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¡Fucking hero!

Yuri Lópezgallo
Universidad Tecnológica de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

Two bombs tumble from a Vietnamese Air Force A - 1E Skyraider over a burning [Viet] Cong hideout near Cantho, South Viet Nam, 1967. Library of Congress, EUA.

Two bombs tumble from a Vietnamese Air Force A – 1E Skyraider over a burning [Viet] Cong hideout near Cantho, South Viet Nam, 1967. Library of Congress, EUA.

Los Ángeles, California, 1969.

Joe Martínez, hijo de mexicanos que emigraron a la Unión Americana y teniente del X Batallón de Infantería del Cuerpo de Marines de Estados Unidos, regresa a su casa después de casi un año de haber terminado su “Tour del deber”.

–Te ves diferente, hijo.
–Soy diferente, ma’.

–¿Por qué no volviste directo a la casa, con nosotros, tu familia?

Porque mi intención desde que regresé de Vietnam era volarme los sesos y sé cuánto te molesta tener que limpiar la casa, se dijo para sí mismo.

Fifth Avenue Vietnam Peace Parade Committee, Wari s Hell! Ask the man who fought one, cartel publicitario, ca . 1968. Library of Congress, EUA, Yanker poster collection.

Fifth Avenue Vietnam Peace Parade Committee, Wari s Hell! Ask the man who fought one, cartel publicitario, ca . 1968. Library of Congress, EUA, Yanker poster collection.

–Tenía mucho que pensar.
–Tu hermano quiere enlistarse –agregó su madre.
–Por eso estoy aquí.
–Déjame llamarlo. Miguel, ven acá, tu hermano está aquí.
–It is Mike mom, I’ve been telling you since I was fifteen.
–Bro!!! You are really here, you are a fucking hero Joe!
–Háblame en español, Miguel.
–It’s Mike!
–Háblame en español Mike. Ma’, ¿puedes dejarnos platicar un momento a solas?
–Claro, voy a prepararte unos chilaquiles, que sé cuánto te gustan, mijito.
–Gracias, ma’.

–Pero, ¿qué pasa contigo, Joe?, ¿por qué esa cara? ¡Eres un héroe! Fuiste a la guerra y mataste a muchos vietnamitas, sobreviviste y aquí estás en una pieza, listo para conseguir lo que quieras.

–Yo no he matado a ningún vietnamita.
–No me engañes hermano, eres un marine…
–Lo fui.
–… peleaste muchas batallas y ganaste dos medallas. Eso sólo lo logra un héroe. Y un héroe en la guerra mata enemigos.

–Claro que maté enemigos, Mike, pero no eran vietnamitas. Eran gucos, nagolios, cerdos… llámalos como quieras, pero no eran hombres.

–No te entiendo, hermano.

–Exacto, ¡no entiendes! Y yo no entiendo la estupidez que me contó la abuela ayer cuando la encontré caminando en Glendale de que planeas enlistarte.

–Lo hago por mi país, Joe.

–No me jodas, Miguel. Nada tiene que ver nuestro país en esto. Esta guerra no tiene un sentido ni es por la patria, es diferente a las otras guerras y no vamos a ganar.

–Eso no lo sabes, Joe.

–Claro que lo sé. Lo vi y te lo puedo asegurar. Tú no fuiste sorteado, Mike, ni tienes beca del gobierno. No tienes que ir.

–¿Por qué dices que no mataste a nadie?
–No dije eso, pero ojalá pudiera decirlo. Dije que no maté personas, que es diferente.
–¿Podemos hablar de eso?

–Cuando vas a la guerra, no tienes ni idea de qué demonios te vas a encontrar. Al desembarcar yo iba lleno de un patriotismo insultante. Quería matar vietnamitas y quería ayudar a mi país a librarnos del comunismo… pero no tardé más que un par de días en cuestionar toda la maldita guerra.

Los ojos del teniente del cuerpo de marines Joe Martínez se llenaron de lágrimas.
–¿Qué fue lo que pasó, Joe? –preguntó Miguel.

–Paso que el capitán Smith nos ordenó revisar una aldea donde había indicios de miembros del Vietcong. Era una tarea fácil, o al menos eso pensé hasta que el hombre que venía a la vanguardia voló por los aires después de pisar una mina terrestre, justo a la salida de la vereda que conectaba a la aldea con un arrozal. “¿Quién iba al frente?”, grité. “¡Robertson!”, fue el grito que se escuchó desde la columna. Como te dije, acababa de llegar y tenía poco trato aún con los muchachos de mi pelotón, por lo que aún no los identificaba; además de que no confiaban mucho en los oficiales egresados de las academias militares. Decían que nuestros grados eran de papel y que sólo servíamos para hacer que los mataran. Ellos, en realidad, nos despreciaban desde el momento en que llegábamos a integrarnos a las columnas.

Miguel lo miró extrañado.

