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“Venían muy redotados… Pero con mucha violencia”

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

El capitán de caballería Gregorio Martínez cuenta aquí las duras vivencias como combatientes junto al general Francisco Villa entre 1917 y 1919 antes de deponer las armas. Transformados en gavilleros dispuestos únicamente a sobrevivir, afrontaron el final de la lucha revolucionaria en medio del hambre, el saqueo, las deserciones y la irracional brutalidad.

Luz Corral

A fines de 1915 la otrora poderosa División del Norte había desaparecido. Con la derrota a cuestas, el general Francisco Villa decidió seguir una guerra de guerrillas en contra de Venustiano Carranza y, a partir de entonces, con tan sólo un pequeño contingente constitutido por hombres que habían militado bajo sus órdenes, comenzó a operar en el estado de Chihuahua, haciendo extensivo su movimiento a los vecinos estados de Durango y Coahuila.

Pequeños destacamentos, divididos en facciones, hostilizaron al gobierno y resistieron durante cuatro años todo intento de pacificación. Estas gavillas al movilizarse en sus lugares de origen mantuvieron contacto con la población, lo cual les facilitó organizarse, incrementar sus contingentes, conseguir provisiones e informarse de los movimientos del ejército federal. El arraigo popular que mantuvieron los villistas en numerosas poblaciones facilitó sus acciones.

En corto tiempo Villa consiguió reunir un respetable contingente armado que, durante los años siguientes, mantuvo sucesivos encuentros con los distintos jefes de operaciones militares enviados a combatirlo. Las guerrillas villistas llegaron a obtener algunas victorias logrando tener en jaque a Carranza y a su ejército a lo largo de casi cinco años. Sin embargo, aunque se fueron engrosando los contingentes guerrilleros, también se empezaron a rendir algunas facciones. Muchos villistas se amnistiaron y se pasaron a las filas carrancistas combatiendo a sus antiguos compañeros, lo que Villa nunca les perdonaría. Ante las represalias ejercidas y la táctica de leva forzosa que implementó, el caudillo empezó a perder apoyo popular, al tiempo que provocó continuos reacomodos en las jefaturas militares del Ejército federal y la formación de numerosos cuerpos de voluntarios y defensas sociales en diversas poblaciones cuya finalidad era proteger propiedades y familias de los ataques guerrilleros.

Después de tantos años de guerra, la guerrilla empezó a declinar y el movimiento se debilitó; apareció el cansancio y la desmoralización entre las tropas. Aumentaron las deserciones en masa porque se intensificó el miedo y empezaron a perder la fe. Muchos que habían sido fieles al ex jefe de la División del Norte y que llevaban años levantados en armas no pudieron resistir más y se fueron retirando de la lucha.

Tras la sublevación del grupo sonorense contra el gobierno, la adhesión de numerosos generales y el asesinato del presidente Venustiano Carranza en mayo de 1920, Villa estuvo dispuesto a pactar con el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta. El 31 de agosto de 1920, en la hacienda de Tlahualilo, Durango, los villistas depusieron las armas.

El texto que ahora se presenta es una edición de la entrevista que realicé al capitán de caballería Gregorio Martínez, los días 8 de septiembre de 1983 y 29 de septiembre de 1984 en la ciudad de Camargo, Chihuahua (pho/1/228). Se han seleccionado los relatos que recuerdan algunos pasajes de su participación de 1917 a 1919 en la guerrilla villista, años en los que se escribió uno de los capítulos más cruentos de la revolución, cuando a salto de mata y ocultas en las serranías, las gavillas hicieron de la guerrilla su modus operandi, abasteciéndose del saqueo y el robo, subsistiendo de lo que podían obtener en forma voluntaria o forzosa en los poblados aledaños y cazando al enemigo para matarlo, a riesgo de ser ellos los victimados. Hasta el fin de sus días, Gregorio Martínez mantuvo vivo el recuerdo de esos años de lucha y sobrevivencia al lado del general Villa, a quien ya no conoció como el líder admirado y carismático de otros tiempos, sino como el caudillo derrotado, despiadado y vengativo.

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Julia López. La modelo mulata que deslumbraba a pintores y escultores

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

A los 13 años supo que quería labrar su propio futuro. Dejó el campo para en poco tiempo llegar al D.F. y ganarse la vida. Primero fue modelo para bodas en una tienda hasta que Frida Kahlo la recomendó para posar. Aprendió a pintar junto a sus maestros y se ganó un lugar entre ellos. Aquí relata pasajes de aquellos tiempos de esfuerzos y alegrías.

