Archivo de la etiqueta: Maximiliano de Habsburgo

El México conservador que recibió triunfal a Maximiliano y Carlota

Arturo Hernández Guzmán

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

En medio de una crisis política, la resistencia de los soldados liberales y un país en el cual Benito Juárez ejercía el poder, los sectores acaudalados de México dieron una recepción idílica para el emperador Maximiliano de Habsburgo y la emperatriz Carlota enviados por Napoleón III. La prensa mexicana celebró la ocupación y la fiesta de bienvenida, como así lo haría también la francesa.

Entrada a la ciudad de México, el 12 de junio, de sus majestades el emperador Maximiliano y la emperatriz, litografía en Le Monde Illustré, 30 de julio de 1864, p. 72. Biblioteca Nacional de Francia, Gallica.

Entrada a la ciudad de México, el 12 de junio, de sus majestades el emperador Maximiliano y la emperatriz, litografía en Le Monde Illustré, 30 de julio de 1864, p. 72. Biblioteca Nacional de Francia, Gallica.

A mediados del siglo XIX, la prensa había adquirido gran relevancia en varios países. Los periódicos incidían de manera crucial en el terreno político, artístico y literario, éste último influenciado por su novedoso carácter folletinesco. Asimismo, en virtud de la reproducción de atractivas imágenes –a través del grabado y la técnica litográfica– los periódicos publicaron efigies de personajes, paisajes e imágenes de acontecimientos recientes. En ese sentido, la prensa mexicana y europea dio cuenta de L´Expédition du Mexique -como se nombró a la intervención francesa en México (1863-1864)- a través de detalladas noticias y referencias visuales que siguieron de cerca el curso de la expedición militar orquestada por Napoleón III. Por un lado, a raíz de la ocupación de la ciudad de México a cargo del ejército expedicionario francés en junio de 1863, los impresos mexicanos partidarios de la intervención manifestaron su adhesión a la elección de Maximiliano de Habsburgo como emperador de México, por lo que fueron preparando en sus páginas el terreno para la recepción del soberano y su esposa. Y, por otro, la prensa francesa además de celebrar la toma de Puebla en 1863, también aplaudió el momento cumbre de la expedición: la recepción de Maximiliano y Carlota en la ciudad de México. Ambos discursos perpetrados por las prensas francesa y mexicana, proyectaron una imagen idealizada del acontecimiento.

Ocupación de la ciudad

Después de dar a conocer la noticia de la toma de Puebla –el 17 de mayo de 1863–, la ciudad de México emprendió una serie de medidas defensivas en contra del ejército expedicionario francés. Una de ellas, por ejemplo, consistió en abastecer de víveres al ejército del centro –encargado de la defensa de la ciudad–, sin embargo, en la capital no hubo enfrentamientos armados a la entrada del ejército francés. De esa forma, la ciudad no padeció un estado de sitio o una severa corte marcial impuesta por un ejército invasor como ocurrió en septiembre de 1847 durante la invasión norteamericana. Así, el 10 de junio de 1863 el ejército del mariscal Frédéric Forey entró victorioso en la ciudad de México.

Consumada la entrada del ejército francés en la capital mexicana, las familias más ricas de la ciudad se entendieron con la oficialidad invasora. Las autoridades conservadoras se encargaron de organizar suntuosos bailes, recepciones y tertulias para hacer más cómoda su estancia. Por otro lado, la prensa conservadora se encargó de animar a la población para que acudiera a los bailes y festejos en honor al ejército intervencionista. Además, el propio mariscal Forey organizó un baile en agradecimiento por la recepción que le brindaron las autoridades y las familias acomodadas que simpatizaban con la intervención. A decir de La Sociedad –periódico de tendencia conservadora editado en la ciudad de México de 1857 a 1867–, el evento se llevaría a cabo en el Teatro Nacional, considerado por el mismo periódico conservador como “uno de los edificios más hermosos de América”.

Según las descripciones detalladas de los periódicos de la capital, el baile que se realizó en el portentoso recinto que en tiempos del segundo imperio pasaría a ser el teatro imperial, ofreció a una “población herida por tanto tiempo en sus sentimientos más nobles […] la expresión de una firme esperanza en el porvenir”. Asimismo, los redactores señalaron que si “en Francia, después de la caída de Robespierre, las principales familias de París, fatigadas de los desórdenes y violencias del terrorismo acudían a los salones del Directorio, donde brillaban con todo el lujo de sus trajes a la griega”, las familias mexicanas bien podían convivir con el ejército expedicionario. De esa forma, los bailes y tertulias llevadas a cabo a raíz de la ocupación de la capital por el ejército invasor tuvieron el objetivo de estrechar alianzas entre la alta sociedad, los soldados franceses y las autoridades conservadoras de la capital que más tarde se encargarían de preparar la recepción de Maximiliano y Carlota.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

ACEVEDO, ESTHER, Testimonios artísticos de un episodio fugaz (1864-1867), México, Museo Nacional de Arte, 1996.

CONTE CORTI, EGON CAESAR, Maximiliano y Carlota, México, FCE, 2003.