–Tienes que entender algo: los sargentos son la verdadera alma de las escuadras, ellos tienen experiencia en el campo y los oficiales recién graduados de la academia en realidad no tenemos ni idea de lo que estamos haciendo. De hecho, el primer consejo que me dio mi capitán al reportarme con él fue: “Conoce a los sargentos de cada escuadra, aprende de ellos, gánate su confianza y su aprecio, confía en sus juicios y si en algún momento llegaran a ordenarte qué hacer durante un enfrentamiento, hazlo”.

–¿Y qué pasó cuando Robertson pisó la mina?

–Toda la escuadra se tiró al suelo y conformó un perímetro de seguridad, pero no pasó nada. Seguimos avanzando y entramos a la aldea. Ahí empezó el infierno: mis marines juntaron a todos los aldeanos y los obligaron a arrodillarse. Mujeres, niños, bebés y ancianos estaban ahí, postrados, llorando y gritando en su maldito idioma imposible de entender. Mis hombres estaban furiosos. “Son enemigos”, me dijo el cabo Fischer. “Son civiles”, le dije yo. “A ver, teniente, ¿en la maldita academia no les explican que una jodida villa, además de mujeres, niños y viejos, tiene campesinos hombres? Si no hay hombres es porque huyeron. Y si huyeron es porque son miembros del Vietcong. ¡Y por lo tanto toda la aldea lo es!

–¿Y luego, Joe?

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

¡Miedo siento de recordar!

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

El destino mezcla las cartas, maare, y nosotros las jugamos
Refrán yucateco

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El fraile

Las tumbas que rodean a la ermita hablan de quienes acaban de irse. Paseas entre ellas mientras aspiras el rocío de la madrugada, ojalá que el fresco durara todo el día. Tratas de rezar, no puedes, piensas cuán poco has hecho por tus hermanos, los más pequeños, los más desvalidos, pero piensas además que, de hacerlo, tus feligreses y el mismo obispo se habrían molestado. Santo Dios, de haber cumplido con tu deber cristiano, estarías más sosegado, al menos pudiste intentar que las mujeres y los niños se quedaran, siquiera el crío ese del gorrito azul y el kóotoncito blanco que montaba a la jineta en la cadera de su madre, que se aferró a ella y chilló cuando quisiste abrazarlo y provocó que el indio que los seguía por el muelle te mirara furioso. Pero fuiste cobarde, reconócelo. Sí, por cobarde acudiste ayer a mitad de la noche, solo en la oscuridad te sentiste seguro para llevar a la fortaleza la bendición que, como cura de Santa Isabel, has de dar antes de partir a todo peregrino. Mea culpa, mea culpa.

Sacudes el polvo del sayo y de las sandalias mientras arrastras el cuerpo por la escalera, es como si el remordimiento los tornara más pesados, entras en la capilla y te arrodillas frente al nicho donde estaba la imagen de Nuestra Señora del Buen Viaje. Madre Santísima, ni la imagen dejaron. Miras las paredes desnudas, golpeas el reclinatorio, una cosa es que tu padre San Francisco exhortara a la austeridad en el culto, otra es la violencia destructora que despojó a la ermita de sus bienes; fue esa casta maldita la que así pecó, y los pecadores tienen que recibir su castigo. Juntas las palmas para rogar a la Virgen que los acompañe y sobre todo les conceda el remordimiento y la resignación en el destierro. Pero se lo ganaron, tristemente se lo ganaron por matar, por robar, violar, incendiar, arruinar a la península entera. Que Dios les perdone, y a ti también, por cobarde. Requiescant in pace, amen.

El gobernador

Es responder o liquidar al propio que anoche entregó la maldita carta y hacerme guaje con que nunca la he visto. Me cachis, siento que me quema las manos y que el sello de la Federación me reta, el supremo gobierno no entenderá nunca, qué va a entender el espanto y la violencia que sufrimos los yucatecos, si está muy lejos y protegido por las montañas del Anáhuac. ¿Por qué joden con que condenamos a los huites a una esclavitud eterna, como la de los negros africanos, cuando ellos mismos firmaron contratas por diez años de servidumbre y se les permitió incluso cargar con los suyos? Pa sa maare. Lo malo de hacer matar al propio es que las sospechas caerían sobre mí, el centro intervendrá y deberé exiliarme.

Las cuatro, el calor no merma, el escritorio repele, siquiera de la galería viene un poco de aire. Cuánto diese por salir de palacio y guarecerme a la sombra de las ceibas y los laureles, esperar en la plaza la tertulia de la tarde. La ciudad vuelve a ser la que fue, lo conseguimos quienes combatimos a los bárbaros, y los huites tienen ahora lo que merecen y merecerán por generaciones. Pa sa maare. He de hacer palas antes de poder irme, el secretario aguarda para extender la respuesta y que yo la firme. Mi mano sangrará. Ni remedio, dependemos de la Federación. ¿Cómo digo a las autoridades supremas que el “México” zarpó ayer a la medianoche y nada puedo hacer ya? ¿Cómo anoto que obedecí a mi conciencia y al reclamo popular y que hasta esos malparidos aceptaron que las contratas les convenían más que el cadalso?

