Archivo de la etiqueta: JosAi?? MarAi??a GutiAi??rrez de Estrada

La decepción de los monarquistas

Víctor A. Villavicencio Navarro
ITAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

Francisco Miranda, José María Gutiérrez de Estrada, Juan N. Almonte, Ignacio Aguilar y Marocho, monseñor Labastida y Dávalos, y José Manuel Hidalgo y Esnaurrizar estaban convencidos hacia 1860 que la monarquía era la única solución política para la crisis de México. Trabajaron para su instalación, pero muy pronto se sentirían decepcionados.

Comisión de Miramar (640x455)

Comisión que viajó a Miramar, 1863. Fondo Felipe Teixidor, inv. 451694, SINAFO. Reproducción autorizada por el INAH.

Durante el siglo XIX varios mexicanos se fueron convenciendo de que sólo la instauración de un gobierno monárquico pondría fin al caos, la inestabilidad, el desprestigio internacional y los apuros económicos que atravesaba su patria desde que consiguió su independencia. Fue por ello que desde mediados de la centuria pusieron manos a la obra para volver a levantar un trono en México. A principios de la década de 1860, los acontecimientos convergieron de tal forma que sus esfuerzos rindieron fruto: Francia otorgó el apoyo necesario y un archiduque austriaco se mostró dispuesto a encabezar el imperio mexicano. Sin embargo, es común que las cosas que se planean disten mucho de las que resultan. Tal fue el caso de estos personajes. En general, es mucho lo que sabemos respecto a las gestiones que llevaron a cabo para lograr el cambio político, mientras que muy poco se conoce sobre sus actividades durante el segundo imperio y tras su caída. Como se verá, tarde o temprano, la realidad defraudó sus expectativas. Algunos no vivieron lo suficiente para atestiguar el resultado de sus empeños monárquicos, otros, en cambio, sobrevivieron varios años al derrumbe del edificio que ayudaron a construir.

Francisco Javier Miranda

Francisco Javier Miranda, 1863. Fondo Cruces y Campa, inv. 454084,SINAFO, ReproducciA?n autorizada por el INAH.

Francisco Javier Miranda, 1863. Fondo Cruces y Campa, inv. 454084,SINAFO, Reproducción autorizada por el INAH.

A mediados de diciembre de 1863, Francisco Javier Miranda arribó a las costas de Veracruz procedente de Europa. Sacerdote poblano, conservador y monarquista convencido, fue uno de los hombres que más colaboró para gestionar la llegada de Maximiliano de Habsburgo a México. Dos meses antes había formado parte de la diputación extraordinaria que ofreció la corona al archiduque en su castillo de Miramar, a las orillas del Adriático; sin embargo, una fuerte enfermedad estomacal, de la que sufría desde hacía varios años, lo obligó a regresar repentinamente a su país. Una vez en la ciudad de México, su salud continuó deteriorándose, a tal grado que se determinó suministrarle los santos óleos. Una gran procesión, formada por obispos, canónigos de la catedral y de la colegiata de Guadalupe, los miembros de la Junta Superior de Gobierno y de la Asamblea de Notables, junto con personajes de la alta sociedad capitalina, llevó el Santísimo hasta la casa del sacerdote, donde le fue administrado el sacramento.

Días más tarde, Miranda recuperó algunas fuerzas y decidió trasladarse a su tierra, sólo para resentir por última vez los padecimientos de su enfermedad. Defraudado del proyecto monárquico por el que tanto había trabajado, molesto por la forma en que el gobierno de Napoleón III conducía la empresa, decepcionado por la política liberal que los mandos del ejército de ocupación francés habían puesto en marcha y convencido de que el archiduque austriaco no sería quien restableciera los principios conservadores y devolviera a la Iglesia mexicana el lugar que le correspondía, el sacerdote falleció, rodeado de familiares y amigos, el 7 de mayo de 1864, justo a tiempo para evitar presenciar el establecimiento del imperio mexicano.

José María Gutiérrez de Estrada

 

Preludio del Segundo Imperio

Víctor A. Villavicencio Navarro
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #7

Carlota de niAi??a

Habían pasado casi ocho meses desde que la mayoría de los miembros de la Comisión salieron de su patria con el objeto de ofrecer formalmente la corona mexicana al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo, y poco más de seis de haber cumplido su misión y encontrarse esperando, paciente y angustiosamente, su respuesta. Al fin, el 10 de abril de 1864, se hallaban en la espléndida sala de ceremonias del castillo de Miramar, la bellísima construcción que Maximiliano habitaba junto con su esposa y que mandó levantar de acuerdo con sus deseos, a las afueras de Trieste (entonces dominio del Imperio Austriaco), a punto de escuchar de los labios de su futuro emperador, la aceptación oficial para ocupar el trono, una vez satisfechas las condiciones que había puesto para asegurarse que la mayoría del pueblo mexicano lo deseaba.

México

Dijo en su discurso José María Gutiérrez de Estrada, quien presidóa la Comisión:

Con una confianza filial, pone en vuestras manos el poder soberano y constituyente, que debe regular los futuros destinos y asegurar su glorioso porvenir, prometiéndonos, en este momento de solemne alianza, un amor sin límites y una felicidad inalterable.

José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar miraba y escuchaba complacido, orgulloso de haber sido él, en gran parte, el responsable de que la empresa que ahora se consumaba se hubiera echado a andar años atrás. Su tacto y sus finas maneras le habían granjeado un lugar de preferencia dentro de la corte de Napoleón III, gracias a lo cual tuvo la oportunidad de exponer a los monarcas franceses la suerte de su desdichada patria en innumerables ocasiones, asegurándoles que, sin su ayuda, México desaparecería ante la voracidad estadunidense. Por su parte, Ignacio Aguilar y Marocho, para quien el viaje significó la primera oportunidad de salir de México, continuaba asombrado por la belleza del salón de ceremonias, el lujo y buen gusto que decoraban cada rincón de Miramar; impaciente por escuchar a Maximiliano, sentía la certeza de que sus infortunios acabarían. No tendría que ocultarse más, ni soportar la humillación de someterse a un juicio de responsabilidad por haber sido ministro de Su Alteza Serenísima durante su dictadura. Tampoco volvería a sufrir de persecución por haber servido al gobierno conservador como ministro de la Suprema Corte de Justicia durante la Guerra de Reforma. Al fin podría vivir tranquilo y rodeado de su familia.

Conciudanos la honra insigne e inefable dicha de ser los primeros, entre los mexicanos

Concluía Gutiérrez de Estrada

que reverentes os saluden a nombre del país, como el Soberano de México, árbitro de sus destinos y depositario de su porvenir. Todo el pueblo mexicano, que aspira con indecible impaciencia a poseeros, os acogerá en su suelo privilegiado con un grito unánime de agradecimiento y de amor.

Los presentes contuvieron el aliento y dirigieron la mirada expectante al archiduque y su esposa. Maximiliano, ataviado con el traje de gala de almirante de la marina austriaca, en color azul y oro, dio unos pasos hacia delante y dijo: “Solemnemente declaro que con la ayuda del Todopoderoso acepto de las manos de la Nación mexicana la Corona que ella me ofrece”.

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO.