Archivo de la categoría: Testimonios

La memoria activa de Bob Schalkwijk

Andrea Villela

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

Durante más de cinco décadas este fotógrafo de origen holandés documentó la vida del país en rostros de personajes públicos y anónimos, paisajes, fiestas, las olimpiadas de 1968, el crecimiento urbano, la arqueología y hasta la gastronomía. Su acervo de más de 400 000 piezas, muchas de ellas aún sin catalogar, crece a diario por la inquietud profesional de un artista que trabaja por retratar los muchos México.

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Bob Schalkwijk, Niñas Ralámuri, Narárachi, Chihuahua, 1974. Archivo Bob Schalkwijk.

Bob Schalkwijk, nacido en Rotterdam, Países Bajos, en 1933, llegó a México en 1958. Tras dejar sus estudios de Ingeniería en Petróleo en la Universidad de Stanford, California, decidió residir en el país y ganarse la vida por medio de su verdadera pasión, la fotografía, la cual había practicado desde los trece años en su país natal. Su primera cámara fue una Baby Brownie de Kodak.

Aprendió fotografía en varios laboratorios europeos como Agfa, en Alemania, y Kodak, en Francia. Por medio de una serie de contactos que consiguió a través de la embajada de los Países Bajos en México, conoció personajes de la escena cultural y artística capitalina en momentos en que la que la llamada Generación de la ruptura se hacía presente.

Schalkwijk no se limitó a un solo tema. Los rollos del archivo datan sus primeros trabajos en 1959 e incluyen tomas de la bahía de Acapulco, el centro histórico capitalino, Azcapotzalco y otros sitios alrededor de la ciudad. También dan cuenta de una serie de fotografías del estado de Morelos, tomas del jardín Borda, de la tradición de corridas de toros y la carretera, entre otros. Ese mismo año realizó un viaje a Oaxaca donde fotografió parte del proceso de producción del mezcal, el sitio arqueológico de Mitla y una serie sobre producción alfarera, así como la fiesta de la Guelaguetza, entre otras.

Salir de la ciudad y fotografiar lo que denominó como los muchos México fue desde el principio el motor que hizo crecer su acervo fotográfico. Su interés personal por fotografiar lo otro, lo diverso, se sumó a la serie de trabajos por encargo. 0841-2-5 copy (542x800)Fue corresponsal de la agencia de fotoperiodismo Black Star, de Nueva York, para la que cubrió eventos como las Olimpiadas de 1968, el Festival de Cine en Acapulco, el Grand Prix y, de manera más general, el desarrollo industrial y urbano de la moderna ciudad de México. Para los años ‘70 trabajaba como fotógrafo de diversos artistas y de empresas en fotografía publicitaria.

Contemporáneo de fotógrafos como Enrique Bostelmann y Mariana Yampolsky, era cariñosamente llamado por Manuel Álvarez Bravo, el Maestro Schalkwijk.

Su método de trabajo se caracterizó por una búsqueda del proceso perfecto. En el área técnica buscó tener el mejor equipo, trataba con el debido cuidado su dispositivo de iluminación (que a la fecha funciona y utiliza) e instaló un laboratorio en su estudio desde donde controlaba también el proceso de revelado e impresión, ayudado por su asistente de toda la vida, Javier Tinoco. Schalkwijk trabajó con diferentes formatos –35mm, 6×6 cm, 4 x 5” y unos pocos en formato 5 x 7”– así como con diferentes marcas de cámaras y ópticas. La mayoría de sus fotografías de los primeros 20 años en México fueron tomadas con una cámara Hasselblad y un par de cámaras Leica: una para color y otra para blanco y negro. Las fotografías de formato grande fueron tomadas con una Sinar.

Siempre ordenado en sus materiales, diseñó una nomenclatura para distinguir formatos y llevar cronológicamente una numeración de los originales en película, por medio de listas que incluían fechas y lugares.

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Desde un inicio, la formación del archivo fotográfico fue una decisión compartida entre Bob y su esposa Nina Lincoln. Invertirían parte de sus recursos en construirlo, como una inversión a futuro, y crecería a partir de los múltiples proyectos en los que Schalkwijk tuvo la oportunidad de trabajar, así como de las fotografías capturadas en su tiempo libre, proyectos personales y viajes. Así, se ha llegado a atesorar más de 400 000 fotografías en película, de las cuales cerca del 70% del material ha sido revisado. A tantos años de haber sido tomadas, muchas de ellas no habían sido vistas nuevamente.

