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Manuel Gómez Morin: constructor de ciudadanos

Lorena Pérez Hernández
Fundación Rafael Preciado Hernández

Alejandra Gómez Morin Fuentes
Centro Cultural Manuel Gómez Morín

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

Como fiel creyente de la democracia, este abogado chihuahuense, que sentó las bases de Acción Nacional e impulsó su fundación, fue esencialmente un convencido de que al promover una cultura cívica y la participación ciudadana se acabaría con el ejercicio autoritario del poder.

Mesa Constituyente del PAN, 1939 (800x653)

Instalación de la mesa directiva de la asamblea constitutiva de Acción Nacional, de izquierda a derecha: Francisco Fernández Cueto, Trinidad García, Roberto Cosío y Cosío, Manuel Gómez Morin, Enrique Loaeza, Cliserio Cardoso, ciudad de México, 14 de septiembre de 1939. CEDISPAN

Manuel Gómez Morin nació en Batopilas, Chihuahua, en 1897, y murió en la ciudad de México en 1972. En la Universidad Nacional de México formó parte del grupo conocido como los Siete Sabios. En 1919 obtuvo su título de abogado. Como servidor público su desempeño fue notable al ser uno de los artífices del andamiaje institucional que se centró en la elaboración de la legislación hacendaria, fiscal, bancaria y financiera. Durante la presidencia de Álvaro Obregón, entre 1921 y 1922, Gómez Morin ocupó los cargos de oficial mayor y subsecretario en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. En colaboración con Miguel Palacios Macedo participó en la redacción de la Ley de Liquidación de los Antiguos Bancos de Emisión; además, intervino en la creación del primer sistema de impuestos sobre producción y venta de petróleo. Es probable que su capacidad y conocimientos en estos temas lo llevaran a ser nombrado agente financiero de México en Nueva York para negociar el pago de la deuda externa con los representantes de la banca extranjera y, a su vez, que los petroleros pagaran más impuestos. En 1925 el secretario de Hacienda del presidente Plutarco Elías Calles, Alberto J. Pani, invitó a Gómez Morin a formar parte de la comisión redactora de la Ley Constitutiva del Banco Único de Emisión (Banco de México). Un año después participó en la redacción de la Ley de Crédito Agrícola y en la creación del banco del mismo nombre. En el ámbito universitario su contribución no fue menos notoria. Entre 1922 y 1925, Gómez Morin se desempeñó como director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, periodo en que realizó importantes reformas a la organización académico-administrativa. En 1933 asumió la rectoría de la Universidad Nacional; durante el año que duró su gestión, enfrentó graves problemas de índole financiera, académica y administrativa que bajo el lema Austeridad y Trabajo consiguió vencer; su máximo logro fue consolidar la autonomía universitaria y la libertad de cátedra, pilares sobre los que se sustenta la Universidad Nacional Autónoma de México en la actualidad. Al finalizar su rectorado, el Consejo Universitario le otorgó el grado de doctor honoris causa como reconocimiento a su desempeño.

En 1929, Gómez Morin manifestó a José Vasconcelos la urgencia de crear un partido con ideas permanentes, que trascendiera a las coyunturas, lejos del poder de los caudillos y fomentara la participación política de los ciudadanos. Pero sería hasta 1938 que Gómez Morin lograría concretar su proyecto. En la entrevista que concedió al matrimonio James W. Wilkie y Edna Monzón, señaló:

En 1938 ya había en México una situación intolerable: una amenaza inminente de pérdida de la libertad. Entonces empezamos a reunirnos aquí en la ciudad de México y en los estados. Vimos otro peligro muy grave: se lanzaba la candidatura de otro general, [Juan Andrew] Almazán; y sabíamos que Cárdenas nunca entregaría el poder. […] Era imposible la continuación, cada vez más abajo [sic], de ese sistema político. Entonces pensamos en la necesidad de revisar todo el problema de México, porque en la base del problema está la falta de ciudadanía: no habíamos sido formados ciudadanos […]. Pensamos que era indispensable reconocer esa realidad y empezar el trabajo desde la raíz: la formación de conciencia cívica, de una organización cívica. Decidimos, así, la organización del partido. Empecé a recorrer la república reuniendo los grupos iniciales, desde 1938; en septiembre de 1939 pudimos llegar a la Convención Nacional, llevando a ella los principios de doctrina, las bases estatutarias del partido y un programa mínimo de acción política.

