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Carrilleras

Darío Fritz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Soldadera acompañada por sus hijos, ca. 1914. IISUE/AHUNAM/Colección Gildardo y Octavio Magaña Cerda/Doc. 0853.

Soldadera acompañada por sus hijos, ca. 1914. IISUE/AHUNAM/Colección Gildardo y Octavio Magaña Cerda/Doc. 0853.

¿Madre? El bebé tiene hambre. Llora. ¿Y qué quieres que haga, si ya no tengo de dónde? ¿Y la cabra, madre? Pues no ha dado nada hoy. La pobre está como nosotras, sin pasturas y con poca agua. Así no tendremos leche. Verás que sí madre, ella nos ayudará, primero Dios, madre, agarra al bebé, madre, inténtalo, al menos que chupe algo. De poco va a servir. Al menos que ya no llore y te ayudo con la comida. ¿Cuántas papas pongo a hervir? Tres, mujer, tres, como siempre, una para cada una y la del Juancito. Ya la lumbre está alta para que pongas el agua. ¿Y qué más, madre, qué más? Pues nada más. No hay más. ¿No tenemos frijol? Fíjate en la bolsa, pero se nos ha acabado. ¿Maíz? Todavía le falta para cosecharlo. Cuando vayas por el agua a la bomba, tráeme para el bebé. A ver si con eso ya deja de berrear. ¡Madre, madre! Sí, ¿qué pasó? La vecina nos ha dado algunos puñados de frijol. Ay, hija, ¿te fuiste hasta allá? Eso no me gusta, ¿cómo no me avisaste? Se me ocurrió mientras iba por el agua. Gracias hija. No pensé que pudieras irte solita.¡Qué grande estás ya! Dios te tenga en la gloria y a ella también con esta ayudita. Sí madre, gracias. No habrás visto al chamaco ese, ¿verdad? ¿Cuál? El hijo de la vecina. No estaba madre. Ten cuidado, pue’. Se puede alebrestar rápido y te puede enamorar como me pasó a mí a tu edad. Y ya ves cómo estamos ahora. Sin tu padre, sin mi marido. Solas para defendernos. Me ha dicho que me quiere, madre. ¿Quién? ¿Ese? ¿Cuándo ha sido eso, mija? Fuera de la iglesia, madre. Hace dos domingos, cuando fuimos a vender las tunas y a pedirle a Diosito por mi padre. Lo habrás pedido tú, porque yo ya no le rezo. Olvídate de tu padre. Así son las revoluciones, tendremos que defendernos entre nosotras. El mío no es de esos, madre. Ya verá, ya verá. Cuídate del vecino. No me huele bien que te ande diciendo esas cosas. Algo quiere. No se preocupe por mí, madre. Me sé cuidar. Además, ya se ha ido. ¿Adónde? Con el general. Ah, bueno, eso habla bien de él. ¿Las papas las lavo, madre? Por supuesto, ¿quieres que comamos tierra también?¿Y tu hermano, dónde anda? En la noria, madre. Con el burro. ¡Ese burro! Espero esté trabajando para que nos siga dando agua. Justo ahí viene, madre. ¿Y para qué iremos al pueblo, madre? Para la foto, pues. ¿Y para qué? Por si algún día me tengo que ir a pelear por mi general, me tengan ustedes presente. ¿Usted no se irá verdad? ¿Por qué no? Las mujeres también sabemos disparar y luchar. ¿Y cómo la pagaremos? ¿Qué? La foto. Me pagarán, hija. Con algo. No sé qué. Quieren hacernos fotos a las mujeres revolucionarias. La vecina dice que las fotos roban el alma, madre. Tantas cosas nos han quitado, hija. Pero el alma nadie te la quitará. No hagas caso. ¿Y qué nos pondremos? Lo de todos los domingos. Otra ropa no hay, ¿verdad? ¿También llevaremos las carrilleras, madre? Por supuesto. Ellas nos protegen. Y la virgencita. Pero el general Zapata ha muerto, madre. No está muerto, mujer, debe andar por ahí. Por él seguimos luchando. Como tu padre. Como ese muchacho. Diosito lo tiene en la gloria a mi general, hija, donde él esté, que sepa que siempre lo defenderé.

