Campos, de 97 años de edad, que era compadre de mi madre y padrino de la hermana que murió, y que nos daba el auxilio en casa, recogió a mis dos hermanas y yo quedó con mi tío, que para procurarnos a su madre y a mí la subsistencia, estaba obligado a sacrificarse día y noche en pintar. Al año murió mi abuelo y mis hermanas cuidaban de que fuese a la escuela cuando vino una orden terminante de un padre don José Santos Coy [superior de los frailes mercedarios], residente en Puebla y propietario de dos haciendas y una casa, que no sé con qué título se decía tío nuestro y con quien vivían años ha dos hermanas de mi padre, para que paséasemos a dicha ciudad. La idea de estar mejor y de la novedad nos hizo aceptar y ponernos en marcha, no obstante el parecer contrario del padre Campos, quien nos ofrecía no abandonarnos ni olvidarse de nosotros en su testamento.

Egerton, Paisaje de Puebla, 1840

Llegamos a Puebla el último día del año de 1819, fuimos bien recibidos y luego se nos impuso que a nuestras tías debíamos llamarles, a ejemplo de otras dos huérfanas y una prima bastarda mía, mamita a la una y mamita quica a la otra y al padre Tata, padrecito. Pasaron las dos semanas de miel y comenzaron los trabajos domésticos con una dureza para mis delicadas hermanas y la escuela para mí. A las otras jóvenes les llamábamos hermanas, aunque no sabíamos quiénes eran ni de dónde procedían. El padre comenzó muy pronto a usar conmigo el sistema bárbaro de azotes por travesuras muy naturales en todo niño, o porque me acostaba más tarde de lo prevenido, y era tal su vicio en azotar, que muchas veces, sin motivo, [...] lo provocaba para satisfacer su infame costumbre. En fin, al finalizar de 1820, salí de la escuela, bien honrado y con el primer premio [...]. Quise abrazar el comercio; pero como dicho padre ni sabía qué cosa era ni había tomado otra educación que la de fraile mercedario, me metió en un colegio de jesuitas, quienes fueron suprimidos al mes de estar yo con ellos [1821].

El trato duro que sufrían mis hermanas y los intereses del padre se combinaron para sacrificar a mi hermana Plácida, de quince años, casándola [ese mismo año] con un tal [José Manuel] Figueroa, de bajo nacimiento y vil educación, que durante su vida dio un trato durísimo a mi hermana y a mí, que tuve la desgracia de estar con él por las circunstancias que seguirán. Ignoro por qué causas luego que se hizo este matrimonio resolvió el padre irse a vivir a la hacienda de Santa Ígueda, dejándome de colegial de beca, recomendando[me] al canónigo don Ángel Pantiga [prefecto de una academia], y mi tía la menor de niña del convento de Santa Clara. Tres meses o cuatro se pasaron de libertad para mí y de duros sufrimientos a mi hermana, sobre todo a la menor, cuando repentinamente viene una orden del padre para que se encargase de mí mi cuñado, porque él me abandonaba enteramente, haciéndome la gracia, por algunos empeños, de no crucificarme. El motivo fue dizque rompía dos pares de zapatos al mes y que andaba hecho pedazos, según le informó Pantiga. Y yo pregunto ¿quién es el muchacho que no vistiéndose más de una vez a la semana, pueda estar limpio, y sobre todo cuando éste sea vivo, fogoso y de carácter violento? Pero en fin, me fue indispensable pasar a ser propiedad de mi cuñado y empeoró bajo todos los aspectos.

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Almazán y el corazón de Aquiles Serdán: La fuerza de un símbolo

Josefina Moguel Flores / Centro de Estudios de Historia de México Carso
Revista BiCentenario #8
“El corazón de Aquiles Serdán honrado en Puebla” decía el encabezado de un diario local en noviembre de 1920 con la noticia de que el pueblo acudía vehemente al lugar donde reposaba el corazón de Aquiles Serdán. Era el décimo aniversario de la tragedia de los “mártires de Santa Clara” el 18 de noviembre de 1910 y el estado defendía su derecho precursor revolucionario. Suceso y fecha tenían ya gran significado.

Almazan-Aquiles B-8

Se honraba además la participación del general de división Juan Andreu Almazán, en aquel entonces estudiante de medicina del Colegio del Estado, quien “pese a sus escasos 19 años de edad”, ayudó en la autopsia de Aquiles, Méximo Serdán y Fausto Nieto, y se permitió extraer el corazón de Aquiles para conservarlo. Con ello, reiteró su protagonismo precursor y que “en el futuro” sus controvertidos actos fueran aceptados por los nuevos gobiernos revolucionarios. No es casual que décadas más tarde (22 de octubre de 1939) iniciara su lucha opositora como candidato presidencial en la ciudad de Puebla como homenaje-reclamo de su pertenencia a la lucha armada y demócrata de los ideales sufragistas de Francisco I. Madero. Entre Almazán y Puebla se había desarrollado un romance, tejido con la historia, “de entrega mutua de corazones en un torbellino de pasiones”, como él mismo consignó en sus memorias.

Acaso su lugar de nacimiento en Olinalí, Guerrero, no significaba movimiento, remolino, lugar de terremotos y torbellinos a los que se parecía. Fue así que Almazán, quien pasó su niñez y adolescencia en Puebla, participó en el movimiento antirreeleccionista tanto como en la epopeya de la calle de Santa Clara. Más tarde escoltó a Madero durante su visita del 13 al 15 de julio de 1911, cuando el candidato a la presidencia se alojó en casa de la familia Serdán, profirió un discurso-homenaje en el Teatro Variedades y puso bandas de honor a los defensores de la casa. Alfonso G. Alarcón, quien fuera estudiante de medicina como Almazán, resaltó las cualidades del “bravo corazón” de Serdán en el “Canto Heróico” que dedicó a Madero. Nadie dudaba que la “primera chispa de la revolución” hubiera ardido en Puebla, aunque el fuego ardió antes y tuvo protomártires en lugares como Cuchillo Parado, Chihuahua; San Pedro de las Colonias, Coahuila; San Bernardino Coutla, Tlaxcala; Valladolid, Yucatán; G9mez Palacio, Durango y Sinaloa, Morelos, Guerrero o el istmo, casi sin notarse.

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