PANI, ERIKA, “Novia de republicanos, franceses y emperadores: la ciudad de México durante la intervención francesa”, en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, El Colegio de Michoacán, 2000, en https://cutt.ly/ltkgO5X.

RATZ, KONRAD, Tras las huellas de un desconocido: nuevos datos y aspectos de Maximiliano de Habsburgo, México, Siglo XXI Editores/Conaculta, 2008.

El asistencialismo del segundo imperio para las viudas mexicanas

Ángela León Garduño
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

Una mujer de familia rica que perdía a su marido joven a mediados del siglo XIX era seguro que pudiera sobrevivir. Pero para la mayoría de las mujeres pobres implicaba profundizar sus carencias. La búsqueda de apoyos de estas viudas desamparadas encontró en el régimen de Maximiliano algunos paliativos.

Los Mexicanos Pintados por sí mismos pp.226

En plena influencia de los Chicago Boys, la dictadura militar de Augusto Pinochet impuso al pueblo chileno en 1980 el Sistema Individual de Retiro. Este modelo, aún vigente, sustituyó al Estado como administrador de los ahorros de millones de personas, a través de instancias privadas llamadas Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Si bien se argumentó que la contribución de los trabajadores al Estado sería más eficiente al sustituir su papel por las AFP, siendo que estas captarían un porcentaje del salario de forma individual y aumentarían su rendimiento a partir de la inversión, el paso del tiempo demostró la incompatibilidad entre la forma operativa de las empresas y el manejo de los fondos de ahorro para el retiro.

En México, donde dicho sistema se estableció hacia 1990 con el nombre de Afores (Administradoras de Fondos para el Retiro), sus resultados siguen siendo tema de confrontación. Sin embargo, el problema se replica, aunque con diferencias, en países europeos como España, donde recientemente se realizó una gran manifestación para denunciar los intentos del gobierno de privatizar las pensiones y recortar su financiamiento público. Así, desde hace más de diez años, organismos internacionales como la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) han alertado sobre lo que consideran un problema mundial para los trabajadores y las finanzas públicas. Advierten que la capacidad financiera de los Estados para subsidiar el sistema de seguridad social está siendo rebasada. Pero también señalan que el monto que los ciudadanos reciben por su jubilación, viudez o incapacidad, mediante entidades privadas, se ha vuelto insuficiente para cubrir necesidades básicas.

Aunque no pueden hacerse comparaciones con el sistema de ayuda social del siglo XIX, es interesante constatar que se trata de una problemática histórica que pocos a lo largo de los siglos, la idea de una supuesta incapacidad del género femenino para valerse por sí mismo fundamentó el dictamen de normas cuyo contenido buscaba limitar sus derechos y controlar su comportamiento. Así, durante el periodo colonial y la primera mitad del siglo XIX, las mujeres generalmente mantuvieron una relación de subordinación cimentada en una base legal y de tradición. Por ello, se administraban sus propiedades, se les prohibía adoptar conductas “indecentes” y se obstaculizaban sus posibilidades para ocupar cargos de gobierno.

A pesar de su situación, la mayoría de las mujeres se enfrentó a circunstancias que las dirigieron hacia otras opciones de vida, como la incorporación al mundo del trabajo y la administración de pequeños y grandes negocios. Además, el grado de dominación que se ejercía sobre ellas era determinado por su estado civil y condición socio económica, por lo cual las solteras, casadas y viudas recibían un trato distinto.

En el contexto colonial y durante el siglo XIX, las viudas fueron quienes aparentemente gozaron de mayor autonomía al quedar al margen de la autoridad patriarcal y ganar honorabilidad, pero, con excepción de quienes vivían de sus herencias o la ayuda de un pariente rico, las mujeres solas debían enfrentarse a constantes adversidades. Muchas veces ello significó buscar asilo en casas de recogimiento, depender de sus hijos o familiares, trabajar toda una vida como empleadas domésticas, costureras, lavanderas o cocineras y, en casos desesperados, ejercer la prostitución. En este contexto, recibir una pensión constituía un golpe de suerte para aliviar ciertas necesidades, pero en ese tiempo, como ahora, esta clase de transferencias económicas se limitaban a atender grupos muy específicos de la sociedad, desprotegiendo a la mayoría de quienes laboraban en sectores informales.

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Carl Khevenhüller. El príncipe austriaco desconocido

Ana Karen Hernández Hernández
Universidad Autónoma Metropolitana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41

Una deuda de juventud trajo por casualidad a México a este conde que se transformaría en uno de los hombres de confianza en la seguridad de Maximiliano de Habsburgo. Luchó contra Porfirio Díaz y fue derrotado, aunque supo negociar para escapar de una posible muerte. Luego se convertirían en amigos. México tuvo una impronta tan fuerte en su vida que atesoró objetos en su castillo en Austria, convertidos tras su muerte en piezas de museo.