9 de abril, la víspera

Silvia L. Cuesy – El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

11¡Me carga la chingada!, me oyen gritar mientras humedezco de orines el tronco de un cazahuate, ¡ya estoy harto! Las mentadas son lo común entre la tropa y no hacen caso al escucharme. Lo inusual, opinan entre disimulados cuchicheos, dos o tres, es el imperceptible, lento cambio en mi proverbial mirada, cada vez más taciturna, hosca, enigmática, ocultando algo a las habituales furias.

Las soldaderas me preparan el rancho; se enfría intacto en la escudilla, la ignoro cuando me la ofrecen. Con la muina apenas contenida, enciendo el puro con una varita seca prendida en la fogata; exijo a un vale mi acostumbrada botella de licor, y me alejo del grupo. Mis lugartenientes se atragantan las advertencias y consejos preparados; por el ademán firme de mi mano entienden lo inconveniente del momento. Paso de largo, las espuelas le sacan chispas al polvo, y dejo a mis espaldas el campamento con la vista de mi escolta fija nomás en mí. Al propinarle una encabronada patada al cachorro juguetón, lo mando por los aires. Mientras me acomodo en el promontorio de piedras un mohín, mezcla de sorna y fastidio, se refleja en mi cara; de seguro le rompe las costillas y por eso el animalito chilla sin consuelo. Trato de divisarlo por encima del hombro, pinche perro que se me atraviesa.

El puro y el coñac me ayudarán a desenredar cavilaciones, y la luz de las estrellas tal vez las aclarará. Me quito el sombrero, con los dedos abro surcos en mi cabello; cientos, miles, millones de luceros son el mejor tocado para mi cabeza. Recargado sobre una roca contemplo con anhelo la paz y el orden del firmamento, y un cálido y tranquilizador cobijo me envuelve en medio de la sierra.

Chinameca, Chinameca, la bocanada de humo parece perseguir el recuerdo del origen náhuatl de esa palabra. Chi-na-me-catl, musito. Lugar de cercas de cañas, organizo el significado en una frase. Luego le sigue otra, lugar donde usan lazos de zacate de caña. Cerca, lazos, caña. Chinamitl, mecatl, acatl. Atenazo con el índice y el pulgar una escama de tabaco de la punta de la lengua. Cerca… cerca… cercado. El repentino vuelo de un murciélago rasga la negrura, mi vista no alcanza a perseguirlo. Lazo… lazo… lazado. Las aletillas de la nariz se me dilatan con el aroma de tortilla tatemada, aroma engatusador excepto ahora; ni el olor de iguana asada logra seducirme. Caña… caña… ¿Cuál caña? Aquí ya no hay caña; sólo cenizas y aflicción, y promesas no cumplidas. Soy bueno para engalanarme con los más finos trajes charros y para no llevar a cabo lo ofrecido. Pregúntenle a Inés, a Josefa, a Gregoria…a cuántas más… Ellas les dirán si llegué cuando me esperaban, si las vi parir a sus chamacos, si nada más fueron las únicas en mi vida. Caña, ¿cuál caña? Un vendaval macabro la arrancó de cuajo. ¡Qué chulada la fragancia de la zafra! El gusto nos duró el paso de una estrella fugaz. Casi dos años sin tener a los carranclanes montados en nuestro morrillo. Las sonrisas campesinas atoradas de oreja a oreja, y acompasados a las aguas de los apantles, hombres, mujeres y escuincles atareados en los campos de las haciendas confiscadas. Caña, maíz, pollos, comida en abundancia; eso fue hace casi cuatro años. Labriegos sombrerudos bajo el sol, viejas llevando itacates a sus maridos o hijos. Titipuchal de tortillas calientitas, frijoles negros, colorados y bayos, chile de sobra. Fiestas, corridas taurinas, jaripeos, canciones, borracheras. ¿Era esto el anarquismo mencionado por los leídos? Estar pegado a la tierra ha sido el ideal del campesino. La guerra se lo llevó todo a la mismísima chingada, a la mierda, carajo. De nueva cuenta han aparecido racimos humanos penduleando de los árboles; lenguas multiplicadas por doquier en siniestra mueca de burla. El coro de grillos deleita mis oídos. Hoy, apenas hoy, empiezo a entender. El gran triunfo del hombre es cuando reconoce su derrota; concluir una lucha es una victoria, y sólo se consuma cuando alguien dice: ¡hasta aquí!

