Archivo de la etiqueta: historia de la mujer

El dibujo se populariza en el siglo XIX

María Esther Pérez Salas C.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

La proliferación de la enseñanza del dibujo fue mucho más allá que formar a grandes artistas. Se impuso en distintos estratos sociales, y entre niños y mujeres, de la mano de maestros extranjeros. Las clases personalizadas y los manuales fueron las claves para el aprendizaje.

La pintura. De una revista del siglo XIX. Col. Ma. Esther PAi??rez Salas

La pintura. De una revista del siglo XIX. Col. Ma. Esther Pérez Salas

Tanto en Europa como en México, se consideró desde finales del siglo XVIII que la enseñanza del dibujo era fundamental para el buen ejercicio de cualquier actividad. No importaba si el alumno se interesaba por el arte o la artesanía, o por estudiar medicina, abogacía o ciencias. Lo transcendental era que mediante el dibujo se expresaba el gusto por la belleza el cual llevaría a perseguir grandes ideales.

Desde el punto de vista escolarizado, en un principio se destacó que mediante el dibujo se desarrollaba la capacidad de observación y el pensamiento abstracto en apoyo del conocimiento científico, pero en poco tiempo la práctica del dibujo adquirió una dimensión más amplia, al convertirse en parte de una cultura general. De ahí que, además de las clases que se impartían en la Academia de San Carlos, destinadas a los futuros artistas del país, empezaron a proliferar cursos y manuales para aquellos que querían acercarse al dibujo de una manera menos especializada.

Una de los primeros acercamientos fue a través de los cursos impartidos por maestros que se anunciaban en los periódicos. La mayor parte de ellos eran artistas extranjeros que se ofrecían como retratistas, pero que encontraron en la enseñanza del dibujo una manera de subsistencia. Para atraer mayor clientela, aseguraban que el alumnado obtendría en breve tiempo importantes avances.

En otros casos, las clases de dibujo formaban parte de un programa educativo más completo, ya que se complementaba con cursos de lengua francesa, geografía, historia y religión cristiana. Dado que no se contaba con establecimientos específicos para la enseñanza, por lo general las clases se impartían en los domicilios de los maestros.

Las alumnas de la clase de dibujo del Colegio de NiAi??as del Estado de Tlaxcala dedican esta colecciA?n a su digno fundador el seAi??or J. Mariano Grajales como un recuerdo de gratitud, Tlaxcala, 1886

Las alumnas de la clase de dibujo del Colegio de Niñas del Estado de Tlaxcala dedican esta colección a su digno fundador el señor J. Mariano Grajales como un recuerdo de gratitud, Tlaxcala, 1886

Autodidactas

Pero en el siglo XIX también fue posible aprender dibujo de manera autodidacta con el apoyo de manuales que comenzaron a circular a partir de 1840. Sólo se requería tener ciertas habilidades y seguir las indicaciones puntualmente, sin necesidad de un maestro.

En sus inicios, los manuales que circulaban en México fueron traducciones de los que circulaban en Francia, como el Manual del dibujante, de Aristide Perrot, que ofrecía adquirir en tan sólo seis meses, las destrezas de un alumnos con dos años de estudio. Con tal aseveración, se ponía de manifiesto que resultaba mucho más productivo aprender el dibujo a partir de los principios fundamentales establecidos en el texto, en lugar de los métodos tradicionales de copiar los modelos sin reglas que guiaban al discípulo.

