Archivo de la categoría: BiCentenario #10

El 20 de noviembre en el siglo XX y el XXI

JuliA?n GonzA?lez de LeA?n Heiblum / Facultad de FilosofAi??a y Letras, UNAM

BiCentenario #10

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.22.32El primer aniversario de la RevoluciA?nAi??iniciada el 20 de noviembre de 1910Ai??no tuvo grandes festejos, aunque sAi?? seAi??aclamA? al nuevo presidente Francisco I.Ai??Madero y al movimiento triunfador. NoAi??fue sino hasta 1912 que hubo una ceremoniaAi??oficial, con un banquete en PalacioAi??Nacional en el que los invitados eranAi??sobre todo parte de los tres poderes yAi??hubo discursos apologistas. El momentoAi??clAi??max fue la alocuciA?n presidencial sobreAi??la justicia, la ley y la libertad.

La crisis econA?mica, entre otros factores,Ai??impidiA? los festejos muy elaboradosAi??para ese dAi??a, pero habAi??a funcionesAi??especiales de cine, teatro, mA?sica yAi??oratoria, promovidas por laAi??AsociaciA?n pro-Madero.

El ComitAi?? Oficial de ConmemoracionesAi??Patrias se hizoAi??cargo de la celebraciA?n duranteAi??el gobierno de A?lvaroAi??ObregA?n (1920-1924), peroAi??no fue sino hasta 1929, conAi??el presidente Emilio PortesAi??Gil, que tuvo mayores dimensiones.Ai??Se inaugurA? elAi??Campo Deportivo Militar,Ai??aprovechando un festivalAi??preparado por la secretarAi??aAi??de Guerra y Marina, con entregaAi??de medallas y concurso de carrosAi??alegA?ricos que sobre todo representabanAi??los deportes propios de los militares, como polo, equitaciA?nAi??nataciA?n y otros.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.24.03Desfiles deportivos y militares cruzaron el centro de la capital hacia PalacioAi??Nacional en los siguientes aAi??os y por variosAi??sexenios, el presidente participabaAi??con discursos cortos y/o rituales patriA?ticos.Ai??A partir de que se decretA? en 1946Ai??como fiesta nacional, brigadas de deportistasAi??representaron a las instituciones deAi??gobierno, educaciA?n y militares; asociacionesAi??deportivas y laborales y gruposAi??extranjeros en los carros. La cifra de participantesAi??creciA? con los aAi??os; de 8,000Ai??en 1930 pasA? a 50,000 en 1934. LuegoAi??variA? el nA?mero, siendo a veces mA?s alto,Ai??otras menos. Se redujo en los A?ltimosAi??lustros, quizA? por la gradual separaciA?n del discurso revolucionario, sobre todoAi??con el ascenso del Partido AcciA?n NacionalAi??al Ejecutivo.

Con el tiempo, se introdujo la prA?cticaAi??de celebrar, antes del 20 de noviembre,Ai??torneos a los que se llamA? Juegos DeportivosAi??Nacionales de la RevoluciA?n. SeAi??aAi??adAi??an y quitaban espectA?culos siempreAi??numerosos: demostraciones de la FuerzaAi??AAi??rea, tablas gimnA?sticas, bailes, actosAi??de malabarismo, el relevo del Fuego SimbA?licoAi??de la RevoluciA?n Mexicana ai??i??unaAi??antorcha iba de mano en mano hastaAi??encender una llama fija en el MonumentoAi??del mismo nombreai??i?? y aun la recreaciA?nAi??de la llegada de Madero, Zapata y VillaAi??a la capital.