Johann Carl Von Khevenhüller-Metsch

Johann Carl Von Khevenhüller-Metsch

Uno de los aristócratas que llegó a México como consecuencia de la intervención francesa fue el conde Carl Khevenhüller. La huella del paso por el país de este austriaco de noble cuna es poco conocida, a pesar de que fue una de las figuras sobresalientes del segundo imperio. José Luis Blasio, secretario particular del emperador Maximiliano, lo describió así:

Era el conde Khevenhüller un guapo mozo de 25 años, recién llegado al país, y desde los primeros días de su llegada, llamó la atención por su elegancia, su distinción y varonil postura. En muy pocos días fue héroe de varios lances amorosos, de varios duelos y de otros acontecimientos ruidosos que demostraban su alma aficionada al género de aventuras, pero siempre muy estricto en el cumplimiento de sus deberes militares.

Johannes Franz Carl von Khevenhüller-Metsch nació en Ladendorf, al norte de Viena en 1840. Fue el hijo primogénito del príncipe Rikard von Khevenhüller-Metsch y de Antoine  Lichnowsky. Sus tempranos talentos para la esgrima y la equitación lo llevaron a alistarse en el ejército imperial austriaco. Gracias a su apellido logró convertirse en capitán de caballería a los 24 años. En febrero de 1863 participó en el carrusel de equitación en Viena; para dicho evento compró un traje al sastre de la corte imperial Vincenz Harapatt y un caballo al tratante Herman Herscheless. Al año siguiente, el adeudo por esas compras ascendía a 150 000 florines. Pero los ingresos de Carl eran de 162 florines al mes, por lo que dicho monto era impagable y, como consecuencia, fue demandado.

Ante ello, la madre de Carl acudió a su tío, el comandante Franz Thun, primo del conde Guido von Thun, representante de Austria ante la corte de Maximiliano, para que a su hijo se le concediera una licencia en el extranjero y así pudiera salir de Viena. Le fue concedida y el joven moroso salió rumbo a Francia en agosto de 1864. Agotadas las vías legales, no se llegó a ningún arreglo con los acreedores, por lo que la familia Khevenhüller tomó la última salida: por recomendación del general Franz von Thun Hohenstein, recién nombrado líder de las tropas que se enviarían a México, el capitán Carl Khevenhüller quedó integrado al cuerpo austriaco de voluntarios: formado por 6 500 efectivos, tropa escogida y personal de Maximiliano, así como núcleo del Ejército Nacional Imperial Mexicano que debía formarse.

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¿Propiedad privada o comunal? La tierra y los pueblos indígenas en tiempos de Maximiliano

Alexis Ricardo Hernández López
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Las intenciones del emperador austriaco de mejorar las condiciones de vida de los indígenas, por medio de su conversión en propietarios privados de sus tierras para que pudieran obtener mejor rendimiento económico de ellas, chocaron con sus costumbres comunitarias. Tal fue el caso del pueblo de Santa Ana Tepetitlán y su defensa de la propiedad comunal. Con el fusilamiento de Maximiliano, la propuesta nunca se pudo cumplir, pero quizá lo que vendría después sería peor para los pueblos originarios.

Visita de la embajada de indios kikapúes al emperador Maximiliano, ca. 1865, óleo sobre tela, copia del original de Jean Adolphe Beaucé. Museo Nacional de Historia, Secretaría de Cultura-INAH-MéX. Reproducción autorizada por el INAH.

Visita de la embajada de indios kikapúes al emperador Maximiliano, ca. 1865, óleo sobre tela, copia del original de Jean Adolphe Beaucé. Museo Nacional de Historia, Secretaría de Cultura-INAH-MéX. Reproducción autorizada por el INAH.

Es sabido que la época del segundo imperio mexicano (1864-1867) fue una de las más trascendentes para la historia de nuestro país, ya que en ella se definió si lograría o no consolidar su independencia frente a las grandes potencias europeas, como el segundo imperio francés de Napoleón III, quien en 1862 emprendió una intervención militar en México con el propósito de ampliar su dominio hacia el continente americano, misma que fue apoyada por los grupos conservadores mexicanos que deseaban quitar del poder al presidente Benito Juárez y acabar con
la república federal, a fin de establecer una monarquía y que derivó en la llegada de Maximiliano de Habsburgo al trono de México en 1864.

Sin embargo, otra razón por la que este periodo fue tan importante radica en que marcó un parteaguas en la historia de las relaciones del gobierno mexicano con los pueblos indígenas pues,
por primera vez desde la época virreinal, se estableció un canal de comunicación con los grupos originarios por medio de la Junta Protectora de las Clases Menesterosas (JPCM), cuyo presidente fue Faustino Galicia Chimalpopoca, un intelectual nahuatlato –es decir, hablante del idioma náhuatl– que gozaba de gran estima entre las comunidades autóctonas.

En efecto, la JPCM fue creada por decreto del emperador el 10 de abril de 1865, con el objetivo de recibir y atender quejas y peticiones por parte de los grupos menesterosos, es decir, de aquellas personas que no contaban con los recursos necesarios para vivir (entre las que se encontraban viudas, ancianos, campesinos, pero sobre todo los indígenas), así como de elaborar leyes para mejorar las condiciones de vida de este sector de la sociedad.

