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COVID-19. Comida para héroes

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Con las crisis de salud y económica generadas por la pandemia, y gracias a donativos económicos y en especie, un grupo de empleados de restaurantes ha dado pie a la campaña #ComidaParaHéroes, con la intención de llevar alimentos a personal hospitalario que atiende la enfermedad.

 

Colaboradores, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Colaboradores, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

El 14 de marzo de 2020, el secretario de Educación Pública anunció la ampliación y adelanto de las vacaciones de Semana Santa a nivel nacional; lo anterior como medida de prevención frente a la pandemia mundial decretada por el contagio masivo de coronavirus en varios países de distintos continentes. El anuncio propició una caída inmediata en las ventas de los restaurantes de la Ciudad de México. Días después, las autoridades federales dieron a conocer la Jornada Nacional de Sana Distancia, que obligaba a la gran mayoría de las industrias a detener sus labores. En el caso de la industria restaurantera, esta se limitó a ofrecer servicio a domicilio o de despacho en el lugar, sin posibilidad de consumo en el sitio, lo cual ocasionó que las ventas cayeran 10% del promedio mensual.

En este contexto nació la iniciativa “Comida para Héroes”, al quedar visibilizado el trabajo del personal de salud que ponía en riesgo su vida por la atención de una enfermedad desconocida.

Entrega de comida en el Hospital 20 de noviembre, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Entrega de comida en el Hospital 20 de noviembre, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

La campaña #ComidaParaHéroes es una cadena de colaboración, generosidad y amor, explica Andrea Ramos Stierle. “Tiene como objetivo llevar alimentos a la mayor cantidad de personas vinculadas al sistema de salud y limpia de los hospitales de la Ciudad de México.”

Se busca “conservar los empleos de todos los compañeros que trabajan en nuestro grupo de restaurantes −agrega−, convencidos que el camino para ayudarnos unos a otros es el camino de la generosidad y el trabajo en equipo”.

Andrea y Rodrigo Puchet Dutrenit, colaboradores de esta iniciativa, exponen que, con el inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia del gobierno federal, analizaron que habría gente más afectada, no tanto en lo económico, sino en el aspecto humano, por lo cual el 2 de abril enviaron 25 comidas al grupo de residentes del Instituto Nacional de Cardiología.

Entrega de comida en el Hospital General la Raza, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Entrega de comida en el Hospital General la Raza, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Al día siguiente se publicaron imágenes de la donación en las redes del restaurante Parrilla Paraíso, y la respuesta de los clientes y seguidores “fue conmovedora; todos comenzaron a preguntar cómo o qué podían hacer para ayudar para que llegaran más apapachos al personal de salud. Ahí nos dimos cuenta de que podíamos y debíamos ser un eslabón”.

Ante la reacción de los clientes, el equipo del restaurante decidió montar en un fin de semana −en la web y en las redes sociales bajo el dominio donadora.org− una campaña de recaudación de fondos transparente. El primer reto sería juntar recursos para regalar 3 000 comidas a los hospitales.

Por cada donativo de 100 pesos, dice Adriana, la mitad se destinaría a realizar una comida de agasajo al personal de salud y el resto a garantizar el sueldo de más de 70 colaboradores del grupo.

Los jueves se hace un corte para distribuir los recursos recaudados de acuerdo con la necesidad de cada restaurante. Luego se elabora la planeación de menús “apapachadores y antojables” y se compran los productos para las siguientes comidas.

De esa manera, se mantienen activos económicamente a los proveedores y la cadena de productividad, así como las nóminas de personal.

En el caso de la logística de envío, la empresa Jetty ha cumplido un papel relevante al sumarse a la iniciativa con la distribución gratuita de los alimentos. “Es nuestra carroza mágica”, dice Rodrigo.

En casi cuatro de meses de la campaña y con cuatro fases de recaudación concluidas, se repartieron más de 10 000 comidas al personal médico, de enfermería e intendencia, en 18 instituciones de salud pública que atienden directamente casos de COVID-19. Participan tres restaurantes de las colonias Escandón, Juárez y Santa Úrsula Xitla.

