Archivo de la etiqueta: ciudad universitaria

El archivo fotográfico de Armando Salas Portugal

Paulina Michel Concha
Archivo Histórico del IISUE-UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

La UNAM preserva dos colecciones sustanciales de la obra del fotógrafo autodidacta regiomontano: 316 negativos de El Pedregal de San Ángel y 569 sobre la Ciudad Universitaria. Apasionado del paisaje y devoto de la arquitectura, Salas Portugal dejó un legado de 60 000 imágenes tomadas durante más de cinco décadas. 

El menor de los tres hijos de Daniel Salas y Rosa Portugal, Armando, nació el 29 de mayo de 1916 en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, lugar donde residió hasta 1921, fecha en que la familia se trasladó a la ciudad de México, y pasó una niñez tranquila y feliz, en la colonia Juárez, según narraba en sus innumerables cuadernos y apuntes. Desde muy joven sintió particular interés por la naturaleza y las excursiones y a los doce años subió por primera vez a la cima del Iztaccíhuatl con su hermano Daniel. En ese tiempo, le tocó vivir el surgimiento de los nuevos proyectos culturales y educativos de la posrevolución, de donde emanó gran cantidad de artistas y expresiones diversas, como las escuelas de pintura al aire libre y el movimiento muralista. 

Por iniciativa suya, a los 16 años se fue a California a estudiar el bachillerato y, posteriormente, ingresó a la Universidad de California en los Ángeles (UCLA) para cursar la carrera de químico, con especialidad en perfumería. Durante unas vacaciones en México, tomó por primera vez la cámara de su hermano para fotografiar los paisajes de Sinaloa y, de regreso en California, continuó experimentando con este medio al hacer tomas de Beverly Hills y autorretratos a manera de imitaciones del afamado actor de Tarzán, Johnny Weismuller, a quien llegó a conocer. Además, desarrolló gran habilidad para el ajedrez y la escritura y manifestó interés por aprender a través de los libros, llegando a formar desde entonces una colección de libros antiguos. Por problemas financieros regresó a México en 1938, en los albores de la segunda guerra mundial, y se vio en la necesidad de concluir sus estudios universitarios en México, en la modalidad a distancia. Para sostenerse, estableció un negocio de cremas de belleza y perfumes “Lepzig” en la calle de Chihuahua, en la colonia Roma, donde tuvo buena aceptación entre las mujeres de la época. Para 1939 pudo financiarse su oficio de fotógrafo y adquirió su primera cámara, una Zaizz Ikonta sencilla, pero con muy buen lente, y después una Tessar 3.5. A partir de entonces, de manera totalmente autodidacta, comenzó su carrera de fotógrafo y logró montar sus primeras exposiciones con gran éxito. Los viajes y la fotografía se volvieron sus grandes pasiones y comenzó a recorrer gran parte del territorio mexicano, realizando una gran cantidad de ascensos a los volcanes. En 1939 fotografió por primera vez la zona del Pedregal de San Ángel, una gran extensión de terreno volcánico formado por la lava de los volcanes Xitle, Cuatzontle, Olaica y La Magdalena, situados a las faldas del Ajusco. 

Sus fotografías comenzaron a publicarse en periódicos y revistas con muy buena recepción y, en 1944, presentó su primera exposición individual en el Museo del Palacio de Bellas Artes, donde conoció al arquitecto Luis Barragán quien a su vez le presentó al ya renombrado pintor y apasionado de la vulcanología, Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl. Juntos, fotógrafo y pintor, recorrieron la zona del Pedregal durante largo tiempo a instancias de Barragán quien, para entonces, comenzaba a concebir el fraccionamiento residencial Jardines del Pedregal y requería de las fotografías de Salas Portugal para llevar a cabo su magno proyecto. 

En esos años postreros de la segunda guerra mundial, México tuvo una intensa industrialización y crecimiento poblacional. En ese marco, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) manifestaba la necesidad imperiosa de hallar otro sitio para construir las instalaciones que albergaran a las escuelas y facultades, ya que los antiguos edificios del Centro Histórico parecían rebasados por el aumento de la población estudiantil y se requería de nuevos espacios, amplios y adecuados para las necesidades del nuevo modelo educativo, con grandes instalaciones deportivas y culturales al estilo de las universidades anglosajonas.

Así fue como Armando Salas Portugal comenzó a fotografiar los proyectos arquitectónicos de Luis Barragán en el fraccionamiento Jardines del Pedregal y, posteriormente, fue contratado por la unam por “concepto de trabajos de fotografía”, que realizó desde los inicios de la obra hasta la inauguración de Ciudad Universitaria. Sus fotografías fueron también solicitadas por los grandes arquitectos de la época, como Mario Pani, Félix Candela, Juan Sordo Madaleno y Ricardo Legorreta, entre otros, con el fin de que sus obras fueran interpretadas y destacadas por su lente. 

[…]
Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.

Recuerdos de persecuciones, caminatas nocturnas y tanques de guerra

Alberto del Castillo Troncoso
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

Una manera de acercarnos a los hechos de 1968 se centra en la mirada de un niño que transitaba con normalidad por las vivencias cotidianas de entonces. También la fotografía funciona como disparador de la memoria y simbolismos para establecer otras maneras de reflexionar y cuestionar.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

La protesta estudiantil de 1968 marcó un parteaguas en la historia reciente de México y otros lugares del mundo. El sentido y significados de aquel episodio hay que buscarlos en la onda expansiva de la década de los sesenta. El 68 ha sido estudiado desde distintas vertientes, que cubren los ámbitos de la política, la sociedad y la cultura de la historia de nuestro país.