El desfile perdiA? a veces suAi??espAi??ritu alegre, como muestra de lutoAi??por tragedias nacionales.Ai??Fue asAi?? en 1984 con lasAi??explosiones petrolerasAi??en San Juan IxhuatepecAi??y en 1985 por el terremoto.Ai??Hubo aAi??os enAi??que los festejos fueronAi??muy elaboradosAi??y otros mA?s bienAi??sencillos, como en elAi??2000, A?ltimo aAi??o delAi??gobierno de ErnestoAi??Zedillo y del PartidoAi??Revolucionario InstitucionalAi??en la presidencia.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.24.57El aniversario solAi??a acompaAi??arse deAi??eventos paralelos, como entrega de galardonesAi??a veteranos de la RevoluciA?n,Ai??asAi?? como banquetes, mAi??tines, conciertos,Ai??lecturas u obras de teatro. Los presidentesAi??pronunciaban discursos legitimadoresAi??de sus gobiernos e inauguraban obrasAi??pA?blicas en el DF o los estados. CasosAi??especiales fueron la Sala deAi??la RevoluciA?n en el MuseoAi??Nacional (1935) y el MuseoAi??de la RevoluciA?n (1986). EnAi??el 50A? aniversario, los restosAi??fA?nebres de Madero seAi??llevaron al Monumento, conAi??una gran ovaciA?n al iniciadoAi??del movimiento revolucionario.

La solemnidad perdiA?Ai??fuerza en 2004, cuando elAi??presidente Vicente Fox laAi??redujo a su visita personal para ponerAi??flores ante la estatua de Madero. DosAi??aAi??os despuAi??s la cancelA?, aunque el gobiernoAi??del DF se encargA?. El presidenteAi??Felipe CalderA?n restaurA? el desfile enAi??2009, dA?ndole una Ai??ndole militar.

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??baseAi??a la RevistaAi??BiCentenario.

Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenómeno de la Revolución llamó la atención de diversos extranjeros que por alguna razón estuvieron en México. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interés y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro país. Periodistas, políticos, diplomáticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquellos participaron y subrayan la simpatía o antipatía que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos días de la Decena Trágica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes líneas extraídas de su libro Los últimos días del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Ministros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeño y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espíritu, y asoma a los ojos, todo él en mis pupilas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraña y única, del magistrado que saborea la victoria [...]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso [...] traía su fe en el régimen democrático, su fe en el pueblo, su fe en la Constitución, hasta entonces, por ningún gobierno practicada; sentía, como nunca, además, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentía la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su política, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado [...].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses después] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien había redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lánguida y triste, en cielos de tormenta. La oposición había inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[...] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambición… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Suárez, escribía en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompañaban a Madero. [...] Me hizo sentar en el sofá y a mi izquierda ocupó una butaca. Pequeño de estatura, complexión robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movía con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en ángulo, sonreía con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresión. Según piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonríe siempre; invariablemente sonríe. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa [...] Era como el gesto del régimen que con él se extinguía [...]

Era la una de la mañana [...] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogándole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sábanas y almohadas; y revela [...], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacería feliz en la montaña profunda [...] Eran rasgo de su carácter el orden, la simetría, la regularidad [...]

A las diez de la mañana todavía me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de México. El dormitorio recobró sus preeminencias de “sala de recibo” y Madero, en el remanso de su dulce optimismo, formulaba planes de romántica defensa. Desde luego, no concebía que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que Félix (Díaz) permitiese el bárbaro sacrificio de su vida, siéndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonríe compadecido de sí mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, además, amante de la caza, la tétrica sombra del calabozo le afligía.

[...] el 22 de febrero [...] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueño [...] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba [...] avisa que la señora de Madero quiere hablar por el teléfono [...] Son las siete de una fría mañana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: “¡Señora, por Dios; al Ministro que averigüe si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, señora!” [...] Y no podía consolarla, desmintiendo aquella versión, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periódico. El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO.

¿Festejar o conmemorar la Revolución?