Figuras planas, en Semanario de las seAi??oritas mexicanas, MAi??xico, Vicente GarcAi??a Torres, 1841-1852

Figuras planas, en Semanario de las señoritas mexicanas, México, Vicente García Torres, 1841-1852

Este manual fue uno de los más exitosos de su época. Estaba dividido en cuatro grandes rubros: dibujo de delineación a simple vista, dibujo natural que comprendía figura humana y paisaje, dibujo de topografía y máquinas e instrumentos para dibujar. Además de incluir dos secciones novedosas como eran el paisaje y los instrumentos de dibujo, en cada uno de los apartados de cada sección había una buena cantidad de ejercicios. Además, se proporcionaba una serie de consejos como nociones sobre los huesos, músculos y movimientos del cuerpo humano, cómo elegir el sitio para realizar un paisaje natural, o información sobre los instrumentos, papeles, colores y elaboración de dibujos topográficos. En pocas palabras, cumplía cabalmente con las características de una publicación para aprender de manera autodidacta, ya que en un solo ejemplar se contaba con la información y ejercicios necesarios.

Tal fue el alcance de estos manuales que por todos los medios se buscó darlos a conocer. Los Calendarios, publicaciones de formato pequeño pero de tirajes muy alto que era habitual encontrar en las casas mexicanas del siglo XIX, fueron importantes para su difusión. Eran la guía para todas las actividades del año, desde saber los días de ayuno o los obligatorios de asistir a misa, así como para consultar el santoral y dar nombre al recién nacido. En el Décimocuarto calendario de Abraham López, se incluyó para 1852 la traducción del manual Elementos de dibujo natural, publicado por el inglés Rudolph Ackermann y traducido por José de Urcullu. Además del texto, a través de quince imágenes se mostraba paso a paso este método de dibujo, que hacía hincapié en los ejemplos de las proporciones del cuerpo y sus partes. También explicaba el tratamiento de las sombras y el ropaje.

Otro medio a partir del cual también se tuvo acceso a los distintos métodos de dibujo fueron las revistas literarias, las cuales estaban dirigidas a niños y mujeres de las clases medias y altas de la población, como Diario de los niños y Semanario de las señoritas mejicanas. Su principal objetivo era brindar instrucción de forma amena.

Público femenino

Ahora bien, a pesar de que se podría pensar que en las revistas para niños fue donde más se insertaron temas sobre el dibujo, en realidad ese lugar lo ocuparon las revistas femeninas que fomentaron con mayor insistencia que las lectoras jóvenes se acercaran.

En efecto, de acuerdo con el concepto de educación orientado a la mujer, se consideraba que el dibujo constituía parte importante en la formación de cualquier joven, aunque no se fuera a dedicar a la pintura. En el siglo XIX estaba mal visto que una mujer acudiera a clases en las academias de arte, por lo cual se les ofrecía la posibilidad de aprenderlo con maestros particulares o a través de las revistas literarias.

Portada libro francAi??s de dibujo, Ai??cole de dessin. Col. Ma. Esther PAi??rez Salas

Portada libro francés de dibujo, école de dessin. Col. Ma. Esther Pérez Salas

El dibujo era una herramienta muy útil para el desarrollo de las manualidades, en especial para el bordado, de ahí que en las publicaciones no faltaban artículos y estampas dedicadas a este aprendizaje. Sobre todo aquellas en las que se ofrecían las bases para aumentar o reducir una imagen sin perder la proporción, o bien para dar volumen a una figura mediante técnicas de sombreado. A pesar del objetivo meramente práctico y de adorno que se confirió a la instrucción del dibujo entre la población femenina, muchas perfeccionaron sus habilidades y llegaron a convertirse en excelentes artistas.

En relación a los niños, a mediados del siglo XIX quedaron establecidas dentro del ámbito escolar las bondades del aprendizaje del dibujo, por lo que se publicaron métodos y manuales para su práctica en las aulas. Pero, al mismo tiempo, se editó gran número de cuadernos de dibujo para que los infantes se acercaran a la actividad de manera lúdica, libre y directa. Libros con temas atractivos y tonalidades vistosas atraían a los pequeños a colorear siluetas, copiar figuras sencillas o seguir cuidadosamente los puntos marcados en cuadernos especiales. Estos materiales fueron importantes para desarrollar en la población infantil el interés por el dibujo, a la vez que se sentaban las bases para una enseñanza escolarizada.

