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Anita. Recuerdos de un contraguerrillero.

H. Beaugard - Ana García Bergua, Nota introductoria y traducción.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

 

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Luego de dominar militarmente el centro de México y de proclamarse el Segundo Imperio a mediados de 1863, las tropas de Francia desembarcadas en Veracruz a principios de 1862 y engrosadas poco a poco en los meses siguientes, emprendieron la conquista del resto del territorio. Las encabezaba el general Achilles Bazaine, quien de inmediato dispuso la marcha de dos columnas hacia el norte.

A través de una rápida ofensiva, el ejército intervencionista ocupó lugares lejanos, y pronto se afirmó que dominaba el país entero. Sin embargo, la ocupación de las diversas poblaciones no resultaba definitiva; en cuanto los invasores partían, las fuerzas nacionales recobraban el dominio. Las guerrillas, autorizadas por la república itinerante de Benito Juárez, los mantuvieron en alarma y movimiento constantes gracias al conocimiento que tenían del territorio, a la movilidad que les era inherente, al hecho de que, con facilidad, podían disolverse para volver a formarse después y al fuerte apoyo de la población.

Tanto daño causaban las guerrillas que las autoridades militares francesas se vieron obligadas a combatirlas de manera especial, con una tropa pequeña e independiente que se estableció en Medellín, Veracruz. Al proliferar aquellas, la contra-guerrilla se puso al mando del coronel Charles Dupin, personaje controvertido a quien Juan A. Mateos, reconocido escritor mexicano (1831-1913), definió como “ese miserable, cuya vida cargada de crímenes lo ha hecho célebre en México, en Europa y en todos los lugares donde los soldados de la Francia han entrado a saco y en son de guerra”.

La contraguerrilla de Dupin se caracterizó por sus excesos, la conducta poco militar y los atropellos cometidos. Consistía en una hueste irregular, compuesta de aventureros de diversas nacionalidades, que combatía el fuego con el fuego y tuvo la peor reputación de todo el ejército invasor. Su primera tarea, iniciada en febrero de 1863, fue asegurar la tierra veracruzana; más tarde se la trasladó al noreste del imperio y, asentada en Tampico a partir de abril de 1864, anduvo por toda la región. Es aquí donde se sitúa la trama de “Anita. Recuerdos de un contraguerrillero” (ca. 1874).

¿Quién era su autor? ¿Honoré de Beaugrand? Se trataba de un francocanadiense, nacido en Saint- Joseph-de-Lanoraie, provincia de Québec, en 1848. Terminados sus estudios, había pasado unos meses en un noviciado, donde al parecer no se sintió a gusto, para recibir después un breve entrenamiento en la escuela militar de Montréal. En pos de aventuras, emprendió el viaje a México, que entonces vivía la segunda intervención francesa, y allí luchó durante año y medio en la contraguerrilla de Dupin. Al final de la guerra, en 1867, siguió al ejército invasor al Viejo Mundo; allí permaneció un tiempo antes de regresar a México y a Estados Unidos, países en los que practicó varios oficios.

Se estableció en Nueva Inglaterra en 1871, iniciando una carrera ascendente como periodista, editor de diversos diarios, político y narrador viajero, la cual continuó en su país a partir de 1878. Su enérgica postura liberal, que lo definió paulatinamente como republicano, deísta y anticlerical, no cambió con el paso del tiempo, y lo involucró en polémicas y escándalos. Los últimos quince años de su vida los dedicó a viajar y escribir. Murió en Montréal en 1906.

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EL CÓDIGO ITURBIDE

Juan Sahagún
Revista BiCentenario, No. 5, pág.71

Iturbide B-5

Entrada de Iturbide a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821

 

- No hay nadie; es hora de poner la bomba.

Cosme responde con acción a las palabras de Esteban. Se coloca el pasamontañas negro. El nerviosismo se refleja en sus manos. De por sí, siempre ha sido de manos torpes. La abertura que debe permitir la visión, ha quedado exactamente en la oreja derecha. Con un par de jalones enfadados logra corregir el error. Posteriormente, con la torpeza de un médico bisoño, se enfunda un par de guantes negros; los dedos confunden las entradas y luego de varios intentos descubren su verdadero sitio. Esteban tamborilea el volante al tiempo que mira por el retrovisor temiendo alguna presencia que frustre el plan. Cosme murmura un ametrallado “voy-voy-voy” mientras toma la mochila con los implementos necesarios. Inhala, sostiene el aire cuatro segundos, exhala dando un resoplido equino bajo la sordina de la capucha. Abre la portezuela. Como el impulso es desmedido y la oscilación de la mochila harto peligrosa, Esteban exclama un ahogado “cuidado, pendejo, llevas una bomba”. Cosme se detiene, murmura para sí un “calmado, cabrón”, sale del auto y prosigue su camino midiendo cada movimiento, eso sí, sin perder la prisa.

La madrugada es inmóvil. Impera un aletargado silencio. A lo lejos, el motor de un camión que continúa un viaje trasnochado. Más lejos, ladridos de perros insomnes y necios. Un grupo de estrellas aburridas se cubre con el paso intermitente de nubes rojizas. La calle parece la escenografía de una fracasada obra de teatro.

El revolucionario corre hacia la puerta de la sucursal bancaria como si se tratara de una enorme rata gris salida de una cloaca. Se agacha por instinto. Voltea por precaución. En realidad, podría caminar cómodamente erguido; no hay un alma. Llega hasta el portón de cristal. Se detiene al lado de un letrero. Dólar. Compra 14.30. Venta 15.45

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