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Manuel Castilla Brito ¿Revolución en Campeche?

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la Ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Manuel Castilla Brito

Hablar de la Revolución mexicana es hacer mención de los acontecimientos que tuvieron lugar en el centro y norte del país. Son muy pocos los testimonios que relatan lo que ocurrió en el sureste. En estas páginas me ocuparé de aquellos que tuvieron lugar de 1909 a 1913 y tienen que ver con el curso que tomó la Revolución en el espacio entonces tan alejado de Campeche (puerto y entidad), que por su situación geográfica pareció mantenerse ajeno a la turbulencia en el resto del país.

Revolucionarios campechanos

Francisco I. Madero visitó el puerto campechano durante su gira electoral, en junio de 1909. El gobernador porfirista, Tomás Aznar Cano, hizo lo posible por boicotear su presencia, impidiendo cualquier manifestación de apoyo. Los habitantes de la ciudad fueron intimidados mediante el uso de la fuerza pública, aunque el grupo maderista dirigido por Tarquino Cpardenas logró organizar un mitin nocturno en el recién inaugurado Circo Teatro Renacimiento. Aunque lamentablemente no tuvo el éxito esperado, los amedrentados campechanos no acudieron en el número esperado, los jóvenes que sí lo hicieron se entusiasmaron con el candidato, aplaudieron el discurso en el que Madero se refirió a los males de México: la larga permanencia de Porfirio Díaz en el poder y la necesidad de un cambio y lo corearon con mueras al dictador. El poeta Salvador Martínez Alomía recitó unos versos que cantaban al valor de sus coterráneos: “Campeche, tú fuiste bueno, Campeche, tú fuiste bravo y nadie te puso freno, vergonzoso del esclavo”. Entre los presentes se hallaban Calixto Maldonado, Urbano Espinosa, José de Jesús Cervera, Joaquín Mucel y Manuel Castilla Brito, quienes más adelante formarían el club de simpatizantes de Madero. La fascinación experimentada por la juventud local fue muestra de cómo los campechanos participaban del ambiente político que se respiraba en el país.

Gabinete de Castilla Brito

¿Cómo se fue dando la Revolución en Campeche? En 1907 había sido electo como gobernador Tomás Aznar Cano, hijo de uno de los fundadores del estado como entidad soberana y alumno distinguido del Instituto Campechano. Durante su gestión se sintieron los primeros vientos insurrectos que dislocarían la vida provinciana de Campeche. Al iniciarse el movimiento revolucionario que cambiaría el panorama político nacional a fines de 1910, Aznar no pudo entender o adaptarse a los nuevos tiempos que planteaban una democracia y urgían cambios. Antes de concluir el año, pidió un permiso indefinido, abandonando el estado con toda su familia rumbo a la ciudad de México, de donde nunca volvió. Su marcha trastornó la vida política; hubo varios gobernadores interinos, lo que habla de la gran inestabilidad reinante, a la par de la agitación en todo México.

El gobernador interino José García Gual convocó a elecciones en abril de 1911, para el periodo 1911-1915. Cuatro contrincantes se lanzaron a la contienda; al final sólo quedaron dos: Carlos Gutiérrez Mac Gregor, quien representaba los viejos intereses porfiristas y había sido gobernador, y Manuel Castilla Brito, que encarnaba a la nueva generación: era hijo del ex gobernador Marcelino Castilla, autor de la primera ley de educación del estado e identificado con la causa de Madero a tal grado que José María Pino Suárez le daría la comisión de organizar la revolución en Campeche; esto lo convirtió en promotor del movimiento maderista en esta ciudad y deja ver la participación local en las redes revolucionarias que existían en la república.

[…]
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¿Y dónde está el Plan de Guadalupe?

Ing. Venustiano Carranza Peniche
Revista BiCentenario #6 
Venustiano Carranza. Col. Particular.

Venustiano Carranza. Col. Particular.

Crecí en el seno de una familia marcada por la figura y el recuerdo de un antecesor ilustre. Aunque yo no tuve la oportunidad de conocerlo, las historias que escuché desde niño han llenado mi existencia y de algunas quisiera dejar testimonio pues me parecen no sólo interesantes, sino también significativas y no desearía que se perdieran. Sobra decir que a la vez aprendí a admirar al abuelo, y que lo que he leído y estudiado después sobre su persona y su vida han ratificado mi admiración.

Una de las historias que aprendí -acaso la más agradable-, y en la que de alguna manera estuve involucrado se relaciona con el “Plan de Guadalupe”, uno de los documentos fundamentales de la Revolución Mexicana. Como diría el mismo Venustiano Carranza en 1914, en el primer aniversario de su firma, fue “el grito de guerra que lo más selecto de la juventud mexicana lanzó a los cuatro vientos del país contra la iniquidad triunfante, y ese grito no era más que la expresión vibrante y sonora de la conciencia nacional, expresión que reasumía el propósito firme, la voluntad deliberada del pueblo mexicano de no consentir más que el pretorianismo volviese a apoderarse de los destinos de la Nación”.

Desde el momento en que la tinta se expandía sobre el papel en que se anotó el plan, su autor pudo intuir el valor del documento: se trataba de encausar al país por la ruta de la legalidad y la justicia. Regresemos 95 años en el tiempo y metámonos en la trama de su vida: sepamos ahora el origen, destino y alcances del “Plan de Guadalupe”.