Sea cual fuere la vía a partir de la cual la sociedad decimonónica mexicana aprendió a dibujar, lo que queda claro es que en el siglo XIX prevaleció un interés por aprender una manera gráfica para expresarse, hacerse de una herramienta para sus actividades cotidianas, así como contar con un medio para apreciar la naturaleza. En este sentido, el dibujo fue el elemento aglutinador que permitió que se pudieran llevar a cabo estas premisas.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

  • Consultar revistas dirigidas a la mujer en el siglo XIX: http://xurl.es/tgdki

 

Un pastizal dorado

Irma Ramírez Orozco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

 

InterioresBicentenario 2_Page_39

¿Quieres que te cuente cómo viví mi juventud? ¿Qué vas a escribir? ¿Un artículo para una revista?

Tú lo sabes, de nuestra generación, el que no era hippie o revolucionario, no fue joven; vivimos los sueños y las fantasías, los delirios y las angustias del tiempo de la guerra fría y en Chihuahua esas tensiones se amalgamaron con nuestra historia y nuestra típica forma de ser.

¿Que no me ponga tan docta? ¿Pues entonces qué es lo que quieres que te platique? ¿Algo más cotidiano?

La vida de los jóvenes de mi barrio ahora resulta muy convencional; tardeadas, twist, rock and roll, sodas y, como un reto a lo establecido, las escandalosas películas de Elizabeth Taylor. aunque estábamos un poco aislados, nos llegaban las noticias sobre los triunfos de la Revolución cubana y nos estremecimos con el asalto al cuartel de Ciudad madera por un grupo guerrillero.

¿Algo más personal? Ay, conversación a la carta y toda la cosa. bueno, va.

¿Te acuerdas de haberme oído mencionar a Teo, mi vecino? Fue mi novio. un sábado en que veníamos del cine, vimos algunos carros desconocidos frente a la casa. Me pregunté quiénes serían y si estábamos presentables. Sentí que mis cejas se estiraban al darme cuenta de que Teo traía las huellas de mis labios por toda la cara y su respiración aún subía en grandes oleadas a pesar de sus esfuerzos por normalizarla. Con un pañuelo borré mis besos de su frente y sus mejillas y el bilé desparramado alrededor de mi boca. una vez más, él me había pedido que dejara la secundaria nocturna. naturalmente, me negué. nos enojamos. la reconciliación se dio, arrecholados, en un rincón oscuro de la calle. Quiero decirte que para mí asistir a la secundaria nocturna resultaba muy importante, no sólo por las clases y el certificado para seguir estudiando, también porque era como subir a una loma y desde allí ver las cosas de otra manera. En la escuela escuchamos por primera vez a los Beatles; oímos grabado en una cinta uno de los más bellos discursos por la paz y la igualdad entre los seres humanos de Martin Luther King; también se vendieron carteles de Angela Davis, expulsada de la universidad de California por su forma de pensar, ostentando con orgullo su negritud, su ropa africana, su libre y natural melena encrespada, al punto que pronto se convirtió en el símbolo sexual de los chavos de la escuela.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Una mujer peculiar: La China Poblana en el siglo XIX

Anabel Olivares Chávez – UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

La china poblana

Cuando pensamos en la china poblana imaginamos a una mujer con dos grandes trenzas, vestida con una blusa blanca con bordados en las mangas, un rebozo que rodea los brazos, una faja roja que sostiene una falda adornada con chaquiras, con las cuales se forma la bandera nacional, incluidos el águila y el nopal, unas puntas blancas sobresalen de la colorida falda y los zapatos son bajos de color negro, a veces adorna su cabeza con el sombrero del charro. Por lo general, no está sola, a su lado se encuentra un charro o jinete, con el cual baila alegremente un jarabe tapatío. En las fiestas cívicas como el 15 y 16 de septiembre, la china aparece orgullosa y nos hace sentir un gran amor por lo nuestro, sin embargo la historia de este traje es muy diferente de lo que se ha dicho. Hubo una época en la que el uso de esa indumentaria no era bien visto, por el contrario, fue criticado y descalificado. sin embargo, conforme fue pasando el tiempo la china comenzó a transformarse en una figura muy importante, hasta que se convirtió en una de las representantes de nuestro país.

