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¡Muera el mal gobierno! ~ cuento histórico

Irma Ramírez Orozco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Miguel Hidalgo y Costilla

Los campos permanecieron intactos, la fragua dejó de rugir, el mazo no retumbó en el yunque, las vacas fueron ordeñadas más temprano que de costumbre. Berta, como la mayoría de los habitantes de San Felipe el Real de Chihuahua, había suspendido sus labores para buscar un sitio en las dos filas paralelas que se extendían a lo largo de la villa y ahí, entre un bullicio discreto, temeroso, esperar a los reos.

La explicación de la profesora cayó como una piedra lanzada al fondo de una laguna quieta, cambiándole la vida, trastornando los pensamientos de la pequeña Evangelina. ¿Quién era Miguel Hidalgo? ¿Qué era un calabozo? ¿Por qué la seño’ Mague ponía esa cara tan seria al decir: “El Padre de la Patria” como si hablara de un santo muy milagroso?

Berta llegó hasta la calle principal para acomodarse en la fila, también quería observar a los reos. Su preocupación principal era que se llevaran a Federico a combatir el movimiento insurgente en la “Sección de Provincias Internas” de Durango. Otra guerra no, pensó, y trató de calmarse; sus movimientos nerviosos habían llamado la atención de un voluntario de la Compañía de Patriotas de Fernando VII, que sin casaca ni botas ni alto bicornio ni gruesas charreteras parecía tomar muy en serio su tarea de mantener el orden.

La seño’ Mague y las otras maestras, junto con la corpulenta directora de voz poderosa, los formaron de dos en dos, cada par tomado de la mano, para sacarlos de su mundo de jardín, de flores, de mariposas, de fuentes juguetonas con pececitos rojos, de sus primeras letras pintadas con lápices de colores y números pegosteados de engrudo; para sacarlos de aquel bosque de álamos y sauces llorones que se extendía por el inmenso Parque Lerdo; para internarlos en el mundo extraño, complicado y confuso de victorias y sufrimientos.

Berta había conquistado un lugar en la aglomeración que se movía en un bullicio apagado. Dos días antes, don Nemesio Salcedo y Salcido, el gobernador de las Provincias Internas, había anunciado: “Verán como reos a los ladrones y forajidos que pretenden destrozar nuestros bienes, saquear y profanar nuestros templos, atropellar la honestidad de nuestras esposas y nuestras hijas, rompiendo los vínculos sagrados que nos unen a Dios, al Rey y a la Patria”.

Cruzaron la Plaza Hidalgo, frente al Teatro de los Héroes. Al llegar a la gran construcción de cantera a donde funcionaba el correo y subir la escalinata, conteniendo el aliento, Evangelina alcanzó a ver una puerta oscura, el calabozo era una cueva en un rincón del edificio y se dio cuenta del palpitar de su corazón y su estómago tembló de incertidumbre.

Berta había escuchado a don Nemesio decir con gran seguridad que Chihuahua era realista, que el ganadero de las llanuras, el minero de la sierra y el ranchero común no podían olvidar el apoyo de las tropas del Virrey en la guerra contra los apaches y los comanches, que el respaldo militar lo recibieron por órdenes de la Corona. Y fue al conocer la derrota del cura Hidalgo, cuando el Ayuntamiento de la Villa ordenó una misa cantada y que se iluminaron las calles en señal de júbilo. Pero Berta no sabía nada de la lucha que transcurría en el centro del país, ella, su madre y su abuela habían padecido el eterno conflicto con los pueblos indios y la lucha de sus hombres por dominarlos, por evitar sublevaciones. Ella no estaba de acuerdo con los procedimientos de Salcedo de negociar la paz para luego reprimirlos, de prometer subsidios a los indios pacificados y de pronto suspender la entrega de raciones para obligarlos a trabajar. Con la traición se recrudecía la guerra contra ellos, guerra que parecía no tener fin.

Estandarte de Hidalgo, Virgen de Guadalupe

Evangelina aminoró su caminar, apretando la mano de María Rosa, que mantenía el mismo ritmo en el paso, siguiendo a sus compañeros. Faltaba poco. En la fila las pausas se hicieron más frecuentes. Miró una estrecha escalera que se torcía como una trenza; cada alumno bajaba solo, aunque intentando no despegarse de su compañero.

La amenaza de una nueva guerra se sentía en el aire, pero esto no parecía alterar a los chihuahuenses, estaban tan acostumbrados a la guerra como a los veranos calurosos y secos y a los inviernos fríos y oscuros. Aunque Berta no la aceptaba, en el fondo de sus ojos brillantes se presentía la determinación, en cada sufrimiento que callaba o vivía con entereza, en ella se reafirmaba el mismo sueño: vivir en paz. Por sobre todas las cosas, ella sólo deseaba la paz, así, escueta.

