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Milagros contra la calvicie y otros enjuagues

Lillian Briseño Senosiain
Tecnológico de Monterrey, Campus Santa Fe

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

La publicidad jugó un papel destacado a partir de las últimas décadas del siglo XIX para alentar a los hombres y mujeres de entonces a sostener un alto umbral de belleza que consistía en recuperar la mejor cabellera, alimentar melenas envidiables, colocarse postizos para conseguir marido o aplicar tónicos con el fin de permanecer jóvenes. La vanidad se potenciaba con productos europeos o estadounidenses que atraían consumidores desde las páginas de los periódicos y las vitrinas de los comercios.

PENTAX ImageDesde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yankee o francesa,
ni más bonita, ni má traviesa
que la duquesa del duque Job.

Ágil, nerviosa, blanca, delgada,
media de seda bien estirada,
gola de encaje, corsé? de !crac!,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitantes sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.

¡Ah! Tú no has visto, cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.

La breve cofia de blanco encaje
cubre sus rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé;
altas, lustrosas y pequeñitas
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie.

La duquesa Job
Manuel Gutiérrez Nájera

Si en esta segunda década del siglo XXI hojeamos las revistas y periódicos o vemos la televisión, podemos encontrar cientos –por no decir miles– de artículos que parecen ayudarnos a vivir en mejores condiciones: más sanos, con mejor cuerpo, atléticos, con una melena envidiable, vigorosos, un cutis impecable, sin manchas en la piel ni verrugas, celulitis, arrugas, hemorroides… y así podríamos seguir en una lista casi interminable de productos, algunos de los cuales parecen ser, por decir lo menos, milagrosos.

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La profusión de la publicidad en los medios actuales no es, sin embargo, una novedad cuyos derechos de autor debamos otorgar a la mercadotecnia moderna, a la facilidad de las comunicaciones, a la producción en serie o a la globalización en la que vivimos inmersos y que parece ser responsable de todo lo que nos sucede. No, al menos, si nos atenemos a los también muy numerosos anuncios que aparecieron en los diarios mexicanos de hace más de un siglo, en los cuales, curiosamente, se ofrecían casi los mismos artículos que ahora, o una variante más sencilla de los mismos, pero cuyo objetivo era idéntico al que vemos hoy anunciado en los diferentes medios: incrementar el consumo de los productos a partir de prometer un efecto mágico para quienes lo adquieran y usen.

Y aunque seguramente el término mercadólogo no existía hace más de 100 años, los comerciantes se dieron cuenta, de manera temprana, que la vanidad de las mujeres y los hombres era un buen negocio. Tanto que en las últimas décadas del siglo XIX incluyeron en las publicaciones periódicas diversos anuncios que daban cuenta de esos productos maravillosos que podrían mejorar sustancialmente su imagen.

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Resulta apasionante echarse un clavado en las inserciones comerciales de entonces y constatar que, al menos por lo que estas re- flejan, había una verdadera preocupación por la salud y apariencia de las personas.

Para el caso de las damas, podemos encontrar que hace un siglo se publicitaban cientos de productos útiles para contrarrestar los efectos de la edad, como las canas, las arrugas, los senos caídos y la pérdida de la dentadura, o bien accesorios como corsés, zapatos, abanicos o sombrillas que mejoraban también su imagen; lo mismo podemos decir de otros tantos artículos para los varones como fistoles, mancuernas, relojes, rastrillos o sombreros..

Veamos aquí ejemplos de los diversos intentos que se hicieron por hacer que ambos sexos lucieran en el pasado unas melenas envidiables. Podemos adelantar que a decir de la recurrencia de los anuncios relacionados con la coiffure, parece ser que nuestras bisabuelas tenían muy mal cabello, pues abundan los que ofrecían todo tipo de productos para contrarrestar los estragos del tiempo y la edad.

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Lo que llegó para quedarse: asomos de la publicidad en el Porfiriato

Lillian Briseño Senosiain
ITESM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Coca Cola, tA?mese el refresco

“No hay nada que cause tanto placer, a tanta gente, por tan largo tiempo, con tan poco gasto, como un gramófono Columbia”. “¿Desea usted vestirse al estilo americano y que sus trajes le cuesten menos que si se los confeccionara un sastre de su país?” Así aparecían dos de los cientos de anuncios publicados en La Hacienda. Obra mensual ilustrada sobre asuntos campestres y populares, revista que llegó a México durante los últimos años del Porfiriato e incluía noticias útiles para los agricultores, ganaderos y público en general.