Oficina donde se recibiA? el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

Oficina donde se recibió el telegrama de Victoriano Huerta (19 de febrero de 1913). Col. Particular

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Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenómeno de la Revolución llamó la atención de diversos extranjeros que por alguna razón estuvieron en México. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interés y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro país. Periodistas, políticos, diplomáticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquellos participaron y subrayan la simpatía o antipatía que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos días de la Decena Trágica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes líneas extraídas de su libro Los últimos días del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Ministros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeño y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espíritu, y asoma a los ojos, todo él en mis pupilas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraña y única, del magistrado que saborea la victoria […]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso […] traía su fe en el régimen democrático, su fe en el pueblo, su fe en la Constitución, hasta entonces, por ningún gobierno practicada; sentía, como nunca, además, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentía la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su política, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado […].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses después] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien había redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lánguida y triste, en cielos de tormenta. La oposición había inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[…] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambición… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Suárez, escribía en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompañaban a Madero. […] Me hizo sentar en el sofá y a mi izquierda ocupó una butaca. Pequeño de estatura, complexión robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movía con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en ángulo, sonreía con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresión. Según piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonríe siempre; invariablemente sonríe. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa […] Era como el gesto del régimen que con él se extinguía […]

Era la una de la mañana […] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogándole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sábanas y almohadas; y revela […], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacería feliz en la montaña profunda […] Eran rasgo de su carácter el orden, la simetría, la regularidad […]

A las diez de la mañana todavía me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de México. El dormitorio recobró sus preeminencias de “sala de recibo” y Madero, en el remanso de su dulce optimismo, formulaba planes de romántica defensa. Desde luego, no concebía que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que Félix (Díaz) permitiese el bárbaro sacrificio de su vida, siéndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonríe compadecido de sí mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, además, amante de la caza, la tétrica sombra del calabozo le afligía.

[…] el 22 de febrero […] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueño […] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba […] avisa que la señora de Madero quiere hablar por el teléfono […] Son las siete de una fría mañana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: “¡Señora, por Dios; al Ministro que averigüe si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, señora!” […] Y no podía consolarla, desmintiendo aquella versión, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periódico. El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

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Una lección de historia. La Revolución Mexicana en la pintura mural

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

David Alfaro Siqueiros (1896-1974), nació en Santa Rosalía Camargo, Chihuahua. ingresó a la Academia de Bellas Artes de San Carlos a mediados de 1911. Posteriormente, en 1914, se incorporó a la revolución sumándose a las fuerzas del Cuerpo de Ejército del Noroeste, bajo las órdenes del general Manuel M. Diéguez, jefe de la División de Occidente. En 1919 el gobierno de México lo envió becado a Europa a continuar con los estudios interrumpidos en Bellas Artes. De regreso en México, se involucró –a partir de 1924– activamente en las luchas obreras. Su incorporación al Partido Comunista y su actividad partidaria lo llevó a prisión en varias ocasiones –por cuestiones políticas–. Vinieron después su destierro a Estados Unidos, su viaje a España y su incorporación al Ejército Republicano Español en la 82a brigada mixta (Teruel), para posteriormente pasar a la 46a Brigada Motorizada en el frente de Extremadura. regresó a México en 1944. Miembro prominente del Partido Comunista, siguió sus actividades como agitador sindical y político que le valieron volver a Lecumberri. Como pintor alcanzó fama internacional por sus obras de caballete, frescos y grandes murales que pintó en diversos edificios públicos, entre ellos el de la Escuela Nacional Preparatoria, el del Palacio de Bellas Artes y el del Museo Nacional de historia. Su última obra fue El Poliforum Siqueiros iniciada en 1970 en la Ciudad de México.

0. El primer mural

El trabajo que Siqueiros realizó para la Sala de la Revolución en el Castillo de Chapultepec no fue continuo. El artista participó durante 1959 en varias manifestaciones encaminadas a obtener la libertad de Demetrio Vallejo –dirigente ferrocarrilero– y otros activistas presos; dictó conferencias en las que criticó acerbamente la política laboral del gobierno y fue acusado, entre otros delitos, de disolución social, por lo que se le encarceló en el llamado Palacio Negro de Lecumberri. En 1964 se le concedió el indulto y en 1967 concluyó el mural que constituye, indudablemente, una obra maestra tanto por su plasticidad como por su síntesis didáctica. Siqueiros no pinta la revolución Mexicana sino sus antecedentes y, sobre todo, a los precursores e ideólogos que con su influencia o acción directa la hicieron posible.

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¿Festejar o conmemorar la Revolución?

