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Clausell, cárcel y fuga de un periodista crítico del porfiriato

Fausta Gantús
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Apoyado en el poder judicial, el régimen de Porfirio Díaz persiguió a la prensa opositora. Varios periodistas terminaron encarcelados, entre ellos el campechano Joaquín Clausell, quien se destacó por su rechazo al reeleccionismo. Una mañana logró evadirse de sus carceleros y huyó a Estados Unidos. Su escape acentuó las diferencias entre la prensa proporfirista y los críticos al gobierno..

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Joaquín Clausell, Autorretrato, 1895, tinta sobre cartón, México. Tomado de Joaquín Clausell y los ecos del impresionismo en México, México, Instituto Nacional de Bellas Artes- Patronato del Museo Nacional de Arte, 1995

La mañana del 24 de octubre de 1893 los pequeños papeleros que cotidianamente recorrían el centro de la ciudad de México voceaban con entusiasmo la noticia que durante los siguientes días fue motivo de atención de los diversos representantes de la prensa: la fuga de prisión del periodista Joaquín Clausell.

Esta fuga ponía en evidencia varias de las contradicciones del régimen porfiriano. Por un lado, el ya conocido contubernio entre el poder judicial y el ejecutivo en detrimento de la labor periodística; por el otro, exhibía las debilidades del sistema de seguridad, en particular la labor de la policía. Pero también, podemos suponer, la evasión del escritor constituía un escarnio para las autoridades, lo que resultaba quizá la parte más molesta y agraviante para el gobierno. Es posible imaginar que una buena parte de la sociedad volviera su atención al suceso celebrando el escape como una especie de triunfo colectivo.

Para 1893, año de su célebre fuga, Clausell aún estaba lejos de la pintura, arte en el que sobresaldría a principios de la siguiente centuria y por el que cual continúa siendo re- conocido. Se asume que fue durante el exilio provocado por esta huida que viajó a Europa, ahí radicó un tiempo en Francia y se acercó al movimiento impresionista. Además de sus famosas obras, en particular los paisajes marinos, dejó plasmados su arte y su compleja personalidad en las paredes de su estudio, el cual quedó cubierto con cientos de imágenes que cautivan la mirada y los sentidos. Igual que cautiva la atención su azarosa vida como periodista y opositor al régimen porfirista.

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PaPalacio Penal de Belem, ca. 1910, ciudad de México. Library of Congress, Washington D.C

 

Clausell llegó a la ciudad de México a principios de la década de 1880 proveniente de la provincia, como tantos otros de los hombres que después ocuparían lugares destacados en la esfera pública. Nació en Campeche, lugar del cual emigró mientras cursaba estudios de bachillerato en el Instituto Campechano por los conflictos provocados por sus expresiones políticas y su actitud irreverente y contestataria ante las autoridades del propio Instituto y del gobierno del estado, en especial de los hermanos Pedro y Joaquín Baranda, importantes personajes de la vida política. Con Joaquín se encontraría de nuevo a lo largo de su vida en la capital del país, pues este ocupó por cerca de 20 años la cartera de la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública durante los gobiernos de Manuel González y Porfirio Díaz. Instalado en la gran metrópoli, Clausell pronto empezó a participar en diversas manifestaciones en contra del gobierno porfirista hasta llegar a ser uno de los principales líderes del movimiento antirreeleccionista de 1892.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Purgando las culpas

Martín Josué Martínez Martínez
Facultad de Filosofóia y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Para nadie era un secreto: todo aquel que osara oponerse a los designios de las autoridades terminaría preso en alguna de las múltiples mazmorras que servían para quebrantar los ánimos. Se había llegado a una época de total intolerancia debido a la serie de manipulaciones tejidas en torno al artículo 7° constitucional referente a la libertad de imprenta, proclamada durante el gobierno de Manuel González, acción que sirvió, entre otras cosas, para sustentar el régimen autoritario de Porfirio Díaz.

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Hoy renunciará el General Díaz

La prensa se vería cada vez más limitada en las últimas décadas del siglo XIX, al grado de generarse una situación tan difícil que cualquier crítica sobre la administración era tomada como sediciosa. Periodistas, familiares y trabajadores de las imprentas eran presa de las acciones autoritarias del gobierno, se les recogía las prensas, el material de trabajo (considerado como instrumento del delito) y podían pasar meses encerrados en la Cárcel General de Belén con el calificativo de presos políticos, incluso antes de que les fuera dictado el veredicto. La espera se volvía tortuosa, así que cualquier sentencia tanto de libertad como de condena era cien veces mejor que la eternidad misma sin respuesta alguna.

Filomeno Mata, director del Diario del Hogar, hombre orgulloso de dirigir uno de los periódicos independientes más conocidos en la capital mexicana, tenía todo esto por bien cierto, pues lo había vivido en carne propia. No era la primera vez que se encontraba preso en ese infierno dantesco de Belén por publicar algún artículo que no fuese del agrado de los gobernantes del país. Después de contar treinta ingresos a prisión llegó no sólo a perder la cuenta, sino a darle importancia, entendió que era la única forma en que la administración de su viejo amigo Díaz podía enfrentar los ataques de gran parte de la población, cada día más inconforme por la situación de injusticia que atravesaba el país.