Manuel Gómez Morin defendiendo su caso ante Colegio Electoral 1946 (460x640)

Manuel Gómez Morin, Presidente de Acción Nacional, en el Colegio Electoral haciendo defensa de su caso como candidato a diputado por el 2do. Distrito de
Chihuahua, 31 de agosto de 1946. CEDISPAN.

En este recorrido se sumaron voluntades que tejieron una red importante de ciudadanos como Efraín González Luna, Miguel Estrada Iturbide, Antonio L. Rodríguez, Bernardo Elosúa, Samuel Melo y Ostos, José G. Martínez y Manuel Samperio, entre otros; y así, llegaron a la ciudad de México, para participar en la Asamblea Constitutiva de Acción Nacional, 326 delegados y 26 delegaciones provenientes de la mayor parte del país.

Gómez Morin fue el primer presidente del Comité Ejecutivo Nacional. Durante su gestión el partido obtuvo pocas victorias reconocidas oficialmente: cuatro curules en la Cámara de Diputados y la presidencia municipal de Quiroga, Michoacán, en 1946. Dos años después, la presidencia municipal de El Grullo, Jalisco. Para las elecciones intermedias de 1949, el PAN presentaría 69 candidatos a diputados. Pero la labor más importante del partido sería en el campo legislativo. En la XL Legislatura (1946-1949) los diputados de Acción Nacional, con la asesoría de Gómez Morin y González Luna, promovieron 22 iniciativas de ley en diversos temas, entre los que destacan los relacionados a la cuestión electoral: la promoción del voto de la mujer, la Ley del Registro Nacional Ciudadano, la propuesta para la constitución del Tribunal Federal de Elecciones, la Ley Electoral de Poderes Federales y la Ley de Partidos Políticos. En septiembre de 1949, Gómez Morin renunció a la presidencia y fue sustituido por Juan Gutiérrez Lascuráin, iniciándose así una nueva etapa para esta institución política. El testimonio de su labor al frente de Acción Nacional fue recopilado en el libro Diez años de México, que está integrado por los discursos más importantes que pronunció durante esa década. La fundación de Acción Nacional fue para Gómez Morin la realización de toda una vida de servicio a México. Fiel creyente de la democracia, quien fuera profesor de derecho público mostró esta convicción al promover una cultura cívica y de participación ciudadana, convirtiéndose en un constructor de ciudadanos.

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El PAN: oposición y ejercicio del poder

Mario Virgilio Santiago Jiménez
Instituto Mora/FFyL, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

Gobernar no es lo mismo que estar en la oposición política. Esto lo ha sabido el Partido Acción Nacional que desde su creación en 1939 se ha ido transformando en una lucha permanente por mantener su esencia.

Comité en Tlalpan, 1942 (640x439)

Fundación del Comité de Acción Nacional de Tlalpan, al centro Clicerio Cardoso Eguiliz, 1 de febrero de 1942. CEDISPAN

El Partido Acción Nacional (PAN) nació como oposición al régimen de partido único. Durante décadas mantuvo un discurso coherente con su principal demanda de democratizar la política nacional. Sin embargo, a partir de los años ochenta comenzó una rápida transformación tanto en el perfil de su militancia como en los principios, apuntando hacia un pragmatismo que le permitiría, algunos años después, acceder a puestos de representación. En este último tramo, los panistas más tradicionales se convirtieron en estatuas y bustos de bronce, dejando el paso a las nuevas generaciones que gozaron las mieles del poder político, desde la primera gubernatura ganada en 1989 hasta el triunfo electoral de Vicente Fox en el 2000. Luego vendrían doce años de presidencia blanquiazul, en los que quedó claro que el partido no podía olvidar su origen.

Entre 1920 y 1940, cuando la polvareda y el humo de la revolución comenzaron a disiparse, cobró forma una amplia y heterogénea tendencia política cuya característica principal fue su oposición a lo que consideraba el proyecto de la revolución pues atentaba contra sus intereses o contra su idea de nación. Este rechazo incluía necesariamente a la Constitución promulgada en febrero de 1917 que sintetizaba el ideario revolucionario y generaba un marco jurídico que empoderaba al Estado posrevolucionario.

Muy pronto estos opositores engrosaron las filas de la llamada reacción, nombre con el que eran señalados aquellos que precisamente reaccionaban contra la revolución, sin importar que en algún momento hubieran formado parte de la misma. En otras palabras, si no se estaba en la facción revolucionaria correcta o triunfadora, era muy probable que se terminara fusilado, exiliado o en compañía de otros reaccionarios.