Uno de los temas más retratados es el de los grupos indígenas de México, siendo los tarahumaras los que más fascinación le causaron. El conjunto de fotografías tomadas durante varias décadas de viajes a la Sierra Tarahumara suman 7 500, que van desde 1965 hasta 2015.

La ciudad de México ha sido también ampliamente retratada por Bob. Su constante transformación quedó registrada desde el primer proyecto que le fue encargado en 1963, para proveer las fotografías que ilustrarían el libro Mexico City, editado por la casa Spring Books, de Londres. Quedarían también registradas la construcción de los espacios urbanos como las vías rápidas (Periférico, Viaducto, el drenaje profundo), el Museo de Antropología y las afectaciones ocurridas durante los sismos de 1985, por mencionar algunos temas.

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Los secretos de un elevador

Graziella Altamirano Cozzi.
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

Una serie de postales con imágenes de la Decena Trágica y comentarios sobre aquellos momentos de incertidumbre, así como fotos de viajes por Europa a principios del siglo XX, fueron encontradas por casualidad entre las comisuras del elevador de un hotel del centro capitalino. Entre ellas había retratos desconocidos junto a Porfirio Díaz.

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Hace algunos años, cuando se llevaba a cabo la remodelación de un viejo hotel del centro histórico de la ciudad de México, al desmontar el antiguo elevador que sería cambiado por uno nuevo, quedó al descubierto un pequeño sobre que se encontraba atorado en un recoveco de la maquinaria. Uno de los trabajadores lo entregó al contratista encargado de la colocación, quien al conocer su contenido y, sabiendo mi gusto por la historia, amablemente me lo obsequió.

Se trataba de un sobre antiguo con el membrete de Portefeuille Kodak de la Central Photo R. Guiot de París, que guardaba 78 fotografías de 10 × 15, algunas de las cuales, sin duda, copiadas y reveladas en ese establecimiento francés que, a su vez, anunciaba las más novedosas cámaras de mano Kodak. Descubrí que las imágenes se referían a algunos pasajes de nuestra historia y a fragmentos de una memoria familiar cuyos recuerdos se quedaron atrapados en un elevador durante más de 50 años. Eran 48 tarjetas postales sobre la Decena Trágica –ocurrida en la ciudad de México en febrero de 1913– y 30 fotografías con escenas familiares, tomadas poco después en distintas partes de Europa.

Las postales de la Decena Trágica son las mismas que, en su mayoría, han sido difundidas profusamente en distintas publicaciones sobre la revolución mexicana y ya forman parte de nuestra historia gráfica. Son muy conocidas las escenas del golpe militar contra el presidente Francisco I. Madero y los diez días que le siguieron hasta su derrocamiento y asesinato, en los que la ciudad de México vivió jornadas de terror y sus calles se transformaron en un campo de batalla ante el asombro y el temor de sus habitantes.

Durante estos acontecimientos, un buen número de fotógrafos, tanto profesionales como aficionados se lanzaron a las calles de la ciudad con el fin de captar los distintos escenarios para obtener testimonios gráficos y darlos a conocer. Se han podido detectar alrededor de 15 fotógrafos nacionales y extranjeros que dejaron constancia de la Decena Trágica en numerosas imágenes que muestran el ataque a Palacio Nacional, los muertos en el Zócalo, los rebeldes en la Ciudadela, las trincheras y puestos de combate, los cadáveres incinerados, las casas destrozadas en distintas calles, etcétera. Algunas de estas fotografías contenían un pequeño rótulo colocado por el propio autor que describía la escena correspondiente y, en otros casos, llevaban impreso su nombre o su firma.

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Fue tal el impacto de aquellos sucesos que no sólo proliferaron los fotógrafos profesionales y los aficionados que reconocieron la importancia de rescatar las diferentes escenas como un documento testimonial, sino que no faltaron quienes, como suele suceder, se aprovecharon del asunto para copiarlas y distribuirlas, convirtiéndolas en objeto de venta y colección. Esto se facilitó porque en ese tiempo la reproducción de imágenes en tarjetas postales se puso de moda a través de la aparición de un novedoso equipo que podía manipularse sin necesidad de experiencia y se anunciaba como una máquina maravillosa que sacaba fotografías originales en tarjetas tamaño postal, en tan sólo un minuto.

Las postales de la Decena Trágica se multiplicaron y se vendieron con nombres distintos o sin las firmas de los fotógrafos que las tomaron y, muy pronto, los sucesos de la ciudad de México fueron conocidos incluso en otras partes del mundo, al ser enviadas las fotos por correo con las descripciones y comentarios particulares del remitente, según su propia opinión.