La creación de esta institución respondió al interés que Maximiliano mostró por los pueblos autóctonos desde su llegada a México ya que, a partir de entonces, recibió en el Castillo de Chapultepec a comisiones de representantes indígenas, provenientes de diversos lugares del territorio mexicano para escuchar directamente sus problemas, y buscó implementar una política proteccionista sobre ellos al percatarse de la usurpación que las autoridades locales y hacendados hacían de sus tierras comunales y recursos naturales.

Estas usurpaciones se habían incrementado años antes con la promulgación de la Ley de desamortización el 25 de junio de 1856, creada por Miguel Lerdo de Tejada (Ley Lerdo), con el objetivo de acabar con la propiedad comunal en favor de la privada, ya que los políticos liberales que promovieron dicha ley concebían la tenencia colectiva como un obstáculo para el desarrollo económico del país, por estar dirigida a una agricultura de autoconsumo y porque no permitía la libre venta de terrenos, puesto que éstos pertenecían al pueblo en su conjunto y no podían venderse entre particulares.

Si bien la preocupación que mostró Maximiliano por la situación de los pueblos indígenas ocasionó que al interior de estos surgiera una gran esperanza de recuperar sus tierras y mejorar su situación, ya que anteriormente habían sido ignorados por los diferentes gobiernos mexicanos, sería equivocado pensar que todas las comunidades reaccionaron con el mismo entusiasmo ante el arribo del nuevo monarca. Al igual que Benito Juárez y los liberales, el emperador quiso convertir a este sector de la sociedad en propietario privado de sus terrenos para acabar con la propiedad comunal, la cual era vista por él como un impedimento para el crecimiento económico de México.

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La decepción de los monarquistas

Víctor A. Villavicencio Navarro
ITAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

Francisco Miranda, José María Gutiérrez de Estrada, Juan N. Almonte, Ignacio Aguilar y Marocho, monseñor Labastida y Dávalos, y José Manuel Hidalgo y Esnaurrizar estaban convencidos hacia 1860 que la monarquía era la única solución política para la crisis de México. Trabajaron para su instalación, pero muy pronto se sentirían decepcionados.

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Comisión que viajó a Miramar, 1863. Fondo Felipe Teixidor, inv. 451694, SINAFO. Reproducción autorizada por el INAH.

Durante el siglo XIX varios mexicanos se fueron convenciendo de que sólo la instauración de un gobierno monárquico pondría fin al caos, la inestabilidad, el desprestigio internacional y los apuros económicos que atravesaba su patria desde que consiguió su independencia. Fue por ello que desde mediados de la centuria pusieron manos a la obra para volver a levantar un trono en México. A principios de la década de 1860, los acontecimientos convergieron de tal forma que sus esfuerzos rindieron fruto: Francia otorgó el apoyo necesario y un archiduque austriaco se mostró dispuesto a encabezar el imperio mexicano. Sin embargo, es común que las cosas que se planean disten mucho de las que resultan. Tal fue el caso de estos personajes. En general, es mucho lo que sabemos respecto a las gestiones que llevaron a cabo para lograr el cambio político, mientras que muy poco se conoce sobre sus actividades durante el segundo imperio y tras su caída. Como se verá, tarde o temprano, la realidad defraudó sus expectativas. Algunos no vivieron lo suficiente para atestiguar el resultado de sus empeños monárquicos, otros, en cambio, sobrevivieron varios años al derrumbe del edificio que ayudaron a construir.

Francisco Javier Miranda

Francisco Javier Miranda, 1863. Fondo Cruces y Campa, inv. 454084,SINAFO, ReproducciA?n autorizada por el INAH.

Francisco Javier Miranda, 1863. Fondo Cruces y Campa, inv. 454084,SINAFO, Reproducción autorizada por el INAH.

A mediados de diciembre de 1863, Francisco Javier Miranda arribó a las costas de Veracruz procedente de Europa. Sacerdote poblano, conservador y monarquista convencido, fue uno de los hombres que más colaboró para gestionar la llegada de Maximiliano de Habsburgo a México. Dos meses antes había formado parte de la diputación extraordinaria que ofreció la corona al archiduque en su castillo de Miramar, a las orillas del Adriático; sin embargo, una fuerte enfermedad estomacal, de la que sufría desde hacía varios años, lo obligó a regresar repentinamente a su país. Una vez en la ciudad de México, su salud continuó deteriorándose, a tal grado que se determinó suministrarle los santos óleos. Una gran procesión, formada por obispos, canónigos de la catedral y de la colegiata de Guadalupe, los miembros de la Junta Superior de Gobierno y de la Asamblea de Notables, junto con personajes de la alta sociedad capitalina, llevó el Santísimo hasta la casa del sacerdote, donde le fue administrado el sacramento.