La plaza se anima; la gente comienza a llegar y cuenta sus monedas para comprar una bebida fría. Eso es, he de hacer cuentas para que al gobierno le quede claro, y se aplaque, cuánto se ahorrará en presidios y tropas de pacificación, probarle que por cada indio que se larga entrarán en caja tres onzas de oro. Que el secretario componga un oficio con estas ideas y lo baje a firma en la plaza, y que el propio que trajo la carta maldita regrese a la capital con la mía.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Cacao-chocolate

Adaptación de Eduardo Celaya Díaz
Basada en el texto de Laura Esquivel

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

– Te he estado esperando.

– No puedo apresurar el paso, sabes muy bien cómo son las cosas ahora.

– Distintas, lo sé, pero aun así es reconfortante cuando llega el final del día y podemos conversar, después que cumples tus actividades.

– Mi tiempo es extraño, pero siempre es conveniente tener estas conversaciones.

– Eres un buen marido, cuidas de tu mujer a pesar de todo.

– Prometí cuidarte.

– Y lo haces bien, eres un buen marido.

– ¿Te han tratado correctamente?

– Cual merece una mujer de nuestra posición. Pertenecer a una de las familias más importantes de la Nueva España confiere ciertas ventajas sobre los demás.

– ¿Y tus reflexiones?

– Me siguen atormentando las mismas preguntas.

– Sabes que no lo dijo para causarte alteración.

– Lo sé, pero desde que don Carlos de Sigüenza y Góngora pronunció esas palabras, no encuentro tranquilidad en mis pensamientos.

– “Lo que es abajo es arriba”.

– Esas palabras alertaron mi cordura, sentí, mientras salían de su boca, cómo penetraban en mi cerebro, dolorosa y violentamente.

– Como si fueran un cilicio desgarrador y que como tal se incrustaban entre las delicadas membranas de tu cerebro a perpetuidad.

– Se convirtió en un tormento insoportable, entrando cada vez más profundamente en mis pensamientos como si avanzara entre arenas movedizas. La esperanza de que esas palabras se alejaran de mí moría cada vez más, se alejaban, llenándome de mortificación.

– Sabes que don Carlos hablaba de otros asuntos, sólo trataba de explicar una ley del universo. Durante esa excavación hablaba de cómo esa ley establece que las mismas condiciones y fenómenos que se aprecian en este mundo suceden y se reproducen simultáneamente en otro plano superior.

– No entendí nada, no lo entiendo ahora. Dudo entenderlo algún día. Si todo lo que existe sobre la tierra tiene su igual en el cielo, lógicamente todo lo que está debajo de la tierra es igual a lo que está arriba.

– Las mismas palabras que pronuncias desde aquel día.

– Es sumamente aberrante. Eso significaría que el infierno es lo mismo que el cielo.

– Dudo que esas sean sus palabras.

– Pero aún, esas terribles palabras significan una cosa, que los indios, esa raza impura y desgarrada, sin alma, son iguales a nosotros, a los españoles de raza pura y religión verdadera.

– Los indios son algo más que una raza impura.

– Su nombre lo indica: son plebeyos, son sacrílegos, viles, pecadores, son peligrosos, prietos y herejes. Por eso fueron hechos a imagen y semejanza del mismísimo Belcebú.

– Por tanto, sigues asegurando que su destino es compartir las llamas del infierno en el castigo eterno.

– Sigo sin entender cómo puedes sentirte fascinado por conocerlos. Su suciedad los infecta, los hace viles, bajos, servidumbre natural.

– Quise ver algo más en ellos, algo que en ocasiones podría ver en sus miradas, en su manera de realizar sus acciones.

– ¿Era necesario realizar esos viajes tan peligrosos?

– Era sólo una excavación, don Carlos me ofreció un lugar en su expedición, una nueva oportunidad de conocer un poco más de la tierra donde vivimos.

– Cómo podrían compararse esos salvajes con nosotros, españoles de sangre pura, de buena casta, de religión católica, llenos de virtudes y buenas costumbres.

– Tu cuna te ha cegado.

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

 

Odio

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Ataque de 1838 a Veracruz por los franceses

Los odio. Malditos sean.