Entrega de comida en el Instituto Nacional de Nutrición, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Entrega de comida en el Instituto Nacional de Nutrición, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

La campaña pretende ser lo más transparente posible para generar confianza en los donadores. Por eso, cada uno de ellos sabe a dónde va a dar ese dinero, qué hospitales reciben los alimentos, cuántas comidas se donan. “La gente es testigo de que el dinero llega a las manos de quien tiene que llegar; los restaurantes, los proveedores y los empleados que reciben su pago”, afirman.

La campaña no incluye únicamente donativos económicos. La gente les acerca desde agua, helados, lechugas orgánicas, carne, margarina, chayotes, chocolates, hasta empaques biodegradables.

Andrea y Rodrigo se sienten orgullosos y emocionados por “ser un eslabón para llevar a las personas que están salvando vidas un alimento rico y nutritivo e, incluso, un postre delicioso. Ha sido una experiencia increíble, ya que la gente se ha sumado a esta campaña de manera voluntaria y muy genuina.”

Comentan que se han encontrado con casos, como el del personal de intendencia del Centro Médico 20 de Noviembre, que no tenía acceso al comedor del hospital por ser empleados subcontratados. En la primera donación les entregaron alimentos a dos turnos del personal de limpieza, 150 empleados. Aquello fue “una fiesta de sonrisas cuando lo entregamos”, relatan.

Nunca olvidarán, dicen, “los mensajes públicos de los residentes del Instituto Nacional de Cardiología, que antes de que existiera la campaña y la donadora, de manera genuina y espontánea agradecieron a los restaurantes en sus redes personales el haberles alegrado el día y haberlos hecho sentir apapachados por un ratito”.

“Nosotros sabemos hacer comida rica, reconfortante y con los protocolos de limpieza e higiene adecuados –remarca Rodrigo–. Nuestra manera de ayudar es siendo el eslabón entre quienes quieran apoyar donando para producir la comida y el personal vinculado al cuidado de la salud que ha asumido esta noble misión en este momento de crisis.”

 

El valor de la desigualdad en la pandemia de COVID-19

Bernardo Moreno Peniche
Departamento de Antropología de la Universidad de California, Berkeley

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

El desamparo que trae aparejado un fenómeno extraordinario como el del virus que se propagó en México a partir de marzo pasado y que ha paralizado a todo el mundo, profundiza la acuciante desigualdad en la que ya nos encontrábamos. Miedo, xenofobia, ampliación de brechas económicas, trazan sus consecuencias.

Mientras estaba en la sala de abordaje del aeropuerto de Oakland, California, a punto de subir a un avión para viajar hasta la Ciudad de México, fui cautivado por las noticias que pasaban en una de las múltiples pantallas que colgaban del techo. Las caras de circunstancia que ponían los presentadores de televisión, junto con los letreros y leyendas en rojo y las imágenes desalentadoras que mostraban escenas de ciudades y hospitales chinos y coreanos, contribuyeron a la creciente angustia con la que permanecía sentado. No obstante, este sentimiento se combinó también con un alivio anticipado de saber que pronto estaría en un lugar donde el pánico no había afectado la vida pública, aún. Me di cuenta de que el pánico era uno de los elementos de los que estaba escapando al tomar la decisión de abandonar Estados Unidos y regresar a mi país. Como ni mi decisión ni el pánico me parecían racionales, comencé a pensar y preguntarme sobre la naturaleza de este miedo profundo que parecía ir más allá del temor a la muerte, la enfermedad o lo desconocido.

Ilustración del coronavirus (COVID-19). Fotografía de Yuri Samoilov, 2020. Flickr Commons.

Ilustración del coronavirus (COVID-19). Fotografía de Yuri Samoilov, 2020. Flickr Commons.

En esos días, los primeros de marzo, me topé con artículos periodísticos, en redes sociales y en algunas conversaciones, donde se intentaba explicar por qué el virus SARS-COV-2 había aparecido en China. Los argumentos predominantes eran los que enfatizaban la singularidad de la sociedad china. COVID-19 surgió de China “porque es un país sobrepoblado”, “porque no tienen hábitos higiénicos”, “porque en sus mercados venden animales salvajes sin medidas sanitarias”, “porque comen hasta murciélagos”, etc. Sin embargo, dado que en otras sociedades realizan actividades similares a las que se le criticaban a China, en un primer momento pensé que estos argumentos estaban cargados de xenofobia, o sea, de miedo y rechazo al extranjero. En México, por ejemplo, comemos una gran variedad de insectos y, en Francia, las cuisses de grenouille (ancas de rana) son una exquisitez. En Estados Unidos hay entusiastas de la carne de cocodrilo y en Reino Unido, de las ardillas. Casi toda ciudad o pueblo mexicano tiene al menos un mercado donde la higiene a ultranza no es la regla, pero lleva décadas y a veces siglos de sostener la seguridad alimentaria de grandes sectores de la población.

