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Maximiliano y la Virgen de Guadalupe. Desacuerdos en tiempos de fiesta

Sergio Hebert Caffarel Pérez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El emperador francés intentó encontrar un aliado en sus cuatro años de reinado en México, en la Iglesia católica. Pero las desconfianzas siempre minaron la relación. Ni siquiera su acercamiento a la devoción popular por la Virgen de Guadalupe logró romper la frialdad del vínculo.

Alegoría de Maximiliano y Carlota frente a la virgen de Guadalupe, ca. 1865, inv. 451725, sinafo. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Alegoría de Maximiliano y Carlota frente a la virgen de Guadalupe, ca. 1865, inv. 451725, sinafo. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

El martes 12 de diciembre de 1865, el emperador Maximiliano I de México se levantó de madrugada en el Castillo de Chapultepec. Era un día muy especial para él y sus súbditos por lo que vistió el uniforme más elegante. A las siete de la mañana abordó un coche que lo llevaría hasta la villa de Guadalupe, un poblado al norte de la capital, en donde se llevarían a cabo los festejos de lo que los católicos mexicanos llamaban “La maravillosa aparición de nuestra Señora de Guadalupe.” El emperador estaba acompañado por el oficial de órdenes de servicio y por una pequeña guardia. Su esposa, la emperatriz Carlota, se encontraba de viaje por la península yucateca y su regreso estaba programado para finales de esa semana.

En toda la villa había una estricta vigilancia policiaca y las vías del ferrocarril estaban despejadas para que el tren que lo trasladaba no tuviera ningún contratiempo. Salió a las nueve de la mañana de la estación de México, con algunas personalidades de la corte que formaban el gran séquito que lo acompañaría en los festejos. Al llegar a la casa del cabildo de Guadalupe, el emperador ocupó el cuarto-tocador que se preparó especialmente para él. El plan, que el periódico El Pájaro Verde había publicado tres días antes, marchó a la perfección.

El gran séquito estaba formado por los oficiales de la guardia palatina, los capellanes honorarios de la corte, los caballerizos honorarios, el tesorero y el secretario de la intendencia, el primer médico del emperador, los grandes cruces de la orden de Guadalupe, el gran maestro de ceremonias, “F. S. Mora”, entre muchas otras personalidades cortesanas y gubernamentales. Los militares llevaban su “gran uniforme, collares y condecoraciones”, los civiles un “frac negro y corbata blanca.” Acompañaron a Maximiliano por su camino al templo de Guadalupe a las 9:45 de la mañana, el cual estaba siendo resguardado por una valla de soldados imperiales, quienes le presentaban honores cuando pasaba por la alfombra de recepción. En el fondo se escuchaba a la banda militar tocando el himno nacional y en los alrededores del templo se congregó una muchedumbre para participar en la festividad religiosa y ver, aunque fuera de lejos, al emperador.

Cuando llegaron a la puerta del templo, el arzobispo los roció con agua bendita y se incorporó al grupo que acompañó a Maximiliano hasta el interior. Ahí, todos tomaron su lugar, el cual fue minuciosamente asignado, según el plan: “S.M. [estaría sentado] en el lugar correspondiente, al lado del Evangelio. El clero enfrente, al lado de la Epístola. A la derecha del altar, el gran mariscal de la corte. A la derecha del dosel de S.M. el gran maestro de ceremonias. Más abajo el segundo secretario de las ceremonias. […] A la izquierda del altar: Mariscal comandante en jefe, presidente del Consejo de Estado, ministros, consejeros de Estados efectivos y honorarios”. La ceremonia cantada por el arzobispo duró una hora y cuando terminó el séquito se retiró solemnemente del templo despidiéndose del clero presente. En la casa del cabildo sólo una parte seleccionada por el Emperador se quedó a almorzar con él y regresaron en tren a la capital luego de las 12:30 horas. Quienes no fueron invitados retornaron una hora antes.