Ayer volví a soñar con mi familia. Fue igual que siempre. El mismo maldito sueño que tengo desde hace más de 20 años: soy un niño pequeño y meriendo tranquilamente junto a ellos, pero de repente se escucha un estruendo, siento un golpe y se desata el infierno. Por unos segundos pierdo el conocimiento, pero cuando despierto veo fuego por todos lados… y escucho gritos que piden auxilio y lamentos de dolor. Mis hermanos se calcinan junto a mis padres, que yacen aplastados bajo los escombros que cayeron sobre ellos. Veo a mi madre, su hermoso rostro no existe ya: los ojos que tanta paz me transmitían han desaparecido y en su lugar encuentro dos cuencas vacías, mientras que su piel blanca y tersa parece ahora un pergamino que se arruga y consume entre las llamas. Mi padre… o, mejor dicho, lo que fue mi padre, no es más que un bulto informe que se quema junto a mamá en el más horrendo silencio… y lo peor es que muy cerca de ellos mis hermanos siguen gritando… hasta que poco a poco dejan de hacerlo.
Pero no llega el silencio, ya que alguien más empieza a berrear… alguien conocido.

Yo.
El fuego abrasa mi piel y no puedo moverme, pues una viga aprisiona mi pierna… el dolor es insoportable y el olor a carne quemada me revuelve las entrañas. Siento que me ahogo. Sé que voy a morir y lo acepto apesadumbrado, pero antes de perder el conocimiento veo a varias
figuras que se abren paso entre las llamas.

Hijos de la tiznada.
Todo por 600 000 miserables pesos. Una fortuna si consideramos que dizque se trataba del pago de unos pasteles… pero demasiado poco como para justificar la muerte de los míos y de tantas personas; aunque la verdad es que esto último no les importa, pues nos ven como a insectos a los que pueden aplastar sin ningún remordimiento.
¡Y que la más vieja de su casa se trague lo de los pasteles o incluso lo de los 600 000 pesos!, porque estoy seguro de que en venir hasta acá y atacar Veracruz se gastaron mucho más.

Malditos infelices.
Y maldito sueño que me atormenta desde hace tantos años.
¿Cuántos van exactamente?
A ver… estamos en marzo del 67 y esto que le cuento sucedió por diciembre del 38… hace 28 años, tres meses y algunos días… que es el tiempo que Santa Anna lleva cojo, pues el cañonazo que destruyó mi casa fue de los que dispararon contra sus tropas el día que perdió la pierna. ¡Y pensar que aun así el quinzuñas apoyó a la última intervención! Supongo que su invalidez debe haberle dolido tanto como la humillación de que los gabachos lo subieran a un barco y lo expulsaran del país en 1862, cuando dizque regresó a México para vivir en paz. ¡Y todo por publicar un manifiesto para quedar bien con ellos! Mendigo cojo, bien merecido se lo tenía. Necesitábamos brazos para regresarlos por donde vinieron y a él se le ocurre andar de arrastrado… ¡no me joda, don Antonio!

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Cuestión de honor

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

Ganaste, Mariano. Piensa en eso ahora que, otra vez, como tantas madrugadas desde hace cuatro años, las pesadillas vuelven a despertarte y prefieres no dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y ponerte de pie, silenciosamente, para no despertar a Andrea. La noche se ve muy oscura por la ventana de la habitación, ni un rayo de luz ilumina las sombras, tampoco iluminaba la lobreguez de tu celda. Entonces, como el profeta Job, te preguntabas cuándo sería de día.

Sientes que has perdido todo y es de entenderse, ¡vaya que sí!, la experiencia fue aterradora: un hombre de leyes arrancado con lujo de violencia de su hogar, sin explicación alguna y sin que los ejecutores del poder de Tacubaya mostraran la menor compasión, ya no por él sino por los suyos que presenciaban el brutal atropello y quedaron sumidos en el más grande abatimiento. Pero por más que sabes que es inútil pasar y repasar lo que ocurrió pues no puedes cambiarlo, porfías, y aun escudriñas hasta en lo que en esos momentos especulabas y sentías.

Escuchas el silencio; afuera nada se mueve y a lo lejos apenas se alcanza a ver la luz del farol que agita el sereno. También el silencio dominaba en el convento de San Agustín, nada más interrumpido por el rezo de los frailes. Y te sumabas, Mariano, pero no para alabar a Dios como ellos hacían, sino para exigir justicia por el abuso cometido contra ti y Lafragua y Riva Palacio y Pedraza. Abuso, sí, pues su única culpa era defender los principios liberales y la federación. No habías hecho mal alguno, estabas seguro, tan así que cuando te advirtieron que iban por ti no quisiste desaparecer, pensabas que la mejor defensa sería la ley y la verdad acabaría por prevalecer.

Fue un error, lo entendiste de inmediato, pero hay que olvidarlo ya, ahora toca aceptar que lo pasado no puede cambiarse y esas semanas de soledad y silencio transcurridas, sin ver más que a los frailes agustinos quienes sin pronunciar palabra te llevaban los alimentos, acunaron la idea de que cualquier individuo –llámese como se llame, sea pobre o rico, mexicano o extranjero– precisa de una ley que ampare sus derechos y esté por encima de la arbitrariedad de cualquier gobierno. Pues bien, Mariano, el día llegó, esa ley ya entró en vigor y somos muchos quienes ganamos. De algo sirvió la injustificada estancia en esa fría y oscura celda conventual, cuando sólo maliciabas que todo era por defender lo que pensabas en el Congreso y en la prensa y por el temor del dictador a tu voz.