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Julia López modelando para Carlos Orozco Romero

Nunca se imagina uno lo que existe detrás de un cuadro y menos aún saber quién pudo servir de modelo para que los grandes pintores aprendieran a dibujar o a recrear la figura humana. Precisamente de esto se trata esta entrevista que realicé a Julia LA?pez en 2012. Allí platica cómo una chica de campo, nacida en 1936, dejó su pueblo y su familia para asentarse en la gran ciudad. Sus primeros pasos como modelo los dio en una escuela para veteranos de guerra, en la colonia Roma.

El toro de petate

El toro de petate

Deslumbró como una mulata preciosa que serviría de modelo a los pintores y a los escultores que se formaron en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda y la Academia de San Carlos. Allí estudiaron Antonio Ruiz, El orcito, Francisco Zúñiga, Carlos Orozco Romero, Raúl Anguiano, Francisco Corzas, Lauro López, Agustín Lazo, Pedro y Rafael Coronel. Cuántas veces dibujaron su cuerpo, su rostro y sus cabellos ensortijados; cuántas veces estuvo enfrente de ellos posando en su desnudez; cuántas veces su imagen delgada se volvió dibujo, acuarela, óleo, escultura.

Los recuerdos que guarda Julia de esa etapa son muchos, están salpicados de anécdotas y muestran cómo nunca imaginó que una chica tan silvestre, como ella misma se define, llegara a ser parte de aquel grupo de artistas emblemático para el arte mexicano del siglo XX. Con los años, se convirtió en amiga, formó parte del grupo de artistas y aprendió su arte con el solo hecho de verlos pintar. Se volvió pintora autodidacta. Los colores estaban en su mente y los pasó al papel, a la tela, al acrílico. Los niños, las flores, los animales, los árboles de Ometepec volvieron a su mente, fueron su inspiración, se convirtieron en los temas de sus pinturas.

Julia López, retrato de Mallard

En la Galería Prisse, espacio alternativo para promover a jóvenes pintores, expuso sus primeros cuadros, apoyada por un entusiasta grupo de artistas –Enrique Echeverría, Alberto Gironella, Héctor Xavier, Joseph Bartoli y Valdy– que se oponía a la hegemonía pictórica de Siqueiros, Rivera y Orozco, exponentes máximos de la llamada Escuela de Pintura Mexicana.

La niñez trepada a los árboles

Me da mucho orgullo y estoy muy feliz porque tuve una niñez preciosa que no la hubiera yo tenido aquí (en el Distrito Federal). Soy de la costa chica de Guerrero, de Ometepec, y mi papá y mi mamá eran campesinos. Ellos sembraban algodón, chiles, tabaco, ajonjolí, plátano. Allí se dan los palmares muy frondosos, preciosos, y abajo de las palmas de coco se da el café? y el cacao. Así que eran unas huertas prodigiosas, maravillosas, y nosotros nos trepábamos a los árboles a bajar el coco, la guayaba, todas las frutas, ciruelas, almendras. La pasé de maravilla. Vivíamos arriba de una pirámide en el pueblo, en las cuadrillas donde están las huertas. Y teníamos el río Santa Catarina cerca. Cada cántaro de agua que acarreábamos era cosa que primero íbamos a nadar y luego llevábamos el agua. Me quedé en tercero de primaria. En ese tiempo, en el pueblo ocupaban a los niños para trabajar. Yo quería otra vida, por eso me fui del pueblo a los 13 años.

Vendedora de frutas, Julia LA?pez

Vendedora de frutas, Julia López

Mucama en Ocotepec

Mi hermana mayor, Berta, me decía: ¡Ay vive aquí, aquí está muy bonito, no necesitamos nada! Pero mi otra hermana, Natividad, se fue a vivir a Ometepec, y me fui con ella. Nosotros vivíamos en un pueblito chiquito. Ometepec era el pueblo grande, donde se iban a casar las gentes, donde iban a rezar. Ahí había un hotel que se llamaba la Casa Verde. Era un mesón que tenía cine, tienda de corte por metros, tenía para arar la tierra. Era un tendajón que vendía de todo, y tenían cuartos para hotel.