Eugenia Meyer

Revista BiCentenario #10

Revista de revistas

Las fechas en que el pasado se hace presente en rituales públicos activan sentimientos e interrogan razones. Se construyen y reconstruyen las memorias del pasado, se significan finalmente los momentos y las circunstancias que los diferentes actores eligen para expresar y confrontar en el escenario nacional los sentidos que otorgan a los quiebres institucionales que unos impulsaron y otros padecieron. Celebrar o conmemorar parecen un binomio indisoluble en la acción de hurgar en los diversos escenarios en los que se despliegan los conflictos entre las diferentes interpretaciones y significados del pasado: cómo se transforma a lo largo del tiempo, por qué algunas fechas pueden cobrar mayor importancia hasta convertirse en emblemáticas o ser sólo hitos locales o regionales. Recuerdo e historia van de la mano en la construcción de las memorias sociales: establecen, a través de prácticas, marcas y celebraciones, los rituales públicos, las inscripciones simbólicas, los monumentos. Las diferentes interpretaciones sociales del pasado, las efemérides nacionales, se tornan objeto de disputas y conflictos. ¿Quiénes celebran o conmemoran? ¿Por qué? lo hacen? Es difícil lograr consenso al respecto, pues las mismas fechas pueden tener acepciones diferentes para los diversos actores en todos los niveles y estratos de la vida social del país, empezando por la esfera política. La operación del recuerdo y la del olvido ocurren siempre de acuerdo con las temporalidades subjetivas; remiten a hechos y procesos del pasado, que a su vez cobran sentido al vincularse con la proyección del futuro. También es cierto que la temporalidad se dirige al mañana, al paso del tiempo y a las transformaciones de los procesos sociales a lo largo de la historia. Por ello quizás es menester insistir en historizar la memoria para analizar las transformaciones y los cambios en los actores que recuerdan y olvidan los hechos del ayer, o bien que celebran y conmemoran esos procesos. En medio de tantos avatares “celebratorios” habría que reconocer que el término revolución ha quedado fuera del vocabulario político. Luego de tantas décadas de construir el discurso del estado mexicano alrededor de la gesta de 1910, parece que todo ello pertenece a una historia vieja, anquilosada. En su lugar se encauza la propuesta de la modernización y el cambio por los que tantos mexicanos han apostado su futuro.

Hasta hace unos años, desde que los legítimos herederos de la Revolución perdieron el poder, la misma parecía estar ya en el olvido. Sin embargo, con el bullicio del centenario, de repente nos encontramos con que la Revolución, por arte y magia de los calendarios, ha logrado ponerse de moda nuevamente. Inmersos como estamos ahora en la vorágine y la borrachera colectiva de las conmemoraciones, que no logran ocultar o disfrazar la torpeza y la miopía del gobierno (o los gobiernos), se pone de manifiesto la falta de imaginación y desorientación en el asunto de los festejos; en parte, debido a que el partido en el poder no entiende ni se identifica (y porque le son ajenas) con la Independencia y la Revolución. Como hechos extraños, son atendidos de mil formas, y sin meditarlo a conciencia les han dado un tratamiento de sacralización piadosa.

La Revolución (que parece haber renacido de sus cenizas) es un proceso distante con el que es casi imposible esperar empatía de parte del Partido Acción Nacional. El movimiento que echó raíces con la construcción de un partido surgido de la lucha armada (el Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional) quedó atrás con lo que algunos despistados y hasta optimistas definieron como el triunfo de la democracia, con la alternancia partidista y el ya distante (aunque no añorado) gobierno de Vicente Fox.

No resulta estéril, por ende, hacer el esfuerzo por reflexionar sobre lo que la Revolución fue y el significado que hoy tiene. Con sus cien años a cuestas, la revolución es (como dijera de manera insistente desde los años cuarenta Jesús Silva Herzog) un hecho histórico. Se perdió la reverencia, se debilitó o anquilosó la mitología y, en consecuencia, se dio paso a una visión más madura, quizá también más real y objetiva, del periodo que transformó la vida nacional, el ser y el hacer de México.

En los sesenta, cuando nuestra Revolución empezó a ser entendida como la preferida (en especial por los ideólogos estadounidenses), luego del sobresalto causado por la revolución cubana y la declaración de su carácter socialista, la atención hacia el proceso mexicano fue mayor. Los estudios y centros académicos dedicados a nosotros crecieron de manera significativa, muy especialmente en Estados Unidos. Esto es coincidente con la políticas implantadas y desarrolladas por la Alianza para el Progreso, el programa de ayuda económica y social destinado a América Latina gestado por John F. Kennedy, que habría de estar vigente casi una década.

Vientos de cambio en el sureste: Yucatán y la Revolución mexicana

Marisa Pérez Domínguez
Instituto Mora
Revista Bicentenario #10
 
PlantaciA?n de henequAi??n

A diferencia de otras regiones de México, la Revolución llegó a Yucatán de la mano del constitucionalismo, cuando Venustiano Carranza, como Primer Jefe de este movimiento, se estableció en Veracruz, mientras sus tropas combatían al gobierno de la Convención defendido por Francisco Villa y Emiliano Zapata. Desde el puerto designó al general de división Salvador Alvarado gobernador y comandante militar de la entidad en 1915. Esta fecha tardía no significó que la población hubiera permanecido inmóvil ante los sucesos iniciados en 1910, pues desde tiempo antes, se daban manifestaciones de descontento en el campo yucateco. No lograron articularse, sin embargo, en una lucha armada, como ocurrió en algunos estados del norte del país y por eso la historiografía afirma que “la Revolución llegó desde afuera” a la península.

La élite yucateca había enfrentado nuevos desafíos en la primera década del siglo XX, planteados por el cambio que sufría el mercado del henequén. La crisis económica mundial de 1907 sacudió el sistema regional, pero fue insuficiente para cambiar los parámetros productivos y comerciales y agravó, por el contrario, los problemas de Yucatá, que afloraron finalmente en el debate político.

