La dominación blanca sobre los territorios maya

La dominación blanca sobre los territorios maya

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de San Francisco de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

A partir de la colonización española en el sureste mexicano, las revueltas de las poblaciones indígenas maya ante la apropiación de sus tierras fueron derrotadas unas tras otras. Como pueblo originario sobreviven sus costumbres y lengua, y el legado histórico y cultural.

Yo quisiera que hoy desapareciera esa raza maldita y jamás volviese aparecer entre nosotros […] yo los maldigo, hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de exterminio.

Justo Sierra O’Reilly, Diario de nuestro viaje…

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Anónimo, Acuarela de la guerra de castas, pintura mural, ca. 1900. Museo del Pueblo Maya de Dzibilchaltún, Yucatán, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

A partir de la conquista, los españoles se fueron expandiendo sobre los grandes territorios indígenas, estableciendo haciendas y estancias ganaderas en diferentes sitios, como Hecelchakán y Bolonchén, en el actual territorio del estado de Campeche, lo que provocó un gran resentimiento entre la población nativa que fue perdiendo sus áreas de cultivo.

Los mayas mantenían una lucha constante por la abolición de los tributos eclesiásticos y civiles, la defensa de sus tierras y la erradicación de las diferencias de castas en la impartición de la justicia, mientras que, desde el gobierno, los blancos lidiaban por sostener sus políticas de dominio.

Otra causa del descontento de la población indígena fue el pago de las llamadas obvenciones parroquiales (doce y medio reales para los hombres y nueve para las mujeres) que tenían que pagar en forma obligatoria. Además, entre 1838 y 1845, los mayas fueron utilizados como leva en ejércitos de líderes locales con el ofrecimiento de suspenderles las contribuciones y obvenciones, pero una vez alcanzados sus propósitos se olvidaban de las promesas hechas. Todo esto acrecentó el enojo de la población maya contra los blancos. Finalmente se organizaron para iniciar una gran rebelión encabezada por Manuel Antonio Ay, cacique de Chichimilá; Cecilio Chi, cacique de Tepich: y Jacinto Pat, cacique de Tihosuco.

Para 1847, la provincia de Yucatán estaba dividida en cinco partidos: Mérida, la capital, donde se asentaba el gobierno; Izamal con una concentración de indígenas muy importante; el distrito de Campeche, puerto exportador e importador en la península; Valladolid con una fuerte congregación nativa y, por último, la región de Tekax, “donde surgió el sector indígena más agresivo durante la guerra, amén de que en Tepich, perteneciente a este distrito, comenzó la lucha el 30 de julio de 1847”, como señala la investigadora Teresa Ramayo. Una carta descubierta de manera involuntaria alertó a las autoridades yucatecas de que los caciques mayas estaban preparando un levantamiento contra ellos. Ay, quien tenía la misiva, fue enjuiciado y fusilado. Esta acción fue la chispa que prendió el fuego y en pocos días la insurrección cundió por todo el territorio, iniciándose una de las rebeliones indígenas más larga y sangrienta y cuya verdadera conclusión no llegaría sino hasta entrado el siglo XX.

La toma de Tepich por las fuerzas de Cecilio Chí, aterrorizó a los blancos; se hablaba de la profecía del Chilam Balam que señalaba que todos los “Dzules” (blancos), serían expulsados del territorio y ello permitiría el renacimiento de la raza maya. El odio se reflejó en pueblos arrasados con violencia, degollamiento de sacerdotes, violación de mujeres, incluso se hablaba de sacrificios humanos a los dioses indígenas. Todas estas noticias corrieron de boca en boca por lo que oleadas de “Dzules” abandonaban y abarrotaban los caminos huyendo de lo que ellos llamaban “la rebelión de los indios bárbaros”.

Las autoridades prohibieron que se les vendieran pólvora y plomo, el uso de armas, el cultivo del maíz (solo se permitía lo necesario para su alimentación), y el consumo de alcohol. Los que no acataron tales medidas fueron apresados y enviados a los presidios de Campeche y Veracruz.

Para mediados de 1848, prácticamente todo el territorio estaba en manos de los rebeldes, excepto Mérida, Campeche y algunos pueblos del Camino Real. El gobierno no encontraba una solución viable al conflicto. El gobernador Santiago Méndez dejó el mando a Miguel Barbachano, quien envió comisiones de paz, encabezadas por sacerdotes, pues tal parecía que los mayas solo confiaban en ellos. Anteriormente, Méndez, en un intento de solucionar el conflicto había redactado cartas para los gobiernos de España e Inglaterra pidiendo su apoyo económico y militar. Incluso su yerno, Justo Sierra O’Reilly, fue enviado a Estados Unidos solicitando ayuda a cambio del territorio.