No fui a Ometepec para estar ahí encerrada y hacer mandaditos de a peso. No. En un mandado que me mandó mi hermana, me encuentro a don Fidel. Parece que Dios me lo puso. El dueño de la Casa Verde, un cacique. Entonces le dije: –Ay, don Fidel, ¿qué usted no me daría trabajo en este hotel? No así chica, me dijo. ¿Y tú, qué sabes hacer? ¡Uuy, sé hacer muchas cosas! ¿Sabes barrer?Sí. ¿Sabes tender camas? Sí. ¿Sabes tender esto? Sí. No sabía yo hacer esas cosas, pero a todo decía que sí. Si digo que no, me iba a decir que no y Julia iba a perder. Esas eran ganas de superación. Y me dijo: Bueno, sí, presentate mañana. Y que le digo a mi hermana. Casi me mata: ¿Cómo que te vas a ir a trabajar ahí con don Fidel? Pues sí, me voy a trabajar. ¿Y sabe cuánto me pagaban al mes? 20 pesos. Era en el 50.

Estaba don Miguel Alemán de presidente. Y me fui a trabajar ahí, entonces conocí allí a los viajeros del Nuevo Mundo, del Palacio de Hierro, del D. F. Los valijeros les decíamos nosotros, llevaban todos los perfumes que se usaban en esa época: el Pájaro Azul, unos perfumes que ahora son rarísimos. Los valijeros existen todavía, son los que llevan las cosas que venden las tiendotas grandes para las ciudades chicas o los pueblos pequeños. Entonces, pues, vi a mi comadre, que era la hija de la cocinera de allí. Era una güera casi albina, lindísima, muy linda persona. Yo veía cómo hacía ella y le hacía igual.

Acapulco Fugaz

Rosa, una señora que hacía pan y que trabajaba en la Casa Verde me dijo: Vámonos para Acapulco. Su mamá vivía en Acapulco. Y le dije: Pues vámonos. Y le dije a don Fidel: Don Fidel, pues fíjese que me voy a ir, ya no voy a trabajar. Y nos fuimos a Acapulco. Mi hermana Natividad me fue a llevar. Dice mi mamá que prefiere meterte a la cárcel antes de que te vayas a otro lugar, me dijo. Que me meta a la cárcel. No me interesa que me metan a la cárcel. Me salgo, le dije. Y ya nos fuimos.

Los tíos del actual gobernador, don Ángel Aguirre, eran los que mandaban allí, eran los comisariados, presidentes municipales, y Zaira era esposa de uno de ellos. Zaira venía aquí a México. No estaba mucho tiempo allí. Un día me la encontré, y le dije: Oiga doña Zaira, ¿no necesita usted una compañía? Y volví a pasar por ahí y me dijo: Oye tú, muchacha, ven, pues siempre sí quiero una compañía. Yo me voy tal día a México. Uy, le dije, ahora sí deme un tiempo para decirle a mi familia y a don Fidel para que busque otra gente.

Había una línea de avión que se llamaba Rojas y la señora me dejó para el pasaje. Me había dicho me mandas un telegrama y yo te espero. Así lo hice. Dije: Ahora me voy más lejos, porque más lejos no van a encontrarme. (Risas.) Y ya me vine para acá. Doña Zaira era mi madrina de confirmación.

El descubridor americano

Me vine para acá y le dije: No, no me pague, yo quiero estar aquí en la casa como si fuera de la familia, que no soy, pero supongo que así le ayudo en lo que hace. Y aquí tenía un taller de costura en las calles de Medellín, casi enfrente del estacionamiento de Sears, y en la calle de San Luis Potosí había una escuela para veteranos de la guerra mundial. Entonces llegaban al hotel Roosevelt. Era interesante, yo salía a barrer la calle temprano y temprano iban a dibujar a una mujer oaxaqueña.

Un día me llevó con John Muller, el que me descubrió. Aquella era una mujer hermosa, una señora grande, medio rolliza, con unas trenzas que le arrastraban. Preciosa. Esas imágenes las tengo en mi mente, en mis recuerdos. Y él me dijo: Mira, eso es lo que tú vas a hacer, como la señora de las trenzas ¿no quieres hacerlo? Ay, pues dije: Mira no tengo mucho de haber llegado, y eso no le va a caer nada bien a mi madrina. Y bueno, yo seguí con mi madrina para todos lados. El señor John Muller era un gringo que había ido a la guerra y a todos los mandaba a estudiar pintura, escultura, poesía y todas esas cosas en el museo de la calle más importante de Coyoacán: Francisco Sosa. Allí había otra escuela de veteranos de la guerra. Y entonces, no sí, hubo un lío con mi madrina y tuve que salir. Madrinita, pues muchas gracias por haberme traído. Como mi madrina me mandaba todas las tardes a comprar el pan a la Espiga –ya existía la Espiga–, y pasaba yo y siempre veía a una señora también muy robusta, y me decía: Adiós morena. Era la dueña del edificio Guardiola que está en el Centro

Cada vez que pasaba me decía adiós. Hasta que un día le preguntó su nombre: Josefina Guardiola. Entonces me habla la señora Guardiola: Oye morena, ¿por qué no te vienes aquí a la tienda? Ay, le decía yo, bueno, no sé si pueda manejar esta tienda. Mire, pero si usted me enseña, yo aprendo, tengo mucho interés, yo aprendo.