Con un costo anual de tres pesos oro americanos, La Hacienda ofrecía a sus lectores las últimas novedades en diversos temas, como la calidad del maíz, la forma de cosechar el tabaco o el precio del café, pero también anuncios sobre los más variados productos que dan cuenta de lo que la burguesía porfiriana, a la cual estaba dirigida la revista, podía consumir en el crepúsculo del régimen.

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La publicación, que contenía ilustraciones, gráficos y fotografías, empezó a editarse mes a mes en la ciudad de Buffalo, N. Y., en 1906, con unas 30 páginas foliadas de manera consecutiva de fascículo en fascículo. Se adquiría mes a mes, pero también se podía comprar en dos tomos con los primeros 24 números: “encuadernados con lujo inusitado [...] en edición uniforme, precisamente similares a los que existen en las bibliotecas privadas del Presidente Díaz de Méjico [sic], Rey Alfonso de España y Presidente Reyes de Colombia”, rezaba el número 7 correspondiente a las Pascuas de 1908.

La distribución de La Hacienda nos interesa particularmente, pues se trataba de un impreso para un público latino que se distribuía en varios países hispanoamericanos, pero cuya característica principal era que se elaboraba e imprimía en Estados Unidos, lo que deja ver la importancia que ese mercado tenía para un sector de aquella nación. Contenía, además, una sección de preguntas y respuestas, en la que lectores de países como Puerto Rico, Santo Domingo, Ecuador, Perú, Colombia y, por supuesto, México, expresaban sus dudas sobre temas distintos.

Acompañando a los artículos de fondo se insertaban, al principio y al final de la revista, unas 60 páginas de anuncios que ofrecían un panorama general de las novedades tecnológicas y la moda. En suma, la publicación constaba de cerca de 100 páginas por fascículo, de las que casi dos terceras partes se destinaban a la comercialización de productos que prometían hacer la vida más fácil, cómoda y disfrutable.

Podemos encontrar en La Hacienda publicidad acerca de objetos que “llegaron para quedarse”, que vemos hasta nuestros días, como las máquinas de rasurar Gillete o los rifles Remington, que son, en esencia, la idea o la versión pionera de productos que sobreviven con diseños más desarrollados y complejos.

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Consejos de belleza

EL SIGLO XIX

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El rostro femenino recibía una atención especial. Las publicaciones periódicas prodigaban consejos y anuncios de artículos de belleza y nuestras tatarabuelas y bisabuelas debieron buscarlos y conseguirlos. En general, el ideal era que la tez luciese como de porcelana, el cabello se peinara en rizos o un moño sencillo o trenzado y recogido en una guirnalda. Se aceptaba el teñido, pues desagradaba el cabello gris o rojo. Asimismo, se veía vulgar la pintura roja en labios o mejillas y el retoque de las cejas. Los sombreros, que enmarcaban la cara, formaban parte del guardarropa y cambiaban según la moda.

Sin título5Como en el siglo XVIII

Apenas sale la señora de la cama, después de hacer dos caricias a su perrito, dar dos voces a sus criados, y olvidándose muchas veces de dar gracias a su Creador, se dirige a este paraje [el tocador], en donde se gastan las mejores horas de la mañana –entra el peluquero– la señora padece con gran gusto un martirio insufrible. Gasta tres o cuatro horas en adobar su cabello [...]. Saca luego los emplastos y salserillas, dase en el rostro, y con ellos logra, ¡qué milagro! Salir blanca de morena, colorada de descolorida, con lunares, sin haberlos tenido, y en fin con una cara sobrepuesta, adulada de mueble, lisonjeada de sus criadas, y ella muy pagada de sí.

Diario de México, 1811.

 

A las trigueñas

Lo blanco sienta bien a todas las fisonomías [...]. Pero con respecto a los demás colores, debe la trigueña consultar el buen gusto y el espejo. El azul fuerte sobre todo en pañuelos cerca de la cara, debe considerarlo como una tentación del demonio. Nada diremos del encarnado en igual caso, porque nos parece imposible que ninguna trigueñita en su juicio quiera exponer sus gracias a prueba tan terrible. En general, no conviene a su fisonomía ningún color fuerte. El de barquillo, el de paja, el de caía bajo, el azul muy suave, el rosa muy suave también, son colores que sientan bien, que aumentan la expresión de una cara trigueña.

Panorama de las señoritas mexicanas, 1842.

Para secar el cabello

El abundante cabello de una señora puede secarse inmediatamente, exponiendo al vaho o vapor del benjuí. Debe la señora reclinarse en un sofá de suerte que le cuelgue el pelo por el otro lado. Un braserillo con dos o tres pedacitos de carbón encendido se coloca después debajo del cabello y échese luego una poca de goma de benjuí en polvo en el braserillo. El espeso humo que se desprende y que está muy impregnado de ácido carbónico, absorbe rápidamente la humedad del pelo, el cual debe antes enjuagarse muy bien con una toalla de manera que conserve la menor humedad posible, y pocos minutos se tendrá el cabello perfectamente seco y aromatizado.