Aunque China tiene la mayor población del mundo, México, Estados Unidos y Brasil, por ejemplo, cuentan con una de las ciudades más densamente pobladas del planeta, como Ciudad de México, Nueva York y São Paulo. Difícilmente podríamos decir que escupir en la vía pública sea una costumbre extinta en nuestro país. Buscar este tipo de puntos en común entre una sociedad diferente y la propia nos ayuda a entender aquellos aspectos que nos pueden parecer extraños o indescifrables. Nos puede ayudar a hacer una crítica más responsable al incluir en el análisis la posición en donde estamos parados. No obstante, como pude confirmarlo en redes sociales y en algunas columnas de opinión, este tipo de explicaciones sociales no suelen ser bien recibidas. Se prefiere someter a una sociedad de más de 1 000 millones de habitantes bajo la categoría monolítica de el chino, para continuar con una discusión gobernada por el rechazo a la diferencia.

Sin embargo, la insistencia y la fijación de este discurso en aquellos elementos que bien podrían ser similares entre la cultura extraña en cuestión y la propia, me hace sospechar que el temor, o la fuente de la supuesta xenofobia, no es la diferencia. De hecho, inspirado en las ideas expuestas por el antropólogo australiano-libanés Ghassan Hage en su artículo de 2003 “ʽComes a time we are all enthusiasmʼ: Understanding Palestinian suicide bombers in times of exighophobia”, puedo identificar un primer nivel de rechazo o de fobia enfocado en las explicaciones que intentan demostrar que aquel otro es en realidad parecido a uno mismo. Este temor a la explicación, lo que Hage llama exighofobia, por su origen etimológico en el griego antiguo, se sustenta en un miedo más profundo. Denostar al otro mientras se ignoran aquellos elementos que nos unen a él a partir de la semejanza, es un clásico mecanismo de deshumanización. Mientras que nosotros nos reconocemos a nosotros mismos como humanos, negamos al otro su humanidad a través de un discurso centrado en hacerlo parecer radicalmente diferente, o sea, no humano.

El miedo, por lo tanto, no es a lo que hace al otro diferente, sino precisamente a la posibilidad de que el otro sea idéntico a nosotros. Esta fobia a lo que es igual (homoiofobia) es entonces lo que anima la resistencia entre ciertos grupos a generar o escuchar explicaciones sociales que muestran que el otro, a fin de cuentas, es tan humano como nosotros. En otras palabras, la xenofobia forma parte de las estrategias que un grupo social pone en marcha cuando aquello que lo distingue de otros comienza a desvanecerse y el miedo a la igualdad se instala.

Manifestación en Hong Kong para evitar la propagación del coronavirus durante sus inicios. Fotografía de Studio Incendo, 2020. Flickr Commons.

Manifestación en Hong Kong para evitar la propagación del coronavirus durante sus inicios. Fotografía de Studio Incendo, 2020. Flickr Commons.

En este sentido, al pensar en este tipo de respuestas xenófobas que provoca el nuevo coronavirus alrededor del mundo, me pregunto si el pánico no se basa en el temor al otro como fuente de enfermedad, sino, más bien (o más importante), en que enfermarse del mismo padecimiento que el otro conlleva que uno sea como el otro o se parezca a él. Esto es más que una fobia a China y cualquier cosa vinculada a ella. Lo aterrador es darse cuenta de que uno puede compartir con el otro o de hecho ser como el chino a través de la experiencia de la enfermedad. Es así como la enfermedad (o el virus, más exactamente) media entre estas problemáticas relaciones que ponen en evidencia similitudes no deseadas. Quisiera entretenerme con la idea de que, si bien las epidemias incrementan las desigualdades, esto se da porque la igualdad (o su imperiosa necesidad) ha sido expuesta.