Allí hacían vestidos de novia, vestidos de coctel, vestidos de noche, vestidos de todo. Entonces sacaban a las Reinas de la Primavera. Y me fui a trabajar con la señora Guardiola. Andaba con un montón de perritos chiquitos como chihuahueños (risas) que les ponía moños, les ponía collares Yo los bañaba y ella los secaba, y andaba yo con ella para todo eso. Aprendí muchas cosas que si te pones a ver son bonitas. Hay que saber de todo, y eso es muy importante en la vida, aprender, porque la vida da muchas vueltas.

Hasta que un día me dijo: Oye, Julia, súbete allí a las mesas porque van a recortar los vestidos de las novias. Me ponían llena de alfileres y cortaban los vestidos con la mano. Eso era lo que hacía y ya, ese era mi trabajo, estar parada y darme vueltas para que me fueran recortando. La cola y el velo, y todo eso. Era muy bonito, tan diferente; en poco tiempo aprendí muchas cosas. Y por mis necesidades y por lo que yo quería hacer, eso me llevó a muchas cosas. Entonces, la señora Guardiola cometió el error de comprarle un coche convertible a su hijo. Pues este chico, ¿qué crees que hizo? Le metió garras hasta donde daba y allí en la Pera que se cae con todo y carro, y se muere. ¡Ay, yo estaba tan triste! ¿Qué voy a hacer ahora? La señora, llora y llora, y yo consolándola. No llore tanto, señora, mire, que esto y el otro. Si no le hubiera comprado ese carro tan lujoso, tan costoso en esa época, pues el muchacho hubiera andado con su coche normal. No soy yo la que tengo que decir, pero para consolarla. Lo que yo le decía, pues, era tan silvestre, que ella lo tomaba de esa manera, ¿no? La hija vivía en Estados Unidos y se fue la señora Guardiola con su hija.

La recomendación de Frida

Me quedé sin trabajo y busqué a John Muller. Le digo: Oye, ahora sí ya le puedo posar allá en la calle de San Luis Potosí. Ah, sí. Ah, bueno. Y allí conocí a un montón de gente que eran amigas, y yo tan silvestre, pues les encantaba que yo anduviera con ellas pa’arriba y pa’abajo.

Ahí conocí a una señora que se llama Carmen Zúñiga, amiga de Aurora Reyes y sobrina de don Alfonso Reyes, el escritor. Vivía acá en Coyoacán, en la calle de Hornos. Carmen era muy amiga de Aurora y Aurora de Frida Kahlo. Entonces, Aurora era muy pachanguera, le gustaban las fiestas, tener siempre mucha gente en su casa. Era muralista y daba clases junto al edificio de Excélsior, en Reforma. Entonces, Aurora le dijo a doña Frida, pues comían cada 15 días en su casa: Oye, tengo una mulata, una modelo mulata preciosa. Te va a fascinar. Entonces llegó el día de la comida y por eso yo conocí a doña Frida.