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Un pastizal dorado

Irma Ramírez Orozco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

 

InterioresBicentenario 2_Page_39

¿Quieres que te cuente cómo viví mi juventud? ¿Qué vas a escribir? ¿Un artículo para una revista?

Tú lo sabes, de nuestra generación, el que no era hippie o revolucionario, no fue joven; vivimos los sueños y las fantasías, los delirios y las angustias del tiempo de la guerra fría y en Chihuahua esas tensiones se amalgamaron con nuestra historia y nuestra típica forma de ser.

¿Que no me ponga tan docta? ¿Pues entonces qué es lo que quieres que te platique? ¿Algo más cotidiano?

La vida de los jóvenes de mi barrio ahora resulta muy convencional; tardeadas, twist, rock and roll, sodas y, como un reto a lo establecido, las escandalosas películas de Elizabeth Taylor. aunque estábamos un poco aislados, nos llegaban las noticias sobre los triunfos de la Revolución cubana y nos estremecimos con el asalto al cuartel de Ciudad madera por un grupo guerrillero.

¿Algo más personal? Ay, conversación a la carta y toda la cosa. bueno, va.

¿Te acuerdas de haberme oído mencionar a Teo, mi vecino? Fue mi novio. un sábado en que veníamos del cine, vimos algunos carros desconocidos frente a la casa. Me pregunté quiénes serían y si estábamos presentables. Sentí que mis cejas se estiraban al darme cuenta de que Teo traía las huellas de mis labios por toda la cara y su respiración aún subía en grandes oleadas a pesar de sus esfuerzos por normalizarla. Con un pañuelo borré mis besos de su frente y sus mejillas y el bilé desparramado alrededor de mi boca. una vez más, él me había pedido que dejara la secundaria nocturna. naturalmente, me negué. nos enojamos. la reconciliación se dio, arrecholados, en un rincón oscuro de la calle. Quiero decirte que para mí asistir a la secundaria nocturna resultaba muy importante, no sólo por las clases y el certificado para seguir estudiando, también porque era como subir a una loma y desde allí ver las cosas de otra manera. En la escuela escuchamos por primera vez a los Beatles; oímos grabado en una cinta uno de los más bellos discursos por la paz y la igualdad entre los seres humanos de Martin Luther King; también se vendieron carteles de Angela Davis, expulsada de la universidad de California por su forma de pensar, ostentando con orgullo su negritud, su ropa africana, su libre y natural melena encrespada, al punto que pronto se convirtió en el símbolo sexual de los chavos de la escuela.

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Por su voluntad y libremente

Ana Suárez – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

El fraile

Las tumbas que rodean a la ermita te hablan de quienes acaban de irse. Paseas entre ellas mientras aspiras el rocío de la madrugada, para que el fresco te dure todo el día. Tratas de rezar, fracasas, discurres que poco hiciste por tus hermanos, los más pequeños, los más desvalidos, pero nadie hubiera podido, los feligreses y el mismo obispo se habrían molestado. santo dios, no dejas de meditar en que, de cumplir, hoy estarías más sosegado, habrías obtenido acaso que las mujeres y los niños se quedaran, al menos el crío ese dPor su voluntad y librementeel gorrito azul y el kíotoncito blanco que montaba a la jineta en la cadera de su madre, que se aferró a ella y chilló cuando quisiste abrazarlo y sólo provocó que el indio que la seguía por el muelle te contemplara furioso. tuviste miedo, lo tenías desde antes, reconócelo que ya no corres riesgo. Si por eso acudiste ayer a mitad de la noche, solo, en la oscuridad hallaste el valor para llevar a la fortaleza la bendición que, antes de partir, el cura de Santa Isabel debe a cualquier peregrino. Mea culpa, mea culpa. sacudes el polvo del sayo y las sandalias mientras arrastras el cuerpo por la escalera, como si el remordimiento lo hiciera más pesado, entras en la capilla y te arrodillas frente al nicho donde estaba la imagen de nuestra señora del Buen Viaje. Madre santísima, ni esa imagen dejaron. Miras las paredes desnudas, golpeas el reclinatorio, una cosa es que tu padre san Francisco exhortara a la austeridad en el culto, otra es la violencia destructora que despojó a la ermita de sus bienes; fueron los indios quienes pecaron, mucho, y los pecadores deben recibir su castigo. entrelazas los dedos, ruegas a la Virgen que los acompañe y les dispense y sobre todo les conceda el remordimiento y la resignación ante el destierro.

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EL CÓDIGO ITURBIDE

Juan Sahagún
Revista BiCentenario, No. 5, pág.71

Iturbide B-5

Entrada de Iturbide a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821

– No hay nadie; es hora de poner la bomba.