12

Chinameca, el canto de la muerte, miquistli, fue de trueno, salía de los mA?useres federales cuando me emboscaron hace tiempo en el casco de la misma hacienda que visitar en un rato. Imagino las miradas de estupor de los soldados enemigos al no encontrarme; no me tocaba aún, discurro. Chinameca… El hedor a difunto era mi propio miedo transpirado en cada poro cuando, entonces, agazapado tras las paredes me sentí perdido. Recuerdo el opresor amasijo atorado en mi esternón, pasó al gaznate y me catapultó al monte; milagrosamente salí bien librado, sin amilanarme, ese menguante verano de 1911. Mi estómago y pecho liberan el aire retenido mientras esa escapatoria se aleja de mi mente.

Pinche “Ave Negra”, aprendió bien su oficio en Santa Clara, buen administrador el pérfido. Con sus falsedades por poco me desbanca del Cuartel General, fue una abyecta deshonra caer en sus intrigas; de sus mañas… de ésas mejor ni acordarse. Harto, hastiado de estar harto, malditos intelectuales deslenguados, ni siquiera “El Gordito”, ni de eso fueron capaces, no pudieron enseñarme una palabra para decir: ¡estoy encabronadamente harto!, y otras más para explicar el sentimiento metido muy dentro, que me hurta la dignidad, como si cada día transcurrido me enchiquerara el alma… Soy despreciable, vil.

Gentuza espuria anda quitándose el poder, y al subir uno a la silla y caer el siguiente, vuelvo a pedir a un intelectual de mierda exponer en palabras inteligentes y bonitas lo que quiero decir con claridad, y no con malentendidos. Mi revolución es mi revolución, mi revolución es la revolución de los campesinos del sur, y estos licenciaditos coyones a fuerza han intentado hermanarla con otras que a mi qué carajos… El rasguido de una guitarra, débiles voces que cantan si no le cumplen al pueblo/sobre las armas pagarán, el relincho de un caballo alebrestado, el titilar de las luciérnagas, se detienen ante mi ira, la ira del cabecilla suriano.

¿Habrán tenido razón los correligionarios?, los que insistían en la conveniencia de establecer pactos y acabar con la cruenta lucha. Sí a ciencia cierta que hay un lugar para mí en el infierno; me lo gané por haber mandado ajusticiar a mi compadre y a tantos más, aun parientes. ¿Y si ellos tuvieran la razón y no yo? Y resulta que ahora ando pretendiendo pactar ¿tons pa’qué las ejecuciones ordenadas por mí? ¿ A cuántos no mandé fusilar por hacer tratos con el enemigo? Un par de nubecillas pasajeras me entusiasma en el transcurso de un parpadeo, y en el siguiente tengo la certeza de haber extraviado mi enjundia en algún escondrijo de la entidad. Y ahora algunos seguidores me han hecho buscar a los gringos, al sobrinito de don Porfirio y demás rivales, carajo, y a mí se me revuelve la sangre nomás de pensar en la infidencia a las ideas con las que comenzó todo este desmadre. ¿En qué maldito instante dejé a los fuereños intelectuales meter su cuchara en asuntos de mi pueblo? Méndigos catrines, la cagué con ellos. Y por su tozudez y la mía me llevé entre las patas a los campesinos. ¿De qué les servirá a los morelenses tanta puta ley? Ni para hacerlas tacos y calmar su hambre ancestral. ¿Para qué tanto méndigo plan?, ni para abanicar un rayo de esperanza, los restantes se fueron agotando con los afanes de ocho años de ahorcados, acribillados, mutilados; ocho años de sangre y lágrimas, y sudor y afanes.

[...]

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Un zapatista de Mixcoac

Javier Rico M. / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #10

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.59.14Nunca se percató de que lo observaban. No supo que seguían sus pasos y tomaban nota de los lugares que frecuentaba y de sus reuniones con personajes que el destino convirtió en sus correligionarios. Es probable que en sus momentos de soledad lo asaltara la nostalgia en aquel lugar tan al norte, tan lejano del barrio que lo había visto crecer. Quienes lo espiaban llegaron incluso a tramar un plan muy complicado para confirmar las sospechas que lo señalaban como un sujeto peligroso y para echar abajo sus planes. Al menos desde mediados de 1917, cuando las fuerzas constitucionalistas parecían dominar la mayor parte del escenario de la Revolución, Él era objeto de una red de espionaje montada por el servicio exterior mexicano. En uno de los telegramas en clave (aquí en p. 31) que circularon entre el cónsul de México en San Francisco, Cándido Aguilar (secretario de Relaciones Exteriores) y Rafael Nieto (subsecretario de Hacienda), se le identificó como el responsable directo de una maniobra para enviar armamento a los enemigos del gobierno:

Algunos elementos enemigos de este gobierno están tratando de fletar barco a los E.U. para llevar a los zapatistas elementos de guerra, que serán desembarcados en algún punto de la Costa Chica, Edo. de Guerrero.