Días más tarde, Miranda recuperó algunas fuerzas y decidió trasladarse a su tierra, sólo para resentir por última vez los padecimientos de su enfermedad. Defraudado del proyecto monárquico por el que tanto había trabajado, molesto por la forma en que el gobierno de Napoleón III conducía la empresa, decepcionado por la política liberal que los mandos del ejército de ocupación francés habían puesto en marcha y convencido de que el archiduque austriaco no sería quien restableciera los principios conservadores y devolviera a la Iglesia mexicana el lugar que le correspondía, el sacerdote falleció, rodeado de familiares y amigos, el 7 de mayo de 1864, justo a tiempo para evitar presenciar el establecimiento del imperio mexicano.

José María Gutiérrez de Estrada

 

La visita imperial de Carlota a Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28

La esposa de Maximiliano realizó una gira por Yucatán y Campeche a finales de 1865 con el fin de consolidar el imperio. Fueron días de fiestas y alegría para los lugareños y jornadas agotadoras de recepciones y recorridos por hospitales y escuelas.

 

Camino de Orotaba a Campeche con Puentes y hacienda (1280x564)

Camino de la hacienda de Orotava a la ciudad de Campeche. Colección particular MAB.

El 20 de noviembre de 1865 el Periódico Ofi­cial del Departamento de Campeche anunciaba la próxima visita de su majestad imperial la emperatriz Carlota, la cual permanecería allí varios días. De inmediato, la capital se volvió un caos pues todos querían participar de las ceremonias en su honor. Las modistas y sas­tres empezaron a alistarse para la elaboración de vestidos y trajes, y los comercios de telas prácticamente agotaron sus mercancías. Días después se informaba que el Ayuntamiento ha­bía nombrado a los señores José Jesús Peraza, Manuel Méndez Estrada (primo de José María Gutiérrez de Estrada) y Juan Castilla Pérez encargados de organizar la serie de festejos que se realizarían en honor de la augusta dama.

La emperatriz arribó a Yucatán por barco al puerto de Sisal y de ahí se dirigió a Méri­da donde permaneció varios días cumplien­do una serie de compromisos oficiales. A su termino emprendió el camino hacia Campe­che, acompañada por el ministro de Estado, José Fernando Ramírez, dos damas de honor, un primer secretario de ceremonias, un di­rector del gran chambelanato, un médico de cámara, 30 soldados de infantería belga y 40 de a caballo para su escolta. Tomaron la ruta que hoy se conoce como el Camino Real, y que abarca los municipios de Calkiní, Hecel­chakan y Tenabo, sitios donde se realizaron ceremonias en su honor, fueron levantados arcos triunfales, se tocó música y los cielos se llenaron de cohetes, además de que se le dio un recibimiento afectuoso por parte de los habitantes, autoridades locales y caciques de los poblados. En Hecelchakan fue agasajada en la iglesia, bajo palio y se cantó un tedeum en su honor, también visitó una escuela de primeras letras en la que los niños hicieron alarde de sus conocimientos. Luego se le sirvió un banquete en el que participaron algunos vecinos y caciques.

A la hora de pernoctar lo hacía en hacien­das, como la de Cholul de Pedro A. Man­zanilla, rico propietario de tierras, o en las de otros prósperos hacendados como Juan Méndez y Pedro Ramos. Su llegada a Tena­bo estuvo llena de entusiasmo. Ahí la recibió una comisión presidida por Nicolás Dorantes y Ávila, presidente del Consejo Departamental y por prominentes personajes como Federico Duque de Estrada, Antonio Lanz Pimentel, el presbítero Mariano Ruz y otros vecinos notables. Luego continuó su camino hacia la hacienda Río Verde, donde descansaría antes de su arribo a la ciudad de Campeche.

Manzana dA?nde se encuentra la casa en la que residiA? la emperatriz durante su estancia en Campeche (800x463)

Las crónicas señalan que desde las 10 de la mañana se había reunido allí una enorme cantidad de personas incluyendo otras auto­ridades como el contralmirante Tomás Marín, prefecto del Departamento de Marina del Golfo y ayudante honorario de la emperatriz, oficiales del buque de guerra Dándalo, así como una comisión del clero, que la acom­pañaron hasta el barrio de San Francisco. A medida que transcurría el día, el contingente fue creciendo porque todos querían conocerla y, si era posible, saludarla.

A su llegada al barrio de San Francisco, cercano a la ciudad, fue objeto de discursos, flores y vítores por una concurrencia nume­rosa, en la que estaban representadas todas las clases sociales de Campeche. Muchos estaban por curiosidad, pero era tal la cantidad de ve­cinos que hacía más difícil el tránsito. Ante este entusiasmo, ella expresó: Raras veces he visto un entusiasmo más sincero que el de hoy, me habéis dado vuestros corazones: recibid el mío que ya os pertenecía.

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Amaneceres de junio

Silvia L. Cuesy
El Colegio de México.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

Once días después de la coronación de Franz Joseph como rey de Hungría, asesinaron a Max. Así terminó su imperio en un país de fanáticos conservadores monárquicos y de taimados indígenas republicanos.

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Ludwig Angerer, Familia imperial de Austria, fotografía, ca. 1860.