En todo caso los distintos sectores sociales, individuos o grupos que conformaban la franja reaccionaria se manifestaron de formas muy diversas. Por ejemplo, en 1929 los empresarios de Monterrey –furibundos críticos de la revolución- fundaron la COPARMEX, organismo que tenía por objetivo defender a los patrones de la creciente intromisión del Estado en favor de los trabajadores. En ese mismo año, concluyó la rebelión cristera, otro ejemplo que se desarrolló en el Bajío desde 1926, aglutinando a clases medias, campesinos, sacerdotes y jerarcas católicos contra la aplicación de los artículos anticlericales de la Constitución. También los estudiantes universitarios se movilizaron en 1929, pero en torno a la candidatura de José Vasconcelos bajo la consigna de democratizar el proceso revolucionario y luego a mediados de los años treinta en defensa de la autonomía y la libertad de cátedra frente a la llamada educación socialista.

La lucha del Estado posrevolucionario por convertirse en la fuerza política hegemónica llegó a su clímax en el sexenio del general Lázaro Cárdenas (1934-1940), por lo que también fue el momento de mayor efervescencia entre los opositores quienes respondieron al llamado para crear un nuevo partido político.

Consejo Regional del Distrito Federal, Manuel Gómez Morín, 1939 (640x470)

Instalación del Consejo Regional del Distrito Federal, al centro Roberto Cosío y cosío, Ernesto Robles León y Manuel Gómez Morin, 8 de noviembre de 1939. CEDISPAN.

La convocatoria fue hecha por Manuel Gómez Morin quien nació el 27 de febrero de 1897 en Batopilas, un pequeño pueblo en la sierra de Chihuahua. Su padre, un español oriundo de Santander, falleció muy pronto, por lo que en compañía de su madre, Manuel comenzó un largo peregrinaje por distintas poblaciones y ciudades hasta 1913 cuando se establecieron en la capital del país. Cabe destacar que hasta ese momento su educación había sido profundamente católica, así que la entrada a la Escuela Nacional Preparatoria (enp), institución claramente liberal y positivista, no fue del todo fácil. Pero el ambiente fuera del recinto educativo tampoco era sencillo: el nuevo presidente era el general Victoriano Huerta quien llegó al cargo luego de encabezar un golpe de Estado que incluyó varios días de combate en las calles del centro de la ciudad de México, así como el derrocamiento y asesinatos del presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez. Por si no fuera suficiente, los zapatistas seguían amenazando el sur del Distrito Federal, mientras que en el norte del país, el gobernador de Coahuila encabezaba un ejército para derrocar a Huerta. Difícilmente se podría ignorar ese escenario. La revolución y su futuro eran temas comunes en los pasillos y aulas de la enp. Así continuó Manuel su formación en compañía de otros jóvenes como Daniel Cosío Villegas y Vicente Lombardo Toledano; con este último compartía a Antonio Caso como mentor. Alumno destacado, desde los 17 años el joven Gómez Morin ya era profesor en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y ejercía la profesión de abogado, título que obtuvo en 1921.

Su carrera fue en ascenso y entre 1925 y 1929 formó parte del Consejo de Administración del Banco de México, erigiéndose como uno de los personajes importantes en la reconstrucción financiera del país durante los siguientes años. Paradójicamente, en ese mismo periodo, específicamente en 1927, representó legalmente a la embajada soviética.

Miguel Estrada Iturbide, candidato a senador, 1946 (640x401)

Miguel Estrada Iturbide, candidato a senador, 1946. CEDISPAN.

Todo esto, sin embargo, no lo alejó de las aulas y la vida universitaria, uno de sus espacios preferidos. De hecho, en 1933, fue nombrado rector de la Universidad Nacional que para entonces ya había obtenido la autonomía, aunque renunció un año después para regresar al ámbito profesional jurídico y financiero, camino que lo llevó a representar los intereses del grupo empresarial más importante de la época y cuyo asiento estaba en la ciudad de Monterrey, donde diseñó el proyecto legal del primer holding en México.

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¿Festejar o conmemorar la Revolución?