La China Poblana

¿Quiénes eran las chinas?

Durante el siglo XIX, se denominó chinas poblanas a unas mujeres, mestizas o indias, que tenían una forma peculiar de vestir. Realizaban diversas actividades tales como vender comida, fruta o aguas, ser lavanderas, costureras, sirvientas o, incluso, dueñas de pequeños negocios. Otra característica de las chinas era que, en su mayoría, vivían en las ciudades de México, Puebla, Guadalajara, Querétaro, incluso en Oaxaca; podían ser solteras o casadas. Su ropa estaba integrada por una blusa, por lo general blanca y bordada en las orillas, un rebozo o una mascada que no cubría por completo el escote ni los brazos y cuya manera de lucirse dependía de la mujer que los usaba. La falda era de castor, una tela que semejaba el pelo de ese animal, con o sin bordados de chaquira o hilos de seda y había otra enagua por debajo que asomaba unos picos (ya fueran bordados o de encaje) conocidos como “puntas enchiladas”. Entre los accesorios que complementaban el atuendo estaban los collares, la faja que ceñía la cintura.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Isidro Fabela, la fotografía y la Revolución mexicana

Alberto del Castillo Troncoso / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10
Para Carlos Del Castillo Venegas, el "capi", en sus primeros 90 aAi??os

Para Carlos Del Castillo Venegas, el “capi”, en sus primeros 90 años

Los pasos de Fabela

Isidro Fabela es uno de los intelectuales más importantes de la Revolución mexicana. Su participación al lado de las fuerzas constitucionalistas en Coahuila y Sonora en 1913 y su intervención como encargado de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Venustiano Carranza durante la invasión estadunidense a Veracruz en 1914, sus múltiples gestiones como diplomático en Europa y América del Sur durante el gobierno del mismo don Venustiano y como representante de México ante la Liga de las Naciones en administraciones posteriores lo convirtieron en uno de los artífices del nacionalismo revolucionario que dio cauce institucional a la violencia de la gesta armada así como el sentido histórico de ser parte de uno de los más importantes imaginarios políticos y culturales del siglo XX.

A lo largo de varios decenios, don Isidro representó con gran dignidad y decoro a un discreto país latinoamericano capaz de enfrentar por la vía diplomática a varias de las grandes potencias de la época, desde Estados Unidos con Woodrow Wilson hasta Alemania con Adolfo Hitler, pasando por la Italia de Benito Mussolini y la España de Franco.

Isidro Fabela hizo a lo largo de su vida varios diagnósticos de la Revolución. Primero en diversas crónicas, luego en una historia diplomática, más tarde en sus memorias, describió con lujo de detalles su participación al lado de personajes como Abraham González, José Maytorena, Álvaro Obregón, Manuel Diéguez, Cándido Aguilar, Eduardo Hay y muchos otros, siempre bajo la rígida de Carranza, el Primer Jefe, líder indiscutible a quien prodigó una lealtad a toda prueba. En todo momento argumentó su preocupación por documentar los hechos y así poder escribir narrativas verosímiles, capaces de dar cuenta de una realidad tan compleja como la que sin duda fue el levantamiento armado con sus distintos profetas, desde los hombres fuertes del norte del país hasta los caudillos del sur, todos convertidos en poco tiempo en personajes de leyenda.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.05.19

Su sobrevivencia a todos los jefes revolucionarios y su posterior intervención como diplomático en varios gobiernos emanados de la gesta armada le dieron la distancia precisa para aquilatar el valor de su archivo de documentos y fotografías y vislumbrar la necesidad de apoyar su testimonio personal en ellos, para dotarlo de cierta objetividad y verosimilitud.