Las instituciones sociales son sólidos sistemas sostenidos por convenciones sociales que perduran en el tiempo más allá del gobierno en turno y de las divisiones geopolíticas. El sacrificio ha tenido la función de restablecer el equilibrio entre lo sagrado y lo profano, entre lo trascendente y lo trivial, en múltiples sociedades a lo largo de los siglos. Por esto se le reconoce como una importante institución social. A través de un proceso ritual en donde se destruye a la víctima, ambas dimensiones de la vida humana, lo sagrado y lo profano, logran comunicarse sin confundirse una con la otra. El sacrificio nos permite participar en lo sagrado sin perder nuestra posición en el mundo del día a día. Preservar esta separación entre las dos esferas importa porque es precisamente lo trascendente lo que da significado a una existencia que de otra forma sería trivial. Asimismo, no habría ningún valor ni experiencia trascendente si todo fuese sagrado. Necesitamos lo mundano. Si no conserváramos la diferencia entre ambas categorías, si no pudiéramos distinguir entre lo profano y lo sagrado, entre lo trivial y lo trascendente, la vida en sí misma carecería de sentido. En pocas palabras, la existencia sería más bien una ausencia absoluta de significado. Debemos, sin embargo, transitar entre estas dos dimensiones de la vida sin que se pierda el significado de cada una, y esto es lo que precisamente permite la institución del sacrificio. El sacrificio se convierte, así, en una técnica de creación de significado que opera a través de la destrucción de una víctima que conlleva la ambivalencia de ser tanto igual como diferente de lo sagrado y lo profano. A través de la destrucción de esta figura ambivalente, la confusión puede ser expulsada. Lo profano y lo sagrado adquieren su pleno significado y proporcionan un valor trascendente al mundo.

Diferencias y desigualdades

Las epidemias suelen ser escenarios ambivalentes. A la vez que se cuestionan valores y se trastorna el orden de la vida diaria, se afianza la urgencia por lo trascendente y los aspectos más mundanos de la vida cobran vital importancia. Es en este contexto de ambivalencia que el nuevo coronavirus no sólo evidencia que los humanos somos una misma especie, sino que también restaura las diferencias entre nosotros y, por lo tanto, rehabilita el significado de vivir en una sociedad desigual.

El virus, como ha sido presentado por los principales medios de comunicación, puede producir una enfermedad grave y la muerte en los seres humanos. Esta advertencia fue inicialmente informada por evidencia de la experiencia clínica en China, Corea del Sur, Tailandia y Japón. Sin embargo, cuando el virus llegó a Estados Unidos y Europa, no sólo fue recibido con sorpresa. Expresiones nacionalistas y racistas dirigidas en contra de personas de origen asiático formaron también parte de la bienvenida. Los medios occidentales se apresuraron a nombrar al nuevo coronavirus “el virus de Wuhan” o “el virus chino” y procedieron a contar historias que exotizaron y barbarizaron las culturas culinarias de China y del resto de Asia oriental. Estas prácticas, destinadas a reproducir y enfatizar las diferencias, fueron particularmente exitosas durante las primeras etapas de la epidemia, cuando los casos reportados se limitaban al este de Asia. Si el temor a la diferencia fuera una preocupación, estas prácticas habrían producido un franco terror (¿y quizá una respuesta oportuna?) en el “Oeste”. Pero no fue así. Estas prácticas contribuyeron a que el virus permaneciera “chino” por el momento. En cierto modo, se trataba de prácticas discursivas de contención.

El gran confinamiento, Tlatelolco, Ciudad de México. Fotografía de Eneas De Troya, 2020. Flickr Commons.

El gran confinamiento, Tlatelolco, Ciudad de México. Fotografía de Eneas De Troya, 2020. Flickr Commons.