La sociedad también experimentó importantes transformaciones. La participación política de los campesinos y trabajadores rurales y urbanos aumentó, si bien al mismo tiempo hubo un revelador ascenso de la clase media, con lo cual se sumó un componente social a la división tradicional entre la élite y la población rural maya y mestiza.

La tormenta revolucionaria de 1910-1911 sorprendió a esta élite, cuyas divisiones internas se acentuaron, debilitando su liderazgo de clase, la que fue sustituida por una clase media en as- censo, cuyas aspiraciones encontraron un terreno fértil para expresarse.

Caricatura de Olegario Molina

Caricatura de Olegario Molina

Los primeros cambios significativos se produjeron entre 1911 y 1914: la participación de la clase media en la lucha por el poder, la politización de las clases populares y la aparición de un nuevo marco ideológico para la acción del estado. Los tradicionales grupos dirigentes se vieron en la necesidad de ceder importantes espacios de poder, a veces aceptando lo ya inevitable y en otras de sumarse aun a la Revolución.

Al arribar a tierras yucatecas en marzo de 1915, el general Alvarado pudo constatar que la sociedad se hallaba en manos de un reducido número de personas que tenía el dominio económico, junto con los monopolios extranjeros, cuyo agente era Avelino Montes, de origen español y yerno y socio de Olegario Molina, el rey del henequén en el estado y además ex gobernador y ex secretario de Fomento de Porfirio Díaz. Montes y Molina, en contubernio con unos cuantos productores del conocido como oro verde y que constituían lo que la gente denominaba la casta divina, dominaban en el gobierno, los bancos, los ferrocarriles, la educación, la beneficencia, la iglesia y, desde luego, las fiestas de sociedad. Quien no pertenecía a la casta era excluido de todo: “no se movía la hoja del árbol sin la voluntad de la casta divina”, escribió Alvarado en su libro Mi actuación revolucionaria en Yucatán.

Alvarado, en aras de cumplir con los ideales revolucionarios, se dio a la tarea de transformar sustantivamente los ámbitos económico, político y social. Realizó una serie de reformas sin precedente en Yucatán. Las leyes relativas a los peones, los niños y las mujeres fueron primero: destacan la de liberación de los peones acasillados, terminando así el sistema de deudas; la educación primaria, en adelante obligatoria, laica y gratuita; y la que impulsaba la incorporación de las mujeres a las actividades públicas, dándoles igualdad jurídica, emancipación a los 21 años y la separación a través del divorcio. Se empeñó en acabar con el monopolio de la International Harvester, informando la Comisión Reguladora del Mercado de Henequén y procedió a la incautación de los ferrocarriles y a modificar a fondo el sistema hacendario. Emitió una Ley de Cultos para contrarrestar la poderosa presencia de la iglesia católica y llevó a cabo una campañía “desfanatizadora”, necesaria a su juicio para “sanear” a la sociedad.

Entre las medidas y estrategias centrales de su programa de gobierno, merece especial atención la fundación de un nuevo partido oficial. Así intentó centralizar y coordinar “desde arriba” la actividad política. El llamado Partido Socialista Obrero operó para manejar el proceso de integración ciudadana; fue fundado por decreto, para que se convirtiera en el organismo encargado de desarrollar la política oficial del gobierno militar constitucionalista. Por eso se convirtió, para todos los efectos, en un partido de estado que integraba todas las redes de poder en el territorio.

No se hicieron esperar las reacciones positivas y negativas, de entusiasmo en unos y chasco y resentimiento en otros. La creciente participación de los trabajadores rurales y urbanos en la vida política les proveyó de armas para la lucha laboral que desconocían. El sindicato, la “liga de resistencia” (unidad básica del partido), las leyes laborales y el discurso ideológico fueron algunos de los tantos medios de combate ahora en sus manos, que los fortalecieron y animaron como enemigos de una clase calificada de explotadora y reaccionaria, según el vocabulario revolucionario empleado en la península desde 1915.

Arco de San Juan en MAi??rida

Arco de San Juan en Mérida

El poder se había salido de manos de la élite para caer en las de una clase antes marginada y despreciada. Los nuevos políticos agitaban a las masas con un discurso socialista, amenazando con desencadenar su furia si los miembros de la casta divina no cumplían con sus deseos, esto es, pagar fuertes contribuciones, ceder a las demandas laborales y llevan- do a cabo todo lo estipulado por el nuevo Estado. Muchos lograron adaptarse. Otros, por el contrario, apostaron al desgaste de este nuevo estado. Dejaron de invertir en las actividades productivas, tratando de obtener el máximo provecho inmediato de sus haciendas y empresas, y trasladaron sus ganancias al extranjero. Algunos, vinculados con el viejo régimen y temerosos de represalias, se embarcaron con sus familias rumbo a Estados Unidos y La Habana y esperaron a que la tormenta pasara.

