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El consumo del chocolate en Nueva España y su abastecimiento

Guillermina del Valle Pavón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

En Nueva España el cacao fue un alimento de consumo básico cuya gran demanda hizo que se importaran los granos de Guatemala, Venezuela y Guayaquil. El virreinato novohispano  fue el principal comprador del grano a nivel internacional porque lo pagaba con plata, que fue el principal medio de cambio de la época. La contratación del cacao fue monopolizada por los poderosos mercaderes de la ciudad de México, quienes lo remitían a Europa.

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Neptuno les otorga el chocolate a los nativos del nuevo mundo, grabado en Antonio Colmenero, Chocolata Inda, Alemania, Wolfgangi Enderi, 1644.

En las comunidades mesoamericanas se consumía una bebida llamada xocolatl preparada a base de cacao y maíz molido, condimentada con chiles, vainilla y otras plantas aromáticas. El grano también era utilizado para realizar intercambios y pagar tributos. Los primeros europeos en Indias se percataron del valor de cambio que tenía para los naturales. Hernando, hijo de Cristóbal Colón, relató: “y muchas almendras que usan por moneda en Nueva España, las que pareció que estimaban mucho, porque cuando fueron puestas en la nave las cosas que traían, noté que, cayéndose algunas de estas almendras, procuraban todos cogerlas como si se les hubiera caído un ojo”.

Aunque en un principio la bebida preparada con cacao no fue del agrado de los españoles, la transformaron al gusto de su paladar, al mezclarla con leche y azúcar y condimentarla con canela o anís. Por el sabor y la energía que proporcionaba, desde mediados del siglo xvi el chocolate formaba parte sustancial de la dieta mexicana, se consumía a diario en grandes cantidades, como estimulante y digestivo, y era uno de los principales alimentos de los vecinos de la ciudad de México y su entorno. Los pobres lo tomaban una o dos veces al día, en el desayuno y después de la comida; mientras que las familias y personas acaudaladas podían darse el lujo de beber cuatro o cinco tazas: en misa, en el desayuno, el almuerzo, la comida y la cena. También se ingería en los conventos, colegios, hospitales y cárceles. Cuando los virreyes celebraban reuniones oficiales o sociales ofrecían chocolate. El grano y el chocolate en tableta se vendía en todos los almacenes, tiendas e incluso en las calles de la gran urbe. En los pueblos, el chocolate preparado con agua se consumía en los mercados y las celebraciones, y con él se agasajaba a las autoridades reales.

Privarse de saborear el chocolate era considerado un verdadero sacrificio. Cuando profesaba una novicia en una orden es porque tuviera una estricta regla, como las de las Carmelitas Descalzas, que solían hacer voto de no beber chocolate ni ser causa de que otro lo bebiera. En las últimas décadas del siglo xvi y las primeras del xvii, su consumo antes de comulgar y durante la cuaresma para evitar los desmayos y desvanecimientos dio lugar a una controversia sobre si rompía el ayuno religioso. Como se bebía con leche y condimentos, algunos eclesiásticos afirmaban que era un alimento nutritivo, por lo que quebrantaba el ayuno; mientras que otros sostenían que ninguna bebida podía hacerlo. El papa Gregorio XIII declaró en dos ocasiones que no quebrantaba el ayuno, pero el debate continuó. Incluso se escribieron tratados sobre el tema en España. Tomas Gage dio cuenta de cómo en Chiapas las mujeres cambiaron la iglesia por los conventos para escuchar misa, luego de que se prohibiera su consumo. Para dirimir el problema, las autoridades papales declararon de manera oficial en 1662 que el chocolate era una bebida común, por lo que podía ingerirse antes de la comunión y en cuaresma sin cometer pecado.

La gran demanda de cacao condujo a los españoles a cultivarlo en haciendas aledañas a los pueblos indígenas que lo cosechaban. Con la brusca caída demográfica de la población autóctona, la mayor parte de la producción quedó en manos de los peninsulares que reclutaron esclavos africanos para su cultivo en tierras tropicales cercanas a las costas del Pacífico Sur, Tabasco y Campeche. Hacia fines del siglo xvi y principios del xvii, las cosechas novohispanas y guatemaltecas resultaron insuficientes, lo que motivó la introducción de la almendra de Guayaquil (Ecuador) y Caracas (Venezuela), a partir de las décadas de 1610 y 1620, respectivamente. Desde entonces, los comerciantes de esas regiones se esforzaron por intercambiar los granos de sus provincias por la plata de Nueva España. Así fue como este virreinato se convirtió en su principal mercado a nivel internacional.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

Arcila Farías, Eduardo, Comercio entre México y Venezuela en los siglos xvii y xviii, México, Instituto Mexicano de Comercio Exterior, 1975.

