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A lomos de la Revolución. Las portadas del semanario Siempre! en los aniversarios del 20 de noviembre (1960-1985)

Revista BiCentenario # 18

Lara Campos Pérez / ENAH / Universidad Complutense de Madrid

Como todo proceso histórico convertido en argumento político, la Revolución de 1910 ha experimentado, a más de cien años de su estallido, múltiples y variadas lecturas. Las sucesivas reinterpretaciones en torno a qué fue y qué significó este acontecimiento en la vida presente del país y qué consecuencias iba a tener en sus expectativas de futuro fueron encontrando momentos de cristalización en las conmemoraciones anuales de su inicio, cada 20 de noviembre, pues éstas brindaban el espacio simbólico adecuado para este tipo de reflexiones. Si durante los años siguientes al final de la fase armada, debido tanto a la inestabilidad política como a las múltiples lecturas de que fue objeto, la atención a este recién creado mito político fue escasa, a partir de la década de los 30, cuando se institucionalizan oficialmente los festejos conmemorativos, fue adquiriendo cada vez mayor espacio en el imaginario, hasta llegar a ocupar un lugar hegemónico en las décadas de los 60 y 70. Sin embargo, al mismo tiempo que se consolidaba como mito contemporáneo de la nación mexicana fueronSiempre 2 surgiendo opiniones discrepantes, tanto respecto a lo que había sido la Revolución en sí, como a los usos que de ella hacía la clase gobernante en turno.

Una de esas voces discordantes fue la que quedó plasmada tanto en los textos como en las imágenes del semanario Siempre!. Esta revista, que se sigue publicando todavía hoy y que ha contado entre sus dibujantes con figuras tan relevantes como Antonio Arias Bernal, Jorge Carreño o Jorge Aviñas, fue fundada en 1953 por el periodista José Pagós Llergo. Desde que salió a la luz, lo hizo con la intención, como señaló su director en el primer número (27 de junio de 1953), de ser imparcial y crítica en los asuntos sociales y políticos que iría abordando a través de sus páginas; una crítica que se fue volviendo paulatinamente más dura y descarnada en relación al grupo en el poder que se había arrogado el privilegio de gestionar la memoria y la herencia de la Revolución de 1910. Las portadas del semanario Siempre!, conocidas y comentadas por aquellos sectores sociales interesados en la vida política del país, muestran, en el periodo que transcurre entre 1960 y 1985, las metáforas visuales más habituales con las que este medio de comunicación identificó a la Revolución, al mismo tiempo que nos permiten percibir las transformaciones que se produjeron respecto tanto a su significado, como a los usos políticos que se hicieron de ella.

Siempre

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PARA SABER MÁS:

  • Javier Garcíadiego, “La Revolución mexicana: distintas perspectivas”, Historia mexicana, vol. LX, no 2, 2010.
  • David E. Loery, “The problema of Order and the Invention of Revolution Day, 1920s-1940s”, en William Beezley y David E. Loery (coords.), ¡Viva México! ¡Viva la Independencia! Celebrations of September 16, Delaware, Scholary Resources, 2000.
  • Jaime Soler Frost (ed.), Los pinceles de la historia. La arqueología del régimen: 1910-1955, México, Munal, 2003.
  • Película: Reed. México insurgente, dir. Paul Leduc, 1973.

Una vecindad enorme donde vive la familia Burrón Homenaje a Gabriel Vargas (1915-2010)

Agustín Sánchez González – CENIDIAP, INBA

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

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Si México no existiera, Gabriel Vargas lo habría inventado.

Vargas vivió 95 años; dedicó casi ochenta al oficio de dibujante, de humorista gráfico. Fue un niño precoz que desde los 16 años ya estaba en los principales diarios mexicanos.

Fue el creador de un grandioso universo, una comedia humana: La Familia Burrón, una de las más expresivas crónicas gráficas, que expresa y refleja la vida cotidiana mexicana a través de una número vecindad ubicada en el callejón del Cuajo.

La Familia Burrón es un fenómeno dentro de la historieta universal; durante más de treinta años, llegó a tirar medio millón de ejemplares y cada uno de ellos era leído por cuatro personas y así, dos millones de mexicanos se deleitaban con estas historias.

Desde niño, Vargas no soñaba otra cosa más que en dibujar. Autodidacta, sólo terminó la educación básica. Apenas entró al primer año, lo pasaron al tercer grado; era un niño lector que devoraba libros, gracias a que su mamá le inculcó ese amor por las letras. Antes de los diez años había leído El Quijote y muchas otras lecturas clásicas.

A los trece años ganó un premio mundial de dibujo en Osaka, Japón; a los quince realizó un esplendido dibujo, el desfile que conmemoraba el “Día del Tráfico”, donde captó más de 5,000 personajes. No es una caricatura de la ciudad, es un dibujo inusual que aun denota los trazos nerviosos e inocentes, pero que ya recogen la aguda observación del cronista visual, del hombre que va a retratar a la sociedad mexicana del siglo XX. El dibujo original es una larga tira que mide 60 centímetros de ancho por ciento sesenta de largo.

Su obra puede entenderse mejor con ese dibujo. Emociona el trazo inocente de un joven que durante varias décadas ha influido en la sociedad mexicana. La historia, y la vida, también, pueden entenderse mejor con la caricatura. A los 17 años comenzó a trabajar profesionalmente en el periódico Excélsior, el decano de la prensa mexicana, y a los 21 realizó su primera historieta: La vida de Cristo. Un año después debutó como humorista gráfico con una tira llamada Virola y Piolita. Su mayor éxito ocurrió con Los Superlocos, cuyo protagonista, Jilemón Metralla y Bomba, se convirtió en el antihéroe ideal por excelencia. Es un vividor, un cínico que logra generar un humor fresco, en donde alcanza un momento de clímax en la historieta mexicana que, al igual que el cine de entonces, entra en su mejor época.

Jilemón Metralla y Bomba forma parte de una historieta para iniciados pues pocos mexicanos la conocieron ya que, tras la aparición de La Familia Burrón, jamás volvió a imprimirse. En 1948, le apostaron a Vargas realizar una historieta en la que una mujer fuera la protagonista. Quien lo hizo, perdió, entre otras cosas, porque no conocía la obra de Vargas, que tenía historietas como Purita Vaca o Las del doce, en donde las mujeres tienen un destacado papel. Así nació La Familia Burrón, una peculiar historieta compuesta por el matrimonio de un peluquero pobre, don Regino Burrón, y su esposa, la aristócrata venida a menos, Borola Tacuche, así como sus dos tlaconetes: el Tejocote, Regino chico, Macuca y Foforito Cantarranas, hijo adoptivo, a quien recibieron de manos de don Susano Cantarranas.

El apellido Burrón se debe a que Vargas pensaba que los personajes nunca lograban realizar lo que querían a pesar de no ser tontos; esté batalle y batalle y nunca prospera, es un burro, es un burrón. Así, don Regino no es tonto, pero como siguió la misma cosa de su papá, peluquero y peluquero, es un burro, relató en una entrevista a la escritora Elena Poniatowska.

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