Este fue el destino y la función de algunas de las postales del sobre encontrado en el elevador del viejo hotel, las cuales, según descubrí, pertenecieron a una familia de la elite porfiriana exiliada en Europa, cuyos integrantes se enteraron, a través de estas imágenes que llegaron por correo, de lo que pasaba en la ciudad de México; pudieron constatar los daños sufridos en varios edificios, ver a los soldados atrincherados en las calles y a los rebeldes apoderados de la Ciudadela. Algunas de estas postales llegaron tan sólo con un saludo, otras identificaron las casas dañadas de amigos comunes y otras más llevaban textos alusivos a los acontecimientos, varias con un tono irónico y burlón: Querido Pepe: Este es uno de los sports que ha estado muy de moda en esta ciudad y que se practica en casi todas las calles. Es bonito ¿verdad? Tu amigo Manuel. Pepe: Ya verás cómo no es necesario ir a París para divertirse que aquí también lo sabemos hacer. Saludos. Pepe: Gracias a estos ciudadanos así como a haberme encomendado al Buda que me mandaste de St. Moritz, aún vivo. Manuel.

Las 30 fotografías que no son postales pertenecen a distintos momentos, según muestra el cambio de la moda que se observa en los personajes retratados. Una primera serie contiene fotos de varios integrantes de esta familia que vivió y viajó por varias partes de Europa, y cuyos miembros aparecen en diferentes escenarios: en el jardín de una gran residencia, en elegantes automóviles y hasta en un trineo en la nieve. Otra serie menos numerosa, que es la que aquí nos interesa –y se diferencia de la anterior porque fue revelada con un marco blanco–, contiene fotografías con el ex presidente Porfirio Díaz en el exilio.

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Jesús Reyes Heroles. El ideólogo que explicó al PRI

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Héctor Zarauz López
Instituto Mora

Hombre crítico, contestatario y de fuertes convicciones, estuvo cerca de varios presidentes sin por ello dejar de marcar sus diferencias. Aún así, se mantuvo siempre dentro de los márgenes oficiales. Se le considera no sólo el “cerebro” detrás del partido, sino también quien reformó el sistema político mexicano. Presentamos aquí extractos de una entrevista publicada en 1966 donde habla de un tema que nos traen también hasta el presente.

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Jesús Reyes Heroles en su oficina. Colección de Jesús Reyes Heroles González Garza.

Jesús Reyes Heroles es considerado como uno de los más influyentes políticos mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Nació en Tuxpan, Veracruz, el 3 de abril de 1921. Abogado de formación, estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, de donde egresó en 1944, para después realizar estudios de posgrado en Argentina. A su regreso desempeñó varios cargos públicos que le dieron, en consonancia con su sólida preparación académica, una especial sapiencia de la política nacional.

Entre otros puestos fue secretario general del Instituto Mexicano del Libro (1949-1953), asesor de la Presidencia de la República (1952-1958), diputado (1961-1964), director general de Petróleos Mexicanos en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), periodo en el que se continuó con la expansión de la empresa y se mantuvo el orden productivo, además de confrontar diferencias con el sindicato de petroleros. Por su eficiencia fue nombrado director de otras paraestatales como Diesel Nacional (1970-1972), Constructora Nacional de Carros de Ferrocarriles (1970-1972) y Siderúrgica Nacional (1970-1972).

Además, fue director del IMSS (1975-1976), secretario de Gobernación (1976-1979) desde donde pudo dar impulso a la reforma política de ese momento y de Educación Pública (1982-1985), en la que inició una reforma educativa. Por si fuera poco, ostentó nombramientos internacionales como presidente del VII Congreso Mundial del Petróleo (1967) y del Comité Interamericano de Seguridad Social (1976).

Su carrera como funcionario no siempre fue tersa pues, a decir de la historiadora Eugenia Meyer, su temperamento lo inclinó como crítico, como contestatario, a renunciar a la comodidad y los privilegios que le brindaba el poder político, en defensa de sus convicciones intelectuales, y su incuestionable defensa de la libertad.

Al fin hombre del sistema, estuvo cerca de varios presidentes y no obstante sus diferencias con alguno de ellos, nunca salió de los márgenes oficiales. Muchos lo consideran el gran ideólogo del priísmo y del sistema político mexicano. Rara avis de la política nacional, fue conocedor de Maquiavelo, Locke, Hobbes, Montesquieu, igual que de Marx o Gramsci, pero también estudioso del pensamiento mexicano como se muestra en sus estudios sobre José María Luis Mora, Benito Juárez, Melchor Ocampo o Ignacio Ramírez.