Las comisiones de sacerdotes tuvieron éxito, pues se firmaron los acuerdos de Tzucacab con Jacinto Pat, en los que parecía que se ponía fin a la guerra. Sin embargo, el conflicto no estaba finiquitado, más bien entró en receso debido a una serie de acontecimientos: la muerte violenta de Cecilio Chí, el más radical de los jefes rebeldes; el desgaste de varios años de guerra, las discordancias entre los grupos, la dificultad para conseguir pólvora y armas, y la falta de alimentos, principalmente de maíz.

Guerra en Campeche

La guerra de Castas fue un acontecimiento que involucró tanto a Mérida como a Campeche y a sus políticos. El ayuntamiento campechano llevó a cabo una serie de acciones para que “fuesen aplicadas en abastecer suficientemente a la ciudad, de granos y demás artículos de primera necesidad, para favorecer a los desgraciados huéspedes” y las principales familias apoyaron con dinero, comida y habitación a los cientos de refugiados “Dzules” que llegaban a la población.

Aunque la guerra involucró a los pueblos del Camino Real, se concentró más en la región de los Chenes, por lo que el objetivo del gobierno, según la editorial del 5 de marzo de 1849, del periódico El Fénix, de Campeche, fue “arrojar a los bárbaros del partido del Hopelchén”. Un año después, el 15 de abril de 1850, nuevamente El Fénix informaba que “…la guerra sigue activa, los rebeldes a la cuenta están determinados a enrostrar con todas las consecuencias de su obstinación y según algunas noticias están reorganizándose en varios puntos”.

La región de los Chenes se convirtió en el límite donde se asentaron los llamados mayas pacíficos y el territorio del hoy estado de Quintana Roo, los llamados mayas rebeldes, con su asiento principal en Chan Santa Cruz, donde se desarrolló el culto de la cruz parlante que se tornó en la guía de los rebeldes. Esta nueva religión adaptó elementos católicos con tradiciones y creencias mayas. La cruz dirigió a este grupo rebelde, incluso en el aspecto militar. Ella “hablaba” y su mensaje era interpretado a través de maestros cantores, quienes recibían esta facultad directamente de Dios.

De distrito a estado

Es oportuno señalar que, desde la época colonial, había existido una “constante rivalidad” entre los campechanos y meridanos, principalmente por motivos económicos. Los últimos se quejaban de que el puerto campechano les resultaba demasiado lejano y el costo de los impuestos a sus mercancías no favorecía a los intereses de los hacendados yucatecos, amén de que había diferencias políticas entre los grupos de poder; uno de ellos fue la creación del cargo de teniente de rey con sede en la ciudad de Campeche, como la segunda fuerza política, pues en caso de que faltase el gobernador él ocuparía el cargo. Esta situación se agravó aún más cuando los yucatecos obtuvieron en 1808 el permiso del Rey para reabrir el puerto de Sisal, más cercano a Mérida, lo que hizo que disminuyeran el envío de productos de importación de una gran parte del territorio por el muelle campechano, afectando económicamente los intereses de esta región.

Esto derivó en que los campechanos se planteasen la idea de una posible separación, idea que desde tiempo atrás estaba presente. Por primera vez, la iniciativa fue argumentada en el Congreso nacional de 1824, cuando el diputado Joaquín Casares y Armas presentó un proyecto para erigir el antiguo distrito de Campeche en el estado occidental de la península; pero la propuesta no prosperó y no recibió continuidad.

Las rivalidades continuarían, ahora representadas por los grupos políticos liderados por Miguel Barbachano y Santiago Méndez, quienes representaban los intereses de los meridanos y campechanos respectivamente. Consecuencia de ello sería también la movilización de los indígenas y el levantamiento social de los mayas contra los blancos, que avivaría el fuego de la separación política entre ambas entidades finalmente.

En 1857, un problema electoral fue la chispa necesaria para iniciar el movimiento separatista y lograr la segregación definitiva del distrito campechano. Después del levantamiento, ambos gobiernos acordaron firmar un convenio de división territorial. En el documento, se plantearon los nuevos límites. La parte campechana se comprometía a “mantener cubierta la línea fronteriza de los Chenes […] auxiliando al gobierno de Yucatán para sostener la guerra contra los indios”, así como enviar un subsidio para sostenerla contra los mayas, sin “derecho a ninguna retribución o beneficio por razón de botín que se haga a los bárbaros o por cualquier otra utilidad que derive de ellos el departamento de Yucatán”. Para ambas partes, el exterminio de los mayas era primordial y básico para su futuro agro comercial.