 

[…]
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El cupo, el juez y el capitán

Rosalía Martha Pérez Ramírez
Instituto Alfonso Vélez Pliego, BUAP

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

En la Puebla de 1837, la disposición del gobernador de completar el personal que se necesitaba en el ejército, era un dolor de cabeza para los jueces. ¿Con quiénes podrían completar la cuota que se pedía?

R. 727. Puebla, vista de la catedral, MAi??xico a travAi??s de los siglos, t. 3 (2)

Vista de la catedral de Puebla, litografía, en México a través de los siglos, T. 3, 1888.

Desde el cuartel menor de la calle de Herreros donde se hallaba el juzgado de paz, don Tomás Axotla caminaba diligentemente hacia la esquina de Mercaderes una tarde de primavera de 1837. Contaba con el tiempo preciso para encontrarse con sus colegas en el taller de don Manuel Zincuneguin, que por esos años era el sastre más reconocido entre las esferas poblanas. Lo mortificaba la idea de llegar tarde a la cita pero ¡qué le iba a hacer!¸ los empleados del juzgado le habían hecho una despedida esa mañana; pero más lo perturbaba que su bondad natural, tan reconocida en dicho acto, se encontrara precisa- mente a prueba. ¿Cuál era la causa? Pues nada menos que la orden de la presidencia de la República para que jueces, fiscales, ministros y demás personal de la administración de justicia se metieran en gastos, por la imperiosa necesidad, porque era imperiosa, de adquirir uniformes nuevos. Don Tomás estaba enfurruñado, renegaba de la disposición del señor presidente, que por segunda ocasión en el país era don Anastasio Bustamante, y aunque había argumentado que por no ser ministro del tribunal superior a él no le tocaba, la orden los alcanzaba a todos. ¡Días de protocolos y besamanos!, aunque de muy poca liquidez en las nóminas de las dependencias. Sudando un poco logró entrar al taller de sastrería atrás de sus colegas, quienes lo saludaron amablemente, disimulando su extrañeza al verlo llevar una gallina bajo el brazo, obsequio de sus empleados que así le agradecieron sus bondades.

En la misma tarde calurosa subían por la calle de la Aduana, que ahora se conoce como de la Aduana Vieja, varios muchachos, empujándose y bromeando entre sí con toda la alegría de la edad, encaminados hacia el mismo local. Bien mirado, ya no estaban tan jóvenes como para alborotar tanto, andaban por los 17 años de edad desbordando energía. El más alegre de ellos, Melchorito Barreda y Nurieta, traía bajo el brazo un atado de figurines que había estado hojeando esos últimos días, para ajustarse a los dictados de la última moda que llegaba de Francia. Los dos grupos entraron casi al mismo tiempo al espacioso taller, en donde el personal tuvo la atención de recibirlos y rogarles un momento de espera. Por un lado, los muchachos, ante espejos muy grandes que enmarcaban su as- pecto juvenil (uno de estos espejos puede aún admirarse en la dulcería El Lirio, de la calle de Santa Clara), y en otra sala, los jueces y demás empleados de los juzgados, a quienes también, se les rogó esperar. La colección de figurines parisinos pasaba de mano en mano entre los amigos de Melchor, todos ellos vecinos de la traza española de la Puebla, que soñaban con lucir el pantalón de estribos, chaleco de terciopelo afelpado, de cuadros o de sedas de aguas con botón de seda, un poquito más largos de lo acostumbrado. Los grabados mostraban pantalones de casimir de cuadros, de medios colores, con pialera y más bien anchos; corbatas de chal de colores oscuros salpicadas de blanco, con nudo a la negligée y un pequeño prendedor; y para rematar, sombreros negros de ala ancha y copa alta, terminan- do el atuendo con un bastón delgado con cabecita de marfil, guante blanco,

¡Vaya! esta moda los hacía imaginarse bajo el balcón de alguna moza recitándole aquellos versos de…

Era notorio el contraste entre los dos grupos, mas no se podía decir, ni mucho menos, que los jueces tuvieran el paso cansado, ya que a pesar de contar con tres o cuatro lustros más de edad, montar a caballo los mantenía en forma, y bueno, de vez en cuando se presentaban en el teatro para darse gusto con las cantantes extranjeras que pasaban por la ciudad. Lo cierto es que en esos años, a la judicatura le preocupaban muchas cosas y entre ellas una en particular oprimía a los jueces hasta provocarles dolores de cabeza: las disposiciones dadas años atrás por el gobernador Juan José Andrade, consistentes en llenar el cupo, o dicho de otro modo, completar el personal que se necesitaba en el ejército ¡Y no era para tomarse a la ligera! Los papeles que se pegaron en los lugares de costumbre, anunciaban: El gobierno del departamento fijará a los alcaldes término prudente para que remitan el cupo conforme a las leyes, imponiéndose a quienes no lo cumplan multas de hasta 400 pesos o prisión de seis meses.