Al final del día, Maximiliano I de México se sentó en su escritorio y dirigió a su esposa una carta en la que le decía: “La fiesta de Guadalupe salió muy bien, fue un maravilloso día veraniego y en consecuencia hubo una cantidad incontable de personas. La población estuvo muy simpática”.

Cruce de intereses

Pese a que las guerrillas republicanas seguían acechando múltiples ciudades, había problemas en general con el clero tras las fracasadas negociaciones por la restitución de los bienes eclesiásticos que la Iglesia perdió con las leyes de Reforma. El emperador Napoleón III ya le dejaba entrever al emperador que se acercaba el plan de retirada de las tropas francesas.

Tras una sangrienta guerra civil que duró tres años, el sector conservador sufrió una dura derrota, pero siguió buscando otras formas de gobierno que le permitieran restablecer sus propiedades, desmanteladas por las reformas liberales. Esta vez, el clero mexicano decidió apoyar el proyecto monárquico que algunos conservadores estaban planeando en la corte de Napoleón III, el cual desembocó en una intervención extranjera a finales de 1861 e inicios de 1862.

Todas las esperanzas de la Iglesia mexicana para que el nuevo modelo de gobierno tuviera éxito fueron depositadas en el relativamente joven archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo, quien llegó al país en mayo de 1864. Sin embargo, el novel emperador y su esposa Carlota poseían una imagen negativa de la Iglesia católica debido a su ideología más liberal. La pareja vio en el clero un lastre para el progreso material de México.

Abel Briquet, Village and Basilida of Guadalupe, fotografía estereoscópica, ca. 1875, Cornell University. Flickr Commons.

Abel Briquet, Village and Basilida of Guadalupe, fotografía estereoscópica, ca. 1875, Cornell University. Flickr Commons.

Lo que ellos buscaban, al igual que Juárez, con sus claras diferencias respecto a la forma de gobierno y otros asuntos jurídicos, era la implantación de un capitalismo que pudiese desarrollar gran parte de las fuerzas productivas mexicanas, cosa que era casi imposible si se restituían las formas de propiedad clericales. En una carta de ese año la emperatriz Carlota dijo: “Las máquinas de vapor y un catecismo en el que se diga que el hombre debe de trabajar, esto es lo que necesitan los indios y no conventos contemplativos y dominación eclesiástica”.

De hecho, tan pronto Maximiliano dio a conocer que no solo no echaría atrás las reformas liberales, sino que las ratificaría, la relación entre el clero mexicano y la corona mexicana empezó a presentar abundantes desavenencias. Intentó arreglar el problema con el nuncio papal monseñor Meglia, de perfil ultraconservador y, en palabras de la emperatriz de Francia, con un carácter poco conciliador. Y es que el papa Pío IX se encontraba al frente de una Iglesia católica en crisis y buscaba contrarrestar a todo movimiento por mínimamente liberal que fuera.

El representante del vaticano fue recibido con grandes honores por el emperador el 10 de diciembre de 1864 y el periódico L´Ere Nouvelle, escrito en francés para los extranjeros que se encontraban en el país, publicó al día siguiente que su llegada era una prueba de que “el Santo Padre […] quiere el arreglo definitivo y si es necesario de los difíciles asuntos pendientes entre nuestro gobierno y la Santa Iglesia apostólica.”

Aunque al inicio se esperaba que su llegada pudiera poner fin a las dificultades surgidas, la realidad fue distinta. El emperador propuso un concordato de nueve puntos que presentó el 26 de diciembre en donde se establecía, entre otras cosas, que la Iglesia tendría que renunciar a todos los bienes que habían sido nacionalizados y al cobro por la administración de sacramentos a cambio de que todos los sueldos del clero fueran asumidos por la corona. Este fue rechazado tajantemente por el enviado de Roma, ya que el propio Papa le había dado instrucciones de oponerse a toda ley de reforma. De hecho en ese mismo mes el Santo Padre publicó la encíclica Quanta cura junto con su anexo Syllabus errorum, en donde daba una lista de errores que se estaban cometiendo a nivel mundial. A grandes rasgos se oponía al racionalismo, a las nacientes ideas del socialismo, al liberalismo moderno y a las modificaciones entre las relaciones Iglesia-Estado, por lo cual, en este último punto fue en donde el Segundo Imperio se vio afectado directamente ya que las negociaciones se truncaron. Maximiliano reafirmó su posición liberal con la publicación del Estatuto provisional del Imperio Mexicano el 10 de abril de 1865; el artículo 58º estableció la libertad de cultos como una garantía individual para todos los ciudadanos, y esto motivó a la Iglesia a marcar una mayor distancia con el gobierno imperial.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Odio