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Isidro Fabela, la fotografía y la Revolución mexicana

Alberto del Castillo Troncoso / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10
Para Carlos Del Castillo Venegas, el "capi", en sus primeros 90 aAi??os

Para Carlos Del Castillo Venegas, el “capi”, en sus primeros 90 años

Los pasos de Fabela

Isidro Fabela es uno de los intelectuales más importantes de la Revolución mexicana. Su participación al lado de las fuerzas constitucionalistas en Coahuila y Sonora en 1913 y su intervención como encargado de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Venustiano Carranza durante la invasión estadunidense a Veracruz en 1914, sus múltiples gestiones como diplomático en Europa y América del Sur durante el gobierno del mismo don Venustiano y como representante de México ante la Liga de las Naciones en administraciones posteriores lo convirtieron en uno de los artífices del nacionalismo revolucionario que dio cauce institucional a la violencia de la gesta armada así como el sentido histórico de ser parte de uno de los más importantes imaginarios políticos y culturales del siglo XX.

A lo largo de varios decenios, don Isidro representó con gran dignidad y decoro a un discreto país latinoamericano capaz de enfrentar por la vía diplomática a varias de las grandes potencias de la época, desde Estados Unidos con Woodrow Wilson hasta Alemania con Adolfo Hitler, pasando por la Italia de Benito Mussolini y la España de Franco.

Isidro Fabela hizo a lo largo de su vida varios diagnósticos de la Revolución. Primero en diversas crónicas, luego en una historia diplomática, más tarde en sus memorias, describió con lujo de detalles su participación al lado de personajes como Abraham González, José Maytorena, Álvaro Obregón, Manuel Diéguez, Cándido Aguilar, Eduardo Hay y muchos otros, siempre bajo la rígida de Carranza, el Primer Jefe, líder indiscutible a quien prodigó una lealtad a toda prueba. En todo momento argumentó su preocupación por documentar los hechos y así poder escribir narrativas verosímiles, capaces de dar cuenta de una realidad tan compleja como la que sin duda fue el levantamiento armado con sus distintos profetas, desde los hombres fuertes del norte del país hasta los caudillos del sur, todos convertidos en poco tiempo en personajes de leyenda.

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Su sobrevivencia a todos los jefes revolucionarios y su posterior intervención como diplomático en varios gobiernos emanados de la gesta armada le dieron la distancia precisa para aquilatar el valor de su archivo de documentos y fotografías y vislumbrar la necesidad de apoyar su testimonio personal en ellos, para dotarlo de cierta objetividad y verosimilitud.

La colección fotográfica

Una faceta poco conocida de don Isidro es la de coleccionista de fotografías de la Revolución. No formó una crónica visual que pretenda sustentar todos los hechos en forma global o exhaustiva, sino que, por el contrario, es el registro personal de una trayectoria política y militar al lado de Carranza en los años álgidos del levantamiento contra Victoriano Huerta. Una visión tan acotada y precisa resulta todo menos obra de la casualidad. Por el contrario, es un indicador de su participación, toda vez que, a la usanza de los diarios íntimos, su presencia gravita en una buena suma de fotografías.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.06.26La colección fotográfica de nuestro personaje consta de cerca de 1,000 imágenes que comienzan con su arribo en 1913 al ejército revolucionario dirigido por Pablo González y Jesís Carranza en Coahuila e incluyen su incorporación posterior a las fuerzas constitucionalistas en Sonora, una parte significativa de la campañía del Pacífico, con la caída de Mazatlán y la apertura consecuente del camino a la ciudad de México para Álvaro Obregón, la devolución del puerto de Veracruz por los ocupantes estadounidenses y la gira triunfal de Venustiano Carranza por el interior del país a fines de 1915 e inicios de 1916.

Una ruta como ésta contiene omisiones importantes que deben ser vistas como parte del conflicto que surgió entre las distintas fracciones revolucionarias. De tal modo, el énfasis en don Venustiano y algunos de sus oficiales contrasta con el vacío existente en torno a las figuras de Francisco Villa y Emiliano Zapata. La disputa del constitucionalismo con estos dos jefes halla viva expresión en el acervo fotográfico de Fabela.

A pesar de las ausencias, la diversidad de firmas que aparecen en el acervo, que van de José María Chávez en Piedras Negras a W. Roberts y Alberto Lohn en Culiacán, pasando por los itinerarios regionales de Jesús H. Avitia y los Hermanos Mendoza, permite asomarse a la compleja representación iconográfica de la Revolución mexicana que, durante décadas, pretendió reducirse a la visión monolítica de la memoria oficial y su expresión emblemática a través de la firma única de Agustín Víctor Casasola.

Un zapatista de Mixcoac

Javier Rico M. / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #10

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.59.14Nunca se percató de que lo observaban. No supo que seguían sus pasos y tomaban nota de los lugares que frecuentaba y de sus reuniones con personajes que el destino convirtió en sus correligionarios. Es probable que en sus momentos de soledad lo asaltara la nostalgia en aquel lugar tan al norte, tan lejano del barrio que lo había visto crecer. Quienes lo espiaban llegaron incluso a tramar un plan muy complicado para confirmar las sospechas que lo señalaban como un sujeto peligroso y para echar abajo sus planes. Al menos desde mediados de 1917, cuando las fuerzas constitucionalistas parecían dominar la mayor parte del escenario de la Revolución, Él era objeto de una red de espionaje montada por el servicio exterior mexicano. En uno de los telegramas en clave (aquí en p. 31) que circularon entre el cónsul de México en San Francisco, Cándido Aguilar (secretario de Relaciones Exteriores) y Rafael Nieto (subsecretario de Hacienda), se le identificó como el responsable directo de una maniobra para enviar armamento a los enemigos del gobierno:

Algunos elementos enemigos de este gobierno están tratando de fletar barco a los E.U. para llevar a los zapatistas elementos de guerra, que serán desembarcados en algún punto de la Costa Chica, Edo. de Guerrero.

