Don Casimiro Cázares

Irma Ramírez Orozco

Revista BiCentenario #17

Cuento histórico

Citizen Kane

….gritamos y hasta relinchamos de gusto. No lo podía creer, después de tanto batallar, nos habían cedido un cacho del latifundio de la Bavícora; ni la revolución había logrado que se repartieran esas tierras, propiedad de un gringo, William Randolph Hearst; su abuelo un tal George Hearst, senador de los Estados Unidos, del comité pa asuntos indígenas, supo que al terminarse la guerra apache podía comprar 360,000 hectáreas a 20 y 40 centavos cada una, pos luego luego compró el latifundio a las compañías deslindadoras. Querer que se repartieran esas tierras no era cualquier cosa, William Randolph Hearst rebasaba por mucho a su abuelo, en poder y dinero, ese gringo era dueño de periódicos y revistas, un magnate de los medios como lo nombran ahora, era tan adinerado que dicen que en él se basaron pa hacer la película El Ciudadano Kane.

Nuestros gritos de gusto se oyeron en lo alto de las montañas y en la hondura de los precipicios. Nos fuimos en bola, hechos la mocha, a tomar posesión del predio. Las guardias blancas del latifundio, mercenarias del gatillo, junto con una caterva de pistoleros de La Acordada, tenían a la región atemorizada, pero nosotros habíamos ganado el pleito, Rivera tenía los papeles. Con todo y eso, como que lo quería creer y no, porque los pleitos, los abusos, las muertes y las venganzas, por esos rumbos, pos no tenían fin. Así como los bosques jalan la lluvia, esas tierras jalan la guerra. Yo creo que esa región no ha conocido la paz.

La llegada de Socorro Rivera a la alta Bavícora reavivó las esperanzas de que las cosas se hicieran de otra manera, venía de San Luis Potosí, muy fogueado en el papeleo y el manejo de las leyes, muy entrón, tenía buen modo pa hablarle a los campesinos, de voz recia, convencedora, decían que estaba apuntalado por el presidente Lázaro Cárdenas, ganó algunos pleitos y el apoyo empezó a brotar como matitas mesteñas después de la lluvia.

Íbamos por la brecha; miré parriba y clarito vi que las nubes pardas se iban jalando pa otro lado y quedaba el cielo azul, limpio. Yo pensaba que ahora sí, iba a caminar derechito, amarrado a los surcos, que dejaría de dar tantos rodeos, a los guaruras, al desierto, a los despeñaderos, a la migra, dejaría ese ir a los Estados Unidos, cada temporada, cargando en la mente la visión de mis viejos, el huerto, las barrancas, el olor de los pinos y hasta el mugido de las vacas; palpitándome en el pecho una sequedad muy grande nomás de pensar en llegar al otro lado, a no encontrar lugar en la pizca y tener que trabajar en esos lugares de congoja y espanto que eran las minas de carbón.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.