Semana de las señoritas mexicanas, 1851.

Vinagre aromático, cosmético y antimefítico

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Este vinagre preparado para el tocador evita y hace desaparecer los granitos, ardor, manchas ocasionadas por el sol, y las arrugas; refresca, blanquea y ablanda el cutis, hace que esté siempre terso. Se halla de venta en México en la calle de S. Agustín núm. 1.

Los espejuelos del diablo, 1865.

Vigor del cabello del Dr. Ayer

Es el mejor cosmético. Hace crecer el cabello, destruye la caspa, y con su uso el cabello gris vuelve a tomar su color primitivo [...], conservando su riqueza, exuberancia y color hasta un periodo avanzado de la vida. Cuanto más se usa, más rápidos son sus efectos. Medalla de oro en la Exposición de Barcelona.

El mundo, 1896.

01Nueva higiene del cabello

La nueva higiene del cabello que prescribe el Dr. Guelpa consiste en tratar el cabello con sustancias grasientas y proceder al masaje de la cabeza, prescribiéndose en cambio el empleo de lociones antisépticas, salvo en casos especialmente indicados. La experiencia ha demostrado que con el masaje de la cabeza los cabellos suelen crecer más rápidamente y más fuertes que con cualquier otro tratamiento.

El tiempo ilustrado, 1910.

 

EL SIGLO XX

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Fue en el decenio de 1920 cuando el arreglo del rostro femenino cambió de forma radical con hábitos nuevos como el depilado de las cejas o el uso del lápiz labial. Con el avance de la liberación femenina, este arreglo fue cada vez más atrevido y personal. La industria de los cosméticos triunfó, aunque siguieron las rutinas caseras –sugeridas muchas veces en periódicos y revistas populares. La tez blanca se defendió, aunque se aceptó darle tonos rosados y, años después, que se bronceara, el cabello se recortó, pero también se usó largo, se le tiñó pero no sólo para ocultar las canas sino para cambiar el color, y labios, mejillas, ojos, cejas, pestañas se pintaron de colores rojos o púrpuras. A partir de los años sesenta, y hasta la fecha, no hubo o hay más límites que los que cada quien se impuso o impone. Los afeites para el rostro, por lo demás, hallaron un nuevo mercado: el masculino. En cuanto a los sombreros, ineficaces en un mundo y un tiempo marcados por las multitudes y la velocidad, fueron desapareciendo.

Agua para rejuvenecer el rostro

Cuézanse dos pies de ternero en diez y ocho libras de agua de río, y cuando se haya disminuido ésta de una mitad, échese una libra de arroz, que se hará cocer asimismo con migas de pan remojado con leche, dos libras de mantequilla fresca y las claras de diez huevos también frescos con sus cortezas y telillas. Enfriada la mezcla se pasará en seguida por un lienzo fino, y el agua que resultara es la que tiene la propiedad de hermosear y rejuvenecer.

Elegancias, 1923.

 

03 (465x640)El camino más corto hacia la belleza

Indudablemente que usted lo descubre cuando se asegura de que su maquillaje es correcto. De igual manera que si sus ojos son azules usted realza su belleza con un vestido azul, el maquillaje que le corresponde es el que proporciona el uso de Lápiz Labial, Arrebol, Sombra, Máscara y Polvo Marvelous en tonto Dresden. Si sus ojos son oscuros, Parisian si café claro, Continental si verdes o grises, Patrician.

La familia, 1931

Un aspecto más juvenil

Un magnífico estimulante de la circulación sanguínea del rostro es un trozo de hielo. Envuelto en un paño delgado –pues aplicado directamente podría causar ligeras quemaduras– como si fuera una borla de polvos, pasárselo repetidas veces por la cara, pero siempre partiendo de la barbilla en dirección a la frente. Su acción beneficiosa es múltiple, pues además de activar el riego sanguíneo hace que se adquiera en seguida un aspecto más animado y juvenil. [..] Después de este pequeño masaje un poco de crema va muy bien.

Enciclopedia del hogar, 1945.

04 (320x500)Atención especial al rostro

La crema base para polvo o tónica simplemente, se aplica con los dedos haciéndose un ligero masaje. Luego se retira el excedente con una toalla suave o un kleenex, luego el polvo; se arreglan meticulosamente las pestañas, el rouge y lápiz de los labios, de acuerdo con el color del rostro, y ya está.

Excélsior, 1960.

 

ARSA