Eugenia Meyer

Revista BiCentenario #10

Revista de revistas

Las fechas en que el pasado se hace presente en rituales públicos activan sentimientos e interrogan razones. Se construyen y reconstruyen las memorias del pasado, se significan finalmente los momentos y las circunstancias que los diferentes actores eligen para expresar y confrontar en el escenario nacional los sentidos que otorgan a los quiebres institucionales que unos impulsaron y otros padecieron. Celebrar o conmemorar parecen un binomio indisoluble en la acción de hurgar en los diversos escenarios en los que se despliegan los conflictos entre las diferentes interpretaciones y significados del pasado: cómo se transforma a lo largo del tiempo, por qué algunas fechas pueden cobrar mayor importancia hasta convertirse en emblemáticas o ser sólo hitos locales o regionales. Recuerdo e historia van de la mano en la construcción de las memorias sociales: establecen, a través de prácticas, marcas y celebraciones, los rituales públicos, las inscripciones simbólicas, los monumentos. Las diferentes interpretaciones sociales del pasado, las efemérides nacionales, se tornan objeto de disputas y conflictos. ¿Quiénes celebran o conmemoran? ¿Por qué lo hacen? Es difícil lograr consenso al respecto, pues las mismas fechas pueden tener acepciones diferentes para los diversos actores en todos los niveles y estratos de la vida social del país, empezando por la esfera política. La operación del recuerdo y la del olvido ocurren siempre de acuerdo con las temporalidades subjetivas; remiten a hechos y procesos del pasado, que a su vez cobran sentido al vincularse con la proyección del futuro. También es cierto que la temporalidad se dirige al mañana, al paso del tiempo y a las transformaciones de los procesos sociales a lo largo de la historia. Por ello quizá es menester insistir en historizar la memoria para analizar las transformaciones y los cambios en los actores que recuerdan y olvidan los hechos del ayer, o bien que celebran y conmemoran esos procesos. En medio de tantos avatares “celebratorios”, habría que reconocer que el término revolución ha quedado fuera del vocabulario político. Luego de tantas décadas de construir el discurso del estado mexicano alrededor de la gesta de 1910, parece que todo ello pertenece a una historia vieja, an- quilosada. En su lugar se encauza la propuesta de la modernización y el cambio por los que tantos mexicanos han apostado su futuro.

Hasta hace unos años, desde que los legítimos herederos de la Revolución perdieron el poder, la misma parecía estar ya en el olvido. Sin embargo, con el bullicio del centenario, de repente nos encontramos con que la Revolución, por arte y magia de los calendarios, ha logrado ponerse de moda nuevamente. Inmersos como estamos ahora en la vorágine y la borrachera colectiva de las conmemoraciones, que no logran ocultar o disfrazar la torpeza y la miopía del gobierno –o los gobiernos–, se pone de manifiesto la falta de imaginación y desorientación en el asunto de los festejos; en parte, debido a que el partido en el poder no entiende ni se identifica (y porque le son ajenas) con la Independencia y la Revolución. Como hechos extraños, son atendidos de mil for- mas, y sin meditarlo a conciencia les han dado un tratamiento de sacralización piadosa.

La Revolución –que parece haber renacido de sus cenizas– es un proceso distante con el que es casi imposible esperar empatía de parte del Parti- do Acción Nacional. El movimiento que echó raíces con la construcción de un partido surgido de la lucha armada (el Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional) quedó atrás con lo que algunos despistados y hasta optimistas definieron como el triunfo de la democracia, con la alternancia partidista y el ya distante –aunque no añorado– gobierno de Vicente Fox.

No resulta estéril, por ende, hacer el esfuerzo por reflexionar sobre lo que la Revolución fue y el significado que hoy tiene. Con sus cien años a cuestas, la revolución es –como dijera de manera insistente desde los años cuarenta Jesús Silva Herzog– un hecho histórico. Se perdió la reverencia, se debilitó o anquilosó la mitología y, en consecuencia, se dio paso a una visión más madura, quizá también más real y objetiva, del periodo que transformó la vida nacional, el ser y el hacer de México.

En los sesenta, cuando nuestra Revolución empezó a ser entendida como la preferida –en especial por los ideólogos estadunidenses–, luego del sobresalto causado por la revolución cubana y la declaración de su carácter socialista, la atención hacia el proceso mexicano fue mayor. Los estudios y centros académicos dedicados a nosotros crecieron de manera significativa, muy especialmente en Estados Unidos. Esto es coincidente con la políticas implantadas y desarrolladas por la Alianza para el Progreso, el programa de ayuda económica y social destinado a América Latina gestado por John F. Kennedy, que habría de estar vigente casi una década.