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Ataque de 1838 a Veracruz por los franceses

Los odio. Malditos sean.
Ayer volví a soñar con mi familia. Fue igual que siempre. El mismo maldito sueño que tengo desde hace más de 20 años: soy un niño pequeño y meriendo tranquilamente junto a ellos, pero de repente se escucha un estruendo, siento un golpe y se desata el infierno. Por unos segundos pierdo el conocimiento, pero cuando despierto veo fuego por todos lados… y escucho gritos que piden auxilio y lamentos de dolor. Mis hermanos se calcinan junto a mis padres, que yacen aplastados bajo los escombros que cayeron sobre ellos. Veo a mi madre, su hermoso rostro no existe ya: los ojos que tanta paz me transmitían han desaparecido y en su lugar encuentro dos cuencas vacías, mientras que su piel blanca y tersa parece ahora un pergamino que se arruga y consume entre las llamas. Mi padre… o, mejor dicho, lo que fue mi padre, no es más que un bulto informe que se quema junto a mamá en el más horrendo silencio… y lo peor es que muy cerca de ellos mis hermanos siguen gritando… hasta que poco a poco dejan de hacerlo.
Pero no llega el silencio, ya que alguien más empieza a berrear… alguien conocido.

Yo.
El fuego abrasa mi piel y no puedo moverme, pues una viga aprisiona mi pierna… el dolor es insoportable y el olor a carne quemada me revuelve las entrañas. Siento que me ahogo. Sé que voy a morir y lo acepto apesadumbrado, pero antes de perder el conocimiento veo a varias
figuras que se abren paso entre las llamas.

Hijos de la tiznada.
Todo por 600 000 miserables pesos. Una fortuna si consideramos que dizque se trataba del pago de unos pasteles… pero demasiado poco como para justificar la muerte de los míos y de tantas personas; aunque la verdad es que esto último no les importa, pues nos ven como a insectos a los que pueden aplastar sin ningún remordimiento.
¡Y que la más vieja de su casa se trague lo de los pasteles o incluso lo de los 600 000 pesos!, porque estoy seguro de que en venir hasta acá y atacar Veracruz se gastaron mucho más.

Malditos infelices.
Y maldito sueño que me atormenta desde hace tantos años.
¿Cuántos van exactamente?
A ver… estamos en marzo del 67 y esto que le cuento sucedió por diciembre del 38… hace 28 años, tres meses y algunos días… que es el tiempo que Santa Anna lleva cojo, pues el cañonazo que destruyó mi casa fue de los que dispararon contra sus tropas el día que perdió la pierna. ¡Y pensar que aun así el quinzuñas apoyó a la última intervención! Supongo que su invalidez debe haberle dolido tanto como la humillación de que los gabachos lo subieran a un barco y lo expulsaran del país en 1862, cuando dizque regresó a México para vivir en paz. ¡Y todo por publicar un manifiesto para quedar bien con ellos! Mendigo cojo, bien merecido se lo tenía. Necesitábamos brazos para regresarlos por donde vinieron y a él se le ocurre andar de arrastrado… ¡no me joda, don Antonio!