Posando con Rafael Coronel (con corbata( y amigos

Posando con Rafael Coronel (con corbata( y amigos

Estaba yo muy delgada y el pelo lo tenía ensortijado, chino, y me daba hasta la cintura. Se juntaban a pintar, a dibujar, doña Frida y Aurora, en la casa de Aurora. Un día doña Frida sacó una tarjeta, me la dio y me dijo: Con esta tarjeta te presentas en la escuela La Esmeralda y buscas al director que se llama Antonio Ruiz, le dicen el Corcito, preguntas por él. Me fui a la escuela La Esmeralda, don Antonio Ruiz, el Corcito, él me presentó con el maestro Zúñiga, un gran escultor maravilloso, dibujante precioso. El maestro Zúñiga muy atento, muy amable, muy cariñoso. Y entonces en esa época había muchos generales ya retirados que él les daba clases de escultura. Ay, me dijo: Inmediatamente vente al taller de escultura. Y ya me dejaba ahí con los tenientes, capitanes, generales, ya retirados, ya grandes. Y por eso empezamos el maestro Zúñiga y yo, yo a posarles y él era el maestro. Ya de ahí me fue a ver el maestro Carlos Orozco Romero y le fui a posar. Tenía de alumnos a Francisco Corzas, a Rafael Coronel. De estar con el maestro Carlos Orozco Romero me fui al salón de Raúl Anguiano, estaba Lauro López, el que me hizo un retrato. Salieron muchos otros, Mario Orozco Rivera y otros que ya fallecieron. Estaban también los dos Coronel, Pedro y Rafael, los que salieron triunfantes de La Esmeralda. Se hizo muy conocida la escuela, sacó buenos pintores porque los maestros eran muy exigentes.

En el espejo, Julia LA?pez

En el espejo, Julia López

De a diez centavos

En las clases de acuarela ponían una jarra con flores o frutas abajo o un periquito de esos disecados. Yo modelaba todo el día. De un salón pasaba a otro y a otro. Al acabar nos daban diez minutos de descanso. Era pesado. Pero si usted tiene una meta la tiene que cumplir. Y si no, ¿cmo fuera yo pintora? En esa época daban un quintito, diez centavos para pagar a la modelo. Nada. Pero era un alguito. Estamos hablando del año 52. Duré hasta que tuve a mi hija, Julianita, que vive en Italia, en el 66. Fueron muchos años. Y me fueron recomendando entre ellos, y yo llegué a posar al general [Ignacio M.] Beteta que le gustaba la pintura. El general Beteta tenía el estudio en frente de los juzgados en la colonia de los Doctores. También yo era modelo para hacer escultura, sí. Como modelo era de la Esmeralda y en la Academia de San Carlos también, en los dos lados. Como modelo quedó en una escultura enorme que está en el malecón de Veracruz. Los pescadores. Es del maestro Zúñiga. Soy yo y Melchor, un bailarín contorsionista de un lugar que se llamaba El Tívoli.

Captura de pantalla 2013-09-04 a las 20.28.30Pasar la escoba

También estuve en la Galería Prisse [Londres 163] y estaba allí un ruso, Vlady, que vivía allí, en la parte de atrás. Estaba José Luis Cuevas, estaba el Gallo Gironella que tenía su estudio hasta allá arriba y era un dandy, andaba con gasné y un bastón. Eran los que manejaban la galería. Luego a mí me tocaba barrer la galería, otro día le tocaba a José Luis, otro día le tocaba a la mujer de Vlady, Isabel. Ah, pero el Gallo, no. Era muy catrín, pero debía de haber visto cómo acabó.

Hacían exposiciones de amigos. Allí no era estudio. Era galería. El estudio lo tenían en el cuarto de la azotea y lo rentaban. Como le decía, cuando empiezan a mostrar su obra, pues nadie los conoce, no les compra nadie. Son muchos años de trabajo para que te conozcan.

Otro pintor de entonces era Chucho Reyes. Vivía a un ladito de la Galería de Inés Amor, en frente del Cine Versalles. Era a todo dar, Chucho. Él pintaba con anilina, no pintaba con colores. Los demás pintaban con colores.

Las barrigonas

A más los pintores luego me preguntaban Oye, morena ¿cómo lo ves? Ay, pues mire, aquí está corto, aquí está barrigón, muy barrigona, esos pechos que usted le hizo, no existen. Mire los tengo chiquitos, ¿cómo me hace esos globos tan grandes? Mire, esta pierna está más chica que la otra. Oye, ¡pero cómo encuentras defectos! Ah, pues ¿no me está diciendo usted que le diga yo? Si le digo que está bien, me regaña. Si le digo la verdad, me está diciendo que lo critico. No, pues a mí también me dan ganas de pintar. Y me decían: Te vas a morir de hambre si pintas. Mmm. A lo mejor, a lo mejor. Rompía yo unas bolsas de papel de estraza, donde venía el pan, las estiraba, las ponía debajo del colchón y ya me quedaban lisitas, lisitas. En ellas pintaba santos, caballitos, caballitos de mar. Iba con el maestro Orozco, que era con el que yo posaba mucho y su esposa era cuñada del maestro Diego, se llamaba María Marín.

