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Recuerdos de persecuciones, caminatas nocturnas y tanques de guerra

Alberto del Castillo Troncoso
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

Una manera de acercarnos a los hechos de 1968 se centra en la mirada de un niño que transitaba con normalidad por las vivencias cotidianas de entonces. También la fotografía funciona como disparador de la memoria y simbolismos para establecer otras maneras de reflexionar y cuestionar.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

La protesta estudiantil de 1968 marcó un parteaguas en la historia reciente de México y otros lugares del mundo. El sentido y significados de aquel episodio hay que buscarlos en la onda expansiva de la década de los sesenta. El 68 ha sido estudiado desde distintas vertientes, que cubren los ámbitos de la política, la sociedad y la cultura de la historia de nuestro país.

La médula del movimiento consistió en la reivindicación de un Estado de derecho, en un momento en que el sistema político mexicano giraba en torno a un solo partido, el Revolucionario Institucional (PRI), el cual gobernaba sin contrapesos democráticos reales y con una subordinación de los poderes legislativo y judicial a la figura del presidente en turno.

Los hechos del 68 constituyen un referente para la historia de los capitalinos. Una parte significativa de ellos tuvo lugar en las calles y las avenidas de una urbe de seis millones de habitantes. La protesta social se inició de una manera muy violenta a finales del mes de julio en el centro de la ciudad, con una gran represión de policías, granaderos y soldados contra los adolescentes de prepas y vocacionales, fue retomada de manera pacífica en agosto por los universitarios y politécnicos en el sur de la capital y llegó a su clímax a lo largo del mes de septiembre en el norte y de manera particular en el barrio de Tlatelolco, escenario de grandes batallas campales de estudiantes y padres y madres de familia contra policías, granaderos, judiciales y miembros del ejército mexicano apostados en la zona.

Finalmente, la masacre de un número todavía no determinado de ciudadanos ejecutada por parte de francotiradores profesionales del Estado Mayor Presidencial, soldados del ejército, y grupos paramilitares la tarde del 2 de octubre en la Plaza de Las Tres Culturas representó un foco de terror que se extendió con su terrible dosis de miedo, desencanto y paranoia a los habitantes de otras zonas de la ciudad en las siguientes semanas.

Las marchas festivas de los estudiantes y otros sectores de la población realizadas en los meses de agosto y septiembre de aquel año recorrieron grandes extensiones de la ciudad desde distintos lugares y la mayoría culminó en el zócalo capitalino, un espacio semi-sagrado, reservado hasta ese momento a la expresión pública de sindicatos charros y otros grupos afines a la política del presidente en turno. De esta manera, la protesta del 68 se extendió a zonas muy amplias de la capital, si tomamos en cuenta el accionar cotidiano de las brigadas estudiantiles que llevaron propaganda juvenil por los rumbos más diversos y heterogéneos, de la extensa zona de Iztapalapa al barrio de Tepito y la colonia Doctores, o bien, de Tacubaya a Ciudad Satélite y Azcapotzalco, pasando por los pueblos de Tlalpan, Xochimilco y Topilejo, entre otros muchos itinerarios: una urbe marginada y compleja muy distinta a la ciudad idealizada y edulcorada imaginada por los diseñadores del comité olímpico para la gesta deportiva de aquel año.

En los últimos años la memoria de los líderes y protagonistas de los hechos ha sido atendida a partir de la perspectiva de la historia oral. A su vez, el interés de los investigadores se ha extendido a los recuerdos de los brigadistas y otros ciudadanos de a pie y se han incorporado algunas lecturas de género, con lo que se ha cubierto una cantidad importante de testimonios, que sin embargo resultan aún insuficientes.

En el contexto de lo anterior, puede señalarse que la perspectiva infantil representa todavía un vacío a la hora de recrear y dar cuenta de los acontecimientos de aquella época, y es que el imaginario que conocemos hasta este momento está representado por un mundo percibido y narrado en forma predominante por adultos varones, con los intereses y preocupaciones políticas y existenciales que se desprenden de ello.

Al respecto, mi experiencia personal me ha ofrecido algunas claves para acercarme a este tema e imaginar otros escenarios. Yo nací muy cerca de Ciudad Universitaria, en el sur de la ciudad de México, en el seno de una familia de clase media y tenía ocho años cuando se presentó en mi vida el vendaval del 68. Entre otras imágenes que se pierden en la bruma del tiempo, recuerdo varios acontecimientos que marcaron mi vida para los años venideros:

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Las fotos de 1968

Alberto del Castillo Troncoso – Instituto Mora.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

 

Sin título

La Revolución Mexicana puso las bases para la construcción histórica de un régimen de estado que gobernó el país durante varias décadas. Entre otros procesos culturales de gran relevancia, la revolución también fundó las bases para el ejercicio profesional de un fotoperiodismo moderno.

El movimiento estudiantil de 1968 representa un episodio central de la historia contemporánea de México, en el que tuvo lugar una de las críticas más importantes del tipo de régimen heredero del modelo revolucionario. Dicho movimiento tuvo lugar entre finales de julio y principios de octubre de aquel año, y en ese breve lapso sacudió las raíces del sistema político del país y sembró las bases para modificar ese régimen autoritario que había gobernado en México durante cuatro décadas. El “682, como popularmente se conoce a este movimiento, ha sido estudiado por distintos escritores, investigadores y académicos, que lo han analizado desde los más variados enfoques y han utilizado para ello una amplia documentación, que incluye testimonios orales y todo tipo de archivos privados y públicos, tanto en México como en el extranjero. Pese a lo anterior, el “68″ no ha sido estudiado todavía desde un punto de vista fotográfico, que se pregunte por el uso y la manipulación de las imágenes por parte de la prensa y las revistas ilustradas durante la cobertura de los distintos episodios que ocurrieron en aquellos meses.

En este artículo se muestran algunas de las fotografías más representativas del “68″ y se analizan de qué manera la imagen puede convertirse en un documento para la investigación histórica, a partir del momento en el que se ubica su contexto y se le pone a dialogar con otras fuentes.

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