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Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Preludio del Segundo Imperio

VAi??ctor A. Villavicencio Navarro
Facultad de FilosofAi??a y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #7

Carlota de niAi??a

HabAi??an pasado casi ocho meses desde que la mayorAi??a de los miembros de la ComisiA?n salieron de su patria con el objeto de ofrecer formalmente la corona mexicana al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo, y poco mA?s de seis de haber cumplido su misiA?n y encontrarse esperando, paciente y angustiosamente, su respuesta. Al fin, el 10 de abril de 1864, se hallaban en la esplAi??ndida sala de ceremonias del castillo de Miramar, la bellAi??sima construcciA?n que Maximiliano habitaba junto con su esposa y que mandA? levantar de acuerdo con sus deseos, a las afueras de Trieste ai??i??entonces dominio del Imperio Austriacoai??i??, a punto de escuchar de los labios de su futuro emperador, la aceptaciA?n oficial para ocupar el trono, una vez satisfechas las condiciones que habAi??a puesto para asegurarse que la mayorAi??a del pueblo mexicano lo deseaba.

MAi??xico

ai??i??dijo en su discurso JosAi?? MarAi??a GutiAi??rrez de Estrada, quien presidAi??a la ComisiA?nai??i??

con una confianza filial, pone en vuestras ma- nos el poder soberano y constituyente, que debe regular los futuros destinos y asegurar su glorioso porvenir, prometiAi??ndonos, en este momento de solemne alianza, un amor sin lAi??mites y una felicidad inalterable.

JosAi?? Manuel Hidalgo y EsnaurrAi??zar miraba y escuchaba complacido, orgulloso de haber sido Ai??l, en gran parte, el responsable de que la empresa que ahora se consumaba se hubiera echado a an- dar aAi??os atrA?s. Su tacto y sus finas maneras le habAi??an granjeado un lugar de preferencia dentro de la corte de NapoleA?n III, gracias a lo cual tuvo la oportunidad de exponer a los monarcas franceses la suerte de su desdichada patria en innumerables ocasiones, asegurA?ndoles que, sin su ayuda, MAi??xico desaparecerAi??a ante la voracidad estadunidense. Por su parte, Ignacio Aguilar y Marocho, para quien el viaje significA? la primera oportunidad de salir de MAi??xico, continuaba asombrado por la belleza del salA?n de ceremonias, el lujo y buen gusto que decoraban cada rincA?n de Miramar; impaciente por escuchar a Maximiliano, sentAi??a la certeza de que sus infortunios acabarAi??an. No tendrAi??a que ocultarse mA?s, ni soportar la humillaciA?n de someterse a un juicio de responsabilidad por haber sido ministro de Su Alteza SerenAi??sima durante su dictadura. Tampoco volverAi??a a sufrir de persecuciA?n por haber servido al gobierno conservador como ministro de la Suprema Corte de Justicia durante la Guerra de Reforma. Al fin podrAi??a vivir tranquilo y rodeado de su familia.

ConcAi??danos la honra insigne e inefable dicha de ser los primeros, entre los mexicanos

ai??i??concluAi??a GutiAi??rrez de Estradaai??i??

, que reverentes os saluden a nombre del paAi??s, como el Soberano de MAi??xico, A?rbitro de sus destinos y depositario de su porvenir. Todo el pueblo mexicano, que aspira con indecible impaciencia a poseeros, os acogerA? en su suelo privilegiado con un grito unA?nime de agradecimiento y de amor.

Los presentes contuvieron el aliento y dirigieron la mirada expectante al archiduque y su espo- sa. Maximiliano, ataviado con el traje de gala de almirante de la marina austriaca, en color azul y oro, dio unos pasos hacia delante y dijo: ai???Solemnemente declaro que con la ayuda del Todopoderoso acepto de las manos de la NaciA?n mexicana la Corona que ella me ofreceai???.

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO,Ai??SUSCRIBASE A BICENTENARIO.

 

 

 

Anita. Recuerdos de un contraguerrillero.