Se me informa que el señor Octavio Paz, que está o ha estado recientemente en El Paso, Tex., es el que irá como jefe del barco.

Se me dice también que el señor Cintora, que reside en Los Ángeles, Cal., tiene ya arreglado todo lo relativo al flete del barco, el que está matriculado con bandera americana y saldrá con destino a Centro América, con objeto de aprovechar su paso por las costas de Guerrero y desembarcar el envío destinado a Zapata, que se dice consiste en parque, armas, telas y maquinaria para reformar cartuchos y fabricar monedas.

A cambio de estas mercancías ha ofrecido algún agente zapatista entregar cuarenta mil pieles que tienen ya listas en algún punto cercano a la costa y algunas barras de plata procedente del mineral de “Campo Morado”.

Las pesquisas señalaban a Octavio Paz como cómplice de José Síntora, un rebelde michoacano que había militado en el villismo y que operó luego manera independiente en su propio estado, antes de refugiarse en la ciudad de Los Ángeles. Y no sólo era vigilado por espías mexicanos, sino también por agentes del Departamento de Justicia de Estados Unidos, quienes, muy al tanto de sus debilidades, llegaron a urdir un plan para contratar a una mujer atractiva e inteligente que se enredara con él y le sacara información.

¿Quién era este personaje que tanto inquietaba a agentes de ambos países? Era realmente un sujeto peligroso para el gobierno de Venustiano Carranza? Octavio Ireneo Paz Solórzano había nacido 27 años antes del inicio de la Revolución, el 20 de noviembre de 1883. Creció en un ambiente que puede calificarse como apacible, propio de una familia acomodada de la sociedad porfirista. Es cierto que su padre, Ireneo Paz Flores, vivía tiempos difíciles en la segunda mitad del siglo XIX, a veces a salto de mata por el occidente del país, empuñando la espada contra los franceses o añadiendo páginas a la prensa de oposición o compartiendo las asperezas de la cárcel con otros detractores de los gobiernos de Juárez y de Lerdo de Tejada. Incansable y combativo, como otros liberales de la época, dio su apoyo al prestigiado y carismático Porfirio Díaz en las revueltas de La Noria y de Tuxtepec. Unos años antes del ascenso de Díaz al poder don Ireneo, abogado de profesión, se había establecido con su esposa y sus hijos en la Ciudad de México. Por primera vez, desde que en 1863 se alistara en una junta patriótica para hacer frente a las tropas francesas que asediaban a su natal Guadalajara, podía aspirar a una vida tranquila. En 1874 fundó su propia empresa (Imprenta, Litografía y Encuadernación Ireneo Paz), desde la cual continuó con su vocación de periodista y escritor; de sus prensas salieron publicaciones como El Ahuizote, Sufragio Libre y Combate. En ella publicó una importante revista, La Patria, que logró mantenerse en circulación de 1877 a 1914. Como hombre de letras, diestro con la pluma, escribió poesía, teatro, novela y re- latos históricos. Todavía en 1880, en el marco de la elección de Manuel González, se vio envuelto en un conflicto de honor: el 28 de abril se batió en un duelo a muerte con Santiago Sierra (hermano de don Justo), del cual salió, gracias a su habilidad como tirador, dolorosamente victorioso, pues siempre le pesó la muerte del que fuera poeta y editor del periódico La Libertad. Sin llegar a ser parte del círculo más cercano al presidente Díaz, en más de una ocasión fue miembro del Congreso y, al final de su trayectoria en la administración pública, síndico del ayuntamiento. La bonanza económica que entonces lo acompañó le permitió comprar una finca al sur de la ciudad de México.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.59.57

PARA SABER MÁS:

  • OCTAVIO PAZ SOLÓRZANO , “Emiliano Zapata”, en José T. Meléndez, Historia de la Revolución Mexicana, México, INEHRM, 1987, tomo I.
  • MARIO RAMÍREZ RANCAÑO, La reacción mexicana y su exilio durante la Revolución de 1910, México, Miguel Ángel Porrúa / Instituto de Investigaciones Históricas-Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 2002.
  • JOHN WOMACK JR., Zapata y la revolución mexicana, México, Siglo XXI, 2006.