La médula del movimiento consistió en la reivindicación de un Estado de derecho, en un momento en que el sistema político mexicano giraba en torno a un solo partido, el Revolucionario Institucional (PRI), el cual gobernaba sin contrapesos democráticos reales y con una subordinación de los poderes legislativo y judicial a la figura del presidente en turno.

Los hechos del 68 constituyen un referente para la historia de los capitalinos. Una parte significativa de ellos tuvo lugar en las calles y las avenidas de una urbe de seis millones de habitantes. La protesta social se inició de una manera muy violenta a finales del mes de julio en el centro de la ciudad, con una gran represión de policías, granaderos y soldados contra los adolescentes de prepas y vocacionales, fue retomada de manera pacífica en agosto por los universitarios y politécnicos en el sur de la capital y llegó a su clímax a lo largo del mes de septiembre en el norte y de manera particular en el barrio de Tlatelolco, escenario de grandes batallas campales de estudiantes y padres y madres de familia contra policías, granaderos, judiciales y miembros del ejército mexicano apostados en la zona.

Finalmente, la masacre de un número todavía no determinado de ciudadanos ejecutada por parte de francotiradores profesionales del Estado Mayor Presidencial, soldados del ejército, y grupos paramilitares la tarde del 2 de octubre en la Plaza de Las Tres Culturas representó un foco de terror que se extendió con su terrible dosis de miedo, desencanto y paranoia a los habitantes de otras zonas de la ciudad en las siguientes semanas.

Las marchas festivas de los estudiantes y otros sectores de la población realizadas en los meses de agosto y septiembre de aquel año recorrieron grandes extensiones de la ciudad desde distintos lugares y la mayoría culminó en el zócalo capitalino, un espacio semi-sagrado, reservado hasta ese momento a la expresión pública de sindicatos charros y otros grupos afines a la política del presidente en turno. De esta manera, la protesta del 68 se extendió a zonas muy amplias de la capital, si tomamos en cuenta el accionar cotidiano de las brigadas estudiantiles que llevaron propaganda juvenil por los rumbos más diversos y heterogéneos, de la extensa zona de Iztapalapa al barrio de Tepito y la colonia Doctores, o bien, de Tacubaya a Ciudad Satélite y Azcapotzalco, pasando por los pueblos de Tlalpan, Xochimilco y Topilejo, entre otros muchos itinerarios: una urbe marginada y compleja muy distinta a la ciudad idealizada y edulcorada imaginada por los diseñadores del comité olímpico para la gesta deportiva de aquel año.

En los últimos años la memoria de los líderes y protagonistas de los hechos ha sido atendida a partir de la perspectiva de la historia oral. A su vez, el interés de los investigadores se ha extendido a los recuerdos de los brigadistas y otros ciudadanos de a pie y se han incorporado algunas lecturas de género, con lo que se ha cubierto una cantidad importante de testimonios, que sin embargo resultan aún insuficientes.

En el contexto de lo anterior, puede señalarse que la perspectiva infantil representa todavía un vacío a la hora de recrear y dar cuenta de los acontecimientos de aquella época, y es que el imaginario que conocemos hasta este momento está representado por un mundo percibido y narrado en forma predominante por adultos varones, con los intereses y preocupaciones políticas y existenciales que se desprenden de ello.

Al respecto, mi experiencia personal me ha ofrecido algunas claves para acercarme a este tema e imaginar otros escenarios. Yo nací muy cerca de Ciudad Universitaria, en el sur de la ciudad de México, en el seno de una familia de clase media y tenía ocho años cuando se presentó en mi vida el vendaval del 68. Entre otras imágenes que se pierden en la bruma del tiempo, recuerdo varios acontecimientos que marcaron mi vida para los años venideros:

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Las fotos de 1968

Alberto del Castillo Troncoso – Instituto Mora.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

 

Sin título

La Revolución Mexicana puso las bases para la construcción histórica de un régimen de estado que gobernó el país durante varias décadas. Entre otros procesos culturales de gran relevancia, la revolución también fundó las bases para el ejercicio profesional de un fotoperiodismo moderno.

El movimiento estudiantil de 1968 representa un episodio central de la historia contemporánea de México, en el que tuvo lugar una de las críticas más importantes del tipo de régimen heredero del modelo revolucionario. Dicho movimiento tuvo lugar entre finales de julio y principios de octubre de aquel año, y en ese breve lapso sacudió las raíces del sistema político del país y sembró las bases para modificar ese régimen autoritario que había gobernado en México durante cuatro décadas. El “682, como popularmente se conoce a este movimiento, ha sido estudiado por distintos escritores, investigadores y académicos, que lo han analizado desde los más variados enfoques y han utilizado para ello una amplia documentación, que incluye testimonios orales y todo tipo de archivos privados y públicos, tanto en México como en el extranjero. Pese a lo anterior, el “68” no ha sido estudiado todavía desde un punto de vista fotográfico, que se pregunte por el uso y la manipulación de las imágenes por parte de la prensa y las revistas ilustradas durante la cobertura de los distintos episodios que ocurrieron en aquellos meses.

En este artículo se muestran algunas de las fotografías más representativas del “68” y se analizan de qué manera la imagen puede convertirse en un documento para la investigación histórica, a partir del momento en el que se ubica su contexto y se le pone a dialogar con otras fuentes.

[…]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.