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Señores, acaba de morir el señor presidente…

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Era ya de madrugada. Una espesa neblina envolvía el jacal de la sierra poblana donde descansaba el presidente Cararranza sobre las sudaderas de su caballo y usando como almohada la silla de montar. Iba caminando a Veracruz, perseguido por antiguos partidarios militares alzados contra su gobierno. El silencio era inquietante hasta que sonaron unos balazos.

Indígenas conducen por la sierra el ataúd con los restos de Venustiano Carranza, mayo de 1920, inv. 40667, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Indígenas conducen por la sierra el ataúd con los restos de Venustiano Carranza, mayo de 1920, inv. 40667, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Tlaxcalantogo, Puebla fue el destino final del presidente Venustiano Carranza. Su gobierno constitucional, iniciado en mayo de 1917 se había enfrentado a los graves problemas que  le dejaron siete años de lucha armada. La prolongada guerra civil había paralizado todos los sectores productivos que llevaron a una severa crisis económica. En política se había tenido que lidiar con la resistencia de ciertos sectores que se negaban a acatar las nuevas disposiciones de la recién promulgada Carta Magna, sobre todo en lo relativo a las elecciones federales y locales, las cuales se habían efectuado de manera irregular en todo el país. En el aspecto militar, pese al fin oficial de la revolución, la paz no se había restablecido y el ejército carrancista, cada vez más indisciplinado y mal pagado por la situación reinante, debía combatir a distintas facciones rebeldes que prevalecían por casi todo el territorio nacional. Un militarismo, profundamente arraigado tras largos años de lucha acrecentaba los conflictos entre autoridades civiles y militares que se resistían a perder el poder alcanzado.

En el año de 1919, cuando en gran parte del territorio nacional continuaba la actividad de numerosos grupos armados se desató la agitación política para la renovación de los poderes federales y la sucesión presidencial se presentó en medio de esta conflictiva situación. Pese a que el presidente Carranza pretendió aplazar las elecciones con el fin de proseguir con las campañas de pacificación, surgieron las candidaturas de dos prestigiados generales de la revolución: Álvaro Obregón y Pablo González. El propio Carranza, tratando de restar poder a dichos militares que contaban con el apoyo de amplios sectores populares, escogió como sucesor a un candidato civil, el ingeniero Ignacio Bonillas, a la sazón embajador de México en Washington, un hombre desconocido para la mayoría de los mexicanos.

Los candidatos iniciaron sus respectivas campañas buscando el apoyo de la población, pero ante los actos hostiles del gobierno carrancista contra Obregón, éste se preparó para recurrir a las armas y se adhirió al levantamiento iniciado en Sonora por Adolfo de la Huerta, quien en abril de 1920 proclamó el Plan de Agua Prieta, desconociendo a Carranza como presidente y llamando a la insurrección.

Muy pronto, la invitación a las armas fue secundada por los partidarios de los generales Álvaro Obregón y Pablo González; por numerosos militares que ya no apoyaban al presidente, así como por grupos rebeldes diseminados por todo el país. Ante la gravedad de la situación y el peligro que representaban las fuerzas del general González que se acercaban a la capital, Carranza decidió salir hacia Veracruz para organizar desde ahí la resistencia, como lo había hecho en el pasado, y partió con una inmensa caravana de 60 vagones que transportaba partidarios, archivos, armas y haberes. A lo largo del trayecto el peligro fue creciendo de estación en estación hasta que el levantamiento de las vías ferroviarias en el tramo Rinconada-Aljibes lo obligó a continuar el viaje a caballo por la sierra norte de Puebla. Después de varios días de una larga y penosa cabalgata por caminos sinuosos y lluvias constantes, la caravana cruzó el río Necaxa, pasó por Patla y llegó a las inmediaciones de La Unión, donde se presentó el general Rodolfo Herrero, que poco antes se había amnistiado al gobierno carrancista y quien  persuadió al presidente de pernoctar en Tlaxcalantongo. Esta sería la última traición.

El siguiente testimonio es del entonces capitán Ignacio Suárez, miembro del Estado Mayor del presidente Carranza, quien lo acompañó en esta travesía y estuvo con él hasta su último aliento. (Tomado de la entrevista al Teniente Coronel Ignacio Suárez realizada por Alexis Arroyo y Daniel Cazes en la ciudad de México, enero de 1961. (PHO/1/85). Archivo de la Palabra, Instituto Mora).

…Entramos a Tlaxcalantongo, es una mesa rodeada en sus tres cuartas partes por abismos, barrancas y la planicie para continuar en la sierra. Todo el tiempo estuvo lloviendo, casi desde la noche que salimos de aquí. La lluvia, más o menos fuerte, no nos abandonó, sobre todo en la sierra fue pertinaz y constante, llegamos empapados y entramos con una neblina que apenas podíamos distinguir a unos ciento cincuenta o doscientos metros, no más. Rodolfo Herrero, que se acababa de rendir al gobierno y estaba guarnicionando toda la región se constituyó en guía de la columna después de haber sido presentado al presidente Carranza por el general Mariel. Me acuerdo que pasamos frente a una iglesia cuyos muros de piedra ofrecían buen lugar para acuartelarse, pero el techo estaba hundido y todo el piso cubierto de cascajo, entonces Herrero le dijo al señor presidente que avanzara más al centro para que le diera alojamiento ahí en el mejor jacal del poblado. El tal jacal era una casa de más o menos seis metros de largo por cuatro de ancho, las paredes eran de madera como de tejamaní, y el techo cubierto de zacate o de palma; era un techo donde no se metía la tierra. No tenía más que una sola puerta, ni ventanas ni nada, era cerrado, con el piso de tierra y una mesa clavada en el centro con dos banquitos sin respaldo, no había más. Entonces preguntó el señor presidente a Herrero si no había otro jacal que siquiera tuviera piso de madera, que estuviera mejor. “No, este es el mejor jacal del pueblo, en este es el local del juzgado, los otros están peores”.

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