La colección fotográfica

Una faceta poco conocida de don Isidro es la de coleccionista de fotografías de la Revolución. No formó una crónica visual que pretenda sustentar todos los hechos en forma global o exhaustiva, sino que, por el contrario, es el registro personal de una trayectoria política y militar al lado de Carranza en los años álgidos del levantamiento contra Victoriano Huerta. Una visión tan acotada y precisa resulta todo menos obra de la casualidad. Por el contrario, es un indicador de su participación, toda vez que, a la usanza de los diarios íntimos, su presencia gravita en una buena suma de fotografías.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.06.26La colección fotográfica de nuestro personaje consta de cerca de 1,000 imágenes que comienzan con su arribo en 1913 al ejército revolucionario dirigido por Pablo González y Jesís Carranza en Coahuila e incluyen su incorporación posterior a las fuerzas constitucionalistas en Sonora, una parte significativa de la campañía del Pacífico, con la caída de Mazatlán y la apertura consecuente del camino a la ciudad de México para Álvaro Obregón, la devolución del puerto de Veracruz por los ocupantes estadounidenses y la gira triunfal de Venustiano Carranza por el interior del país a fines de 1915 e inicios de 1916.

Una ruta como ésta contiene omisiones importantes que deben ser vistas como parte del conflicto que surgió entre las distintas fracciones revolucionarias. De tal modo, el énfasis en don Venustiano y algunos de sus oficiales contrasta con el vacío existente en torno a las figuras de Francisco Villa y Emiliano Zapata. La disputa del constitucionalismo con estos dos jefes halla viva expresión en el acervo fotográfico de Fabela.

A pesar de las ausencias, la diversidad de firmas que aparecen en el acervo, que van de José María Chávez en Piedras Negras a W. Roberts y Alberto Lohn en Culiacán, pasando por los itinerarios regionales de Jesús H. Avitia y los Hermanos Mendoza, permite asomarse a la compleja representación iconográfica de la Revolución mexicana que, durante décadas, pretendió reducirse a la visión monolítica de la memoria oficial y su expresión emblemática a través de la firma única de Agustín Víctor Casasola.

Dos hermanas revolucionarias Andrea y Teresa Villarreal

Griselda Zárate
Tecnológico de Monterrey
Revista BiCentenario #10

teresa-villareal-10

Mujeres somos, pero no hemos sentido flaquezas que nos empujen a abandonar la pelea. Mientras más punzante era el dolor que nos hería, más se acrecentaba el cariño que profesamos a la causa de la libertad.

Andrea y Teresa Villarreal, ¿Qué hacéis aquí hombres? Volad, volad al campo de batalla. enero de 1911.

Hace algunos años supe de la existencia de dos valientes mujeres mexicanas: las hermanas Andrea y Teresa Villarreal González. Originarias de Lampazos, Nuevo León, formaron parte de una generación revolucionaria que luchó por los ideales de justicia e igualdad social en una época tumultuosa y de grandes cambios para nuestro país. Fueron miembros activos del grupo magonista durante su exilio en Estados Unidos. Desconocidas en la actualidad, y, sin reconocimiento por su importante labor contra la dictadura de Porfirio Díaz, ambas escritoras revolucionarias firmaron su nombre en la historia de México con letras de oro. El presente escrito pretende honrar su memoria y dar a conocer a las generaciones contemporáneas sus ideas y algunos de los puntos más relevantes de su vida revolucionaria.

andrea-villareal-80-10

Andrea Villareal, circa 80 aAños

Situada aproximadamente a 170 km al norte de Monterrey, la actual ciudad de Lampazos de Naranjo sirvió desde su fundación en 1698 como un enclave estratégico para salvaguardar el avance militar en la frontera de la entonces Nueva España. Durante los siglos XVIII y XIX, Lampazos se convirtió en un gran centro ganadero y minero, lo que llevó abundancia y prosperidad a sus habitantes. A partir del siglo XIX se le reconoció como tierra de hombres ilustres por el gran número de personajes que nacieron en ella, entre otros Juan Ignacio Ramón y Juan Zuazua (antepasado de la familia Villarreal González), quienes participaron en la lucha por la independencia de México, y Francisco Naranjo, héroe de la guerra de Reforma y de la Intervención francesa, a quien se le otorgó el honor de poner su apellido al pueblo. También Antonio I. Villarreal, hermano de las escritoras.