Se me informa que el señor Octavio Paz, que está o ha estado recientemente en El Paso, Tex., es el que irá como jefe del barco.

Se me dice también que el señor Cintora, que reside en Los Ángeles, Cal., tiene ya arreglado todo lo relativo al flete del barco, el que está matriculado con bandera americana y saldrá con destino a Centro América, con objeto de aprovechar su paso por las costas de Guerrero y desembarcar el envío destinado a Zapata, que se dice consiste en parque, armas, telas y maquinaria para reformar cartuchos y fabricar monedas.

A cambio de estas mercancías ha ofrecido algún agente zapatista entregar cuarenta mil pieles que tienen ya listas en algún punto cercano a la costa y algunas barras de plata procedente del mineral de “Campo Morado”.

Las pesquisas señalaban a Octavio Paz como cómplice de José Síntora, un rebelde michoacano que había militado en el villismo y que operó luego manera independiente en su propio estado, antes de refugiarse en la ciudad de Los Ángeles. Y no sólo era vigilado por espías mexicanos, sino también por agentes del Departamento de Justicia de Estados Unidos, quienes, muy al tanto de sus debilidades, llegaron a urdir un plan para contratar a una mujer atractiva e inteligente que se enredara con él y le sacara información.

¿Quién era este personaje que tanto inquietaba a agentes de ambos países? Era realmente un sujeto peligroso para el gobierno de Venustiano Carranza? Octavio Ireneo Paz Solórzano había nacido 27 años antes del inicio de la Revolución, el 20 de noviembre de 1883. Creció en un ambiente que puede calificarse como apacible, propio de una familia acomodada de la sociedad porfirista. Es cierto que su padre, Ireneo Paz Flores, vivía tiempos difíciles en la segunda mitad del siglo XIX, a veces a salto de mata por el occidente del país, empuñando la espada contra los franceses o añadiendo páginas a la prensa de oposición o compartiendo las asperezas de la cárcel con otros detractores de los gobiernos de Juárez y de Lerdo de Tejada. Incansable y combativo, como otros liberales de la época, dio su apoyo al prestigiado y carismático Porfirio Díaz en las revueltas de La Noria y de Tuxtepec. Unos años antes del ascenso de Díaz al poder don Ireneo, abogado de profesión, se había establecido con su esposa y sus hijos en la Ciudad de México. Por primera vez, desde que en 1863 se alistara en una junta patriótica para hacer frente a las tropas francesas que asediaban a su natal Guadalajara, podía aspirar a una vida tranquila. En 1874 fundó su propia empresa (Imprenta, Litografía y Encuadernación Ireneo Paz), desde la cual continuó con su vocación de periodista y escritor; de sus prensas salieron publicaciones como El Ahuizote, Sufragio Libre y Combate. En ella publicó una importante revista, La Patria, que logró mantenerse en circulación de 1877 a 1914. Como hombre de letras, diestro con la pluma, escribió poesía, teatro, novela y re- latos históricos. Todavía en 1880, en el marco de la elección de Manuel González, se vio envuelto en un conflicto de honor: el 28 de abril se batió en un duelo a muerte con Santiago Sierra (hermano de don Justo), del cual salió, gracias a su habilidad como tirador, dolorosamente victorioso, pues siempre le pesó la muerte del que fuera poeta y editor del periódico La Libertad. Sin llegar a ser parte del círculo más cercano al presidente Díaz, en más de una ocasión fue miembro del Congreso y, al final de su trayectoria en la administración pública, síndico del ayuntamiento. La bonanza económica que entonces lo acompañó le permitió comprar una finca al sur de la ciudad de México.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.59.57

PARA SABER MÁS:

  • OCTAVIO PAZ SOLÓRZANO , “Emiliano Zapata”, en José T. Meléndez, Historia de la Revolución Mexicana, México, INEHRM, 1987, tomo I.
  • MARIO RAMÍREZ RANCAÑO, La reacción mexicana y su exilio durante la Revolución de 1910, México, Miguel Ángel Porrúa / Instituto de Investigaciones Históricas-Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 2002.
  • JOHN WOMACK JR., Zapata y la revolución mexicana, México, Siglo XXI, 2006.