Venustiano Carranza: entre la historia y la imaginación

Luis BarrA?n
CIDE
Revista BiCentenario #10
 
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A 100 años del inicio de la Revolución, todavía prevalecen muchos mitos alrededor del llamado Varón de Cuatro Ciénegas y las fotografías que usualmente se difunden han fijado en nuestra imaginación colectiva la efigie de un político gris, poco carismático, autoritario… casi la de una estatua inhumana. Venustiano Carranza fue, sin lugar a dudas, la figura pública más importante en México durante la violenta década de la Revolución (1910-1920); el único de sus protagonistas principales que vivió y sostuvo su influencia política durante toda la década y el único líder que logró articular un movimiento militar con un plan político nacional: dentro de lo que podría llamarse “constitucionalismo”, logró incorporar varias de las propuestas de los diferentes líderes y grupos revolucionarios. No es que compartiera las demandas ni los proyectos, mucho más radicales, de Francisco Villa o Emiliano Zapata; tampoco que fuese un demócrata, como lo había sido el presidente Francisco I. Madero; o que se considerara a sí mismo heredero de grupos precursores de la Revolución, como los hermanos Flores Magón y los militantes del Partido Liberal Mexicano, por dar algunos ejemplos. Sin embargo, desde antes de que comenzara la Revolución, Carranza era ya un político profesional con amplia experiencia, que poseía las habilidades necesarias para integrar en un proyecto nacional muchas de las demandas que surgirían durante la lucha armada.
 

Algunos historiadores han hecho contribuciones valiosas, pero no han analizado cuidadosamente la vida temprana ni la carrera de Carranza antes de la Revolución, y aunque la historiografía sobre el tema es abundante, prevalece la idea de que fue un rico hacendado del norte, un político conservador que nunca apoyó a Madero, que asesinó a Zapata, que traicionó a Villa y que impidió que se aplicaran las disposiciones más radicales de la Constitución. Prevalece también la imagen de que su gobierno constitucional (1917-1920) fue o bien anárquico, o sólo un interludio conservador entre la lucha democrática de Madero y los regímenes revolucionarios de los años veinte y treinta. En la historiografía de la Revolución, Carranza es, en un extremo, el conservador oportunista que aprovechó la revolución de Madero para establecer su liderazgo y que hizo a un lado los proyectos más populares de Villa y Zapata; en el otro extremo, el revolucionario nacionalista que “salvó” la fallida revolución de Madero.
 
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El hecho es que ni fue hacendado, ni tampoco miembro distinguido –ni siquiera importante– de la élite económica de Coahuila durante el Porfiriato; pero tampoco era un revolucionario. Fue un político formado durante el Porfiriato, aunque no un seguidor incondicional de Porfirio Díaz, como sí eran el general Bernardo Reyes, el ministro de Hacienda José Yves Limantour o gobernadores como Próspero Cahuantzi de Tlaxcala o Teodoro Dehesa de Veracruz –que llegaron al poder gracias a Díaz y que se fueron con él–. Carranza fue un político porfiriano que no se distinguió por buscar la transformación revolucionaria de la sociedad o del sistema político en México. En lo que sí resultó excepcional fue en su visión para aprovechar las circunstancias extraordinarias, que primero le permitieron entrar a la política local en Cuatro Ciénegas; después convertirse en un líder regional y, finalmente, en el jefe máximo e indiscutible de la Revolución después del golpe de Estado que costó la vida a Madero.

Algunos historiadores han asumido que Carranza fue “derrotado” por el Congreso Constituyente de 1916-1917, que él mismo convocó y que, como resultado, se negó a poner en práctica las cláusulas más radicales de la Constitución, como los artículos 27 y 123. Pero si se analizan su juventud, su educación liberal y su participación política antes de 1910, se entiende mejor su programa de gobierno en Coahuila, la propuesta de reformas a la constitución local y a la Constitución de 1857 y el por qué no se puede decir que rechazó la puesta en práctica de la legislación radical agraria y del trabajo. Es erróneo decir que se opuso a que se redistribuyera la tierra cuando él promulgó la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, en la que reconocía el problema como una causa fundamental de la Revolución y establecía como acto de elemental justicia devolver a los pueblos los terrenos que los terratenientes les habían despojado: se trata, decía, de dar la tierra a la población rural miserable que hoy carece de ella, para que pueda desarrollar plenamente su derecho a la vida y librarse de la servidumbre. En cuanto a la Constitución, les dijo a los diputados constituyentes en Querétaro: “Del éxito o fracaso de esta Constitución seremos responsables tanto ustedes como yo, así como los constituyentes de 1857”, aunque aceptó que, en su visión, en algunos puntos se había ido más allá de las fronteras de nuestro medio social.


En nuestra imaginación colectiva –y en la imagen que se tiene de México en el mundo– Emiliano Zapata y Francisco Villa son las figuras centrales de la Revolución. Venustiano Carranza es un personaje relativamente menor en esa historia. No obstante, si se analizan fríamente los resultados de lo que hoy llamamos Revolución mexicana, veremos que lo que se obtuvo no fue lo que Zapata o Villa hubieran deseado, sino que, de hecho, todo lo que se logró después de 1920 fue posible gracias a lo que él construyó. ¿Por qué entonces se da esta contradicción?

A pesar de que Isidro Fabela, por ejemplo, uno de los políticos y diplomáticos más distinguidos de México en el siglo XX, decía que don Venus –como lo llamaban sus colaboradores y amigos más cercanos– era un hombre moral, honrado, con una inteligencia sagaz que le hacía ver las cosas, las circunstancias y los hombres con nitidez, para Zapata se trataba de un individuo arbitrario y de personalidad mezquina.