De mi calendario desprendo la última hoja de mayo. Los sentimientos se arremolinan… ¿Ha pasado un año?, ¿dos?, ¿una década?, ¿un siglo acaso? El corazón de una madre no distingue tiempo. Los hijos son nuestro eterno presente así, el sufrimiento de antaño me persigue ahora. En especial junio me estremece trayendo imágenes de irónicas jugarretas de los hados, lejanas a todo entendimiento… El deseo de vivir no existe más en mí. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿En qué momento el designio de la Providencia bifurcó por tan diferentes sendas los destinos de mis dos bien amados hijos? Ocurrió en sus mocedades, supongo, en el transcurso de unas cuantas horas. Épocas turbulentas aquellas.

¡Ah!, la avanzada tecnología de la era ferrocarrilera y telegráfica había esparcido la explosión revolucionaria iniciada en París. Llegó hasta Viena cimbrando los cimientos de la monarquía; la violencia trastocó lo establecido. Por doquier se pretendía tumbar gobiernos. ¡Dios mío!, Praga y Berlín bombardeados. Las monarquías, aquí y allá, sacudidas por la nueva ideología. Dinamarca y Holanda prometían reformas, era impensable; en Londres hubo manifestaciones. Mis hijos, los dos hermanos adolescentes, huyeron de Viena. En Europa se reprimía a los rebeldes a sangre y fuego.

Franz Joseph, Maximiliano y Carlos de Habsburgo (652x800)

Johann Höfelich, Francisco José, Fernando Maximiliano y Carlos Ludwin, litografía, 1844. Wikimedia Commons

En Austria se precisó un cambio de mando. La sucesión designaba al inútil archiduque Francisco Carlos, ese estúpido que en mala hora me tocó por marido; estorbo inservible, por lo que me convertí en el hombre de la casa, mote con el que pronto fui conocida en la corte. ¡Válgame si no he sido el hombre de la casa! Gracias a mi carácter salvé al imperio al obligar a mi cónyuge a abdicar a favor de Franz Joseph. ¡Adiós días de mi juventud!, suspiró desconcertado mi primogénito, a sus 18 años. Su majestad, musitó Max, inclinándose ante su hermano, apenas dos años mayor. Era el 1 de diciembre de 1848.

Sólo Dios y yo sabemos que la inteligencia y apostura de mis dos primeros hijos no se deben a la rémora a la que me uní para formar una familia… ¡Ah!, los santos del cielo y yo no podemos engañarnos: claramente vemos en ellos las virtudes de aquel tierno mozuelo, amante mío, a quien la parca alzó en brazos y huyó robándomelo. En cuanto al resto de mi descendencia, la imbecilidad de mi esposo se refleja en las costumbres y el temperamento de que a diario dan muestra.

Si estuviera en mí volver a vivir, a diferencia de ayer, hoy imploraría que mi entrañable Max no quisiera levantarse y dejar atrás su lecho. Imagino ese lecho, tal vez ahuecado por su silueta fetal, y quiero rescatar su forma y con desesperación ponerlo a salvo en el vientre mío donde otrora se escanció el amor. Anhelaría que la luz tempranera no se filtrara por la carcelaria ventana hiriendo de nuevo sus azules ojos con falsas promesas de vida. Que no se diera cuenta del encierro al que esa puerta y sus cómplices paredes lo confinaban. No más visitas, no más escritura de cartas, no más consejos. ¡No más trajín y llanto en los cuartos vecinos, por piedad!

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Relatos de un monarquista mexicano desde el castillo de Maximiliano

Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

En octubre de 1863 una comisión mexicana se presentó en Trieste ante el archiduque de Habsburgo para convencerlo de que encabezara una monarquía. Uno de aquellos enviados, el padre Francisco Miranda, da cuenta en una carta publicada después de la reunión acerca de las vivencias de la estadía de varios días, su admiración por los anfitriones y el castillo de Miramar, así como los lujos de la nobleza.

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Comisión que viajó a Miramar, fotografía, 1863. Fondo Felipe Teixidor, inv. 451694. Sinafo, Conaculta-inah-Méx. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia

Francisco Javier Miranda y Morfi fue un sacerdote poblano que tuvo una participación prolífica durante la dictadura de Antonio López de Santa Anna, la guerra de reforma y la intervención francesa, siempre desde las trincheras del Partido Conservador.

Doctor en sagrados cánones, político, ideólogo y algunas veces guerrillero, Miranda fue un acérrimo opositor de las reformas liberales, en especial de las que desamortizaron y nacionalizaron conventos, monasterios y tierras agrícolas de la Iglesia. Siempre se negó a llegar a cualquier arreglo con el partido liberal, opinaba que la lucha iniciada desde 1854 –con la revolución de Ayutla– era una guerra santa y por tanto sólo debía sobrevivir un combatiente.

Panchito, como le decían sus amigos, había nacido en Puebla el 2 de diciembre de 1816 y estudió teología en el colegio palafoxiano, ordenándose como sacerdote en 1840. A partir de esa fecha comenzó a escribir en algunos diarios de la ciudad de México y en Puebla, llamando la atención de Lucas Alamán, quien lo invitó a participar en el periódico El Tiempo, espacio donde se hacían los primeros señalamientos de la monarquía como sistema de gobierno para México.

