Una mujer peculiar: La China Poblana en el siglo XIX

Anabel Olivares Chávez - UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

 
La china poblana

Cuando pensamos en la china poblana imaginamos a una mujer con dos grandes trenzas, vestida con una blusa blanca con bordados en las mangas, un rebozo que rodea los brazos, una faja roja que sostiene una falda adornada con chaquiras, con las cuales se forma la bandera nacional, incluidos el águila y el nopal, unas puntas blancas sobresalen de la colorida falda y los zapatos son bajos de color negro, a veces adorna su cabeza con el sombrero del charro. Por lo general, no está sola, a su lado se encuentra un charro o jinete, con el cual baila alegremente un jarabe tapatío. En las fiestas cívicas como el 15 y 16 de septiembre, la china aparece orgullosa y nos hace sentir un gran amor por lo nuestro, sin embargo la historia de este traje es muy diferente de lo que se ha dicho. Hubo una época en la que el uso de esa indumentaria no era bien visto, por el contrario, fue criticado y descalificado. sin embargo, conforme fue pasando el tiempo la china comenzó a transformarse en una figura muy importante, hasta que se convirtió en una de las representantes de nuestro país.

La China Poblana

¿Quiénes eran las chinas?

Durante el siglo XIX, se denominó chinas poblanas a unas mujeres, mestizas o indias, que tenían una forma peculiar de vestir. Realizaban diversas actividades tales como vender comida, fruta o aguas, ser lavanderas, costureras, sirvientas o, incluso, dueñas de pequeños negocios. Otra característica de las chinas era que, en su mayoría, vivían en las ciudades de México, Puebla, Guadalajara, Querétaro, incluso en Oaxaca; podían ser solteras o casadas. Su ropa estaba integrada por una blusa, por lo general blanca y bordada en las orillas, un rebozo o una mascada que no cubría por completo el escote ni los brazos y cuya manera de lucirse dependía de la mujer que los usaba. La falda era de castor, una tela que semejaba el pelo de ese animal, con o sin bordados de chaquira o hilos de seda y había otra enagua por debajo que asomaba unos picos (ya fueran bordados o de encaje) conocidos como “puntas enchiladas”. Entre los accesorios que complementaban el atuendo estaban los collares, la faja que ceñía la cintura…

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.