La deshonra de la abuela

Cecilia Lartigue – UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

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¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Un día? ¿Dos? ¿Sólo un rato que se está haciendo eterno? En esta oscuridad es imposible calcular la hora. Tampoco estoy segura de si estoy despierta o dormida, aunque creo que mis parpadeos son reales. Sigo percibiendo ese horrible olor a gas, ni la nariz atiborrada de polvo lo detiene. ¡¿Y si se acaba el oxígeno?!

Me duele el brazo izquierdo. No sé qué lo golpeé ni en qué momento, pero tengo una herida grande, aquí, cerca del hombro. Siento algo espeso y húmedo, como una costra que no termina de secar. Es mejor no tocarla. Una sola inhalación profunda para calmar el dolor. Otra, aunque consuma más oxígeno. Así está mejor. Me pongo de lado, voy a tratar de mover el resto de mi cuerpo. Todavía me arden los dedos. De nada me sirvió rascar el cemento, empujar la loza con todas mis fuerzas. No logré moverla ni un centímetro.

06 (432x500)Y mamá Salió tan temprano que ni siquiera escuché la puerta del departamento cerrarse ni sus tacones apurados bajando la escalera. Habrá llegado al Centro Médico y tal vez desayunaba en la cafetería cuando comenzó a temblar. Estará preocupada por mí; tal vez está aquí afuera, frente al edificio derrumbado. ¿Se habrá destruido todo? No fue sólo nuestro departamento porque sentí como si me desplazara muchos metros hacia abajo.

Seguramente mamá ya organizó a varios transeúntes para que nos rescaten. La imagino con sus gritos de comandante movilizándolos en nuestra búsqueda. Eso sí, no dejaré caer una sola lágrima; quizás apriete un poco la mandíbula. ¿Y si piensa que estamos muertas? De todas maneras permanecer serena, con los ojos más abiertos para que no escurran las lágrimas, tensando la mandíbula un poco más, sólo eso.

“Abuela ¿estÁs despierta?”
Tal vez no me escuchó porque mi voz salió con poca fuerza.
“No me he ido de aquí, hijita.”
“Trata de moverte poco para que conserves tu energía.”

Aquí estamos la abuela y yo, atrapadas, después de una escena bastante melodramática. La veo saliendo del baño, secándose el cabello, vestida con su blusa de flores azules, su falda negra hasta los tobillos y sus zapatos bajos, mirando con curiosidad mi cara acusadora.

“¿¡Con Victoriano Huerta, abuela!? ¿Tu papá colaboró con el traidor más odiado de la patria?”

Me miró con asombro, yo creo que porque me creía incapaz de hurgar en sus cosas, y me contó de las penurias que pasó su padre durante la época en que vivió en Estados Unidos, expulsado por Venustiano Carranza por colaborar con Díaz.

“Te imaginas al coronel Escudero, un hombre delgado, de piel blanquísima, arrastrando unacarretilla de carbón por la ciudad de El Paso? El dueño de la Hacienda de Altapa, que comandaba a cientos de hombres en las batallas, viviendo como un mendigo.”

Estoy acostumbrada a sus desplantes de racismo y hasta había llegado a asimilar la vergüenza de tener un bisabuelo porfirista. ¡Pero un colaborador de Huerta?! Tuve ganas de encerrarme en el cuarto y gritarle que en ese momento dejara de considerarme su nieta, pero me quedé con la carta en la mano, mirando como la abuela tomaba la caja de plata, la cerraba con la llavecita, que luego guardó en su camafeo. Yo tenía aún el índice sobre esas líneas inconcebibles de la carta que le escribió su padre, fechada el día 18 de junio de 1914: “Nos expulsaron del país, pero no te preocupes, Margarita, pronto reinará la paz que teníamos con nuestro General Díaz y que, sin duda alguna, el General Huerta va a recuperar.”

[…]

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