Dos hermanas revolucionarias Andrea y Teresa Villarreal

Griselda Zárate
Tecnológico de Monterrey
Revista BiCentenario #10

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Mujeres somos, pero no hemos sentido flaquezas que nos empujen a abandonar la pelea. Mientras más punzante era el dolor que nos hería, más se acrecentaba el cariño que profesamos a la causa de la libertad.

Andrea y Teresa Villarreal, ¿Qué hacéis aquí hombres? Volad, volad al campo de batalla. enero de 1911.

Hace algunos años supe de la existencia de dos valientes mujeres mexicanas: las hermanas Andrea y Teresa Villarreal González. Originarias de Lampazos, Nuevo León, formaron parte de una generación revolucionaria que luchó por los ideales de justicia e igualdad social en una época tumultuosa y de grandes cambios para nuestro país. Fueron miembros activos del grupo magonista durante su exilio en Estados Unidos. Desconocidas en la actualidad, y, sin reconocimiento por su importante labor contra la dictadura de Porfirio Díaz, ambas escritoras revolucionarias firmaron su nombre en la historia de México con letras de oro. El presente escrito pretende honrar su memoria y dar a conocer a las generaciones contemporáneas sus ideas y algunos de los puntos más relevantes de su vida revolucionaria.

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Andrea Villareal, circa 80 aAños

Situada aproximadamente a 170 km al norte de Monterrey, la actual ciudad de Lampazos de Naranjo sirvió desde su fundación en 1698 como un enclave estratégico para salvaguardar el avance militar en la frontera de la entonces Nueva España. Durante los siglos XVIII y XIX, Lampazos se convirtió en un gran centro ganadero y minero, lo que llevó abundancia y prosperidad a sus habitantes. A partir del siglo XIX se le reconoció como tierra de hombres ilustres por el gran número de personajes que nacieron en ella, entre otros Juan Ignacio Ramón y Juan Zuazua (antepasado de la familia Villarreal González), quienes participaron en la lucha por la independencia de México, y Francisco Naranjo, héroe de la guerra de Reforma y de la Intervención francesa, a quien se le otorgó el honor de poner su apellido al pueblo. También Antonio I. Villarreal, hermano de las escritoras.

Provenientes de una familia de hondo arraigo en la región lampacense desde finales del siglo XVIII, Andrea (1881) y Teresa (1883), al igual que sus hermanos Antonio Irineo (1879), Próspero (1882) y Alfonso (1886), estuvieron expuestas durante su niñez y temprana juventud a un ambiente cultural pleno de principios liberales y progresistas, como por ejemplo la petición del voto femenino que proclamaba el ingeniero Francisco Naranjo, hijo, a través del periódico El Lampacense, en noviembre de 1891. La participación en 1887 de su padre, Próspero Villarreal Zuazua, en la fundación de la Sociedad de Obreros de Lampazos sentó en parte las bases del futuro activismo político de Andrea y Teresa Villarreal, al igual que su hermano Antonio Irineo, debido al temprano contacto que tuvieron con los problemas sociales, que incluían, entre otros, el derecho de los obreros a condiciones de trabajo más justas y el cuestionamiento del orden imperante, en especial del gobierno federal.

Este tipo de ideas de avanzada tendieron un lazo hacia ideas similares en otras partes de México, como por ejemplo, en San Luis Potosí donde Camilo Arriaga denunció en agosto de 1900, a través del manifiesto “Invitación al Partido Liberal”, el clericalismo del régimen de Porfirio Díaz que contravenía las leyes de Reforma. Este hecho originó la formación de clubes liberales en muchos puntos del país, y también su represión por constituirse en foros de oposición al gobierno de Díaz. El Club Liberal de Lampazos fue disuelto en abril de 1901, sus líderes encarcelados y perseguidos sus integrantes por órdenes del general Bernardo Reyes.

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Antonio I. Villareal

Estas medidas represivas llevaron a Andrea y Teresa, a su padre y a sus hermanos al exilio en Estados Unidos. Tras una breve estancia en San Antonio, Texas, se instalaron en febrero de 1905 en St. Louis, Missouri, aprovechando la coyuntura de la Exposición Universal y debido también a que el hermano menor, Alfonso, se encontraba allí. El 10 de septiembre de 1905, el periódico St. Louis Post Dispatch menciona que en esa ciudad había un numeroso grupo de revolucionarios de diferentes nacionalidades, chinos, polacos, irlandeses, alemanes, además de turcos, españoles y latinoamericanos, a los que se sumaba la comunidad mexicana de exiliados y, entre ellos, la familia Villarreal González, los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón y otros disidentes políticos. Esta atmósfera propició las relaciones amistosas con organizaciones estadunidenses con las cuales compartían intereses, tales como el Partido Socialista, la Federación Americana del Trabajo (AFL) y los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW). Los miembros de la Junta Revolucionaria Mexicana (nombre con que se conoció a la comunidad de refugiados políicos) tenían conocimiento de las publicaciones de estos organismos, como la revista Appeal to Reason, de donde probablemente Andrea Villarreal tomó el artículo “Liberty for the Refugees who are Prisoners” (“Libertad para los refugiados que están prisioneros”) de Eugene V. Debs, presidente del Partido Socialista estadounidense y lo tradujo al español para los lectores del periódico La Estrella, de San Antonio, en 1909.

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Ficha policiaca de Juan Sarabia

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Ficha policiaca de Ricardo Flores Magón

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