Pues no, no era para tomarlo a chiste, porque si ya en el año 1832 se anunciaba castigo a los alcaldes, pronto la normativa alcanzó también a los jueces. Por otra parte, desde tiempos del gobernador Patricio Furlong el gobierno central había reducido la edad para el alistamiento a las milicias cívicas de 22 a 18 años, y la disposición, que se extendió a todos los cuerpos, pronto iba a incluir a muchos jóvenes como Barredita y condiscípulos.

Pero volvamos al decreto que motivaba la reunión de Axotla y sus colegas en el taller de Zincuneguin esa tarde que ya iba refrescando. Le había tocado a don Juan González Cabofranco, por ser entonces gobernador de Puebla, transmitir a los juzgados la orden de modificar los uniformes del personal, dándoles un toque de elegancia y lujo, orden que la judicatura recibió con preocupación porque hacía cinco años que la paga se había vuelto irregular. El comedido sastre circulaba entre todos obsequiosamente, oyendo las especificaciones que le daban sus notables clientes y tomándoles medidas, asegurando que empezaría los trabajos en cuanto tuviera los materiales necesarios. Así se enteró que el atuendo de los jueces sería muy parecido al de los ministros y el fiscal de la Suprema Corte de Justicia, que ya le eran conocidos. Su asistente principal, flaco como un silbido, tomaba las notas para la confección del uniforme señalado como grande, consistente en casaca de paño azul oscuro, con solapa, puño y faldones de espalda, carteras bordadas, el derredor de los filos de la casa- ca con el mismo bordado que las carteras y botón de oro con el águila nacional. Se usaría con el centro de casimir blanco compuesto de chupa y calzón corto. El sombrero iba montado, sin galón, guarnecido de pluma blanca en lo interior, con presilla de oro y escarapela nacional, y para terminar, una espada con guarnición de oro. Había otro atuendo más sencillo, pero ese día no fue encargado. Algunos oficiales y escribientes habían acompañado a los jueces; su uniforme debería llevar una franja angosta bordada de oro en el cuello y vueltas de la casaca de paño azul obscuro, cosa que les preocupaba, porque a ellos también se les pagaba cuando el gobierno podía, y eso no era muy frecuente. Para todos los jueces era reglamentario el bastón con puño de oro, trencilla y borlas de seda negra.

R. Trajes hacia 1823 Puebl (800x408)

Trajes de nuestra niñez, 1823 en Apuntes artísticos sobre la historia de la pintura en la ciudad de Puebla, 1874.

[…]
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Por la borda

Revista BiCentenario # 18

Silvia L. Cuesy / El Colegio de México

Al poner un pie en la cubierta del Orinoco desplomó toda su gordura en la silla más próxima y exhaló un hondo suspiro de alivio que se perdió en la fría noche del puerto de Cherburgo. Por fin el regreso. No sabía cómo agradecerles a Elena y a Octavio; de no ser por ellos aún estaría varado en París. Elena era una joven pendeja y engreída, pensaba, pero el músico hubo de reconocer que, pese a las ínfulas pequeñoburguesas de la chica, ésta hubiera aceptado cambiar los dos boletos de clase turista que les había pagado a ella y a su esposo la Liga de Escritores por tres de tercera; debido a ese gesto, él, que a duras penas se había comprado el pasaje de ida, podría volver a México.

El camarote era un infierno de ruido y calor, pegado al cuarto de máquinas. Con gran dificultad se acomodó en la litera de abajo. Aquí está tu relojito, mi amorcillo, ¿qué dijiste, ya se olvidó de mí?, pues no; y aquí el abriguito de nuestra geniecillo, tampoco me olvidó de la mocosita, como podrás ver. Pujando y hablando, se agachó para guardar la maleta que resguardaba los regalos comprados a su mujer y a su hija. Los envoltijos eran las únicas pertenencias que conservaba gracias a un celoso cuidado desde las primeras semanas del viaje.

Un centenar de estalactitas le aguijoneaba el corazón: haber dejado España. Una alegría indescifrable se le colaba, a veces, aleteándole en el pecho: volver a ver a Ángela y a Genio. Seis meses atrás, al ir a Europa, los sentimientos surgieron al revés: el esperado gozo por llegar a España y la suma de culpas por dejar a sus dos amores. ¿Por qué, diablos, en mi desdichada vida siempre ha de haber conflicto?, dijo al momento de despechugarse más la camisa, secarse el copioso sudor y con mano temblorosa encender un cigarro. Desde esa primera noche, un apremio asfixiante lo obligó a iniciar una carta que iría creciendo día a día.