Cosme responde con acción a las palabras de Esteban. Se coloca el pasamontañas negro. El nerviosismo se refleja en sus manos. De por sí, siempre ha sido de manos torpes. La abertura que debe permitir la visión, ha quedado exactamente en la oreja derecha. Con un par de jalones enfadados logra corregir el error. Posteriormente, con la torpeza de un médico bisoño, se enfunda un par de guantes negros; los dedos confunden las entradas y luego de varios intentos descubren su verdadero sitio. Esteban tamborilea el volante al tiempo que mira por el retrovisor temiendo alguna presencia que frustre el plan. Cosme murmura un ametrallado “voy-voy-voy” mientras toma la mochila con los implementos necesarios. Inhala, sostiene el aire cuatro segundos, exhala dando un resoplido equino bajo la sordina de la capucha. Abre la portezuela. Como el impulso es desmedido y la oscilación de la mochila harto peligrosa, Esteban exclama un ahogado “cuidado, pendejo, llevas una bomba”. Cosme se detiene, murmura para sí un “calmado, cabrón”, sale del auto y prosigue su camino midiendo cada movimiento, eso sí, sin perder la prisa.

La madrugada es inmóvil. Impera un aletargado silencio. A lo lejos, el motor de un camión que continúa un viaje trasnochado. Más lejos, ladridos de perros insomnes y necios. Un grupo de estrellas aburridas se cubre con el paso intermitente de nubes rojizas. La calle parece la escenografía de una fracasada obra de teatro.

El revolucionario corre hacia la puerta de la sucursal bancaria como si se tratara de una enorme rata gris salida de una cloaca. Se agacha por instinto. Voltea por precaución. En realidad, podría caminar cómodamente erguido; no hay un alma. Llega hasta el portón de cristal. Se detiene al lado de un letrero. Dólar. Compra 14.30. Venta 15.45

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El maíz de Raquel

Arturo Sigüenza -UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

Raquel Varela, niAi??a. FotografA? Desconocido, ColecciA?n Particular

A Raquel Varela, in memoriam.

Aprendí a hacer tortillas cuando contaba con doce años, hecho que resulta normal de haber sido hija de tortillera. Pero no fue así. Mi niñez se desarrolló en una familia de hacendados y nunca imaginé que un día pudiera cambiar todo, así, tan de repente. En esa época mis hermanas mayores pasaban las tardes en las mecedoras, practicando el lenguaje secreto de los abanicos para comunicarse de lejos con sus pretendientes. Mis hermanos tenían tanto tiempo de ocio que se les ocurrían hazañas como la de reunir en botellas de vidrio sus flatulencias, y entre carcajadas aseguraban que la combinación de sus gases producía colores inauditos. En una ocasión les sorprendí mamando leche de burra, se peleaban por su turno para disfrutar de las ubres rebosantes, según ellos, de la leche más rica de todas. Los días de mi padre se iban en supervisar los cultivos de algodón y granos de temporada, el pastoreo del ganado bovino y la explotación de la mina de carbón. Bien pudieron ayudarle mis hermanos, pero él los consideraba inútiles para el trabajo de campo, por lo que pagaba maestros particulares de historia general, aritmética y geografía, más por tenerlos ocupados que por meter cultura a sus cabezas. Como al resto de mis hermanas, a mí también me prohibió tomar estas clases, pues no quería que sus hijas aprendieran algo distinto al piano, el bordado y el canto.

Oaxaca 1923

Por ello, el arduo interés que yo tenía por aprender a leer y escribir tuvo que sofocarlo mi madre, quien había recibido una pulcra educación en la capital del país. Mi lugar en la familia ocupaba el punto medio de dieciocho hermanos de la misma madre, de los otros hijos de mi padre nadie sabía la cuenta exacta.

La novedad de los patines de acero me tenía fascinada. Incluso dejó de practicar el tenis y obligaba al instructor a que me llevara de la mano, bajo la consigna de acusarlo con mi padre para que lo despidiera. Además, mi madre me vigilaba desde su enorme ventanal, pues insistía que esas ruedas en mis pies hacían peligrar mi virginidad, idea que no comprendía pero que nunca me atreví a cuestionar. Llegué a tener tal dominio sobre los patines, que corría desaforada sobre los cuadros de mármol reluciente en el comedor y la sala, esquivando poltronas barrocas, sillones de largos respaldos y piezas asiáticas de porcelana montadas en columnas de yeso. Si tropecé alguna vez, los restos de las figurillas fueron enterrados por mis furtivas manos bajo el zapotal que estaba en el jardín frente a mi alcoba, el mismo que aprendí a reconocer entre las sombras que me espantaban el sueño. Para tranquilizarme en esas noches de insomnio, tomaba alguna de mis muñecas y le trenzaba sus diminutos cabellos; lo hacía a ciegas, bajo las frescas sábanas que a veces quedaban tiesas por el exceso de almidón.

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