Provenientes de una familia de hondo arraigo en la región lampacense desde finales del siglo XVIII, Andrea (1881) y Teresa (1883), al igual que sus hermanos Antonio Irineo (1879), Próspero (1882) y Alfonso (1886), estuvieron expuestas durante su niñez y temprana juventud a un ambiente cultural pleno de principios liberales y progresistas, como por ejemplo la petición del voto femenino que proclamaba el ingeniero Francisco Naranjo, hijo, a través del periódico El Lampacense, en noviembre de 1891. La participación en 1887 de su padre, Próspero Villarreal Zuazua, en la fundación de la Sociedad de Obreros de Lampazos sentó en parte las bases del futuro activismo político de Andrea y Teresa Villarreal, al igual que su hermano Antonio Irineo, debido al temprano contacto que tuvieron con los problemas sociales, que incluían, entre otros, el derecho de los obreros a condiciones de trabajo más justas y el cuestionamiento del orden imperante, en especial del gobierno federal.

Este tipo de ideas de avanzada tendieron un lazo hacia ideas similares en otras partes de México, como por ejemplo, en San Luis Potosí donde Camilo Arriaga denunció en agosto de 1900, a través del manifiesto “Invitación al Partido Liberal”, el clericalismo del régimen de Porfirio Díaz que contravenía las leyes de Reforma. Este hecho originó la formación de clubes liberales en muchos puntos del país, y también su represión por constituirse en foros de oposición al gobierno de Díaz. El Club Liberal de Lampazos fue disuelto en abril de 1901, sus líderes encarcelados y perseguidos sus integrantes por órdenes del general Bernardo Reyes.

anotnio-i-villareal-10

Antonio I. Villareal

Estas medidas represivas llevaron a Andrea y Teresa, a su padre y a sus hermanos al exilio en Estados Unidos. Tras una breve estancia en San Antonio, Texas, se instalaron en febrero de 1905 en St. Louis, Missouri, aprovechando la coyuntura de la Exposición Universal y debido también a que el hermano menor, Alfonso, se encontraba allí. El 10 de septiembre de 1905, el periódico St. Louis Post Dispatch menciona que en esa ciudad había un numeroso grupo de revolucionarios de diferentes nacionalidades, chinos, polacos, irlandeses, alemanes, además de turcos, españoles y latinoamericanos, a los que se sumaba la comunidad mexicana de exiliados y, entre ellos, la familia Villarreal González, los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón y otros disidentes políticos. Esta atmósfera propició las relaciones amistosas con organizaciones estadunidenses con las cuales compartían intereses, tales como el Partido Socialista, la Federación Americana del Trabajo (AFL) y los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW). Los miembros de la Junta Revolucionaria Mexicana (nombre con que se conoció a la comunidad de refugiados políicos) tenían conocimiento de las publicaciones de estos organismos, como la revista Appeal to Reason, de donde probablemente Andrea Villarreal tomó el artículo “Liberty for the Refugees who are Prisoners” (“Libertad para los refugiados que están prisioneros”) de Eugene V. Debs, presidente del Partido Socialista estadounidense y lo tradujo al español para los lectores del periódico La Estrella, de San Antonio, en 1909.

ficha-policiaca-juan-sarabia-10

Ficha policiaca de Juan Sarabia

ficha-plociaca-ricardo-flores-magon-10

Ficha policiaca de Ricardo Flores Magón

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO.