Entre las distintas obras de su autoría destacan: Tendencia actuales del Estado (1945), El Liberalismo mexicano (obra publicada en cuatro tomos entre 1957 y 1961), En busca de la razón de Estado (1981). Otras más son: La industria de la transformación y sus perspectivas (1951), Comentarios a la revolución industrial en México (1951), Restauración, revisión y tercer camino (1952), Continuidad del liberalismo mexicano (1954), La Iglesia y el Estado (1960), El liberalismo social de Ignacio Ramírez (1961), Rousseau y el liberalismo mexicano (1962), La idea del Estado de derecho (1964).

Murió el 18 de marzo de 1985, poco antes de cumplir 64 años de edad.

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Aniceto Ortega: un médico multifacetico

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Olivia Moreno Gamboa.
Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM.

Reconocido por sus ideas eclécticas en la medicina, Aniceto Ortega destacó en el México de la segunda mitad del siglo XIX por su formación enciclopédica. escribía tanto sobre los efectos terapéuticos de la música, como de tratados acerca de terremotos y erupciones. Pero en la memoria mexicana trascendío como uno de los compositores más originales de su generación. Un relato de aquellos años nos da cuenta de ese discurrir por los hospitales y los escenarios musicales.

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Dr. Aniceto Ortega, profesor de clínica de obstetricia, ca. 1860, litografía.

La crónica musical que se presenta en las próximas páginas fue publicada en El Siglo Diez y Nueve, uno de los diarios liberales de mayor circulación nacional del México independiente, y también uno de los más longevos. El autor de la crónica, publicada el 25 de septiembre de 1871, fue el periodista francés Alfredo Bablot (1827-1892), emigrado a México a mediados del siglo, quien en poco tiempo conquistó a la élite artística e intelectual de la capital por sus amplios conocimientos musicales que, aunados a sus buenas relaciones políticas, le valdrían en 1881 el nombramiento como director del Conservatorio Nacional de Música y Declamación, por el presidente Manuel González.

Bablot se valió del seudónimo de Proteo para publicar una crónica de la última representación de la compañía de ópera italiana de la célebre Ángela Peralta, que actuó en el Teatro Nacional del 6 de mayo al 13 de septiembre de ese 1871. Para la quinta y última entrega, había prometido a sus lectores ocuparse de la ópera Guatimotzin, estrenada justamente en la clausura de la temporada lírica, pero en lugar de la prometida crónica musical, entregó al diario una curiosa conversación que supuestamente sostuvo con el autor de Guatimotzin, Aniceto Ortega.

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Aniceto Ortega, La luna de Miel, Mazurca de Salón (portada), ca. 1870, partitura para piano. AGN, Propiedad Artística y Literaria, caja 1343, Exp. 18.

Aniceto Ortega del Villar nació en 1825 en Tulancingo en el seno de una familia culta, aficionada a la ciencia y las bellas letras. Junto a su hermano mayor Francisco (1822-1886), recibió una educación que inculcaba una moral severa, el gusto por la literatura y la música. Con frecuencia la familia recibía en su casa la visita de intelectuales y artistas. Así, los jóvenes Aniceto y Francisco crecieron en un ambiente estimulante, privilegio de la clase acomodada en nuestro país.

Aniceto y su hermano cursaron estudios en la Escuela de Medicina, recién fundada en 1842. Se especializó en obstetricia, y una vez concluido sus estudios en diciembre de 1849, realizó un viaje de perfeccionamiento por Europa. En un lapso de cinco a seis meses visitó España, Francia, Italia y Gran Bretaña.

A su regreso a México se incorporó a su alma mater como profesor de medicina y cirugía. No obstante, el desempeño de importantes cargos administrativos le obligaba a dejar la cátedra por largas temporadas. Durante el segundo imperio formó parte del Consejo Superior de Salubridad (encargado de regular la práctica médica y preservar la salud pública) y fue nombrado director del Hospital de Maternidad e Infancia, inaugurado en 1861 con el fin de atender a mujeres y niños pobres y a madres reservadas, es decir, jóvenes solteras que guardaban en secreto su embarazo y parto. Estuvo al frente del hospital hasta su muerte, ocurrida en 1875.

Ortega retomó la enseñanza en 1868 como catedrático de clínica de obstetricia en la Escuela de Medicina que dirigía José María Vértiz, aunque a los pocos meses solicitó licencia por dos años, alegando motivos familiares.