CA?rcel de Belen

Cárcel de Belén

Las visitas forzadas a la cárcel lo habían vuelto más duro. Su ánimo no decayó, sabía que sólo mediante la escritura y la difusión de las idea podría lograr que en la república rigieran instituciones democráticas, privilegiándolas por encima del prestigio de algunos cuantos hombres que, por medio de las leyes, habían modificado todo a su antojo.

Su última estancia en prisión fue de las más difíciles, contaba ya con sesenta y cuatro años de edad y el tiempo había hecho sus estragos sobre él, además de que los sentimientos propios de la vejez se apoderaban de su espíritu. Una mañana de enero de 1910, cuando se encontraba desayunando como de costumbre con su esposa Alejandra Alatorre de Mata, recibió de parte de su hijo Rafael la noticia de que se había levantado un nuevo proceso en su contra. Esta vez, el motivo era un artículo publicado el 22 de diciembre de 1909, en el que defendía al periodista Alfonso Peniche, condenado por difamación a pasar cuatro años de cárcel en las islas Marías, y en el que advertía a la prensa independiente acerca del futuro desolador que le esperaba a quien no tratara de frenar a la despótica administración que se erigía en violadora de los derechos del hombre. Sin terminar sus alimentos, tomó entre los brazos a su mujer y tiernamente se despidió de ella. Alejandra, acostumbrada a estos amargos momentos, también había aprendido a ser dura y, aunque por dentro se deshacía, no soltó una lágrima. Consciente de la justicia con que su marido actuaba, lo apoyaba en todo.

En la cA?rcel de Belen, 1910

En la cárcel de Belén, 1910

Mata salió sin demora a su imprenta ubicada en la calle de Betlemitas, para que, por medio de un alcance, se diera a conocer la nueva injusticia a los lectores. Dura fue la sorpresa cuando al llegar a la Tipografía Literaria no encontró a sus trabajadores desempeñando su labor de costumbre, sino que lo que reinaba eran el desorden, el caos y la incertidumbre. Los periódicos ya habían sido impresos y los obreros que acudieron recogieron sus pertenencias por oponerse rotundamente a incorporar el alcance a fin de evitar represalias para ellos. En un principio, Mata se sintió decepcionado, pero entendió que muchos tenían familia que los esperaba en casa. Suspiró con resignación, tomó uno de los diarios en su mano y vio la fecha: 15 de enero de 1910; el Diario del Hogar se tomaría una larga pausa forzada.

Al poco rato, los trabajadores que habían asistido se retiraron. El lugar quedó semivacío, sólo Filomeno con su hijo Rafael. En medio del desastre, de súbito sonaron golpes en la puerta, no sintieron miedo pues conocían perfectamente el llamado de la policía secreta, sabían cuál era su destino y más les valía cumplirlo, así que decidieron dar la cara y demostrar su inocencia. Bajaron lentamente las escaleras desde la oficina administrativa, no iban siquiera a la mitad del camino cuando escucharon otros golpes, esta vez con más fuerza y gritos: “¡Filomeno Mata, Filomeno Mata!, ¡salga, sabemos que está aquó, no nos haga tumbar la puerta!”.

Cuando se encontraron en la calle, el aire rozó bruscamente su amplia frente, desordenando los blanquecinos cabellos de Filomeno, testigos de las penurias a las que lo sometía el régimen de quien fuera algún día su héroe. Padre e hijo subieron a la calandria sin necesidad de que los gendarmes los condujeran. Conforme avanzaban pudieron mirar las elegantes calles de la Ciudad de México, tan parecidas a las del París de la belle époque y que, en ese momento, llevaron sus pensamientos a lo que parecía un sueño en el que reinaba la justicia por encima del poder y el autoritarismo.

Para Rafael, la experiencia era nueva; su crimen no había sido más que el de haber servido como administrador del Diario del Hogar. Cuando estaba a poco de llegar a su destino, observó que el ambiente era ya diferente, cargado de una pesada atmósfera que retumbaba en los muros de la muerte. Observó a los cinco soldados que resguardaban la entrada principal cargando viejos pero letales rifles. Cuando la calandria paró, se hicieron a un lado, abrieron los pesados cerrojos y la inmensa puerta soltó un chirrido espeluznante que le hizo temblar las piernas. Su padre lo notó y, con cierta firmeza acompañada de amor, lo tomó del brazo al tiempo que uno de los guardianes profirió unas palabras: “unos más… y “trajeaditos”, han de ser revoltosos…”

Filomeno Mata

Filomeno Mata

Los demás centinelas se acercaron para mirar y uno de ellos, aprovechándose del miedo que mostraba Rafael en el rostro, le dio una fuerte palmada en la espalda. Haciendo mofa de su vestimenta, lo empujó violentamente propinando una serie de insultos y golpeteando con sus manos para intimidar aún más. Sin duda les esperaba una estancia en prisión penosa y prolongada.

Si bien padre e hijo sabían cuál era el motivo por el que habían sido aprehendidos, no se les dio notificación alguna. Ya en el interior de la cárcel fueron acompañados por tres gendarmes que, más que guardianes del orden, tenían pinta de delincuentes de la peor ralea. Lentamente caminaron en medio de los nauseabundos pasillos que conducían a las bartolinas, celdas cuyo piso era cieno repugnante y sobre el cual había un petate sucio, utilizado antes por otros desdichados.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.