Dos atletas en México 68

María José Garrido Aspera – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

 

En el año de 1968 se vivieron en México dos sucesos significativos y de trascendencia. Uno fue el movimiento estudiantil; el otro, los XIX Juegos Olímpicos. Estos hechos compartieron el mes y los días. El 2 de octubre sucedió la masacre de Tlatelolco ordenada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz; dos días después, el presidente abanderó a la delegación atlética mexicana. El 12 del mismo mes, a sólo 10 días de la masacre y cuando no terminaba el conflicto estudiantil se inauguraron las Olimpiadas. Coincidieron también en el espacio: la ciudad de México y sus escenarios. El hermoso estadio universitario que semanas antes había sido ocupado por el ejército fue una sede principal de la justa deportiva. Baste decir que a unos kilómetros de distancia -cuántos, 10, quizá 30- los que haya entre de la plaza de Tlatelolco y la Villa Olímpica, entre esta y el gimnasio Juan de la Barrera o cualquier otra sede, habían sido asesinados y heridos cientos de mexicanos. Ambos, el movimiento y las Olimpiadas fueron protagonizados por jóvenes, tan jóvenes mexicanos unos como los otros.

Diversas fuentes han señalado que las Olimpiadas de México fueron las primeras que se celebraron a más de 2 000 metros sobre el nivel del mar, se realizaron en un país tercer mundista o subdesarrollado, se hicieron en Latinoamérica, se transmitieron por televisión en vivo a todo el mundo, se realizaron análisis de antidopaje a los atletas. Fueron los primeros Juegos en que una mujer -Enriqueta (Queta) Basilio- portó la antorcha y prendió el pebetero olímpico en un país que seguía siendo en extremo machista. Han sido los Juegos más económicos de toda la historia de las Olimpiadas modernas gracias a la planeación acertada del Comité Olímpico Organizador que fue dirigido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. Fueron también los primeros en que al construir una idea de los Juegos se proyectó una Olimpiada Cultural que duró todo el año. Los Juegos de México reunieron a más de 5 000 atletas de 113 países. 781 de ellos eran mujeres.

Ariel Rodríguez Kuri, quien prepara un libro sobre la historia política de las Olimpiadas del 68, ha planteado la sugerente propuesta de reconsiderar el lugar que ocuparon en el análisis de los acontecimientos trágicos de aquel año. No está por demás, dice, argumentar que el movimiento estudiantil de 1968 hubiese adquirido otra connotación sin la inminencia de la Olimpiada. Esta última actuó, supone, como catalizador y como caja de resonancia del conflicto.

El objetivo de este texto es presentar cómo vivieron los deportistas de alto rendimiento el 68 a partir de los testimonios de dos atletas mexicanas que formaron parte de la selección nacional de voleibol femenil: Patricia (Paty) Nava y Rogelia (Roger) Romo. ¿Cómo fueron las Olimpiadas, cómo se prepararon para ellas? ¿Qué sintieron y cuáles fueron los logros y cuáles los fracasos de esa experiencia? ¿Qué sabían del movimiento estudiantil? ¿Qué les dijeron? ¿Qué pensaban? ¿Qué deseaban?

Paty y Roger nacieron en Guadalajara, Jalisco. En 1968 tenían 20 y 24 años de edad respectivamente. Paty era una de las jugadoras centrales de la selección y Roger era una de las bandas. Las dos eran titulares. Ambas comenzaron a practicar este deporte en la primaria y la secundaria donde estudiaban. En su adolescencia participaron en campeonatos inter-escolares y después representaron a su estado en los juegos juveniles, que hoy son las Olimpiadas juveniles. Fueron reclutadas en 1965 y 1966 para el proyecto de 68, a los 17 y 22 años de edad. Desde entonces no sólo entrenaron, vivieron bajo la tutela del Comité Olímpico Mexicano (COM), es decir, del Estado mexicano. Dedicaron esos años de su vida a prepararse para las Olimpiadas.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.