Eugenia Meyer

Revista BiCentenario #10

Revista de revistas

Las fechas en que el pasado se hace presente en rituales públicos activan sentimientos e interrogan razones. Se construyen y reconstruyen las memorias del pasado, se significan finalmente los momentos y las circunstancias que los diferentes actores eligen para expresar y confrontar en el escenario nacional los sentidos que otorgan a los quiebres institucionales que unos impulsaron y otros padecieron. Celebrar o conmemorar parecen un binomio indisoluble en la acción de hurgar en los diversos escenarios en los que se despliegan los conflictos entre las diferentes interpretaciones y significados del pasado: cómo se transforma a lo largo del tiempo, por qué algunas fechas pueden cobrar mayor importancia hasta convertirse en emblemáticas o ser sólo hitos locales o regionales. Recuerdo e historia van de la mano en la construcción de las memorias sociales: establecen, a través de prácticas, marcas y celebraciones, los rituales públicos, las inscripciones simbólicas, los monumentos. Las diferentes interpretaciones sociales del pasado, las efemérides nacionales, se tornan objeto de disputas y conflictos. ¿Quiénes celebran o conmemoran? ¿Por qué? lo hacen? Es difícil lograr consenso al respecto, pues las mismas fechas pueden tener acepciones diferentes para los diversos actores en todos los niveles y estratos de la vida social del país, empezando por la esfera política. La operación del recuerdo y la del olvido ocurren siempre de acuerdo con las temporalidades subjetivas; remiten a hechos y procesos del pasado, que a su vez cobran sentido al vincularse con la proyección del futuro. También es cierto que la temporalidad se dirige al mañana, al paso del tiempo y a las transformaciones de los procesos sociales a lo largo de la historia. Por ello quizás es menester insistir en historizar la memoria para analizar las transformaciones y los cambios en los actores que recuerdan y olvidan los hechos del ayer, o bien que celebran y conmemoran esos procesos. En medio de tantos avatares “celebratorios” habría que reconocer que el término revolución ha quedado fuera del vocabulario político. Luego de tantas décadas de construir el discurso del estado mexicano alrededor de la gesta de 1910, parece que todo ello pertenece a una historia vieja, anquilosada. En su lugar se encauza la propuesta de la modernización y el cambio por los que tantos mexicanos han apostado su futuro.

Hasta hace unos años, desde que los legítimos herederos de la Revolución perdieron el poder, la misma parecía estar ya en el olvido. Sin embargo, con el bullicio del centenario, de repente nos encontramos con que la Revolución, por arte y magia de los calendarios, ha logrado ponerse de moda nuevamente. Inmersos como estamos ahora en la vorágine y la borrachera colectiva de las conmemoraciones, que no logran ocultar o disfrazar la torpeza y la miopía del gobierno (o los gobiernos), se pone de manifiesto la falta de imaginación y desorientación en el asunto de los festejos; en parte, debido a que el partido en el poder no entiende ni se identifica (y porque le son ajenas) con la Independencia y la Revolución. Como hechos extraños, son atendidos de mil formas, y sin meditarlo a conciencia les han dado un tratamiento de sacralización piadosa.

La Revolución (que parece haber renacido de sus cenizas) es un proceso distante con el que es casi imposible esperar empatía de parte del Partido Acción Nacional. El movimiento que echó raíces con la construcción de un partido surgido de la lucha armada (el Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional) quedó atrás con lo que algunos despistados y hasta optimistas definieron como el triunfo de la democracia, con la alternancia partidista y el ya distante (aunque no añorado) gobierno de Vicente Fox.

No resulta estéril, por ende, hacer el esfuerzo por reflexionar sobre lo que la Revolución fue y el significado que hoy tiene. Con sus cien años a cuestas, la revolución es (como dijera de manera insistente desde los años cuarenta Jesús Silva Herzog) un hecho histórico. Se perdió la reverencia, se debilitó o anquilosó la mitología y, en consecuencia, se dio paso a una visión más madura, quizá también más real y objetiva, del periodo que transformó la vida nacional, el ser y el hacer de México.

En los sesenta, cuando nuestra Revolución empezó a ser entendida como la preferida (en especial por los ideólogos estadounidenses), luego del sobresalto causado por la revolución cubana y la declaración de su carácter socialista, la atención hacia el proceso mexicano fue mayor. Los estudios y centros académicos dedicados a nosotros crecieron de manera significativa, muy especialmente en Estados Unidos. Esto es coincidente con la políticas implantadas y desarrolladas por la Alianza para el Progreso, el programa de ayuda económica y social destinado a América Latina gestado por John F. Kennedy, que habría de estar vigente casi una década.