A decir de sus contemporáneos, fue un médico de pensamiento ecléctico, pues si bien era fiel a la escuela francesa, a veces se inclinaba por la inglesa y la alemana. Entre otros aciertos, sus amigos galenos le reconocían haber divulgado y multiplicado los usos de la recién inventada inyección hipodérmica, y aplicado con buenos resultados maniobras atrevidas en la cirugía ginecológica.

Ortega gozó de una posición económica estable gracias a su cargos públicos y quizá, sobre todo, a
la práctica privada de la medicina entre una clientela escogida y numerosa. No por ello abandonó su altruismo con los enfermos pobres, a los que atendía desinteresadamente, como narra Proteo.

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Villa–Zapata un encuentro con dos miradas

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

En diciembre de 1914, Francisco Villa y Emiliano Zapata se reunieron en una escuela pública de Xochimilco. El objetivo: establecer una alianza de colaboración mutua y en contra de Venustiano Carranza. dado el fracaso de la convención Revolucionaria de Aguascalientes. De aquella conversación dieron cuenta León Canova y Gonzalo Atayde.

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León Canova acompañado de Álvaro Obregón en la Convención de Aguascalientes, octubre 1914. SINAFO-INAH

A mediados de 1914 se hicieron evidentes, en el panorama político nacional, las crecientes diferencias entre Francisco Villa y Venustiano Carranza, agravadas cuando el primero decidió contravenir las órdenes del segundo y marchar con todo su ejército en pos del importante bastión federal de Zacatecas. La victoria de Villa dio como resultado, en el mediano plazo, la derrota de Victoriano Huerta, su renuncia a la presidencia y su huida del país.

Los intentos por tratar de solucionar los problemas existentes entre aquellos jefes y evitar a toda costa la ruptura entre revolucionarios se tradujeron en el Pacto de Torreón. Carranza convocaría a una convención de revolucionarios cuya labor estaría encaminada, entre otras cosas, “a implantar el régimen democrático en nuestro país”. No obstante, lejos estaba el primer jefe de permitir se obstaculizara su llegada a la presidencia de la república. El aislamiento en el que mantuvo a Villa, sin abastecerlo de armas y combustible para sus trenes, y graves problemas surgidos con Obregón, provocaron que el jefe de la División del Norte emitiera, en septiembre, el Manifiesto y documentos que justifican el desconocimiento del C. Venustiano Carranza como Primer Jefe de la Revolución en el que, en resumen, acusaba al líder del constitucionalismo de querer instaurar una nueva dictadura, y de oponerse a los acuerdos de Torreón. Invitaba a los ciudadanos a exigir la separación de Carranza de la jefatura del Ejército Constitucionalista y del poder ejecutivo; a nombrar a un presidente interino que adoptara medidas para garantizar la resolución del problema agrario y convocara a elecciones.

Al no prosperar la convención revolucionaria convocada por Carranza en la ciudad de México, se llegó al acuerdo de convocar a una convención de jefes revolucionarios en la ciudad de Aguascalientes para encontrar la solución a los problemas del país, ratificándose en gran medida el Pacto de Torreón que el Primer Jefe había desconocido. El 10 de octubre se inauguraron las sesiones en el Teatro Morelos.

Desafortunadamente, lejos de lograrse un consenso en cuanto al tipo de gobierno que el país necesitaba, las controversias entre partidarios de la Convención y de Carranza llegaron a la ruptura definitiva: zapatistas y villistas contra constitucionalistas.

Zapata antes de la visita de Villa en Xochimilco La Iustración Semanal, dciembre 1914 (640x585)

Emiliano Zapata y Mr. Carothers en Cuernavaca, 1914. SINAFO-INAH

Eulalio Gutiérrez, presidente provisional elegido en Aguascalientes, se estableció en la ciudad de México bajo el amparo del Ejército Convencionista acaudillado por Villa. En este marco tendría lugar el encuentro de los ejércitos populares del norte y del sur. Las avanzadas de la antigua División del Norte, convertida en Ejército Convencionista, llegaron al pueblo de Tacuba el 28 de noviembre de 1914, al tiempo que las tropas del Ejército Libertador del Sur, ocuparon la capital de la república.

El histórico encuentro entre Francisco Villa y Emiliano Zapata ocurrió en Xochimilco. En la escuela pública del pueblo fueron recibidos con flores y fue ahí donde tuvieron su primera reunión preservada para la posteridad por al menos dos personas de las que sabemos sus nombres: León Canova, representante del Departamento de Estado estadunidense, y Gonzalo Atayde, secretario particular del coronel Roque González Garza.

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