Revueltas

Silvestre Revueltas en un ensayo musical (1935)

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PARA SABER MÁS:

  • Eduardo Contreras Soto, Baile, duelo y son, México, Conaculta, 2000.
  • Luis Jaime Cortés, Favor de no disparar sobre el pianistaMéxico, Conaculta, 2000.
  • Silvia L. Cuesy, Silvestre Revueltas, México, Planeta, 2004.
  • Diálogo de resplandores: Carlos Chávez y Silvestre Revueltasedición de Yael Beltrán y Ricardo Miranda, México, Conaculta, 2002.
  • Elena Garro, Memorias de España, 1937, México, Siglo XXI, 1992.

Don Casimiro Cázares

Irma Ramírez Orozco

Revista BiCentenario #17

Cuento histórico

Citizen Kane

….gritamos y hasta relinchamos de gusto. No lo podía creer, después de tanto batallar, nos habían cedido un cacho del latifundio de la Bavícora; ni la revolución había logrado que se repartieran esas tierras, propiedad de un gringo, William Randolph Hearst; su abuelo un tal George Hearst, senador de los Estados Unidos, del comité pa asuntos indígenas, supo que al terminarse la guerra apache podía comprar 360,000 hectáreas a 20 y 40 centavos cada una, pos luego luego compró el latifundio a las compañías deslindadoras. Querer que se repartieran esas tierras no era cualquier cosa, William Randolph Hearst rebasaba por mucho a su abuelo, en poder y dinero, ese gringo era dueño de periódicos y revistas, un magnate de los medios como lo nombran ahora, era tan adinerado que dicen que en él se basaron pa hacer la película El Ciudadano Kane.

Nuestros gritos de gusto se oyeron en lo alto de las montañas y en la hondura de los precipicios. Nos fuimos en bola, hechos la mocha, a tomar posesión del predio. Las guardias blancas del latifundio, mercenarias del gatillo, junto con una caterva de pistoleros de La Acordada, tenían a la región atemorizada, pero nosotros habíamos ganado el pleito, Rivera tenía los papeles. Con todo y eso, como que lo quería creer y no, porque los pleitos, los abusos, las muertes y las venganzas, por esos rumbos, pos no tenían fin. Así como los bosques jalan la lluvia, esas tierras jalan la guerra. Yo creo que esa región no ha conocido la paz.

La llegada de Socorro Rivera a la alta Bavícora reavivó las esperanzas de que las cosas se hicieran de otra manera, venía de San Luis Potosí, muy fogueado en el papeleo y el manejo de las leyes, muy entrón, tenía buen modo pa hablarle a los campesinos, de voz recia, convencedora, decían que estaba apuntalado por el presidente Lázaro Cárdenas, ganó algunos pleitos y el apoyo empezó a brotar como matitas mesteñas después de la lluvia.

Íbamos por la brecha; miré parriba y clarito vi que las nubes pardas se iban jalando pa otro lado y quedaba el cielo azul, limpio. Yo pensaba que ahora sí, iba a caminar derechito, amarrado a los surcos, que dejaría de dar tantos rodeos, a los guaruras, al desierto, a los despeñaderos, a la migra, dejaría ese ir a los Estados Unidos, cada temporada, cargando en la mente la visión de mis viejos, el huerto, las barrancas, el olor de los pinos y hasta el mugido de las vacas; palpitándome en el pecho una sequedad muy grande nomás de pensar en llegar al otro lado, a no encontrar lugar en la pizca y tener que trabajar en esos lugares de congoja y espanto que eran las minas de carbón.

[…]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

La falta de un varón

Arturo Sigüenza
Taller de Artificios

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Marc Chagall, birth-1910 (640x466)

1894. Hacienda “Los Tres Zapotes”. Un cigarrillo y otro más. El patio entero donde se secaba el fruto de higuerilla se le hacía chico y las cuatro horas de espera le parecían veinte minutos. ¿O era al revés? No lo sabía y mandaba por más tabaco para liar unos cuantos. No estaba seguro de que ese doctorcito que trajeron de la ciudad pudiera hacer el trabajo de día Crescencia (la partera más confiable del poblado), quien se había encargado de recibir a sus siete hijas. Alguno de sus compadres le había aconsejado: “confía en la ciencia, Rogaciano, no seas tan ignorante, los doctores estudiados en la capital pueden hacer que nazca un machito”.

Sacó su reloj de oro más por presumir que por ver la hora. Aunque sabía leerlo, siempre le pedía a alguien más que lo hiciese por él, de hecho se le había vuelto un tic nervioso. Se alzó un poco el sombrero para limpiarse el sudor con la mano, y se aflojó el cinturón de cuero de víbora que él mismo había matado, cuando la encontró debajo de su cama. Los gritos de su mujer eran más desesperados que de costumbre, quizá porque el tener un varón sea más doloroso — pensó– o porque el méndigo doctorcito no sabía traer un niño al mundo.