Los niños mexicanos de las escuelas elementales socialistas 1934-1940

Eliva Montes de Oca Nava
Sociedad Mexicana de Historia de la Educación
Revista BiCentenario #10
NiAi??o en escuela

Niño en escuela

Hoy que son tan inciertos los rumbos que sigue el sistema educativo mexicano y que además se reclama por una pérdida general de valores, resulta útil revisar los modelos que se han puesto en práctica en nuestro pasado. Y un caso poco conocido es el de la escuela socialista que se implantó en el país durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934- 1940), de sumo interés por los valores democráticos y de responsabilidad social, así como por los sentimientos nacionales que se propuso transmitir a la niñez. Enseguida intentaremos un acercamiento, a través de su programa de estudios y de varios de los libros de texto que se publicaron de acuerdo con este programa.

El modelo de enseñanza socialista a(seguido, por lo demás, en otros lugares del mundo) defendía la educación laica dentro y fuera de las aulas y criticaba a la educación liberal del siglo XIX y principios del XX por aceptar que los niños recibieran explicaciones basadas en la religión. El propósito fundamental era crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y la vida social, para lo cual era preciso excluir toda doctrina religiosa y combatir fanatismos y prejuicios no sustentados en las ciencias y la razón.

El proyecto se llevó a la práctica, pese a la oposición del clero católico y muchos padres de familia, que la calificaron, entre otros, de impía e inmoral. Pero el gobierno intervino en casi todos los niveles de la enseñanza pública y privada “salvo en la Universidad Nacional de México que se pronunció por la libertad de cátedra”, a través de inspectores que aplicaron una estrecha vigilancia.

Sin embargo, los valores que se impulsaban no eran ni impíos ni inmorales pues se pretendía alcanzar, mediante su enseñanza, el Programa de estudios y de acción de la escuela socialista, donde se planteaba que la educación impartida por el estado debía promover el sentido de servicio a los demás, despertar un espíritu de solidaridad humana, entender la cultura como un producto comunitario y social y e impulsar, a través de las ciencias y la investigación, que los alumnos adquirieran un concepto racional de su sitio en el mundo natural y en la sociedad así como conciencia de las posibilidades de cambiarlo.

Esta educación tendría que dar al trabajo honrado un valor fundamental para el sano desarrollo de los seres humanos en lo individual y de la sociedad en su conjunto. Las labores manuales gozarían del mismo reconocimiento que las intelectuales, por ser ambas útiles y productivas y de importancia igual en hombres y mujeres. Para conseguirlo, se alentaría la formación de cooperativas escolares de producción, venta y consumo.

La escuela socialista practicaría la igualdad (a través de la educación mixta), a fin de que niños y niñas fueran vistos como iguales, independientemente de sus diferencias sexuales, raciales, económicas, religiosas, etcétera; sería integral, es decir, tendería a la formación equilibrada de los alumnos en todos los elementos y facultades que componen al ser humano; “desfanatizante”, librando con esto a las escuelas y a la sociedad en su conjunto de toda forma de idolatría y superstición, que hasta entonces habían fomentado la sumisión y el conformismo en el pueblo mexicano; emancipadora, es decir, se eliminar a todo aquello que favoreciera el acatamiento y la explotación de unos hombres por otros; y vitalista, en el sentido de pedir que la práctica acompañara a la teoría y el escolar participase activamente en la obtención de conocimientos que satisficieran sus intereses y que les fueran útiles para mejorar la condición de sus familias y su comunidad, en particular a los sectores más necesitados.

NiAi??os

Niños

La reforma educativa hizo necesaria la elaboración de libros de texto que, en cuanto a todos y contenidos, respondieran al nuevo programa. Se trazó un plan editorial e integró una comisión con “escritores revolucionarios”, a quienes se les dio la tarea de escribir y dictaminar los nuevos textos, mismos que, desde luego, habrían de seguir los lineamientos trazados, sin descuidar las estipulaciones de la enseñanza moderna. Además de ser ideológica y pedagógicamente distintos, los nuevos libros tendrían que estar al alcance de todas las posibilidades económicas y, si era posible, serían gratuitos.