Junto con Alamán, el padre Miranda fue de los fundadores del Partido Conservador en 1848, plataforma que lo ayudó a ingresar a la política y a ocupar algunos puestos públicos. Apoyó el regreso de Santa Anna en 1853 y formó parte de su Consejo de Estado. Al finalizar la dictadura se le desterró con lujo de violencia a Nueva Orleans. Padre Miranda 454084 (388x640)Regresó disfrazado a México y se mantuvo activo en las conspiraciones en contra del gobierno de Ignacio Comonfort. Cuando los conservadores se hicieron del poder en enero de 1858, regresó al escenario político como ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos para el gobierno de Félix María Zuloaga.

Derrotado nuevamente el Partido Conservador en diciembre de 1860, el padre Miranda cruzó el Atlántico para entrevistarse con el grupo de mexicanos que llevaban tiempo trabajando en Europa para la entronización de un monarca que dirigiera México..

Entre tanto, en México, el gobierno liberal de Benito Juárez decidió suspender el pago de la deuda pública debido a la bancarrota que presentaban las arcas nacionales. Esta decisión motivó que los gobiernos de Francia, Inglaterra y España celebraran una convención en Londres en la que se acordó enviar ejércitos de las tres naciones para exigir el pago de dicha deuda. Esta coyuntura fue aprovechada por el emperador francés Napoleón III, quien envió un fuerte contingente armado para tomar la capital del país e instalar la monarquía.

El gobierno que se asentó en la capital de México en junio de 1863, sostenido por las ar- mas francesas, decidió formar una comisión que viajaría hasta el castillo de Miramar, en la costa de Trieste (Italia) para ofrecer formalmente la corona mexicana a Maximiliano de Habsburgo. El padre Miranda fue uno de sus integrantes.

La carta que presentamos a continuación –publicada en el periódico La Sociedad el 18 de noviembre de 1863– fue escrita por él cuando se encontraba en esta misión diplomática. En ella se narran los momentos en que la comisión se presentó ante el archiduque y le ofreció la corona. El texto incluye interesantes descripciones del castillo de Miramar y de los asistentes en el acto, así como comentarios y opiniones respecto a la nobleza, los liberales y su propia vida.

El padre Miranda finalizó su carta con la esperanza de que Maximiliano de Habsburgo fuera el gobernador que México necesitaba para iniciar una etapa de reconstrucción y paz. Sin embargo, más adelante se decepcionaría por el carácter ligero del futuro emperador y de sus ideas liberales. No pudo confirmar sus sospechas porque falleció días antes de que el monarca arribara a Veracruz en mayo de 1864.

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Palacio de Miramar en Trieste, Italia, ca. 1880. Library of Congress, Washington, Estados Unidos.

Paquete francés – La Diputación Mexicana

He aquí la interesante carta del Sr. Dr. D. Francisco J. Miranda, que ayer ofrecimos publicar:
Parí, octubre 15 de 1863.
Mi estimado amigo: No había escrito a usted después de mi salida de esa capital, porque empleado el tiempo en viajar, y no habiendo asunto importante que comunicarle, no ha habido necesidad de tomar la pluma. Ahora lo verifico, suponiendo a usted lleno de ansiedad por saber los pormenores de nuestra misión

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La ciudad que soñó y proyectó Maximiliano

Revista Bicentenario # 18

Sergio Estrada Reynoso / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Las sociedades europeas experimentaron profundas transformaciones sociales a lo largo del siglo XIX. Las revoluciones agrícola e industrial hicieron que muchos mujeres y hombres abandonaran las zonas rurales, donde vivía la mayoría de la gente, y se concentraran en las ciudades. Ante el crecimiento demográfico, las poblaciones citadinas tuvieron que demoler sus viejas murallas y planificar el proceso de construcción de ensanches urbanos. Esta transformación europea fue advertida por sus gobernantes, por lo que proyectar una nueva fisonomía para las capitales se convirtió en necesidad, signo de estatus e indicio de progreso.

Fernando Maximiliano de Habsburgo pudo ver cuando su hermano, el emperador Francisco José, mandó derrumbar las añejas murallas de Viena y construir en su lugar la avenida Ringstrasse (en español: Calle anillo), que no es otra cosa que un hermoso bulevar circular que rodea el centro de la capital. La nobleza y la alta burguesía vienesas se apresuraron a construir a lo largo de ella significativas obras arquitectónicas tanto públicas como privadas. Muy probablemente el archiduque de Austria imaginó un plan similar para la ciudad de México.

Maximiliano

El Paseo del Emperador
Como es sabido, al poco tiempo de haber llegado Maximiliano a México, en 1864, dispuso irse a vivir al Castillo de Chapultepec, aunque todos los días se trasladaba al Palacio Imperial (Nacional) para el despacho habitual del trabajo, pero regresaba a comer en el alcázar del castillo y sobre todo pasaba ahí la noche.