H. Beaugard -Ai??Ana GarcAi??a Bergua,Ai??Nota introductoria y traducciA?n.

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 2.

anita, guerrillero

Luego de dominar militarmente el centro de MAi??xico y de proclamarse el Segundo Imperio a mediados de 1863, las tropas de Francia desembarcadas en Veracruz a principios de 1862 y engrosadas poco a poco en los meses siguientes, emprendieron la conquista del resto del territorio. Las encabezaba el general Achilles Bazaine, quien de inmediato dispuso la marcha de dos columnas hacia el norte.

A travAi??s de una rA?pida ofensiva, el ejAi??rcito intervencionista ocupA? lugares lejanos, y pronto se afirmA? que dominaba el paAi??s entero. Sin embargo, la ocupaciA?n de las diversas poblaciones no resultaba definitiva; en cuanto los invasores partAi??an, las fuerzas nacionales recobraban el dominio. Las guerrillas, a
utorizadas por la repA?blica itinerante de Benito JuA?rez, los mantuvieron en alarma y movimiento constantes gracias al conocimiento que tenAi??an del territorio, a la movilidad que les era inherente, al hecho de que, con facilidad, podAi??an disolverse para volver a formarse despuAi??s y al fuerte apoyo de la poblaciA?n.

Tanto daAi??o causaban las guerrillas que las autoridades militares francesas se vieron obligadas a combatirlas de manera especial, con una tropa pequeAi??a e independiente que se estableciA? en MedellAi??n, Veracruz. Al proliferar aquAi??llas, la contra-guerrilla se puso al mando del coronel Charles Dupin, personaje controvertido a quien Juan A. Mateos, reconocido escritor mexicano (1831-1913), definiA? como ai???ese miserable, cuya vida cargada de crAi??menes lo ha hecho cAi??lebre en MAi??xico, en Europa y en todos los lugares donde los soldados de la Francia han entrado a saco y en son de guerraai???.

La contraguerrilla de Dupin se caracterizA? por sus excesos, la conducta poco militar y los atropellos cometidos. ConsistAi??a en una hueste irregular, compuesta de aventureros de diversas nacionalidades, que combatAi??a el fuego con el fuego y tuvo la peor reputaciA?n de todo el ejAi??rcito invasor. Su primera tarea, iniciada en febrero de 1863, fue asegurar la tierra veracruzana; mA?s tarde se la trasladA? al noreste del imperio y, asentada en Tampico a partir de abril de 1864, anduvo por toda la regiA?n. Es aquAi?? donde se sitA?a la trama de ai???Anita. Recuerdos de un contraguerrilleroai??? (ca. 1874).

A?QuiAi??n era su autor? A?HonorAi?? de Beaugrand? Se trataba de un francocanadiense, nacido en Saint- Joseph-de-Lanoraie, provincia de QuAi??bec, en 1848. Terminados sus estudios, habAi??a pasado unos meses en un noviciado, donde al parecer no se sintiA? a gusto, para recibir despuAi??s un breve entrenamiento en la escuela militar de MontrAi??al. En pos de aventuras, emprendiA? el viaje a MAi??xico, que entonces vivAi??a la segunda intervenciA?n francesa, y allAi?? luchA? durante aAi??o y medio en la contraguerrilla de Dupin. Al final de la guerra, en 1867, siguiA? al ejAi??rcito invasor al Viejo Mundo; allAi?? permaneciA? un tiempo antes de regresar a MAi??xico y a Estados Unidos, paAi??ses en los que practicA? varios oficios.

Se estableciA? en Nueva Inglaterra en 1871, iniciando una carrera ascendente como periodista, editor de diversos diarios, polAi??tico y narrador viajero, la cual continuA? en su paAi??s a partir de 1878. Su enAi??rgica postura liberal, que lo definiA? paulatinamente como republicano, deAi??sta y anticlerical, no cambiA? con el paso del tiempo, y lo involucrA? en polAi??micas y escA?ndalos. Los A?ltimos quince aAi??os de su vida los dedicA? a viajar y escribir. MuriA? en MontrAi??al en 1906.

[...]

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??base a la Revista BiCentenario.