Una recomendación fue retirar de las escuelas los libros que se estuvieran usando en ellas, en especial los de lectura y literatura (como la serie titulada Rosas de la infancia de María Enriqueta Camarillo). Se argumentó que estos libros estaban llenos de personajes fantásticos que “domesticaban” a los lectores, inculcándoles sentimientos de resignación frente a la situación en que vivían. Representaban una sociedad ideal en la que la armonía reinaba entre las clases y los trabajadores recibían salarios justos de los patrones y se ocupaban alegremente en sus labores. Asimismo, los hijos de los hacendados eran amigos de los hijos de los campesinos y los hijos de los obreros de los hijos de los empresarios. La religión tenía un peso definitivo; de acuerdo con ella, los ricos se mostraban caritativos con los pobres, obsequiándoles sus sobrantes.

Libro de lectura de primer grado

Libro de lectura de primer grado

Para sustituir estos textos, el maestro Rafael Ramírez escribió la serie llamada Plan Sexenal Infantil. Aquí nos referiremos al Libro de Lectura para el Ciclo Intermedio de las Escuelas Rurales, que ilustra con claridad acerca de la formación de los niños en las escuelas socialistas. En este libro, destinado al tercero y cuarto año de primaria, el autor se propuso impulsar a la acción a sus pequeños lectores, sumarlos a las inquietudes de los mayores e incorporar la escuela a la comunidad, de forma que dejara de verse como una institución separada del resto social.

La trama del libro se desarrolla en un pequeño pueblo campesino llamado “El porvenir”, que evidentemente representaba la sociedad que, a juicio de los educadores socialistas, se tenía que construir. El trabajo en la escuela era siempre en grupo, el maestro instruía a los niños, pero también se encargaba de alfabetizar y dirigir a los padres en sus demandas sociales, entre ellas la tierra y el ejido. Se discutían y solucionaban los problemas en asambleas de distinto tipo “por toda la población, o los padres, o los alumnos, o un grado o grupo escolar” en las que se oían y valoraban todas las opiniones. Tarea central acordada en estas reuniones para los niños fue que lucharan contra la injusticia y la explotación humana. Para el profesor Ramírez, se trataba de escuelas efectivas de organización social futura.

La escuela socialista mexicana

La escuela socialista mexicana

 

 

 

 

 

 

 

 

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO.

Vientos de cambio en el sureste: Yucatán y la Revolución mexicana

Marisa Pérez Domínguez
Instituto Mora
Revista Bicentenario #10
 
PlantaciA?n de henequAi??n

A diferencia de otras regiones de México, la Revolución llegó a Yucatán de la mano del constitucionalismo, cuando Venustiano Carranza, como Primer Jefe de este movimiento, se estableció en Veracruz, mientras sus tropas combatían al gobierno de la Convención defendido por Francisco Villa y Emiliano Zapata. Desde el puerto designó al general de división Salvador Alvarado gobernador y comandante militar de la entidad en 1915. Esta fecha tardía no significó que la población hubiera permanecido inmóvil ante los sucesos iniciados en 1910, pues desde tiempo antes, se daban manifestaciones de descontento en el campo yucateco. No lograron articularse, sin embargo, en una lucha armada, como ocurrió en algunos estados del norte del país y por eso la historiografía afirma que “la Revolución llegó desde afuera” a la península.

La élite yucateca había enfrentado nuevos desafíos en la primera década del siglo XX, planteados por el cambio que sufría el mercado del henequén. La crisis económica mundial de 1907 sacudió el sistema regional, pero fue insuficiente para cambiar los parámetros productivos y comerciales y agravó, por el contrario, los problemas de Yucatá, que afloraron finalmente en el debate político.

La sociedad también experimentó importantes transformaciones. La participación política de los campesinos y trabajadores rurales y urbanos aumentó, si bien al mismo tiempo hubo un revelador ascenso de la clase media, con lo cual se sumó un componente social a la división tradicional entre la élite y la población rural maya y mestiza.

La tormenta revolucionaria de 1910-1911 sorprendió a esta élite, cuyas divisiones internas se acentuaron, debilitando su liderazgo de clase, la que fue sustituida por una clase media en as- censo, cuyas aspiraciones encontraron un terreno fértil para expresarse.