Julia LA?pez en 2013. Foto: Laura SuA?rez de la Torre

Julia LA?pez en 2013. Foto: Laura Suárez de la Torre

La pintora

Y luego ya seguí con la pintura. Todos me querían, todos los maestros me querían. Les hacía yo mandaditos y esto y lo otro, me llevaban dulces, paletas y yo les iba a comprar las tortas y entonces dijeron, No, a la prieta le vamos a hacer entre todos una exposición. Y me la hicieron en una galería de la Zona Rosa y fue un éxito lo que había hecho. Esto sería por el año 55. Hice de muchos temas, de diferentes temas. Todos ellos me compraron pintura y bueno, otra gente que no tenía nada que ver con los maestros, también me compraron. Y de ahí pal’ real seguí pintando.

Yo nunca voy a dejar mi estilo. Mi inspiración es el campo, los niños, los cerros, los perros, los gatos, los animalitos, lo que veía yo cuando era chica. No tengo un cuadro favorito. Todos son favoritos, porque si no, los borro. Si no me gusta a mí, ¿cómo le puede gustar a otra persona? No, yo lo borro y a otra cosa.

Julia LA?pez posando en clase para Mario Orozco Rivera

Julia López posando en clase para Mario Orozco Rivera

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ESTUDIAR MEDICINA DURANTE LA REVOLUCIÓN ENTREVISTA AL DR. SALVADOR ZUBIRÁN ANCHONDO

Ramón Aureliano Alarcán / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No.5, págs.87-88

A. Camacho Hptl NutriciA?n B-5

Firma del acta de inauguración del Hospital de Nutrición, 12 de octubre de 1946

Forjador de una de las instituciones de medicina más prestigiadas de México, a la vez que maestro de muchas generaciones de médicos, o “médico de presidente” como alguna vez lo llamó un colega ya fallecido, Salvador Zubirán Anchondo acumuló a lo largo de su vida una gran experiencia profesional, vinculada al acontecer público. Hoy en día su nombre está ligado indisolublemente al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán”.

Más allá de sus logros como profesionista, al Dr. Zubirán le tocó, junto con otros médicos destacados de la primera mitad del siglo XX, participar en la institucionalización de la medicina científica mexicana. Nombres como Gastón Melo, Gustavo Baz, Raoul Fournier, Clemente Robles, Jesús González Ureña, Ignacio Chávez, Federico Gómez, Manuel Gea González, Ismael Cosío Villegas, Abraham Ayala González, Salvador González Herrejón, Manuel Velasco Suárez, entre otros, dan cuenta de ello.

Una selección de fragmentos que ilustran los primeros años de vida y la formación profesional del Dr. Zubirán, nos llevan a saber cómo se enseñaba y practicaba la medicina y a las ideas que se tenían sobre el médico y la enfermedad en México a principios del siglo XX. La voz del relato es pues de un protagonista de los hechos.

Conviene, antes de leerla, saber algo de la vida del Dr. Zubirán. Nacido en Chihuahua en 1898, murió en el DF en 1998, próximo a cumplir los cien años de edad. Estudió en la Universidad Nacional de México y obtuvo su título de médico cirujano en 1923. Hizo el posgrado en la Universidad de Harvard en 1924 y 1925. Como docente, algunas de sus actividades fueron: profesor de terapéutica (1925-1927) y de Clínica propedéutica en la Escuela Nacional de Medicina (1928-1933); profesor en la Enseñanza de Graduados en la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México (1946-1966), y de 1967 hasta su muerte profesor emérito de la misma facultad y universidad. A la vez ocupó numerosos cargos públicos y recibió amplios reconocimientos como el Premio Nacional de Ciencias (1968) o la presea “Belisario Domínguez” (1986).

Esc Nac Medicina B-5

Fachada de la antigua Escuela Nacional de Medicina

La institución a la que dedicó su mayor empeño fue a la que a la fecha lleva su nombre, que tuvo como antecedente directo el Hospital de Enfermedades de la Nutrición (1946), desde 1981 pasó a ser Instituto Nacional de Nutrición, y en el año 2000 Instituto de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán”.

Para el estudio de la historia de la medicina en México es una fortuna contar con la serie de entrevistas hechas a distintos médicos hace varios años y que constituyen parte fundamental del Archivo de la Palabra del Instituto Mora, proyecto originado en el INAH por la Dra. Eugenia Meyer, y en varias ocasiones con el aval y participación de la Academia Nacional de Medicina. Allí se guardan los testimonios orales de muchos de sus actores, cuya formación y primeros años de ejercicio profesional coincidieron con la Revolución Mexicana, en su etapa de lucha armada y de formación de un Estado nuevo.

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