Miño Grijalva, Manuel, El cacao de Guayaquil en Nueva España, 1774-1812 (política imperial, mercado y consumo), México, El Colegio de México, 2013.

Quiroz, Enriqueta, “Circulación y consumo de cacao en la ciudad de México en el siglo xviii”, Secuencia, 2014, en https://cutt.ly/OtksNH4

Valle Pavón, Guillermina del, “Redes empresariales de Francisco Ignacio de Yraeta e Isidro Antonio de Icaza durante el periodo de expansión del tráfico de cacao de guayaquil, 1774-1783”, Revista del Instituto Riva-Agüero, 2019, en https://cutt.ly/ttkdtzo

Cacao-chocolate

Adaptación de Eduardo Celaya Díaz
Basada en el texto de Laura Esquivel

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

- Te he estado esperando.

- No puedo apresurar el paso, sabes muy bien cómo son las cosas ahora.

- Distintas, lo sé, pero aun así es reconfortante cuando llega el final del día y podemos conversar, después que cumples tus actividades.

- Mi tiempo es extraño, pero siempre es conveniente tener estas conversaciones.

- Eres un buen marido, cuidas de tu mujer a pesar de todo.

- Prometí cuidarte.

- Y lo haces bien, eres un buen marido.

- ¿Te han tratado correctamente?

- Cual merece una mujer de nuestra posición. Pertenecer a una de las familias más importantes de la Nueva España confiere ciertas ventajas sobre los demás.

- ¿Y tus reflexiones?

- Me siguen atormentando las mismas preguntas.

- Sabes que no lo dijo para causarte alteración.

- Lo sé, pero desde que don Carlos de Sigüenza y Góngora pronunció esas palabras, no encuentro tranquilidad en mis pensamientos.

- “Lo que es abajo es arriba”.

- Esas palabras alertaron mi cordura, sentí, mientras salían de su boca, cómo penetraban en mi cerebro, dolorosa y violentamente.

- Como si fueran un cilicio desgarrador y que como tal se incrustaban entre las delicadas membranas de tu cerebro a perpetuidad.

- Se convirtió en un tormento insoportable, entrando cada vez más profundamente en mis pensamientos como si avanzara entre arenas movedizas. La esperanza de que esas palabras se alejaran de mí moría cada vez más, se alejaban, llenándome de mortificación.

- Sabes que don Carlos hablaba de otros asuntos, sólo trataba de explicar una ley del universo. Durante esa excavación hablaba de cómo esa ley establece que las mismas condiciones y fenómenos que se aprecian en este mundo suceden y se reproducen simultáneamente en otro plano superior.

- No entendí nada, no lo entiendo ahora. Dudo entenderlo algún día. Si todo lo que existe sobre la tierra tiene su igual en el cielo, lógicamente todo lo que está debajo de la tierra es igual a lo que está arriba.

- Las mismas palabras que pronuncias desde aquel día.

- Es sumamente aberrante. Eso significaría que el infierno es lo mismo que el cielo.

- Dudo que esas sean sus palabras.

- Pero aún, esas terribles palabras significan una cosa, que los indios, esa raza impura y desgarrada, sin alma, son iguales a nosotros, a los españoles de raza pura y religión verdadera.

- Los indios son algo más que una raza impura.

- Su nombre lo indica: son plebeyos, son sacrílegos, viles, pecadores, son peligrosos, prietos y herejes. Por eso fueron hechos a imagen y semejanza del mismísimo Belcebú.

- Por tanto, sigues asegurando que su destino es compartir las llamas del infierno en el castigo eterno.

- Sigo sin entender cómo puedes sentirte fascinado por conocerlos. Su suciedad los infecta, los hace viles, bajos, servidumbre natural.

- Quise ver algo más en ellos, algo que en ocasiones podría ver en sus miradas, en su manera de realizar sus acciones.

- ¿Era necesario realizar esos viajes tan peligrosos?

- Era sólo una excavación, don Carlos me ofreció un lugar en su expedición, una nueva oportunidad de conocer un poco más de la tierra donde vivimos.

- Cómo podrían compararse esos salvajes con nosotros, españoles de sangre pura, de buena casta, de religión católica, llenos de virtudes y buenas costumbres.

- Tu cuna te ha cegado.

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Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.