La derrota maya

Por muchos años, la franja territorial de los huites, que arrancaba de Maxcanú y Tekax hacia Guatemala y Belice, fue un territorio de apóstatas y fugitivos, un espacio que quedó fuera de los evangelizadores. Los poblados que lo integraban fueron Bolonchén, Dzibalchén, Hopelchén, Xcupicalcab, Dzibilnocac, Xkomchén, Chichanhá, Lochá, Xcanhá, Mesanpich, Mecanché, Xmaben, Nohayim y otras aldeas autónomas, gobernadas por sus bataboob (caciques), alejadas, pero no ajenas a la población indígena. Toda esta área formaría parte de Hopelchén y ahí se asentarían los llamados mayas pacíficos, aquellos que se encargarían de defender la nueva frontera del novel estado contra las acciones de los “bárbaros rebeldes”, que realizaban incursiones militares contra ella.

En 1864, la península fue invadida por la escuadra francesa, el gobierno local capituló y entregó la ciudad de Campeche. El nuevo comisario imperial, José Salazar Ilárregui, llegó con la encomienda de unificar el territorio y, por ende, el estado de Campeche desapareció y se reintegró nuevamente a Yucatán. Durante el periodo que duró el Segundo Imperio, una de las acciones encomendadas a las autoridades fue la de valorar la situación de los mayas y las acciones que se tomarían al respecto, ya fuera para exterminarlos o para convencerlos de firmar la paz.

Entre las gestiones que se llevaron a cabo estuvo la de controlar el flujo de armas y pólvora para los rebeldes y multas a quienes se las proporcionaran. También se apeló a la “unión” de todos los yucatecos para “desbaratar a un puñado de salvajes que se burla hace tiempo de nuestra civilización […] con tantos hijos valientes que tiene, con los recursos que cuenta ¿no hubiese acabado de un soplo a dos o tres mil indios indisciplinados, cobardes, idólatras, desmoralizados, que no puedan resistir a un solo impulso simultáneo si este se hubiera querido dar?”. Estas declaraciones y otras más eran publicadas en los periódicos campechanos; igualmente, se insertaban editoriales en los que se acusaba a los mayas de ser culpables de la situación de penuria de la península y se empleaban epítetos para referirse a ellos como “cáncer de la humanidad”, “indios bárbaros”, “infames malvados”, “maldecidos abortos de la humanidad”. Esto influyó notablemente en la opinión pública de la ciudad de Campeche que veía a los mayas como un verdadero peligro para la raza blanca. Incluso se llegó a desconfiar de los sirvientes indígenas de muchos años, temiendo, en cualquier momento, ser asesinados.

Al término del Segundo Imperio y con el triunfo de la República, la guerra continuó en menor escala. Por ejemplo, el Periódico Oficial de 1888 señala: “el señor Quintín Flores en este pueblo dio informes que los indios rebeldes se atacaron con los pacíficos de la vivienda de Xconcep […] no queda la menor duda de que existe una invasión de los bárbaros a los cantones del sur…”. Estas incursiones continuaron por varios años hacia territorio campechano por parte de aquellos asentados en la zona oriental de la península por varios años. De hecho, la guerra de castas finalizaría hasta el 22 de enero de 1901 cuando el ejército federal tomara Chan Santa Cruz. Los grandes perdedores fueron los mayas asentados en toda la península a quienes ahora se denominó “mestizos” y se convirtieron en los sirvientes de sus nuevos amos, trabajando como esclavos de las grandes haciendas henequeneras. Inclusive, actualmente, se les sigue llamando bajo esa denominación: “mestizos”.

Sin duda este acontecimiento conocido como la guerra de Castas marcó un hito en la historia de la península. Sus orígenes nacieron por los continuos abusos de los blancos desde la conquista. Aun así, los mayas lograron preservar sus costumbres, su lengua y su enorme legado histórico y cultural sobrevive y forma parte de nosotros mismos pues somos, sin duda alguna, producto de un mestizaje cultural e histórico.

PARA SABER MÁS

  • Baquiero, Serapio, Ensayo histórico sobre las revoluciones de Yucatán desde el año de 1840 hasta 1864, Mérida, Uay, 1990.
  • Ramayo, Teresa, Los mayas pacíficos de Campeche, Campeche, Universidad Autónoma de Campeche, 2012.
  • Reed, Nelson, La guerra de castas, México, Era, 1985.
  • Sullivan, Paul, ¿Para qué lucharon los mayas rebeldes?, vida y muerte de Bernardino Cen, México, Universidad de Quintana Roo, 1998.