Fue un día por la mañana, cuando se dirigía en carruaje a Palacio, bien por la calzada de la Verónica, atravesando la hacienda de la Teja hasta llegar a la glorieta con la estatua de Carlos IV, popularmente llamada El Caballito, bien por la vieja calzada y cañería de Chapultepec, cuando debió venir a la mente del emperador la idea de comprar los terrenos inmediatos al castillo, a fin de trazar una avenida que comunicara en forma directa la entrada del bosque con la glorieta del Caballito y formar un hermoso paseo. Se facilitaría de tal manera su diario traslado y regalaría al mismo tiempo a su capital con una vía bella y útil, muy del estilo de los bulevares y avenidas que se construyeron a lo largo y ancho de las principales ciudades europeas. Cuenta José Luis Blasio, secretario particular de Maximiliano, que debería parecerse a la avenida de los Tilos de Berlín o a cualquiera de las hermosas arterias de París. El paseo mexicano recibiría la denominación oficial de Nuevo camino de Chapultepec, si bien se le conoció popularmente como Calzada Imperial o Paseo del Emperador. Es hoy el Paseo de la Reforma.

México 1865

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PARA SABER MÁS:

  • Eduardo Báez Macías, Guía del archivo de la Antigua Academia de San Carlos. 1781-1910, México, UNAM, 2003.
  • José Luis Blasio, Maximiliano íntimo. El emperador Maximiliano y su corte, México, UNAM, 1996.
  • *Visitar la mapoteca “Manuel Orozco y Berra”, avenida Observatorio 192, col. Observatorio, México D.F.
  • *Consultar el catálogo en línea de la mapoteca “Manuel Orozco y Berra”: http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/
  • Se podrán descargar gratuitamente el Plano General de la ciudad de México en 1866, el Plano del Pueblo de Chapultepec y el Proyecto del zócalo y edificios que lo rodean.  http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/951-OYB-725-A.jpg
  • http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/831-OYB-725-A.jpg
  • http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/1500-OYB-725-A.jpg

Preludio del Segundo Imperio

Víctor A. Villavicencio Navarro
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #7

Carlota de niAi??a

Habían pasado casi ocho meses desde que la mayoría de los miembros de la Comisión salieron de su patria con el objeto de ofrecer formalmente la corona mexicana al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo, y poco más de seis de haber cumplido su misión y encontrarse esperando, paciente y angustiosamente, su respuesta. Al fin, el 10 de abril de 1864, se hallaban en la espléndida sala de ceremonias del castillo de Miramar, la bellísima construcción que Maximiliano habitaba junto con su esposa y que mandó levantar de acuerdo con sus deseos, a las afueras de Trieste (entonces dominio del Imperio Austriaco), a punto de escuchar de los labios de su futuro emperador, la aceptación oficial para ocupar el trono, una vez satisfechas las condiciones que había puesto para asegurarse que la mayoría del pueblo mexicano lo deseaba.

México

Dijo en su discurso José María Gutiérrez de Estrada, quien presidóa la Comisión:

 

Con una confianza filial, pone en vuestras manos el poder soberano y constituyente, que debe regular los futuros destinos y asegurar su glorioso porvenir, prometiéndonos, en este momento de solemne alianza, un amor sin límites y una felicidad inalterable.

José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar miraba y escuchaba complacido, orgulloso de haber sido él, en gran parte, el responsable de que la empresa que ahora se consumaba se hubiera echado a andar años atrás. Su tacto y sus finas maneras le habían granjeado un lugar de preferencia dentro de la corte de Napoleón III, gracias a lo cual tuvo la oportunidad de exponer a los monarcas franceses la suerte de su desdichada patria en innumerables ocasiones, asegurándoles que, sin su ayuda, México desaparecería ante la voracidad estadunidense. Por su parte, Ignacio Aguilar y Marocho, para quien el viaje significó la primera oportunidad de salir de México, continuaba asombrado por la belleza del salón de ceremonias, el lujo y buen gusto que decoraban cada rincón de Miramar; impaciente por escuchar a Maximiliano, sentía la certeza de que sus infortunios acabarían. No tendría que ocultarse más, ni soportar la humillación de someterse a un juicio de responsabilidad por haber sido ministro de Su Alteza Serenísima durante su dictadura. Tampoco volvería a sufrir de persecución por haber servido al gobierno conservador como ministro de la Suprema Corte de Justicia durante la Guerra de Reforma. Al fin podría vivir tranquilo y rodeado de su familia.

Conciudanos la honra insigne e inefable dicha de ser los primeros, entre los mexicanos

Concluía Gutiérrez de Estrada

 

que reverentes os saluden a nombre del país, como el Soberano

de México, árbitro de sus destinos y depositario de su porvenir. Todo el pueblo mexicano, que aspira con indecible impaciencia a poseeros, os acogerá en su suelo privilegiado con un grito unánime de agradecimiento y de amor.

Los presentes contuvieron el aliento y dirigieron la mirada expectante al archiduque y su esposa. Maximiliano, ataviado con el traje de gala de almirante de la marina austriaca, en color azul y oro, dio unos pasos hacia delante y dijo: “Solemnemente declaro que con la ayuda del Todopoderoso acepto de las manos de la Nación mexicana la Corona que ella me ofrece”.

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