“¡¿Qué esperan para ir por doña Chencha!? ¿No oyen a mi mujer chillando como puerco?” gritó don Rogaciano. Uno de sus mozos de confianza cogió un caballo con la advertencia de mejor no regresar si no era con la partera. Don Rogaciano estaba tan encabritado que no sintió, sino instantes después, cuando el cigarrillo le quemó los dedos. Lo pisoteó maldiciéndolo y con premura encendió otro. Se dirigió a la recámara, abrió de un golpe las dos altas puertas de madera y las dejó de par en par.

“¿Qué carajos pasa? ¡Llevan horas con este griterío!” refunfuñó palmoteando en una puerta. El doctor y su ayudanta se sintieron algo más que intranquilos con la amenaza que hizo don Rogaciano pistola en mano. Tenían que traer un varoncito al mundo o ¿quién sabe qué les podía pasar, verdá de Dios?. Mas allá de la preservación del apellido, estaba en juego la preservación de la Hacienda y la de su honra, pues sus parientes y amigos le machacaban cada que podían ¿para cuándo el varoncito, para cuándo?. Don Rogaciano sabía que su problema de erección era cada vez más severo, y que la edad y los problemas de la Raya lo tenían al tope de sus cabales.

El padre de don Rogaciano escuchó los gritos y caminó pronto a la recámara, se acercó por detrás y lo sacudió por los hombros. Le dijo que se dejara de pendejadas y que mejor se fuera a atender al turco que lo esperaba hacía ya un buen rato. Don Rogaciano salió del cuarto, pero antes dejó el revólver encima de la mesa donde el doctor tenía sus utensilios. “Varoncito, doctor, varoncito” advirtió con sus ojos de lince enfadado.

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Crónica de dos hermanos

Yolanda Pintos – Taller de Artificios

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Valerio Trujano

Una mañana luminosa de abril de 1812, un barco llegó de España al puerto de Veracruz. El recibimiento corría por parte de la Guardia Real y españoles notables en espera de noticias, órdenes y sobre todo de armamento para hacer frente a los motines insurgentes que se sucedían en diferentes puntos. En el puerto no se hablaba de otra cosa. Detrás de ellos, en el malecón, una fila inmensa de curiosos no perdía detalle del momento. En el barco todo era movimiento y bullicio, sólo dos jóvenes españoles permanecían expectantes. Escondidos entre sus crecidas melenas y barbas, los ojos sombríos contrastaban con la claridad del día. Habían pasado la noche en vela sumergidos en sus propias cavilaciones al tiempo que oteaban el horizonte; en el aire se percibía ya el olor a tierra. Las palabras de don Agustín Loranca disiparon la euforia con que habían abordado el barco. Su decisión fue irrevocable, dejar España para siempre y venir a pelear brazo con brazo, codo con codo con los novohispanos. No renunciaban a España ni lucharían jamás contra ella, pero sí contra el despotismo de la Corona. La mirada de Rodrigo se oscureció como si pájaros negros hubieran cruzado por ella, pensaba en la muerte de su padre. Él y Prisciliano se preguntaban si no se habrían precipitado y la duda hizo presa de ellos.

Vicente Guerrero

Vicente Guerrero

Agustín Loranca era un criollo de mediana edad que había ido a España a conocer la tierra de sus mayores, Las noticias llegaban lentas, pero cuando supo de los levantamientos en la Nueva España decidió regresar a proteger a su familia. De esta forma coincidió con los hermanos en el barco. No era hombre de armas, aunque tampoco se oponía a que la Nueva España, después de 300 años de sometimiento, tomase otro rumbo. Pensaba en el trato tan desigual hacia los criollos, considerados inferiores con respecto a los verdaderos españoles; por eso y más no abandonaría a estos muchachos. En el fondo sentía un cierto orgullo por ellos que ofrendaban su juventud y su fuerza por una buena causa.

Parroquia de Tepecoacuilco, Guerrero

Parroquia de Tepecoacuilco, Guerrero

Pero ya sabéis, de esto ni una sola palabra a nadie. Ah, y al bajar del barco nada de ponerse los uniformes, bajad así como estáis con esas camisas sucias, sin escarmenar el pelo. Si antes de estar a salvo, alguien os preguntara por vuestra identidad, decid que sois sobrinos de don Felipe de Unda, quien os ha mandado llamar para ayudarle. Tened esto presente, pues de lo contrario os haríais sospechosos para ambos bandos. Como traidores para unos o posibles espías para los otros. En cualquier caso como corderitos listos para ser sacrificados, ya sea por los unos o los otros.

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