La exacerbación de estas prácticas diferenciadoras se produjo cuando se reportaron los primeros casos de nuevas infecciones y muertes por coronavirus en Europa y Estados Unidos. Las prácticas de contención no fueron suficientes para restaurar el equilibrio en el que Occidente solía permanecer inmune a las epidemias de enfermedades infecciosas que frecuentemente azotan al resto del mundo. Hubo entonces que tomar medidas adicionales para restablecer la diferencia. Sin embargo, en un sistema político y económico que se basa en el incremento de desigualdades para producir y acumular valor, no todas las diferencias han desempeñado el mismo papel en la consolidación de una respuesta ante el amenazante potencial igualitario de los contagios. Así, a medida que el virus se abre paso en todo el mundo, parece que la preservación de ciertas diferencias es fundamental para salvaguardar el sistema económico y político actual.

Mercados frente al COVID, mercado Martínez de la Torre, ciudad de México. Fotografía de Eneas De Troya, 2020. Flickr Commons.

Mercados frente al COVID, mercado Martínez de la Torre, ciudad de México. Fotografía de Eneas De Troya, 2020. Flickr Commons.

Acoso y violencia manifiesta contra personas asiáticas, invitaciones a extranjeros para que regresen a sus países de origen, cierres de fronteras nacionales e internacionales, asfixia económica de las personas ya de por sí empobrecidas, pruebas y tratamientos reservados preferencialmente para los ricos y poderosos, priorización de la atención médica para las personas jóvenes y saludables y abandono de las personas adultas mayores, estrategias como la sana distancia y el refugio en casa que excluyen a las personas sin hogar o discapacitadas, la calificación como irresponsables, ignorantes, tercas o taradas a las personas que salen de casa para trabajar y sobrevivir, etc., ponen en relieve el valor esencial que la nación, la clase, la raza, la edad y la capacidad tienen para organizar y sostener y dar sentido a los sistemas sociales actuales.

¿Héroes?

Sanitización durante la pandemia de coronavirus en el centro histórico de Querétaro, México. Fotografía de Carl Campbell, 2020. Flickr Commons.

Sanitización durante la pandemia de coronavirus en el centro histórico de Querétaro, México. Fotografía de Carl Campbell, 2020. Flickr Commons.

Ante una pandemia que pone en disputa las diferencias con las que se ha construido nuestro mundo, es difícil creer que la restauración del orden conllevará cierto grado de igualdad. Si toda la destrucción que se ha desatado llega en algún momento a ser considerada valiosa o significativa, será porque el sacrificio de ciertas víctimas ha permitido preservar las desigualdades. Esto es evidente en el discurso de “trabajadores esenciales”. El personal de salud, trabajadores de tiendas de autoservicio y supermercados, repartidores, conductores de transporte público, jornaleros agrícolas, etc., representan muy bien la ambivalencia que caracteriza a las víctimas de sacrificio. Por un lado, son esenciales para la continuidad de la vida diaria y, por otro, se les separa y coloca discursivamente en un estrato superior al del resto de la sociedad al nombrarlos “héroes sin capa” y demás términos parecidos. No obstante, no sólo están en mayor riesgo de enfermar y morir por COVID-19, como se ha visto en los registros de morbimortalidad, sino que, de forma casi general, el resto de la población acepta su muerte como necesaria para la trascendencia de la sociedad. Calificarles como héroes, como superhumanos, es un mecanismo de deshumanización que los torna diferentes y, por lo tanto, sacrificables. Explicaciones que enfatizan que también son humanos, que no son héroes, sino personas como cualquier otra realizando su trabajo, son frecuentemente recibidas con animadversión. ¿Cómo es posible que profanemos el papel sagrado que desempeñan los trabajadores esenciales en la pandemia? Demostrar que no son necesariamente especiales, que son iguales a los demás, restaría significado a su sacrificio y, por lo tanto, a la capacidad de este para restaurar el orden.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • HUBERT, HENRI y MARCEL MAUSS, El sacrificio: magia, mito y razón, Buenos Aires, Las Cuarenta, 2010.
  • MORRIS, ROBERT, “La criminalización del otro: La pobreza y el discurso neocolonial en México”, Nexos, 2019, en https://cutt.ly/soOOwXi
  • SALAS, JAVIER, “Los sesgos que engañan al cerebro durante la pandemia”, El País, 2020, en https://cutt.ly/doOAZul
  • VILLANUEVA, MARCIA, “‘Somos médicos, no dioses’: la identidad médica frente a la pandemia de COVID-19”, SUAFEM-UNAM, mayo de 2020, en https://cutt.ly/koOSqhs