Caricatura de Olegario Molina

Caricatura de Olegario Molina

Los primeros cambios significativos se produjeron entre 1911 y 1914: la participación de la clase media en la lucha por el poder, la politización de las clases populares y la aparición de un nuevo marco ideológico para la acción del estado. Los tradicionales grupos dirigentes se vieron en la necesidad de ceder importantes espacios de poder, a veces aceptando lo ya inevitable y en otras de sumarse aun a la Revolución.

Al arribar a tierras yucatecas en marzo de 1915, el general Alvarado pudo constatar que la sociedad se hallaba en manos de un reducido número de personas que tenía el dominio económico, junto con los monopolios extranjeros, cuyo agente era Avelino Montes, de origen español y yerno y socio de Olegario Molina, el rey del henequén en el estado y además ex gobernador y ex secretario de Fomento de Porfirio Díaz. Montes y Molina, en contubernio con unos cuantos productores del conocido como oro verde y que constituían lo que la gente denominaba la casta divina, dominaban en el gobierno, los bancos, los ferrocarriles, la educación, la beneficencia, la iglesia y, desde luego, las fiestas de sociedad. Quien no pertenecía a la casta era excluido de todo: “no se movía la hoja del árbol sin la voluntad de la casta divina”, escribió Alvarado en su libro Mi actuación revolucionaria en Yucatán.

Alvarado, en aras de cumplir con los ideales revolucionarios, se dio a la tarea de transformar sustantivamente los ámbitos económico, político y social. Realizó una serie de reformas sin precedente en Yucatán. Las leyes relativas a los peones, los niños y las mujeres fueron primero: destacan la de liberación de los peones acasillados, terminando así el sistema de deudas; la educación primaria, en adelante obligatoria, laica y gratuita; y la que impulsaba la incorporación de las mujeres a las actividades públicas, dándoles igualdad jurídica, emancipación a los 21 años y la separación a través del divorcio. Se empeñ+o en acabar con el monopolio de la International Harvester, informando la Comisión Reguladora del Mercado de Henequén y procedió a la incautación de los ferrocarriles y a modificar a fondo el sistema hacendario. Emitió una Ley de Cultos para contrarrestar la poderosa presencia de la iglesia católica y llevó a cabo una campañía “desfanatizadora”, necesaria a su juicio para “sanear” a la sociedad.

Entre las medidas y estrategias centrales de su programa de gobierno, merece especial atención la fundación de un nuevo partido oficial. Así intentó centralizar y coordinar “desde arriba” la actividad política. El llamado Partido Socialista Obrero operó para manejar el proceso de integración ciudadana; fue fundado por decreto, para que se convirtiera en el organismo encargado de desarrollar la política oficial del gobierno militar constitucionalista. Por eso se convirtió, para todos los efectos, en un partido de estado que integraba todas las redes de poder en el territorio.

No se hicieron esperar las reacciones positivas y negativas, de entusiasmo en unos y chasco y resentimiento en otros. La creciente participación de los trabajadores rurales y urbanos en la vida política les proveyó de armas para la lucha laboral que desconocían. El sindicato, la “liga de resistencia” (unidad básica del partido), las leyes laborales y el discurso ideológico fueron algunos de los tantos medios de combate ahora en sus manos, que los fortalecieron y animaron como enemigos de una clase calificada de explotadora y reaccionaria, según el vocabulario revolucionario empleado en la península desde 1915.

Arco de San Juan en MAi??rida

Arco de San Juan en Mérida

El poder se había salido de manos de la élite para caer en las de una clase antes marginada y despreciada. Los nuevos políticos agitaban a las masas con un discurso socialista, amenazando con desencadenar su furia si los miembros de la casta divina no cumplían con sus deseos, esto es, pagar fuertes contribuciones, ceder a las demandas laborales y llevan- do a cabo todo lo estipulado por el nuevo Estado. Muchos lograron adaptarse. Otros, por el contrario, apostaron al desgaste de este nuevo estado. Dejaron de invertir en las actividades productivas, tratando de obtener el máximo provecho inmediato de sus haciendas y empresas, y trasladaron sus ganancias al extranjero. Algunos, vinculados con el viejo régimen y temerosos de represalias, se embarcaron con sus familias rumbo a Estados Unidos y La Habana y esperaron a que la tormenta pasara.

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO.